Joven en romería.

 

 

 

 

Bella, esbelta, zalamera,

bordado pañuelo al cuello

pleno de vivos colores,

hermosa, fresca y rosada

al aire tibio  de mayo.

Brillantes ojos  azules

que llevan la mar consigo.

Joven fina y atractiva

con cuerpo  que fuera digno

de haber sido moldeado

por Afrodita y sus manos.

Entre trigos ondulados,

céfiro primaveral,

por veredas y caminos perdidos

me lleva Eros tras su estela de  vestal.

A unos ojos.

 

 

 

 

 

El aire se hace azul cuando ella  mira
y le roba a los cielos su hermosura.
Embrocado en la sima del abismo,
en claro  mar de perlas y zafiros,
me pierdo en  la belleza de su hondura.

Feliz año nuevo.


 

 

 

 

El comienzo natural del año es septiembre. Se guarda la ropa veraniega y se empieza a buscar en los roperos y arcones  la de abrigo.  Un aire fresco, húmedo y fecundo sustituye a las calimas.  Los agricultores inician  campaña abriendo en labios receptivos las besanas para la siembra. Tambores de tormentas anuncian la retirada del calor y la llegada de  los ábregos,  fértiles aires  cargados de humedad, para que las semillas germinen y las primeras lluvias vistan de verde las secas y polvorientas praderas. Si es dadivoso, volverá a correr por regajos y arroyos la fértil bendición del agua y brotarán  hongos y setas, acné púber de la fecundidad, como ofrenda generosa de la tierra por el riego recibido. Fermentan en los lagares y bodegas los nuevos caldos. El año meteorológico también arranca con las mediciones de pluviosidad, que se cuentan de septiembre a agosto. Estrenan  nuevo curso los estudiantes en los distintos niveles educativos. Si  enero tiene su cuesta, no es menor la que se avecina en septiembre con el equipamiento escolar y el gasto hecho en vacaciones y fiestas patronales. Así pues, feliz año nuevo.

Carta a Bretón.

 

 

 

 

No creo todavía que hayas podido ser el verdugo de esas dos criaturas que eran tus hijos. No me lo creo porque es difícil comprender que una persona pueda llegar a tal grado de abyección. Apoyo mi leve esperanza en que  aún no has sido juzgado ni condenado por un juez y aunque las evidencias de las puebas te van quedando sin coartada, queda un tenue rayo de luz. Pero si el juicio al que hasta los más depravados asesinos tienen derecho comprueba tu culpabilidad, me costará trabajo asimilar que las personas podemos ser capaces de tan horrendos crímenes. Si así fuera, cuando tenías a tus hijos  inocentemente confiados en ti,   ¿no tuviste ni  un solo instante de  remordimiento o pena por lo que ibas a hacerles? No podían imaginarse nada de lo que intentabas porque eran niños y se creían seguros con su padre. Se quitarían la vez para contarte cosas que habían hecho desde la última vez que los viste. Reirían mientras tú planeabas los detalles de  su muerte traicionera y vil. Seguro que cuando pusiste tus manos sobre ellos estarían pensando que les ibas a hacer unas caricias o a darles algún abrazo y ni siquiera cuando empezaste a hacerles daño podían sospechar lo que tu satánica mente tramaba. Pensarían que se trataba de una broma. Seguramente ni instantes antes de sus muertes llegaron a creer que su padre, al que querían y en el que confiaban como el primer cobijo al que recurrir en caso de peligro, iba a matarles. Tú, su progenitor, su protector, en cuyos brazos se habrían entregado al sueño placentero en más de una ocasión, iba a hacerles el mayor daño que se le puede hacer a una persona: quitarles la vida.  Si así fuera, eres  un asesino en el más alto grado de  ignominia y depravación. Ni la mayoría de los animales hacen eso con sus hijos; al contrario, llegado el caso, la ofrecen  generosamente en su lugar.  Los que somos de la especie humana  a la que tú  perteneces no podemos olvidar las miradas inocentes, luminosas y alegres de tus hijos,  de  Ruth y José, que tenían toda una vida por delante y que tú, a quién querían y en quien confiaban,  les ha robado con fría saña. Si fue así, maldito seas por siempre. Pero  se me hace casi imposible creer que lo hayas hecho y aún espero un milagro.

Finales de agosto.

 

 

Al final de agosto amarillea el sol en su puesta,   y su luz, que se hacía de oro en los montones de grano,  se va  gateando por los tejados y las tapias. El ejido ya no tiene el ajetreo laborioso que tuvo cuando las eras lo ocupaban. Los agricultores lanzaban a la marea  gallega las palas  de cereal para  su limpia, mientras los niños jugábamos al esconder entre los haces

Los rastrojos quedan ahora desdentados, ralos, casi a  la altura parda de la encía grieteada. Las cosechadoras y empacadoras aprovechan  al máximo el corte.  Poco queda para el  agostadero y los rebaños de ovejas van de un sitio a otro levantando nubes de polvo a su paso  por  este erial en que se han convertido los campos. La tórtola africana que rasgaba el aire con su raudo y sinuoso  vuelo ya no sestea en el encinar y en la alameda. Casi ha desaparecido de estos lares.   Están tristes los campos en este epílogo veraniego. Las hojas de la encina y el olivo pardean polvorientas y  mustias.  Las escasas pozas que aguantaban el estío son este  año  bocas resecas y angustiosas a la espera del agua de otoño.

 

 

Tópicos del tiempo.

 

Los días son  ya más cortos
y por las noches  refresca.
Ya se sabe que en agosto,
frío en rostro
Pero no creas, que otros años
duró hasta octubre el calor,
y  septiembre  seca fuentes
o se lleva muchos  puentes.
¡El tiempo se ha vuelto loco!
Pero  no se lo come el lobo.
Cuentan los viejos que un año
no llovió hasta navidad.
 En enero, qué  pelonas
cuando crujen las pisadas
camino del olivar.
No son malas las invierno
que  enraízan a las plantas,
las malas son las tardías
cuando grana el cereal
y los brotes están tiernos.
Mucha agua va siendo ya,
que aquí los años lluviosos
nunca dan buenas senaras.
En invierno todo es noche
y las nieblas de la Pura
bastan para  la humedad
que las siembras necesitan.
Lo malo son los  solanos
que llegan en primavera
y arrebatan las espigas
cuando el campo ya está en flor.
El solano, agua en la mano
pero no en verano.
Aquí en verano,  el gallego
que  refresca y no reseca.
Ni buen prao ni buen centeno
si no llueve por febrero.
Yerbera  el agua en marzo
y en abril,  las aguas mil,
pero cien años viví
y uno bueno conocí.
Estas lluvias de san Juan
quitan vino y no dan pan.
Poco me gusta esa nube,
que donde le dé en caer…
Dios nos libre del granizo
como están las sementeras.
Parece que hay revolá
y el aire se fue hacia abajo.
Esa no  puede fallar:
mañana tierra mojá.

Mi cartera.

En mi cartera de cuero

transportaba la pizarra

y el trapito de borrar,

un lapicero con goma

y lápices de colores

con un cuaderno de rayas

 para hacer la letra clara

de la muestra principal.

La enciclopedia de Álvarez,

restos de tardes de sol

y algunos días de lluvia,

el recuerdo del maestro

y de muchos compañeros.

Hoy me la he vuelto a encontrar

en un rincón del doblado

con el broche de cerrar

y  dos hebillas al lado.

 

¡Bah!

 

 

 

¿Feliz?

A ratos.

Haciendo recuento,

plenamente dichosos, pocos.

Leves fulgores,

algún  efímero destello.

¿Placidez duradera?

Más ficción y quimera

que objetiva permanencia.

A  solas, cuando  faltan  los afeites y caretas,

aflora un desabrido sabor.

La pena acecha

cuando más tranquilo  es el trayecto.

En cada recodo hay una zarpa escondida en la maleza.

Espejismos que parecen dichas

y sólo  son muecas pasajeras.

Despacio, amigo.

Lento el paso,

¿para qué llegar tan pronto

de dónde no has de volver luego?

El camino es bello,

placentero a los sentidos

si reparas en pequeños destalles

que ignoramos

en cualquier otro momento:

macetas en las rejas,

el musgo verdinegro en las umbrías,

la lagartija al sol,

el vuelo del águila en el cielo,

margaritas en el  prado,

las caprichosas formas de las piedras,

el riachuelo.

Y el silencio.

¿Para qué llegar tan pronto

si la vida es el trayecto

y cuando en verdad llegas

ya estás  muerto?

Don Antonio.

 

 

 

 

 

 

 

Continúa la fuente de Machado

sonando mientras cae

cansinamente el agua

en  mármol blanco  de jardín sombrío.

Los chopos polvorientos

siguen rizando el aire de la tarde

al borde del camino.

Algunos solitarios paseantes,

clavadas en  el corazón  espinas,

ven cómo se enturbian  sus curvas

en la difusa luz de los crepúsculos.

Vuelven cigüeñas a los campanarios

con cada nueva primavera

haciendo garabatos en el aire,

y en la plazuela cantan

los niños canciones de siempre.

Cuando ignoramos a dónde llegará el camino

consuela saber que otras mentes de profundo discurrir

marcharon por el mismo recorrido,

haciéndose preguntas

que aún nadie ha respondido.