Volver.
Ya ni el tango me sirve.
Que si veinte años no son nada,
cuarenta sí lo son
y aunque las estrellas parpadean en lo alto
ya nadie espera mi regreso.
Son otros los cuerpos que duermen
a cobijo de las casas cerradas
en esta noche lejana
de aquel añorado tiempo.
Tampoco quise el regreso,
pero, sin saber por qué, he vuelto
a las calles solitarias
donde un día fui dichoso.
Hasta el silencio me parece otro
del que fue cómplice de nuestros besos.
Son otros pasos
los que hollan los caminos
que aquel otoño recorrí con ella.
Conservan halos de abrazos perdidos
las luces de las últimas callejas.
De fiesta.
Una bala.
Verdugos.
¡Qué putada,
sentir el frío acero
en la garganta desnuda y palpitante!
Pero es tarde para apartar la presa de la daga.
Tajo certero pido al verdugo.
Irremediable el destino,
ofrezco mi cuello caliente y placentero
al afilado borde de la muerte.
Ya no me importa nada:
dejarme llevar por la corriente
y morir luego.
Postín.
¡Qué postín, qué señorío,
galanura lleva el porte,
grandeza el aire,
embelesada tarde
para, admira, y calla!
¡Pasen los señores
por la acera de los nobles!
¡Qué cabezas tan enhiestas
sobre unos pies que levitan
y miran condescendientes
al resto de los mortales!
Yo, nosotros,
¡qué importantes!
Y al volver la esquina de las mentiras,
¡maldita cáscara vana!
Efímeras vanidades
del fuego de las cerillas.
Anécdotas de la escuela.
En la convivencia diaria de la escuela surgen anécdotas y situaciones curiosas derivadas de la espontaneidad y viveza propias de la edad escolar.
Refiero a continuación tres de las que me han sucedido en mis años de docencia.
Estábamos tratando sobre locuciones relacionadas con la manera de decir la hora que hacían referencia a expresiones coloquiales como y cuarto, menos cuarto, las ochos pasadas, y pico…
Más o menos todos sabían el significado de frases como por ejemplo son las siete y cuarto, traduciendo su significado a los minutos que pasaban o faltaban de la hora señalada, pero al llegarle el turno a una niña de sexto de Primaria, inteligente y trabajadora, y tener que explicar qué entendía ella cuando decimos que “es la una y pico”, con total naturalidad manifestó que era la una y era hora de comer algo, de picar algo, para apaciguar el hambre que se produce a esas horas.
Tenía yo por costumbre, para aliviar la pesadez y el cansancio después de las actividades de las materias fundamentales, organizar un turno de preguntas con adivinanzas y trabalenguas. Lo hacíamos en corro de tal manera que el que acertaba la respuesta subía de lugar, hecho que les producía gran motivación y también nerviosismo. A un alumno que no era de estas tierras, sino aragonés, muy trabajador y ávido lector, le inquirí rápidamente que me dijera de qué color era el caballo blanco de Santiago. Se quedó pensativo y extrañado y me dice” ¿Qué Santiago es ese?”. El consiguiente jolgorio de los que, por repetida, sabían la respuesta. Uno de ellos, con elevado tono de voz le respondió: “¡Del que sale en las procesiones!”
La tercera anécdota sucedió con un alumno que necesitaba ayuda extra para su aprendizaje y lo sacaba yo del grupo para que recibiera una enseñanza más individualizada. Le planteé un problema cuya redacción era: “En un banquete hay 200 personas sentadas y 100 de pie, ¿cuántas personas hay en total?”. Le dejé un tiempo prudencial para que razonase y me diese la respuesta. Pasaba el tiempo y de vez en cuando me miraba fijamente con los ojos muy abiertos. Le volví a plantear la pregunta leyéndosela despacio y haciendo hincapié en los datos. Pero él seguía mirándome de hito en hito sin pestañear. Ya cuando le urgí a que me dijera qué era lo que no entendía del enunciado me espetó: “Pero D. Juan Francisco, ¿cómo va a haber en un banquete 200 personas sentadas si lo más que cabe en un banquete es uno?”. Pensaba yo después qué pasaría por la cabeza del alumno cuando me miraba tan fijamente. Seguro que pensaría: “Este hombre ha perdido la cabeza”.
Paranoia.
Franco veía masones por todos lados. Cualquier leve oposición a su régimen era obra de esta asociación secreta. También de los contubernios, como el de Múnich. O de las conjuras internacionales. Enemigos por doquier. Enfermiza paranoia.
Será que el poder es desconfiado por naturaleza. Se habla de la soledad en que se encuentran los presidentes, rodeados de aduladores y palmeros y del alejamiento de la realidad que ocasionan los gruesos muros de los palacios. Se pierde la capacidad de autocrítica.
Leo en uno de los múltiples panfletos demagógicos que circulan por la red que los que protestan en las calles están manipulados, azuzados y orquestados por socialistas y comunistas. Con lo cual están manifestando dos cosas: lo borrega que es la gente y el poder de convocatoria que tienen estos partidos. O sea, que aquí cualquiera que se rebele contra la situación a la que nos están despeñando es una marioneta en manos de estos partidos, que lo único que quieren es derribar al gobierno. Algunos incluso van más allá. Dicen que estos manifestantes van contra España. Que son antipatriotas. Pues no. España no es patrimonio exclusivo de un partido político. También es de los que protestan cuando comprueban que su calidad de vida, su trabajo y su familia se están quedando sin futuro. España es también de aquellos para los que su patria es su trabajo, su familia y su dignidad. Y también, su bandera, su ejército, su selección, sus atletas… También, pero no sólo esto.
Tranquilidad.
Ahuecando la mano en el arroyo,
donde más clara y rápida se muestra
el agua saltarina entre las piedras
he bebido entre sombras de membrillo
un sorbo de agua fresca.
Después tranquilamente me he sentado
en la orilla que al norte da cobijo
entre el verde frescor de la ribera.
A lo lejos rastrea un cazador
buscando la perdiz en los tomillos.
Suena el agua con un tenue murmullo:
cosquillas risueñas, leves caricias,
limos, juncos y adelfas.
En el azul el águila se mece
y un avión deja su blanca estela
marcándole una cicatriz al cielo
que al poco tiempo el aire desvanece.
Pobre funcionario.









