Reencuentro.

Fotografía de Pupualdo , Santiago de Chile

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Pensaba él,  después de tantos años,

cercano a los rubores  de su cuerpo,

qué quedaría de aquella joven

de risa  abierta y mirada absorbente.

La miró a escondidas del descaro,

a hurtadillas de sus ojos,

tan azules y tan claros,

tan bellos.

Y se fue a  la fruta de su boca

a sumergirse, furtivo,

en el gozo de los besos.

Y no le importó el tiempo

porque la eternidad no tiene agujas

ni hay  arrugas en  los sentimientos.

Quiso abrazarla  en el seno del recuerdo,

 a solas con sus pensamientos.

 El ayer inalcanzable y tan presente

 lo envolvía en caricias al socaire de su pelo.

Poema no escrito

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Quiero y no puedo escribir un poema

que deje impreso este fugaz momento.

¡Es  tan difícil copiar la belleza,

trasladar al papel los sentimientos!

Ni siquiera sé si son de alegría

de gozo, de paz, de dicha o contento;

vagos recuerdos y  algunas tristezas,

tal vez un poco de melancolía.

Pero no puedo escribir lo que siento.

Junio.

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Junio es la frontera entre la flor y los  rastrojos.

Ofrece Ceres el pan de las espigas y el sol baila en la mañana de san Juan.

Arde mágico  el fuego en las hogueras de la madrugada

abandonando al sortilegio las venturas y los miedos.

Plenitud y cenit de la luz en el solsticio,

efímera, porque comienza inexorable  su declinar hacia las sombras.

Golondrinas, aviones y vencejos surcan  veloces

el  intenso azul de las mañanas.

En la siesta la chicharra sierra el sopor en los olivos

y de  noche la rana teje,  con  hilos de  luna,

encajes de  agua  en la laguna.

 

Antigua siega.

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(Cuadro de  Rossend Franch Cubells)

Vienen de  juntar  gavillas

en  haces rubios de espigas

con sudores de solano

y abrazadera de hocinos.  

Las manos,  rugoso acero,

traen arcilla entre los dedos

del fondo de los destajos.

Tanto trabajo doblados

sobre el arado y la tierra  

anudó un pañuelo al cuello

uncido al yugo y la pena.

Con ritmo de  hierro y sebo

van los carros con carreros

por las sombras verticales

de la flama y la calima.

Surcos de  viejos senderos

hechos de brega  y fatiga    

con huellas de polvo seco.

La radio.

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El 23 de febrero de 1981 la radio se convirtió en el cordón umbilical que nos mantuvo informados de la asonada golpista que Tejero protagonizó en el Congreso de los Diputados. Se habló entonces de la noche de los transistores y muchos descubrieron el papel  que  la voz llegada a través de las ondas puede desempeñar en ciertos momentos.

Mi generación y las anteriores lo habíamos descubierto hacía tiempo. Las noches de invierno en las que había que tener a mano las velas y los quinqués porque  la luz eléctrica dependía  de que una brisa no derribara un palo del tendido eléctrico, nos acompañaba radio Andorra con Liria y Juan Francisco, locutores que se hicieron populares entre los oyentes: “Aquí radio Andorra, emisora del Principado de Andorra. Emitimos en onda normal de…”

De la música que emitían recuerdo algunas canciones de “José Luis y su guitarra“, como  “Mariquilla”:

“Tu cara de rosa y jazmín,
han encendido de un modo mi alma
que ya he perdido la calma
y hago locuras por ti, mi bien.
Mariquilla bonita, graciosa chiquita,
tienes mi querer. Yo te doy mi vida,
mi alma y mi sangre y todito mi ser.
Y te canto bajito lo que te quiero,
cuánto te adoro, tú eres mi bien

y “Campesina”:

“Las mujeres de Colombia son más bonitas que el Sol, 
las de la ciudad dan fuego, las de la ciudad dan fuego, las del campo dan amor”. 

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También la clandestina e interferida  “Pirenaica” que oíamos cuando la puerta de casa estaba bien cerrada y con poco volumen para que no  se escuchara fuera, que no estaban tan lejanos  los tiempos de las delaciones y las inquebrantables lealtades. Así que cuando alguien llamaba a la puerta de las doce de la noche en adelante,  a esas horas siempre con malas noticias, la primera reacción  instintiva era apagar el aparato, sino se escondía también debajo de la cama.

Las tardes las dedicaban nuestras madres, abuelas, tías y parte del vecindario a la costura, si hacía buen tiempo en el patio o en el corral y si no en la sala. Entre el silencio de las puntadas y alguna lágrima emotiva  se oían las novelas. “Ama Rosa” y “El derecho de los hijos” de Guillermo Sautier Casaseca  y Rafael Barón marcaron toda una época. Todavía recuerdo algunos de  aquellos nombres de extraordinarios vocalizadores y actores radiofónicos: Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Eduardo de la Cueva, Juana Ginzo, Matilde Vilariño, Teófilo Martínez.… Si los muchachos llegábamos a la hora que estaban escuchando la novela con entrada impetuosa y bullanguera  a pedir la jícara de chocolate  o el pan con aceite y azúcar la respuesta era un siseo  acompañado de dedos en los labios para que nos calláramos.

Alberto Oliveras con esa voz envolvente y persuasiva presentaba un programa en el que recaudaban dinero para algunos causas humanitarias. “Ustedes son formidables” se llamaba. Con motivo de las inundaciones que produjo el desbordamiento del río Tamarguillo en Sevilla (25 de noviembre de 1961) consiguieron recaudar tres millones de pesetas (de aquella época) para los damnificados.

Los niños de entonces no teníamos ni móviles, ni videoconsolas ni ordenadores. Nos criamos, en la primera infancia,  acompañados del sonido y las voces de la radio. Las imágenes  la poníamos cada uno  con nuestra imaginación vagando libre por las regiones de la fantasía.

 

Confiado amor.

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La adoraba tanto

que  la amaba sólo 

con caricias tiernas

y arrullos de voz.

Así  conservaba

la ilusión intacta

de su noble amor.

Temía romper

el frágil encanto

de seda y de nácar

que él adivinaba

rendido a los pies

de su idolatrada.

Y así la perdió

aquella mañana

entre margaritas

de  praderas verdes.

Ahíta de mimos

su  piel delicada,

la  moza lozana

halló entre los brazos

de un rudo mancebo

amor ardoroso

y loca pasión.

Al  bisoño amante

de ingenuo candor

le quedó en la cara

pasmada expresión

como incauto niño

al que en un descuido

de confiado amor

se le escapa al aire

de las tiernas manos

su amado gorrión.

 

¿Para cuándo el consenso?

perdizPor estas tierras de olivares, campiñas  y dehesas, llegado febrero, comienza el celo de la perdiz. Al aire, gallardos los  reclamos  de los machos intentan atraer a su terreno a las hembras y  echar de allí a los intrusos que se las disputan. En turnos de réplicas y contrarréplicas las mañanas y atardecidas se llenan del lenguaje amoroso y retador de la hermosa “patirroja”. Acabado el tiempo de celo y cubierto el instinto sexual, la hembra anida e incuba a sus polluelos, quedando el macho vigilante de la puesta.

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Pero no faltan otros reclamos, piñoneos y cuchicheos sobre la superficie de esta piel de toro. Subidos a “pulpitillos” de privilegiado  otero, personajes del espécimen humano que nos representan, se crecen y marcan terreno con florido verbo. Cada uno en  endogamia   narcisista  se recrea en la exposición de sus  motivos y lanza al aire bucles engallados. Esperan que acudan los demás a compartir sus irrenunciables principios para salvar el solar patrio. No acaban, claro está, incubando ideas surgidas de un consenso, que falta le  hace al devenido  páramo  de España, sobre todo en trascendentales asuntos  como la educación, sino que elevan el tono, exaltando las  virtudes  propias y  desacreditando las ajenas.

Reloj, no marques las horas.

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¿Quién no ha pedido alguna vez que  pare

el reloj  el andar de sus manillas

al ritmo musical de aquel bolero

que el mejicano de Ciudad Madero,

Cantoral, le escribió a su esposa un día?

Entre brumas de olvido y fantasía,

mezclando lo  que fue con los deseos,

vivimos una noche inolvidable

allá en el fondo de la edad perdida.

Cuando las notas de   esta melodía

extienden sus acordes por el aire,

¡oh, beatíficas caras trascendidas

hacia la mística de lo sublime!

Amanecerá- porque nadie escucha

la vana pretensión de que se quede

el tiempo detenido en nuestras manos-

Que el sol me encuentre entre tus brazos quiero

al aire fresco de la amanecida

y el fondo musical de este bolero.

 

Llueve en la dehesa.

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Derrama el agua su melancolía

vertida con   cadencia de rumores.

Vellones  grisáceos de neblinas

entretejen por toda la dehesa

el ramaje en flor de las encinas.

Cubierto con el manto de la lluvia,

soy una parte más de este paisaje

que une la soledad y la  belleza,

plenas de  placenteras  sensaciones,

sobre el altar de la naturaleza.

Tu apoyo.

calma

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino

http://www.panoramio.com/user/1368766

Rota la vela  y el timón quebrado

se distanció mi barca de la orilla.

Refugiado en el fondo de la quilla

me abandoné a mi suerte resignado.

 

A merced de la mar embravecida

en el febril delirio de mi sueño

imagino  un paisaje ribereño

que me acoge y evita la deriva.

 

En un abrupto despertar me encuentro

al timón  unas  manos compañeras

que gobiernan mi barca mar adentro

 

entre fuertes galernas traicioneras.

Diestramente, la proa a sotavento,

enfila y me  conduce  a las riberas.