Reto.
Está crecido el señor Artur Mas. Y creído. Después de que su formación política, que es un federación de dos partidos, sacase lustre a la ambigüedad durante legislaturas hasta el extremo de hacerla programa y credo, enarbola ahora la bandera de barras estrellada convertido en adalid del independentismo desde que divisó en lontananza la polvareda que las huestes separatistas levantaban en su creciente e imparable avance. Puesto al frente de la avalancha ya no valen las fintas, amagos, regates y faroles a los que tan acostumbrados nos tenía su formación. O corre delante o lo arrollan.
Si los vientos soplan favorables, los adictos a las causas emergen por doquier. Cuando el general Sanjurjo protagonizó el 10 de agosto de 1932 la fracasada “sanjurjada” en Sevilla un periodista le preguntó:
-¿Con qué apoyos contaba?
-Si hubiese ganado, con el suyo- le respondió el general.
Ante las ostensibles manifestaciones de la Diada y del Camp Nou y a la vista del resultado de las elecciones en el País Vasco, el señor Mas ha engallado el tipo con pose retadora de banderillero dispuesto a dejar en el envite las banderillas negras en lo alto del toro de Osborne. Otra cosa es que la brava y noble silueta metálica se deje.
La frontera de la luz.
Comenzó a dejar estelas con sus pies
en un cansado deambular sin rumbo.
Confundía de los ruidos los orígenes
y a sus ojos se velaron las distancias
con un vallado de sombras y silencio.
Rodeado de temores y de miedos
rumiaba a solas su soledad presente.
Hacia atrás, sólo la imagen del pasado,
visible en el fondo virtual de los espejos
mitigaba el declinar de su existencia.
Un día de tantos cruzó la línea
divisoria de las cosas trascendentes,
a solas, para enfrentarse a los misterios.
Ya verá, si existe, el brillo de la Luz.
Si no, todo terminó en el cementerio.
El cóctel está servido.
Ya no hace falta tirar al monte los caudales con vicios de naipes, devaneos y francachelas, ni que un hijo tarambana o una esposa o esposo casquivanos dejen el fondo de la bolsa al alcance de los dedos de la mano. Para dilapidar nuestros dineros bastan los gobiernos, banqueros y un selecto grupo de pícaros encorbatados con refinadas técnicas de carteristas avezados. Inflación por aquí, subidas de impuestos por allá, bajadas de sueldos por detrás, comisiones por acullá y ladrones por doquier. El cóctel de la ruina está completo. Un poco de tiempo y un meneo a lo Chicote para que los incautos ciudadanos bebamos a la fuerza la ambrosía de los desaguisados. Nos quedan a la intemperie con los muebles en la calle y el culo al aire serrano.
La esquina.
(Para Diego Algaba Mansilla)
La esquina tiene dos caras
que se ignoran entre sí.
Si una es solana hacia el sur,
la otra mira hacia el poniente
o hacia donde sale el sol.
Igual pasa con la umbría:
a la derecha el oriente
y a la izquierda el occidente.
Sólo la arista común
sabe quien viene y quien va
por cada lado a la vez.
Verdeo.
Ahora se verdea poco. Se deja casi toda la aceituna para aceite. Antes salían las cuadrillas de aceituneros montados en los remolques a primeras horas de la mañana. Hasta los estudiantes aprovechaban para sacar un dinero en estos días. Las “casas grandes” absorbían una gran cantidad de mano de obra. Tanta era la demanda que algunos propietarios iban a Valverde a buscar personal. Por las noches los bares mostraban a primera hora un gran ambiente, pues los contratos se apalabraban allí. Había dos o tres puestos que compraban la aceituna y al atardecer se formaban colas para pesarla y entregarla. Hasta los olivos han cambiado de aspecto. Les hacen una poda que los desmocha y extiende las ramas hacia los lados. Parecen mitad frailes tonsurados, mitad locos exaltados con los brazos extendidos. Además el terreno se rula y se dejan las calles de los olivares llanas como pistas. Esto facilita la recogida de la aceituna del aceite y preserva la humedad. Ignoro si a largo plazo tendrán algunos inconvenientes estas formas de poda y laboreo. Doctores tiene el campo.
Descanse en paz.
Esta frase rutinaria que repetimos cada vez que alguien muere y que transmite el deseo de paz y descanso para los difuntos contiene una vana pretensión. Cuando uno muere no descansa porque le falta al descanso una cualidad fundamental: el gozo de saberse descansando. El muerto no puede darse media vuelta en la seminconsciencia de la duermevela para cambiar de posición ni chasquear la lengua en mitad del sueño. Le falta al descanso eterno despertar para percibir el beneficio de tan reconfortante reposo. No hay descanso, como tampoco hay cansancio ya que falta el movimiento y las herramientas de la brega quedaron arrinconadas para siempre. Lo que hay es un retorno al punto de salida, que es la nada y de la nada no hay conciencia ni recuerdo.
Amigo de la infancia.
Aquel amigo de la infancia, ágil, vivaz, y travieso que recorría conmigo los solitarios caminos de los campos y gateaba a las moreras a coger hojas verdes para los gusanos de seda, que aguantaba jugando al fútbol en las largas tardes de verano hasta que no se veía el balón, que se bañaba en el río buscando en las covachas los peces escurridizos… ¿Cómo ha cambiado tanto? Apenas lo reconozco.
¿Y yo, cómo estaré a sus ojos? ¿Seré también para él una persona diferente?
¿Qué queda de nosotros debajo de las escamas del tiempo?
Muy dentro debe haber un núcleo que guarde lo permanente, aunque, como dijo Neruda, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. Nos transformamos lenta, pero irremediablemente y cuando dos personas se ven después de muchos años ya son otros. Sólo los recuerdos, limadas las aristas con azúcar, conservan posos de lo que fuimos.
¡En una persona, cuántos personajes!
Cartas violadas.











