La esquina.

(Para Diego Algaba Mansilla)

La esquina tiene dos caras

que se ignoran entre sí.

Si una es solana hacia el sur,

la otra mira hacia el poniente

o hacia donde sale el sol.

Igual pasa con la umbría:

a la derecha el oriente

y a la izquierda el occidente.

Sólo la arista común

sabe quien viene y quien va

por cada lado a la vez.

 

Verdeo.

Ahora se verdea poco. Se deja casi toda la aceituna para aceite. Antes salían las cuadrillas de aceituneros montados  en los remolques a primeras horas de la mañana. Hasta los estudiantes aprovechaban para sacar un dinero en estos días. Las “casas grandes” absorbían una gran cantidad de mano de obra. Tanta era la demanda que  algunos propietarios iban a Valverde a buscar personal. Por las noches los bares mostraban a primera hora un gran ambiente, pues los contratos se apalabraban  allí. Había dos o tres puestos que compraban la aceituna y al atardecer se formaban colas para pesarla y entregarla.  Hasta los olivos han cambiado de aspecto. Les hacen una poda que los  desmocha y extiende las ramas hacia los lados.  Parecen mitad frailes tonsurados, mitad locos  exaltados con los brazos extendidos.  Además el terreno se  rula y se dejan las calles de los olivares llanas como  pistas. Esto facilita la recogida de la aceituna del aceite y preserva la humedad.  Ignoro si a largo plazo tendrán algunos inconvenientes estas formas de  poda y laboreo. Doctores tiene el campo.

Descanse en paz.

Esta frase rutinaria que repetimos cada vez que alguien muere y que transmite  el deseo de paz y descanso para los difuntos contiene una vana pretensión. Cuando uno  muere no  descansa porque  le falta al descanso una cualidad fundamental: el gozo de saberse descansando. El muerto no puede darse media vuelta en la  seminconsciencia de la duermevela  para cambiar de posición ni chasquear la lengua en mitad del sueño. Le falta al descanso eterno despertar para percibir el beneficio de tan reconfortante reposo. No hay descanso, como tampoco hay cansancio ya que falta el movimiento y las herramientas de la brega quedaron arrinconadas para siempre. Lo que hay es un retorno al punto de salida, que es la nada y de la nada no hay conciencia ni recuerdo.

Amigo de la infancia.

Aquel amigo de la infancia, ágil, vivaz, y travieso que recorría conmigo los solitarios  caminos de los campos y gateaba  a las moreras a coger  hojas verdes para los gusanos de seda, que aguantaba jugando al fútbol en las largas tardes de verano hasta que no se veía el balón, que se bañaba en el río buscando en las covachas los peces escurridizos… ¿Cómo ha cambiado tanto?  Apenas lo reconozco.

¿Y yo, cómo estaré a sus ojos? ¿Seré también para él una persona diferente?

¿Qué queda de nosotros debajo de las escamas del tiempo?

Muy dentro debe haber un núcleo  que guarde lo permanente, aunque, como dijo Neruda, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. Nos transformamos lenta, pero irremediablemente y cuando dos personas se ven después de muchos años ya son otros. Sólo los recuerdos, limadas las aristas  con azúcar, conservan   posos de lo  que fuimos.

¡En una persona, cuántos personajes!

Cartas violadas.

 

 

 

 

 

En el Seminario la correspondencia estaba intervenida. Los alumnos escribíamos las cartas y las entregábamos abiertas. Cuando nos escribían de fuera nos las daban abiertas también.

Bajaba el prefecto al recreo de la tarde con las cartas en las manos, generalmente cruzadas detrás. Intentábamos mirar de quiénes eran, pero sólo lográbamos ver algunas veces  la que estaba en la parte exterior y enseguida buscábamos al destinatario para darle la noticia. Los que esperábamos correspondencia merodeábamos alrededor del superior  a que las repartiera, cosa que hacía con una parsimonia desesperante.

Especial cuidado había que tener con las cartas que se salían  del estricto círculo familiar. Las analizaban con lupa. Había que  valerse de algún medio, como las visitas que esporádicamente recibíamos, para evitar la inspección. Así que el artículo 13 del entonces  vigente Fuero de los Españoles que garantizaba la inviolabilidad de la correspondencia no regía intramuros.

Del Seminario, en la cañada de Sancha Brava,  sólo salíamos en formación de terna y con sotana, beca  y birrete. Si se necesitaba algo de lo que no se dispusiese en el pequeño comercio de comunidad se le encargaba a Manolo el recadero, un señor que iba todos los días al centro de Badajoz para este menester.

Farolillos.

Le  dijo adiós una mañana.

Se fue envuelta en las sábanas del alba,

tan niña y tan mujer.

No ha vuelto a verla más,

tampoco la olvidó. 

Si la viera ahora no sabría decir si es ella,

la recuerda como era,

tan bella, tan tierna, cándida flor, 

su mirada en los  farolillos de la feria.

Aquel beso que no  dio y que siempre añora. 

Ahora  ya no brillan los luceros

porque han puesto lonas a los cielos,

pero entonces,  el fresco de la madrugada los mecía

en la cuna del aire  al son de Alfonsina y el mar.

El último día  parecían  tristes.

Sonaba todo a despedida.

Tan larga es la ausencia que anda el olvido

queriendo borrarla,

pero vuelve cada dieciséis el cometa de su estela

a enredarse en los acordes de la plaza.

Testamento de agravios.

 

Soledad Hernández dejó encargada la publicación de su propia esquela. Se quejaba en ella del abandono de los familiares cuando más los necesitaba. Anteponía a la queja el perdón para  todos ellos. Para qué dejar cuentas  pendientes si ya no hay posibilidades de  saldarlas.   Este testamento de afectos es buena idea para los que se encuentran al final de sus días en la misma situación de olvido y abandono. Si la costumbre se extiende   podría  leerse durante el funeral. Así las penas de los dolientes quedarían matizadas y al descubierto la hipocresía que se esconde detrás de caras compungidas  y de las gafas oscuras. Las esquelas tradicionales  la redactan los supervivientes  sin posibilidad de réplica del finado, que algo tendrá que decir de tanto desconsuelo y aflicción.

Esta situación de desamparo no afecta a quienes poseen un gran caudal hereditario que espera reparto,  pues no faltarán los interesados que teman un cambio en sus últimas voluntades si abandonan la asistencia y el cuidado.

Tampoco afecta a los que reciben el calor y el apoyo de los suyos hasta el último momento porque  así lo aprendieron de la tradición familiar y así se lo exige su conciencia. 

Lo de Soledad es una bofetada sin manos. Eso sí, con perdón incluido, como el IVA.

Viejo.

Este hombre de arrugada y seca tez

tuvo su  ayer de fuerza y vigor,

febril vida y fogosa pasión.

Ardoroso,  donjuán  y  jaranero,

de músculos  tensados y valiente.

Bregado en el trabajo,

curtido al horno de los soles

y encallado   al frío de las heladas.

No pudieron con él los temporales

ni doblaron su afán las inclemencias

cuando el potro bizarro de la vida

campaba alegremente en las praderas.

Hoy, viejo, narra sus recuerdos,

torrentes de azarosa  juventud,

frenados  en el valle de la edad

donde reposan remansados

en el tramo final del recorrido.

Sus huesudas y violáceas  manos

descansan en la curva del cayado

y tiemblan cuando las separa

para  unir verbo y ademán.

De improviso calla

y deja su mirada anclada

con un  poso impreciso de tristeza.

Se cala el sombrero

y con paso indeciso

se va calle abajo, a solas consigo,

reviviendo el pasado en su cabeza.

 

Recuerdos de Badajoz.

El primer año de carrera, allá por septiembre del 69, me hospedé en la Residencia Fátima. Estaba detrás de la antigua  central lechera, con cuyo ronroneo nos dormíamos todas las noches,  cerca del viejo campo del Vivero. Por una calleja se accedía  a la carretera de Portugal, que estaba a unos cien metros. Esta Residencia  estaba regentada por una congregación  religiosa llamada “Cruzados de Santa María o “Milicias de Santa María” fundada por el P. Morales y dirigida durante mucho tiempo por Abelardo de Armas. Era una congregación de laicos y tenía su sede principal en la provincia de Badajoz en el colegio Santa Ana de Almendralejo, donde estaba Laureano Yubero como director.

Por Fátima pasaron como capellanes don Santiago Moreno Porqueras, el padre Barthe, holandés, y don Julio Fernández Nieva.

Preparaba entonces don Julio su tesis doctoral y nos producía  admiración a nosotros, principiantes en la carrera y más dados a deambular por Badajoz que al estudio, el tiempo  que pasaba en su cuarto con la única compañía del tabaco.

A la Escuela Normal íbamos andando la mayoría de los días, salvo lluvia intensa en que cogíamos el autobús. Pasábamos por el bar Azcona, famoso por los chipirones en su tinta y enfilábamos el puente Nuevo hasta la avenida de santa Marina cruce con Colón, frente a las Josefinas.

Los días que no había clase solíamos pasarlo en  lugares  cercanos. El bar La Toja,  regentado por un gallego, era uno de los sitios más habituales para nuestras libaciones . Una noche que boxeaba Urtain decidimos ir a ver el combate por televisión a una tasca que había bajando por la izquierda del Pipos, sala de fiestas con luces insinuantes que nosotros mirábamos con morbo y con la imaginación a tope y  que por nuestro presupuesto y timidez esquivábamos. En el barrio abundaban los contrabandistas de café. Cuando llegamos los tres compañeros a las diez de la noche en pleno invierno y con unas gabardinas blancas cruzadas, que estaban de moda por entonces, a lo Colombo, la sorpresa y la  desconfianza de los asiduos fue mayúscula. Pensaban  que éramos de la policía. Se produjo un penetrante y denso silencio con miradas cómplices entre ellos hasta que transcurrió una media hora y sentados con una botella de vino blanco por delante, el ambiente fue haciéndose más distendido, previa aclaración de nuestra procedencia e intenciones.

Otoño extremeño.

 

 

 

 

 

 

 

Estas primeras lluvias otoñales
suavizan la textura de la tierra
pues las nubes trajeron de la sierra
verde frescor a secos pastizales.
Mi mirada a través de los cristales
busca la luz que algún nublado cierra
al mismo tiempo que mi mente yerra
por pensamientos hueros y banales.
Plácido otoño en mi tierra extremeña:
gotas de rocío en las sementeras,
bellas dehesas de ganado y leña,
caza y setas por valles y praderas
y este sol de la tarde que me enseña
los matices del oro en las choperas.