Dualidad.

¿Eres tú ese guiñapo  que araña con su imagen el azogue?

¡Pobre idiota, beodo y triste en la soledad de tu guarida!

¿Eres éste o aquél?

¿Esqueleto de sombras o el compuesto y esforzado que recita su papel?

¿El de rostro descompuesto y mirada extraviada o el de risas y licores  adornados de oropel?

Estallaron las burbujas de la noche y los brillos deslumbrantes se apagaron.

Despojado de lo puesto, aquí no caben trucos.

La soledad te desnuda y te delata. El espejo te devuelve esta imagen de  fantoche.

Un cero al infinito, evanescente efímero y caduco.

La Acción Católica.

Los niños de la escuela  asistíamos los domingos a la misa de diez acompañados de los maestros. Nos colocaban en los primeros bancos y ellos vigilaban nuestro comportamiento durante la celebración. Al salir el cura de la sacristía precedido por los dos monaguillos se cantaba el “Vayamos jubilosos…” El cura se ponía  en el altar mayor. La misa era en latín y de espaldas a los fieles. Sólo se volvía de vez en cuando para decir “dominus vobiscum” y contestar nosotros “et cum spiritu tuo”. La orden de retirada era: “Ite, misa est” y  entonábamos: “La misa ha terminado, cantemos con fervor, que nuestra vida sea una misa Señor…” El celebrante recogía el bonete que le traía un monaguillo de unos asientos rojos y dorados que había en la parte derecha del altar, donde lo había llevado el mismo monaguillo al empezar el oficio. Los maestros con un chasquido de dedos nos indicaban la salida en orden, fila a fila. El lunes siguiente nos reprenderán en la escuela a los más revoltosos e inquirirán sobre la ausencia de otros al acto religioso. La relación de la escuela con la Iglesia no se limitaba  al precepto dominical. Los jueves a las doce terminaban las actividades docentes y subíamos a recibir la doctrina cristiana. En esa hora del mediodía, hora del Ángelus, el sol daba de lleno en las vidrieras y toda su variedad cromática se proyectaba sobre las baldosas del suelo. Un sinfín de motitas de polvo se movía a través del cañón de luz que penetraba por los ventanales refulgentes. Nos distraíamos siguiendo el camino de algunas hasta que desaparecían fuera del espacio iluminado.
Cuando llegaban los ejercicios espirituales asistíamos durante una semana a las charlas que nos daba D. José como preparación para la Semana Santa. “El día siete de marzo comienzan los ejercicios para los niños cristianos que quieren amar a Cristo. Venid cristianos, venid porque la iglesia abierta está”. Estas pláticas  vespertinas nos las impartía D. José con las luces apagadas, sólo con un flexo que iluminaba sus apuntes en una mesita situada  próxima a la escalera del púlpito, en el presbiterio. Intentaba lograr así un ambiente más íntimo y recogido. Toda la preparación terminaba con la parábola del Hijo Pródigo. La vuelta a casa y el perdón. La Acción Católica era también el lugar donde se celebraban los Círculos, charlas y cambio de impresiones de  D. José con  personas adultas. De este tiempo eran los Cursillos de Cristiandad, a los que asistían muchos hombres del pueblo y de los que algunos regresaban con un profundo cambio de actitud  hacia la vida religiosa. También se impartían clases nocturnas de alfabetización para adultos que por motivos laborales no tenían otras oportunidades de aprender durante el día.
Los Quintos, antes de irse a sus respectivos destinos, recibían allí  los consejos del párroco que, como pastor de sus almas, quería advertirles de los peligros que podían acecharles en la ciudad, sobre todo en lo concerniente a los pecados de la carne.
Los niños y los más  jóvenes teníamos también a la Acción Católica como lugar de esparcimiento y reunión. Las televisiones eran escasas. Las primeras llegaron a principios de los años sesenta. Cuando toreaba “El Cordobés” la expectación era máxima y a pesar de estar las labores de recolección en  pleno desarrollo, a eso de las cinco menos cuarto se venían  los hombres de las eras, con el sombrero de paja incluido, a coger sitio en los pocos bares que disponían de televisión. Los niños y jóvenes acudíamos a la Acción Católica para ver nuestros programas. Nos cobraban un real por el servicio. Cuando se amortizó la compra la entrada fue libre. Catalina, sobrina de don José, se encargaba  del cobro y también de mantener el orden en el salón cuando, sobre todo los domingos por la tarde, se formaba demasiado jaleo. Eran los tiempos de  Herta Frankel con su perrita Marilín y las marionetas de Pepito, el Tonto y el Gruñón. Por las noches también abría la Acción Católica y personas mayores  subían para ver allí los  programas  nocturnos. Las sillas de tijera estaban colocadas como si de un cine se tratara.

Los domingos por la mañana jugábamos en el futbolín que estaba situado en la última nave, cerca del balcón que daba al patio de la casa. El suelo  del futbolín era de pizarra moteada y  los futbolistas de hierro. El ruido que se producía era estruendoso. Para que no se metieran  las bolas y durase más la partida tapábamos las porterías o nos colocamos detrás  para, en un acto  rapidísimo, atraparlas antes que cayeran al cajón de abajo. De  tanto uso, el futbolín acabó con un boquete cerca de unas de las porterías que intentaron arreglar con una chapa. La bola salía muchas veces disparada fuera del recinto de juego con el peligro consiguiente para los cristales. “Seña” María,  hermana de don José, siempre bondadosa y en misión de apostolado, subía de vez en cuando a intentar poner un poco de orden. Las niñas y jóvenes  con sus pandillas entraban y salían, charlaban y comían pipas alrededor de las camillas.
Juan el sacristán vendía vasos de “Casera” fresca  a peseta. Nos los  tomabamos con las burbujitas dándonos en la nariz y tan de golpe que se nos saltaban las lágrimas por efecto del gas. Tenía su mesa para despachar inmediatamente a la izquierda después de subir las escaleras. En una pequeña nevera de color marfil, que antes perteneció al bar del Sindicato, enfriaba las botellas.  La barra de hielo se colocaba en la parte superior. Juan Diego  el del carrillo traía las barras de la fábrica de Berlanga en el portamaletas de su bicicleta, envueltas en sacos con paja. Se la encargaban, bien los bares o los particulares. Otra forma de enfriar las bebidas era introducirlas en el pozo en una cesta de mimbre sujeta con una cuerda, y el botijo, en verano, al sereno, al “resencio” de la noche en el corral.  Se le tapaba la pipa y la parte trasera para que no entrasen insectos.
Después de la misa de los domingos, mientras algunas  personas mayores se quedaban charlando en la puerta de la iglesia, subíamos con Dª. Virtudes, andando ya dificultosamente, a la Acción Católica y allí nos impartía unas charlas informales sobre asuntos religiosos adaptadas a los escolares. Nos relataba con entonaciones y silencios de efecto algún cuento moralizante. Al final, como premio por nuestra atención, nos repartía o rifaba hojas con relatos e ilustraciones de colores referidas a vidas de santos o personas dignas de imitación. Nos colocábamos en el salón que existe a la izquierda, según se acaba de subir la escalera. Dª. Virtudes, mujer bondadosa y afable, ya mayor, con sus gafas de concha negra, su velo de luto permanente y un rosario negro enlazado en la mano, se sentaba en un sillón al fondo de una mesa alargada, de espaldas a la pared que tapaba  una vitrina acristalada flanqueada por dos banderas con el escudo de la Acción Católica. Nosotros, a su alrededor, en sillas verdes de enea. Su rostro estaba surcado por profundas arrugas y en la barbilla tenía un lunar del que brotaban algunos pelos rebeldes. A principios de los sesenta se le tributó un merecido homenaje con motivo de su jubilación al que acudieron vecinos de Fuentes de León, pueblo en el que dejó un grato recuerdo como maestra


Una vela

Se fue la luz.

En las pupilas  dilatadas de los  niños

se refleja  la llama vacilante de la vela

que lanza sobre las paredes

deformadas siluetas fantasmales.

Es una noche de invierno.

Sentados en la camilla

la abuela les narra un cuento

y el miedo los arracima

con las personas mayores.

Preguntan con voz quebrada

sobre qué pasó después.

Ya en la cama sueñan sombras

recobradas a la vida.

Mil enemigos deformes

acuden a su captura

desde el fondo de la noche.

Al sollozo de la angustia

la  madre acude a su lado

para quitarles el miedo

y ahuyentar la pesadilla.

La esquila

(Carta al periódico HOY 2-5-11)

En mayo comenzaba la esquila. Traían los pastores, bajo la dirección de los mayorales, las ovejas a los guaches, las naves donde se esquilaba,  para quitarles la lana que en invierno las había abrigado. Los esquiladores usaban aún tijeras para este menester y era admirable la destreza de algunos de ellos. A éstos más diestros y experimentados se les solía encomendar la pela de los carneros por su mayor dificultad. En  Ahillones  hubo tres guaches que funcionaban durante dos meses a pleno rendimiento, con cuadrilla de más de cincuenta  en  alguno.

Un muchacho, el morenero,  paseaba por el local con una lata en la que llevaba restos de carbonilla que traían de las fraguas. A  la voz de “¡moreno!” acudía presto a echarle a la oveja ese polvo negro en la herida. Servía para que no le picara la mosca y se “bicheara”. El manijero era el encargado de preparar los vellones de lana y meterlos  en sacos que almacenaban en el lanero  hasta que unos grandes camiones procedentes del norte venían a por ellos a principios de otoño.

Después de esquilado el rebaño, los pastores llevaban las ovejas a las fincas a pastar. Pasaban blancas y descargadas de lana por las calles, siguiendo el tañido del cencerro que llevaba el manso.

Achares.

 

 

 

 

 

Ya podría tener el alma llena

por ofensas de memos intentadas

 y estarían las cestas rebosadas

y desbordado mi ánimo de pena.

Lo que consigue su conducta obscena

es amargar sus vidas limitadas

por  profundas envidias amargadas

sin obtener provecho ni alacena.

Reserven  para sí todas sus  ganas

y no gasten en mí sus energías

pues  sólo sacarán cáscaras  vanas

sin quitar   a mi vida lozanías

ni conseguir  más luz a sus mañanas

aunque empeñen en ello celo y días.

Octava soñada.

 

Al  medio del rastrojo en plena siesta

llegué  por  suaves lomas onduladas

de veredas, caminos y floresta.

 Los bordes de babosas remojadas

me conducen al fondo en forma presta

por cálidas paredes sonrosadas.

 Y envuelto el goce en suaves humedeces

fluyo y voy como el agua entre los peces.

Rebeldía interior.

Llegó una noche la pareja de la  Guardia Civil a un bar de mi pueblo donde los parroquianos apuraban las últimas copas. Había un ambiente distendido y propicio a la charla amigable al calor del vino, así que la presencia de la Benemérita interrumpiendo la reunión, causó malestar ente los presentes, pero los tiempos no estaban para andar con protestas. El  respeto miedoso  que infundían los tricornios  y los uniformes  verdes hacía que su sola presencia a esas horas sirviera para que la mayoría enfilara la dirección de su casa sin rechistar, incluso antes de que abriesen la boca anunciando que había llegado la hora de la retirada.

Pero Angelito el Sordo se quedó un poco rezagado apurando la última copa y con muy pocas ganas de irse, así que  uno de los guardias le dijo:

-¡Es que no has oído, vamos, a tu casa y a la cama!

Cuando se iba  y al pasar a su altura, cerca de la puerta, refunfuñó sin mirarles las caras:

-A la cama me iré, pero dormirme no me duermo.

Era la única rebeldía que uno podía permitirse, so pena de irse,  además de sin ganas, caliente.

Agradecimiento.

Carta al periódico HOY (7-5-2012)

 

Gracias a todos  los que han puesto su granito de arena para que, a este paso, recuperemos las más ínclitas y enraizadas tradiciones españolas que nunca debieron perderse.

Volveremos a disfrutar de  la ilusión que producía a las familias recibir aquellas cartas que llegaban por avión con rayas rojas y azules en los bordes y que traían noticias de los padres de familia desde Alemania, donde contaban qué buenas estaban las cervezas y las salchichas  de allí.

Gracias por impulsar  la convivencia familiar como en los tiempos en que  escuchábamos radio Andorra y a Alberto Oliveras en la cadena Ser  con  “Ustedes son formidables” al calor de brasero de picón. Ya está bien  tanto salir de casa  de copas y comilonas.

Gracias también por  favorecer la probable vuelta de los carburos, quinqués y velas que han propiciado desde tiempo inmemorial  las conversaciones familiares en un  ambiente intimista.

Por llenar las  acogedoras  solanas de parados con gorras viseras y manos en los bolsillos,  típica estampa sureña.

Por adornar las calles de nuestros pueblos y ciudades con   letreros de “Se vende” porque nos recuerda los años sesenta  cuando se podían comprar casas y solares  sólo con pagar la contribución atrasada que no podían saldar sus dueños.

Porque se volverá a utilizar la  técnica del remiendo y el zurcido que tan bien hacían nuestras abuelas metiendo un huevo de madera dentro de los calcetines  y que los jóvenes de hoy no tienen ni idea de su práctica desde que las cátedras ambulantes de la Sección Femenina dejaron de visitar nuestros pueblos.

Por reducir el número de jóvenes que puedan estudiar una carrera con  beca. Los que no la consigan y  puedan que  se la paguen y el resto que abandone los estudios, que también hace falta mano de obra sin cualificar.

Gracias  por ayudarnos a recuperar nuestras raíces y nuestra idiosincrasia,  que han sido envidia y asombro de  extranjeros.

Canas.

Las pavesas de los años,

copos que el tiempo desgrana,

siembran tu pelo de canas,

lentamente y en silencio.

Un día notas las primeras hebras,

pequeñas veredas albas

entre la  espesura negra.

Montan su base en las sienes

y desde allí escalarán

sin grandes dificultades

las empinadas paredes

de tu  noble calavera.

Su peso blanco te encorva

y baja tu mirada al suelo.

¡Oh altanería vencida

por tan sigilosa albura!

Nirvana.

 

 

 

 

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna

en que era muy hermoso no pensar ni querer…

Mi ideal es tenderme sin ilusión ninguna…

De cuando en cuando un nombre y un beso de mujer.

            Manuel Machado. Los Adelfos.

 

Una plácida  tarde de principios de otoño he salido después de comer a dar un paseo por el ejido. El sol de membrillos y miel aún calienta algo y se refleja brillante sobre las hierbas primerizas, que asoman sus puntas, animadas por las lluvias que cayeron por san Miguel. He llegado al Cerro del Santo donde culmina el Vía Crucis de redondeadas formas blancas que recorre el ejido y que en esta última estación representa la muerte de los dos ladrones y de Jesucristo en el Monte Calvario. También destaca en el cerro una estatua  en mármol del Corazón de Jesús.

Me he tendido boca arriba, relajado y sin prisas, abandonado al hedonismo de los sentidos. Contemplo los vellones blancos de nubes desplazándose muy despacio sobre el azul  del cielo. Me adormezco.

Oigo lejanos los gritos de unos niños que juegan al fútbol en el prado de la fuente y el ruido de algún coche que pasa por la carretera. El sonido de unas esquilas me llega tenue, casi como una débil hebra sonora. Los ruidos se alejan, difuminándose en una lejanía semiinconsciente y marginal. En este duermevela placentero soy parte de las nubes y del cielo, mecido suavemente  dentro de la inmensidad y abstraído en pensamientos inconexos y sensuales. Una ligera brisa me transporta sobre grandes dehesas azules sembradas de algodón.

Pasado un tiempo indeterminado me incorporo, apoyándome sobre uno de mis codos y cambio el azul y blanco por el verde de los prados. Sobre el arroyo, allá por el charco de Tía Espina, se ha levantado una difusa bruma que confunde los contornos de las lomas cercanas y ahonda y profundiza la pequeña cañada cercana a la Cantera, borrando sus límites verdes que van tornándose pardos, pues la tarde declina. Por uno de los caminos de regreso de la fuente del Horno diviso a una mujer que porta dos cántaros: uno en el cuadril,  otro en la cabeza sobre una rosquilla de paño con forma de corona circular que le amortigua el peso y de  la mano contraria cuelga un botijo. En el pilar de la fuente abrevan dos mulas y una burra, mientras su dueño,  con la mirada perdida en el agua, fuma parsimoniosamente montado en ella.

Los labriegos regresan por los distintos caminos que confluyen en el ejido montados a mujeriega sobre las bestias que, con andar cansino, buscan el cobijo y el calor de las cuadras.

Refresca. Es hora de regresar. Lo hago por los callejones del pueblo, que tiene encendidas sus luces mortecinas. Por el camino me cruzo con una mujer a la que no reconozco porque se tapa su cabeza y su cara con un manto negro. Se dirige a rezar al Santo. La silueta de un hombre por lo alto del cerro Gamo, con sus perros y una cántara de agua, se recorta sobre el fondo rojo del poniente.

Me llegan olores de comida recién hecha para la cena. Venus ya destaca en el cielo su brillo punzante. Suena el toque de oración que me llega lánguido desde el campanario de la torre.