Testamento de agravios.

 

Soledad Hernández dejó encargada la publicación de su propia esquela. Se quejaba en ella del abandono de los familiares cuando más los necesitaba. Anteponía a la queja el perdón para  todos ellos. Para qué dejar cuentas  pendientes si ya no hay posibilidades de  saldarlas.   Este testamento de afectos es buena idea para los que se encuentran al final de sus días en la misma situación de olvido y abandono. Si la costumbre se extiende   podría  leerse durante el funeral. Así las penas de los dolientes quedarían matizadas y al descubierto la hipocresía que se esconde detrás de caras compungidas  y de las gafas oscuras. Las esquelas tradicionales  la redactan los supervivientes  sin posibilidad de réplica del finado, que algo tendrá que decir de tanto desconsuelo y aflicción.

Esta situación de desamparo no afecta a quienes poseen un gran caudal hereditario que espera reparto,  pues no faltarán los interesados que teman un cambio en sus últimas voluntades si abandonan la asistencia y el cuidado.

Tampoco afecta a los que reciben el calor y el apoyo de los suyos hasta el último momento porque  así lo aprendieron de la tradición familiar y así se lo exige su conciencia. 

Lo de Soledad es una bofetada sin manos. Eso sí, con perdón incluido, como el IVA.

Viejo.

Este hombre de arrugada y seca tez

tuvo su  ayer de fuerza y vigor,

febril vida y fogosa pasión.

Ardoroso,  donjuán  y  jaranero,

de músculos  tensados y valiente.

Bregado en el trabajo,

curtido al horno de los soles

y encallado   al frío de las heladas.

No pudieron con él los temporales

ni doblaron su afán las inclemencias

cuando el potro bizarro de la vida

campaba alegremente en las praderas.

Hoy, viejo, narra sus recuerdos,

torrentes de azarosa  juventud,

frenados  en el valle de la edad

donde reposan remansados

en el tramo final del recorrido.

Sus huesudas y violáceas  manos

descansan en la curva del cayado

y tiemblan cuando las separa

para  unir verbo y ademán.

De improviso calla

y deja su mirada anclada

con un  poso impreciso de tristeza.

Se cala el sombrero

y con paso indeciso

se va calle abajo, a solas consigo,

reviviendo el pasado en su cabeza.

 

Recuerdos de Badajoz.

El primer año de carrera, allá por septiembre del 69, me hospedé en la Residencia Fátima. Estaba detrás de la antigua  central lechera, con cuyo ronroneo nos dormíamos todas las noches,  cerca del viejo campo del Vivero. Por una calleja se accedía  a la carretera de Portugal, que estaba a unos cien metros. Esta Residencia  estaba regentada por una congregación  religiosa llamada “Cruzados de Santa María o “Milicias de Santa María” fundada por el P. Morales y dirigida durante mucho tiempo por Abelardo de Armas. Era una congregación de laicos y tenía su sede principal en la provincia de Badajoz en el colegio Santa Ana de Almendralejo, donde estaba Laureano Yubero como director.

Por Fátima pasaron como capellanes don Santiago Moreno Porqueras, el padre Barthe, holandés, y don Julio Fernández Nieva.

Preparaba entonces don Julio su tesis doctoral y nos producía  admiración a nosotros, principiantes en la carrera y más dados a deambular por Badajoz que al estudio, el tiempo  que pasaba en su cuarto con la única compañía del tabaco.

A la Escuela Normal íbamos andando la mayoría de los días, salvo lluvia intensa en que cogíamos el autobús. Pasábamos por el bar Azcona, famoso por los chipirones en su tinta y enfilábamos el puente Nuevo hasta la avenida de santa Marina cruce con Colón, frente a las Josefinas.

Los días que no había clase solíamos pasarlo en  lugares  cercanos. El bar La Toja,  regentado por un gallego, era uno de los sitios más habituales para nuestras libaciones . Una noche que boxeaba Urtain decidimos ir a ver el combate por televisión a una tasca que había bajando por la izquierda del Pipos, sala de fiestas con luces insinuantes que nosotros mirábamos con morbo y con la imaginación a tope y  que por nuestro presupuesto y timidez esquivábamos. En el barrio abundaban los contrabandistas de café. Cuando llegamos los tres compañeros a las diez de la noche en pleno invierno y con unas gabardinas blancas cruzadas, que estaban de moda por entonces, a lo Colombo, la sorpresa y la  desconfianza de los asiduos fue mayúscula. Pensaban  que éramos de la policía. Se produjo un penetrante y denso silencio con miradas cómplices entre ellos hasta que transcurrió una media hora y sentados con una botella de vino blanco por delante, el ambiente fue haciéndose más distendido, previa aclaración de nuestra procedencia e intenciones.

Otoño extremeño.

 

 

 

 

 

 

 

Estas primeras lluvias otoñales
suavizan la textura de la tierra
pues las nubes trajeron de la sierra
verde frescor a secos pastizales.
Mi mirada a través de los cristales
busca la luz que algún nublado cierra
al mismo tiempo que mi mente yerra
por pensamientos hueros y banales.
Plácido otoño en mi tierra extremeña:
gotas de rocío en las sementeras,
bellas dehesas de ganado y leña,
caza y setas por valles y praderas
y este sol de la tarde que me enseña
los matices del oro en las choperas.

Preludio de lluvia.

Pasan  veloces las nubes delante de la luna. Vienen cuarteadas, enladrilladas, como borregos de un rebaño que huyen  del lobo. Si las miras mucho rato parece que es la luna la que anda en dirección contraria detrás de ellas. Aparece y desaparece como jugando al escondite. Cuando se asoma por los claros extiende  su brillo de alpaca sobre los tejados.
Mañana me despertarán  las canales al amanecer y los borreguitos del cielo se habrán convertido en carneros acuosos.Ya lo dice el refrán: “borreguitos en el cielo, carneros en el suelo”.  Para entonces la luna ya estará a cobijo y por las crestas de la sierra se arrastrarán los  flecos y jirones de un denso vestido  gris empujado por  vientos ábregos cargados de humedad.

La muerte.

 

 

 

 

 

Tu familia velará tus agitados sueños
en largas noches de agonía
previendo el fin  cercano.
Ella no faltará a la cita;
llegará sigilosa, como niebla,
al lado de tu lecho.
Te envolverá en  un angustioso abrazo,
lleno de temblores fríos
hasta dejar tu cuerpo inerte
con el último suspiro.
Seguirá impasible su camino
dejando luto y llanto entre los vivos
y una campana al viento
te abrirá paso por la senda del olvido

Marcha triunfal.

 

 

 

 

 

El órdago se ha transformado en un tsunami independentista. Vistos los efectos, a los que lo lanzaron o se aprovecharon de él,  no les queda otra opción que correr hacia adelante so pena de ser arrastrados por su ímpetu.
Está comprobado que pueden más consignas repetidas que raciocinio sereno para tapar ineficiencias y distraer atenciones. En estas circunstancias una convocatoria electoral es lo más parecido a un plebiscito. Y con esta carga emotiva, a un plebiscito sobre sentimientos.
Votar con las emociones a flor de piel es la mejor forma de lamentarlo después. Otro problema es que alguien se crea ungido por la historia y por la  aclamación popular para llevar a sus conciudadanos,  cautiva la bandera enemiga, a la gloria de la independencia en un desfile triunfal de paladines.

Condena.

Donde está la  sospecha lo devora

y abandona el lugar con la esperanza

de encontrar otro sitio sin tardanza

que le ofrezca una  estancia  acogedora.

Tampoco allí se encuentra bien ahora

y transcurren los días sin bonanza

entre angustia recelo, y asechanza

que rondan por su mente a cada hora.

Fantasmas que aparecen en su vida

y lo hacen divagar de pena en pena

sin lograr encontrar  otra  salida

que lo libre de lastre y de cadena

y  alivie la existencia dolorida

de sufrir, sin saber, una condena.

Belleza efímera.

 

 

 

 

Tu risa, la flor, la noche, la luna, tu voz.
La brisa, la nube, la lluvia, el iris,  la luz.
La fuente, el río, la corriente
y el paso adelante de la juventud.
El vino, la copla, el amor,
licores, comida, mantel,
amantes radiantes de vida y  salud.
O tú, tan tierna,  tan dulce, tan bella.
Frondosa alameda, vergel.
Apresa, poema, el momento,
eterniza ese goce fugaz,
sólo queda, pasada la hora,
la palabra plasmada en papel.

Sé tú.

 

 

 

 

Ningún gurú me indicará el camino
que tengo que seguir en esta vida,
pues no soy perro de ningún  pastor
ni acostumbro a seguir ninguna esquila.
Más que grupos me gustan las personas
que muestran su sentir de forma clara.
Prefiero el individuo que razona
y me habla sin ambages cara a cara.
No quiero números que forman masa
ni ovejas que componen un rebaño
siguiendo el parecer de quien lo manda.
Quiero ser yo, aunque así me venga el daño.