Amable lector/a:

Cuando se escribe una obra literaria no se expresan necesariamente los propios sentimientos en ella.  Ni Shakespeare era Otelo ni Calderón Segismundo ni Machado Alvargonzález. La condición humana da para muchas creaciones  en variados  géneros. Las grandes pasiones- celos, odio, amor, venganza…- ya están recogidas en las obras clásicas hace más de dos mil años y se van versionando y recreando con la historia. Son distintas visiones de comportamientos parecidos con otros personajes y en distintas épocas. El que escribe participa de ellas en la medida que también es humano. Pero hay una diferencia entre observar, estudiar y expresar y asociarle al autor completamente  la identidad entre lo escrito y su vida. El que lee y siente placer estético por la lectura,  por ejemplo de  un poema, lo transforma en algo  suyo, lo recrea y le evoca sensaciones distintas  a las que el autor intentó reflejar originariamente , pues cada uno tiene un bagaje de experiencias y emociones que son difícilmente transferibles.

Campesinos.

 

 

 

 

 

 

Como homenaje a los hombres y mujeres  del campo de cuando se besaba el trozo de pan que se caía al suelo.

 

“Son asina los cachorros de la raza

de castúos labraores  extremeños,

que, inorantes de las cencias d´hoy en día,

cavilando tras las yuntas , descubrieron

que los campos de su Patria

y la madre de sus hijos, son lo mesmo”

Luis Chamizo.

Los veía pasar por la Plazuela en las anochecidas de otoño y de invierno. Venían montados a mujeriega sobre las mulas que andaban cabeceando con paso lento y rítmico por las calles empedradas después de un día de intenso trabajo. Los capotes negros y ásperos de duro hule  revestidos de alquitrán, sobre los hombros. Las luces de la calle recién encendidas, tenues y vacilantes, se reflejaban en los charcos y regajos que formaba la lluvia.

Desde  la preparación de los barbechos hasta que se recolectaba la senara se dejaban muchos sudores sobre la tierra.

La siembra se hacía  a mano, esparciendo el grano sobre los surcos abiertos con el movimiento  acompasado del brazo en forma de abanico a derecha e izquierda para repartir la simiente del modo más uniforme posible.  Se denomina amelga la faja de terreno que el labrador abarca en cada pasada. El grano se llevaba  en una collera que iba colgada  de los hombros del sembrador. La collera es un  saco doblado  por la mitad, juntas la boca y la base y cosidas por uno de sus extremos. Ahí se llevaba el grano. Le daban este nombre por similitud con el que se ponía a  las bestias, que el diccionario de la RAE define así: “Collar de cuero o lona, relleno de borra o paja, que se pone al cuello a las caballerías o a los bueyes para que no les haga daño el horcate.

Para arar llevaban el cuerpo inclinado y tenso sobre el arado que iba tirado por la yunta, las manos apretadas sobre la mancera, ahondando y enderezando el surco para dejar lista la besana. Si había dos personas  una araba y la otra detrás iba sembrando; si no, tenía que arreglárselas uno solo, abandonando una faena y reiniciando otra.

Cuando la siembra estaba nacida se escardaba para quitar las malas hierbas con azadas, paso a paso, surco a surco, en cuadrillas de varios trabajadores, que avanzaban sobre las hazas en formación horizontal.

El hato con las viandas se dejaba en el lugar en el que se pensaba almorzar, no lejos del tajo. Para transportar desde casa el aceite y el vinagre  se utilizaban cuernos huecos de asta de toro y en otro utensilio, llamado liara, se solían llevar las aceitunas. El aceite y el vinagre en el mismo cuerno, ya que como no se mezclan pueden utilizarse uno u otro invirtiéndolo. La comida del mediodía era por cuenta del dueño de la tierra que contrataba a los trabajadores. El almuerzo lo llevaba cada uno. Anochecido, hora  de sombras difusas y olores acentuados, se preparaba en los hogares de los agricultores la comida caliente del día para que los que regresaban del campo templaran su cuerpo con algo caliente. El pueblo  a estas horas  recobraba un trasiego intenso: mujeres que iban a por leche o de visita, hombres con fajas negras liadas con varias vueltas a la cintura y boinas o mascotas al estanco a comprar el tabaco y el librito, muchachos que apurábamos los últimos juegos de la tarde, viejas envueltas en sus mantos y velos negros que al toque de la oración se dirigían a la iglesia.

Pero el esfuerzo titánico de los labriegos se producía en la recolección. Mediado junio se empezaba a segar. Era la saca. Primero a mano, con la hoz, juntando gavillas para formar los haces, que se iban amontonando en el rastrojo. Cuando se tenían suficientes haces se cargaba el carro. Un trabajador en lo alto de éste los colocaba adecuadamente y otro se los lanzaba desde el suelo ayudándose del bieldo. El cintero limitaba la carga por arriba y le servía de sujeción cuando ésta estaba completa. Posteriormente por caminos, la mayor parte de ellos en mal estado, balanceándose el carro peligrosamente con el traqueteo, con riego de vuelco, como a veces ocurría, se llevaban las mieses hasta la era.

El carro era el medio de transporte fundamental cuando todavía no existían remolques ni tractores. Se dejaban en las puertas de las casa y era una estampa típica verlos en las calles. El mozo del carro era un palo colocado en el tiro y que apoyado en el suelo se usaba para sostener más elevado este último. Llegada la temporada  se engrasaban los ejes de las ruedas sebo. Para levantar el carro  y poder mover las ruedas se ayudaban  de una cabria que es una especie de palanca, ya que hacerlo de brazos era duro y peligroso.

 

En verano se le añadían al carro las varas y la red para dotarlo de mayor capacidad. La bolsa estaba en la parte inferior, su barriga de esparto. La parte superior estaba limitada por tablas rectangulares que iban más o menos a la altura de los ejes de las ruedas y que servían para separar la bolsa del resto de la parte interior. Estas tablas se quitaban cuando había que aumentar la capacidad. La parte inferior la bolsa se unía mediante dos varas paralelas, llamadas galgas. Los muchachos nos metíamos en ella para jugar al escondite.

Se iban formando las eras en los ejidos con el lento acarreo de las mieses. Por caminos solitarios, a pleno sol, acompañados del ruido aserrado de las chicharras entre los olivos y del continuo traqueteo de las ruedas, cual procesión de hormigas previsoras, los labriegos reunían el fruto de la tierra y de su trabajo, cerca de sus casas.

Había ahora que descargar el carro, deshacer los haces y esparcirlos, pasando sobre ellos las bestias que giraban sujetas por el cabestro alrededor del labriego colocado en el centro del círculo que formaba la parva. Deshechos los haces, se trillaban. Montarnos en el trillo era nuestro deseo más anhelado en el tiempo de las eras. Cuando no era el abuelo de un amigo, era un tío o un vecino, el caso era tener a alguien conocido que nos dejase montar las tardes que acudíamos, ya con el sol vencido, comiéndonos la jícara de chocolate o el pan con aceite y azúcar. Cuando se trillaba la parva por una parte había que darle la vuelta y para eso se usaban unos ganchos curvos con forma de interrogación que se colocaban en la parte trasera del trillo.

Después se separaba el grano de la paja, aventando con la pala el resultado de la trilla contra el viento gallego cuando soplaba a media tarde. Si cantaba el alcaraván se consideraba señal propicia para la limpia. Había que aprovechar cualquier momento en que se movía el aire pues en esta época no es frecuente ni constante. Los niños y las niñas, ajenos al laborioso trajinar, jugábamos a escondernos entre los haces. Entre ellos ponían los hombres el barril con agua para mantenerla un poco fresca, dentro de lo que cabe en plena canícula.

Como estaba terminantemente prohibido fumar en el campo en estas fechas, el que no podía evitar el vicio, llevaba los avíos para ello escondidos y aprovechaba con mucho miedo algún momento perdido para darle al cigarro una caladas, pues la Guardia Civil vigilaba y castigaba duramente no sólo el hecho de fumar, sino el de llevar consigo el tabaco o el mechero, produciéndose cacheos y registros para averiguarlo. Entonces el fumar se complicaba más, pues el tabaco se portaba en la petaca, donde se echaba de unos paquetes rojos o  verdes  que vendían en los estancos y se liaba con unos papelillos muy finos que formaban  lo que se conocía como librillo o librito (algunas marcas eran Jean, Indo Rosa, Bambú). Una vez liado se pasaba la lengua por el extremo del papel y se pegaba. Para encenderlo se utilizaba el mechero de mecha y posteriormente el de martillo. Así que la labor no era fácil.

Separado de la paja y limpio el trigo, se llenaban los costales con la cuartilla, se iban atando sus bocas con abacaes y se colocaban  en la era hasta que había cantidad suficiente para llenar un carro. A cuestas se echaban los costales en el carro y a cuestas se subían a los doblados de las casas. A golpe de lomo y riñones. Esta operación se volvía a repetir cuando los jefes de los silos del Servicio Nacional del Trigo daban cita para poder llevarlo.

Para su transporte desde la era a las casa a  la yunta se le unía otro animal de tiro. Al subir la cuesta de la calle del Ejido con los carros cargados, los carreteros se subían al palo principal, el tiro, cerca de los yugo, agarrados a las costillas de estos, arreando a las bestias e intentando servir de contrapeso para que la carga no se fuera hacia atrás. Del  choque de las herraduras con las piedras en el duro bregar de los animales saltaban chispas.  Las  bestias eran jaleadas, zurriago en mano, por el carretero  ante la mirada  y las voces de ánimo de las personas mayores que se reunían en ese lugar para observar la faena de acarreo.

Con la paja se hacía otro tanto. Se llenaban los carros ya con sus redes, se tupían para que la carga  fuera más compacta y se vaciaban en las puertas de las casas para irla metiendo en los pajares con sábanas y mantas. Esta tarea se solía hacer al anochecido, ya con la fresca. También los muchachos disfrutábamos con esta actividad y aprovechábamos para tirarnos y meternos dentro del montón. Cuando llegábamos a casa y nos desnudábamos para meternos en la cama salía paja por todos sitios. Como las calles estaban empedradas, el traqueteo del carro se acentuaba y hacía que la paja  se derramara. Por agosto estaba el suelo de muchas calles plenamente cubierto. La calleja de Misa y la esquina del ejido eran buen ejemplo de ello.

Eran noches de sentarse al fresco en las puertas de las casas que permanecían abiertas de par en par igual que las que daban a los corrales donde se encendía la luz, permaneciendo la casa a oscuras para que no entrasen los mosquitos, pero sí el aire. Cuando el grano todavía dormía en la era, había que guardarlo para que no lo robasen. Allí, con la manta al hombro, se dirigían los agricultores a pasar la madrugada. Los vecinos de eras próximas charlaban largamente para echar la noche atrás. Después cuando el relente  se hacía sentir había que taparse con la manta. Sólo el croar hueco y sonoro de las ranas y el monocorde y metálico canto de los grillos, arañaba el silencio profundo de la noche. A lo lejos, en las esquinas del pueblo, brillaban tenuemente las bombillas. Arriba el cielo, con la franja del camino de Santiago blanqueando,  cubría el cansancio honrado de los campesinos.

El recuerdo.

 

 

 

 

 

 

 

Queda noche y queda pena,

así que llena el vaso

con el turbio licor de las heridas.

Y si me acuerdo de ella

que bajen las candelas del olvido

a quemar el rastro de su estela.

¡Qué más da!

Ya el indómito potro del deseo

se montó en el viento de las crines

y huyó veloz por las praderas.

Quedó un gusto profundo y apacible

de bodega vieja

que guarda el paladar de la memoria

en el dulce dormir de la solera.

 

Presuntuosos.

 

 

 

 

 

 

 

No me gustan exóticos placeres

ni afanes gasto por cubrir mi mesa

con lujosos bordados de manteles

que simulen  honores y nobleza.

No me gustan adornos de oropeles

ni deslumbrantes fastos  de  grandeza,

como cuadras de  rápidos corceles

o abundantes blasones y riqueza.

Ignoran los apuestos mequetrefes

que virtudes, blasones y nobleza

lucen más si te muestras como  eres

que con buscadas poses de altiveza.

 

Juicio sereno.

 

 

 

 

 

A medida que envejeces

te vas llenando por dentro.

Con cada cana aumenta tu experiencia,

con cada arruga, tu sabiduría.

Desengaño que sufres pule tu razonamiento,

puro y  denso, más brillante,

liberado de prejuicios,

descarnado, limpio y hondo

Mientras se desconcha  la fachada de tu cuerpo.

gana en brillo la luz clara de tu pensamiento.

Serenatas

 

 

 

 

 

En los  días de fiesta  había baile por la mañana y por la noche y era habitual, una vez acabado, prolongar los horarios de las libaciones después de irse las mujeres a sus casas,  pues ellas, en esta época,  aún no se habían equiparado en el tiempo de holganza   tabernaria con los hombres. Ni en los bares, ni en las prolongaciones extras que continuaban en la calle con la botella del camino después de haber cerrado los establecimientos, pues la hora de cierre  era muy  temprana y se vigilaba por los agentes municipales su estricto cumplimiento. Se aprovechaban estos días festivos para las  manifestaciones públicas de los primeros escarceos amorosos.

Las serenatas que se daban iban acompañadas generalmente de  cogorzas que se  paseaban  de madrugada por las calles solitarias. Se iba en grupo y al llegar a la casa en la que alguno tenía interés en manifestar el gozo que le provocaba la flecha con la que Cupido había traspasado su corazón, comenzaba el grupo a intentar enderezar los primeros compases de la canción tunanta, un desentonado “Sal al balcón” que  debía desanimar a la más complaciente  de las damas por muy deseosa que estuviera de cortejo.

 

 

 

 

 

 Dudo que con estas desacompasadas interpretaciones se le enterneciera alguna vez el corazón a la requerida por el ardoroso Calixto de turno.

Al primer ruido de cerrojo, que se abría al oír los moradores de la vivienda el jaleo de la calle a tan intempestivas horas, salían  corriendo los mozos en tropel hacia la  esquina  más cercana para esconderse y evitar ser reconocidos. Pasado un tiempo prudencial, regresaban a las cercanías de la puerta y, por si la aludida no se había enterado bien de parte de quien  iba el requiebro, una voz estentórea salía del grupo: “¡Esto va  de parte de Fulanito!”, y a correr otra vez, esta vez sin esperar el cerrojazo.

Dominio.

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino. 

 

 

 

 

La roca en campo abierto,

altiva, resistente,  agreste y dura,

refugio de rapaces voladoras,

abrigo  de ganado,

cobijo de pastores

al   soplo helado del temible cierzo.

Sombra amable en el ábrego caliente

con horas de calinas cegadoras.

Aquí baten solanos,

ventiscas, turbonadas, vendavales.

Es punta de diamante al sol primero,

caricia de las brisas a la tarde

y brasa roja con el sol postrero.

Muralla donde rompen temporales

su furia en remolinos invernales.

Crece en su umbría el musgo verdinegro,

luz y sol, la solana acogedora;

por su ladera asciende la tormenta

y ensanchada y negruzca se desploma

inflamando la tarde con sus truenos.

Quiero imitar tu fuerte  resistencia,

tu serena altivez sin inmutarte,

obrar con  acendrada fortaleza,

actuar en cada caso en consecuencia,

y a la sabia manera del  estoico

alcanzar la virtud con el esfuerzo.

Invención de los carnavales.

 

 

 

 

 

Cuentan que los hombres vivían encadenados en una caverna y condenados a ver en el fondo de la misma sus propias imágenes y las de los demás, proyectadas por el fuego que ardía a sus espaldas. No conocían la realidad, sólo las sombras que ella producía.

Pero en cierta ocasión llegó una bella e incitadora hembra y uno de los presos no pudiendo resistir sus insinuantes requerimientos yació holgada y placenteramente con ella.

No era esta doncella sino una de las múltiples transformaciones que La Carne adoptaba para conducir por los caminos de la concupiscencia y la lujuria la frágil voluntad de los humanos.

 

 

 

 

 

Por esta razón el complacido preso fue liberado e invitado a volver la cabeza para que pudiese contemplar el origen de las imágenes que estaba acostumbrado a ver en la pared de la caverna.

Lo primero que vio fue el fuego de la candela que proyectaba las imágenes y así empezó a explicarse muchas cosas.

Posteriormente fue guiado hacia la salida ascendiendo por una empinada y escarpada pendiente. Ya en el exterior pudo admirar el poder y grandeza del sol.

Comprendió que el verdadero conocimiento no era el de la pared sino el que estaba a sus espaldas y que al él se llegaba mediante un proceso de abstracción. Era el mundo de las ideas lo que estaba a su alcance ahora.

 

 

 

 

 

 

 

Pero realizada su experiencia intelectual tenía que regresar a la caverna. ¿Le creerían sus compañeros de prisión lo que iba a contarles? ¡Había conocido la verdadera esencia de las cosas, la complejidad de la naturaleza humana!

Cuando relató su experiencia se rieron de él larga y burlonamente  durante días, pero pasados estos y estando ya más sosegados  de la impresión hilarante que les produjo, pensaron que por qué no conocer también lo que su compañero les relató, sobre todo teniendo en cuenta que su salida de la caverna fue originada por una fornicación tan placentera.

Invocaron con pasión creciente la presencia de La Carne transformada en cuantas formas y sexos fueran precisos para prestar servicios tan liberadores. Y hubieron de pedir tanto hembras como efebos pues las mujeres en un conato de rebelión adujeron que o todos moros o todos cristianos y que ya se encargarían las Constituciones venideras de recoger en sus textos sus aspiraciones de igualdad.

 

 

 

 

 

 

Escuchadas que fueron sus súplicas hicieron acto de presencia en la cueva apuestos y apolíneos varones y lujuriantes y bellas damas, dispuestos a apagar la sed de conocimiento que mostraban los presos.

Pero la concesión tenía un precio: la estancia fuera sólo duraría cinco días, transcurridos los cuales todos volverían a la caverna y serían de nuevo encadenados y condenados a ver las sombras de la realidad en la pared. Los presos a fuerza de insistir consiguieron una cláusula que les permitiría repetir la experiencia cada año antes de la llegada de la primavera.

 

 

 

 

 

 

 

Así que cumplido con holganza y regocijo el trámite libidinoso, se dispusieron a subir la escarpada pendiente que daba al exterior. Un grupo de ellos quedó tan exhausto que se negó a conocer más realidad que el prolegómeno que acababan de disfrutar con ardor inusitado en aquella lóbrega estancia.

Los demás   presos salieron al exterior y pasaron cinco días de saltos, cantes, bailes, desfiles y piruetas adornados de cómica desmesura y de ruidos estridentes. ¡Por fin se conocían a sí mismos y conocían a los demás en su más pura esencia! Se acababan de inventar los Carnavales.

Pasados esos días de desenfreno y manifestaciones espontáneas volvieron a la caverna asombrados de lo que habían vivido. Ahora tendrían que seguir viendo las sombras de la realidad sobre la pared del fondo hasta que el próximo año, previa coyunda, (según concesión obtenida de sus carceleros en una cláusula secreta) volvieran a   la abstracción ascendiendo al mundo de las ideas.

A partir de ahí entraron en una fase de aguda melancolía, añorando la experiencia vivida. El primer hombre que salió de la caverna por la pronunciada pendiente y que había sido pionero en llegar a tan altas metas, sentado en un recoveco de la estancia sombría, con la mirada perdida, recitaba los siguientes versos:

 

 

 

 

 

 

 

“Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra,  una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños sueños son.”

Amanece.

Fotografía de Nunci Fernández Herrero

 

 

 

 

 

 

El sol, semilla de granada abierta,

levanta poderoso entre la bruma

el cuchillo brillante de sus  rayos

cortando los perfiles  de la sierra.

Entre el silencio húmedo del río

se yergue  una alameda en su ribera,

rizado viento en la mañana fresca.

Las sombras de los valles se repliegan

entre haces de luz tornasolada.

Bucles de trinos en zarzas sombrías

anuncian bulliciosos la alborada.

Los caminos se abren a pisadas nuevas.

El fin del pequeño comercio.

Carta al director del periódico HOY 05/02/2012

 

 

 

 

 

Muchas de las pequeñas tiendas de nuestros pueblos y barrios tienen los días de actividad contados, si no han cerrado ya. El  comerciante de tejidos que enseñaba las piezas de raso,  de pana, de terciopelo,  de franela,  de seda,  de lino… extendiéndolas sobre el mostrador  para que la clientela tocase con un leve roce de sus dedos la calidad y textura de las mismas, el dueño del ultramarino que pesaba cuarto y mitad de mortadela y abría latas de bonito para despacharlas con un poco de aceite, están desapareciendo. Conocían a todo el vecindario y fiaban hasta que se recogía la senara.  No tenían hora de cierre, ni prisas.  A la tienda se iba a comprar y a intercambiar novedades de lo que  sucedía en el barrio o en el pueblo.  Si  le pedían algún artículo nunca decían que no lo tenían: “Está pedido, si no llega esta tarde  mañana está aquí  sin falta”.

La facilidad de locomoción, el cambio de las costumbres,  los impuestos, los súper, los híper, y el resto de grandes superficies, donde se compra en silencio y con carrito, hacen muy difícil su pervivencia.

En los  últimos años  hemos ido  comprobando su irremediable decadencia. En el fondo del local  el tendero revisa  albaranes y facturas cada anochecido.  Cuando oye pasos  de gente que camina por la acera mira por lo alto  de sus gafas, pero entra  poca gente ya. La mayoría pasa de largo.