Enfermedad.

Enfermedad

La boca es  hoyo seco

de polvo, piedra y fuego.

El rostro,  mapa vivo

de senderos   violetas y cetrinos,

tiene dos  medias lunas de tormento

sobre dos valles cóncavos y hundidos.

Impertinentes  lenguas arenosas

cavan crueles y voraces la  herida

que muestra  irrevocable

el final del trayecto  de la  vida.

Los párpados caídos

no pueden con  el peso de la luz

y el vértigo del paso a la otra orilla.

No va más,

está cerca el final de la partida.

El trofeo de la obstinada parca:

un cúmulo de carne dolorida. 

La línea divisoria.

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Carta en el periódico HOY (26/06/2013)

«Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere».  Con estas palabras, según  cuenta el historiador peruano  José Antonio del Busto, se dirigió Francisco Pizarro a sus desmoralizados hombres en la isla del Gallo. Sólo trece, los “Trece de la Fama” cruzaron la línea.

José Ignacio Wert ha trazado en las actas de calificaciones una raya con su espada de 6,5 de hoja. Los pudientes y los que superen esta nota, a estudiar. Los que no la superen y  que sean no pudientes, hacia la marginación.

Hay una diferencia entre aquellos míticos trece soldados de Pizarro y los que no van a cruzar la línea de Wert. Los de la isla del Gallo renunciaron voluntariamente a seguir en la lucha.  Muchos de los que queden separados por la de Wert posiblemente querrán seguir estudiando y no podrán hacerlo.

Noche de san Juan.

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Esta noche la luna ha pintado caminos de marfil en los llanos.

Cubrió de nácar las encinas y al envés de la hoja del olivo le dio  un baño de brisas plateadas.

Cuando la precoz aurora de san Juan levantó claridades tras los montes, aún quedaban rescoldos de magia y brujería en las candelas.

Una pareja adolescente duerme en la cuna de la playa con sonajeros de olas.

La luna se aleja sola, presumida y orgullosa,  henchida con el cortejo de todas las miradas. 

¿Quiénes son los culpables?

 

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¿Quién nos llevó a esta ruina, caballeros?

¿El hechizo virtual de algún fantasma

que se coló en las cuentas desde el plasma,

o los amos de bolsas  y dineros?

Quizás sean  banqueros alemanes,

o tal vez   “ brothers” norteamericanos.

¡Quién sabe si mafiosos sicilianos

son responsables de nuestros desmanes!

 Lo indago por tener conocimiento

 de quién ampara al grupo de bribones

 que apandan los  manteles y  el asiento

y se llevan a Suiza los millones.

Mi sólo afán  por el descubrimiento

es  darle  una patada en los cojones.

Evocación.

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Mientras me tomo la vida

en una copa de vino,

suena lejano en la noche

el ritmo de un viejo tango.

La nostalgia de volver

a donde se fue feliz

-o al menos así se cree-

siempre lleva al desengaño,

porque no es igual que ayer

el  arrabal añorado

donde estuvimos antaño.

Sólo la mente conserva

ese tiempo retenido

-burbuja de dulce miel-

que la añoranza recrea,

pero ya nada es lo mismo.

Regresa el tango otra vez

con su evocador sonido

enredado en las estrellas

con  clave de luna llena

¡Echa otra copa de vino!

Tránsitos

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La vida es un paréntesis en la eternidad

con puertas de entrada y  salida.

De la nada a la vida, no me acuerdo.

De la vida a la nada

está por ver el día y la hora,

pero es cierta y  segura la partida.

El tiempo que se va deja atrás sólo vacío, 

un vacío que se viste de recuerdos

para darle un ropaje a las ausencias.

Por delante, cada paso

es una aventura incierta,

una pisada a ciegas sobre lo desconocido

hasta  que, un día cualquiera, te despeñas  

por el acantilado de la muerte.

Después, todo será para mí

como antes de mi nacimiento.

 

La palabra.

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La palabra puede ser puñal o miel:

como arma hiere, como dulce halaga.

Puede traicionar una lealtad

o aflorar los más nobles sentimientos.

Báculo donde el amigo apoya

la fatiga, la pena o el cansancio

o la daga que corta una amistad

con traición y felonía clavada.

La palabra adecuada en su momento,

unas veces alienta y estimula

y  otras sirve de  bálsamo y consuelo.

La zafia, ruin y malintencionada

agravia, solivianta  y escarnece

a la persona a quien se le dirige

y muestra la ruindad de quien la dice. 

El tío de la sangre.

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A  los niños nos metían miedo los mayores porque era la forma más efectiva de tenernos controlados. ¿Quién no ha escuchado  alguna vez aquello de “¡Que viene el coco!” para que nos calláramos o dejásemos de meter ruido?

Cuando llegaba el tiempo del verano, en esas interminables horas de sopor de la siesta en que el pueblo entraba en un letargo de plomo y chicharras,  nos asustaban con los tíos de la sangre, que secuestraban a los niños para extraerles el preciado líquido rojo. Yo me los imaginaba como vampiros que nos chupaban las venas y nos quedaban más secos que una mojama. Así que durante esas horas, si no nos acostábamos al menos tampoco nos íbamos por  esos campos tan solitarios a esas horas.

La “Mora” vivía en la humedad negra y profunda de los pozos como una bruja desgreñada con largos brazos y retorcidos dedos que arrastraba hacia el interior del pozo a los niños que se asomaban al brocal. Con esa amenaza procuraban evitar el peligro de que nos cayéramos dentro.

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Otro personaje de la inventiva popular era el “tío del Sebo”. Quizás asociada su figura a la negrura de la grasa que tenían  las ruedas de los carros para lubricarlas y que no era otra cosa que tocino añejo que adquiría esa tonalidad con el roce y el polvo de los caminos.

En la finca de Valjuncoso existía y aún existe, aunque taponada de piedras y tierra, la cueva de Poro. Esta persona, que existió realmente, adquirió con el tiempo y la imaginación la imagen huraña y esquiva  que le confería su aislamiento y desaliñado aseo.  Debió ser un hombre que vivió de forma semi salvaje por aquellos parajes. Tan repulsiva  presencia hubo de tener que cuando no obedecíamos nos amenazaban con que vendría Poro a por nosotros, una especie  de monstruo agresivo que se comía a los niños.

Belleza.

belleza

En el azul intenso de tus ojos,

donde se vuelve clara la calina

y la luz brilla  pura y cristalina,

se encuentra la  belleza sin abrojos.

La tarde rota te ofreció de hinojos

arrebol para  cara tan divina

que del  ocaso la paleta  difumina

con un celaje  de reflejos rojos.

En los catorce versos de un soneto

no es posible encerrar tanta hermosura

sin mermar la magnitud de tu guapeza.

La  luz, el  cielo y tú formáis  completo

el cuadro singular de  donosura

en el eximio grado de la alteza

Las bebidas en el Congreso.

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Fotografía de abc.es

Carta en el periódico HOY (7-6-2013)

El abuelo paseaba por  los rollitos del centro de la casa en esas horas previas a la comida en que la calle está tranquila porque aún no han salido los niños de la escuela y el hogar se mantiene en un acogedor sosiego. Le tenía cogidas las vueltas a su mujer  y cuando ésta se metía en la cocina o iba al corral  a tender la ropa, él aprovechaba para beberse un vaso de la botella de  vino que guarda en la alacena, saltándose así la prescripción médica y la vigilancia de su compañera.

Hasta que cualquier día, en una aparición sorpresa, lo cogía con el codo empinado y le escondía el suministro. Duraba unos días la abstinencia  hasta que daba con el escondite.

La opinión pública ha  sorprendido a  los señores diputados y senadores  con  el gin tonic de 3,50 €  en la mano, es un decir,  y  se ha escandalizado con éste y otros precios subvencionados de los que se benefician ellos y  los asiduos visitantes  del  Congreso. No  es que la ciudadanía esté preocupada con  la tensión arterial, el colesterol o la diabetes que puedan padecer sus señorías y convidados, sino que las libaciones están en parte sufragadas con dinero público. En estos tiempos que corren,  en los que a la mayoría  se nos ha quedado el talle estrecho por las apreturas del cinturón, no están bien esas liberalidades tan prescindibles que se hacen con el dinero de todos, sobre todo por quienes deben dar ejemplo de lo que predican.