Descanse en paz.

Esta frase rutinaria que repetimos cada vez que alguien muere y que transmite  el deseo de paz y descanso para los difuntos contiene una vana pretensión. Cuando uno  muere no  descansa porque  le falta al descanso una cualidad fundamental: el gozo de saberse descansando. El muerto no puede darse media vuelta en la  seminconsciencia de la duermevela  para cambiar de posición ni chasquear la lengua en mitad del sueño. Le falta al descanso eterno despertar para percibir el beneficio de tan reconfortante reposo. No hay descanso, como tampoco hay cansancio ya que falta el movimiento y las herramientas de la brega quedaron arrinconadas para siempre. Lo que hay es un retorno al punto de salida, que es la nada y de la nada no hay conciencia ni recuerdo.

Amigo de la infancia.

Aquel amigo de la infancia, ágil, vivaz, y travieso que recorría conmigo los solitarios  caminos de los campos y gateaba  a las moreras a coger  hojas verdes para los gusanos de seda, que aguantaba jugando al fútbol en las largas tardes de verano hasta que no se veía el balón, que se bañaba en el río buscando en las covachas los peces escurridizos… ¿Cómo ha cambiado tanto?  Apenas lo reconozco.

¿Y yo, cómo estaré a sus ojos? ¿Seré también para él una persona diferente?

¿Qué queda de nosotros debajo de las escamas del tiempo?

Muy dentro debe haber un núcleo  que guarde lo permanente, aunque, como dijo Neruda, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. Nos transformamos lenta, pero irremediablemente y cuando dos personas se ven después de muchos años ya son otros. Sólo los recuerdos, limadas las aristas  con azúcar, conservan   posos de lo  que fuimos.

¡En una persona, cuántos personajes!

Farolillos.

Le  dijo adiós una mañana.

Se fue envuelta en las sábanas del alba,

tan niña y tan mujer.

No ha vuelto a verla más,

tampoco la olvidó. 

Si la viera ahora no sabría decir si es ella,

la recuerda como era,

tan bella, tan tierna, cándida flor, 

su mirada en los  farolillos de la feria.

Aquel beso que no  dio y que siempre añora. 

Ahora  ya no brillan los luceros

porque han puesto lonas a los cielos,

pero entonces,  el fresco de la madrugada los mecía

en la cuna del aire  al son de Alfonsina y el mar.

El último día  parecían  tristes.

Sonaba todo a despedida.

Tan larga es la ausencia que anda el olvido

queriendo borrarla,

pero vuelve cada dieciséis el cometa de su estela

a enredarse en los acordes de la plaza.

Viejo.

Este hombre de arrugada y seca tez

tuvo su  ayer de fuerza y vigor,

febril vida y fogosa pasión.

Ardoroso,  donjuán  y  jaranero,

de músculos  tensados y valiente.

Bregado en el trabajo,

curtido al horno de los soles

y encallado   al frío de las heladas.

No pudieron con él los temporales

ni doblaron su afán las inclemencias

cuando el potro bizarro de la vida

campaba alegremente en las praderas.

Hoy, viejo, narra sus recuerdos,

torrentes de azarosa  juventud,

frenados  en el valle de la edad

donde reposan remansados

en el tramo final del recorrido.

Sus huesudas y violáceas  manos

descansan en la curva del cayado

y tiemblan cuando las separa

para  unir verbo y ademán.

De improviso calla

y deja su mirada anclada

con un  poso impreciso de tristeza.

Se cala el sombrero

y con paso indeciso

se va calle abajo, a solas consigo,

reviviendo el pasado en su cabeza.

 

Otoño extremeño.

 

 

 

 

 

 

 

Estas primeras lluvias otoñales
suavizan la textura de la tierra
pues las nubes trajeron de la sierra
verde frescor a secos pastizales.
Mi mirada a través de los cristales
busca la luz que algún nublado cierra
al mismo tiempo que mi mente yerra
por pensamientos hueros y banales.
Plácido otoño en mi tierra extremeña:
gotas de rocío en las sementeras,
bellas dehesas de ganado y leña,
caza y setas por valles y praderas
y este sol de la tarde que me enseña
los matices del oro en las choperas.

Preludio de lluvia.

Pasan  veloces las nubes delante de la luna. Vienen cuarteadas, enladrilladas, como borregos de un rebaño que huyen  del lobo. Si las miras mucho rato parece que es la luna la que anda en dirección contraria detrás de ellas. Aparece y desaparece como jugando al escondite. Cuando se asoma por los claros extiende  su brillo de alpaca sobre los tejados.
Mañana me despertarán  las canales al amanecer y los borreguitos del cielo se habrán convertido en carneros acuosos.Ya lo dice el refrán: “borreguitos en el cielo, carneros en el suelo”.  Para entonces la luna ya estará a cobijo y por las crestas de la sierra se arrastrarán los  flecos y jirones de un denso vestido  gris empujado por  vientos ábregos cargados de humedad.

La muerte.

 

 

 

 

 

Tu familia velará tus agitados sueños
en largas noches de agonía
previendo el fin  cercano.
Ella no faltará a la cita;
llegará sigilosa, como niebla,
al lado de tu lecho.
Te envolverá en  un angustioso abrazo,
lleno de temblores fríos
hasta dejar tu cuerpo inerte
con el último suspiro.
Seguirá impasible su camino
dejando luto y llanto entre los vivos
y una campana al viento
te abrirá paso por la senda del olvido

Marcha triunfal.

 

 

 

 

 

El órdago se ha transformado en un tsunami independentista. Vistos los efectos, a los que lo lanzaron o se aprovecharon de él,  no les queda otra opción que correr hacia adelante so pena de ser arrastrados por su ímpetu.
Está comprobado que pueden más consignas repetidas que raciocinio sereno para tapar ineficiencias y distraer atenciones. En estas circunstancias una convocatoria electoral es lo más parecido a un plebiscito. Y con esta carga emotiva, a un plebiscito sobre sentimientos.
Votar con las emociones a flor de piel es la mejor forma de lamentarlo después. Otro problema es que alguien se crea ungido por la historia y por la  aclamación popular para llevar a sus conciudadanos,  cautiva la bandera enemiga, a la gloria de la independencia en un desfile triunfal de paladines.

Condena.

Donde está la  sospecha lo devora

y abandona el lugar con la esperanza

de encontrar otro sitio sin tardanza

que le ofrezca una  estancia  acogedora.

Tampoco allí se encuentra bien ahora

y transcurren los días sin bonanza

entre angustia recelo, y asechanza

que rondan por su mente a cada hora.

Fantasmas que aparecen en su vida

y lo hacen divagar de pena en pena

sin lograr encontrar  otra  salida

que lo libre de lastre y de cadena

y  alivie la existencia dolorida

de sufrir, sin saber, una condena.

Belleza efímera.

 

 

 

 

Tu risa, la flor, la noche, la luna, tu voz.
La brisa, la nube, la lluvia, el iris,  la luz.
La fuente, el río, la corriente
y el paso adelante de la juventud.
El vino, la copla, el amor,
licores, comida, mantel,
amantes radiantes de vida y  salud.
O tú, tan tierna,  tan dulce, tan bella.
Frondosa alameda, vergel.
Apresa, poema, el momento,
eterniza ese goce fugaz,
sólo queda, pasada la hora,
la palabra plasmada en papel.