Finales de agosto.

 

 

Al final de agosto amarillea el sol en su puesta,   y su luz, que se hacía de oro en los montones de grano,  se va  gateando por los tejados y las tapias. El ejido ya no tiene el ajetreo laborioso que tuvo cuando las eras lo ocupaban. Los agricultores lanzaban a la marea  gallega las palas  de cereal para  su limpia, mientras los niños jugábamos al esconder entre los haces

Los rastrojos quedan ahora desdentados, ralos, casi a  la altura parda de la encía grieteada. Las cosechadoras y empacadoras aprovechan  al máximo el corte.  Poco queda para el  agostadero y los rebaños de ovejas van de un sitio a otro levantando nubes de polvo a su paso  por  este erial en que se han convertido los campos. La tórtola africana que rasgaba el aire con su raudo y sinuoso  vuelo ya no sestea en el encinar y en la alameda. Casi ha desaparecido de estos lares.   Están tristes los campos en este epílogo veraniego. Las hojas de la encina y el olivo pardean polvorientas y  mustias.  Las escasas pozas que aguantaban el estío son este  año  bocas resecas y angustiosas a la espera del agua de otoño.

 

 

Tópicos del tiempo.

 

Los días son  ya más cortos
y por las noches  refresca.
Ya se sabe que en agosto,
frío en rostro
Pero no creas, que otros años
duró hasta octubre el calor,
y  septiembre  seca fuentes
o se lleva muchos  puentes.
¡El tiempo se ha vuelto loco!
Pero  no se lo come el lobo.
Cuentan los viejos que un año
no llovió hasta navidad.
 En enero, qué  pelonas
cuando crujen las pisadas
camino del olivar.
No son malas las invierno
que  enraízan a las plantas,
las malas son las tardías
cuando grana el cereal
y los brotes están tiernos.
Mucha agua va siendo ya,
que aquí los años lluviosos
nunca dan buenas senaras.
En invierno todo es noche
y las nieblas de la Pura
bastan para  la humedad
que las siembras necesitan.
Lo malo son los  solanos
que llegan en primavera
y arrebatan las espigas
cuando el campo ya está en flor.
El solano, agua en la mano
pero no en verano.
Aquí en verano,  el gallego
que  refresca y no reseca.
Ni buen prao ni buen centeno
si no llueve por febrero.
Yerbera  el agua en marzo
y en abril,  las aguas mil,
pero cien años viví
y uno bueno conocí.
Estas lluvias de san Juan
quitan vino y no dan pan.
Poco me gusta esa nube,
que donde le dé en caer…
Dios nos libre del granizo
como están las sementeras.
Parece que hay revolá
y el aire se fue hacia abajo.
Esa no  puede fallar:
mañana tierra mojá.

Mi cartera.

En mi cartera de cuero

transportaba la pizarra

y el trapito de borrar,

un lapicero con goma

y lápices de colores

con un cuaderno de rayas

 para hacer la letra clara

de la muestra principal.

La enciclopedia de Álvarez,

restos de tardes de sol

y algunos días de lluvia,

el recuerdo del maestro

y de muchos compañeros.

Hoy me la he vuelto a encontrar

en un rincón del doblado

con el broche de cerrar

y  dos hebillas al lado.

 

¡Bah!

 

 

 

¿Feliz?

A ratos.

Haciendo recuento,

plenamente dichosos, pocos.

Leves fulgores,

algún  efímero destello.

¿Placidez duradera?

Más ficción y quimera

que objetiva permanencia.

A  solas, cuando  faltan  los afeites y caretas,

aflora un desabrido sabor.

La pena acecha

cuando más tranquilo  es el trayecto.

En cada recodo hay una zarpa escondida en la maleza.

Espejismos que parecen dichas

y sólo  son muecas pasajeras.

Despacio, amigo.

Lento el paso,

¿para qué llegar tan pronto

de dónde no has de volver luego?

El camino es bello,

placentero a los sentidos

si reparas en pequeños destalles

que ignoramos

en cualquier otro momento:

macetas en las rejas,

el musgo verdinegro en las umbrías,

la lagartija al sol,

el vuelo del águila en el cielo,

margaritas en el  prado,

las caprichosas formas de las piedras,

el riachuelo.

Y el silencio.

¿Para qué llegar tan pronto

si la vida es el trayecto

y cuando en verdad llegas

ya estás  muerto?

Don Antonio.

 

 

 

 

 

 

 

Continúa la fuente de Machado

sonando mientras cae

cansinamente el agua

en  mármol blanco  de jardín sombrío.

Los chopos polvorientos

siguen rizando el aire de la tarde

al borde del camino.

Algunos solitarios paseantes,

clavadas en  el corazón  espinas,

ven cómo se enturbian  sus curvas

en la difusa luz de los crepúsculos.

Vuelven cigüeñas a los campanarios

con cada nueva primavera

haciendo garabatos en el aire,

y en la plazuela cantan

los niños canciones de siempre.

Cuando ignoramos a dónde llegará el camino

consuela saber que otras mentes de profundo discurrir

marcharon por el mismo recorrido,

haciéndose preguntas

que aún nadie ha respondido.

Noche de san Lorenzo.

La noche de san Lorenzo,

rayando de luz el cielo,

los ángeles se columpian

con un diamante de fuego.

Van de oriente hasta occidente,

desde el sur a la polar

jugando con los luceros.

Les sirven de agarradero

todas las constelaciones

con cuerdas de terciopelo.

Vejez.

 

 

 

Al ritmo de los días y las noches

avanza la vejez por las callejas

oculta tras oscuras candilejas

recogiendo en su alforja los derroches.

Encaja cada parte de los broches

y  convierte  los hilos en madejas,

recorta en  su largura las guedejas

y transforma prestantes en fantoches.

Sin ruido, deposita sigilosa

en las nobles cabezas de la gente

señales de la vida presurosa

que ahondan las arrugas de la frente

y permutan la pasión impetuosa

por  un escepticismo indiferente.

Información independiente.

 

 

 

 

 

 

Echo de menos una televisión estatal independiente y objetiva del tipo de la BBC inglesa. Esto de que cada partido gobernante ponga a sus dóciles  voceros  para que glosen sus logros  le da poca  credibilidad a los servicios informativos de la cadena pública. No están acostumbrados estos padres e  hijos de la madre patria a que los periodistas les hagan preguntas impertinentes. Y si lo hacen los catalogan de estar sirviendo a intereses del partido rival.

Y sin embargo hay grandes profesionales que en este mercadeo de influencias defienden el tipo  y su independencia con  extraordinaria brillantez. Tienen que acostumbrarse los prebostes de turno a que la democracia no sirve sólo para que los voten a ellos. Los medios de comunicación públicos son de todos y deben informar con independencia de partidos  a la ciudadanía, aunque perjudique la imagen del poder establecido. Esto no es un cortijo donde, como se hacía antiguamente,  por san Miguel se  cambiaban  mayorales y aperadores.

Llerena en el corazón

Con este soneto terminaba un servidor la presentación del libro de Tere Montero,  “Llerena en el corazón”, que tuvo lugar el  pasado sábado día 28 de julio en el centro cultural de la Merced.

El recuerdo se aviva  remozado

y en nosotros otra vez se hace presente,

traído de la mano dulcemente

para ser  con nostalgia recordado.

La autora con denuedo ha preguntado

para hallar testimonio entre la gente

de otro tiempo fugaz y   evanescente

que vuelve a nuestras mentes añorado.

Ofrece con primor Tere Montero

el corazón abierto de Llerena

para gozo y solaz de sus paisanos

y desde aquí quiero ser el primero

en darle  la cordial enhorabuena

por el libro que  hoy pone en nuestras manos.