Besos del aire.

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En la sombra de tu ausencia

tomo el fresco de la tarde.

Forma el viento remolinos

y me traen aquí tu cuerpo

a la vera de mi asiento.

Cintillo verde en tu pelo

descubre tu hermosa frente  

sobre el azul de tus  ojos.

Tu talle de miel y junco

y tus redondas caderas…

Tus labios, granadas llenas

de azúcar, luz y canela,  

caricias tiernas  que el  aire

coloca  sobre los míos.

Envidia.

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La envidia se  disfraza con afeites

y perfuma su hedionda fetidez

con costosos aromas  de Chanel

y  vistosos modelos de Cibeles,

pero el color cetrino de la inquina

más pronto que tarde reaparece

inundando el ambiente de toxinas.

Es tan fuerte su miasma nauseabunda

que a las más destacadas carroñeras

apesta el hedor de su inmundicia.

La noria.

Pasan  los días

con la cadencia de la noria

que regresa después de cada vuelta

al punto de partida.

Cambia sus matices  la luz

con la alternancia  de  las estaciones

y  cuando acaba un ciclo

vuelven los pasos al camino recorrido.

Ahora es   primavera

y gana la luz  terreno a  las umbrías,

brotan los  espárragos al monte

y   las cigüeñas crotoran  en las espadañas.

Hay  aromas de cantueso y de  tomillo

por estos campos de España.

Vendrá el estío y luego la otoñada

para caer de nuevo en el invierno.

La palanca de la noria  dará un último giro

en un día como otros que ya habíamos vivido.

Los cangilones dejarán de extraer agua

del fondo  fresco del pozo.

Un silencio de metales oxidados

flotará en el vacío.

Sólo quedarán  recuerdos,

colgados en la percha del olvido.

 

Abril.

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Abril es adolescente

de pletóricos rubores

que se convierten en  flores

cuando los mira la gente.

Caprichoso y tornadizo

cambia  de  las aguas mil

a las que tiene un barril

o  al azote del granizo.

Con las heladas tardías

o los solanos primeros

llena o seca los graneros

en sólo unos pocos días.

 El cuco  canta en la encina,

pende la lila en racimos

y la veloz golondrina

rasga el aire con su vuelo.

¡Quién tuviera quince abriles

y volver a los sentires

de  enamorarse  de nuevo!

Jubilación de Antonio Marín (fragmento)

(Este es un fragmento del texto que le dediqué a Antonio Marín el día de la comida homenaje con motivo de su jubilación)

Los niños y niñas  que nacen en la calle Nueva tienen un patio para sus juegos con los únicos límites de la  sierra y cielo.

Los  dos arroyos que deslizan sus cauces provenientes del oeste confluyen  en sus cercanías y marcan con sus estiajes y avenidas  el paso de estaciones en los tiempos imprecisos de la niñez, cuando no hay  prisas ni orillas definidas. Las sensaciones que  producen los fenómenos naturales marcan los difusos contornos del tiempo: las tronadas, las primeras  lluvias, el canto de los grillos, las margaritas en los prados, el viento de la noche borrascosa, los carámbanos y  las labores campesinas, como el aviento de   parvas al gallego de la tarde.

Allí, a un tiro de piedra,  está la escuela,  donde  entre bolindres, barrancos y corralillas Antonio Marín enraizó sus primeras vivencias infantiles y se llenaron sus ojos de inolvidables puestas de sol. Veía  llegar antes que nadie los avances grises de las nubes por las sierras de la  Capitana, san Miguel  y el castillo de Reina y  despedía las tardes cuando éstas se  echaban en brazos de la noche.

Monaguillos.

Monaguillos

La jerarquía eclesiástica se reflejaba también en los monaguillos. Los colores rojo, blanco y negro  marcaban los grados. Los que vestían sotana negra y roquete blanco pertenecían al estamento superior. En él estaban los monaguillos de oficio, algo así como la curia parroquial, junto con el sacristán, que era el camarlengo cuando faltaba el cura. El sueldo que percibían estos monaguillos de oficio, que solían ser dos, era de doce duros al mes. Sus obligaciones consistían en ayudar en todos los actos litúrgicos y tocar las campanas. Los toques del campanas eran los del ave María, por la mañana temprano, los del Ángelus a  las doce del mediodía, las vísperas a las dos o a las tres de la tarde, según fuese invierno o verano y los de la oración al atardecer, además  de los toques extraordinarios con motivo de funerales o bodas. También acompañaban los monaguillos al cura a dar la unción a los enfermos y a llevar el viático. Ahora se hace discretamente, pero en aquellos tiempos iban los monaguillos y el sacristán tocando una campanilla por la calle y otro portando una cruz  y precediendo al cortejo. El cura,  con sotana y roquete. Las personas que se cruzaban con  esta medio procesión se ponían de rodillas y se santiguaban y  los hombres descubrían sus  cabezas.

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La sacristía era el lugar donde los monaguillos tenían su cuartel general y su intendencia. A la izquierda, según se entraba,  había una percha  donde  se colgaban las sotanas y roquetes y un arca donde se guardaban las vestimentas  que se usaban en otras celebraciones, como la semana santa,  y los velos que algunas mujeres olvidaban en los bancos. Los velos que no eran reclamados se quedaban en depósito para prestárselos a las olvidadizas, pues las mujeres debían cubrirse la cabeza en el templo.  A la derecha se vestía el cura sobre una tarima de madera y  en frente de un mueble con muchos cajones y un espejo. El sacristán le tenía preparada la indumentaria extendida sobre el mueble,  según correspondiera a los tiempos litúrgicos o al acto a celebrar. Los seminaristas desempeñábamos en vacaciones muchas de las funciones de los monaguillos. Lo que más nos gustaba era subir a a la torre a tocar las campanas. Una tarde a la hora de la oración subimos cinco a repicar y como todos queríamos tocar un rato aquello parecía el día del Cristo. Tanto  nos colamos en el tiempo del repique , que el cura vino de su casa   y nos esperó  al final de las escaleras del coro. Yo iba el tercero y cuando sentí la que le había liado al primero y las voces que nos estaba dando me quedé retrechero para eludir el castigo, pero no me sirvió porque se informó de que éramos cinco y nos esperó hasta que salimos todos. Así que todos tuvimos que pasar  por las horcas caudinas de la  estrecha puerta.  No hubo  escapatoria. Un amago de pescozón, que cada uno evitó como pudo, y ahí terminó todo.

Potro de colores.

 

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino.

 

Sin el tiempo que dormimos,

el que las penas amargan

y  la enfermedad lacera

¿qué nos queda?

Pequeñas islas alegres

que el sol alumbra fugaz

y luego se desvanecen

 Yo, por ello,

cabalgo  libre  y ligero

sobre el  potro de colores

que el arco iris me ofrece.

Al galope.

Medalla de luz, la espuela,

 y sin bridas ni monturas,

desnudo sobre sus crines, 

me encamino

con cromáticos destellos,

dispersos entre  la lluvia

y resplandores de sol,

hacia el cielo.

Semana santa.

Este marzo, que nos pinta

pardo nuestro refranero,

tiende mantos grisáceos

sobre el  corazón del  viento.

Llora lágrimas redondas

en el cáliz de las flores

para ofrecer a  los lirios

altares con olor a incienso.

Iban dolorosas vírgenes

y  cristos crucificados

de grandes imagineros

por las calles de mi pueblo.

Yo,  con candor de niño,

deseaba desclavarlos

y ofrecerles mi pañuelo

para consolar su llanto.

Ahora soy yo quien recorre,

sin ser estatua de barro,

las calles sin procesiones,

sin saetas y sin cantos

y nadie viene a  llorarme

ni a  aliviar mi desencanto.

Los quintos.

quintos

Cuando la vida rompía costuras de pletóricas exuberancias hormonales, una corneta lejana llamaba al servicio de la patria  la sangre nueva de los pueblos.

La talla, el marqueo de  jóvenes veinteañeros en el mes de marzo tenía sus ritos y festejos. Las excentricidades y abusos que la edad aguanta y los vecinos permiten se desborda en ríos de vinos y  cánticos de madrugada. “ ¡Ya se van los quintos, madre!” “Si te toca te joes que te tienes que ir…”

Sobre las espaldas  de los quintos el  número de la talla que el tallador ha voceado en la sala del ayuntamiento y  que pasean  ufanos y hermanados por  las calles del pueblo garrafa en ristre.

La novia de promesas blancas ante el altar  o la deseada que no  ha formalizado aún  la  querencia del mozo escuchan bullangueras canciones: “Tu retratito lo llevo en mi cartera donde se guarda el tesoro más querido y puedo verlo a la hora que yo quiera…”. Juventud redonda, sin picos, en el tesoro del recuerdo. Amigos, para siempre, quintos que ya no se van ni cantan de madrugada: “Esta noche ha llovido mañana hay barro”.

Mourinho.

Este señor acaba de bajar  ahora de sus altares ególatras diciendo que el premio de mejor entrenador a Vicente del Bosque estuvo amañado y que le correspondía a él porque algunos de sus presuntos votantes le habían comunicado su voto favorable. Pero ojo, que el voto es secreto y una cosa es lo que se dice y otra lo que va en el sobre, pero si está seguro, adelante con las acciones que crea pertinentes.  También ha dicho que es difícil ser portugués en España. No debe generalizar, él no es el único luso en  nuestra patria y quizás el mal trato que le dan en ciertos medios de comunicación no se debe a su nacionalidad sino a su  forma de ser. Le sucede lo que a  algunos  malos políticos nacionalistas, que ponen su país como escudo.

Con estas declaraciones ha conseguido menospreciar a Del Bosque, ofender a la FIFA  y ponernos en mal lugar a los españoles.

El R. Madrid, un gran club que tiene una excelente trayectoria en el mundo y una imagen ganada a lo largo de muchos años, no puede permitirse un entrenador  endiosado que cuando le viene en gana amaga con que quiere irse al fútbol inglés teniendo contrato multimillonario en vigor y que tiene la mitad del vestuario  de su equipo dividido y en contra de su gestión. La Institución está por encima de las personas.