El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha dictado sentencia sobre la doctrina Parot de acuerdo con la legislación vigente. Las leyes las elaboran y aprueban los parlamentos de los distintos países, que también son los que tienen la potestad de adherirse a los organismos y convenios internacionales que consideren conveniente con los requisitos y procedimientos previstos, incluidos referendos cuando sea el caso. Ello conlleva el compromiso de respetar sus normativas.
España pertenece a la UE y, guste unas veces más y otras menos, porque a veces lo legal no siempre es justo, debe acatar las decisiones del tribunal referido pues su legislación forma parte de nuestro ordenamiento jurídico.
Lo que produce indignación es que una de las abogadas de la etarra Inés del Río diga que se han vulnerado los derechos humanos de su defendida. Posiblemente, y a tenor de la sentencia así sea, pero recurrir a ese argumento cuando la citada Inés ha cortado con plomo y metralla el principal de esos derechos a veintitrés personas es de un cinismo insultante.
“¡Otra le cabe!”, gritaban los mozos exaltados de lujuria ante la media revolera que la vedette daba sobre el escenario enseñando sus torneadas piernas blancas.
Sin televisión y con el cine censurado por probos hombres vigilantes de la moral ajena, el único desahogo visual para el ímpetu sexual adolescente eran esas artistas que de vez en cuando recalaban por el pueblo con circos y teatros.
Entre silbidos y rascones en las entrepiernas los mozos daban rienda suelta a la represión pidiendo otra vuelta a la bailaora para que su falda volase de nuevo en círculo y dejase al aire el muslo bello, que dijo Espronceda, ¡qué gozo, qué placer!
El espectáculo ha cambiado de protagonistas. Los doctos hombres y mujeres del FMI desde el patio de butacas jalean a nuestros gobernantes para que suban un poco más los impuestos. Hay margen para ello. Aunque la soga de la penuria está ajustada sobre el cuello, aún no estamos cianóticos. ¡Otra le cabe!
Sucedió en mi pueblo a comienzos de los años sesenta. Había un grupo de hombres jugándose el dinero a las cartas en un reservado de uno de los bares del pueblo. Luz macilenta y “caldo de gallina” en el ambiente. En aquellos tiempos estaban prohibidos los envites con los naipes y los que se arriesgaban buscaban lugares discretos dentro de los locales, como la conocida como “sala del burro”.
Aquella noche al entrar la Guardia Civil sorpresivamente en las sala, como solía hacer en algunas ocasiones, disolvió la reunión con algo más que palabras. Los jugadores no tuvieron tiempo nada más que de recoger lo que no cayó al suelo con el alboroto y la timba terminó como el rosario de la aurora, saliendo cada uno por la puerta que tenía más cercana.
Los parroquianos que estaban en la barra abandonaron prudentemente el local con el último sorbo de vino en la boca para evitar algún posible contratiempo. Sólo uno, con una melopea de no te menees y que había observado la entrada de los guardias y la salida impetuosa de los admiradores de Heraclio Fournier permanecía anclado en el mostrador ante el temor de que sus pies no respondieran a la urgencia que la situación requería.
Cuando venía el botijero de Salvatierra con su burro y su carga de botijos, barriles, tinajas, orzas y pucheros, colocados cuidadosamente entre pajas en las angarillas, a los niños y niñas nos compraban una alcancía. Por su ranura metíamos el dinero que conseguíamos ahorrar y que destinábamos, generalmente, para los gastos de la feria del Cristo.
Pero, a veces, con un cuchillo y a escondidas, sacábamos algunas monedas para algún dispendio que se nos antojara. No debía repetirse muchas veces esta acción porque corríamos el peligro de que nos sorprendieran con las manos en el recipiente de barro o, ponderado el peso por nuestros padres, notasen la merma pecuniaria, independientemente de pasar la feria a dos velas.
Señores del gobierno, se están ustedes empicando a meter con peligrosa asiduidad el cuchillo por la ranura de la hucha de las pensiones. Quizás no haya más remedio, pero me temo que de seguir así pronto veremos el fondo y pasaremos la feria con las manos en los bolsillos, silbando en cualquier esquina.