Al fresco.

(Fotografía de José Jurado)

Una  cálida noche  de verano

el grillo pespuntea  su negra pena

y luce esplendorosa luna llena

derramada de plata sobre el grano.

Llega el canto monótono y lejano

de ranas que entre junco y agua suena.

En los chopos el viento se serena

a esperar el rojizo sol temprano.

Al fresco de la calle los vecinos

un momento de paz han encontrado

tras los pasos de inhóspitos  caminos.

Merecido, legítimo y honrado

el descanso después de los hocinos

bajo el cielo tan alto y estrellado.

Los poderes del Estado.

Los poderes básicos del Estado son el legislativo, el ejecutivo y el judicial, con funciones separadas, según expuso Montesquieu en “El espíritu de las Leyes”. Esta teoría ha estado sujeta  a interpretaciones diversas por el peso del poder ejecutivo  en la maquinaria del Estado, hasta llegar a  proclamar algunos la defunción de la doctrina del pensador francés. Los límites imprecisos de estos poderes hace que se confundan a los ojos de los ciudadanos  por existir intereses entrecruzados entre ellos.

A los  medios de comunicación social por su poder para crear opinión se les ha considerado tradicionalmente como un cuarto poder. A esta situación han venido a agregarse actualmente las redes sociales, que incrementan día tras día su influencia en quienes tienen que tomar  decisiones.

Estos dos últimos poderes oficiosos han sido determinantes  para que salgan a la luz pública casos de corrupción  en  todas las instancias del Estado y han presionado  a los llamados poderes oficiales para que actúen. Casos como la dimisión forzada del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, señor Divar, o la imputación del señor Urdangarín  en el caso Nóos  probablemente no hubiesen tenido ese final sin la actividad de estos dos medios. Quede a salvo el recto proceder de personas  que desde diversos puestos oficiales cumplen con sus obligaciones.

Y acabo como termina el catecismo cuando dice que los diez mandamientos se encierran en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. En el caso que nos ocupa, todos estos poderes, oficiales y oficiosos, se encierran en uno sólo: el poder del dinero.

Camino de Santiago.

En las noches de verano contemplábamos el camino de Santiago, esa ancha franja  de leche estrellada, y creía  yo que carros de cristales transparentes y barrocas formas, tirados por constelaciones de caballos, transitaban cada noche por él.

Decían que si contábamos estrellas nos saldrían espundias en la piel. Pero yo las contaba y las unía con imaginarios hilos formando  caprichosas figuras.

A veces una línea rápida y fugaz sorprendía  nuestra mirada absorta con  una rúbrica blanca en la cóncava negrura. “Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido”.

Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas  eran trocitos de hielo que  se deshacían  según se acercaba la mañana y enviaban  soplos frescos a través de las  ramas invisibles de un sauce gigante y luminoso, bajando como los cohetes  en las noches de  fiesta.

Bien entrada la madrugada, la esfera,  en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija  abierta del oriente.

Tristeza.

Hay días que  no quieres hacer nada,

sólo dormir  tal si uno se sintiera

un perro abandonado en la perrera

que hasta la luz molesta a su mirada.

Hay días con el alma desganada,

como  si tras aciaga borrachera

acabaras  tirado en la escombrera

en mitad de la noche desolada.

Hay días como oscuras covachuelas      

hundidas en el fondo de  la tierra          

que  van llenando tu alma de secuelas.

Hay días llenos de áspera crudeza          

que  encaminan tus pasos a una guerra              

en la que sólo vence la tristeza.           

Los diteros.

En las pequeñas tiendas  de los pueblos suelen tener una libreta donde  se apunta lo que se fía al cliente. El grueso de los ingresos económicos  del año para la mayoría de los vecinos se produce con los  que genera la recolección, tanto de cereal como de aceituna.  Las expectativas se frustran en muchas ocasiones por sequías, inundaciones o pedriscos y las deudas de la manoseada libreta crecen y se añejan. Hay que esperar una mejor ocasión para saldarlas.

Una modalidad  de venta muy extendida en años pasados fue a la dita. El ditero pasaba con su gruesa  libreta de hojas individuales para cada cliente. Estas hojas se atornillaban con dos barras apretadas con tuercas de mariposa. Cada hoja correspondía a un cliente y  en ella se anotaba la cantidad convenida que debía pagarse periódicamente hasta saldar la deuda y poder empezar una nueva línea de crédito. Había cierta flexibilidad si se alegaba que ese día no se tenía suelto y que al día siguiente se pagarían las dos cuotas. El ditero iba casa por casa y tan asidua  y familiar se hizo su presencia que las personas que ejercieron esta profesión quedaban bautizadas  con este sobrenombre.

 

Besos al aire.

Los saludos más tradicionales entre hombres han sido siempre  chocar las manos y abrazarse. Dicen que si  aprietas cuando saludas transmites seguridad y confianza. Los hombres saludaban a las mujeres cogiéndoles suavemente la mano y haciendo ademán de besársela con leve inclinación de tronco.

En el genuino abrazo  entre hombres se cruzan las manos abiertas en la espalda con palmoteo efusivo proporcional a la intensidad de la emoción y al tiempo transcurrido. En su máxima expresión pueden  salir despavoridos  los polvos  depositados en la chaqueta durante su estancia en el ropero.

Pero ahora se ha puesto de moda un saludo que está a mitad de camino entre el beso y el abrazo. Un híbrido  de forma y compostura, entre  rito medieval caballeresco y  antiguo saludo eclesiástico de paz, saludo  moruno,  que alterna el roce de mejillas mientras sujetas los hombros del otro con las manos. El abrazo se queda  corto  y el beso se  da al aire. Se pierde  como mariposa invisible que vuela labiada sin que a nadie aproveche. El roce alternante de mejillas no llega a cuajar en abrazo porque las manos se quedan desalmadas  en los hombros.

O estrecho abrazo o beso. No quiero besos al aire, ni híbridos de mula torda. Al beso, labios y al abrazo fuerza.

Injusticias.

 

 

 

(Carta al periódico HOY 11/06/2012)

En la autorregulación normativa por la  que El Consejo General del Poder Judicial se rige, se dice que sus consejeros no tienen obligación de justificar el motivo de sus viajes.

La vicepresidenta del gobierno ha manifestado que el número de diputados y senadores está fijado por  la Constitución  y no puede modificarse, salvo que se reforme la misma.

Hasta principios del siglo XX Las mujeres no podían votar en las elecciones porque la ley no contemplaba esa posibilidad.

Si todos los gobernantes de los distintos países hubiesen justificado la existencia de situaciones injustas en la vigencia de leyes que las respaldaban, probablemente persistirían en nuestros días la esclavitud y la pena de muerte.

De eso se trata, de cambiar las leyes que haya que cambiar, incluida la Constitución, para que España salga del lodazal. Como dijo el presidente Clinton: “Es la economía, imbécil”

Ariscos.

Si dan una respuesta desabrida

a la pregunta que haces inocente

lo primero que pasa por tu mente

es la razón de tal acometida.

Queda después tu estima dolorida

por la manera seca e insolente

de quien devuelve con palabra hiriente

lo que entregaste sin contrapartida.

Hay personas que por ser desconfiadas

piensan  que quien les habla va a cazarles

y tienen escopetas preparadas

para, de forma  zafia, dispararles,

dejando en situaciones   desairadas

a quienes  intentaron  agradarles.

El polichinela.

Sara Montiel interpretaba con su peculiar estilo la canción del Polichinela. El estribillo decía: “Cata-catapún, catapún pon candela/arsa pa’rriba polichinela./Cata-catapún, catapún, catapún/como los muñecos en el pin-pan-pun.”

Mientras nos dedicábamos a tirarle pelotazos al polichinela en la caseta de feria, descargando nuestro enfado contra él y azuzados por animadores inclementes, las termitas, fuera de los focos que iluminaban a la pobre marioneta, roían  las patas de la caseta.

Apagadas las luces y destrozado el muñeco, la caseta se nos viene abajo y  nuestra atención se dirige ahora  al daño silencioso que han provocado los  voraces insectos.

La siesta.

 

Van Gogh: La siesta

 

 

Al compás que recortan las chicharras

porciones de aire denso en los olivos,

despide el  suelo ardientes bocanadas

de melaza con plomo derretidos.

Fulge hiriente la cal en las fachadas

y el cielo,  que se enturbia  calinoso,

diluye los perfiles de la sierra

y confunde veredas y  caminos.

El tiempo se aletarga adormecido

en  horas en que el sol baja viscoso

a los montones rubios  de las eras.

Sobre el asfalto de la carretera,

oasis que la mano nunca alcanza,

un espejo sinuoso reverbera.

Avispas verdinegras merodean

por la cuba de cinc sobre el brocal.

En la burbuja en sombra de la casa,

tras la  vieja cortina de franela

que detiene la flama del corral,

unos niños desnudos juguetean.

Raya el aire el zumbido de un moscón,

que luego se posa

y cesa.

Da una media el reloj.

Espesa, lenta y sola.

La hora del sopor.

El tiempo de la siesta.