Ahora se verdea poco. Se deja casi toda la aceituna para aceite. Antes salían las cuadrillas de aceituneros montados en los remolques a primeras horas de la mañana. Hasta los estudiantes aprovechaban para sacar un dinero en estos días. Las “casas grandes” absorbían una gran cantidad de mano de obra. Tanta era la demanda que algunos propietarios iban a Valverde a buscar personal. Por las noches los bares mostraban a primera hora un gran ambiente, pues los contratos se apalabraban allí. Había dos o tres puestos que compraban la aceituna y al atardecer se formaban colas para pesarla y entregarla. Hasta los olivos han cambiado de aspecto. Les hacen una poda que los desmocha y extiende las ramas hacia los lados. Parecen mitad frailes tonsurados, mitad locos exaltados con los brazos extendidos. Además el terreno se rula y se dejan las calles de los olivares llanas como pistas. Esto facilita la recogida de la aceituna del aceite y preserva la humedad. Ignoro si a largo plazo tendrán algunos inconvenientes estas formas de poda y laboreo. Doctores tiene el campo.
Esta frase rutinaria que repetimos cada vez que alguien muere y que transmite el deseo de paz y descanso para los difuntos contiene una vana pretensión. Cuando uno muere no descansa porque le falta al descanso una cualidad fundamental: el gozo de saberse descansando. El muerto no puede darse media vuelta en la seminconsciencia de la duermevela para cambiar de posición ni chasquear la lengua en mitad del sueño. Le falta al descanso eterno despertar para percibir el beneficio de tan reconfortante reposo. No hay descanso, como tampoco hay cansancio ya que falta el movimiento y las herramientas de la brega quedaron arrinconadas para siempre. Lo que hay es un retorno al punto de salida, que es la nada y de la nada no hay conciencia ni recuerdo.
Aquel amigo de la infancia, ágil, vivaz, y travieso que recorría conmigo los solitarios caminos de los campos y gateaba a las moreras a coger hojas verdes para los gusanos de seda, que aguantaba jugando al fútbol en las largas tardes de verano hasta que no se veía el balón, que se bañaba en el río buscando en las covachas los peces escurridizos… ¿Cómo ha cambiado tanto? Apenas lo reconozco.
¿Y yo, cómo estaré a sus ojos? ¿Seré también para él una persona diferente?
¿Qué queda de nosotros debajo de las escamas del tiempo?
Muy dentro debe haber un núcleo que guarde lo permanente, aunque, como dijo Neruda, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. Nos transformamos lenta, pero irremediablemente y cuando dos personas se ven después de muchos años ya son otros. Sólo los recuerdos, limadas las aristas con azúcar, conservan posos de lo que fuimos.
En el Seminario la correspondencia estaba intervenida. Los alumnos escribíamos las cartas y las entregábamos abiertas. Cuando nos escribían de fuera nos las daban abiertas también.
Bajaba el prefecto al recreo de la tarde con las cartas en las manos, generalmente cruzadas detrás. Intentábamos mirar de quiénes eran, pero sólo lográbamos ver algunas veces la que estaba en la parte exterior y enseguida buscábamos al destinatario para darle la noticia. Los que esperábamos correspondencia merodeábamos alrededor del superior a que las repartiera, cosa que hacía con una parsimonia desesperante.
Especial cuidado había que tener con las cartas que se salían del estricto círculo familiar. Las analizaban con lupa. Había que valerse de algún medio, como las visitas que esporádicamente recibíamos, para evitar la inspección. Así que el artículo 13 del entonces vigente Fuero de los Españoles que garantizaba la inviolabilidad de la correspondencia no regía intramuros.
Del Seminario, en la cañada de Sancha Brava, sólo salíamos en formación de terna y con sotana, beca y birrete. Si se necesitaba algo de lo que no se dispusiese en el pequeño comercio de comunidad se le encargaba a Manolo el recadero, un señor que iba todos los días al centro de Badajoz para este menester.
Soledad Hernández dejó encargada la publicación de su propia esquela. Se quejaba en ella del abandono de los familiares cuando más los necesitaba. Anteponía a la queja el perdón para todos ellos. Para qué dejar cuentas pendientes si ya no hay posibilidades de saldarlas. Este testamento de afectos es buena idea para los que se encuentran al final de sus días en la misma situación de olvido y abandono. Si la costumbre se extiende podría leerse durante el funeral. Así las penas de los dolientes quedarían matizadas y al descubierto la hipocresía que se esconde detrás de caras compungidas y de las gafas oscuras. Las esquelas tradicionales la redactan los supervivientes sin posibilidad de réplica del finado, que algo tendrá que decir de tanto desconsuelo y aflicción.
Esta situación de desamparo no afecta a quienes poseen un gran caudal hereditario que espera reparto, pues no faltarán los interesados que teman un cambio en sus últimas voluntades si abandonan la asistencia y el cuidado.
Tampoco afecta a los que reciben el calor y el apoyo de los suyos hasta el último momento porque así lo aprendieron de la tradición familiar y así se lo exige su conciencia.
Lo de Soledad es una bofetada sin manos. Eso sí, con perdón incluido, como el IVA.
El primer año de carrera, allá por septiembre del 69, me hospedé en la Residencia Fátima. Estaba detrás de la antigua central lechera, con cuyo ronroneo nos dormíamos todas las noches, cerca del viejo campo del Vivero. Por una calleja se accedía a la carretera de Portugal, que estaba a unos cien metros. Esta Residencia estaba regentada por una congregación religiosa llamada “Cruzados de Santa María o “Milicias de Santa María” fundada por el P. Morales y dirigida durante mucho tiempo por Abelardo de Armas. Era una congregación de laicos y tenía su sede principal en la provincia de Badajoz en el colegio Santa Ana de Almendralejo, donde estaba Laureano Yubero como director.
Por Fátima pasaron como capellanes don Santiago Moreno Porqueras, el padre Barthe, holandés, y don Julio Fernández Nieva.
Preparaba entonces don Julio su tesis doctoral y nos producía admiración a nosotros, principiantes en la carrera y más dados a deambular por Badajoz que al estudio, el tiempo que pasaba en su cuarto con la única compañía del tabaco.
A la Escuela Normal íbamos andando la mayoría de los días, salvo lluvia intensa en que cogíamos el autobús. Pasábamos por el bar Azcona, famoso por los chipirones en su tinta y enfilábamos el puente Nuevo hasta la avenida de santa Marina cruce con Colón, frente a las Josefinas.
Los días que no había clase solíamos pasarlo en lugares cercanos. El bar La Toja, regentado por un gallego, era uno de los sitios más habituales para nuestras libaciones . Una noche que boxeaba Urtain decidimos ir a ver el combate por televisión a una tasca que había bajando por la izquierda del Pipos, sala de fiestas con luces insinuantes que nosotros mirábamos con morbo y con la imaginación a tope y que por nuestro presupuesto y timidez esquivábamos. En el barrio abundaban los contrabandistas de café. Cuando llegamos los tres compañeros a las diez de la noche en pleno invierno y con unas gabardinas blancas cruzadas, que estaban de moda por entonces, a lo Colombo, la sorpresa y la desconfianza de los asiduos fue mayúscula. Pensaban que éramos de la policía. Se produjo un penetrante y denso silencio con miradas cómplices entre ellos hasta que transcurrió una media hora y sentados con una botella de vino blanco por delante, el ambiente fue haciéndose más distendido, previa aclaración de nuestra procedencia e intenciones.
Estas primeras lluvias otoñales
suavizan la textura de la tierra
pues las nubes trajeron de la sierra
verde frescor a secos pastizales.
Mi mirada a través de los cristales
busca la luz que algún nublado cierra
al mismo tiempo que mi mente yerra
por pensamientos hueros y banales.
Plácido otoño en mi tierra extremeña:
gotas de rocío en las sementeras,
bellas dehesas de ganado y leña,
caza y setas por valles y praderas
y este sol de la tarde que me enseña
los matices del oro en las choperas.