Ningún gurú me indicará el camino
que tengo que seguir en esta vida,
pues no soy perro de ningún pastor
ni acostumbro a seguir ninguna esquila.
Más que grupos me gustan las personas
que muestran su sentir de forma clara.
Prefiero el individuo que razona
y me habla sin ambages cara a cara.
No quiero números que forman masa
ni ovejas que componen un rebaño
siguiendo el parecer de quien lo manda.
Quiero ser yo, aunque así me venga el daño.
Hoy sólo tengo ganas de estar sin hacer nada,
de echarme descuidado a la sombra de estos chopos
que murmuran confidencias al oído.
En su gozo, me regalan caricias de algún rayo de sol
que, leve, dorado y esquivo,
juguetea con las primeras hojas caídas
en este adviento de otoño que es septiembre.
Pacenteros los sentidos,
en la soledad buscada,
acuden esporádicos recuerdos,
mezclados con luz, sombra y olvidos.
Hipócritas e inquisidores, a los que no les importaría encender una hoguera en la plaza del pueblo para que Olvido Hormigos ardiera como una tea en ella, se manifestaron a la entrada del Ayuntamiento de Los Yébenes con gritos de puta, zorra y guarra entre otros cariñosos epítetos.
No sé si las razones son políticas, misóginas o religiosas o una mezcla de todas ellas. De todo habrá porque la fauna de torquemadas mentales en estos páramos” por donde anduvo errante la sombra de Caín” es prolífica y variada.
Sólo ha sucedido que una persona en ejercicio de su libertad ha usado su cuerpo sexualmente como le ha venido en gana.
Ni a usted, beata enlutada, portadora de consignas morales trasnochadas, ni a usted vigía de valores de castas, más atentas a los pecados de sexo que a robos e injusticias sociales, ni a usted hipócrita sepulcro blanqueado a quien los gusanos de la envidia y el odio corroen por dentro, les importa un bledo lo que cada uno haga con su cuerpo en la intimidad.
Me siento insignificante cuando miro al cielo en una noche estrellada. Es una buena terapia para bajar humos y acortar ambiciones, para relativizar el valor de las cosas y para hacernos algunas preguntas que no por repetidas han perdido vigencia. Perdido en la cola de una galaxia está nuestro sistema solar, del que aún desconocemos muchas cosas. La estrella más cercana a nosotros, aparte del sol, está a 4,4 años luz, que equivalen a unos 43 billones de kilómetros de distancia, o sea, que tardaríamos cuatro años en llegar a ella viajando a la velocidad de la luz, lo que todavía no se ha conseguido. La Vía Láctea, nuestra galaxia, tiene aproximadamente un diámetro de 100 mil años luz y 200 mil millones de estrellas. Una de las galaxias más cercanas a la Vía Láctea-La Gran Nube de Magallanes- está aproximadamente a unos doscientos mil años luz. Y en el espacio, según estimaciones hechas en 2005, hay más de 500 mil millones de galaxias.
Demasiado poco somos para darnos la importancia que nos damos algunas veces.¿Verdad, Cristiano?
El aire se hace azul cuando ella mira
y le roba a los cielos su hermosura.
Embrocado en la sima del abismo,
en claro mar de perlas y zafiros,
me pierdo en la belleza de su hondura.
El comienzo natural del año es septiembre. Se guarda la ropa veraniega y se empieza a buscar en los roperos y arcones la de abrigo. Un aire fresco, húmedo y fecundo sustituye a las calimas. Los agricultores inician campaña abriendo en labios receptivos las besanas para la siembra. Tambores de tormentas anuncian la retirada del calor y la llegada de los ábregos, fértiles aires cargados de humedad, para que las semillas germinen y las primeras lluvias vistan de verde las secas y polvorientas praderas. Si es dadivoso, volverá a correr por regajos y arroyos la fértil bendición del agua y brotarán hongos y setas, acné púber de la fecundidad, como ofrenda generosa de la tierra por el riego recibido. Fermentan en los lagares y bodegas los nuevos caldos. El año meteorológico también arranca con las mediciones de pluviosidad, que se cuentan de septiembre a agosto. Estrenan nuevo curso los estudiantes en los distintos niveles educativos. Si enero tiene su cuesta, no es menor la que se avecina en septiembre con el equipamiento escolar y el gasto hecho en vacaciones y fiestas patronales. Así pues, feliz año nuevo.
No creo todavía que hayas podido ser el verdugo de esas dos criaturas que eran tus hijos. No me lo creo porque es difícil comprender que una persona pueda llegar a tal grado de abyección. Apoyo mi leve esperanza en que aún no has sido juzgado ni condenado por un juez y aunque las evidencias de las puebas te van quedando sin coartada, queda un tenue rayo de luz. Pero si el juicio al que hasta los más depravados asesinos tienen derecho comprueba tu culpabilidad, me costará trabajo asimilar que las personas podemos ser capaces de tan horrendos crímenes. Si así fuera, cuando tenías a tus hijos inocentemente confiados en ti, ¿no tuviste ni un solo instante de remordimiento o pena por lo que ibas a hacerles? No podían imaginarse nada de lo que intentabas porque eran niños y se creían seguros con su padre. Se quitarían la vez para contarte cosas que habían hecho desde la última vez que los viste. Reirían mientras tú planeabas los detalles de su muerte traicionera y vil. Seguro que cuando pusiste tus manos sobre ellos estarían pensando que les ibas a hacer unas caricias o a darles algún abrazo y ni siquiera cuando empezaste a hacerles daño podían sospechar lo que tu satánica mente tramaba. Pensarían que se trataba de una broma. Seguramente ni instantes antes de sus muertes llegaron a creer que su padre, al que querían y en el que confiaban como el primer cobijo al que recurrir en caso de peligro, iba a matarles. Tú, su progenitor, su protector, en cuyos brazos se habrían entregado al sueño placentero en más de una ocasión, iba a hacerles el mayor daño que se le puede hacer a una persona: quitarles la vida. Si así fuera, eres un asesino en el más alto grado de ignominia y depravación. Ni la mayoría de los animales hacen eso con sus hijos; al contrario, llegado el caso, la ofrecen generosamente en su lugar. Los que somos de la especie humana a la que tú perteneces no podemos olvidar las miradas inocentes, luminosas y alegres de tus hijos, de Ruth y José, que tenían toda una vida por delante y que tú, a quién querían y en quien confiaban, les ha robado con fría saña. Si fue así, maldito seas por siempre. Pero se me hace casi imposible creer que lo hayas hecho y aún espero un milagro.
Al final de agosto amarillea el sol en su puesta, y su luz, que se hacía de oro en los montones de grano, se va gateando por los tejados y las tapias. El ejido ya no tiene el ajetreo laborioso que tuvo cuando las eras lo ocupaban. Los agricultores lanzaban a la marea gallega las palas de cereal para su limpia, mientras los niños jugábamos al esconder entre los haces
Los rastrojos quedan ahora desdentados, ralos, casi a la altura parda de la encía grieteada. Las cosechadoras y empacadoras aprovechan al máximo el corte. Poco queda para el agostadero y los rebaños de ovejas van de un sitio a otro levantando nubes de polvo a su paso por este erial en que se han convertido los campos. La tórtola africana que rasgaba el aire con su raudo y sinuoso vuelo ya no sestea en el encinar y en la alameda. Casi ha desaparecido de estos lares. Están tristes los campos en este epílogo veraniego. Las hojas de la encina y el olivo pardean polvorientas y mustias. Las escasas pozas que aguantaban el estío son este año bocas resecas y angustiosas a la espera del agua de otoño.