Los poderes básicos del Estado son el legislativo, el ejecutivo y el judicial, con funciones separadas, según expuso Montesquieu en “El espíritu de las Leyes”. Esta teoría ha estado sujeta a interpretaciones diversas por el peso del poder ejecutivo en la maquinaria del Estado, hasta llegar a proclamar algunos la defunción de la doctrina del pensador francés. Los límites imprecisos de estos poderes hace que se confundan a los ojos de los ciudadanos por existir intereses entrecruzados entre ellos.
A los medios de comunicación social por su poder para crear opinión se les ha considerado tradicionalmente como un cuarto poder. A esta situación han venido a agregarse actualmente las redes sociales, que incrementan día tras día su influencia en quienes tienen que tomar decisiones.
Estos dos últimos poderes oficiosos han sido determinantes para que salgan a la luz pública casos de corrupción en todas las instancias del Estado y han presionado a los llamados poderes oficiales para que actúen. Casos como la dimisión forzada del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, señor Divar, o la imputación del señor Urdangarín en el caso Nóos probablemente no hubiesen tenido ese final sin la actividad de estos dos medios. Quede a salvo el recto proceder de personas que desde diversos puestos oficiales cumplen con sus obligaciones.
Y acabo como termina el catecismo cuando dice que los diez mandamientos se encierran en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. En el caso que nos ocupa, todos estos poderes, oficiales y oficiosos, se encierran en uno sólo: el poder del dinero.
En las noches de verano contemplábamos el camino de Santiago, esa ancha franja de leche estrellada, y creía yo que carros de cristales transparentes y barrocas formas, tirados por constelaciones de caballos, transitaban cada noche por él.
Decían que si contábamos estrellas nos saldrían espundias en la piel. Pero yo las contaba y las unía con imaginarios hilos formando caprichosas figuras.
A veces una línea rápida y fugaz sorprendía nuestra mirada absorta con una rúbrica blanca en la cóncava negrura. “Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido”.
Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas eran trocitos de hielo que se deshacían según se acercaba la mañana y enviaban soplos frescos a través de las ramas invisibles de un sauce gigante y luminoso, bajando como los cohetes en las noches de fiesta.
Bien entrada la madrugada, la esfera, en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija abierta del oriente.
En las pequeñas tiendas de los pueblos suelen tener una libreta donde se apunta lo que se fía al cliente. El grueso de los ingresos económicos del año para la mayoría de los vecinos se produce con los que genera la recolección, tanto de cereal como de aceituna. Las expectativas se frustran en muchas ocasiones por sequías, inundaciones o pedriscos y las deudas de la manoseada libreta crecen y se añejan. Hay que esperar una mejor ocasión para saldarlas.
Una modalidad de venta muy extendida en años pasados fue a la dita. El ditero pasaba con su gruesa libreta de hojas individuales para cada cliente. Estas hojas se atornillaban con dos barras apretadas con tuercas de mariposa. Cada hoja correspondía a un cliente y en ella se anotaba la cantidad convenida que debía pagarse periódicamente hasta saldar la deuda y poder empezar una nueva línea de crédito. Había cierta flexibilidad si se alegaba que ese día no se tenía suelto y que al día siguiente se pagarían las dos cuotas. El ditero iba casa por casa y tan asidua y familiar se hizo su presencia que las personas que ejercieron esta profesión quedaban bautizadas con este sobrenombre.
Los saludos más tradicionales entre hombres han sido siempre chocar las manos y abrazarse. Dicen que si aprietas cuando saludas transmites seguridad y confianza. Los hombres saludaban a las mujeres cogiéndoles suavemente la mano y haciendo ademán de besársela con leve inclinación de tronco.
En el genuino abrazo entre hombres se cruzan las manos abiertas en la espalda con palmoteo efusivo proporcional a la intensidad de la emoción y al tiempo transcurrido. En su máxima expresión pueden salir despavoridos los polvos depositados en la chaqueta durante su estancia en el ropero.
Pero ahora se ha puesto de moda un saludo que está a mitad de camino entre el beso y el abrazo. Un híbrido de forma y compostura, entre rito medieval caballeresco y antiguo saludo eclesiástico de paz, saludo moruno, que alterna el roce de mejillas mientras sujetas los hombros del otro con las manos. El abrazo se queda corto y el beso se da al aire. Se pierde como mariposa invisible que vuela labiada sin que a nadie aproveche. El roce alternante de mejillas no llega a cuajar en abrazo porque las manos se quedan desalmadas en los hombros.
O estrecho abrazo o beso. No quiero besos al aire, ni híbridos de mula torda. Al beso, labios y al abrazo fuerza.
En la autorregulación normativa por la que El Consejo General del Poder Judicial se rige, se dice que sus consejeros no tienen obligación de justificar el motivo de sus viajes.
La vicepresidenta del gobierno ha manifestado que el número de diputados y senadores está fijado por la Constitución y no puede modificarse, salvo que se reforme la misma.
Hasta principios del siglo XX Las mujeres no podían votar en las elecciones porque la ley no contemplaba esa posibilidad.
Si todos los gobernantes de los distintos países hubiesen justificado la existencia de situaciones injustas en la vigencia de leyes que las respaldaban, probablemente persistirían en nuestros días la esclavitud y la pena de muerte.
De eso se trata, de cambiar las leyes que haya que cambiar, incluida la Constitución, para que España salga del lodazal. Como dijo el presidente Clinton: “Es la economía, imbécil”
Sara Montiel interpretaba con su peculiar estilo la canción del Polichinela. El estribillo decía: “Cata-catapún, catapún pon candela/arsa pa’rriba polichinela./Cata-catapún, catapún, catapún/como los muñecos en el pin-pan-pun.”
Mientras nos dedicábamos a tirarle pelotazos al polichinela en la caseta de feria, descargando nuestro enfado contra él y azuzados por animadores inclementes, las termitas, fuera de los focos que iluminaban a la pobre marioneta, roían las patas de la caseta.
Apagadas las luces y destrozado el muñeco, la caseta se nos viene abajo y nuestra atención se dirige ahora al daño silencioso que han provocado los voraces insectos.