La cama

La cama es el lugar donde los sueños

construyen con espumas verticales

torreones que alba desvanece,

donde el dolor se siente

como acerada puñalada hendida

en el inquieto mar de los insomnios.

El  ansia del deseo

diluye el ímpetu de sus  efluvios

en el tranquilo lago de Morfeo.

Llega del fondo oscuro y acüoso

la vida envuelta en llanto.

Refugio de la mente

que oculta su tristeza

huyendo de la luz y de la gente.

Lecho en que el brazo  fuerte del arado

voltea la besana del descanso

y la patena en que  la vida ofrece

su  forzada gabela

a los alcabaleros de la muerte.

Los misioneros

Con el pronto declinar de la luz y el avance  de las noches se apoderaba del pueblo un ambiente de tristeza, de  sombras envueltas en el dulce y familiar calor de los braseros, de agua de canales y  pana vieja, de dejarse llevar hacia una vida latente y perezosa.

En este tiempo de tonos grises, de arados, simientes y parcelas labrantías, llegaban los misioneros, golondrinas redentoras, a encauzar las almas de los desviados de la fe y a avivar la de los tibios.

D. José el párroco, cual Bautista, preparaba a los fieles para el acontecimiento, anunciándolo en las misas y adelantando el programa de actos.

Los misioneros se alojaban generalmente en la casa de D. Rafael Maesso , en la calle Real, por cuyo acerado de losas paseaban en las  mañanas al tibio sol otoñal con las manos, protegidas y entrecruzadas dentro de las bocamangas, sobre el abdomen. En esta casa solariega recibían las visitas de los notables del pueblo que con reverencial cortesía los cumplimentaban.

Al anochecido, tres repiques de campanas con intervalos de media hora,  anunciaban el comienzo de la función religiosa. A la plaza concurrían los vecinos desde las distintas calles.

Grupos de mujeres con velos negros,  agarradas del brazo y hombres curtidos de sol moreno que, más independientemente o emparejados con otro encontrado en el camino, se dirigían a la iglesia. Las mujeres de la  calle Nueva formaban el grupo más numeroso, tanto que casi tapaban la calleja de Misa a su paso.

En los prolegómenos de los actos principales de la misión se rezaba el rosario en un  ininteligible y diluyente murmullo. Oleadas decadentes de avemarías  respondían al monaguillo, seminarista o beata que dirigía el rosario. La letanía era una evanescente réplica de sordos. De tal forma que se podía sustituir Arca dela Alianza, Torre de David o Lucero de la Mañana por alguna advocación profana y los orantes responderían ora pro nobis.

La mayoría de los hombres preferían esperar a que acabara el rosario en la Puerta del Perdón o en algún bar cercano. D. José, carraspeando, paseaba por la parte central de la iglesia y comprobaba como poco a poco se iba llenando la iglesia.

El acto principal de la noche misionera era el sermón. Famosos y celebrados fueron los del padre Rodríguez, por los años sesenta, que dejó una huella  duradera en el pueblo: “Todos pecadores”, fue una frase repetida que caló y que se sacaba a colación cuando la situación era oportuna.

El orador, con sotana, roquete y estola, salía de la sacristía y se dirigía al púlpito, previa genuflexión al sagrario. Comenzaba con un tono bajo, casi inaudible, con saludos protocolarios a las autoridades civiles y religiosas  asistentes y fieles en general. Casi siempre empezaba con una cita bíblica, si era en latín, mejor. Poco a poco iba subiendo el tono de su plática.

Escatológico y vehemente, argumentaba con los dogmas del catolicismo: cielo, infierno, purgatorio, condenación, pecado, gracia, gloria eterna.

Experto en conmover auditorios, cadenciaba, modulaba,  y sobre todo utilizaba los silencios estratégicamente. Después de una afirmación rotunda, callaba durante unos segundos.

Durante estos silencios, con el personal sobrecogido, se oía caer la lluvia y alguna mujer dispersaba momentáneamente su concentración casi ascética y se ponía a pensar en la ropa que había dejado tendida en el corral. Otro varón pensaría, tal vez,  que se había dejado el paraguas en casa, a pesar de las tres veces que se lo dijo su mujer. ¡Vaya por Dios, el demonio no dejaba de mover el rabo,  distrayendo a los feligreses!

Acto relevante también de las misiones era el Rosario dela Aurora: “El demonio en la oreja te está diciendo, no reces el rosario, sigue durmiendo” .Así se atizaba la conciencia de los perezosos que no se habían atrevido a madrugar y recorrer las calles con el frío de la amanecida.

La estructura discursiva de estos actos misionales conducía a la parábola del Hijo Pródigo. Después de hacer ver  los males a los  que llevaba el pecado, no todo estaba perdido, había remedio. Culpables por haber nacido después que la dichosa Eva llevase a Adán a la perdición y de una tacada a todos nosotros, teníamos una oportunidad para enjuagar nuestros desvaríos. La confesión y comunión generales ponían el broche final a la misión. Las voces de Modesta y María servían de punta de lanza para que los demás lanzasen las suyas en una implorante plegaria: “No, no más pecar mi Dios, que yo me arrepiento de verdad…” y el reguero de fieles contritos se dirigía a comulgar, regresando después a su sitio sin saber donde poner las manos.

¡Oh, baño de paz en nuestras ingenuas mentes infantiles! En el cielo, encapotado por el pecado, se abría un boquete de donde salían rayos luminosos, con un fondo azul radiante; allí volaban nuestros anhelos de salvación eterna, más por temor a las calderas de Pedro Botero que a una idea clara de lo que era la Gloria. Entre nubes blancas, rodeados de angelitos, libres de las culpas gravosas que, sin saber por qué, siempre nos cargaban, estaba ese lugar soñado donde todo era perfecto y  no había que trabajar ni ir a la escuela. Todas las cosas a nuestro alcance con sólo desearlas.

El otoño avanzaba y los misioneros, cumplida su misión, se iban a otros pueblos. El labrador, uncido a la mancera, a su besana,  el ama de casa a sus penosas y continuas labores y los niños a la escuela. Las conciencias en paz. Todo en orden. Todo envuelto en la luz ceniza de la lluvia. “El señor es mi pastor nada me falta. En praderas de hierba fresca me hace reposar y me conduce hacia fuentes tranquilas”.

 

Consejos vendo…


 

El proyecto de Orden de Transparencia Bancaria del Ministerio de Economía y Hacienda contempla entre sus posibles propuestas la de cobrar por asesorar a los clientes una comisión, que se movería entre 120 y 600 € la hora.

Me imagino que se dotarán los bancos, a semejanza de los taxis, de “consejímetros» para aplicar las tarifas. Los saludos, prolegómenos y despedidas de la entrevista no deben entrar en el cómputo. El director o asesor financiero debe avisarnos en qué momento pone en marcha el contador con alguna frase ritual como “a partir de este momento el verbo se hace consejo remunerado”. Además, como en el baloncesto, debe tener un interruptor para tiempos muertos. Los golpes de tos y las llamadas telefónicas inoportunas no  computan.

San Miguel de antaño

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El año agrícola empieza por san Miguel, cuando se voltea la tierra labrantía con la mano en la mancera para ofrecer su pecho fecundo al cielo esperando lluvia y tempero, cuando el membrillo maduro cae a la gavia y la brisa de la tarde trae hasta el pueblo olor a tierra mojada.

Por estas fechas  acuden al rodeo de Llerena los agricultores  y ganaderos a hacer los tratos de compra, venta o cambio de ganado.

Al rozar la alborada  los lomos de la sierra se tiene todo preparado: las bestias aparejadas, la merienda en la hortera y la botella de vino a buen recaudo dentro la alforja.

Por caminos hoy perdidos por el desuso  o apropiados por los dueños de fincas colindantes, cuando el sol de miel y membrillo de septiembre se comienza a  extender por los rastrojos y las pardas tierras de los barbechos, se inicia la marcha.  Sobre la bestia van pensativos los campesinos, acompañando con el movimiento de sus cuerpos el paso  uniforme y rítmico de la caballería. Después de casi dos horas de marcha llegan al rodeo.  Ante el acoso de los primeros tratantes que los han visto llegar, casi siempre de raza gitana,  ocultan  sus verdaderas  intenciones de compra, venta o cambio. El humo de un buen cigarro de petaca y  la mirada de reojo pasando de grupo en grupo, con mirada de liebre precavida, ayudan a estudiar la situación, mientras los animales, bien sujetos de los cabestros, abrevan en el pilar después de la caminata.

En el regateo hay que demostrar poco interés en lo que realmente se pretende y no dejarse embaucar porque el animal, azuzado por la varita de mimbre del gitano, muestre una postura bizarra y unos movimientos ágiles, pues no sería la primera vez que seducidos por el señuelo, se lleven en los días posteriores un desengaño al comprobar que lo que fue boyante en el rodeo, sin saber cómo ni por qué, se convierte en torpeza o falsedad.

Tras muchos tiras y aflojas,  muchas  fintas y amagos dialécticos, se cierra el trato de  compra, venta o  cambio con un apretón de manos y se emprende el camino de regreso.

Por estas fechas también se celebran los contratos verbales entre los grandes propietarios y  sus empleados: yunteros, pastores, gañanes, porqueros, cabreros… Mediante estos contratos trabajan durante un año  a las órdenes de aperadores y mayorales en las grandes casas de labranza. Si el trabajo es satisfactorio renovarán al año siguiente el pacto. El estatus laboral  de estos trabajadores  es intermedio entre los regímenes de los fijos y los eventuales. Son los acomodados.

La actividad en el campo se revitaliza  por san Miguel. Besanas y apriscos, arreos de yuntas y tañer de esquilas llenan la campiña de bucólicas estampas.

La radio y el fútbol

La radio era entonces  la única unión de los estadios de fútbol con nuestra imaginación en el monótono transcurrir de las horas del pueblo. La mágica finta que quiebra la cintura de un fornido defensa  en la frontal del área de castigo, el regate seco,  el oportuno desmarque, el pase de tiralíneas, la veloz carrera de Francisco Gento, la Galerna del Cantábrico, el prodigio malabar de Alfredo Di Stéfano, la  Saeta Rubia,  el coordinado avance de los Cinco Magníficos sobre el  verde césped de la Romareda,  el “¡uy!” de Juan Tribuna, aunque el balón pasase a dos metros del larguero, la voz de Pepe Bermejo en el Bernabeu…

Volábamos cada tarde de domingo del Sardinero a Altabix, del Carlos Tartiere al Manzanares, al Benito Villamarín, al Sánchez Pizjuán…, desde el cobijo de la solana,  desde calor del brasero, desde el plácido paseo por las afueras del pueblo o en nuestro particular partido de  fútbol en el campo al lado del arroyo  con el transistor apoyado en el poste de la portería en aquellas tardes tibias de otoño.

Todos los estadios a nuestro alcance,  transformando con nuestra imaginación las voces de los corresponsales de los distintos campos en un espectáculo multicolor animado por el griterío de unas gradas enfervorecidas.

Era nuestro asiento reservado en el voladizo de la fantasía.  Las voces exultantes de los comentaristas nos describían con su lenguaje hiperbólico y guerrero las hazañas de nuestros equipos.  Las tardes de los domingos con todos los partidos casi a la misma hora se convirtieron en rito tradicional de nuestras horas de asueto agitadas por  el continuo vaivén de los resultados.

Ahora vuelve el fútbol, pero ya no es igual. Desespera ese goteo de horarios impuesto por las televisiones,  y la verdad, algunos aburren hasta al más forofo. Los partidos imaginados a través de la palabra eran más entretenidos, pues los recreamos nosotros.

Despedida

Vino envuelta en los sudarios del aire. Traía la muerte asomándole por las barandas violetas de sus ojos. Se sentó en la silla de enea y estuvo posando su mirada en todos los rincones de la casa, como queriendo llevárselos consigo.

Aquí vivió su niñez y todos los espacios estaban llenos de ella. Tardó mucho en arrancar la vista del pequeño espejo rectangular, delante del que  su abuela se peinaba cada tarde antes de sentarse en la puerta de atrás a esperar a su marido de regreso del campo. La recordaba zurciendo la ropa con sus gafas de presbicia sujetas atrás con un elástico negro.

Antes de irse pasó su mano por la vieja puerta del corral, la que daba a la solana. La madera estaba reseca y descolorida. Guardaba las tardes ardientes del estío y el azote de los temporales entre sus grietas. Su mano amarilla y enferma, pero delicada y sensible, la recorrió con cariñosa parsimonia.

Era su sentimental despedida Al cerrarla sabía que no volvería nunca más a abrirla. La hierba que crecía entre los rollos  del patio se había expandido de forma anárquica, cubriéndolo todo. Se acercó al arriate donde el jazmín crecía bravío por las paredes desconchadas. El tinajón que recogía el agua de las canales y donde en las tardes de verano se asomaba hablando dentro de él para oír el eco de sus palabras, estaba ahora cubierto de jaramagos. Salió a la calle cuando el sol ya se ocultaba tras las sierras lejanas. Miró el crepúsculo de bellos tonos rojos.

Al mes de esta visita, ya entrado el otoño, cuando el rocío se posa en las hojas, se fue por la senda sin retorno y al jazmín de la vieja casa le salió por aquellos días una flor blanca y delicada entre sus hojas.

Paseo por las calles de Ahillones

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La oblicua y leve luz de la tarde invernal  se cuela entre bardas negras y  nubes rojizas  del horizonte. La bruma  empieza a extenderse como sombra alada  sobre el charco de tía Espina. Se llena el aire de relente  que comienza pronto a buscar acomodo entre las húmedas  riberas del arroyo. El pueblo se recoge sobre sí al cobijo de  enagüillas y  braseros. Voy dando un paseo sin prisas ni agobios de esperas importunas.

Las calles, casi solas, se prestan al paso quedo e imaginación despierta, con parada y fonda en  recónditos recuerdos y cálidas evocaciones.

Los Cantones, abrigo de tertulias  y confluencia de chiquillería. ¡Ay, el queso de bola y la leche en polvo! La goma y el pizarrín en la cartera de cuero…y el Rey de los burros muertos, con su corona y su cetro, con su cetro y su corona…y las presas de arena  para intentar retener el agua de la lluvia! Las corralillas de tardes al sol y los viejos jugándose el tiempo a las cartas sobre una piedra y un cartón.

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Estas calles hoy  de cemento y alquitrán fueron  piedra y tierra. En noches  lluviosas reflejaban sobre  los charcos los débiles  hilillos de luz  que desde las esquinas  emitían las escasas  bombillas que al albur de temporales se bamboleaban con el viento. Anochecido, viejas con manteos, a la moruna costumbre, pasaban como sombras sigilosas de ambulantes ovillos negros a sus  visitas y quehaceres.

El Torviscal o Pradillo,  con los caños del huerto vertiendo agua. El circo con el  hombre de la piedra en el pecho, matando el hambre a golpes de mazo ante los atónitos ojos del respetable, ausentes de televisión aún, al son  astillado de una trompeta que entonaba “Campanera”.

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La calle Nueva, arrastre de cadenas, sortilegios y fantasmas. La imaginación del miedo. Amplia de soles y sobradas de misas tempranas, de velos, hábitos y cíngulos. Donde el vino se hace confidencia larga  en el hombro amigo de la desesperanza.

Sierra Morena,  bocanada azul subiendo hasta el otero de la media calle desde el henchido  pulmón de Andalucía, allá al fondo, tras la Mota.

Me contaron que D. Narciso bajaba hasta aquí acompañado con un farol que portaba  tío José “el caballista” después de despachar asuntos con sus empleados en donde estuvo la taquilla del cine. Al cerrojo de la noche, la calle oscura.  Pastores, gañanes, mayorales, caseros, mozos, aguadores, planchadoras, cocineras, rapas, aperadores, yunteros, muleros, manigeros, esquiladores,…al cobijo de un farol.

Calleja de Fuentes, riada de bocas tapadas después de las películas en el salón de Juanito y escondite amoroso de alguna pareja entre los aperos y las viejas máquinas cosechadoras que durante el día nos servían a los chiquillos para practicar una simulada conducción. Oscuridad y rayo de luna sobre los hierros oxidados. Paso largo y mirada de soslayo.

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La calle de la Fuente o Valverdejo, o  también avenida de  Franco,  la del hermano  aviador, con sus acacias de flores blancas y su central de teléfonos. ¿Trae mucha demora, Pilar? Voy a intentar otra vez, pero están las líneas sobrecargadas… Y tras el cerro, tía Javiera para echar la tarde del domingo atrás en los hinchados labios de la sal.

La calle del Cristo, cuna y espina  de fe,  blanca ermita recortada en el   azul. Depósito de promesas y desvelos, su vieja puerta horadada. Baja Pepe el cochero, clavel rojo en la solapa, con su varita de acebuche  abriendo el paso del Ramo al ritmo de “Amparito Roca”. Feria antigua, de barcas y carmelas, de ruleta  de puntas clavadas formando circunferencia con premio donde el cartón se detiene. Casetas de tela blanca y turroneros con chambras grises a siesta en los acerados. Bastones de caramelos y cónicos pirulís. He visto fotografías de mujeres con  peinetas, sombreros altos los hombres, bajando  el suelo empedrado en ordenadas  y devotas filas.

La Umbría de meadas y  cantinas: jeringo y aguardiente. Lugar de citas y faroles al  valiente alarde  del vino. Allí te espero, si tienes… cuchicheos de sombras de no se lo digas a nadie. Confidencias de trastienda.

Mesones, subida del Cristo con su pueblo alrededor. Una mecedora de rancio abolengo se mece al fresco de la mañana. Se perdieron los caudales, quedó hasta el fin un quimérico blasón de modales e hidalguía.

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El ejido de las eras, donde la charla se hace esquina. Poniente de crepúsculos y temporales. Por aquí se va la luz y llega el aguacero atusándole las crestas al castillo de Reina. En este sitio empezó el botellón cuando aún no se había inventado ese nombre. El invento viene de más atrás, de cuando se pedía la del camino. Desembocábamos aquí, en la esquina del ejido o en la fuente del Horno,  al son del chorro de agua y bañado el campo en la nácar  de la luna esplendorosa. Conversación pausada y profunda a veces, con la intimidad que dan el vino y las estrellas en las madrugadas serenas. No, estos jóvenes de ahora no han inventado el botellón.

Las eras de manta y estrellas, de trillo y parva, de marea y grano, arriba el camino de Santiago, franja honorífica del cielo.

Los callejones, espalda discreta de la huida, cuando el bullicio, en lugar de llenar, vacía. Llegan aquí los  enredados ecos de música entre gritos lejanos de chiquillos.

La Parada,  en la calle del Castillo, donde aún pudo servir el aguardiente entre sus derruidas paredes  de adobe Alfonso a la espera de la Pedregal.

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En la plaza, el vicio en  el saliente de los zócalos. Peseta y  perras gordas al albur de pares y nones. Múltiples saetas negras de piar agudo y veloz vuelo despiden la tarde dorada en la picocha de la torre… Y la cárcel, donde los desventurados pasaban la noche a solas por insolente meada o una mala borrachera. De allí sacaron  para robarles  sus vidas contra la pared del cementerio cuatro jóvenes veinteañeros. Vergüenza y miedo. Ruin  condición humana.

El paseo va terminando. Cae la noche a plomo de silencio. Comienza una lluvia fina.  Azota el viento al laurel de Antonio Blanco y huye entre silbidos de cornisas y postigos. Llueve después mansamente sobre  el tiempo y el olvido.

Prólogo al libro de Teresa Montero Chaves

ABC 6 de agosto de 2011

«Retazos de Llerena», de Teresa Montero Chaves

En la Casa de la Cultura La Merced de Llerena ha tenido lugar la presentación del libro de Teresa Montero Chaves «Retazos de LLerena», a cargo del historiador llerenense Julián Ruiz Banderas y prologada por Juan Francisco Caro Pilar, maestro y abogado. En dicho prólogo refleja: «De estos perfiles de personas, profesiones y hechos sociales se abren riachuelos de recuerdos y nostalgias que se enlazan con la suave seda de la melancolía para formar un cuerpo de vivencias recreadas».

El prólogo completo es el que sigue:

Este tercer trabajo de Tere Montero, al que ya no podemos llamar libreto, como a los anteriores, sino libro, echa otra vez las rastras en el tiempo pasado que le tocó vivir. Estos retazos que juntos forman una pieza de tela del mejor paño son como las catas que se les hace a los edificios antiguos para comprobar qué hay debajo. Y cada cata nos descubre una parte de nosotros mismos, oculta por el calafeteo de los años, pero viva al menor contacto con la evocación.

Articula Tere su trabajo alrededor de semblanzas, hechos, costumbres y profesiones. De cada  uno de ellos se originan otros flecos que unidos unos a otros conforman la unidad de la obra.

No ha escatimado en su labor investigadora la búsqueda de información en personas y lugares que podían facilitársela, acompañando  también testimonios directos de quienes por su estrecha vinculación con  lo narrado tienen datos fidedignos de los acontecimientos.

De estos perfiles de personas, profesiones, actividades y hechos sociales se abren riachuelos de recuerdos y nostalgias que se enlazan con la suave seda de la melancolía para formar un cuerpo de  vivencias recreadas.

El ayer, que permanece en la memoria colectiva con tonos grises y amarillentos, recobra, por arte y gracia de la plasmación impresa, el brillo virtual de la añoranza que desde las profundidades de la semiinconsciencia aflora a la superficie para que cada uno reconstruya parte de su pasado, no como fue,  sino como se recuerda, según acertada expresión de Gabriel García Márquez.

En  cada capítulo  hay una fuente y un pilar. Fuente porque de cada uno surge el agua del pasado, con sus alegrías, tristezas, emociones, penurias…Pilares porque al leerlos, cada uno de nosotros, levanta sobre ellos, con las vivencias  personales e intransferibles que tenemos de esos tiempos pasados, un edificio diferente y recreado.

Todas las personas reflejadas en el libro son tratadas con el máximo respeto y aprecio, resaltando las cualidades que les han hecho merecedoras de la consideración de sus paisanos. No obsta esto para que con fina y acertada crítica  señale usos y  costumbres que han degenerado  desde su primitiva concepción, obras y modificaciones urbanas que atentan contra el buen gusto y  desubicaciones inexplicables hasta el día de hoy.

Se lee el libro con el placer  e interés que dan el sentirse  coprotagonistas más o menos  coetáneos de los hechos narrados.

Si el texto evoca, las fotografías plasman y recrean, introduciéndonos a través del sepia, en la película que seguro se originará en la imaginación de cada uno de nosotros al contemplarlas.

Será sugerente leerlo para todos los que vivieron esos tiempos, sobre todo para los que abandonaron Llerena por distintas circunstancias, y una enseñanza para los más jóvenes porque conocerán parte de la historia más reciente, de esa historia a  pie de calle, la de la gente que bulle y trajina en el devenir diario de los quehaceres.