Fatuo

Poco cuesta el alarde vanidoso

a quien cuelga medallas en su pecho

y en su incienso jamás encuentra techo

para dejar de ser un pretencioso.

El oyente que aguanta silencioso,

por no dañar ni herirlo en su provecho

evita  así reacciones de despecho

y aguanta estoico su decir pomposo.

Pero es ya tan enorme el esperpento

creado con sus ansias de grandeza

que no ve que quien oye no está atento,

ni  absorto en contemplar tanta guapeza,

sino que no soporta el engreimiento

de quien sólo demuestra su torpeza.

El último pasaje

Fotografía de Juan Sevilla.

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

 

 

 

 

 

Restan pocos recodos al sendero

y no sé si el que veo,

cercano  ya al avance de mis pasos,

será el último que arqueo

o no llegaré siquiera a superarlo.

Hacia atrás lo vivido no me sirve

si no es para el recuerdo.

Que sea apacible

el resto del trayecto.

Poco más anhelo

que contemplar las alamedas

y  del cielo el lubricán rojizo,

efímeros placeres, aunque bellos.

En mi bolsillo el último pasaje

de un viaje sin regreso.

Un día cualquiera

parará a mi altura un coche negro

y ocuparé  el asiento que la parca

me tiene reservado

desde el principio de los tiempos.

Se perderá su estela en el paisaje

que yo no veré porque iré dentro.

Otros caminantes, a sol puesto,

andarán los mismos pasos

que yo esta tarde estoy andando

y verán, a principios de febrero,

las  flores  del almendro.

¡Quién sabe si son ellas

las estelas de los muertos!

La puta prima.

 

 

 

 

 

 

Esta impúdica prima ha perdido definitivamente la vergüenza. Toda la noche de juerga y farra y ahora se le suben los puntos a la cabeza por la desmesurada ingesta a granel de  garrafa ajena.  Atiborrada  de gustos caprichosos y  ajada por su  vida licenciosa, la muy insolente ya no se recata  de exhibir su pródiga desvergüenza, sino que nos arroja  a la cara sus lúbricos desmanes. Por más que  nosotros,  su honorable familia, hemos hecho lo indecible por disimular sus veleidades, ella  paga nuestros desvelos  paseándose desnuda  y desgreñada por el patio de vecindad  con las prendas íntimas en la mano. ¡Qué bochorno para una honra ganada a lo largo de generaciones  de ejemplar comportamiento!

Las pocas, pero bien ganadas pertenencias de la familia, al albur de usureros prestamistas que como buitres planean en busca de cadáveres con que saciar su voraz apetito.

Sotana, beca y birrete.

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquí me tenéis, con once años,  sotana, beca y birrete. Enero de 1963 en Palomillas, una finca a la izquierda de la carretera de Portugal, camino de Caya, donde nos llevaban los prefectos del Seminario de paseo.

Los jueves teníamos  libres las tardes y era cuando nos sacaban, unas veces a Palomillas y otras a circunvalar la carretera de Madrid. Los paseos los hacíamos en formación de ternas, muy ordenados con el prefecto al frente y con la indumentaria que veis en la fotografía.

Por aquel entonces el edificio del seminario sólo tenía edificaciones vecinas por su parte izquierda, era una fila de  chalets con el viejo Vivero entre ellos. Llegaban hasta la carretera de Portugal.  Del  campo de fútbol del Vivero recibíamos en el  patio de recreo los jubilosos gritos de los goles  en las tardes de los domingos. Creo recordar que el nombre de un entrenador de aquel tiempo era Lozano y recuerdo también la explosión de cohetes y el vocerío una tarde con motivo de un ascenso de categoría del equipo.

Los sábados eran días lectivos de punta a cabo. Sólo los domingos disfrutábamos del día completo, salvo una hora o dos de estudio. El tiempo libre restante lo empleábamos en jugar al fútbol y pasear por el campo de tierra. Por la tarde veíamos en la tele alguna serie de sobremesa, como el Virginiano, Bronco, el Llanero Solitario o similar. Eso sí, por la noche el partido de fútbol  por la primera y única cadena.

Al centro de la ciudad salíamos en contadas festividades a la catedral al oficio religioso correspondiente.  El día del Corpus o la ordenación de diáconos o sacerdotes eran de esos días. ¡Qué bien cantaba la Schola Cantorum bajo la dirección del malogrado D. Carmelo Solís! Nosotros  en los trayectos de ida y vuelta a la catedral mirábamos a los viandantes con los que nos cruzábamos y ellos nos miraban a nosotros entre sorprendidos y comprensivos.

Para salir del Seminario solo,  y por algún motivo especial, vestido en esta ocasión de calle, necesitábamos pedir permiso al rector, que por aquel entonces era D. Doroteo Fernández, leonés corpulento e imponente. Yo fui  a visitarlo con ocasión de la operación de apendicitis de mi hermana que se realizó en la Cruz Roja, donde era capellán D. Manuel Mantrana. Llegué al cuarto del rector, a la sazón también administrador apostólico de la diócesis,  vestido como en la foto. Sus habitaciones estaban en la parte superior de la entrada  principal del edificio, la de las escaleras de mármol blanco, donde Antonio Franco, el portero, tenía su  cuarto y donde estaba el teléfono al que acudíamos cuando nos ponían una conferencia desde casa. Iba previamente informado  por el prefecto  del  protocolo  que debía seguir y del  tratamiento que debía emplear (aquello de vuecencia, vuestra excelencia). Me atendió amablemente, haciéndome preguntas sobre mi pueblo  y su párroco. Recuerdo que cuando salí  de allí bajé los escalones de dos en dos, al contrario que al subir que lo hice poniendo los dos pies en cada escalón.

Algunos recuerdos de Badajoz

 

 

 

 

 

 

Solíamos tomar nuestras cervezas y nuestros vinos  en  dos bares que estaban uno frente a otro en la calle santo Domingo: el bar del Jamón, con el inolvidable Gaspar, y el Escorial. Hacíamos triángulo con visitas al bar del Foco en la calle Guardia Civil. Perdíamos poco tiempo en los traslados. Tampoco desdeñábamos en alguna noche  de correría etílica  otros lugares  de reconocida reputación estudiantil,  como la  calle Zurbarán, conocida por nosotros como la de los bares.  Nada de cubatas: cerveza o vino. Algunos fines de semana nos acercábamos a Vasco Núñez, a la casa del Nene, a probar su vino edulcorado y sus peces del Guadiana, que tenía almacenados en una olla y  servía,   si no los mercabas recién fritos, a temperatura ambiente, o sea, fríos.

Nos llamó la atención una novedosa iniciativa que el diario HOY puso en práctica a principios de los años setenta. En varios puntos de la ciudad colocaron unas mesitas con ejemplares del periódico para que los ciudadanos los cogieran y pusiesen   el importe  en un cajón.  Nosotros  en algunos ratos libres observábamos desde la entrada  de la antigua escuela de Magisterio la que colocaron  en la puerta del colegio de las Josefinas. Una encomiable iniciativa para que la educación cívica se ejercitara, pero no debió calar mucho en la ciudadanía la obligación de la contraprestación económica por el servicio de la lectura del periódico. No obstante hay  que resaltar la honradez de los que sí pagaban. Hoy probablemente sería peor y  duraría poco la mesita en su sitio.

Eran los tiempos  del HOY  en  la plaza de Portugal y de Herminio Pinilla Yubero  como director,  de Francisco Rodríguez Arias como escritor de artículos de fondo y de Antonio  García Orio-Zabala, cuya oronda humanidad vi una vez al trasluz pálido de un barbadillo en el kiosko de san Francisco. Buen plantel de periodistas y colaboradores, mejorando los actuales, bajo la capa pluvial de Herrera Oria y su Editorial Católica.

Yo adquiría el periódico en el puesto que un señor tenía en la acera de la última casa antes de enfilar el puente Viejo camino de la barriada de san Fernando. Sobre una silla de tijeras colocaba los ejemplares con una piedra encima para que el aire no los deshojara. El vendedor permanecía de pie apoyado en un bastón y casi siempre con una gabardina marrón. Era poco comunicativo y el acto de la transacción se limitaba a entregar  el periódico y poner el duro que costaba en una cajita que tenía al efecto.

Una  de las secciones  que gozaba de gran aceptación era “la mininoticia”, donde de forma escueta se daban pinceladas sobre la actualidad pacense.

En la radio sonaba todavía el soniquete que Manolo Pérez  divulgaba a diario en la emisora sindical para potenciar su club de oyentes “o te haces del club o te quedas en la cuneta”.

San Juan, con su recién estrenado pasaje, y las calles confluyentes a ella  conservaban aún el trajín  del ir y venir con bolsas de compra. Las librerías la Alianza y Doncel eran un hervidero de estudiantes  durante el curso,  sobre todo a principios del mismo.

La inauguración de Simago  por su estratégica situación y por la escasez de otras grandes superficies supuso un hito  comercial destacable en la ciudad,  que ya empezó a desplazarse  hacia el oeste. Allí recalábamos los estudiantes deseosos de novedades y sobre todo de ver a  las bellas muchachas que despachaban.

Las salas de cine gozaban aún de buena salud y era una  opción destacable para pasar la tarde de los sábados y domingos. Recuerdo ahora a bote pronto el  López de Ayala, Menacho, Conquistadores, Avenida  y la sala  de arte y ensayo,   Pacense,  que tuvo una gran aceptación entre la progresía de aquella época por la calidad de las proyecciones.

En la biblioteca municipal que estaba al lado del hospital provincial, en la plaza de Minayo, conocí de bibliotecario a Manuel Pacheco con su melena rizada,  abrigo de cuello alto y su amabilidad a prueba de estudiante desorientado.

Son algunos recuerdos,  a salto de mata,  de un estudiante en Badajoz  en el sesenta y nueve y principios de los años setenta  cuando todavía se daban los días si te cruzabas con alguien por la calle.

Sueño de otoño

 

 

 

 

 

La luna, copo de  ovalado nácar,

pende del  pecho cóncavo del cielo

en el azul violeta de la tarde.

Los leños en la chimenea arden,

componiendo figuras con su fuego.

Del inconexo fondo del pasado

surgen inesperados los  recuerdos.

Hacia el sopor del sueño me dirijo,

vencidos de cansancio los desvelos.

Me voy hundiendo un poco con la tarde

en la viscosa luz de lo indeciso

y  llego sin saberlo

al solitario mundo de los muertos.

He visto a la luna

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía de JuanSevilla http://www.flickr.com/photos/juaninda/

Sobre la  fuente de mármol,

arrayán y enredadera,

que cantaron los Machado.

Hecha  alpaca en los olivos

en el envés de las hojas

que sólo el viento destapa.

Grande, amarilla y serena

tras la noche de tormenta

que trajo la tempestad.

Marfil en la plazoleta

que oscurece intermitente

la veloz nube viajera.

Recuerdo  que cuando niño

miraba  durante horas

pasar delante de ella

los borreguitos del cielo

que venían de la mar;

el ruido de las canales

espabilaban después

mi sueño de madrugada.

Bálsamo para  tejados

en la sangre de sus tejas

por las heridas del sol.

Allá en el fondo del cubo

donde Platero bebía

yo le he querido tocar

su cara de porcelana.

¡Tan sola entre los caminos

en el lago de las juncias

con los pespuntes del grillo

tejiendo ribetes negros¡

Blanca almohada en la alcoba

enredada entre cabellos

como cinta desatada

entre  suspiros  y anhelos

de mocita enamorada.

Me gusta

 

 

 

 

 

 

 

Me gusta el pueblo en su vivir diario,

sin ruidos ni tumultos bullangueros.

El trajín cotidiano,

el detalle, el gesto,

Me gusta la luz resplandeciente en las solanas,

el sombrero inclinado y somnoliento

al  tibio sol del mediodía.

El vuelo de cigüeñas

bajo el intenso añil de primavera,

las sábanas al sol de los corrales

y también el borbolleo del puchero a la candela.

La mirada  curiosa y presentida

detrás del blanco encaje en la ventana.

Oír la  una en la plaza silenciosa

cuando no queda nadie por la calle

y la noche se cubre con manteos .

Me gusta ver el  haz de sol dorado

clavarle a la penumbra

rejón de polvo y luz.

Y el leve sol de invierno

lavando con caricias

de gotas de rocío a la retama.

Y en el campo solitario sentirme

envuelto por la lluvia y sus rumores

Y el vino con amigos,

compartiendo secretos y porfías.

Ver  llamas de piruetas caprichosas

consumir leños con sus lenguas rojas.

Y tú. Me gustas tú,

inspiración de todas estas cosas.

Amarse en silencio

 

 

 

 

 

 

Sentados a un metro de distancia en la terraza de un bar miran en direcciones opuestas, bien a los que pasean o a los que están sentados en otros lugares; a veces, furtivamente,  al reloj de la torre. No hablan. Comen pipas de una bolsa común que hay sobre el velador. Cuando pasa algún conocido  levantan la mano para saludar.  Después de dos horas salen las primeras y únicas palabras  de la noche:

-¿Nos vamos ya?

-Vámonos

(Nota: Sí,  son las primeras y únicas porque el camarero,  que ya conoce sus hábitos, ha preguntado que si lo de siempre y ellos han asentido con la cabeza)

 

Hembra

 

 

 

 

 

 

Por los contornos que su cuerpo deja

al pasar por el  aire me sumerjo.

En ese espacio perfumado y hueco

bulle  aún su presencia fugitiva.

Quedó flotando cual tules de raso

su cabello brillante y ondulado.

Al quicio de la puerta del deseo

un cuerpo  bellamente torneado

me atrae como al agua el sumidero.

Su mirada lanzada al   escarceo

me arrastra impetuoso a la lascivia

sobre las fuertes alas del dios Eros.