Pudimos no haber sido.

 

Vivimos gracias al  azar y a combinaciones aleatorias. Si vemos nuestro árbol genealógico, cualquier cambio en los protagonistas que nos precedieron hubiese alterado a todos los descendientes. Si un tatarabuelo, por ejemplo, en vez de ser Antonio, hubiese sido Pedro, ni nuestros bisabuelos, ni nuestros padres ni nosotros hubiésemos existido. Hubiesen sido otras personas las nacidas. De entre todas las posibilidades de unión,  se han ido produciendo unas determinadas y no otras, que también fueron posibles.  Por muy lejanos que sean nuestros ancestros  todos son parte indispensable para que nosotros estemos aquí. Algunas de esas uniones dependieron probablemente de circunstancias  totalmente casuales y fortuitas. Un no te quiero de un tatarabuelo o tatarabuela a su consorte,  nos hubiese eliminado de la lista de la vida. Por eso somos el resultado de muchas circunstancias.  Por la misma razón, otros podrían haber estado y no están. Una pura casualidad.

Paloma sobre nube.

 

 

El rayo de su blancura

resalta al sol de la tarde

sobre el negro de la nube,

daga de pico lanzada

por el arquero del viento,

paloma,

en un vuelo de silencio.

Blanco corazón de plumas

que los flecos de la lluvia

desvanecen lentamente

en las cenizas del aire.

Si de mí dependiera.

Si de mí dependiera

cargaría   los fusiles

con balas  de algodón y seda.

Levantaría un  solo mástil

y en él, una  bandera

con dos colores:  el azul del cielo 

y  el verde de las praderas.

Si de mí dependiera

daría a los soldados

una mochila llena

con uvas de racimo

y   pistolas de pan

para que dispararan

con puntería certera 

sobre el corazón del hambre.

Si de mí dependiera

haría más  escuelas,

sembraría árboles en las riberas,

llenaría de huertas las vegas

y de trigo los graneros.

Al dinero, como  a los ajos,

le pondría caducidad

y  al  año,  que se pudriera.

Todas estas cosas haría

si de mí dependiera.

Presentación del libro de Tere Montero “Llerena en el corazón”

 

 

 

Aunque en una entrada anterior publiqué el soneto con el que terminaba mi presentación del libro de la escritora llerenense Tere Montero, hoy la  publico integra. El acto tuvo lugar en el salón cultural  la Merced de Llerena el día 28 de julio de 2012.

 

Tere Montero ha tenido la gentileza de invitarme para que presente este año el que es su cuarto trabajo, acto  que, como en años anteriores,  tiene lugar por estos días de julio, alrededor del día de Santiago. Gesto por el que le estoy agradecido.

Aceptar el reto de la presentación generó en mí cierta inquietud por no defraudar al auditorio, teniendo  en cuenta  sobre todo la calidad del mismo, por lo que de antemano pido disculpas si cometo  errores, y confiado en su tolerancia, agradezco su segura comprensión.

Esta vez Tere ha titulado su libro “Llerena en el corazón”.  Después de los anteriores,  Los hombres, Las mujeres y Retazos de Llerena, le toca el turno  al corazón, cuyos latidos han estado también presentes en los anteriores, aunque ahora suba, palabra tan cordial, al  altar del título.

El tema central  que da sentido  y unidad a  toda esta producción, como  es evidente,  es Llerena. Su gente,  con sus  pequeñas o grandes historias,  siempre relatadas con respeto, cariño y profunda humanidad.

En esta ocasión el corazón  impulsa y bombea las emociones y los recuerdos  dándole  vida   para que todos los  que se introduzcan en la lectura  y contemplación  de las fotografías que en abundancia  contiene el libro, vuelvan a vivir de nuevo o a conocer por primera vez, en el caso de los más jóvenes, parte de la historia común que conforma la identidad de la muy noble, leal y antigua ciudad de Llerena.

El libro está prologado por Diego Algaba Mansilla, que estuvo trabajando en el Centro de Salud  y viviendo en Llerena durante veinte años. Asiduo del periódico HOY con sus cartas al director y en su sección semanal de Plaza Alta. Su evocadora y amena  sencillez escribiendo encajan perfectamente con el contenido del libro.

En  este cuarto trabajo   que nos ocupa esta noche, hay muestras de la nostalgia que produce el tiempo y la que origina la distancia que nos separa de alguno de los  lugares  donde alguna vez fuimos más o menos felices.

Tere, en su labor recopiladora e investigadora ha solicitado testimonio a otros llerenenses para  que cuenten ellos mismos  sus impresiones y narren parte de sus  vidas y recuerdos, producidos y anclados en la ciudad que les vio nacer o con la que tuvieron intensa relación. En otros casos, escudriñando en los entresijos de su fecunda memoria, rememora  sus vivencias  que  narra con su gracejo característico.

Se escribe fundamentalmente para comunicar y para que el lector disfrute y se emocione. Ella lo hace con sencillez, sin artilugios enrevesados,  ni expresiones  barrocas que dificulten la comprensión.  El lenguaje no debe ser una barrera entre el que escribe y el que lee. Eso, que aparentemente parece tan sencillo no lo es y se comprueba cuando uno se pone a  la tarea de escribir,  porque sencillez no es sinónimo de facilidad. La prosa de Tere es una prosa que va directa al torrente sanguíneo de las sensaciones, sin alambicados y retorcidos recursos gramaticales y sintácticos.

Otra característica de su forma de escribir es la  fina ironía  que entre líneas  introduce a hechos o situaciones que ella cree criticables por algún motivo. Y deslizándonos por el estilo llano de su prosa podemos encontrarnos de improviso  un rejón clavado con singular soltura de amazona rejoneadora en el hoyo de las agujas, que dicen los taurinos. Siempre, claro está, con educación y elegancia, pero directo,  claro y certero.

Este no es un trabajo de citas  eruditas ni llamadas aclaratorias que nos remitan a otras fuentes. Es un libro de sentimientos. De tiempos pasados o  actuales, pero con el riego  caliente  de la vida corriendo por sus renglones. Quizás, cuando pasen muchos años, algún etnógrafo tendrá que recurrir a estos  libros  que Tere va presentando para conocer  usos y costumbres desaparecidos. Esta historia cercana, de vecindad común, necesita plasmarse por escrito para que generaciones venideras sepan cómo se vivía por estos pagos. Los personajes sobresalientes de la historia ya tienen sus estudiosos y sus panegiristas. Ahora le toca el turno al vecino corriente y cercano que se cruza con nosotros en la calle, a las costumbres enraizadas y a los lugares que compartimos.

Pues bien,  en los comienzos otoñales, cuando nos ponemos la primera ropa de abrigo, comenzó la autora a elaborar este cuarto trabajo. Esa añoranza que traen las primeras aguas y el primer viento fresco del Atlántico, abocado ya el tiempo  a las cortas tardes de  tibio sol amarillo, le sirven para hacer un recorrido histórico sentimental por la feria de san Miguel, culminado por un trabajo de su suegro, D. Luis Domínguez, que  recoge a su vez otro del padre de éste, D. Rafael Domínguez, abogado, periodista y cronista de Llerena, con interesantes  y amenos datos de la evolución de la feria cuando el núcleo de la misma eran el  rodeo, el  teatro y las corridas de toros.

Muchos hijos de esta tierra, que nacieron a la luz en la dilatada claridad de la Campiña,  custodiada por las primeras estribaciones de sierra Morena en Extremadura, dejaron, unas veces forzados y otras voluntariamente por diversas razones, el pueblo que les vio nacer.

Se alejaron de aquí físicamente, pero  guardados  en su corazón, se llevaron consigo el hato lleno de sensaciones, recuerdos  y vivencias que  no se olvidan jamás y que   forman parte para siempre de la identidad de cada uno.

Naturales  de Llerena  hicieron las Américas en tiempos de conquista y colonización. Naturales de Llerena, como de muchos pueblos de la España rural, tuvieron que buscar trabajo y porvenir en los grises años de la posguerra y  décadas de los cincuenta y sesenta  en  otras   regiones y países.

Actualmente también se marchan  fuera  muchos llerenenses, pero ya no llevan como carta de presentación sólo  la fuerza y destreza de sus brazos. Llevan cultura, carreras  universitarias y talento, bagaje cultural que les sirve para desempeñar brillantemente sus profesiones en muchos y variados puntos  del planeta.

Esta expansión de Llerena  a través de sus naturales ha llevado el espíritu de esta ciudad a lejanos lugares.  Una forma de ser, un estilo,  eso que conforma la médula de nuestra  vida  y  la raíz emotiva y sentimental de cada uno de nosotros  y que deja,  a donde quiera que se llega, constancia orgullosa de la impronta de la cuna.

De todo encontramos testimonios en este trabajo de Tere. Se llevan las cosas en el corazón cuando abandonamos el lugar donde hemos vivido y lo recreamos en la imaginación, añorándolo, pero también cuando lo que se interpone entre nosotros y el pasado  es el  tiempo, aunque permanezcamos en el mismo sitio,   porque ese lugar y las personas que coincidimos en un momento determinado de nuestra existencia  quedan para siempre como fósiles envueltos en la resina del cariño y  la nostalgia.

“Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”, dejó escrito Neruda en inmortal poema. No hay  nada más que ver una fotografía  antigua y comprobar el trabajo que nos cuesta  reconocer e identificar  a amigos, compañeros y conocidos que un día  compartieron con nosotros parte de nuestras vidas.

El parque donde dimos el primer beso,  sigue ahí, pero la conjunción de nosotros  con él,  las coordenadas de tiempo y espacio  en que se produjo tan placentero hecho sólo vive dentro de nosotros.

Otros capítulos del libro están  dedicados a hechos y personas que podían haber estado  en sus obras anteriores y que  Tere incluye ahora  en esta. Unas por su  filantropía,  como Antonio Ríos por su encomiable labor  con los niños del Sahara. Otros, como Paco el de telégrafos, por ser emisario de alegrías y tristezas, de vida y de muerte vestidas de azul doblado con  economía terminológica,   precursora de los actuales mensajes de móviles.

Guadalupe Ortiz de la Tabla nos cuenta los azares de  la emigración en busca de una vida mejor con añoranza de juegos y lugares comunes en las Ollerías hasta su asentamiento en tierras catalanas.

Hay un recuerdo entrañable para los barrenderos que con tanto oficio y profesionalidad adecentaban las calles al venir el día.

La vida no era de color de rosa, ni siquiera del color amarillo con el que se tiñen las fotos con el paso del tiempo.  Más bien de color castaño oscuro tirando a negro, como aquellos largos lutos de velo y manto, aunque  recordemos nuestra infancia con gozoso regodeo porque el transcurso del tiempo por ley natural, lima aristas y mitiga el dolor, vistiendo el recuerdo de suaves redondeces.

Algunas mujeres tuvieron que sacar a sus familias adelante cuidando los hijos de otras familias.  Micaela Núñez  y Carmen Maldonado Murillo  son ejemplos entre los muchos que existían en aquellos tiempos y que quedan recogidos  en el libro con descarnada sinceridad.

El día de Extremadura que tan bien organizaba el barrio del Pilar, es recordado y coronado por una emotiva carta de los vecinos dirigida a Pepe Moro, escrita con la tinta azul del cielo.

Las excursiones, actividades al aire libre  y una forma sana de vida a cargo de José Luis Santana, que evoca a aquella asociación de jóvenes que eran los scouts.

Refiere Tere recuerdos tristes también que su  familia, igual que otras muchas, sufrieron. Aquellas enfermedades infantiles,  como la polio y  la viruela que desgraciadamente dejaron sus secuelas y que Tere recuerda con sentimiento y dolor. Los remedios para algunas de aquellas enfermedades no iban mucho más allá de lo que suministraba la botica de la abuela, salvados estos inconvenientes por la profesionalidad  y entrega de médicos y practicantes de la época.

Hay referencias en el libro de Tere que sólo con leerlas abren las compuertas de la presa del recuerdo y nos inundan de imágenes y estampas pasadas ¿Quién no probó aquel estimulante del apetito  que era medicina y  golosina, que nos sacaba unas chapetas sonrosadas y nos ponía a los niños tan contentos y optimistas bajo la atenta mirada de la beatífica monja de hábito?

La historia de la  antigua tradición de san Antón, con sus candelas y sus tizones, capítulo que ha elaborado  Tere a partir de los datos que le suministra José Tena.

El pan de san Antonio desde sus orígenes a la actualidad es recordado con curiosos detalles.

Otro capítulo  es el dedicado a un grupo de llerenenses, enmarcados bajo el título de “Allende los mares”,  donde sus protagonistas relatan sus experiencias y vivencias personales. Son llerenenses de las últimas generaciones, con gran preparación académica y profesional, como dije antes.  Juan Antonio Hurtado, Cristina Romero Mimbrero, Francis Zamorano, Marisa Rodríguez Palop, Anastasio Sánchez Zamorano. Es sólo una muestra  de una generación pujante y cosmopolita que puede completarse con muchas más personas y que está dejando el nombre de Llerena a la altura que le corresponde. Desgraciadamente la situación económica nos dejará huérfanos cada vez más de jóvenes brillantes que habrán de buscar horizontes nuevos fuera de su tierra.

D.  José Gutiérrez Maesso,  relacionado con Llerena por sus estancias en la finca familiar de los Ángeles.  Director, productor y guionista de renombre  también tiene su capítulo en la obra.

El antiguamente denominado paseo del Progreso, hoy parque de la Constitución, lugar  que Tere  evoca  y que guarda tantos recuerdos para todos los llerenenses,  sirvió de ensayo algunas tardes a un  grupo de jóvenes  que quisieron dar una serenata a una bella señorita de la localidad. Serenata que terminó de  forma rocambolesca. Hay que leer los detalles de esta aventura noctámbula a la luz de la luna para paladear todo el retrato de una época con la gracia  y la espontaneidad que Tere sabe darle a sus relatos.

La asociación Nª Sª de la Granada  que aglutinó a tantos llerenenses allá en el madrileño barrio de Vallecas y que tan  gran labor desarrolló con actividades culturales y recreativas, tiene también cabida en la obra.

En paralelismo con el poema que Manuel Machado dedica a las provincias de Andalucía  “Cádiz, salada claridad; Granada/ agua oculta que llora./ Romana y mora, Córdoba callada./ Málaga cantaora./ Almería, dorada./ Plateado Jaén. Huelva, la orilla/ de las tres carabelas…/ y Sevilla”, dando a entender que no hay palabra que mejor defina a Sevilla que su propio nombre… Y yo digo…y Jesús Montero, iconoclasta descarnado, tumbador de tópicos, y rompedor de corsés, quien con peculiar estilo rememora algunas de sus innumerables y pintorescas peripecias. Una forma de encarar las situaciones ajena a prejuicios y componendas.

El libro contiene una abundante cantidad de fotografías que completan y amplían su  contenido literario. Esas hay que verlas para trasladarse al tiempo en que fueron realizadas y que ese instante de vida detenido para siempre se desenrosque dentro de nosotros y en catarata surjan otras tantas imágenes que conservamos en la cámara oculta de nuestra memoria.

Llerena en el corazón es   una combinación de vivencias y de imágenes, distanciadas en el espacio y en el tiempo, que regresan ahora en letra impresa  a cobrar vida en las páginas del libro, como sangre que fluye impulsada por el vigoroso corazón del recuerdo  recreando en nuestra imaginación tiempos y espacios comunes ya pasados.

 

 La imagen de las  calles, los sonidos  de las campanas de sus torres y espadañas, del  bregar del viento en los  temporales de otoño  y  el chapoteo del agua de canales. Los juegos infantiles, los aromas, los amigos, las horas que se pasan sin reloj que las controle, el  baño y  muda limpia al calor de la camilla con brasero y alambrera las tardes de los sábados,  el “Bendito” y “Cuatro esquinitas tiene mi cama”, es parte del equipaje  que conservamos   guardado con cariño en nuestro corazón.

Para terminar quiero hacerlo con un soneto, que con más o menos fortuna, recoge el sentir de este humilde servidor de todos ustedes.

El pasado se aviva  remozado

y en nosotros otra vez se hace presente,

traído de la mano dulcemente

para ser  con nostalgia recordado.

La autora con denuedo ha preguntado

para hallar testimonio entre la gente

de otro tiempo fugaz y   evanescente

que vuelve a nuestras mentes añorado.

Ofrece con primor Tere Montero

el corazón abierto de Llerena

para gozo y solaz de sus paisanos

y desde aquí quiero ser el primero

en darle  la cordial enhorabuena

por el libro que  hoy pone en nuestras manos.

 

Muchas gracias a todos. Buenas noches.

Nota:. Las fotografías de éste trabajo las he cogido de la web del Ayuntamiento de Llerena y otros lugares de internet. Si algún interesado quiere que las elimine no tiene nada más que comunicármelo. Muchas gracias.

Encina

¡Qué suerte tienes, encina,

acariciada por  brisas

de tan diversos destinos!

Desde tu otero divisas

las estrellas de la noche

y los cruces de caminos.

Cada tarde el sol te deja

cobijado entre tus hojas

el  rescoldo de sus brasas

y de noche se resguardan

al amparo de tus ramas

los pajarillos que al alba

alegrarán la mañana.

En el tiempo del estío

das cobijo a los pastores

mientras la chicharra sierra 

el aire de los olivos.

Cuando el viento se enfurece

y remueve tu ramaje

aguantas fuerte y gallarda

sus violentas embestidas.

Y si te dañan, con mimo 

la luna te cura

con su luz de  nácar

 tus ramas ajadas

y  ranas y grillos

te susurran nanas

en el aire quedo

de  la madrugada.

Rezos infantiles.

 

 

 

 

 

¿Por dónde irán mis rezos infantiles?
No habrán llegado aún a su destino
con tan grandes distancias siderales
medidos en millones de años luz.
Emprendieron camino
por el  cielo azul,
surcando las estrellas,
hacia el trono de Dios.

Iban vestidos de inocencia,

puro candor de niño,
desde las imponentes catedrales
o desde la penumbra

acogedora  de la iglesia.
Los más delicados
salieron de la intimidad de mi almohada:
eran súplicas nacidas del temor
por si la muerte me cortaba el paso una mañana.
Temor  al fuego incombustible
con  llanto y rechinar de dientes.
Otros, también hubo sinceros,
arrepentidos, de pecados que no fueron.
Nunca llegarán dónde cantan los coros celestiales
de bellos  serafines,

¡Qué imaginación tan desbordante

la de escribanos y predicadores!
Vagan eternamente,

de galaxia en  galaxia

sin  llegar nunca a ningún sitio.

No hay lugar donde arribar

en ese océano sin riberas:

los novísimos no son lugares, sino estados,

según los últimos desvelos

¡A buenas horas,

después de haber pasado tanto miedo!

Charla en el casino de Guadalcanal.

Los maestros íbamos al casino a tomar las copas después de las clases de la mañana. Regentaba entonces el servicio de hostelería del mismo  Antonio Osorio, a quien le pregunté si solía ir  por allí Antonio Serna. Yo intuía quién era por las referencias que tenía de él y por el parecido  con su hermano Joaquín, pero en dos o tres ocasiones  que lo vi no me atreví a abordarlo. 

Un día me acerqué y le pregunté si era el que yo pensaba. Antes de contestarme me respondió el brillo de sus ojos. Nos saludamos afablemente y  hablamos de nuestro pueblo común y de nuestras familias. Aquel primer encuentro quedó las aguas de las confidencias contenidas por la limitación del tiempo, pero sé que se le agolparon muchos recuerdos.

En días posteriores, siempre que  coincidíamos  nos saludamos con afecto, pero intuía yo que Antonio tenía ganas de hablar conmigo más privada y largamente.

Una sábado que iba yo sin dirección fija, pero con la idea de acercarme a la discoteca de Alanís, hice escala en Guadalcanal y allí en el casino estaba él. Serían las siete de la tarde de un día de primavera. Al verme, se acercó y me invitó a que nos sentáramos en una de las mesas que había en el salón de entrada. Imperaba  en las dependencias con su bigote daliniano el conserje, D. Juan Ceballos,  vigía y guardián de los buenos usos y costumbres de tan acrisolada institución.

Entre copa y copa de crema de guindas, Antonio se explayó y me contó parte de las  peripecias que le habían sucedido en  su vida: su infancia y juventud en  Ahillones, sus comienzos allí  en el oficio de carpintero, enfocado por aquel entonces al arreglo de carros, como lo hacían sus hermanos, su arribada a Guadalcanal…

Me refirió cómo en la posguerra traía penicilina desde Sevilla, cuando este antibiótico era la panacea escasa y cara para ciertas enfermedades.

 Me contó  también que en  Ahillones, en los primeros días de 1936, recién comenzada la sublevación militar, bloquearon las salidas del pueblo grupos de milicianos y nadie sin el pertinente permiso podía salir de él. Encarcelaron a algunos vecinos y la situación no pintaba bien para los que eran  de derechas o simplemente  considerados como tales por  tener una situación económica  desahogada. Me refirió cómo  sacó a  ciertas personas  en la bolsa de un  carro,  disimulados entre la carga. Así podían traspasar la línea de vigilancia y adentrarse   en el ejido  desde donde se dirigían a Llerena.

Todo esto y muchas cosas más, referentes sobre todo a su vida en Ahillones,  me las  contó  mi paisano Antonio Serna con charla pausada y abundancia de detalles una tarde   de primavera durante cerca de tres horas en el salón del casino de Guadalcanal, allá por el año 1979.

Herbicidas. ¿Sólo las hierbas?

Carta en el periódico HOY 21/02/2012.

Cuando yo era niño  para quitar las malas hierbas  se escardaban los sembrados.  Las cuadrillas de trabajadores recorrían las sementeras con las azadas y las quedaban limpias de ballicos, gramas y cardos.

 En el arroyo del pueblo, que pasaba pegando a la escuela,  había peces, renacuajos y lampreas.  Como no había recinto cerrado para el recreo, los escolares nos íbamos allí  a buscarlos en las covachuelas y  debajo de la arena.  En el campo podía beberse el agua clara  que corría por  las gavias. 

Ahora para quitar las hierbas de  las hazas y olivares pasan los tractores  con un depósito y  unas largas barras  tirando  los herbicidas o lo hacen  mismos agricultores cargándolo  en mochilas a sus espaldas.  Cuando llueve abundantemente la lluvia corre hacia los regajos que desembocan en la presa de donde nos surtimos de agua  potable los pueblos de la Campiña. Entre el 2001 y el 2002 la Dirección General de Salud Pública de la Junta de Extremadura realizó 2.553 análisis a la red de agua de consumo público, de los que 484 tenían restos de herbicidas.

Ignoro si  con las nuevas técnicas de depuración  se eliminan totalmente  los restos de tantos productos químicos como se le echan al campo. Los  acuíferos subterráneos  no se depuran y seguro que reciben también parte  de esos productos.  No hacen falta análisis para saber que  en el arroyo de mi pueblo ya no hay peces, renacuajos ni lampreas, que las alondras y los pájaros  trigueros han disminuido considerablemente  y que los cazadores,  caminantes y labriegos ya no pueden beber el agua  corriente  de las gavias cuando salen  al campo.

Carcamales.

Estampa de  señoras postulantes

que llenan vanidosas  los salones

lucidas con abrigos de visones

para hacer caridad con mendicantes.

Reunión de  señoritos de casino,

rancio linaje, seria catadura,

trato altivo y fatua  compostura,

ufanos del papel de su  destino.

¡Oh,  damas y varones de esta España,

descrita sabiamente por Machado,

absorta en su caduca  musaraña

de ficticia grandeza y entorchado!

Se estiman portadores de la entraña

y sólo son despojos del pasado.

Bomba de carburo.

Eusebio tenía en Ahillones un pequeño taller en la calleja que comunica la calle Sierra Morena con la calle del Ejido. Nos enseñó a preparar bombas con carburo. Hacíamos un hoyo en el suelo y lo llenábamos de agua, añadiéndole un trozo de carburo. Inmediatamente colocábamos una lata boca abajo con un agujerito en la parte posterior. Tapábamos el agujerito durante un tiempo con un dedo para que el carburo desprendiese y acumulase los gases. Después quitábamos la mano rápidamente y arrimábamos un papel encendido al orificio. La lata ascendía dando una fuerte explosión.

Esta experiencia la realizábamos en la Plazuela. También encendíamos candelas en este lugar y competíamos en pasar sobre las llamas dando saltos. Allí acudían las niñas y niños de otras calles y se organizaban las famosas matas (formar círculos cogidos de la mano) acompañadas de canciones que desafortunadamente se están perdiendo: En Zaragoza cayó un cañón… Si viniera un torbellino “arrecogiendo” muchachos que se lleven a mi novio que dicen que está borracho. Quisiera ser tan alta como la luna. En Sevilla un sevillano…A la mata romero… Que salga usted, que lo quiero ver bailar, saltar y brincar… y tantas otras.

También jugábamos al trapo esconder (frío, caliente, hasta que se encontraba), a corra (con las pelotas verdes que daban con los zapatos del gorila), a la isa (una, dos y tres por todos mis compañeros y por mí el primero), a pelota al campo (tirábamos una pelota a unos hoyos que correspondían a cada jugador y el dueño del que caía cogía la pelota y la tiraba a los demás que habían salido corriendo),  los aros, clavar el clavo, las tres piedras (dos equipos que defendían las piedras de su campo y los otros debían venir a por ellas evitando ser cogidos), al rey de los burros muertos (saltar por encima del que hacía de burro dándole  o no lo que se llamaba el “espoliche”, que era un taconazo en el culo), a los bolos, al tejo,  a la billarda, al paso Berlanga (ir saltando en hilera uno sobre otros y cuando saltabas el último te ponías tú de burro),  al “repión”,  a pasarse el balón montado sobre otro, a las piedras (cada jugador tiraba una piedra y los demás debían darle). En fin, tantos y tantos juegos que avivaron nuestra imaginación y establecieron lazos de amistad  que nunca se olvidan. Hoy desgraciadamente con las videoconsolas, móviles, iPhones, y demás artilugios electrónicos la niñez y la juventud se encamina al autismo sin remisión posible.