Infancia.

perroperdiz

En un rincón  de la tarde juega un niño

en las horas difusas  del crepúsculo,

cuando la luz dorada se descuelga

de los altos  picachos de las torres

a las simas en sombras de los valles.

El lánguido tañido de los bronces

bate  los tonos grises de la tarde

en un crisol de tenues  redondeces.

De la   infancia la patria  se desliza

con sabores de pan y chocolate,

dulcemente,

hacia el abrojo de la edad madura

por la inevitable inclinación  de la pendiente,

sin saber el tesoro que se pierde.

El sol.

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Cada tarde el horizonte

se convierte en  alcancía

y  recibe una moneda

que Aurora por la mañana

le roba a la madrugada

con un cuchillo rosado

para abrir la luz del día.

Reparte su  capital

por las sierras y los llanos,

por los mares y los ríos,

la dehesa y el trigal.

Dora enhiestas espadañas

y elevados campanarios

en albas y atardeceres,

calienta las casas pobres

y los lujosos palacios,

regalando  luz y vida

por espacios planetarios

con equidad repartidas.

Los muertos no contestan.

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Los  muertos no mandan  avisos. Yo quedé con uno de ellos para que  cuando llegara al destino de su viaje etéreo enviara  una nota con papel de cielo.

Azul, con perfumes eternos, en las manos de un ángel cartero.

Y miro cada noche hacia  arriba sin tener noticias suyas.

Quizás el retraso se deba al exceso de viajeros.

Ese cruce de caminos  que separa a los buenos de los que van al infierno debe estar lleno de almas  despistadas que buscan destino y no tienen tiempo de escribir  unas letras ni  mandar una señal de intermitencias con la luz de algún lucero.

Pero no desespero, porque para ellos es eternidad lo que nosotros medimos con los minuteros y  seguro que alguna noche de estas me guiña cómplice el ojo una estrella  y tendré noticias  de su paradero.

Entonces, en un viaje sin maletas ni equipaje, llegaré donde están ellos  y  os prometo, si de mí depende la voluntad del mensajero, enviar recado desde el infierno o el cielo. Quedad alerta y cuando llegue la hora, en aquel cruce de caminos, os espero.

Experiencia blanca.

 

abuelita

 

¿Duerme o piensa la abuela?

Entre sombras, alguna vez, suspira.

Ajena y silenciosa, cabecea.

¿Decepción o desengaño

en esa isla de ausencia?

¡Respetable cabeza blanca!

Entre las cosas y ella

ha marcado las   distancias

que  le  enseñó la experiencia.

Refugiada en  la ensenada,

a resguardo de las olas,

divisa en calma el ocaso.

Casi a un   vuelo de plumas silenciosas.

 

 

 

 

 

 

Julio.

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A lo lejos espejea  la  flama 

que emerge  del suelo

con dedos de translúcidas  llamas. 

El aire calinoso

se agazapa ardiente  

en solitarios caminos polvorientos.

Un cante de trilla

ronda por las eras

al  son de  cascabeles.

Avispas  negras y amarillas

merodean indecisas y esquivas

por la cuba de cinc

en el brocal del pozo.

En su fondo el agua oscura y  quieta

absorbe el eco de voces infantiles

en la hora de  la siesta.

 

 

Enfermedad.

Enfermedad

La boca es  hoyo seco

de polvo, piedra y fuego.

El rostro,  mapa vivo

de senderos   violetas y cetrinos,

tiene dos  medias lunas de tormento

sobre dos valles cóncavos y hundidos.

Impertinentes  lenguas arenosas

cavan crueles y voraces la  herida

que muestra  irrevocable

el final del trayecto  de la  vida.

Los párpados caídos

no pueden con  el peso de la luz

y el vértigo del paso a la otra orilla.

No va más,

está cerca el final de la partida.

El trofeo de la obstinada parca:

un cúmulo de carne dolorida. 

Noche de san Juan.

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Esta noche la luna ha pintado caminos de marfil en los llanos.

Cubrió de nácar las encinas y al envés de la hoja del olivo le dio  un baño de brisas plateadas.

Cuando la precoz aurora de san Juan levantó claridades tras los montes, aún quedaban rescoldos de magia y brujería en las candelas.

Una pareja adolescente duerme en la cuna de la playa con sonajeros de olas.

La luna se aleja sola, presumida y orgullosa,  henchida con el cortejo de todas las miradas. 

¿Quiénes son los culpables?

 

mapaespaña

¿Quién nos llevó a esta ruina, caballeros?

¿El hechizo virtual de algún fantasma

que se coló en las cuentas desde el plasma,

o los amos de bolsas  y dineros?

Quizás sean  banqueros alemanes,

o tal vez   “ brothers” norteamericanos.

¡Quién sabe si mafiosos sicilianos

son responsables de nuestros desmanes!

 Lo indago por tener conocimiento

 de quién ampara al grupo de bribones

 que apandan los  manteles y  el asiento

y se llevan a Suiza los millones.

Mi sólo afán  por el descubrimiento

es  darle  una patada en los cojones.

Evocación.

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Mientras me tomo la vida

en una copa de vino,

suena lejano en la noche

el ritmo de un viejo tango.

La nostalgia de volver

a donde se fue feliz

-o al menos así se cree-

siempre lleva al desengaño,

porque no es igual que ayer

el  arrabal añorado

donde estuvimos antaño.

Sólo la mente conserva

ese tiempo retenido

-burbuja de dulce miel-

que la añoranza recrea,

pero ya nada es lo mismo.

Regresa el tango otra vez

con su evocador sonido

enredado en las estrellas

con  clave de luna llena

¡Echa otra copa de vino!

Tránsitos

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La vida es un paréntesis en la eternidad

con puertas de entrada y  salida.

De la nada a la vida, no me acuerdo.

De la vida a la nada

está por ver el día y la hora,

pero es cierta y  segura la partida.

El tiempo que se va deja atrás sólo vacío, 

un vacío que se viste de recuerdos

para darle un ropaje a las ausencias.

Por delante, cada paso

es una aventura incierta,

una pisada a ciegas sobre lo desconocido

hasta  que, un día cualquiera, te despeñas  

por el acantilado de la muerte.

Después, todo será para mí

como antes de mi nacimiento.