Al final de agosto amarillea el sol en su puesta, y su luz, que se hacía de oro en los montones de grano, se va gateando por los tejados y las tapias. El ejido ya no tiene el ajetreo laborioso que tuvo cuando las eras lo ocupaban. Los agricultores lanzaban a la marea gallega las palas de cereal para su limpia, mientras los niños jugábamos al esconder entre los haces
Los rastrojos quedan ahora desdentados, ralos, casi a la altura parda de la encía grieteada. Las cosechadoras y empacadoras aprovechan al máximo el corte. Poco queda para el agostadero y los rebaños de ovejas van de un sitio a otro levantando nubes de polvo a su paso por este erial en que se han convertido los campos. La tórtola africana que rasgaba el aire con su raudo y sinuoso vuelo ya no sestea en el encinar y en la alameda. Casi ha desaparecido de estos lares. Están tristes los campos en este epílogo veraniego. Las hojas de la encina y el olivo pardean polvorientas y mustias. Las escasas pozas que aguantaban el estío son este año bocas resecas y angustiosas a la espera del agua de otoño.
Echo de menos una televisión estatal independiente y objetiva del tipo de la BBC inglesa. Esto de que cada partido gobernante ponga a sus dóciles voceros para que glosen sus logros le da poca credibilidad a los servicios informativos de la cadena pública. No están acostumbrados estos padres e hijos de la madre patria a que los periodistas les hagan preguntas impertinentes. Y si lo hacen los catalogan de estar sirviendo a intereses del partido rival.
Y sin embargo hay grandes profesionales que en este mercadeo de influencias defienden el tipo y su independencia con extraordinaria brillantez. Tienen que acostumbrarse los prebostes de turno a que la democracia no sirve sólo para que los voten a ellos. Los medios de comunicación públicos son de todos y deben informar con independencia de partidos a la ciudadanía, aunque perjudique la imagen del poder establecido. Esto no es un cortijo donde, como se hacía antiguamente, por san Miguel se cambiaban mayorales y aperadores.
Con este soneto terminaba un servidor la presentación del libro de Tere Montero, “Llerena en el corazón”, que tuvo lugar el pasado sábado día 28 de julio en el centro cultural de la Merced.