Políticos desprestigiados.
(Carta publicada en el periódico HOY el 12 de noviembre de 2012)
La clase política pierde credibilidad y prestigio. La valoración ciudadana de su actividad se despeña por una peligrosa pendiente de descrédito que no deja de acentuarse. Los motivos están en conocimiento de todos.
Lejos quedan en el tiempo y en la ética los valores que inspiraron el buen gobierno de las polis griegas y los objetivos de equidad y justicia que a lo largo de la historia se han ido plasmando en las constituciones de los países occidentales al compás de las sucesivas conquistas de derechos civiles y políticos.
La herencia acumulada a lo largo de siglos se está dilapidando aceleradamente por la avaricia, la ineptitud y el nepotismo de algunos representantes de la voluntad popular que difuminan y dañan además el trabajo de otros colegas que obran rectamente.
Los políticos, como depositarios y gestores de la voluntad de los ciudadanos, son necesarios para la administración de los intereses de la colectividad. En sus manos está no malgastar el capital que reciben en forma de confianza y más les vale a ellos y a nosotros un cambio en sus actitudes y comportamientos y una renuncia a prebendas y privilegios que agravian al resto de la ciudadanía y agravan el estado de desánimo y desengaño que pueden terminar alejando a los ciudadanos de las urnas y creando las condiciones para que aparezcan caudillos salvadores.
Todoterrenos y alta gama.
Señores dueños de todoterrenos imponentes y coches de alta gama: No sé si han reflexionado alguna vez o se han dado cuenta de que los potentes no son ustedes, sino los coches que conducen. Es posible que se produzca una ficticia transposición de cualidades desde los motores a sus mentes y que desde la altura en la que van tronados se crean los reyes del asfalto y los caminos. Pero no se engañen.
Cuando algunos de ustedes para mostrar al respetable sus habilidades motrices mueven el volante con un dedo, piensen que no son su fuerza ni su destreza las que obran el prodigio del giro, sino las prestaciones mecánicas de su dotado vehículo. Métanselo en sus pajareras molleras.
Al verlos por el espejo retrovisor avanzando raudos y tragándose el asfalto con sus fauces agresivas siento miedo de que al volante venga un energúmeno vanidoso que quiera comerse el mundo con cuchara prestada. Y lo que más me jode es el rabo porrudo que llevan algunos de sus mastodónticos vehículos en el trasero y que me han bollado ya en dos ocasiones en los aparcamientos la débil chapa de mi medio de locomoción.
Así que cuando se bajen de sus fenomenales carrocerías pónganse a la altura del resto de los mortales, aterricen, y háganse mirar por un psicólogo para que les convenza de que la potencia de sus coches no es transferible a ustedes y que no sirve para compensar sus carencias. Dicho sea lo precedente con el máximo respeto para los conductores de este tipo de vehículos que los utilizan sólo como medio de transporte y no como inyección de autoestima-epo.
Noviembre.
Noviembre es un mes de sombras y de bronces,
un bostezo gris de lluvia
y un toque de oración
a la huida de la luz.
Es un mes de enagüillas y brasero,
de abrigo y de cobijo.
Inclinada pendiente de ladera
hacia el solsticio de invierno
desde el que se otea a los renos
por un camino de nieve.
Es el mes do el rojo
no es pasión, sino celaje frío
y es también el paisaje sugerido
por el cuadro de Millet.
Las permanencias.
Las permanencias eran las clases que los maestros impartían a los alumnos después del horario escolar en el mismo edificio. Eran particulares y había que abonarlas (sobre una 50 pesetas mensuales a principios de los años sesenta).
Así que los que estaban apuntados a ellas permanecían una hora más en el aula para continuar las actividades.
Con esto se conseguían dos cosas: que los maestros incrementaran sus exiguos ingresos y los alumnos recibieran una enseñanza más individualizada que la que podían recibir con matrículas que rondaban los cuarenta por aula y además con niveles diferentes.
Fundamentalmente las clases consistían en ir a la mesa del profesor de uno en uno a leer y en hacer cuentas.
Una de las actividades más placenteras para mí era la plana. El maestro escribía en la pizarra la muestra y nosotros la repetíamos en una carilla de la libreta. Había que hacerla con especial cuidado y evitar que se torcieran los renglones. Cuando el maestro nos ponía “Muy Bien” regresábamos a nuestro pupitre enseñándosela a los compañeros con gran satisfacción. ¡Dónde estarán aquellos pupitres bipersonales con el agujerito para el tintero!
Lluvia y campo.
El campo con la lluvia acorta límites
y me integra envolvente en su cobijo
con flecos de cortinas acüosas
y arrullos de baquetas por sonido.
Acompañan mis pasos por la vega
este otoño lluvioso y verdecido.
Ahormadas a la tierra y a la brega
mis viejas botas van dejando huellas,
estelas de andarín empedernido.
A lo lejos, perdido entre la siembra,
el canto de perdiz repiquetea.
Insomnio.
Visita al cementerio
Viento y lluvia en los cipreses,
calor de tórridas siestas,
heladas del mes de enero…
¡Poco importan ya a los muertos
el viento de las veletas
y los cambios atmosféricos!
He estado en el cementerio
viendo lápidas con fechas
que el dolor dejó marcadas
en el mármol del recuerdo.
Epitafios en los nichos
del último adiós labrado
en un pañuelo de piedra
con el cincel de la ausencia.
Hay una tumba en el suelo
con unas rosas marchitas
sobre su blanco silencio.
Aquí anduvieron un día
bebiendo vino en las fiestas
y comiendo en calderetas.
Se perdieron para siempre
en el fondo de sus ojos
el pardo de las besanas,
el dorado de las mieses
y el intenso azul del cielo.
¡Cuánta vida en cada nombre
queda enterrada en la tierra!
Se extinguirá su recuerdo
en la noche de los tiempos.
Morirán sus deudos
y los hijos de sus deudos
con el paso de los años.
Quedarán de su pasado
una letras ilegibles
en el mármol desgastado
…y ya todo será historia.
Sólo los ecos de bronce
a primeros de noviembre,
anónimos y lejanos,
recordarán su memoria.
Silla y sillón.
De la sillería de casa recuerdo especialmente dos: el sillón de niño y la silla costurera. El primero nos sirvió para llegar a la mesa y estar a la misma altura que los adultos. Nos subían y nos bajaban de él los mayores. Tenía sus apoyabrazos que impedían que nos cayéramos por los lados. Cuando fuimos adquiriendo destrezas intentábamos subir solos trepando por los tarugos para encaramarnos al asiento de enea. En ese trono nos tomábamos las papillas que nuestra madre soplaba y probaba antes para que no nos quemásemos. Allí también hicimos nuestros primeras prácticas de batería golpeando con los cubiertos sobre la mesa.
La silla costurera era baja y ancha y casi siempre colocada cerca de alguna ventana o detrás de la puerta del corral o de la calle. La asocio con las gafas de cerca de mi abuela sujetas con un elástico y con el cesto de la costura donde había un huevo de madera para ayudar a los zurcidos. Cuando se sentaba por las tardes, entraba una tira de sol por la rendija de la puerta entreabierta y ella en el silencio enhebraba la aguja con dificultad y cosía mientras nosotros jugábamos fuera.
Desilusión.
Perdimos la inocencia de la infancia.
La delicada flor, frágil y bella
pereció deshojada a la intemperie
ajada por penosas inclemencias.
El rincón de mullidos edredones,
hollado y roto por extrañas huellas,
quedó al albur de crudos temporales.
Marchita y mancillada su pureza,
fluye roja la sangre a borbotones
por las tiernas heridas descarnadas,
abiertas por los bordes de puñales
que afilan el rencor y la vileza.











