Silla y sillón.

De la sillería de casa recuerdo especialmente dos: el sillón de niño y la silla costurera. El primero nos sirvió para llegar a la mesa  y estar a la misma altura que los adultos. Nos subían y nos bajaban  de él los mayores. Tenía sus apoyabrazos  que impedían que nos cayéramos por los lados. Cuando fuimos adquiriendo destrezas intentábamos subir solos trepando por los tarugos para encaramarnos al asiento de enea. En ese trono nos tomábamos las papillas que nuestra madre soplaba y probaba antes  para que no nos quemásemos. Allí también hicimos nuestros primeras prácticas de batería golpeando  con los cubiertos sobre la mesa.

La silla costurera era baja y ancha y casi siempre colocada cerca de alguna ventana o detrás de la puerta del corral o de la calle. La asocio con las gafas de cerca de mi abuela sujetas con un elástico y con  el cesto de la costura donde había un huevo de madera para ayudar a los zurcidos. Cuando se sentaba por las tardes, entraba una tira de sol por la rendija de la puerta entreabierta y ella  en el silencio  enhebraba la aguja con dificultad y cosía mientras nosotros jugábamos fuera.

Amigo de la infancia.

Aquel amigo de la infancia, ágil, vivaz, y travieso que recorría conmigo los solitarios  caminos de los campos y gateaba  a las moreras a coger  hojas verdes para los gusanos de seda, que aguantaba jugando al fútbol en las largas tardes de verano hasta que no se veía el balón, que se bañaba en el río buscando en las covachas los peces escurridizos… ¿Cómo ha cambiado tanto?  Apenas lo reconozco.

¿Y yo, cómo estaré a sus ojos? ¿Seré también para él una persona diferente?

¿Qué queda de nosotros debajo de las escamas del tiempo?

Muy dentro debe haber un núcleo  que guarde lo permanente, aunque, como dijo Neruda, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. Nos transformamos lenta, pero irremediablemente y cuando dos personas se ven después de muchos años ya son otros. Sólo los recuerdos, limadas las aristas  con azúcar, conservan   posos de lo  que fuimos.

¡En una persona, cuántos personajes!

Cartas violadas.

 

 

 

 

 

En el Seminario la correspondencia estaba intervenida. Los alumnos escribíamos las cartas y las entregábamos abiertas. Cuando nos escribían de fuera nos las daban abiertas también.

Bajaba el prefecto al recreo de la tarde con las cartas en las manos, generalmente cruzadas detrás. Intentábamos mirar de quiénes eran, pero sólo lográbamos ver algunas veces  la que estaba en la parte exterior y enseguida buscábamos al destinatario para darle la noticia. Los que esperábamos correspondencia merodeábamos alrededor del superior  a que las repartiera, cosa que hacía con una parsimonia desesperante.

Especial cuidado había que tener con las cartas que se salían  del estricto círculo familiar. Las analizaban con lupa. Había que  valerse de algún medio, como las visitas que esporádicamente recibíamos, para evitar la inspección. Así que el artículo 13 del entonces  vigente Fuero de los Españoles que garantizaba la inviolabilidad de la correspondencia no regía intramuros.

Del Seminario, en la cañada de Sancha Brava,  sólo salíamos en formación de terna y con sotana, beca  y birrete. Si se necesitaba algo de lo que no se dispusiese en el pequeño comercio de comunidad se le encargaba a Manolo el recadero, un señor que iba todos los días al centro de Badajoz para este menester.

Testamento de agravios.

 

Soledad Hernández dejó encargada la publicación de su propia esquela. Se quejaba en ella del abandono de los familiares cuando más los necesitaba. Anteponía a la queja el perdón para  todos ellos. Para qué dejar cuentas  pendientes si ya no hay posibilidades de  saldarlas.   Este testamento de afectos es buena idea para los que se encuentran al final de sus días en la misma situación de olvido y abandono. Si la costumbre se extiende   podría  leerse durante el funeral. Así las penas de los dolientes quedarían matizadas y al descubierto la hipocresía que se esconde detrás de caras compungidas  y de las gafas oscuras. Las esquelas tradicionales  la redactan los supervivientes  sin posibilidad de réplica del finado, que algo tendrá que decir de tanto desconsuelo y aflicción.

Esta situación de desamparo no afecta a quienes poseen un gran caudal hereditario que espera reparto,  pues no faltarán los interesados que teman un cambio en sus últimas voluntades si abandonan la asistencia y el cuidado.

Tampoco afecta a los que reciben el calor y el apoyo de los suyos hasta el último momento porque  así lo aprendieron de la tradición familiar y así se lo exige su conciencia. 

Lo de Soledad es una bofetada sin manos. Eso sí, con perdón incluido, como el IVA.

Recuerdos de Badajoz.

El primer año de carrera, allá por septiembre del 69, me hospedé en la Residencia Fátima. Estaba detrás de la antigua  central lechera, con cuyo ronroneo nos dormíamos todas las noches,  cerca del viejo campo del Vivero. Por una calleja se accedía  a la carretera de Portugal, que estaba a unos cien metros. Esta Residencia  estaba regentada por una congregación  religiosa llamada “Cruzados de Santa María o “Milicias de Santa María” fundada por el P. Morales y dirigida durante mucho tiempo por Abelardo de Armas. Era una congregación de laicos y tenía su sede principal en la provincia de Badajoz en el colegio Santa Ana de Almendralejo, donde estaba Laureano Yubero como director.

Por Fátima pasaron como capellanes don Santiago Moreno Porqueras, el padre Barthe, holandés, y don Julio Fernández Nieva.

Preparaba entonces don Julio su tesis doctoral y nos producía  admiración a nosotros, principiantes en la carrera y más dados a deambular por Badajoz que al estudio, el tiempo  que pasaba en su cuarto con la única compañía del tabaco.

A la Escuela Normal íbamos andando la mayoría de los días, salvo lluvia intensa en que cogíamos el autobús. Pasábamos por el bar Azcona, famoso por los chipirones en su tinta y enfilábamos el puente Nuevo hasta la avenida de santa Marina cruce con Colón, frente a las Josefinas.

Los días que no había clase solíamos pasarlo en  lugares  cercanos. El bar La Toja,  regentado por un gallego, era uno de los sitios más habituales para nuestras libaciones . Una noche que boxeaba Urtain decidimos ir a ver el combate por televisión a una tasca que había bajando por la izquierda del Pipos, sala de fiestas con luces insinuantes que nosotros mirábamos con morbo y con la imaginación a tope y  que por nuestro presupuesto y timidez esquivábamos. En el barrio abundaban los contrabandistas de café. Cuando llegamos los tres compañeros a las diez de la noche en pleno invierno y con unas gabardinas blancas cruzadas, que estaban de moda por entonces, a lo Colombo, la sorpresa y la  desconfianza de los asiduos fue mayúscula. Pensaban  que éramos de la policía. Se produjo un penetrante y denso silencio con miradas cómplices entre ellos hasta que transcurrió una media hora y sentados con una botella de vino blanco por delante, el ambiente fue haciéndose más distendido, previa aclaración de nuestra procedencia e intenciones.

El teatro Mari Paqui.

 

 

 

El teatro Mari Paqui se instaló en la Plazuela.  Pepe  se llamaba el  empleado  que  organizaba el montaje de toda la infraestructura: sillas, escenario, telones… Le faltaba un ojo. Los que éramos niños entonces, principios de los sesenta, andábamos detrás de él porque si le ayudábamos en algo nos regalaba entradas. También se las regalaba a los vecinos que le prestaban alguna silla o algún cuadro para las representaciones.  Había una función infantil y otra para mayores.”El crimen de D. Benito”, con la desafortunada Inés María como protagonista, era una de las obras que traían en su repertorio y que más gustó al respetable. Los actores que componían el plantel de aquel teatro ambulante eran  bastante buenos.  Como aún no había televisión, el recinto se llenaba  todas las noches. Quedó en el recuerdo una canción, que era como su carta de presentación: “Mari Paqui, el teatro de las grandes simpatías…” Aún perdura su recuerdo entre quienes lo conocimos.

Mi cartera.

En mi cartera de cuero

transportaba la pizarra

y el trapito de borrar,

un lapicero con goma

y lápices de colores

con un cuaderno de rayas

 para hacer la letra clara

de la muestra principal.

La enciclopedia de Álvarez,

restos de tardes de sol

y algunos días de lluvia,

el recuerdo del maestro

y de muchos compañeros.

Hoy me la he vuelto a encontrar

en un rincón del doblado

con el broche de cerrar

y  dos hebillas al lado.

 

Volver.

Ya ni el tango me sirve.

Que si  veinte años no son nada,

cuarenta  sí  lo son

y aunque las estrellas parpadean en lo alto

ya nadie espera mi regreso.

Son otros los cuerpos  que duermen

a cobijo de las casas cerradas

en esta noche lejana

de aquel añorado tiempo.

Tampoco quise el regreso,

pero, sin saber por qué, he vuelto

a  las calles solitarias

donde un día fui dichoso.

Hasta el silencio me parece otro

del que fue cómplice de nuestros besos.

Son otros pasos

los que hollan los caminos

que aquel otoño recorrí con ella.

Conservan halos de abrazos perdidos

las luces de las últimas callejas.

Anécdotas de la escuela.

En la convivencia diaria de la escuela  surgen anécdotas y situaciones  curiosas derivadas de la espontaneidad y viveza propias  de la edad escolar.

Refiero a continuación tres  de las que me han sucedido en mis años de docencia.

Estábamos tratando sobre locuciones relacionadas con la  manera de decir la hora que hacían referencia a expresiones coloquiales como y cuarto, menos cuarto,  las ochos pasadas, y pico…

Más o menos todos sabían el significado de frases como por ejemplo son las siete y cuarto, traduciendo su significado a los  minutos que pasaban o faltaban de la hora señalada, pero al llegarle el turno a una niña de sexto de Primaria, inteligente y trabajadora, y tener que explicar qué entendía ella cuando decimos que  “es la una y pico”,  con total naturalidad manifestó que era la una y era hora de comer algo, de picar algo,  para apaciguar el hambre que se produce a esas horas.

Tenía yo por costumbre, para  aliviar la  pesadez y el cansancio después de las actividades de las materias fundamentales, organizar un turno de preguntas con adivinanzas y trabalenguas. Lo hacíamos en corro de tal manera que el que acertaba la respuesta subía de lugar, hecho que les producía gran motivación y también nerviosismo. A un alumno que no era de estas tierras, sino aragonés, muy trabajador y ávido lector, le inquirí rápidamente que me dijera de qué color era el caballo blanco de Santiago. Se quedó pensativo y extrañado y me dice” ¿Qué Santiago es ese?”. El consiguiente jolgorio de los que,  por repetida, sabían la respuesta. Uno de ellos, con elevado tono de voz le respondió: “¡Del que sale en las procesiones!”

La tercera anécdota sucedió con un alumno que necesitaba ayuda extra para su aprendizaje y lo sacaba yo del grupo para que recibiera una enseñanza más individualizada. Le planteé un problema cuya redacción era: “En un banquete hay 200 personas sentadas y 100 de pie, ¿cuántas personas hay en total?”. Le dejé un tiempo prudencial para que razonase y me diese la respuesta. Pasaba el tiempo y de vez en cuando me miraba fijamente con los ojos muy abiertos. Le volví a plantear la pregunta leyéndosela despacio y haciendo hincapié en los datos. Pero él seguía mirándome  de hito en hito sin pestañear. Ya cuando le urgí a que me dijera qué era lo que no entendía del enunciado me espetó: “Pero D. Juan Francisco, ¿cómo va a haber  en un banquete 200 personas  sentadas  si lo más que cabe en un banquete es uno?”. Pensaba  yo después qué pasaría por la cabeza del  alumno cuando me miraba tan fijamente. Seguro que pensaría: “Este hombre ha perdido la cabeza”.

Paranoia.

 

 

 

 

 

Franco veía masones por todos lados. Cualquier leve oposición a su régimen era obra  de esta asociación secreta. También de los contubernios, como el de Múnich. O de las conjuras internacionales. Enemigos por doquier.  Enfermiza paranoia.

Será que el poder es desconfiado por naturaleza. Se habla de la soledad en que se encuentran los presidentes, rodeados de aduladores y palmeros y del alejamiento de la realidad que ocasionan los gruesos muros de los palacios. Se pierde la capacidad de autocrítica.

 Leo en uno de los múltiples panfletos demagógicos que circulan por la red que los que protestan en las calles están manipulados, azuzados y orquestados por socialistas y comunistas. Con lo cual están manifestando dos cosas: lo borrega que es la gente y el poder de convocatoria que tienen estos partidos. O sea, que  aquí cualquiera que se rebele contra la situación a la que nos están despeñando  es una marioneta en manos de estos partidos, que lo único que quieren es derribar al gobierno. Algunos incluso van más allá. Dicen que estos manifestantes van contra España. Que son antipatriotas.  Pues no.  España no es patrimonio  exclusivo de un partido político. También es de los que protestan cuando comprueban que su calidad de vida, su trabajo y su familia se están quedando sin futuro. España es también de aquellos para los que su patria es su trabajo, su familia y su dignidad. Y también, su bandera, su ejército,  su selección, sus atletas… También, pero no sólo esto.