Reformar a los reformadores.
(Carta en el periódico HOY 21-7-2013)
Los partidos políticos extienden sus tentáculos por todos los niveles administrativos, institucionales y de servicios del Estado.
Cada vez que hay un cambio de poder se producen en muchos puestos de trabajo el cese de los que pierden y su sustitución por los afiliados y adictos de los vencedores.
Hay, además, como en los movimientos sísmicos, réplicas y contrarréplicas que afectan a los niveles inferiores de los organismos, derivadas del cambio en las cabezas de los organigramas. De un día para otro te encuentras a quien ayer era un soldado raso con cartera de cuero y galones de mando.
¿Los méritos de los recién llegados? Los mismos que tuvieron los que salen. Por encima de otros cualesquiera, su afiliación o afección al partido de turno. En esta especie de interregno se producen el desconcierto y la ralentización en el ritmo de trabajo debidos a la falta de experiencia de los que llegan y al lógico proceso adaptativo.
La profesionalización de la Administración debería acabar con esta práctica cada vez que hay un vuelco electoral. Estos puestos sometidos a mudanzas cíclicas deben ser ocupados teniendo en cuenta los principios de igualdad, mérito y capacidad. Esto supondría debilitar una de las características no deseadas de estas formaciones políticas, que es el clientelismo y eso quizás sea pedir demasiado.
Quinielas y azar.
(Carta en el periódico HOY 14-7-2013)
Al principio fue la quiniela de fútbol, antes que toda la caterva de juegos que nos invadió después, la que ilusionaba cada semana a millones de españoles con hacerse rico sin esfuerzo, sobre todo después de que en 1968 el agricultor de Valladolid, Gabino Moral, ganara el mayor premio hasta la fecha. Más de treinta millones de pesetas, con sólo dos columnas y la ayuda de un dado.
Con los primeros frescos del final del verano y principios del otoño, las cábalas y los pronósticos eran habituales en peñas y tertulias. Un anuncio de entonces asociaba la marcha de las golondrinas con la caída del cielo de aquellos boletos con publicidad de dentífricos e impermeables, invitándonos al juego y a la fantasía.
A los que todavía conservábamos esa ilusión cada semana, nos han defraudado. Si se confirman las sospechas, los resultados no dependen ya del buen juego o el azar, sino también del tongo.
O el ONLAE admite la variable, quedando entonces en cuatro los signos: 1-X 2 y T o un servidor se da de baja.
Espías.
Carta al periódico HOY (4-7-2013)
La desconfianza entre naciones, camuflada con saludos y sonrisas dentífricas, está cargada de puñaladas invisibles. La farsa de las fotos oficiales se hace con el brillo de los flashes que desprenden las hojas de los cuchillos. La cortesía barniza y disimula las verdaderas intenciones. Para saber cuáles son estas se recurre pérfidamente al espionaje. Esta práctica no es exclusiva de las relaciones entre países. También se da entre compatriotas de distintos partidos políticos. En la cima de la indefensión está el ciudadano corriente que es espiado a través de las redes sociales.
Además de los encantos de las Mata Hari de turno, actualmente se emplean sofisticadas técnicas para meterse en las vidas ajenas. Ya sabemos que las paredes oyen, que lo avisó Juan Ruiz de Alarcón en el siglo XVI y lo comprobamos diariamente en nuestras casas. El ruido de las cisternas y de los cabeceros, son de dominio vecinal. Esta intromisión es casi inevitable, pero, la otra, la que se hace voluntariamente con intención aviesa, sí debiera eliminarse. Pido al menos que queden a salvo de las pesquisas algunas zonas. ¿O es que ya uno no va a poder largar una sonora ventosidad en medio de la dehesa por temor a que lo estén grabando? Si ya es tarde para que atiendan mi ruego y lo han captado sus micrófonos y cámaras, iba por ustedes, señores espías.
La línea divisoria.
Carta en el periódico HOY (26/06/2013)
«Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere». Con estas palabras, según cuenta el historiador peruano José Antonio del Busto, se dirigió Francisco Pizarro a sus desmoralizados hombres en la isla del Gallo. Sólo trece, los “Trece de la Fama” cruzaron la línea.
José Ignacio Wert ha trazado en las actas de calificaciones una raya con su espada de 6,5 de hoja. Los pudientes y los que superen esta nota, a estudiar. Los que no la superen y que sean no pudientes, hacia la marginación.
Hay una diferencia entre aquellos míticos trece soldados de Pizarro y los que no van a cruzar la línea de Wert. Los de la isla del Gallo renunciaron voluntariamente a seguir en la lucha. Muchos de los que queden separados por la de Wert posiblemente querrán seguir estudiando y no podrán hacerlo.
Las bebidas en el Congreso.
Fotografía de abc.es
Carta en el periódico HOY (7-6-2013)
El abuelo paseaba por los rollitos del centro de la casa en esas horas previas a la comida en que la calle está tranquila porque aún no han salido los niños de la escuela y el hogar se mantiene en un acogedor sosiego. Le tenía cogidas las vueltas a su mujer y cuando ésta se metía en la cocina o iba al corral a tender la ropa, él aprovechaba para beberse un vaso de la botella de vino que guarda en la alacena, saltándose así la prescripción médica y la vigilancia de su compañera.
Hasta que cualquier día, en una aparición sorpresa, lo cogía con el codo empinado y le escondía el suministro. Duraba unos días la abstinencia hasta que daba con el escondite.
La opinión pública ha sorprendido a los señores diputados y senadores con el gin tonic de 3,50 € en la mano, es un decir, y se ha escandalizado con éste y otros precios subvencionados de los que se benefician ellos y los asiduos visitantes del Congreso. No es que la ciudadanía esté preocupada con la tensión arterial, el colesterol o la diabetes que puedan padecer sus señorías y convidados, sino que las libaciones están en parte sufragadas con dinero público. En estos tiempos que corren, en los que a la mayoría se nos ha quedado el talle estrecho por las apreturas del cinturón, no están bien esas liberalidades tan prescindibles que se hacen con el dinero de todos, sobre todo por quienes deben dar ejemplo de lo que predican.
¿Para cuándo el consenso?
Por estas tierras de olivares, campiñas y dehesas, llegado febrero, comienza el celo de la perdiz. Al aire, gallardos los reclamos de los machos intentan atraer a su terreno a las hembras y echar de allí a los intrusos que se las disputan. En turnos de réplicas y contrarréplicas las mañanas y atardecidas se llenan del lenguaje amoroso y retador de la hermosa “patirroja”. Acabado el tiempo de celo y cubierto el instinto sexual, la hembra anida e incuba a sus polluelos, quedando el macho vigilante de la puesta.
Pero no faltan otros reclamos, piñoneos y cuchicheos sobre la superficie de esta piel de toro. Subidos a “pulpitillos” de privilegiado otero, personajes del espécimen humano que nos representan, se crecen y marcan terreno con florido verbo. Cada uno en endogamia narcisista se recrea en la exposición de sus motivos y lanza al aire bucles engallados. Esperan que acudan los demás a compartir sus irrenunciables principios para salvar el solar patrio. No acaban, claro está, incubando ideas surgidas de un consenso, que falta le hace al devenido páramo de España, sobre todo en trascendentales asuntos como la educación, sino que elevan el tono, exaltando las virtudes propias y desacreditando las ajenas.
Hay que salir
Ya tienen sol las esquinas donde los parados hablan a las doce del mediodía. El reloj, que a esa hora marca la divisoria entre el trajín y la indolencia, cruza sus brazos en la frontera de la tarde. Doce tañidos quedan vibrando en el aire como doce interrogaciones y anuncian el final de la espera sin esperanza. Nadie vino a tocar la aldaba del trabajo. Los bolsillos se agrandan con la horma de las manos para dar cobijo a la impotencia. Los ojos rehúyen las miradas de otros ojos. Se está apoderando de nuestros pueblos una resignación peligrosa que hace que la gente se refugie en sus casas a aguardar hasta que pase esta nube negra que dura ya demasiado. Una lenta filtración de escepticismo y miedo se cuela entre las grietas del futuro.
Pero hay que evitar que esta resbaladiza pendiente de resignación nos arrastre hasta el fondo. Hay que agarrarse a la esperanza y luchar por un sitio bajo el sol que no sean las esquinas del conformismo.
Herbicidas. ¿Sólo las hierbas?
Carta en el periódico HOY 21/02/2012.
Cuando yo era niño para quitar las malas hierbas se escardaban los sembrados. Las cuadrillas de trabajadores recorrían las sementeras con las azadas y las quedaban limpias de ballicos, gramas y cardos.
En el arroyo del pueblo, que pasaba pegando a la escuela, había peces, renacuajos y lampreas. Como no había recinto cerrado para el recreo, los escolares nos íbamos allí a buscarlos en las covachuelas y debajo de la arena. En el campo podía beberse el agua clara que corría por las gavias.
Ahora para quitar las hierbas de las hazas y olivares pasan los tractores con un depósito y unas largas barras tirando los herbicidas o lo hacen mismos agricultores cargándolo en mochilas a sus espaldas. Cuando llueve abundantemente la lluvia corre hacia los regajos que desembocan en la presa de donde nos surtimos de agua potable los pueblos de la Campiña. Entre el 2001 y el 2002 la Dirección General de Salud Pública de la Junta de Extremadura realizó 2.553 análisis a la red de agua de consumo público, de los que 484 tenían restos de herbicidas.
Ignoro si con las nuevas técnicas de depuración se eliminan totalmente los restos de tantos productos químicos como se le echan al campo. Los acuíferos subterráneos no se depuran y seguro que reciben también parte de esos productos. No hacen falta análisis para saber que en el arroyo de mi pueblo ya no hay peces, renacuajos ni lampreas, que las alondras y los pájaros trigueros han disminuido considerablemente y que los cazadores, caminantes y labriegos ya no pueden beber el agua corriente de las gavias cuando salen al campo.
Democracia sin rufianes.












