
El Blog de Juan Francisco Caro
Blog personal de Juan Francisco Caro Pilar, maestro y abogado.

El comienzo natural del año es septiembre. Se guarda la ropa veraniega y se empieza a buscar en los roperos y arcones la de abrigo. Un aire fresco, húmedo y fecundo sustituye a las calimas. Los agricultores inician campaña abriendo en labios receptivos las besanas para la siembra. Tambores de tormentas anuncian la retirada del calor y la llegada de los ábregos, fértiles aires cargados de humedad, para que las semillas germinen y las primeras lluvias vistan de verde las secas y polvorientas praderas. Si es dadivoso, volverá a correr por regajos y arroyos la fértil bendición del agua y brotarán hongos y setas, acné púber de la fecundidad, como ofrenda generosa de la tierra por el riego recibido. Fermentan en los lagares y bodegas los nuevos caldos. El año meteorológico también arranca con las mediciones de pluviosidad, que se cuentan de septiembre a agosto. Estrenan nuevo curso los estudiantes en los distintos niveles educativos. Si enero tiene su cuesta, no es menor la que se avecina en septiembre con el equipamiento escolar y el gasto hecho en vacaciones y fiestas patronales. Así pues, feliz año nuevo.
No creo todavía que hayas podido ser el verdugo de esas dos criaturas que eran tus hijos. No me lo creo porque es difícil comprender que una persona pueda llegar a tal grado de abyección. Apoyo mi leve esperanza en que aún no has sido juzgado ni condenado por un juez y aunque las evidencias de las puebas te van quedando sin coartada, queda un tenue rayo de luz. Pero si el juicio al que hasta los más depravados asesinos tienen derecho comprueba tu culpabilidad, me costará trabajo asimilar que las personas podemos ser capaces de tan horrendos crímenes. Si así fuera, cuando tenías a tus hijos inocentemente confiados en ti, ¿no tuviste ni un solo instante de remordimiento o pena por lo que ibas a hacerles? No podían imaginarse nada de lo que intentabas porque eran niños y se creían seguros con su padre. Se quitarían la vez para contarte cosas que habían hecho desde la última vez que los viste. Reirían mientras tú planeabas los detalles de su muerte traicionera y vil. Seguro que cuando pusiste tus manos sobre ellos estarían pensando que les ibas a hacer unas caricias o a darles algún abrazo y ni siquiera cuando empezaste a hacerles daño podían sospechar lo que tu satánica mente tramaba. Pensarían que se trataba de una broma. Seguramente ni instantes antes de sus muertes llegaron a creer que su padre, al que querían y en el que confiaban como el primer cobijo al que recurrir en caso de peligro, iba a matarles. Tú, su progenitor, su protector, en cuyos brazos se habrían entregado al sueño placentero en más de una ocasión, iba a hacerles el mayor daño que se le puede hacer a una persona: quitarles la vida. Si así fuera, eres un asesino en el más alto grado de ignominia y depravación. Ni la mayoría de los animales hacen eso con sus hijos; al contrario, llegado el caso, la ofrecen generosamente en su lugar. Los que somos de la especie humana a la que tú perteneces no podemos olvidar las miradas inocentes, luminosas y alegres de tus hijos, de Ruth y José, que tenían toda una vida por delante y que tú, a quién querían y en quien confiaban, les ha robado con fría saña. Si fue así, maldito seas por siempre. Pero se me hace casi imposible creer que lo hayas hecho y aún espero un milagro.



