Los pupitres de la escuela fueron durante años bipersonales y para delimitar la parte que nos correspondía a cada uno, si las relaciones se deterioraban por algunas de las múltiples disputas de la infancia, trazábamos con el lápiz o con una tiza una raya que lo dividía en dos partes iguales. Cuando uno de los dos convecinos invadía la parte contraria le daba un codazo, con el consiguiente estropicio de borrones de tinta en la libreta porque escribíamos con plumillas que mojábamos en tinteros de porcelana que se metían en los agujeros que tenían los pupitres. Para hacer las cuentas teníamos la pizarra y el pizarrín blanco y redondo, así no gastábamos libretas. Para borrar uníamos un trapo con una cuerda a un extremo de la pizarra y un salivazo sobre ésta. Si el trapo se había perdido, se borraba con el antebrazo y éste se frotaba después contra el pantalón para que no se notara lo blanco en el jersey.
Seguro que si estos tecnócratas europeos vieran el reguero de víctimas que van quedando en la cuneta se lo pensarían mejor antes de anunciar más recortes, ajustes o limitaciones de gastos, que también con el lenguaje son diestros en el embauco y el eufemismo.
No sirven las caras compungidas que ponen cuando anuncian las medidas. Serían más creíbles si pusieran en las mesas de sus despachos las fotos de las familias que un día tras otro van quedando en paro. Y todavía serían más creíbles sus aparentes penas si entre esas fotos estuvieran las de sus hijos, hermanos o esposas. Pero no, no les llegan las quejas y la angustia de los parias a los salones enmoquetados. Su compuesto rostro forma parte del guión para transmitir una imagen de falsa solidaridad con los desfavorecidos. Ellos van a los números, sin darse cuenta que detrás de las palabras y los números hay dramas humanos que no se solucionan con buenas palabras.
Cuando oigo que las medidas que se toman son por el bien de España ignoro a qué España sin españoles se están refiriendo. Porque mi patria no es “un fusil y una bandera, sino mis hermanos que están labrando la tierra”, que cantaba Quilapayún. ¿A qué realidad se refieren? ¿Himnos y desfiles? ¿Los triunfos de deportistas millonarios? ¿Unos deslumbrantes paisajes? ¿Tal vez bellas piedras labradas de monumentos y catedrales? No hay patria sin personas. No hay patria sin dignidad.
Los poderes básicos del Estado son el legislativo, el ejecutivo y el judicial, con funciones separadas, según expuso Montesquieu en “El espíritu de las Leyes”. Esta teoría ha estado sujeta a interpretaciones diversas por el peso del poder ejecutivo en la maquinaria del Estado, hasta llegar a proclamar algunos la defunción de la doctrina del pensador francés. Los límites imprecisos de estos poderes hace que se confundan a los ojos de los ciudadanos por existir intereses entrecruzados entre ellos.
A los medios de comunicación social por su poder para crear opinión se les ha considerado tradicionalmente como un cuarto poder. A esta situación han venido a agregarse actualmente las redes sociales, que incrementan día tras día su influencia en quienes tienen que tomar decisiones.
Estos dos últimos poderes oficiosos han sido determinantes para que salgan a la luz pública casos de corrupción en todas las instancias del Estado y han presionado a los llamados poderes oficiales para que actúen. Casos como la dimisión forzada del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, señor Divar, o la imputación del señor Urdangarín en el caso Nóos probablemente no hubiesen tenido ese final sin la actividad de estos dos medios. Quede a salvo el recto proceder de personas que desde diversos puestos oficiales cumplen con sus obligaciones.
Y acabo como termina el catecismo cuando dice que los diez mandamientos se encierran en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. En el caso que nos ocupa, todos estos poderes, oficiales y oficiosos, se encierran en uno sólo: el poder del dinero.
En las noches de verano contemplábamos el camino de Santiago, esa ancha franja de leche estrellada, y creía yo que carros de cristales transparentes y barrocas formas, tirados por constelaciones de caballos, transitaban cada noche por él.
Decían que si contábamos estrellas nos saldrían espundias en la piel. Pero yo las contaba y las unía con imaginarios hilos formando caprichosas figuras.
A veces una línea rápida y fugaz sorprendía nuestra mirada absorta con una rúbrica blanca en la cóncava negrura. “Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido”.
Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas eran trocitos de hielo que se deshacían según se acercaba la mañana y enviaban soplos frescos a través de las ramas invisibles de un sauce gigante y luminoso, bajando como los cohetes en las noches de fiesta.
Bien entrada la madrugada, la esfera, en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija abierta del oriente.