Injusticias.

 

 

 

(Carta al periódico HOY 11/06/2012)

En la autorregulación normativa por la  que El Consejo General del Poder Judicial se rige, se dice que sus consejeros no tienen obligación de justificar el motivo de sus viajes.

La vicepresidenta del gobierno ha manifestado que el número de diputados y senadores está fijado por  la Constitución  y no puede modificarse, salvo que se reforme la misma.

Hasta principios del siglo XX Las mujeres no podían votar en las elecciones porque la ley no contemplaba esa posibilidad.

Si todos los gobernantes de los distintos países hubiesen justificado la existencia de situaciones injustas en la vigencia de leyes que las respaldaban, probablemente persistirían en nuestros días la esclavitud y la pena de muerte.

De eso se trata, de cambiar las leyes que haya que cambiar, incluida la Constitución, para que España salga del lodazal. Como dijo el presidente Clinton: “Es la economía, imbécil”

Ariscos.

Si dan una respuesta desabrida

a la pregunta que haces inocente

lo primero que pasa por tu mente

es la razón de tal acometida.

Queda después tu estima dolorida

por la manera seca e insolente

de quien devuelve con palabra hiriente

lo que entregaste sin contrapartida.

Hay personas que por ser desconfiadas

piensan  que quien les habla va a cazarles

y tienen escopetas preparadas

para, de forma  zafia, dispararles,

dejando en situaciones   desairadas

a quienes  intentaron  agradarles.

El polichinela.

Sara Montiel interpretaba con su peculiar estilo la canción del Polichinela. El estribillo decía: “Cata-catapún, catapún pon candela/arsa pa’rriba polichinela./Cata-catapún, catapún, catapún/como los muñecos en el pin-pan-pun.”

Mientras nos dedicábamos a tirarle pelotazos al polichinela en la caseta de feria, descargando nuestro enfado contra él y azuzados por animadores inclementes, las termitas, fuera de los focos que iluminaban a la pobre marioneta, roían  las patas de la caseta.

Apagadas las luces y destrozado el muñeco, la caseta se nos viene abajo y  nuestra atención se dirige ahora  al daño silencioso que han provocado los  voraces insectos.

La siesta.

 

Van Gogh: La siesta

 

 

Al compás que recortan las chicharras

porciones de aire denso en los olivos,

despide el  suelo ardientes bocanadas

de melaza con plomo derretidos.

Fulge hiriente la cal en las fachadas

y el cielo,  que se enturbia  calinoso,

diluye los perfiles de la sierra

y confunde veredas y  caminos.

El tiempo se aletarga adormecido

en  horas en que el sol baja viscoso

a los montones rubios  de las eras.

Sobre el asfalto de la carretera,

oasis que la mano nunca alcanza,

un espejo sinuoso reverbera.

Avispas verdinegras merodean

por la cuba de cinc sobre el brocal.

En la burbuja en sombra de la casa,

tras la  vieja cortina de franela

que detiene la flama del corral,

unos niños desnudos juguetean.

Raya el aire el zumbido de un moscón,

que luego se posa

y cesa.

Da una media el reloj.

Espesa, lenta y sola.

La hora del sopor.

El tiempo de la siesta.

Reina

Surgen estas  pinceladas, diversas  y asimétricas de tres situaciones  que tuvieron como referencia al pueblo  de Reina y que, en conjunto, conforman un pequeño ramillete de vivencias evocadas ahora con añoranza.

La primera de ellas ocurrió una tarde de primavera del año 1964 cuando en la capilla del Seminario Menor celebrábamos el mes de mayo. El padre espiritual del los  Gramáticos interrumpió las plegarias para darnos la triste noticia de la muerte de D. Juan Portero Muñoz, el cura de Feria que ejercía sus funciones sacerdotales en Reina. Tenía yo  entonces doce años y la fuerte impresión que me produjo  este hecho se debió  a que  lo conocía personalmente, pues coincidimos en el Seminario, él ya en su último curso de Teología  cuando fue misacantano,  y a que el lugar donde ocurrió el suceso estaba muy  próximo a Ahillones.  Aquella sotana enredada en sus pies, la pronunciada ladera del castillo, la luz difusa del atardecer, el derrame interno, su traslado hasta Badajoz…  Todo quedó guardado para siempre en el arcón de la memoria. Cada vez que veo el monolito blanco erigido en el lugar donde se produjo el accidente: “Aquí sufrió mortal caída nuestro párroco D. Juan Portero Muñoz. En  testimonio de gratitud y afecto  sus feligreses.  Reina 11 de mayo de 1964”, mi imaginación vuela hacia aquella tarde en que la canción “Rosa de abril morena de los vientos…” quedó teñida de rojo con la sangre vigorosa y joven de tan buena persona.

Otras tardes de los años 72 y 73 generaron recuerdos más agradables. Un amigo que intentaba ennoviar en Reina me pedía en algunas ocasiones que lo acompañara   en su furgoneta DKW. Él me recogía en Llerena, lugar donde residía entonces por mi trabajo. En una sala interior del bar de La Perla poníamos un pequeño casete con una cinta de Rumba Tres y así organizábamos  algo parecido a un baile. Una noche, después de una tormenta que descargó por la tarde, paseando por la carretera que enlaza con la de Llerena – Fuente del Arco, pude disfrutar  las bellezas que me ofrecía tan privilegiado lugar:  contemplé las luces lejanas y tenues de otros pueblos diseminados por la campiña, observé la inmensidad del cielo estrellado que aquí parecía estar más cerca, respiré los aromas del tomillo y del cantueso remojados en la tarde y sobre todo me introduje en el ropaje envolvente del silencio que anudaba todo como un regalo para los sentidos, roto sólo por el canto punzante  de los grillos que parecían tejer las costuras de la noche para que nada escapara de aquella burbuja tan acogedora. A mi espalda el castillo, desdentado y viejo, pero majestuoso y digno, conservando el abolengo y la hidalguía de pasados esplendores. 

La tercera pincelada que rememoro ocurrió durante las celebraciones en honor de La  Virgen de las Nieves, que han sido siempre muy visitadas y celebradas por los vecinos de Ahillones. Un año, de hace muchos,  unos amigos se personaron el primer día de fiesta y copa tras copa, ración tras ración, no se dieron cuenta del paso de  las horas. Tan bien lo pasaban que habían transcurrido dos días desde su arribada al pueblo. Las familias preocupadas, pero sabedoras de sus paraderos, decidieron recurrir a tres personas de orden para que se acercasen a Reina y convencieran a los festeros de que ya era hora de regresar. Al bar de Mauricio llegaron los encomendados en plan rescate  para, con sus mejores argumentos,   intentar conseguir el noble objetivo de llevárselos consigo. Así que comenzaron aceptando la invitación a una copa que les hicieron los trasnochadores paisanos. Y claro, no está bien que te inviten y no corresponder: llénanos que ahora invitamos nosotros. Así empezó a liarse la madeja.

Como consecuencia, la expedición fue un fracaso, pues no sólo no regresaron los hijos pródigos, sino que se incrementó su número con uno de los emisarios.

Estas son las tres pinceladas, los tres recuerdos que he querido narrar de forma breve. Después de muchos años la vida continúa y Reina,  paloma alada con dos fuentes, sigue reposando en un pliegue alargado  de la sierra.  Su castillo, vigía  de la Campiña,  recibe  antes que nadie   los primeros rayos del sol cada mañana y, a la tarde,  alarga las manos presurosas de su sombra hasta el pueblo y lo envuelve  protectoramente a la espera de la noche,  mientras a sus espaldas, en dirección a Torres, el astro enrojecido se hunde en las estribaciones azules de Sierra Morena.

Gozosa espera.

Si no fuera por tener los labios presos

a la copa del árbol subiría

asido de sus  ramas  a su guía

para beber almíbar de sus besos,

pero me paro un poco y me contengo

de devorar los frutos que la higuera

a mi boca revela placentera

y a mi apetencia pide su devengo.

A su sombra cobíjome  dichoso

a esperar  de la brisa las caricias

y el suave roce de su cuerpo hermoso,

robados con las artes subrepticias

de quien encuentra placer voluptuoso

en el festivo mar de sus delicias.

Bronce de espumas.

Cuando  el bronce bata espumas

de penas en el aire 

y  sentidos sollozos

desgarren el silencio de la tarde,

no quedarán caminos

que ofrezcan sus espaldas

a mis cansados pies

ni fuente de agua fresca

que fluya transparente

para saciar  mi sed.

Alguna flor silvestre

nacida entre las piedras

será mi compañía

de espera permanente.

Repetirá el tiempo sus cadencias

como hace cada año:

solanos y sequías,

el  ábrego caliente

 y amenazantes cúmulos 

de vientos y aguaceros

que llenarán copiosos 

los vientres de las fuentes.

 Después vendrá  la calma,

el frío y el relente.

Se vaciará el dolor

con el recuerdo ausente

y pétalos de escarcha

caídos de la noche

darán a las riberas

crujientes trajes blancos.

Y yaceré, olvidado de la gente,

como la flor sin nombre,

al borde de un  camino,

perdido eternamente.

Octava real.

 

Elaborar una octava real

parece una misión muy complicada,

pero es una labor muy natural

si sabes que la estrofa va rimada,

no de modo aleatorio e informal,

sino con  forma lógica y trabada.

Ocho versos con rima consonante,

tal los ocho que aquí  tienes delante.

Confianza.

(Carta en el periódico HOY, 27-05-2012)

Cuidado, señores banqueros. Cuando ustedes cuentan con rapidez vertiginosa un fajo de billetes,  no sólo  pasan  por sus manos unos papeles con unos grabados. Van en ellos muchas historias humanas de esfuerzo y muchos sueños de futuro para nuestros hijos.  Las personas que les entregamos nuestros  ahorros conseguidos con muchas horas de trabajo y con no pocas privaciones lo hacemos por la confianza que nos inspiran sus empresas. Esa confianza es la base de su negocio y de nuestra tranquilidad.

Aunque a algunos de ustedes, de sus consejeros y gestores  les sea muy fácil ganarlo con  remuneraciones e indemnizaciones que producen estupor,  a la mayoría nos ha costado mucho esfuerzo conseguir lo poco que tenemos. Confiamos en su prudente gestión para la salvaguarda de nuestros intereses, que no está reñida con el incremento de sus beneficios, pero no dilapiden esa confianza con aventuras de filibustero, ni envites de tahúr.

Con el  trabajo y el sacrificio de tanta gente no se puede jugar irresponsablemente. Están resquebrajando la piedra angular del sistema y el edificio se nos puede venir  abajo a todos.

El busto es mío.

¡Qué prestante y altiva delantera,

ajustada  picuda y prominente

llevada con  frescura de insolente

tras el suéter ceñido a la pechera!

Exuberante, bella y   placentera

presenta credencial tan imponente

que el canal que divide la vertiente

es sima que si vértigo sufriera

nadie salvaría de la caída

al mozo que al cruzarse por la acera

escruta el busto con tan gran fijeza

que si con la mirada se comiera

no tendría  apetito  en esta vida

que  no fuera saciado con largueza.