Envidia.
La envidia se disfraza con afeites
y perfuma su hedionda fetidez
con costosos aromas de Chanel
y vistosos modelos de Cibeles,
pero el color cetrino de la inquina
más pronto que tarde reaparece
inundando el ambiente de toxinas.
Es tan fuerte su miasma nauseabunda
que a las más destacadas carroñeras
apesta el hedor de su inmundicia.
La noria.
Pasan los días
con la cadencia de la noria
que regresa después de cada vuelta
al punto de partida.
Cambia sus matices la luz
con la alternancia de las estaciones
y cuando acaba un ciclo
vuelven los pasos al camino recorrido.
Ahora es primavera
y gana la luz terreno a las umbrías,
brotan los espárragos al monte
y las cigüeñas crotoran en las espadañas.
Hay aromas de cantueso y de tomillo
por estos campos de España.
Vendrá el estío y luego la otoñada
para caer de nuevo en el invierno.
La palanca de la noria dará un último giro
en un día como otros que ya habíamos vivido.
Los cangilones dejarán de extraer agua
del fondo fresco del pozo.
Un silencio de metales oxidados
flotará en el vacío.
Sólo quedarán recuerdos,
colgados en la percha del olvido.
Abril.
Abril es adolescente
de pletóricos rubores
que se convierten en flores
cuando los mira la gente.
Caprichoso y tornadizo
cambia de las aguas mil
a las que tiene un barril
o al azote del granizo.
Con las heladas tardías
o los solanos primeros
llena o seca los graneros
en sólo unos pocos días.
El cuco canta en la encina,
pende la lila en racimos
y la veloz golondrina
rasga el aire con su vuelo.
¡Quién tuviera quince abriles
y volver a los sentires
de enamorarse de nuevo!
Jubilación de Antonio Marín (fragmento)
(Este es un fragmento del texto que le dediqué a Antonio Marín el día de la comida homenaje con motivo de su jubilación)
Los niños y niñas que nacen en la calle Nueva tienen un patio para sus juegos con los únicos límites de la sierra y cielo.
Los dos arroyos que deslizan sus cauces provenientes del oeste confluyen en sus cercanías y marcan con sus estiajes y avenidas el paso de estaciones en los tiempos imprecisos de la niñez, cuando no hay prisas ni orillas definidas. Las sensaciones que producen los fenómenos naturales marcan los difusos contornos del tiempo: las tronadas, las primeras lluvias, el canto de los grillos, las margaritas en los prados, el viento de la noche borrascosa, los carámbanos y las labores campesinas, como el aviento de parvas al gallego de la tarde.
Allí, a un tiro de piedra, está la escuela, donde entre bolindres, barrancos y corralillas Antonio Marín enraizó sus primeras vivencias infantiles y se llenaron sus ojos de inolvidables puestas de sol. Veía llegar antes que nadie los avances grises de las nubes por las sierras de la Capitana, san Miguel y el castillo de Reina y despedía las tardes cuando éstas se echaban en brazos de la noche.
Monaguillos.
La jerarquía eclesiástica se reflejaba también en los monaguillos. Los colores rojo, blanco y negro marcaban los grados. Los que vestían sotana negra y roquete blanco pertenecían al estamento superior. En él estaban los monaguillos de oficio, algo así como la curia parroquial, junto con el sacristán, que era el camarlengo cuando faltaba el cura. El sueldo que percibían estos monaguillos de oficio, que solían ser dos, era de doce duros al mes. Sus obligaciones consistían en ayudar en todos los actos litúrgicos y tocar las campanas. Los toques del campanas eran los del ave María, por la mañana temprano, los del Ángelus a las doce del mediodía, las vísperas a las dos o a las tres de la tarde, según fuese invierno o verano y los de la oración al atardecer, además de los toques extraordinarios con motivo de funerales o bodas. También acompañaban los monaguillos al cura a dar la unción a los enfermos y a llevar el viático. Ahora se hace discretamente, pero en aquellos tiempos iban los monaguillos y el sacristán tocando una campanilla por la calle y otro portando una cruz y precediendo al cortejo. El cura, con sotana y roquete. Las personas que se cruzaban con esta medio procesión se ponían de rodillas y se santiguaban y los hombres descubrían sus cabezas.
La sacristía era el lugar donde los monaguillos tenían su cuartel general y su intendencia. A la izquierda, según se entraba, había una percha donde se colgaban las sotanas y roquetes y un arca donde se guardaban las vestimentas que se usaban en otras celebraciones, como la semana santa, y los velos que algunas mujeres olvidaban en los bancos. Los velos que no eran reclamados se quedaban en depósito para prestárselos a las olvidadizas, pues las mujeres debían cubrirse la cabeza en el templo. A la derecha se vestía el cura sobre una tarima de madera y en frente de un mueble con muchos cajones y un espejo. El sacristán le tenía preparada la indumentaria extendida sobre el mueble, según correspondiera a los tiempos litúrgicos o al acto a celebrar. Los seminaristas desempeñábamos en vacaciones muchas de las funciones de los monaguillos. Lo que más nos gustaba era subir a a la torre a tocar las campanas. Una tarde a la hora de la oración subimos cinco a repicar y como todos queríamos tocar un rato aquello parecía el día del Cristo. Tanto nos colamos en el tiempo del repique , que el cura vino de su casa y nos esperó al final de las escaleras del coro. Yo iba el tercero y cuando sentí la que le había liado al primero y las voces que nos estaba dando me quedé retrechero para eludir el castigo, pero no me sirvió porque se informó de que éramos cinco y nos esperó hasta que salimos todos. Así que todos tuvimos que pasar por las horcas caudinas de la estrecha puerta. No hubo escapatoria. Un amago de pescozón, que cada uno evitó como pudo, y ahí terminó todo.
Potro de colores.
Fotografía de Manuel Rodríguez Espino.











