Abuela.

Penetra el sol dorado de la tarde,

fajo de luz ribeteado,

por la puerta orientada hacia el poniente

y luce  sobre las  baldosas rojas,

haciendo  de frontera luminosa

de  dos espacios en  penumbra

donde  la abuela tiene la costumbre

de llenar sus recuerdos de costuras

y artísticas labores de bordado.

En un moño adornado con peineta

recoge terso su cabello blanco

que deja al descubierto una amplia frente

surcada por arrugas.

Hila  y calla.

Levanta la cabeza

y  por  encima de sus gafas mira

el reloj que hay al fondo de la estancia.

Suspira.

Tal vez por lo perdido ausente,

quizás por el final cercano.

Acompañante fiel.

Sostiene entre las manos largo  vaso

y no mira la cara  al confidente

pues pasa su mirada entre la gente

sin hacer al amigo el menor caso.

 El pobre acompañante ya ha empezado

siete veces la misma parrafada

que interrumpe de forma descarada

otras tantas que ve a un  recién llegado.

Se consume la  luz de los luceros

y sale  rojo el sol por el oriente

cuando  se va la gente despidiendo.

Y vuelve a los pasados derroteros

camino de sus casas al relente:

que no acabé…  como te iba diciendo…

Desafío.

Una persona en el campo,

sola ante los elementos

en una tarde inclemente

de violento temporal,

con una postura altiva

 y la mirada clavada

 en la incierta lejanía

es un desplante insolente

 de valiente gallardía

en la tarde desabrida

 contra la fuerza  indomable

que tiene la tempestad.

 Descarada altanería

 que recibirá respuesta

lentamente,

 con el paso de los años.

Pero ese envite al destino,

revuelto cabello al viento,

aunque vencido en el tiempo.

es un  digno desafío

prestante, gallardo y bello,

 

A orillas del río.

La negra  mirla canta  en el olivo

y en la espesa chopera el chamariz.

Huele a  cantueso y a tomillo

y el agua resbala silenciosa

rozando del arroyo sus riberas.

Se cuela el sol cribado entre las hojas

que mueve un  leve vientecillo

esta tarde veraniega.

Si yo pudiera

pararía el transcurso de las horas

para hacer eterno este momento

de dicha  placentera

de colores, de  trinos y de aromas.

Al fresco.

(Fotografía de José Jurado)

Una  cálida noche  de verano

el grillo pespuntea  su negra pena

y luce esplendorosa luna llena

derramada de plata sobre el grano.

Llega el canto monótono y lejano

de ranas que entre junco y agua suena.

En los chopos el viento se serena

a esperar el rojizo sol temprano.

Al fresco de la calle los vecinos

un momento de paz han encontrado

tras los pasos de inhóspitos  caminos.

Merecido, legítimo y honrado

el descanso después de los hocinos

bajo el cielo tan alto y estrellado.

Los poderes del Estado.

Los poderes básicos del Estado son el legislativo, el ejecutivo y el judicial, con funciones separadas, según expuso Montesquieu en “El espíritu de las Leyes”. Esta teoría ha estado sujeta  a interpretaciones diversas por el peso del poder ejecutivo  en la maquinaria del Estado, hasta llegar a  proclamar algunos la defunción de la doctrina del pensador francés. Los límites imprecisos de estos poderes hace que se confundan a los ojos de los ciudadanos  por existir intereses entrecruzados entre ellos.

A los  medios de comunicación social por su poder para crear opinión se les ha considerado tradicionalmente como un cuarto poder. A esta situación han venido a agregarse actualmente las redes sociales, que incrementan día tras día su influencia en quienes tienen que tomar  decisiones.

Estos dos últimos poderes oficiosos han sido determinantes  para que salgan a la luz pública casos de corrupción  en  todas las instancias del Estado y han presionado  a los llamados poderes oficiales para que actúen. Casos como la dimisión forzada del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, señor Divar, o la imputación del señor Urdangarín  en el caso Nóos  probablemente no hubiesen tenido ese final sin la actividad de estos dos medios. Quede a salvo el recto proceder de personas  que desde diversos puestos oficiales cumplen con sus obligaciones.

Y acabo como termina el catecismo cuando dice que los diez mandamientos se encierran en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. En el caso que nos ocupa, todos estos poderes, oficiales y oficiosos, se encierran en uno sólo: el poder del dinero.

Camino de Santiago.

En las noches de verano contemplábamos el camino de Santiago, esa ancha franja  de leche estrellada, y creía  yo que carros de cristales transparentes y barrocas formas, tirados por constelaciones de caballos, transitaban cada noche por él.

Decían que si contábamos estrellas nos saldrían espundias en la piel. Pero yo las contaba y las unía con imaginarios hilos formando  caprichosas figuras.

A veces una línea rápida y fugaz sorprendía  nuestra mirada absorta con  una rúbrica blanca en la cóncava negrura. “Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido”.

Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas  eran trocitos de hielo que  se deshacían  según se acercaba la mañana y enviaban  soplos frescos a través de las  ramas invisibles de un sauce gigante y luminoso, bajando como los cohetes  en las noches de  fiesta.

Bien entrada la madrugada, la esfera,  en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija  abierta del oriente.

Tristeza.

Hay días que  no quieres hacer nada,

sólo dormir  tal si uno se sintiera

un perro abandonado en la perrera

que hasta la luz molesta a su mirada.

Hay días con el alma desganada,

como  si tras aciaga borrachera

acabaras  tirado en la escombrera

en mitad de la noche desolada.

Hay días como oscuras covachuelas      

hundidas en el fondo de  la tierra          

que  van llenando tu alma de secuelas.

Hay días llenos de áspera crudeza          

que  encaminan tus pasos a una guerra              

en la que sólo vence la tristeza.           

Los diteros.

En las pequeñas tiendas  de los pueblos suelen tener una libreta donde  se apunta lo que se fía al cliente. El grueso de los ingresos económicos  del año para la mayoría de los vecinos se produce con los  que genera la recolección, tanto de cereal como de aceituna.  Las expectativas se frustran en muchas ocasiones por sequías, inundaciones o pedriscos y las deudas de la manoseada libreta crecen y se añejan. Hay que esperar una mejor ocasión para saldarlas.

Una modalidad  de venta muy extendida en años pasados fue a la dita. El ditero pasaba con su gruesa  libreta de hojas individuales para cada cliente. Estas hojas se atornillaban con dos barras apretadas con tuercas de mariposa. Cada hoja correspondía a un cliente y  en ella se anotaba la cantidad convenida que debía pagarse periódicamente hasta saldar la deuda y poder empezar una nueva línea de crédito. Había cierta flexibilidad si se alegaba que ese día no se tenía suelto y que al día siguiente se pagarían las dos cuotas. El ditero iba casa por casa y tan asidua  y familiar se hizo su presencia que las personas que ejercieron esta profesión quedaban bautizadas  con este sobrenombre.

 

Besos al aire.

Los saludos más tradicionales entre hombres han sido siempre  chocar las manos y abrazarse. Dicen que si  aprietas cuando saludas transmites seguridad y confianza. Los hombres saludaban a las mujeres cogiéndoles suavemente la mano y haciendo ademán de besársela con leve inclinación de tronco.

En el genuino abrazo  entre hombres se cruzan las manos abiertas en la espalda con palmoteo efusivo proporcional a la intensidad de la emoción y al tiempo transcurrido. En su máxima expresión pueden  salir despavoridos  los polvos  depositados en la chaqueta durante su estancia en el ropero.

Pero ahora se ha puesto de moda un saludo que está a mitad de camino entre el beso y el abrazo. Un híbrido  de forma y compostura, entre  rito medieval caballeresco y  antiguo saludo eclesiástico de paz, saludo  moruno,  que alterna el roce de mejillas mientras sujetas los hombros del otro con las manos. El abrazo se queda  corto  y el beso se  da al aire. Se pierde  como mariposa invisible que vuela labiada sin que a nadie aproveche. El roce alternante de mejillas no llega a cuajar en abrazo porque las manos se quedan desalmadas  en los hombros.

O estrecho abrazo o beso. No quiero besos al aire, ni híbridos de mula torda. Al beso, labios y al abrazo fuerza.