Puzle de boleros
Suena la música sentimental
de los boleros en la semioscura
estancia donde se habla con ternura
de promesas de amor hasta el final.
Mujer, si puedes tú con Dios hablar,
dile que el otro lado de la luna
jamás he vuelto a verlo con ninguna
desde aquel día en que te vi marchar.
Dicen que la distancia es el olvido,
pero ni se abandona ni se olvida
un viejo amor como el que yo he vivido.
Solamente una vez se ama en la vida
y quisiera tener algo contigo
sin que esta cita suene a despedida.
La tala.
Descargado de inútiles ropajes
ofrecen su desnudo seno al cielo
para en fecunda unión con los temperos
cuajar feraz de esquilmo su ramaje.
En busca del azul para apoyarle
capiteles de columnas humeantes
levantan majestuosas sus figuras.
entre la plata de los olivares.
Quietud en esta tarde de febrero,
que sólo rompe la labor de tala
del diestro talador en los olivos.
Hurta sombras la luz a las umbrías
y debajo del almendro me recreo
oyendo a la perdiz en los sembrados.
Febrero.
Febrero purifica paganas lupercales
y la cristiana presentación con las candelas.
Tiene el corazón de almendro
y de nata rosa el alma.
Benjamín de doce hermanos,
nunca llega a la treintena
a pesar de los regalos
de césares y papas.
Efebo consentido y caprichoso
por retenerlo el padre en sus dominios
ante los reclamos encelados de la amante,
pecho en yema, guiños de luz y aromas de tomillo.
Así está el mozo, de faz y condición cambiante,
lanzando pedriscos tras mostrar su sol radiante.
El número trece.
Relojes.
Fotografía de Manuel Rodríguez Espino
http://www.flickr.com/photos/majanublao/
Mientras tú hilas en el bastidor para llenar huecos olvidados con islotes del presente yo miro el espacio vacío sin distancias. En la sala suena con ritmo acompasado y persistente el tic tac del reloj, sólo él, comiéndose el tiempo en nuestras manos como voraz paloma. Siempre estuvo ahí, como un latido en la sien. Hubo momentos que no sentimos sus pasos, pero nunca cesaron.
El despertador estridente que rasgaba los límites del alba en la placidez del sueño.
Las campanadas del reloj de pared en las interminables siestas de la infancia cayendo lánguidas en la sala del moscón y la penumbra.
Las de la madrugada en la juventud que llenaban la casa de metales delatando pisadas furtivas .¡Qué horas son éstas!
Aquel reloj del bolero al que pedimos, sin respuesta, que detuviera su camino en la noche amorosa y placentera.
El de la espera tras la puerta marcando la angustia. Y el de la primera adolescencia al que quisimos adelantar las agujas para hacernos mayores.
Todos los relojes serán uno en los cipreses con ritmo de lluvias y estíos, eterno tictac que ya no altera el sueño.
Democracia sin rufianes.










