La tala.
Descargado de inútiles ropajes
ofrecen su desnudo seno al cielo
para en fecunda unión con los temperos
cuajar feraz de esquilmo su ramaje.
En busca del azul para apoyarle
capiteles de columnas humeantes
levantan majestuosas sus figuras.
entre la plata de los olivares.
Quietud en esta tarde de febrero,
que sólo rompe la labor de tala
del diestro talador en los olivos.
Hurta sombras la luz a las umbrías
y debajo del almendro me recreo
oyendo a la perdiz en los sembrados.
Días de fragua y carpintería.
Santiago cuando trabajaba en su fragua de Ahillones)
(Carta en el periódico HOY 24/01/2003)
En mi pueblo, Ahillones, en días como hoy, que llueve con agua de temporal, los hombres del campo no iban a trabajar y echaban sus horas atrás en las fraguas y carpinterías que había en el pueblo.
Estos negocios fueron cerrando cuando se jubilaban sus dueños. También desaparecieron las zapateros que remendaban, ponían tapas y echaban medias suelas.
En estos locales se hablaba sin prisas, pespunteando aquí y allá de temas que iban surgiendo por las ocurrencias de unos y otros. Siempre había alguno que se asomaba a la puerta a seguir la evolución de la lluvia y daba su pronóstico según clareara la sierra o se oscureciera, siempre con la referencia de la veleta de la torre. Ahora llueve sin acompañamientos de yunque martillo y sierra.
Ha perdido el pueblo parte de su identidad con la desaparición de estos y otros oficios. La urdimbre que unía a sus habitantes con la actividad artesanal que se heredaba de padres a hijos se ha roto. Se compra y se gasta fuera y el pueblo se muere lentamente con menos niños y más jubilados.
El tren.
http://www.flickr.com/photos/juaninda/
(Dedicado a Juan Sevilla, que sabe mucho más que yo de esto por oficio y por entrega)
La primera vez que vi un tren fue, siendo muy niño, una noche en la estación de Llerena. Se acercaba procedente de Sevilla bufando con grandes resoplidos y desprendiendo nubes de humo blanco. Me pareció un cíclope negro y estruendoso a punto de estallar.
La impresión que me produjo hizo que me planteara algunas cuestiones sobre su funcionamiento. Empecé admirando la habilidad de los maquinistas por la destreza y habilidad que debían de tener para no salirse de la vía. Posteriormente elucubré sobre si tirando una moneda al aire en el interior de un vagón, yendo éste en marcha, caería sobre la misma vertical o se desplazaría unos centímetros.
Después me llevó y me trajo muchas veces de Badajoz. Por aquellos tiempos había vagones clasificados por categorías. Los de tercera tenían asientos de madera y estaban todos en el vagón sin separación entre ellos. Posteriormente suprimieron la tercera clase y quedaron la primera y la segunda.
Nuestra curiosidad, propia de aquellas edades, nos llevaba a asomarnos por las ventanas para ver, sobre todo en las curvas, la larga cabellera blanca que salía de la máquina y que nos ponía perdidos de carbonilla.
Posteriormente los vagones tuvieron compartimentos o apartamentos con un gran pasillo exterior en el que había que estrecharse o apartarse para dejar paso a los que venían de frente. En cada una de estas dependencias cabían unas diez personas sentadas de cinco en cinco enfrente unas de otras. Se entablaban a veces conversaciones amenas y otras en silencio se escuchaba el traqueteo y los pitidos del tren. No era infrecuente que se sacara la talega o la hortera para tomar un bocado.
Nos gustaba a los muchachos atravesar de un vagón a otro por la aventura que suponía pasar por las chapas metálicas que se movían continuamente en aquel pasadizo tapado con lona en forma de acordeón. No nos dejaban los mayores, pero nosotros poníamos la excusa de que íbamos al servicio.
Las cantinas de las estaciones se llenaban cuando el tren arribaba. Se preguntaba al revisor cuánto tiempo paraba y terminado avisaba con la expresión “¡Viajeros al tren!”
Siempre iba en el tren una pareja de la guardia civil con su antiguo uniforme de correas y tricornios. Si lo consideraban oportuno, pedían la documentación a los viajeros. En algunas paradas subían barquilleros y vendedores de chucherías con sus canastas de mimbre.
Ha surgido este tema del tren porque ayer viajando de Llerena a Mérida coincidí en el vagón con un antiguo ferroviario de 82 años que venía de Córdoba a Mérida para ver unos familiares. Éramos los dos únicos que íbamos en el vagón, así que entablamos amigable charla. Añoraba él el trasiego y actividad que tuvieron antaño las estaciones por donde pasábamos, la abundancia de personal y el tráfico de mercancías que llegaba a cada una de ellas. De los pueblos cercanos llegaban, primero con remolque tirados por mulas y tiempo después con pequeños camiones a recoger los bultos y fardos que habían llegado en los mercancías y que se quedaban en depósito hasta que los retiraban para llevárselos a sus destinatarios. ¡Qué pena que este medio de locomoción tan cómodo languidezca poco a poco en nuestra tierra!
La vida sigue.
Casi todos tenemos a algunas personas de quienes nos acordamos en estos días porque ya no están entre nosotros. Para todos va este pequeño poema.
Un año más la Navidad golpea
con los blancos nudillos del invierno
los fríos cristales del solsticio
para estar con nosotros junto al fuego
en estas fechas de bullicio y fiesta.
Pero hay momentos en la Nochebuena
que evocamos algunas ausencias,
presentes en nuestras cabezas
y que nadie comenta
por no sentar la tristeza a la mesa.
El recuerdo de los que quisimos
seguirá siendo parte nuestra,
aunque el tiempo atempere su fuerza.
Otros solsticios con los mismos ritos
evocarán también nuestra memoria
cuando con el paso de los años
estemos sepultados bajo tierra.
Navidad imaginada.
(Carta en el periódico HOY 13/12/12)
La primera decepción me la llevé un día en el que dibujaba yo el portal de Belén en un paisaje blanco envuelto en copos de nieve. Nos explicaron que en la zona donde nació el niño Jesús la climatología no es propicia para este tipo de fenómeno atmosférico.
Muchos años después Benedicto XVI revela que el buey y la mula no estaban entre los acompañantes aquella noche, que los reyes magos no llegaron de oriente, sino de Andalucía, que la estrella del rabo era posiblemente una supernova…
Así será, pues doctores tiene la Iglesia, pero ya es tarde para desmontar el portal de Belén de nuestras mentes.
La Navidad es una fantasía, una burbuja de sensaciones que seguramente se desinflaría si se analizan racionalmente los acontecimientos. La imaginación popular ha ido alimentando a lo largo de siglos una quimera con campanitas, villancicos, guirnaldas, bolas de colores, luces, arroyos de plata, lavanderas, pastores al calor de la lumbre de celofán y angelitos cantando “Gloria in excelsis Deo”.
“¡No la toques más, así es la rosa!”, escribió Juan Ramón. Así es la Navidad que nos transmitieron y vivimos cuando niños y aunque así no sea, dejadla. Déjennos soñar por unos días, reinventar efímeramente la bondad cada solsticio. Necesitamos emociones nobles, un poco de buenos sentimientos y creernos que no somos tan malos como parecemos.
Guadalcanal.
Donde dice Andrés Mirón
que Dios puso el paraíso
y trajo aquí su palacio
volví para saludar
a muchos viejos amigos
y discípulos queridos
que dejé cuando eran niños
en este pueblo escogido
donde pasé algunos años.
En poco tiempo sentí
el afecto y el cariño
de gente tan bien nacida
que recuerdan todavía
a este humilde servidor
que tuvo la suerte un día
de vivir donde la luz
es belleza y armonía
y agua y viento le dan nombre
a esa hermosa serranía.
Circos.
Llegaban algunos circos a la Plazuela con no mucho más bagaje que un madero que hincaban en el suelo, en cuya parte superior colocaban los focos para iluminar el recinto, y unos tablones que servían de escenario a la altura del suelo. Los espectadores llevaban las sillas de sus casas para sentarse alrededor. Mediada la función pasaban una bandeja y la voluntad de cada uno dejaba unas monedas sobre ella. Mejoraban ingresos con una rifa, generalmente de una botella de anís o una muñeca.
Un mono, una cabra y algún jamelgo completaban el plantel de los pobres circenses, que acuciados por la necesidad recorrían los pueblos en carromatos o en vetustos y desvencijados camiones.
Los circos mejor dotados disponían de cerramiento de plástico o madera y tubos y tablas para montar los asientos del gallinero. Bordeando la pista ponían sillas de tijeras. Estas eran las localidades de preferencia.
Las atracciones más frecuentes eran las de contorsionistas, trapecistas y malabaristas. Recuerdo actuaciones en las que un hombre pasaba descalzo sobre botellas rotas. Otra que produjo gran expectación y comentarios durante mucho tiempo fue la del hombre de la piedra en el pecho. Consistía en romper una piedra a mazazos sobre el pecho de un hombre tendido en unas sillas. Los payasos hacían las delicias de jóvenes y mayores, sobre todo el que hacía de tonto, con su chaqueta de retales coloreados, bombín y nariz redonda y colorada. Al final de la actuación solían interpretar algún tema musical con saxo o trompeta. En uno de los números de uno de los circos pasaba un caballo dando vueltas por la pista y el hombre que lo guiaba del cabestro le hacia preguntas. “¿Quién es el hombre más alto?”, “¿Quién es el niño más guapo?”…
El caballo se paraba delante de algún espectador y movía la cabeza de arriba a abajo.
Cuando preguntó “¿Quién es el hombre más borracho?” dos buenos colegas y mejores bebedores vieron que el caballo se acercaba a donde estaban y uno de ellos le dijo al otro: “Vámonos de aquí que este caballo sabe más de la cuenta”












