¿Por dónde irán mis rezos infantiles?
No habrán llegado aún a su destino
con tan grandes distancias siderales
medidos en millones de años luz.
Emprendieron camino
por el cielo azul,
surcando las estrellas,
hacia el trono de Dios.
Iban vestidos de inocencia,
puro candor de niño,
desde las imponentes catedrales
o desde la penumbra
acogedora de la iglesia.
Los más delicados
salieron de la intimidad de mi almohada:
eran súplicas nacidas del temor
por si la muerte me cortaba el paso una mañana.
Temor al fuego incombustible
con llanto y rechinar de dientes.
Otros, también hubo sinceros,
arrepentidos, de pecados que no fueron.
Nunca llegarán dónde cantan los coros celestiales
de bellos serafines,
¡Qué imaginación tan desbordante
la de escribanos y predicadores!
Vagan eternamente,
Los maestros íbamos al casino a tomar las copas después de las clases de la mañana. Regentaba entonces el servicio de hostelería del mismo Antonio Osorio, a quien le pregunté si solía ir por allí Antonio Serna. Yo intuía quién era por las referencias que tenía de él y por el parecido con su hermano Joaquín, pero en dos o tres ocasiones que lo vi no me atreví a abordarlo.
Un día me acerqué y le pregunté si era el que yo pensaba. Antes de contestarme me respondió el brillo de sus ojos. Nos saludamos afablemente y hablamos de nuestro pueblo común y de nuestras familias. Aquel primer encuentro quedó las aguas de las confidencias contenidas por la limitación del tiempo, pero sé que se le agolparon muchos recuerdos.
En días posteriores, siempre que coincidíamos nos saludamos con afecto, pero intuía yo que Antonio tenía ganas de hablar conmigo más privada y largamente.
Una sábado que iba yo sin dirección fija, pero con la idea de acercarme a la discoteca de Alanís, hice escala en Guadalcanal y allí en el casino estaba él. Serían las siete de la tarde de un día de primavera. Al verme, se acercó y me invitó a que nos sentáramos en una de las mesas que había en el salón de entrada. Imperaba en las dependencias con su bigote daliniano el conserje, D. Juan Ceballos, vigía y guardián de los buenos usos y costumbres de tan acrisolada institución.
Entre copa y copa de crema de guindas, Antonio se explayó y me contó parte de las peripecias que le habían sucedido en su vida: su infancia y juventud en Ahillones, sus comienzos allí en el oficio de carpintero, enfocado por aquel entonces al arreglo de carros, como lo hacían sus hermanos, su arribada a Guadalcanal…
Me refirió cómo en la posguerra traía penicilina desde Sevilla, cuando este antibiótico era la panacea escasa y cara para ciertas enfermedades.
Me contó también que en Ahillones, en los primeros días de 1936, recién comenzada la sublevación militar, bloquearon las salidas del pueblo grupos de milicianos y nadie sin el pertinente permiso podía salir de él. Encarcelaron a algunos vecinos y la situación no pintaba bien para los que eran de derechas o simplemente considerados como tales por tener una situación económica desahogada. Me refirió cómo sacó a ciertas personas en la bolsa de un carro, disimulados entre la carga. Así podían traspasar la línea de vigilancia y adentrarse en el ejido desde donde se dirigían a Llerena.
Todo esto y muchas cosas más, referentes sobre todo a su vida en Ahillones, me las contó mi paisano Antonio Serna con charla pausada y abundancia de detalles una tarde de primavera durante cerca de tres horas en el salón del casino de Guadalcanal, allá por el año 1979.
Cuando yo era niño para quitar las malas hierbas se escardaban los sembrados. Las cuadrillas de trabajadores recorrían las sementeras con las azadas y las quedaban limpias de ballicos, gramas y cardos.
En el arroyo del pueblo, que pasaba pegando a la escuela, había peces, renacuajos y lampreas. Como no había recinto cerrado para el recreo, los escolares nos íbamos allí a buscarlos en las covachuelas y debajo de la arena. En el campo podía beberse el agua clara que corría por las gavias.
Ahora para quitar las hierbas de las hazas y olivares pasan los tractores con un depósito y unas largas barras tirando los herbicidas o lo hacen mismos agricultores cargándolo en mochilas a sus espaldas. Cuando llueve abundantemente la lluvia corre hacia los regajos que desembocan en la presa de donde nos surtimos de agua potable los pueblos de la Campiña. Entre el 2001 y el 2002 la Dirección General de Salud Pública de la Junta de Extremadura realizó 2.553 análisis a la red de agua de consumo público, de los que 484 tenían restos de herbicidas.
Ignoro si con las nuevas técnicas de depuración se eliminan totalmente los restos de tantos productos químicos como se le echan al campo. Los acuíferos subterráneos no se depuran y seguro que reciben también parte de esos productos. No hacen falta análisis para saber que en el arroyo de mi pueblo ya no hay peces, renacuajos ni lampreas, que las alondras y los pájaros trigueros han disminuido considerablemente y que los cazadores, caminantes y labriegos ya no pueden beber el agua corriente de las gavias cuando salen al campo.
Eusebio tenía en Ahillones un pequeño taller en la calleja que comunica la calle Sierra Morena con la calle del Ejido. Nos enseñó a preparar bombas con carburo. Hacíamos un hoyo en el suelo y lo llenábamos de agua, añadiéndole un trozo de carburo. Inmediatamente colocábamos una lata boca abajo con un agujerito en la parte posterior. Tapábamos el agujerito durante un tiempo con un dedo para que el carburo desprendiese y acumulase los gases. Después quitábamos la mano rápidamente y arrimábamos un papel encendido al orificio. La lata ascendía dando una fuerte explosión.
Esta experiencia la realizábamos en la Plazuela. También encendíamos candelas en este lugar y competíamos en pasar sobre las llamas dando saltos. Allí acudían las niñas y niños de otras calles y se organizaban las famosas matas (formar círculos cogidos de la mano) acompañadas de canciones que desafortunadamente se están perdiendo: En Zaragoza cayó un cañón… Si viniera un torbellino “arrecogiendo” muchachos que se lleven a mi novio que dicen que está borracho. Quisiera ser tan alta como la luna. En Sevilla un sevillano…A la mata romero… Que salga usted, que lo quiero ver bailar, saltar y brincar… y tantas otras.
También jugábamos al trapo esconder (frío, caliente, hasta que se encontraba), a corra (con las pelotas verdes que daban con los zapatos del gorila), a la isa (una, dos y tres por todos mis compañeros y por mí el primero), a pelota al campo (tirábamos una pelota a unos hoyos que correspondían a cada jugador y el dueño del que caía cogía la pelota y la tiraba a los demás que habían salido corriendo), los aros, clavar el clavo, las tres piedras (dos equipos que defendían las piedras de su campo y los otros debían venir a por ellas evitando ser cogidos), al rey de los burros muertos (saltar por encima del que hacía de burro dándole o no lo que se llamaba el “espoliche”, que era un taconazo en el culo), a los bolos, al tejo, a la billarda, al paso Berlanga (ir saltando en hilera uno sobre otros y cuando saltabas el último te ponías tú de burro), al “repión”, a pasarse el balón montado sobre otro, a las piedras (cada jugador tiraba una piedra y los demás debían darle). En fin, tantos y tantos juegos que avivaron nuestra imaginación y establecieron lazos de amistad que nunca se olvidan. Hoy desgraciadamente con las videoconsolas, móviles, iPhones, y demás artilugios electrónicos la niñez y la juventud se encamina al autismo sin remisión posible.