«Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere». Con estas palabras, según cuenta el historiador peruano José Antonio del Busto, se dirigió Francisco Pizarro a sus desmoralizados hombres en la isla del Gallo. Sólo trece, los “Trece de la Fama” cruzaron la línea.
José Ignacio Wert ha trazado en las actas de calificaciones una raya con su espada de 6,5 de hoja. Los pudientes y los que superen esta nota, a estudiar. Los que no la superen y que sean no pudientes, hacia la marginación.
Hay una diferencia entre aquellos míticos trece soldados de Pizarro y los que no van a cruzar la línea de Wert. Los de la isla del Gallo renunciaron voluntariamente a seguir en la lucha. Muchos de los que queden separados por la de Wert posiblemente querrán seguir estudiando y no podrán hacerlo.
A los niños nos metían miedo los mayores porque era la forma más efectiva de tenernos controlados. ¿Quién no ha escuchado alguna vez aquello de “¡Que viene el coco!” para que nos calláramos o dejásemos de meter ruido?
Cuando llegaba el tiempo del verano, en esas interminables horas de sopor de la siesta en que el pueblo entraba en un letargo de plomo y chicharras, nos asustaban con los tíos de la sangre, que secuestraban a los niños para extraerles el preciado líquido rojo. Yo me los imaginaba como vampiros que nos chupaban las venas y nos quedaban más secos que una mojama. Así que durante esas horas, si no nos acostábamos al menos tampoco nos íbamos por esos campos tan solitarios a esas horas.
La “Mora” vivía en la humedad negra y profunda de los pozos como una bruja desgreñada con largos brazos y retorcidos dedos que arrastraba hacia el interior del pozo a los niños que se asomaban al brocal. Con esa amenaza procuraban evitar el peligro de que nos cayéramos dentro.
Otro personaje de la inventiva popular era el “tío del Sebo”. Quizás asociada su figura a la negrura de la grasa que tenían las ruedas de los carros para lubricarlas y que no era otra cosa que tocino añejo que adquiría esa tonalidad con el roce y el polvo de los caminos.
En la finca de Valjuncoso existía y aún existe, aunque taponada de piedras y tierra, la cueva de Poro. Esta persona, que existió realmente, adquirió con el tiempo y la imaginación la imagen huraña y esquiva que le confería su aislamiento y desaliñado aseo. Debió ser un hombre que vivió de forma semi salvaje por aquellos parajes. Tan repulsiva presencia hubo de tener que cuando no obedecíamos nos amenazaban con que vendría Poro a por nosotros, una especie de monstruo agresivo que se comía a los niños.
El abuelo paseaba por los rollitos del centro de la casa en esas horas previas a la comida en que la calle está tranquila porque aún no han salido los niños de la escuela y el hogar se mantiene en un acogedor sosiego. Le tenía cogidas las vueltas a su mujer y cuando ésta se metía en la cocina o iba al corral a tender la ropa, él aprovechaba para beberse un vaso de la botella de vino que guarda en la alacena, saltándose así la prescripción médica y la vigilancia de su compañera.
Hasta que cualquier día, en una aparición sorpresa, lo cogía con el codo empinado y le escondía el suministro. Duraba unos días la abstinencia hasta que daba con el escondite.
La opinión pública ha sorprendido a los señores diputados y senadores con el gin tonic de 3,50 € en la mano, es un decir, y se ha escandalizado con éste y otros precios subvencionados de los que se benefician ellos y los asiduos visitantes del Congreso. No es que la ciudadanía esté preocupada con la tensión arterial, el colesterol o la diabetes que puedan padecer sus señorías y convidados, sino que las libaciones están en parte sufragadas con dinero público. En estos tiempos que corren, en los que a la mayoría se nos ha quedado el talle estrecho por las apreturas del cinturón, no están bien esas liberalidades tan prescindibles que se hacen con el dinero de todos, sobre todo por quienes deben dar ejemplo de lo que predican.