Lluvia y campo.
El campo con la lluvia acorta límites
y me integra envolvente en su cobijo
con flecos de cortinas acüosas
y arrullos de baquetas por sonido.
Acompañan mis pasos por la vega
este otoño lluvioso y verdecido.
Ahormadas a la tierra y a la brega
mis viejas botas van dejando huellas,
estelas de andarín empedernido.
A lo lejos, perdido entre la siembra,
el canto de perdiz repiquetea.
Insomnio.
Visita al cementerio
Viento y lluvia en los cipreses,
calor de tórridas siestas,
heladas del mes de enero…
¡Poco importan ya a los muertos
el viento de las veletas
y los cambios atmosféricos!
He estado en el cementerio
viendo lápidas con fechas
que el dolor dejó marcadas
en el mármol del recuerdo.
Epitafios en los nichos
del último adiós labrado
en un pañuelo de piedra
con el cincel de la ausencia.
Hay una tumba en el suelo
con unas rosas marchitas
sobre su blanco silencio.
Aquí anduvieron un día
bebiendo vino en las fiestas
y comiendo en calderetas.
Se perdieron para siempre
en el fondo de sus ojos
el pardo de las besanas,
el dorado de las mieses
y el intenso azul del cielo.
¡Cuánta vida en cada nombre
queda enterrada en la tierra!
Se extinguirá su recuerdo
en la noche de los tiempos.
Morirán sus deudos
y los hijos de sus deudos
con el paso de los años.
Quedarán de su pasado
una letras ilegibles
en el mármol desgastado
…y ya todo será historia.
Sólo los ecos de bronce
a primeros de noviembre,
anónimos y lejanos,
recordarán su memoria.
Silla y sillón.
De la sillería de casa recuerdo especialmente dos: el sillón de niño y la silla costurera. El primero nos sirvió para llegar a la mesa y estar a la misma altura que los adultos. Nos subían y nos bajaban de él los mayores. Tenía sus apoyabrazos que impedían que nos cayéramos por los lados. Cuando fuimos adquiriendo destrezas intentábamos subir solos trepando por los tarugos para encaramarnos al asiento de enea. En ese trono nos tomábamos las papillas que nuestra madre soplaba y probaba antes para que no nos quemásemos. Allí también hicimos nuestros primeras prácticas de batería golpeando con los cubiertos sobre la mesa.
La silla costurera era baja y ancha y casi siempre colocada cerca de alguna ventana o detrás de la puerta del corral o de la calle. La asocio con las gafas de cerca de mi abuela sujetas con un elástico y con el cesto de la costura donde había un huevo de madera para ayudar a los zurcidos. Cuando se sentaba por las tardes, entraba una tira de sol por la rendija de la puerta entreabierta y ella en el silencio enhebraba la aguja con dificultad y cosía mientras nosotros jugábamos fuera.
Desilusión.
Perdimos la inocencia de la infancia.
La delicada flor, frágil y bella
pereció deshojada a la intemperie
ajada por penosas inclemencias.
El rincón de mullidos edredones,
hollado y roto por extrañas huellas,
quedó al albur de crudos temporales.
Marchita y mancillada su pureza,
fluye roja la sangre a borbotones
por las tiernas heridas descarnadas,
abiertas por los bordes de puñales
que afilan el rencor y la vileza.
Ausente.
Su mirada pasea por las cosas
rozándolas apenas.
Bloqueado el camino a los sentidos,
su rostro de cartón inexpresivo
no muestra gozo, pena ni alegría
Un fondo turbio, inalcanzable y frío
de sombras y apatía
en un confuso cruce de caminos
donde la espesa niebla
difumina siluetas
y confunde al viajero su destino.
Reto.
Está crecido el señor Artur Mas. Y creído. Después de que su formación política, que es un federación de dos partidos, sacase lustre a la ambigüedad durante legislaturas hasta el extremo de hacerla programa y credo, enarbola ahora la bandera de barras estrellada convertido en adalid del independentismo desde que divisó en lontananza la polvareda que las huestes separatistas levantaban en su creciente e imparable avance. Puesto al frente de la avalancha ya no valen las fintas, amagos, regates y faroles a los que tan acostumbrados nos tenía su formación. O corre delante o lo arrollan.
Si los vientos soplan favorables, los adictos a las causas emergen por doquier. Cuando el general Sanjurjo protagonizó el 10 de agosto de 1932 la fracasada “sanjurjada” en Sevilla un periodista le preguntó:
-¿Con qué apoyos contaba?
-Si hubiese ganado, con el suyo- le respondió el general.
Ante las ostensibles manifestaciones de la Diada y del Camp Nou y a la vista del resultado de las elecciones en el País Vasco, el señor Mas ha engallado el tipo con pose retadora de banderillero dispuesto a dejar en el envite las banderillas negras en lo alto del toro de Osborne. Otra cosa es que la brava y noble silueta metálica se deje.
La frontera de la luz.
Comenzó a dejar estelas con sus pies
en un cansado deambular sin rumbo.
Confundía de los ruidos los orígenes
y a sus ojos se velaron las distancias
con un vallado de sombras y silencio.
Rodeado de temores y de miedos
rumiaba a solas su soledad presente.
Hacia atrás, sólo la imagen del pasado,
visible en el fondo virtual de los espejos
mitigaba el declinar de su existencia.
Un día de tantos cruzó la línea
divisoria de las cosas trascendentes,
a solas, para enfrentarse a los misterios.
Ya verá, si existe, el brillo de la Luz.
Si no, todo terminó en el cementerio.
El cóctel está servido.
Ya no hace falta tirar al monte los caudales con vicios de naipes, devaneos y francachelas, ni que un hijo tarambana o una esposa o esposo casquivanos dejen el fondo de la bolsa al alcance de los dedos de la mano. Para dilapidar nuestros dineros bastan los gobiernos, banqueros y un selecto grupo de pícaros encorbatados con refinadas técnicas de carteristas avezados. Inflación por aquí, subidas de impuestos por allá, bajadas de sueldos por detrás, comisiones por acullá y ladrones por doquier. El cóctel de la ruina está completo. Un poco de tiempo y un meneo a lo Chicote para que los incautos ciudadanos bebamos a la fuerza la ambrosía de los desaguisados. Nos quedan a la intemperie con los muebles en la calle y el culo al aire serrano.











