Primeras lluvias.

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Riela la luz de la esquina

sobre la calle mojada.

Primeras lluvias de otoño

que desnudan la arboleda

con un pañuelo de aromas

de lágrimas amarillas.

¡Oh, la lluvia en los cristales,

errantes cauces perdidos

en el crisol de la tarde!

Por los límites  confusos

del olvido y la añoranza

vaga la melancolía

con un fondo musical

y algún recuerdo lejano

que quizás nunca existió.

En el suelo, hojas caídas,

golondrinas desplumadas

ocres, naranjas, doradas…

Primeras lluvias de otoño

con sabor a despedida

y olor a tierra mojada.

Seminario, décima parte.

capilla

Nos despertaban los días lectivos a las seis y media y los domingos a las siete con música generalmente gregoriana o clásica. El día de la Pura del año 1967, estudiando quinto curso, empezó a sonar  “El pequeño tamborilero” interpretado por Raphael. Fue una de las veces que con más alegría y diligencia me levanté. Salí al pasillo inmediatamente y allí me encontré con otros compañeros, entre ellos Luis Cañamares (q.e.d) y compartimos la alegría que nos produjo, en vísperas de Navidad,  escuchar esta canción, que entonces estaba en pleno apogeo. 

Antes de subir a la capilla para la meditación y la misa dejábamos las camas con las mantas y sábanas echadas hacia atrás para que se aireasen. Nunca llegué a saber con exactitud qué es lo que tenía que hacer en la meditación  y cuando preguntaba a los compañeros me decían que pensar en Dios y contarle tus cosas como si fuera un amigo. El asunto es que entre la hora intempestiva y que yo no estaba por la labor, mi imaginación volaba a mi pueblo y a correrías por él, cuando no me entregaba plácidamente a un sopor somnoliento. En cuarto y quinto curso pensé que esa hora podía emplearla en leer  historias  más amenas y decidí forrar libros para que no se vieran las pastas y llevármelos a la capilla.. Mientras mis colegas de al lado entornaban los ojos con sus meditaciones religiosas o leyendo el evangelio,  yo me  refugiaba en las historias de esos libros. Claro que esto no duró mucho pues uno de los vecinos de banco, que después me enteré quién fue, pero no voy a decir,  le fue con el cuento al prefecto. Un día me llamó por medio del delegado de curso a su cuarto. Fue directamente al grano, preguntándome en  qué textos buscaba la inspiración para mis meditaciones.

No fue este el único episodio con mis lecturas.  En  mi camarilla, en lugar de estudiar los latines y los griegos, también me dedicaba a leer novelas que me traía de casa.  No sé cómo, pero el prefecto entró un día en mi cuarto sin estar yo allí y vio sobre mi mesa “La selva”, de Louis Bromfiel y en una de las pláticas, sin decir mi nombre, dijo que había algunos disipados que en lugar de estudiar se dedicaban a leer no sólo libros que no eran de texto, sino de los que estaban en el Índice de la Iglesia como condenables. Como dijo el título del libro y el autor, recibí el impacto en silencio e intentando que no se me notara en la cara el directo a la mandíbula. Fue  el principio del fin de mi estancia en el seminario.

Eurovegas fumando espera.

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(Carta en el periódico HOY 27-9-2013)

Cuando yo  era niño no había trabas legales para fumar en ningún local.  Tan ingenuos e ignorantes  éramos que  fumar delante de los padres se consideraba  como un espaldarazo a la mayoría de edad.

El cine atizaba el vicio lo suyo. La exuberante Sara Montiel  esperaba fumando tras los alegres ventanales a su amante. A ver quién se resistía. En el cine de mi pueblo se formaba tal humareda de celtas cortos  que, pongamos por caso, no se distinguía  la niebla del aeropuerto de Casablanca y a  Humphrey Bogart, desapareciendo entre ella del humo  del viejo salón de cine.

 Eurovegas espera fumando  las reformas legales necesarias para instalarse en Madrid, o sea,  que el humo traspase los ventanales y las volutas campen a sus anchas por las tierras de Alcorcón.

 No es fácil resistirse a las insinuaciones de una  cabaretera que viene con un fajo de billetes en el liguero.  Ya le han hecho guiños y  demostrado explícita y ardientemente deseos de bienvenida  y permanencia. Le allanarán el camino con el capote del relicario para que los  aros de humo  asciendan lúbricos desde las mesas de juego. 

Los Pedrosillos.

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Este poema está inspirado en un comentario de Josefa Rangel sobre la vida de su familia en el cortijo de los Pedrosillos. Gracias.

Suena un disparo en la noche

que el aire libre de estorbos

traslada de loma en loma

de la mano de los ecos.

La aldaba del miedo bate

con los nudillos del  viento

las puertas de los cortijos.

La sangre caliente cae,  

silenciosa, de los pechos

sobre la tierra y  la grama.

Los niños junto a la era

presienten la  muerte cerca

y el odio de los gatillos

en una noche de agosto

recala  en  los Pedrosillos.

Seminario, novena parte.

Las pláticas eran las charlas que periódicamente nos daban los prefectos cuando ellos consideraban que había que dar un toque de atención sobre  normas de comportamiento en la convivencia diaria.  

Las de D. José Díez eran temibles. A este prefecto no le vi nunca pegar a nadie, pero su presencia, sus gafas ahumadas, su voz, su expresión de casi permanente enfado, imponían.  A veces, cuando te acercabas a decirle algo con la voz que casi no te salía del cuerpo y estaba de malas te soltaba con un vozarrón: “¡Ehhhh!” “¡Cómooo!”. De tal manera que cuando le repetías lo que tenías que decirle las palabras salían  de la boca liadas  y  tartamudeadas.

Para las pláticas  nos reunía al atardecer a toda la comunidad, generalmente, en el salón de actos cuando el asunto era de enjundia y requería un marco solemne. Sin nombrar a nadie, escondidas sus referencias tras el pronombre “algunos” iba desgranando su retahíla de llamadas al orden. Después nosotros le íbamos poniendo nombre y cara a los que pensábamos que se había referido.

En cuarto y quinto dormíamos en camarillas independientes y completas porque a las de tercero les faltaba el techo y la de los Sagrados Corazones tenían sólo los tabiques laterales. Los dormitorios de los Gramáticos, como ya he dicho, eran corridos. Las de quinto estaban dedicadas cada una a un santo, eran las de construcción más reciente y los nombres eran los señalados por los benefactores. A mí me tocó la de San Antonio. En estas camarillas dormíamos y estudiábamos, o sea, que  consumíamos la mayor parte de del tiempo dentro de ellas. Los  cursos inferiores tenían su tiempo de estudio en un lugar común.

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El cuarto del Prefecto D. José Díez estaba en la misma planta  que los dormitorios de los de quinto, pero no en el mismo pasillo, sino en una estancia que se comunicaba con éste por una puerta. Cuando durante las horas de estudio necesitábamos salir o bien al aseo o a consultar algo con otro compañero y nos lo encontrábamos en el pasillo con su mole inmensa, negra y  con sus gafas oscuras nos coartaba tanto, por lo menos a mí,  que hasta se nos olvidaba a lo que habíamos salido, en unos casos nos dirigíamos al servicio, pues estaba mal visto que fuésemos a la camarilla de un compañero, pero si no había más remedio había que dejar la puerta abierta mientras se permanecía dentro. Otras veces  nos dábamos media vuelta sobre nuestros pasos y nos metíamos de nuevo dentro de nuestra camarilla. Por las mañanas después el desayuno  abría el periódico “HOY”  y allí permanecía leyéndolo en el pasillo hasta que se quedaba todo en silencio y él se retiraba a su cuarto. Muchas veces abríamos la puerta con mucho cuidado y por la rendija comprobábamos si todavía estaba por allí. Si lo veíamos metíamos otra vez la cabeza dentro, como los lagartos.

Tengo que decir que se portó conmigo extraordinariamente una vez que le comuniqué mi decisión de abandonar los estudios eclesiásticos y cuando tuve que ir a examinarme de quinto, pues me salí en Semana Santa, todo fueron facilidades.

La última vez que lo vi fue en Segura de León, en el entierro de don Fernando Maya. Me dirigí  a él. De pronto no me reconoció, pero al decirle que era de Ahillones y referirle algunas cosas más se alegró y estuvimos comentando cosas de aquel tiempo ya tan lejano.

La torre y la iglesia de Ahillones.

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Este trabajo lo presenté para la revista de la feria de  Ahillones de este año. Estaba en prosa, pero aquí me he  permitido presentarlo en verso con ligeras variaciones.

La torre  es la  paleta

do la luz prueba  pinceles dorados,

donde los vientos juegan

a  morder la cola a la veleta.

Otrora, sus campanas convocaron

desde los bordes de la aurora

a sigilosas sombras  negras

con manteos y  velo.

Dieron  las vísperas al mediodía

– a las dos en invierno,

a las tres en verano-.

Fundieron tonos grises

al toque de oración

y alertaron de  fuegos en los campos.

Dobles de  entierro que no oyen los muertos

se van dando tumbos de pared en pared,

como  borrachos ahítos de vino

en busca de olvido

hasta los campos abiertos,

a posarse en las  tierras de los huertos,

alondras negras,

que dejan  posos   de tristeza

en los velos del aire.

Por Pascua, repiques de gloria.

Encuentros, procesión y alabarderos.

Azul cielo, verdes praderas,

Rosquillas, bollas, primavera,

margaritas nuevas por los  campos

 y en los púberes pechos

de  mocitas bellas.

Tibias auras carmesíes

en  delicadas  mejillas .

Bautizo, comunión y casamiento.

Toda una vida reglada

por  metálicos tañidos.

No hay  fiesta sin campanas

ni difunto sin responso.

Su reloj cansado de toques perdidos

paró sus manillas

en los negros valles de la noche,

cuando todas las horas son la una repetida

 y sólo quedan sus estelas,

temblando en los huecos del silencio.

Hacia la iglesia confluyen

calles de los cuatro vientos:

Mesones,  Cuatro Esquinas,

Real y Valverdejo.

Otra cruz  en el suelo.

Cuerpo de piedra y corazón de bronce,

melódicas olas  mecen

cantos de gloria, dolor  o aflicción

mezclados con incienso 

en su  nave central,

 y  escalan sus muros

hasta las polícromas vidrieras.

Referencia, faro y guía.

Cigüeñas, vencejos, aviones,

saetas de negros chillidos

en mañanas claras  y en  tardes serenas.

Crisol que  junta el agua,

 la sal y los anillos;

aceite, ceniza, mirra  e incienso

en  súplica y ofrenda.

…Y siempre una vela

alumbrando el camino

 por el que marcharon

los que nunca volvieron.

Bate la lluvia sus paredes

 y vencida en su prestante mole

resbala por la tez

de sus vertientes  rojas.

Rosa de los vientos:

al norte,  la umbría,

cobijo de fríos;

al este,  la primera luz del día

 y un recuerdo en forma de cruz

por los muertos caídos;

sur de soles, tibio resguardo de  inviernos  

 y relumbre de fuego  en los veranos.

Y al oeste, la entrada de los pecadores.

Camino  de ida y vuelta:

 al perdón,  cual hormigas

 haciendo granero,

 con la carga del pecado a cuestas

 y del perdón, con alivio ligero,

 de nuevo,  al  pecado y al yerro.

No llores, mujer.

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(Fotografía de Soraya Pérez)

Vienen tus  lágrimas montadas en zafiros con una tristeza salada.

Si pudiera reparar la pena que  desciende por tu cara y provoca tu pesar,

pondría claveles rojos en el cáliz desvaído de tus labios

y brillos de campanas en la tristeza de tus ojos,

labraría la tierra de tu alma herida con el tierno  consuelo  de mis manos,

arrancaría la raíz  de tus desvelos  

para convertir tu llanto en fuente de dicha cristalina,

donde un rayo de luz irise primavera en una  mañana clara.

Seminario, octava parte.

D. Emilio Caramazana fue  mi profesor de Latín y de Lengua Española en los primeros cursos.  Sus clases eran entretenidas  Nos colocaba en corro y nos hacía preguntas. Se subía de lugar  cuando se acertaba una pregunta que los anteriores a ti  no sabían. Si hablabas más de la cuenta te mandaba a la cola o te hacía retroceder varios puestos. Después se compadecía y empezaba a preguntarle a los que estaban delante para ver si conseguía resarcir al penalizado. Tenía un latiguillo que repetía siempre que algunos se reían y a él no le hacía gracia: “No me río yo”. Las calificaciones las ponía al final de mes según el puesto que ocupaba cada uno en el corro.  Se sentaba en su mesa y colocaba la mano delante de la libreta para que no viésemos las notas que iba poniendo.

En una ocasión preguntó al primero de la clase  cómo se decía merienda en latín y fue pasando puestos del corro porque nadie lo sabía. Un compañero, que era de Ribera del Fresno y  que se  llamaba Juan Báez, estaba deseoso que llegase su turno para responder lo que él creía la respuesta correcta. Cuando le  llegó la vez respondió  casi gritando: “merendola, merendole”. En ese mismo instante quedó bautizado.

D. Joaquín Villalón era un santo. De familia acomodada, acudía todos los días andando a su labor docente, atravesando el Puente Viejo. Nos dio Historia en segundo curso. Le formábamos un gran alboroto en clase pues era una persona que no le gustaba imponer nada. Cuando murió su padre decidimos todos los alumnos que ese día nadie hablaría ni formaría jaleo. Al final de la clase, en silencio total,  nos agradeció emocionadamente esa forma que tuvimos de consideración y respeto en memoria de su progenitor.

Acudía siempre con su manteo y su  sombrero de teja.  Se contaba por aquel entonces que un día de frío le dio el manteo a un menesteroso que se encontró en en su camino hacia el Seminario. No articulaba bien al hablar y muchas veces no entendíamos lo que nos decía. Algunos pensaban que era porque se ponía un cilicio en la boca para hacer penitencia.

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D. Carmelo Solís era un hombre de una gran cultura. Nos dio francés  y latín en los primeros cursos. Dirigía la excelente schola cantorum  del Seminario. Examinaba de la asignatura de música que impartían, como delegados suyos,  alumnos del Seminario Mayor a los cursos inferiores (Adolfo Nieto Cid, que fue también Inspector,  y José Huertas, entre otros).

Utilizaba en clase también el sistema del corro para hacer preguntas, con la modalidad de que éramos nosotros mismos los que hacíamos las preguntas a otros compañeros. Fumaba bastante. Su muerte tuvo que ver con ese hábito.

D. José Mª Martínez fue nuestro profesor de matemáticas antes de don Antonio Zambrano. Le llamaban el “Monomio“.Era muy mayor ya por entonces.

D. Juan Martínez, un  amante de la vida, cumplía su misión de profesor de griego porque se lo ordenaba el obispo, pero con poca predisposición, como él mismo nos decía. La mayor parte del tiempo de clase se lo pasaba contando chascarrillos y recitando el “Romance del Prisionero”, que aprendimos todos. Muy dado a poner motes. Cuando llamaba a alguien decía el nombre completo y añadía, alias…y toda la clase decía  el apodo con que él lo había bautizado. Recuerdo el del “Niño Jesús de Praga” que se lo puso a Manuel Jesús Sánchez Noriega, de Almendralejo, y la verdad que con su carita redonda y su estatura daba un aire. 

Escuela y nacionalismos.

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(Carta en el periódico HOY 18-09-2013)

Las dictaduras alienan a los  individuos a medida de sus intereses. Lo mismo consiguen uniformados  de gris blandiendo  al aire un librito en la mano que pecheras azules o verde oliva  con  entorchados, galones,  chatarrería y oropel diverso. La parafernalia de banderas, desfiles, símbolos  y saludos es el ropaje exterior que completa y da forma a la demagogia y a la manipulación.

Son casos extremos por todos conocidos en la historia. Las consignas, las máximas,  los lemas se repiten machaconamente hasta  conseguir que la mayoría de los compatriotas haga de estas ideologías su ideal de vida.

 Con menos intensidad, en las democracias formales los grupos políticos,  sibilina o abiertamente, también quieren  inculcar sus  valores e ideas  a los ciudadanos. Lo tenemos reciente  y recurrente en nuestro país. No hay acuerdo en tan trascendental tema como la educación porque todos quieren imponer  su ideario.

¿Cuál es el campo dónde se dirime esta lucha? La escuela.  Si Arquímedes de Siracusa pedía un punto de  apoyo  para mover el mundo, el poder a través de  los gobernantes busca ese punto de apoyo  en la educación para mover a la sociedad  en la dirección de  sus intereses e ideas.

¿De dónde si no el incremento de nacionalistas en los últimos años?   Dadme la potestad de elaborar los currículos docentes y moveré a los  ciudadanos en la dirección deseada.  Lluvia “calaera”, lenta,  pero fecunda.

 

Olvido

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Devuelve a su esposa una sonrisa

confusa de inocencia y extrañeza,

ajeno al devenir de su torpeza 

y a la falta en sus horas de la prisa.

 

La tarde en el jardín se despereza

con el  soplo apacible  de la brisa, 

puzle de sombra y luz  en la camisa

y en la ausencia vital de  su cabeza.

 

Se mezclaron los tiempos en su  mente

y regresó al descuido de la  infancia,

desvalido, desatento  y dependiente.

 

Caricias aminoran su  ignorancia

y  parece volver hasta el presente:

sólo destellos desde la distancia.