Crónica rosa.

Ya está aquí el verano y los periodistas  y allegados que viven de crónicas  del puteo y cornamentas consentidas  y de meter las narices donde no les han llamado    empiezan a remover sus posaderas de los asientos  invernales para buscar la noticia o su espejismo en las  aguas de nuestras costas. Nos abofetearán con imágenes de fantoches engominados en veleros de no sé cuantos metros de eslora.  Con el  último modelo de bikini de la  pija niña de papá que ahora luce a su vigésimo novio por los saraos de moda.Con estos  bon vivant no va la crisis. Los ladrones y corruptos se broncean y toman whisky al atardecer en lujosas mansiones veraniegas mientras sus víctimas archivan el tercer aviso de embargo  en la carpeta de las facturas Cualquier imagen o información  de la familia real, empantanada entre yernos y cacerías, vale su peso en papel couché. A la caza pues de la exclusiva y a enseñarles a la plebe mientras come el gazpacho y la tortilla cómo viven los que entienden este negocio de la vida. El paraíso, real o ficticio, a nuestro alcance con sólo apretar un botón o comprar una revista.  

Volver.

Ya ni el tango me sirve.

Que si  veinte años no son nada,

cuarenta  sí  lo son

y aunque las estrellas parpadean en lo alto

ya nadie espera mi regreso.

Son otros los cuerpos  que duermen

a cobijo de las casas cerradas

en esta noche lejana

de aquel añorado tiempo.

Tampoco quise el regreso,

pero, sin saber por qué, he vuelto

a  las calles solitarias

donde un día fui dichoso.

Hasta el silencio me parece otro

del que fue cómplice de nuestros besos.

Son otros pasos

los que hollan los caminos

que aquel otoño recorrí con ella.

Conservan halos de abrazos perdidos

las luces de las últimas callejas.

De fiesta.

 

 

 

Mocita,

tus polvos de tocador,

tu colorete rosado,

y un poquito de candor

para esta tarde de fiesta.

 

Mujer,

las holladuras del pie,

los dolores de cabeza.

Para pasar un mal rato

prefiere una buena siesta

Una bala.

Un hombre cuesta una bala

si se le quiere callar.

Sólo faltan los  sicarios

que se presten a apretar

el gatillo del fusil.

Pero  no mueren  ideas

por un pedazo de plomo

como el criminal desea.

Ese trozo de metal

con el tiempo  se convierte

en semilla y en abono

de justicia y  libertad.

 

Verdugos.

¡Qué putada,

sentir el frío acero

en la garganta desnuda y  palpitante!

Pero es tarde para apartar la presa de la daga.

Tajo certero pido al verdugo.

Irremediable el destino,

ofrezco mi cuello caliente y placentero

al  afilado borde de la muerte.

Ya no me importa nada:

dejarme llevar por la corriente

y morir luego.

Postín.

¡Qué postín, qué señorío,

galanura lleva el porte,

grandeza el aire,

embelesada tarde

para, admira, y calla!

¡Pasen los señores

por la acera de los nobles!

¡Qué cabezas tan enhiestas

sobre unos pies que levitan

y miran condescendientes

al resto de los mortales!

Yo, nosotros,

¡qué importantes!

Y al volver la esquina de las mentiras,

¡maldita cáscara vana!

Efímeras vanidades

del fuego de las cerillas.

Anécdotas de la escuela.

En la convivencia diaria de la escuela  surgen anécdotas y situaciones  curiosas derivadas de la espontaneidad y viveza propias  de la edad escolar.

Refiero a continuación tres  de las que me han sucedido en mis años de docencia.

Estábamos tratando sobre locuciones relacionadas con la  manera de decir la hora que hacían referencia a expresiones coloquiales como y cuarto, menos cuarto,  las ochos pasadas, y pico…

Más o menos todos sabían el significado de frases como por ejemplo son las siete y cuarto, traduciendo su significado a los  minutos que pasaban o faltaban de la hora señalada, pero al llegarle el turno a una niña de sexto de Primaria, inteligente y trabajadora, y tener que explicar qué entendía ella cuando decimos que  “es la una y pico”,  con total naturalidad manifestó que era la una y era hora de comer algo, de picar algo,  para apaciguar el hambre que se produce a esas horas.

Tenía yo por costumbre, para  aliviar la  pesadez y el cansancio después de las actividades de las materias fundamentales, organizar un turno de preguntas con adivinanzas y trabalenguas. Lo hacíamos en corro de tal manera que el que acertaba la respuesta subía de lugar, hecho que les producía gran motivación y también nerviosismo. A un alumno que no era de estas tierras, sino aragonés, muy trabajador y ávido lector, le inquirí rápidamente que me dijera de qué color era el caballo blanco de Santiago. Se quedó pensativo y extrañado y me dice” ¿Qué Santiago es ese?”. El consiguiente jolgorio de los que,  por repetida, sabían la respuesta. Uno de ellos, con elevado tono de voz le respondió: “¡Del que sale en las procesiones!”

La tercera anécdota sucedió con un alumno que necesitaba ayuda extra para su aprendizaje y lo sacaba yo del grupo para que recibiera una enseñanza más individualizada. Le planteé un problema cuya redacción era: “En un banquete hay 200 personas sentadas y 100 de pie, ¿cuántas personas hay en total?”. Le dejé un tiempo prudencial para que razonase y me diese la respuesta. Pasaba el tiempo y de vez en cuando me miraba fijamente con los ojos muy abiertos. Le volví a plantear la pregunta leyéndosela despacio y haciendo hincapié en los datos. Pero él seguía mirándome  de hito en hito sin pestañear. Ya cuando le urgí a que me dijera qué era lo que no entendía del enunciado me espetó: “Pero D. Juan Francisco, ¿cómo va a haber  en un banquete 200 personas  sentadas  si lo más que cabe en un banquete es uno?”. Pensaba  yo después qué pasaría por la cabeza del  alumno cuando me miraba tan fijamente. Seguro que pensaría: “Este hombre ha perdido la cabeza”.

Paranoia.

 

 

 

 

 

Franco veía masones por todos lados. Cualquier leve oposición a su régimen era obra  de esta asociación secreta. También de los contubernios, como el de Múnich. O de las conjuras internacionales. Enemigos por doquier.  Enfermiza paranoia.

Será que el poder es desconfiado por naturaleza. Se habla de la soledad en que se encuentran los presidentes, rodeados de aduladores y palmeros y del alejamiento de la realidad que ocasionan los gruesos muros de los palacios. Se pierde la capacidad de autocrítica.

 Leo en uno de los múltiples panfletos demagógicos que circulan por la red que los que protestan en las calles están manipulados, azuzados y orquestados por socialistas y comunistas. Con lo cual están manifestando dos cosas: lo borrega que es la gente y el poder de convocatoria que tienen estos partidos. O sea, que  aquí cualquiera que se rebele contra la situación a la que nos están despeñando  es una marioneta en manos de estos partidos, que lo único que quieren es derribar al gobierno. Algunos incluso van más allá. Dicen que estos manifestantes van contra España. Que son antipatriotas.  Pues no.  España no es patrimonio  exclusivo de un partido político. También es de los que protestan cuando comprueban que su calidad de vida, su trabajo y su familia se están quedando sin futuro. España es también de aquellos para los que su patria es su trabajo, su familia y su dignidad. Y también, su bandera, su ejército,  su selección, sus atletas… También, pero no sólo esto.

Tranquilidad.

 

 

 

Ahuecando la mano en el arroyo,

donde más clara y rápida se muestra

el agua saltarina entre las piedras

he bebido entre sombras de membrillo

un sorbo de agua fresca.

Después tranquilamente me he sentado

en la orilla que al norte da cobijo

entre el verde frescor de la ribera.

A lo lejos rastrea un cazador

buscando la perdiz en los tomillos.

Suena el agua con un tenue murmullo:

cosquillas risueñas, leves caricias,

limos, juncos y adelfas.

En el azul el águila se mece

y un avión deja su blanca estela

marcándole una cicatriz al cielo

que al poco tiempo el aire desvanece.

 

Pobre funcionario.

 

 

 

 

 

(EN  EL TÉRMINO FUNCIONARIO INCLUYO A TODOS)

Cuando lleguen las fiestas entrañables

de la blanca y alegre navidad

tendréis a un funcionario taciturno

vagando solitario  en la ciudad

que al ver un luminoso escaparate

pegará su nariz en el cristal

contemplando las cestas de manjares

que este año no podrá comprar.

La banda de políticos ineptos

y un grupo de banqueros con disfraz,

a la usanza de antiguos bandoleros,

nos dejaron al aire los traseros

y las mesas vacías y sin pan.

¡Malditos los rateros con corbata

que nos roban comida y libertad!