Verdugos.

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“Nunca más”

Calla y cúbrete de oscuridades.

Hay pasos de fieras por la calle

que suenan a plomo y huelen a sangre.

Vienen de madrugada, traicioneros,

para abrir  los corazones de las madres.

Los golpes en las puertas

rugen en las entrañas de las casas

como aullidos salvajes

de hienas acuciadas por el hambre.

El poder de la pólvora y del sable

da cobijo a los verdugos.

Ráfagas de balas

horadan los límites  del alba

y derraman lágrimas de rabia,

impotentes y  calladas.

El silencio miedoso se encarama

a las copas  solitarias de los árboles.

 

Tormenta.

Fotografía de Juan Sevilla.

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

La noche vierte en  el día

montañas de algodón negro

con redobles de tambor

y destellos plateados.

Virulentos torbellinos 

por las tierras labrantías

y los extensos posíos

de la Campiña extremeña

levantan en espiral

maleza  y espinos secos.

El rayo baja hasta el suelo

en culebrilla de fuego.

El eco de su fragor

rebota redondo y  hueco

por los tambores del viento.

Cae la lluvia estrepitosa

sobre los campos resecos

y otro  látigo de luz

recorre de norte a sur

los vericuetos  del cielo.

Huellas del tiempo.

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Las  piedras  encierran las historias de los pueblos.

Allí están las huellas de los siglos.

Esperan enclaustradas que las manos del experto,

escobilla y cincel, les extraigan los secretos de los muertos.

Regresamos  a sus vidas y a su tiempo,

pero también, arqueólogos, mirad un poco al cielo.

Esa cóncava mano de luceros

los cubría también a ellos:

celtas, lusitanos, romanos, visigodos,

musulmanes, almohades, almorávides, iberos…

Con el vértigo que da la luz en continuo movimiento,

allí siguen, aparentemente quietos,

que cien mil años no es nada en el fluir del  firmamento.

Frases lapidarias.

 

buenos sentimientos

(Simple opinión personal sin ánimo de incordiar, que como tal, puede estar  errada y que posiblemente lo esté)

A veces extraemos del almacén de frases lapidarias que circulan por la red  algunas de ellas.  En unos casos es una forma cómoda de identificarnos  con las que expresan ideas nobles, solidarias o afectivas. Otras veces son inocuos enunciados,  simples generalizaciones de sentimientos que todos compartimos. Todos queremos a nuestros hijos o recordamos a los muertos. En un tercer grupo, que yo llamo de manía persecutoria, están las que sirven  para  dirigirlas a los que  se supone  que son enemigos, a los que pensamos que nos envidian, que hablan mal por detrás, etc, etc. En las frases que expresan ideas o sentimientos positivos nos situamos implícita o explícitamente como partícipes  y abanderados. Somos los que más queremos a los  padres, a los amigos,  los más leales, los más consecuentes…

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En las frases negativas nos situamos al margen. No nos consideramos integrantes del grupo que habla mal de los otros, que envidia,  que traiciona etc, etc. Es normal, pero habría que ver si  esa crítica que lanzamos a los demás escudados en frases rotundas y ajenas  no es un síntoma de  una excesiva valoración propia o de una  manifestación paranoica de nuestra personalidad que ve enemigos por todos sitios. Pudiera ser  también un afloramiento  del subconsciente que manifiesta, dispersando culpas, las mismas  carencias o defectos que adjudicamos a los otros.

Esquizofrenia.

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Su mirada errática vaga por los bordes  de las cosas. Los ojos son   dos oquedades ausentes. Huyó de allí el personaje. Dos complejas realidades pugnan por la preeminencia: la que es y la aparente. Pero, ¿cuál es la visión real y cuál es  la  que miente?

Busca aterrado el silencio  espeso y denso en un rincón de remolinos absorbentes.  En su mente enferma brotan  los fantasmas  desfigurados de la muerte con aspavientos descompuestos. Rasga sus entrañas con alambres retorcidos y herrumbrosos  y  amarga su vida con el filo dentellado de la angustia. Escucha sonidos que no son  y amenazas que no existen, muerde los padrastros de su pensamiento con latidos compulsivos y punzantes. Y cae, cae, cae  en  la sima sin fondo del vacío.

 

Haba.

jabalí

Le pusimos “Haba” cuando llegó a casa de rayón. Lo trajo mi padre de Las Cabezas, una finca del Pedroso.  Era tan pequeño que tuvimos que alimentarlo con biberones de leche.

Mi padre lo sacaba de paseo y se iba tras de él como  si fuera un perrillo. Entraba en los bares y se acostumbró a comer las avellanas que le daban los presentes.

Creció y  se lo llevó Antonio Gimón al huerto que tenía su casa donde disponía de más espacio. Un día de jueves santo se les ocurrió a su amigo Antonio y a mi padre  llevarlo a Berlanga. Lo bajaron del coche y como siempre se fue detrás de ellos. Los que venían en la procesión con el santo a cuestas no daban crédito a lo que estaban viendo. Al encontrarse de frente se produjo primero la sorpresa y luego la desbandada. Faltó poco para que los portadores de la imagen la dejaran en el suelo y saliesen corriendo también

Un agente municipal  les conminó a que se llevasen de allí a “Haba” para que pudiese continuar el cortejo. Así que subieron al coche y los asustados fieles siguieron el recorrido.

En otra ocasión, una noche de verano, cuando regresaba mi padre de paseo con él, se metió en la casa de unos vecinos que comían tranquilamente su gazpacho con las puertas abiertas de par en par. El primero de la familia  que  se percató de la presencia del animal se subió a una  silla pidiendo una escopeta, mientras los otros miembros corrían despavoridos hacia el corral.

Estuvo con nosotros unos años, pero ya era peligroso sacarlo por ahí. Así que,  para evitar males mayores, tuvimos que sacrificarlo muy a pesar nuestro.

Indolencia.

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Aquí en la esquina apostado,

a observar y no hacer nada,

cortando el aire en rodajas

en un  cruce de caminos.

Mirar la vida en la gente,

cada cual a su destino,

representando el papel

que le asignó el regidor

del gran teatro mundano.

¡Oh, excelente Calderón!

¡No más quiero

que esta amable languidez!

Que me lleve la corriente

liberado de cuidados

por el discurrir tranquilo

de las acequias del tiempo

sin molestias importunas,

con la misma dejadez

de abúlica voluntad

que sintió Manuel Machado

en una noche de luna.

¡Despierta, muchacho!

Fotografía de Francisco Catalán Roca (Hecha en Sevilla en 1959)

Francisco Catalán Roca

Mujer primorosa

que luce garbosa

su talle al andar.

Requiebro de fuego

que lanza el mozuelo

al verla pasar.

Su mente la mece

en cama de encaje

de virgen vestal.

“Mocita, te llevo,

de ardiente plumaje,

conmigo en el vuelo

de noche nupcial”.

Estrambote:

Despierta, chaval,

desciende hasta el suelo

y busca consuelo

en manos de Onán.

Mayo.

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Flor de   espigas

al albur de los  solanos.

Bacanal campestre

en  honra de  patrón gañán,

justo en el parteluz de la vertiente.

Amapola en la   falda de la siembra,

mecida en olas verdes.

Orla de  flores al símbolo eterno de  la muerte,

duelo inacabado y  recurrente.

A  la  virgen, infantiles voces

de ingenuos corazones

en la  capilla  a coro del colegio

donde llegaba el olor a  azahar

del patio de  los naranjos.

Céfiros en  tu pañuelo al cuello,

mariposa impaciente y perfumada,

acariciando  tu  encendida cara.

La rosa en tu pelo y mi beso en tu frente.

 

Las abuelas.

 

abuelascosiendo

 

Hasta cinco veces buscaba el hilo el angosto camino del enhebro  guiado por las manos  temblorosas  de la vieja. Los niños- ¡qué ignorancia!- nos reíamos de ella cada vez que fallaba un nuevo intento. Entre conversaciones y silencios nuestras abuelas  cosían e hilaban  en las horas vencidas de la tarde tras el duro bregar de otras faenas.

 Trabajar  bajo un yugo de rutinas que solo alguna vez hallaba alivio  contemplando detrás de los visillos  el diario transcurrir de otros vecinos. Si en  alguna ocasión salían del pueblo era debido a alguna enfermedad. El mar quedaba tan lejos  que pocas  se  mojaron los pies en sus orillas.  Sobre sus recios y sufridos hombros se apoyó el bienestar del que gozamos. Entre velos, mantones y cobijos  se les fue la juventud de la manos rezando por las almas de los muertos.