Saltar al contenido

A estas alturas de la vida está el fiel de la balanza serenamente equilibrado.
Desventuras y dichas, afectos y agravios se compensan.
Queda la duda de si algunos hilos pudieron ser madeja.
Si se acertó en los cruces de caminos y en los trenes que tomamos.
Entre otras variables, el azar y la ventura jugaron su papel.
Decisiones diferentes hubiesen cambiado el trayecto y quizás la fortuna, pero no la estación de destino.
Se puede jugar a imaginar cambios de fichas y sus múltiples combinaciones en el tablero de la fantasía.
Elucubrar sobre lo que hubiese sucedido. Pero en esta partida sólo hay opciones de futuro.
Se permite mover ficha una vez en cada decisión, las demás quedan abrogadas.
El juego a tiempo pasado es escribir sobre el agua, jugar a lo imposible en la otra cara de la vida.

En esta conversación
los dos se ponen a hablar
sin ni siquiera escuchar
del contrario la opinión.
Y es que no se dan razón,
pues cuando el otro está hablando
el primero está pensando
lo que va a decir después
sin demostrar interés
por lo que le están contando.

No me despertaréis hasta que muera
y cuando esto suceda cambiaré
los sueños de almohada de crepé
por el descanso eterno de la espera.
En otra luz de celestial esfera
donde nadie conoce, dormiré
sin problemas y dudas con la fe:
el enigma será razón certera.
Sólo una pena empañará mi muerte:
este cuerpo que siempre fue conmigo
abandonado a tan ingrata suerte
después de ser confidente y amigo
entre lanzas de cipreses, inerte
pasará de la ceniza al olvido.

Se mueve la ciudad como hormiguero
pisado por un oso.
Cada uno a sus afanes,
casi todos presurosos,
azuzados por el látigo de la ansiedad.
Me entristece algún joven
repartiendo propaganda en los portales.
Mujeres con las bolsas de la compra
van del vaivén
a la esclavitud de sus quehaceres.
Carretilleros de reparto
en la vorágine urgente de las prisas.
Los ojos tristes del parado
en la esquina de la espera sin llamada.
Un traje con corbata y hombre dentro
atado a los balances comerciales
rinde cuentas a su jefe.
Un mundo de lucha y competencia
donde triunfa el empuje de los fuertes.
No hay lugar para los débiles
y si caes pocos evitarán
poner los pies sobre tu frente.

Se fue por las sombras de las tapias una noche de luna
en busca de fama, gloria y dinero.
De equipaje, ilusiones anudadas a un pañuelo de carencias,
zapatillas aladas y la garza diligente de sus pasos.
Cruzó pedregales, saltó cercados, vadeó arroyos
y durmió envuelto en un capote de verónicas.
Las siluetas de encinas eran cuatreros
embebidos en lances naturales
o rozando ajustadas chicuelinas.
Las estrellas, del tendido a la arena,
flores, pasión y delirio..
Anhelos de jóvenes soñadores,
en una España de pobreza y hambre
que buscaban redención
entre toriles de sangre
y blancos pañuelos al aire.

Vuelan las tórtolas del encinar
hasta los ya maduros girasoles
y de allí a la rivera,
al agua remansada de las pozas,
para volver después
a pasar el sesteo
en la sombra de la fresca arboleda.
Disponen Baco con Noé las tinas
para el mosto primero
y san Bartolomé adelanta el agua
con redoble de truenos veraniegos
y anuncio de la próxima otoñada.
Se agazapa en las vegas el rocío
con fragancias de mañana nueva.
Agosto, con redonda lozanía,
se desliza vestido de amarillo
por la falda menguante de la luz
para darle color a los membrillos.
En el descenso de su plenitud,
con declive de sombras,
deja una estela de fresco en la noche
enroscada al abrigo de tu cuello
y en tus brazos, mis manos
dando calor a los primeros fríos.

Por las callejas del vino
quedan restos de amargura
envuelta en vómitos secos.
Huellas de pisadas turbias
en un cruce de caminos
que a ningún lugar conducen
y de todos sitios llegan,
arrastrado la tristeza
en una noche de fiesta.

Cuando más la quiso fue cuando bordeaba las caricias de unas manos esquivas y rozaba la piel rosada de su cara con la excusa de mirar para otro lado.
Cuando se asomaba a sus ojos desde el brocal de un pozo de aguas transparentes con un fondo azul inalcanzable.
Cuando los suspiros por su ausencia subían desde el pecho a la garganta como olas desbordadas.
Cuando pasaba por las calles buscando sus estelas y al verla, fugaz, se aceleraba el corazón.
Cuando el deseo era un juego de cómplices miradas y cada frase un enigma a descifrar.
Cuando sus ojos se juntaban en la luna y las palabras eran silencios compartidos.
Cuando quererla era ternura frágil, pura, transparente y soñada.

General con mando en plaza
en espacios siderales.
Desde esa altura nos mira
al resto de mortales
perdonándonos la vida
con desdén y altanería.
No eleva más la cabeza
por no tener más gañote
sin darse cuenta que él es
el más tonto de los zotes.

Las campanas tañen tristes en señal de duelo. Familiares y amigos despiden al muerto
en un silencio custodiado por cipreses que presentan armas a la muerte.
Cemento y ladrillo tapian la vida y la luz.
¿Qué pensarán los que miran callados al que cierra la pared del nicho?
Quizás piensen en cosas del muerto: lo que fue, lo que hizo…
O tal vez piensen en ellos cuando estén metidos dentro.
O quizás no piensen nada: sólo miran sin ver, como se miran la lluvia y el fuego.