Las abuelas.

 

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Hasta cinco veces buscaba el hilo el angosto camino del enhebro  guiado por las manos  temblorosas  de la vieja. Los niños- ¡qué ignorancia!- nos reíamos de ella cada vez que fallaba un nuevo intento. Entre conversaciones y silencios nuestras abuelas  cosían e hilaban  en las horas vencidas de la tarde tras el duro bregar de otras faenas.

 Trabajar  bajo un yugo de rutinas que solo alguna vez hallaba alivio  contemplando detrás de los visillos  el diario transcurrir de otros vecinos. Si en  alguna ocasión salían del pueblo era debido a alguna enfermedad. El mar quedaba tan lejos  que pocas  se  mojaron los pies en sus orillas.  Sobre sus recios y sufridos hombros se apoyó el bienestar del que gozamos. Entre velos, mantones y cobijos  se les fue la juventud de la manos rezando por las almas de los muertos.

Día del libro.

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Con este libro aprendí que la música no se escribe sólo en pentagramas y que los sentimientos pueden guardarse eternamente  convertidos en palabras.

Que se puede llorar escuchando recitar los poemas que contienen sus páginas.

Que las princesas también se ponen tristes, aunque se sienten en sillas de oro, que los  claros clarines de los desfiles pueden oírse  desde la distancia y sentir los cascos de los caballos que hieren la tierra con rítmico compás. Conocí al Piyayo, que la gente tomaba a chufla y a mí me causó un respeto imponente,  repartiendo  a sus nietecillos  pan y pescao frito.  Imaginé una España orgullosa y  soberbia, libre de extraño yugo. Supe que Dios hace milagros en los caminos del campo con el solo  acompañamiento del  cantar de los grillos y las ranas, que a los olmos secos le salen hojas verdes,  que las mozas casaderas no deben estar en las eras si no está el sol en el cielo, que puede morir la voluntad una noche de luna en que es muy hermoso no sentir ni querer. Sentí como propia la dignidad de los pobres cuando sólo les queda la cama con las sábanas aún calientes de la esposa muerta. Creí en  Dios como  testigo y lo vi jurar bajando un brazo de la cruz… Supe después que  en este libro no estaban todos los buenos poetas  que debían estar  y que algunos de los estaban  no eran los mejores, pero ya forma parte de mis primeras vivencias con la poesía y lo recuerdo como  la referencia de mis mayores cuando los medios de difusión eran escasos y los libros eran tesoros de sentimientos. 

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Hinojos, altramuces,”tostaos”, duces, tebeos…

capitan trueno

Venía una mujer andando de Berlanga con un cesto de mimbre lleno de hinojos recién lavados en la fuente del lugar. Los  vendía por manojos, a perra gorda. ¡Pobre mujer, con zapatillas empolvadas y traje negro desleído por el sol, cargando sobre la cabeza el cesto! En la plazuela se sentaba sobre  la piedra que protegía la esquina de Daniel.

Alonsito vendía altramuces (chochos)  de casa en casa. Su familia los endulzaba en la parte del arroyo  primero conocida como la charca de tía Espina, cerca de la cantera. Los dejaban allí en la corriente del agua  durante unos días metidos en un cesto de mimbre tapándole la boca con un saco.

Dionisio cambiaba garbanzos  “tostaos” por crudos, yendo también por las calles con su cesta de pita voceando el producto. Acudíamos  los muchachos  con un tazón o un vaso colmado de garbanzos y nos lo daba con los “tostaos”,  quitándole el colmo a la vasija.

Angelito pasaba por las casas con su banasta tapada con un paño blanco vendiendo mimos,  bizcochos y cortadillos.

pastillas de goma

El “ tío de las gomas” traía en el portamaletas de  una bicicleta,  pirulís, pastillas de goma, y algunas chucherías más. Vendía también “revolanderas” de papel con un palo que nosotros hacíamos volar corriendo por las calles,  “restallaeras”, que al frotarlas contra el suelo se encendían y empezaban a chisporrotear. Los más osados se las metían entre las manos moviéndolas como unas maracas. Unas bombas liadas en papel y guita que estallábamos arrojándolas contra la pared y otras que eran pequeños cilindros con una mecha y que  a veces, algunos más traviesos, tiraban para que estallaran en los zaguanes de las casas. Cambiaba Tebeos, historias del capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, El Jabato…  por otros que no habíamos leído. Cancioneros de Antonio Molina, Manolo Escobar, Manolo “El malagueño”, Rafael Farina, etcétera, etcétera. Todo esto lo colocaba en la bicicleta como si fuera un escaparate y allí acudíamos con nuestra curiosidad y escaso peculio.

tebeo

Tiempos de penurias y escaseces en que muchas personas lo pasaban mal, pero fueron los que nos tocó vivir, los de nuestra infancia.

Jubilación de Antonio Marín (fragmento)

(Este es un fragmento del texto que le dediqué a Antonio Marín el día de la comida homenaje con motivo de su jubilación)

Los niños y niñas  que nacen en la calle Nueva tienen un patio para sus juegos con los únicos límites de la  sierra y cielo.

Los  dos arroyos que deslizan sus cauces provenientes del oeste confluyen  en sus cercanías y marcan con sus estiajes y avenidas  el paso de estaciones en los tiempos imprecisos de la niñez, cuando no hay  prisas ni orillas definidas. Las sensaciones que  producen los fenómenos naturales marcan los difusos contornos del tiempo: las tronadas, las primeras  lluvias, el canto de los grillos, las margaritas en los prados, el viento de la noche borrascosa, los carámbanos y  las labores campesinas, como el aviento de   parvas al gallego de la tarde.

Allí, a un tiro de piedra,  está la escuela,  donde  entre bolindres, barrancos y corralillas Antonio Marín enraizó sus primeras vivencias infantiles y se llenaron sus ojos de inolvidables puestas de sol. Veía  llegar antes que nadie los avances grises de las nubes por las sierras de la  Capitana, san Miguel  y el castillo de Reina y  despedía las tardes cuando éstas se  echaban en brazos de la noche.

Monaguillos.

Monaguillos

La jerarquía eclesiástica se reflejaba también en los monaguillos. Los colores rojo, blanco y negro  marcaban los grados. Los que vestían sotana negra y roquete blanco pertenecían al estamento superior. En él estaban los monaguillos de oficio, algo así como la curia parroquial, junto con el sacristán, que era el camarlengo cuando faltaba el cura. El sueldo que percibían estos monaguillos de oficio, que solían ser dos, era de doce duros al mes. Sus obligaciones consistían en ayudar en todos los actos litúrgicos y tocar las campanas. Los toques del campanas eran los del ave María, por la mañana temprano, los del Ángelus a  las doce del mediodía, las vísperas a las dos o a las tres de la tarde, según fuese invierno o verano y los de la oración al atardecer, además  de los toques extraordinarios con motivo de funerales o bodas. También acompañaban los monaguillos al cura a dar la unción a los enfermos y a llevar el viático. Ahora se hace discretamente, pero en aquellos tiempos iban los monaguillos y el sacristán tocando una campanilla por la calle y otro portando una cruz  y precediendo al cortejo. El cura,  con sotana y roquete. Las personas que se cruzaban con  esta medio procesión se ponían de rodillas y se santiguaban y  los hombres descubrían sus  cabezas.

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La sacristía era el lugar donde los monaguillos tenían su cuartel general y su intendencia. A la izquierda, según se entraba,  había una percha  donde  se colgaban las sotanas y roquetes y un arca donde se guardaban las vestimentas  que se usaban en otras celebraciones, como la semana santa,  y los velos que algunas mujeres olvidaban en los bancos. Los velos que no eran reclamados se quedaban en depósito para prestárselos a las olvidadizas, pues las mujeres debían cubrirse la cabeza en el templo.  A la derecha se vestía el cura sobre una tarima de madera y  en frente de un mueble con muchos cajones y un espejo. El sacristán le tenía preparada la indumentaria extendida sobre el mueble,  según correspondiera a los tiempos litúrgicos o al acto a celebrar. Los seminaristas desempeñábamos en vacaciones muchas de las funciones de los monaguillos. Lo que más nos gustaba era subir a a la torre a tocar las campanas. Una tarde a la hora de la oración subimos cinco a repicar y como todos queríamos tocar un rato aquello parecía el día del Cristo. Tanto  nos colamos en el tiempo del repique , que el cura vino de su casa   y nos esperó  al final de las escaleras del coro. Yo iba el tercero y cuando sentí la que le había liado al primero y las voces que nos estaba dando me quedé retrechero para eludir el castigo, pero no me sirvió porque se informó de que éramos cinco y nos esperó hasta que salimos todos. Así que todos tuvimos que pasar  por las horcas caudinas de la  estrecha puerta.  No hubo  escapatoria. Un amago de pescozón, que cada uno evitó como pudo, y ahí terminó todo.

Semana santa.

Este marzo, que nos pinta

pardo nuestro refranero,

tiende mantos grisáceos

sobre el  corazón del  viento.

Llora lágrimas redondas

en el cáliz de las flores

para ofrecer a  los lirios

altares con olor a incienso.

Iban dolorosas vírgenes

y  cristos crucificados

de grandes imagineros

por las calles de mi pueblo.

Yo,  con candor de niño,

deseaba desclavarlos

y ofrecerles mi pañuelo

para consolar su llanto.

Ahora soy yo quien recorre,

sin ser estatua de barro,

las calles sin procesiones,

sin saetas y sin cantos

y nadie viene a  llorarme

ni a  aliviar mi desencanto.

Los quintos.

quintos

Cuando la vida rompía costuras de pletóricas exuberancias hormonales, una corneta lejana llamaba al servicio de la patria  la sangre nueva de los pueblos.

La talla, el marqueo de  jóvenes veinteañeros en el mes de marzo tenía sus ritos y festejos. Las excentricidades y abusos que la edad aguanta y los vecinos permiten se desborda en ríos de vinos y  cánticos de madrugada. “ ¡Ya se van los quintos, madre!” “Si te toca te joes que te tienes que ir…”

Sobre las espaldas  de los quintos el  número de la talla que el tallador ha voceado en la sala del ayuntamiento y  que pasean  ufanos y hermanados por  las calles del pueblo garrafa en ristre.

La novia de promesas blancas ante el altar  o la deseada que no  ha formalizado aún  la  querencia del mozo escuchan bullangueras canciones: “Tu retratito lo llevo en mi cartera donde se guarda el tesoro más querido y puedo verlo a la hora que yo quiera…”. Juventud redonda, sin picos, en el tesoro del recuerdo. Amigos, para siempre, quintos que ya no se van ni cantan de madrugada: “Esta noche ha llovido mañana hay barro”.

Médicos de cabecera.

 En los años sesenta el médico titular de Ahillones es D. Ángel Alemán.  Todos los días del año pasa por las casas de los enfermos a visitarlos. En invierno  aumenta el número  por las gripes y los enfriamientos. Con  el cigarro  canario  Rex  en la mano y su abrigo largo llega a la habitación donde está el paciente. Sus gafas se empañan  por la diferencia de temperatura entre la calle y la casa, y, si está lloviendo, con gotitas de agua en los cristales que le dificultan aún más la visión. El humo del tabaco se confunde con el vaho que sale de su boca. Toma el pulso, pone el termómetro, mide la presión arterial, da su diagnóstico y prescribe el tratamiento con pocas y a veces casi ininteligibles palabras por el bajo tono con el que habla. Todos los días que dura la enfermedad  pasa a hacer la visita. Hacia las dos de la tarde baja a su casa en la calle Hernán Cortés y pasa también consulta. Antes, tiene otra sesión de trabajo en el que fue antiguo Dispensario Antipalúdico, en la plaza. En su sentido más genuino, los médicos lo son de cabecera. Las veinticuatro horas están de guardia. Son frecuentes por entonces en la sanidad las igualas, que ayudan a completar el poco abultado sueldo que  se abona a los sanitarios Este sistema de las igualas es utilizado  también en esta época  por los barberos que pelan y afeitan una o dos veces al mes mediante el abono anual de una cantidad.

D. Ángel se fue en silencio a Zafra, sin que se le hiciese el reconocimiento que creo que  merecía.

El Sindicato.

Ahillones, a falta de Casino de Sociedad, tenía el bar del Sindicato,  que,  de una forma peculiar,  cumplía algunas de las funciones de estas instituciones sociales. No disponía de  unos estatutos que recogieran normas sobre entradas, derechos, deberes ni formas de comportamiento en su interior, pero sí se caracterizaba por unos usos y costumbres  que observaban sus habituales clientes y por la abstención de  entrar de los que no lo eran, aunque a nadie se le impedía el acceso. Su clientela era variopinta y heterogénea: funcionarios, labradores, pequeños artesanos, albañiles,  profesionales liberales…

Los regentadores del negocio se trasladaron a este local desde la  casa de Antonio Cabezas en la calle Mesones, que hoy ocupa su nieta Elena, donde empezaron su actividad en régimen de alquiler. En el corralón de esta casa proyectaban  películas  en verano en una de sus paredes. El dueño les ofreció permutar la casa  de Mesones por el local de la plaza, también de su propiedad, y allí se trasladaron y continuaron con el negocio hasta 1977 en que murió José.

Cada miembro de esta familia  representaba  en su trabajo un  papel. Manuel, el padre, era el cancerbero adusto y serio. José, el hijo, despachaba la mercancía, con algunos tics adquiridos en el desempeño de la profesión, como cerrar la botella de vino a rosca cada vez que llenaba una ronda.  Guaditoca, la esposa y madre, era la  encargada de las relaciones públicas y la cocinera,  de negro el vestido y blanca la cabeza con su moño, locuaz  y zalamera. Era el alma del negocio. Si hacía falta echaba la partida con los habituales. Los domingos y festivos, sentada a la derecha, inmediatamente después de la puerta de entrada, recibía  a los clientes  con un saludo de bienvenida, interesándose por algún familiar, haciéndoles carantoñas a los niños que venían con sus padres o  simplemente con comentarios intrascendentes sobre el tiempo, pero para todos tenía  unas palabras.

La clientela del mediodía estaba compuesta normalmente por los “artistas” (funcionarios del Ayuntamiento, Hermandad Sindical, los dos médicos y practicante, y algún agricultor ya jubilado, entre otros, aparte de los clientes de aluvión como viajantes o representantes).

Por la tarde, a la hora del café, acudían los de la partida de subasta  y los mirones y contertulios que echaban atrás las horas de la manera menos fastidiosa. José Toro,  José Cabanillas, Antonio Blanco, Alfredo… Si  era verano salían después  a la calle a tomar el fresco que bajaba por Mesones. La noche, sobre todo a partir de los años setenta, fue más cosmopolita y reunía a un personal más variado.

La barra estaba en el segundo cuerpo del local, separado del primero por una gruesa pared. Ésta tenía dos aberturas por las que se accedía al mostrador. La de la izquierda era baja, tanto que tenías que agacharte para no dar con la cabeza en el dintel, y daba a una mesa camilla que estaba junto al recodo que hacía la barra, era como un pequeño reservado.

 Carlos el jabonero fue un vecero de esta mesa de al lado de la barra, junto con mi padre, José y Francisco Gimón, García el de la huerta Morera, Francisco Ruiz y tantos  otros.

 

La otra entrada, más amplia, era la usada normalmente y estaba enfrente de la puerta de la calle. Una vez traspasado el muro, (por la abertura, se entiende) a la derecha y cerca de  un frigorífico de cuatro puertas de color caramelo con manillas niqueladas, había, pegada a la pared, una pequeña mesa rectangular. Esa mesa y esa silla tenían dueño: Francisco Sánchez, sin cuya presencia durante años en ese sitio no puede entenderse el bar del Sindicato. Se sentaba poniendo el respaldo de la silla hacia el brazo izquierdo, sirviéndole de apoyo y el otro brazo en la mesita, junto a la inseparable “chiquenina” y el vaso. El primero lo enjuagaba con un poco de vino y lo arrojaba a los pies del mostrador. Era una forma de higiene preventiva. Siempre tenía un saludo afable para los que pasaban por allí.

Otra reunión asidua durante los años setenta la formaron Pedro José, Antonio Murillo, José Sánchez, Jesús Guerrero, Miguel y Alonso Vizuete… y los que nos uníamos a ella cuando llegábamos de vacaciones.

El primer cuerpo del local, que daba a la calle, era el salón principal, allí estaba la televisión. Disponía de cuatro mesas camillas con sus enagüillas y tapetes, y generalmente eran ocupadas cada noche por los mismos clientes.

En la última parte de la casa estaba la cocina, pequeña y comunicada con  un minúsculo comedor antes de un pequeño corral. De la cocina hacia la derecha nacía la escalera, en cuyo descanso, sujeto a la pared,  estaba el teléfono, negro y de cordón de tela. Esta escalera daba acceso al piso alto de la casa donde dormían  los moradores.

Ya muerto Manuel, cedía Guaditoca este comedor a algún grupo de confianza para hacer allí sus cochoflos. La última vez que se usó para estos menesteres fue muy poco antes de la muerte de José, con sardinas asadas que trajo el Tato de Valverde.

En los domingos de verano la terraza de la calle era de  las más concurridas del pueblo. Ponían el televisor en alto, sobre una mesa y un velador. Era cuando salían los matrimonios y allí se sentaban a tomar el fresco mientras los niños jugaban en la plaza.

Los días de diario del verano se echaba el fondo en pequeños grupos que charlaban de sus temas. No tenían nada más que callarse los de un  grupo para escuchar nítidamente lo que estaban gritando  los de al lado.

La chiquenina era una botella de cuarto y mitad de capacidad. Generalmente tenían buen vino y estas botellitas eran la medida ideal cuando uno iba sólo, aunque después no fuera la única que se bebiese. Cuando venía José a traerla al velador tenía la costumbre, a modo de broma,  de arrimársela al brazo o a la cara de alguno con el que tenía más confianza y así te sorprendía con la frescura que producía el frigorífico, ese frigorífico color de caramelo siempre con su run run. Por cierto que antes tenían uno no eléctrico, color marfil,  de los que se les ponía una barra de hielo y que posteriormente adquirió Juan López y lo instaló  en la Acción Católica para enfriar las caseras que vendía en vasitos.

José Menor era cliente asiduo. Solía sentarse en la mesa que estaba enfrente de la puerta de entrada. Ahí lo recuerdo el último domingo por la noche que lo vi. Era octubre. Su cara curtida por el sol, peinado hacia atrás con su botellita. Gran cazador y persona servicial donde las hubiera.  En esta mesa, él,  Junto con Manolo González, Antonio Manchón, Cándido, Francisco el veterinario y algún otro  crearon las bases para la puesta en funcionamiento de la Sociedad de Cazadores.

Serafín el practicante, Juan Antonio Valencia  y algunos otros formaban  grupo  en el que  no faltaban las polémicas sobre cualquier tema de actualidad, sobre todo fútbol. Estas y otras conversaciones  aumentaban de intensidad decibélica a medida que avanzaba la velada.

 

Estos grupos no eran permanentes, sino abiertos a nuevas incorporaciones e intercambios con otros grupos. Movilidad y permeabilidad social.

Cuando Franco agonizaba por aquellos días del otoño de 1975  dos personas que se sentaban mirando hacia la puerta de entrada en  la mesa que había a la izquierda del televisor, no  lo miraban porque lo tenían en lo alto de sus cabezas, pero lo oían: Eran tío José Manchón y tío José  Alejandre. Cuando el presentador daba lectura al cotidiano parte del equipo médico habitual  sobre el estado de salud de Franco, que se agravaba por momentos, la sala guardaba silencio  y ellos, entre trago y trago, movían la cabeza repetidamente arriba y abajo como diciendo: “veremos a ver cómo quedamos”.

Esta televisión, Telefunken,  que estaba colocada sobre una repisa  en el centro de  la pared  del salón principal, fue de las primeras que llegaron al pueblo allá por los años sesenta. Los muchachos la veían desde la ventana  que daba al exterior de donde eran echados  por los dueños cuando ya llevaban un rato prudencial viéndola.

Por la feria el bar del Sindicato cobraba toda su relevancia. La noche del trece, como los fuegos los prendían en la plaza, lienzo con la imagen del Cristo desenrollándose incluido,  había que andar muy listos para encontrar un velador libre, teniendo en cuenta que durante muchos años en esta terraza se celebraba el refresco del Ramo y el personal comenzaba a salir sobre las nueve de la noche, pues los fuegos eran a las diez y esa noche no había baile, según ordenaba D. José que era el que disponía en estos temas.  Fue a partir de los años setenta cuando, después de muchos ruegos,  transigió que la banda tocase algunas piezas después de la quema de los cohetes.  Desde la puerta de Facunda Espino hasta la de los Cabezas estaba todo repleto. De tapas no había mucha variedad, pero eran características las de lomo, cortadas en forma de dado. Contrataban a camareros que utilizaban el sistema de fichas para llevar la contabilidad con José. Éste, al principio de la noche, les vendía las fichas y los camareros cobraban a los clientes con un porcentaje sobre el precio que ellos habían abonado. Así José tenía la seguridad de cobrar todo, pues lo hacía al instante de entregarle al camarero la mercancía  y estos andaban vigilantes para que no se les fuese nadie sin pagar, ya que ellos ya  habían abonado  el importe a José.

Como otras muchas cosas  la vida del Sindicato terminó.  Con él se fue una época, una referencia y una clientela que se renovaba  con los años. He nombrado sólo a algunos  de los que recuerdo ya que es imposible hacerlo con todos. Lo he hecho con el mayor de los respetos y  mejor aprecio. Ya han fallecido muchos de los clientes que conocí, tanto que en alguna noche de insomnio he logrado llenar la barra y las mesas con los  ausentes, faltándome sitio para ubicarlos a todos.

Charla en el casino de Guadalcanal.

Los maestros íbamos al casino a tomar las copas después de las clases de la mañana. Regentaba entonces el servicio de hostelería del mismo  Antonio Osorio, a quien le pregunté si solía ir  por allí Antonio Serna. Yo intuía quién era por las referencias que tenía de él y por el parecido  con su hermano Joaquín, pero en dos o tres ocasiones  que lo vi no me atreví a abordarlo. 

Un día me acerqué y le pregunté si era el que yo pensaba. Antes de contestarme me respondió el brillo de sus ojos. Nos saludamos afablemente y  hablamos de nuestro pueblo común y de nuestras familias. Aquel primer encuentro quedó las aguas de las confidencias contenidas por la limitación del tiempo, pero sé que se le agolparon muchos recuerdos.

En días posteriores, siempre que  coincidíamos  nos saludamos con afecto, pero intuía yo que Antonio tenía ganas de hablar conmigo más privada y largamente.

Una sábado que iba yo sin dirección fija, pero con la idea de acercarme a la discoteca de Alanís, hice escala en Guadalcanal y allí en el casino estaba él. Serían las siete de la tarde de un día de primavera. Al verme, se acercó y me invitó a que nos sentáramos en una de las mesas que había en el salón de entrada. Imperaba  en las dependencias con su bigote daliniano el conserje, D. Juan Ceballos,  vigía y guardián de los buenos usos y costumbres de tan acrisolada institución.

Entre copa y copa de crema de guindas, Antonio se explayó y me contó parte de las  peripecias que le habían sucedido en  su vida: su infancia y juventud en  Ahillones, sus comienzos allí  en el oficio de carpintero, enfocado por aquel entonces al arreglo de carros, como lo hacían sus hermanos, su arribada a Guadalcanal…

Me refirió cómo en la posguerra traía penicilina desde Sevilla, cuando este antibiótico era la panacea escasa y cara para ciertas enfermedades.

 Me contó  también que en  Ahillones, en los primeros días de 1936, recién comenzada la sublevación militar, bloquearon las salidas del pueblo grupos de milicianos y nadie sin el pertinente permiso podía salir de él. Encarcelaron a algunos vecinos y la situación no pintaba bien para los que eran  de derechas o simplemente  considerados como tales por  tener una situación económica  desahogada. Me refirió cómo  sacó a  ciertas personas  en la bolsa de un  carro,  disimulados entre la carga. Así podían traspasar la línea de vigilancia y adentrarse   en el ejido  desde donde se dirigían a Llerena.

Todo esto y muchas cosas más, referentes sobre todo a su vida en Ahillones,  me las  contó  mi paisano Antonio Serna con charla pausada y abundancia de detalles una tarde   de primavera durante cerca de tres horas en el salón del casino de Guadalcanal, allá por el año 1979.