Jubilación de Antonio Marín (fragmento)

(Este es un fragmento del texto que le dediqué a Antonio Marín el día de la comida homenaje con motivo de su jubilación)

Los niños y niñas  que nacen en la calle Nueva tienen un patio para sus juegos con los únicos límites de la  sierra y cielo.

Los  dos arroyos que deslizan sus cauces provenientes del oeste confluyen  en sus cercanías y marcan con sus estiajes y avenidas  el paso de estaciones en los tiempos imprecisos de la niñez, cuando no hay  prisas ni orillas definidas. Las sensaciones que  producen los fenómenos naturales marcan los difusos contornos del tiempo: las tronadas, las primeras  lluvias, el canto de los grillos, las margaritas en los prados, el viento de la noche borrascosa, los carámbanos y  las labores campesinas, como el aviento de   parvas al gallego de la tarde.

Allí, a un tiro de piedra,  está la escuela,  donde  entre bolindres, barrancos y corralillas Antonio Marín enraizó sus primeras vivencias infantiles y se llenaron sus ojos de inolvidables puestas de sol. Veía  llegar antes que nadie los avances grises de las nubes por las sierras de la  Capitana, san Miguel  y el castillo de Reina y  despedía las tardes cuando éstas se  echaban en brazos de la noche.

Monaguillos.

Monaguillos

La jerarquía eclesiástica se reflejaba también en los monaguillos. Los colores rojo, blanco y negro  marcaban los grados. Los que vestían sotana negra y roquete blanco pertenecían al estamento superior. En él estaban los monaguillos de oficio, algo así como la curia parroquial, junto con el sacristán, que era el camarlengo cuando faltaba el cura. El sueldo que percibían estos monaguillos de oficio, que solían ser dos, era de doce duros al mes. Sus obligaciones consistían en ayudar en todos los actos litúrgicos y tocar las campanas. Los toques del campanas eran los del ave María, por la mañana temprano, los del Ángelus a  las doce del mediodía, las vísperas a las dos o a las tres de la tarde, según fuese invierno o verano y los de la oración al atardecer, además  de los toques extraordinarios con motivo de funerales o bodas. También acompañaban los monaguillos al cura a dar la unción a los enfermos y a llevar el viático. Ahora se hace discretamente, pero en aquellos tiempos iban los monaguillos y el sacristán tocando una campanilla por la calle y otro portando una cruz  y precediendo al cortejo. El cura,  con sotana y roquete. Las personas que se cruzaban con  esta medio procesión se ponían de rodillas y se santiguaban y  los hombres descubrían sus  cabezas.

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La sacristía era el lugar donde los monaguillos tenían su cuartel general y su intendencia. A la izquierda, según se entraba,  había una percha  donde  se colgaban las sotanas y roquetes y un arca donde se guardaban las vestimentas  que se usaban en otras celebraciones, como la semana santa,  y los velos que algunas mujeres olvidaban en los bancos. Los velos que no eran reclamados se quedaban en depósito para prestárselos a las olvidadizas, pues las mujeres debían cubrirse la cabeza en el templo.  A la derecha se vestía el cura sobre una tarima de madera y  en frente de un mueble con muchos cajones y un espejo. El sacristán le tenía preparada la indumentaria extendida sobre el mueble,  según correspondiera a los tiempos litúrgicos o al acto a celebrar. Los seminaristas desempeñábamos en vacaciones muchas de las funciones de los monaguillos. Lo que más nos gustaba era subir a a la torre a tocar las campanas. Una tarde a la hora de la oración subimos cinco a repicar y como todos queríamos tocar un rato aquello parecía el día del Cristo. Tanto  nos colamos en el tiempo del repique , que el cura vino de su casa   y nos esperó  al final de las escaleras del coro. Yo iba el tercero y cuando sentí la que le había liado al primero y las voces que nos estaba dando me quedé retrechero para eludir el castigo, pero no me sirvió porque se informó de que éramos cinco y nos esperó hasta que salimos todos. Así que todos tuvimos que pasar  por las horcas caudinas de la  estrecha puerta.  No hubo  escapatoria. Un amago de pescozón, que cada uno evitó como pudo, y ahí terminó todo.

Potro de colores.

 

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino.

 

Sin el tiempo que dormimos,

el que las penas amargan

y  la enfermedad lacera

¿qué nos queda?

Pequeñas islas alegres

que el sol alumbra fugaz

y luego se desvanecen

 Yo, por ello,

cabalgo  libre  y ligero

sobre el  potro de colores

que el arco iris me ofrece.

Al galope.

Medalla de luz, la espuela,

 y sin bridas ni monturas,

desnudo sobre sus crines, 

me encamino

con cromáticos destellos,

dispersos entre  la lluvia

y resplandores de sol,

hacia el cielo.

Semana santa.

Este marzo, que nos pinta

pardo nuestro refranero,

tiende mantos grisáceos

sobre el  corazón del  viento.

Llora lágrimas redondas

en el cáliz de las flores

para ofrecer a  los lirios

altares con olor a incienso.

Iban dolorosas vírgenes

y  cristos crucificados

de grandes imagineros

por las calles de mi pueblo.

Yo,  con candor de niño,

deseaba desclavarlos

y ofrecerles mi pañuelo

para consolar su llanto.

Ahora soy yo quien recorre,

sin ser estatua de barro,

las calles sin procesiones,

sin saetas y sin cantos

y nadie viene a  llorarme

ni a  aliviar mi desencanto.

Los quintos.

quintos

Cuando la vida rompía costuras de pletóricas exuberancias hormonales, una corneta lejana llamaba al servicio de la patria  la sangre nueva de los pueblos.

La talla, el marqueo de  jóvenes veinteañeros en el mes de marzo tenía sus ritos y festejos. Las excentricidades y abusos que la edad aguanta y los vecinos permiten se desborda en ríos de vinos y  cánticos de madrugada. “ ¡Ya se van los quintos, madre!” “Si te toca te joes que te tienes que ir…”

Sobre las espaldas  de los quintos el  número de la talla que el tallador ha voceado en la sala del ayuntamiento y  que pasean  ufanos y hermanados por  las calles del pueblo garrafa en ristre.

La novia de promesas blancas ante el altar  o la deseada que no  ha formalizado aún  la  querencia del mozo escuchan bullangueras canciones: “Tu retratito lo llevo en mi cartera donde se guarda el tesoro más querido y puedo verlo a la hora que yo quiera…”. Juventud redonda, sin picos, en el tesoro del recuerdo. Amigos, para siempre, quintos que ya no se van ni cantan de madrugada: “Esta noche ha llovido mañana hay barro”.

Mourinho.

Este señor acaba de bajar  ahora de sus altares ególatras diciendo que el premio de mejor entrenador a Vicente del Bosque estuvo amañado y que le correspondía a él porque algunos de sus presuntos votantes le habían comunicado su voto favorable. Pero ojo, que el voto es secreto y una cosa es lo que se dice y otra lo que va en el sobre, pero si está seguro, adelante con las acciones que crea pertinentes.  También ha dicho que es difícil ser portugués en España. No debe generalizar, él no es el único luso en  nuestra patria y quizás el mal trato que le dan en ciertos medios de comunicación no se debe a su nacionalidad sino a su  forma de ser. Le sucede lo que a  algunos  malos políticos nacionalistas, que ponen su país como escudo.

Con estas declaraciones ha conseguido menospreciar a Del Bosque, ofender a la FIFA  y ponernos en mal lugar a los españoles.

El R. Madrid, un gran club que tiene una excelente trayectoria en el mundo y una imagen ganada a lo largo de muchos años, no puede permitirse un entrenador  endiosado que cuando le viene en gana amaga con que quiere irse al fútbol inglés teniendo contrato multimillonario en vigor y que tiene la mitad del vestuario  de su equipo dividido y en contra de su gestión. La Institución está por encima de las personas.

Siembra fértil.

Fotografía de Juan Sevilla 

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

En el dulce lugar de su besana

con  exquisito trato placentero

recorre los surcos con esmero

y  con hábil laboreo se   afana.

Abre labios la reja  con  la gana

de  encontrar el origen del venero

que a los bordes aflora tan somero

y genera labranza tan   lozana.

Removida la tierra y volteada

espera en regodeo voluptuoso

la semilla fecunda y deseada

que el sembrador coloca muy dichoso

tras alojar en la doblez mojada

instrumento de siembra tan gozoso.

Jubilación Manolo Rodríguez Espino.

No es por el  obligado  elogio que las despedidas conllevan por lo que quiero destacar  un don y una virtud que sobresalen en  Manolo,  sino por un acto de estricta  objetividad y  merecido reconocimiento. El don lo da la Naturaleza y ella fue generosa al concederle una  sobresaliente  inteligencia. La virtud se gana con el esfuerzo, con  el trabajo y la  nobleza.  El recuerdo agradecido de los que fueron sus alumnos es muestra evidente de su buen hacer como maestro.  Más meritorio aún es que habiendo desempeñado las funciones directivas de secretario, jefe de estudios y director durante tanto tiempo conserve el aprecio de todos los que le conocimos.  Algo tiene el agua cuando la bendicen y  la buena  madera  cuando ennoblece los salones.

Ahora el arquero ha destensado la ballesta

y la flecha que al corazón del tiempo aceleraba

ha caído rota  en la mullida floresta del descanso.

El ritmo del afán ha bajado su compás

y el tiempo se hará para ti más  placentero

aunque éste  siga  impasible sus andanzas.

El reloj señalará ortos y ocasos, no las horas.

En medio, quedan los días y las noches para  recrearlos

desde la vigía privilegiada  de la  adelantada barbacana que te ofrece la jubilación.

La atalaya  que culmina la bella fortaleza

recibirá cada mañana los primeros rayos de sol

en la despereza placentera de la madrugada.

A la tarde, el volteo de las campanas

pondrá música en  la paleta del celaje.

Melodía, sombra y luz  marcarán el ritmo de tu vida,

columpio infantil de regreso a las risas de la aurora.

Y como dispondrás de tiempo, y habilidades y destrezas  no te faltan, enriquecerás tu persona y darás a la vida de los que te rodean los frutos que el  talento y la virtud crean.

 

Tu  fecundo perfil renacentista,

demostrado en tus muchas aficiones

avalan tus probadas condiciones

que van de  carpintero a violinista,

de Gredos a Jayón de senderista,

en tu casa con Gloria de anfitriones.

Incansable viajero por naciones

al hombro tu afición de retratista.

Ahora  el tiempo te abre sus postigos

y te da, generoso, nueva vida.

Disfruta del invierno a sus abrigos

y  en esta primavera florecida

comparte  buenos ratos con amigos

en mesa de buen vino guarnecida.

Eso sí, con medida

pues lleva una excesiva bacanal

a marcar con batuta sustraída

el ritmo a la banda municipal.

 Que el tiempo te colme de lisonjas y tú lo llenes de vida.

Médicos de cabecera.

 En los años sesenta el médico titular de Ahillones es D. Ángel Alemán.  Todos los días del año pasa por las casas de los enfermos a visitarlos. En invierno  aumenta el número  por las gripes y los enfriamientos. Con  el cigarro  canario  Rex  en la mano y su abrigo largo llega a la habitación donde está el paciente. Sus gafas se empañan  por la diferencia de temperatura entre la calle y la casa, y, si está lloviendo, con gotitas de agua en los cristales que le dificultan aún más la visión. El humo del tabaco se confunde con el vaho que sale de su boca. Toma el pulso, pone el termómetro, mide la presión arterial, da su diagnóstico y prescribe el tratamiento con pocas y a veces casi ininteligibles palabras por el bajo tono con el que habla. Todos los días que dura la enfermedad  pasa a hacer la visita. Hacia las dos de la tarde baja a su casa en la calle Hernán Cortés y pasa también consulta. Antes, tiene otra sesión de trabajo en el que fue antiguo Dispensario Antipalúdico, en la plaza. En su sentido más genuino, los médicos lo son de cabecera. Las veinticuatro horas están de guardia. Son frecuentes por entonces en la sanidad las igualas, que ayudan a completar el poco abultado sueldo que  se abona a los sanitarios Este sistema de las igualas es utilizado  también en esta época  por los barberos que pelan y afeitan una o dos veces al mes mediante el abono anual de una cantidad.

D. Ángel se fue en silencio a Zafra, sin que se le hiciese el reconocimiento que creo que  merecía.

El Sindicato.

Ahillones, a falta de Casino de Sociedad, tenía el bar del Sindicato,  que,  de una forma peculiar,  cumplía algunas de las funciones de estas instituciones sociales. No disponía de  unos estatutos que recogieran normas sobre entradas, derechos, deberes ni formas de comportamiento en su interior, pero sí se caracterizaba por unos usos y costumbres  que observaban sus habituales clientes y por la abstención de  entrar de los que no lo eran, aunque a nadie se le impedía el acceso. Su clientela era variopinta y heterogénea: funcionarios, labradores, pequeños artesanos, albañiles,  profesionales liberales…

Los regentadores del negocio se trasladaron a este local desde la  casa de Antonio Cabezas en la calle Mesones, que hoy ocupa su nieta Elena, donde empezaron su actividad en régimen de alquiler. En el corralón de esta casa proyectaban  películas  en verano en una de sus paredes. El dueño les ofreció permutar la casa  de Mesones por el local de la plaza, también de su propiedad, y allí se trasladaron y continuaron con el negocio hasta 1977 en que murió José.

Cada miembro de esta familia  representaba  en su trabajo un  papel. Manuel, el padre, era el cancerbero adusto y serio. José, el hijo, despachaba la mercancía, con algunos tics adquiridos en el desempeño de la profesión, como cerrar la botella de vino a rosca cada vez que llenaba una ronda.  Guaditoca, la esposa y madre, era la  encargada de las relaciones públicas y la cocinera,  de negro el vestido y blanca la cabeza con su moño, locuaz  y zalamera. Era el alma del negocio. Si hacía falta echaba la partida con los habituales. Los domingos y festivos, sentada a la derecha, inmediatamente después de la puerta de entrada, recibía  a los clientes  con un saludo de bienvenida, interesándose por algún familiar, haciéndoles carantoñas a los niños que venían con sus padres o  simplemente con comentarios intrascendentes sobre el tiempo, pero para todos tenía  unas palabras.

La clientela del mediodía estaba compuesta normalmente por los “artistas” (funcionarios del Ayuntamiento, Hermandad Sindical, los dos médicos y practicante, y algún agricultor ya jubilado, entre otros, aparte de los clientes de aluvión como viajantes o representantes).

Por la tarde, a la hora del café, acudían los de la partida de subasta  y los mirones y contertulios que echaban atrás las horas de la manera menos fastidiosa. José Toro,  José Cabanillas, Antonio Blanco, Alfredo… Si  era verano salían después  a la calle a tomar el fresco que bajaba por Mesones. La noche, sobre todo a partir de los años setenta, fue más cosmopolita y reunía a un personal más variado.

La barra estaba en el segundo cuerpo del local, separado del primero por una gruesa pared. Ésta tenía dos aberturas por las que se accedía al mostrador. La de la izquierda era baja, tanto que tenías que agacharte para no dar con la cabeza en el dintel, y daba a una mesa camilla que estaba junto al recodo que hacía la barra, era como un pequeño reservado.

 Carlos el jabonero fue un vecero de esta mesa de al lado de la barra, junto con mi padre, José y Francisco Gimón, García el de la huerta Morera, Francisco Ruiz y tantos  otros.

 

La otra entrada, más amplia, era la usada normalmente y estaba enfrente de la puerta de la calle. Una vez traspasado el muro, (por la abertura, se entiende) a la derecha y cerca de  un frigorífico de cuatro puertas de color caramelo con manillas niqueladas, había, pegada a la pared, una pequeña mesa rectangular. Esa mesa y esa silla tenían dueño: Francisco Sánchez, sin cuya presencia durante años en ese sitio no puede entenderse el bar del Sindicato. Se sentaba poniendo el respaldo de la silla hacia el brazo izquierdo, sirviéndole de apoyo y el otro brazo en la mesita, junto a la inseparable “chiquenina” y el vaso. El primero lo enjuagaba con un poco de vino y lo arrojaba a los pies del mostrador. Era una forma de higiene preventiva. Siempre tenía un saludo afable para los que pasaban por allí.

Otra reunión asidua durante los años setenta la formaron Pedro José, Antonio Murillo, José Sánchez, Jesús Guerrero, Miguel y Alonso Vizuete… y los que nos uníamos a ella cuando llegábamos de vacaciones.

El primer cuerpo del local, que daba a la calle, era el salón principal, allí estaba la televisión. Disponía de cuatro mesas camillas con sus enagüillas y tapetes, y generalmente eran ocupadas cada noche por los mismos clientes.

En la última parte de la casa estaba la cocina, pequeña y comunicada con  un minúsculo comedor antes de un pequeño corral. De la cocina hacia la derecha nacía la escalera, en cuyo descanso, sujeto a la pared,  estaba el teléfono, negro y de cordón de tela. Esta escalera daba acceso al piso alto de la casa donde dormían  los moradores.

Ya muerto Manuel, cedía Guaditoca este comedor a algún grupo de confianza para hacer allí sus cochoflos. La última vez que se usó para estos menesteres fue muy poco antes de la muerte de José, con sardinas asadas que trajo el Tato de Valverde.

En los domingos de verano la terraza de la calle era de  las más concurridas del pueblo. Ponían el televisor en alto, sobre una mesa y un velador. Era cuando salían los matrimonios y allí se sentaban a tomar el fresco mientras los niños jugaban en la plaza.

Los días de diario del verano se echaba el fondo en pequeños grupos que charlaban de sus temas. No tenían nada más que callarse los de un  grupo para escuchar nítidamente lo que estaban gritando  los de al lado.

La chiquenina era una botella de cuarto y mitad de capacidad. Generalmente tenían buen vino y estas botellitas eran la medida ideal cuando uno iba sólo, aunque después no fuera la única que se bebiese. Cuando venía José a traerla al velador tenía la costumbre, a modo de broma,  de arrimársela al brazo o a la cara de alguno con el que tenía más confianza y así te sorprendía con la frescura que producía el frigorífico, ese frigorífico color de caramelo siempre con su run run. Por cierto que antes tenían uno no eléctrico, color marfil,  de los que se les ponía una barra de hielo y que posteriormente adquirió Juan López y lo instaló  en la Acción Católica para enfriar las caseras que vendía en vasitos.

José Menor era cliente asiduo. Solía sentarse en la mesa que estaba enfrente de la puerta de entrada. Ahí lo recuerdo el último domingo por la noche que lo vi. Era octubre. Su cara curtida por el sol, peinado hacia atrás con su botellita. Gran cazador y persona servicial donde las hubiera.  En esta mesa, él,  Junto con Manolo González, Antonio Manchón, Cándido, Francisco el veterinario y algún otro  crearon las bases para la puesta en funcionamiento de la Sociedad de Cazadores.

Serafín el practicante, Juan Antonio Valencia  y algunos otros formaban  grupo  en el que  no faltaban las polémicas sobre cualquier tema de actualidad, sobre todo fútbol. Estas y otras conversaciones  aumentaban de intensidad decibélica a medida que avanzaba la velada.

 

Estos grupos no eran permanentes, sino abiertos a nuevas incorporaciones e intercambios con otros grupos. Movilidad y permeabilidad social.

Cuando Franco agonizaba por aquellos días del otoño de 1975  dos personas que se sentaban mirando hacia la puerta de entrada en  la mesa que había a la izquierda del televisor, no  lo miraban porque lo tenían en lo alto de sus cabezas, pero lo oían: Eran tío José Manchón y tío José  Alejandre. Cuando el presentador daba lectura al cotidiano parte del equipo médico habitual  sobre el estado de salud de Franco, que se agravaba por momentos, la sala guardaba silencio  y ellos, entre trago y trago, movían la cabeza repetidamente arriba y abajo como diciendo: “veremos a ver cómo quedamos”.

Esta televisión, Telefunken,  que estaba colocada sobre una repisa  en el centro de  la pared  del salón principal, fue de las primeras que llegaron al pueblo allá por los años sesenta. Los muchachos la veían desde la ventana  que daba al exterior de donde eran echados  por los dueños cuando ya llevaban un rato prudencial viéndola.

Por la feria el bar del Sindicato cobraba toda su relevancia. La noche del trece, como los fuegos los prendían en la plaza, lienzo con la imagen del Cristo desenrollándose incluido,  había que andar muy listos para encontrar un velador libre, teniendo en cuenta que durante muchos años en esta terraza se celebraba el refresco del Ramo y el personal comenzaba a salir sobre las nueve de la noche, pues los fuegos eran a las diez y esa noche no había baile, según ordenaba D. José que era el que disponía en estos temas.  Fue a partir de los años setenta cuando, después de muchos ruegos,  transigió que la banda tocase algunas piezas después de la quema de los cohetes.  Desde la puerta de Facunda Espino hasta la de los Cabezas estaba todo repleto. De tapas no había mucha variedad, pero eran características las de lomo, cortadas en forma de dado. Contrataban a camareros que utilizaban el sistema de fichas para llevar la contabilidad con José. Éste, al principio de la noche, les vendía las fichas y los camareros cobraban a los clientes con un porcentaje sobre el precio que ellos habían abonado. Así José tenía la seguridad de cobrar todo, pues lo hacía al instante de entregarle al camarero la mercancía  y estos andaban vigilantes para que no se les fuese nadie sin pagar, ya que ellos ya  habían abonado  el importe a José.

Como otras muchas cosas  la vida del Sindicato terminó.  Con él se fue una época, una referencia y una clientela que se renovaba  con los años. He nombrado sólo a algunos  de los que recuerdo ya que es imposible hacerlo con todos. Lo he hecho con el mayor de los respetos y  mejor aprecio. Ya han fallecido muchos de los clientes que conocí, tanto que en alguna noche de insomnio he logrado llenar la barra y las mesas con los  ausentes, faltándome sitio para ubicarlos a todos.