Siembra fértil.

Fotografía de Juan Sevilla 

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

En el dulce lugar de su besana

con  exquisito trato placentero

recorre los surcos con esmero

y  con hábil laboreo se   afana.

Abre labios la reja  con  la gana

de  encontrar el origen del venero

que a los bordes aflora tan somero

y genera labranza tan   lozana.

Removida la tierra y volteada

espera en regodeo voluptuoso

la semilla fecunda y deseada

que el sembrador coloca muy dichoso

tras alojar en la doblez mojada

instrumento de siembra tan gozoso.

Jubilación Manolo Rodríguez Espino.

No es por el  obligado  elogio que las despedidas conllevan por lo que quiero destacar  un don y una virtud que sobresalen en  Manolo,  sino por un acto de estricta  objetividad y  merecido reconocimiento. El don lo da la Naturaleza y ella fue generosa al concederle una  sobresaliente  inteligencia. La virtud se gana con el esfuerzo, con  el trabajo y la  nobleza.  El recuerdo agradecido de los que fueron sus alumnos es muestra evidente de su buen hacer como maestro.  Más meritorio aún es que habiendo desempeñado las funciones directivas de secretario, jefe de estudios y director durante tanto tiempo conserve el aprecio de todos los que le conocimos.  Algo tiene el agua cuando la bendicen y  la buena  madera  cuando ennoblece los salones.

Ahora el arquero ha destensado la ballesta

y la flecha que al corazón del tiempo aceleraba

ha caído rota  en la mullida floresta del descanso.

El ritmo del afán ha bajado su compás

y el tiempo se hará para ti más  placentero

aunque éste  siga  impasible sus andanzas.

El reloj señalará ortos y ocasos, no las horas.

En medio, quedan los días y las noches para  recrearlos

desde la vigía privilegiada  de la  adelantada barbacana que te ofrece la jubilación.

La atalaya  que culmina la bella fortaleza

recibirá cada mañana los primeros rayos de sol

en la despereza placentera de la madrugada.

A la tarde, el volteo de las campanas

pondrá música en  la paleta del celaje.

Melodía, sombra y luz  marcarán el ritmo de tu vida,

columpio infantil de regreso a las risas de la aurora.

Y como dispondrás de tiempo, y habilidades y destrezas  no te faltan, enriquecerás tu persona y darás a la vida de los que te rodean los frutos que el  talento y la virtud crean.

 

Tu  fecundo perfil renacentista,

demostrado en tus muchas aficiones

avalan tus probadas condiciones

que van de  carpintero a violinista,

de Gredos a Jayón de senderista,

en tu casa con Gloria de anfitriones.

Incansable viajero por naciones

al hombro tu afición de retratista.

Ahora  el tiempo te abre sus postigos

y te da, generoso, nueva vida.

Disfruta del invierno a sus abrigos

y  en esta primavera florecida

comparte  buenos ratos con amigos

en mesa de buen vino guarnecida.

Eso sí, con medida

pues lleva una excesiva bacanal

a marcar con batuta sustraída

el ritmo a la banda municipal.

 Que el tiempo te colme de lisonjas y tú lo llenes de vida.

Médicos de cabecera.

 En los años sesenta el médico titular de Ahillones es D. Ángel Alemán.  Todos los días del año pasa por las casas de los enfermos a visitarlos. En invierno  aumenta el número  por las gripes y los enfriamientos. Con  el cigarro  canario  Rex  en la mano y su abrigo largo llega a la habitación donde está el paciente. Sus gafas se empañan  por la diferencia de temperatura entre la calle y la casa, y, si está lloviendo, con gotitas de agua en los cristales que le dificultan aún más la visión. El humo del tabaco se confunde con el vaho que sale de su boca. Toma el pulso, pone el termómetro, mide la presión arterial, da su diagnóstico y prescribe el tratamiento con pocas y a veces casi ininteligibles palabras por el bajo tono con el que habla. Todos los días que dura la enfermedad  pasa a hacer la visita. Hacia las dos de la tarde baja a su casa en la calle Hernán Cortés y pasa también consulta. Antes, tiene otra sesión de trabajo en el que fue antiguo Dispensario Antipalúdico, en la plaza. En su sentido más genuino, los médicos lo son de cabecera. Las veinticuatro horas están de guardia. Son frecuentes por entonces en la sanidad las igualas, que ayudan a completar el poco abultado sueldo que  se abona a los sanitarios Este sistema de las igualas es utilizado  también en esta época  por los barberos que pelan y afeitan una o dos veces al mes mediante el abono anual de una cantidad.

D. Ángel se fue en silencio a Zafra, sin que se le hiciese el reconocimiento que creo que  merecía.

El Sindicato.

Ahillones, a falta de Casino de Sociedad, tenía el bar del Sindicato,  que,  de una forma peculiar,  cumplía algunas de las funciones de estas instituciones sociales. No disponía de  unos estatutos que recogieran normas sobre entradas, derechos, deberes ni formas de comportamiento en su interior, pero sí se caracterizaba por unos usos y costumbres  que observaban sus habituales clientes y por la abstención de  entrar de los que no lo eran, aunque a nadie se le impedía el acceso. Su clientela era variopinta y heterogénea: funcionarios, labradores, pequeños artesanos, albañiles,  profesionales liberales…

Los regentadores del negocio se trasladaron a este local desde la  casa de Antonio Cabezas en la calle Mesones, que hoy ocupa su nieta Elena, donde empezaron su actividad en régimen de alquiler. En el corralón de esta casa proyectaban  películas  en verano en una de sus paredes. El dueño les ofreció permutar la casa  de Mesones por el local de la plaza, también de su propiedad, y allí se trasladaron y continuaron con el negocio hasta 1977 en que murió José.

Cada miembro de esta familia  representaba  en su trabajo un  papel. Manuel, el padre, era el cancerbero adusto y serio. José, el hijo, despachaba la mercancía, con algunos tics adquiridos en el desempeño de la profesión, como cerrar la botella de vino a rosca cada vez que llenaba una ronda.  Guaditoca, la esposa y madre, era la  encargada de las relaciones públicas y la cocinera,  de negro el vestido y blanca la cabeza con su moño, locuaz  y zalamera. Era el alma del negocio. Si hacía falta echaba la partida con los habituales. Los domingos y festivos, sentada a la derecha, inmediatamente después de la puerta de entrada, recibía  a los clientes  con un saludo de bienvenida, interesándose por algún familiar, haciéndoles carantoñas a los niños que venían con sus padres o  simplemente con comentarios intrascendentes sobre el tiempo, pero para todos tenía  unas palabras.

La clientela del mediodía estaba compuesta normalmente por los “artistas” (funcionarios del Ayuntamiento, Hermandad Sindical, los dos médicos y practicante, y algún agricultor ya jubilado, entre otros, aparte de los clientes de aluvión como viajantes o representantes).

Por la tarde, a la hora del café, acudían los de la partida de subasta  y los mirones y contertulios que echaban atrás las horas de la manera menos fastidiosa. José Toro,  José Cabanillas, Antonio Blanco, Alfredo… Si  era verano salían después  a la calle a tomar el fresco que bajaba por Mesones. La noche, sobre todo a partir de los años setenta, fue más cosmopolita y reunía a un personal más variado.

La barra estaba en el segundo cuerpo del local, separado del primero por una gruesa pared. Ésta tenía dos aberturas por las que se accedía al mostrador. La de la izquierda era baja, tanto que tenías que agacharte para no dar con la cabeza en el dintel, y daba a una mesa camilla que estaba junto al recodo que hacía la barra, era como un pequeño reservado.

 Carlos el jabonero fue un vecero de esta mesa de al lado de la barra, junto con mi padre, José y Francisco Gimón, García el de la huerta Morera, Francisco Ruiz y tantos  otros.

 

La otra entrada, más amplia, era la usada normalmente y estaba enfrente de la puerta de la calle. Una vez traspasado el muro, (por la abertura, se entiende) a la derecha y cerca de  un frigorífico de cuatro puertas de color caramelo con manillas niqueladas, había, pegada a la pared, una pequeña mesa rectangular. Esa mesa y esa silla tenían dueño: Francisco Sánchez, sin cuya presencia durante años en ese sitio no puede entenderse el bar del Sindicato. Se sentaba poniendo el respaldo de la silla hacia el brazo izquierdo, sirviéndole de apoyo y el otro brazo en la mesita, junto a la inseparable “chiquenina” y el vaso. El primero lo enjuagaba con un poco de vino y lo arrojaba a los pies del mostrador. Era una forma de higiene preventiva. Siempre tenía un saludo afable para los que pasaban por allí.

Otra reunión asidua durante los años setenta la formaron Pedro José, Antonio Murillo, José Sánchez, Jesús Guerrero, Miguel y Alonso Vizuete… y los que nos uníamos a ella cuando llegábamos de vacaciones.

El primer cuerpo del local, que daba a la calle, era el salón principal, allí estaba la televisión. Disponía de cuatro mesas camillas con sus enagüillas y tapetes, y generalmente eran ocupadas cada noche por los mismos clientes.

En la última parte de la casa estaba la cocina, pequeña y comunicada con  un minúsculo comedor antes de un pequeño corral. De la cocina hacia la derecha nacía la escalera, en cuyo descanso, sujeto a la pared,  estaba el teléfono, negro y de cordón de tela. Esta escalera daba acceso al piso alto de la casa donde dormían  los moradores.

Ya muerto Manuel, cedía Guaditoca este comedor a algún grupo de confianza para hacer allí sus cochoflos. La última vez que se usó para estos menesteres fue muy poco antes de la muerte de José, con sardinas asadas que trajo el Tato de Valverde.

En los domingos de verano la terraza de la calle era de  las más concurridas del pueblo. Ponían el televisor en alto, sobre una mesa y un velador. Era cuando salían los matrimonios y allí se sentaban a tomar el fresco mientras los niños jugaban en la plaza.

Los días de diario del verano se echaba el fondo en pequeños grupos que charlaban de sus temas. No tenían nada más que callarse los de un  grupo para escuchar nítidamente lo que estaban gritando  los de al lado.

La chiquenina era una botella de cuarto y mitad de capacidad. Generalmente tenían buen vino y estas botellitas eran la medida ideal cuando uno iba sólo, aunque después no fuera la única que se bebiese. Cuando venía José a traerla al velador tenía la costumbre, a modo de broma,  de arrimársela al brazo o a la cara de alguno con el que tenía más confianza y así te sorprendía con la frescura que producía el frigorífico, ese frigorífico color de caramelo siempre con su run run. Por cierto que antes tenían uno no eléctrico, color marfil,  de los que se les ponía una barra de hielo y que posteriormente adquirió Juan López y lo instaló  en la Acción Católica para enfriar las caseras que vendía en vasitos.

José Menor era cliente asiduo. Solía sentarse en la mesa que estaba enfrente de la puerta de entrada. Ahí lo recuerdo el último domingo por la noche que lo vi. Era octubre. Su cara curtida por el sol, peinado hacia atrás con su botellita. Gran cazador y persona servicial donde las hubiera.  En esta mesa, él,  Junto con Manolo González, Antonio Manchón, Cándido, Francisco el veterinario y algún otro  crearon las bases para la puesta en funcionamiento de la Sociedad de Cazadores.

Serafín el practicante, Juan Antonio Valencia  y algunos otros formaban  grupo  en el que  no faltaban las polémicas sobre cualquier tema de actualidad, sobre todo fútbol. Estas y otras conversaciones  aumentaban de intensidad decibélica a medida que avanzaba la velada.

 

Estos grupos no eran permanentes, sino abiertos a nuevas incorporaciones e intercambios con otros grupos. Movilidad y permeabilidad social.

Cuando Franco agonizaba por aquellos días del otoño de 1975  dos personas que se sentaban mirando hacia la puerta de entrada en  la mesa que había a la izquierda del televisor, no  lo miraban porque lo tenían en lo alto de sus cabezas, pero lo oían: Eran tío José Manchón y tío José  Alejandre. Cuando el presentador daba lectura al cotidiano parte del equipo médico habitual  sobre el estado de salud de Franco, que se agravaba por momentos, la sala guardaba silencio  y ellos, entre trago y trago, movían la cabeza repetidamente arriba y abajo como diciendo: “veremos a ver cómo quedamos”.

Esta televisión, Telefunken,  que estaba colocada sobre una repisa  en el centro de  la pared  del salón principal, fue de las primeras que llegaron al pueblo allá por los años sesenta. Los muchachos la veían desde la ventana  que daba al exterior de donde eran echados  por los dueños cuando ya llevaban un rato prudencial viéndola.

Por la feria el bar del Sindicato cobraba toda su relevancia. La noche del trece, como los fuegos los prendían en la plaza, lienzo con la imagen del Cristo desenrollándose incluido,  había que andar muy listos para encontrar un velador libre, teniendo en cuenta que durante muchos años en esta terraza se celebraba el refresco del Ramo y el personal comenzaba a salir sobre las nueve de la noche, pues los fuegos eran a las diez y esa noche no había baile, según ordenaba D. José que era el que disponía en estos temas.  Fue a partir de los años setenta cuando, después de muchos ruegos,  transigió que la banda tocase algunas piezas después de la quema de los cohetes.  Desde la puerta de Facunda Espino hasta la de los Cabezas estaba todo repleto. De tapas no había mucha variedad, pero eran características las de lomo, cortadas en forma de dado. Contrataban a camareros que utilizaban el sistema de fichas para llevar la contabilidad con José. Éste, al principio de la noche, les vendía las fichas y los camareros cobraban a los clientes con un porcentaje sobre el precio que ellos habían abonado. Así José tenía la seguridad de cobrar todo, pues lo hacía al instante de entregarle al camarero la mercancía  y estos andaban vigilantes para que no se les fuese nadie sin pagar, ya que ellos ya  habían abonado  el importe a José.

Como otras muchas cosas  la vida del Sindicato terminó.  Con él se fue una época, una referencia y una clientela que se renovaba  con los años. He nombrado sólo a algunos  de los que recuerdo ya que es imposible hacerlo con todos. Lo he hecho con el mayor de los respetos y  mejor aprecio. Ya han fallecido muchos de los clientes que conocí, tanto que en alguna noche de insomnio he logrado llenar la barra y las mesas con los  ausentes, faltándome sitio para ubicarlos a todos.

Pudimos no haber sido.

 

Vivimos gracias al  azar y a combinaciones aleatorias. Si vemos nuestro árbol genealógico, cualquier cambio en los protagonistas que nos precedieron hubiese alterado a todos los descendientes. Si un tatarabuelo, por ejemplo, en vez de ser Antonio, hubiese sido Pedro, ni nuestros bisabuelos, ni nuestros padres ni nosotros hubiésemos existido. Hubiesen sido otras personas las nacidas. De entre todas las posibilidades de unión,  se han ido produciendo unas determinadas y no otras, que también fueron posibles.  Por muy lejanos que sean nuestros ancestros  todos son parte indispensable para que nosotros estemos aquí. Algunas de esas uniones dependieron probablemente de circunstancias  totalmente casuales y fortuitas. Un no te quiero de un tatarabuelo o tatarabuela a su consorte,  nos hubiese eliminado de la lista de la vida. Por eso somos el resultado de muchas circunstancias.  Por la misma razón, otros podrían haber estado y no están. Una pura casualidad.

Paloma sobre nube.

 

 

El rayo de su blancura

resalta al sol de la tarde

sobre el negro de la nube,

daga de pico lanzada

por el arquero del viento,

paloma,

en un vuelo de silencio.

Blanco corazón de plumas

que los flecos de la lluvia

desvanecen lentamente

en las cenizas del aire.

Si de mí dependiera.

Si de mí dependiera

cargaría   los fusiles

con balas  de algodón y seda.

Levantaría un  solo mástil

y en él, una  bandera

con dos colores:  el azul del cielo 

y  el verde de las praderas.

Si de mí dependiera

daría a los soldados

una mochila llena

con uvas de racimo

y   pistolas de pan

para que dispararan

con puntería certera 

sobre el corazón del hambre.

Si de mí dependiera

haría más  escuelas,

sembraría árboles en las riberas,

llenaría de huertas las vegas

y de trigo los graneros.

Al dinero, como  a los ajos,

le pondría caducidad

y  al  año,  que se pudriera.

Todas estas cosas haría

si de mí dependiera.

Presentación del libro de Tere Montero “Llerena en el corazón”

 

 

 

Aunque en una entrada anterior publiqué el soneto con el que terminaba mi presentación del libro de la escritora llerenense Tere Montero, hoy la  publico integra. El acto tuvo lugar en el salón cultural  la Merced de Llerena el día 28 de julio de 2012.

 

Tere Montero ha tenido la gentileza de invitarme para que presente este año el que es su cuarto trabajo, acto  que, como en años anteriores,  tiene lugar por estos días de julio, alrededor del día de Santiago. Gesto por el que le estoy agradecido.

Aceptar el reto de la presentación generó en mí cierta inquietud por no defraudar al auditorio, teniendo  en cuenta  sobre todo la calidad del mismo, por lo que de antemano pido disculpas si cometo  errores, y confiado en su tolerancia, agradezco su segura comprensión.

Esta vez Tere ha titulado su libro “Llerena en el corazón”.  Después de los anteriores,  Los hombres, Las mujeres y Retazos de Llerena, le toca el turno  al corazón, cuyos latidos han estado también presentes en los anteriores, aunque ahora suba, palabra tan cordial, al  altar del título.

El tema central  que da sentido  y unidad a  toda esta producción, como  es evidente,  es Llerena. Su gente,  con sus  pequeñas o grandes historias,  siempre relatadas con respeto, cariño y profunda humanidad.

En esta ocasión el corazón  impulsa y bombea las emociones y los recuerdos  dándole  vida   para que todos los  que se introduzcan en la lectura  y contemplación  de las fotografías que en abundancia  contiene el libro, vuelvan a vivir de nuevo o a conocer por primera vez, en el caso de los más jóvenes, parte de la historia común que conforma la identidad de la muy noble, leal y antigua ciudad de Llerena.

El libro está prologado por Diego Algaba Mansilla, que estuvo trabajando en el Centro de Salud  y viviendo en Llerena durante veinte años. Asiduo del periódico HOY con sus cartas al director y en su sección semanal de Plaza Alta. Su evocadora y amena  sencillez escribiendo encajan perfectamente con el contenido del libro.

En  este cuarto trabajo   que nos ocupa esta noche, hay muestras de la nostalgia que produce el tiempo y la que origina la distancia que nos separa de alguno de los  lugares  donde alguna vez fuimos más o menos felices.

Tere, en su labor recopiladora e investigadora ha solicitado testimonio a otros llerenenses para  que cuenten ellos mismos  sus impresiones y narren parte de sus  vidas y recuerdos, producidos y anclados en la ciudad que les vio nacer o con la que tuvieron intensa relación. En otros casos, escudriñando en los entresijos de su fecunda memoria, rememora  sus vivencias  que  narra con su gracejo característico.

Se escribe fundamentalmente para comunicar y para que el lector disfrute y se emocione. Ella lo hace con sencillez, sin artilugios enrevesados,  ni expresiones  barrocas que dificulten la comprensión.  El lenguaje no debe ser una barrera entre el que escribe y el que lee. Eso, que aparentemente parece tan sencillo no lo es y se comprueba cuando uno se pone a  la tarea de escribir,  porque sencillez no es sinónimo de facilidad. La prosa de Tere es una prosa que va directa al torrente sanguíneo de las sensaciones, sin alambicados y retorcidos recursos gramaticales y sintácticos.

Otra característica de su forma de escribir es la  fina ironía  que entre líneas  introduce a hechos o situaciones que ella cree criticables por algún motivo. Y deslizándonos por el estilo llano de su prosa podemos encontrarnos de improviso  un rejón clavado con singular soltura de amazona rejoneadora en el hoyo de las agujas, que dicen los taurinos. Siempre, claro está, con educación y elegancia, pero directo,  claro y certero.

Este no es un trabajo de citas  eruditas ni llamadas aclaratorias que nos remitan a otras fuentes. Es un libro de sentimientos. De tiempos pasados o  actuales, pero con el riego  caliente  de la vida corriendo por sus renglones. Quizás, cuando pasen muchos años, algún etnógrafo tendrá que recurrir a estos  libros  que Tere va presentando para conocer  usos y costumbres desaparecidos. Esta historia cercana, de vecindad común, necesita plasmarse por escrito para que generaciones venideras sepan cómo se vivía por estos pagos. Los personajes sobresalientes de la historia ya tienen sus estudiosos y sus panegiristas. Ahora le toca el turno al vecino corriente y cercano que se cruza con nosotros en la calle, a las costumbres enraizadas y a los lugares que compartimos.

Pues bien,  en los comienzos otoñales, cuando nos ponemos la primera ropa de abrigo, comenzó la autora a elaborar este cuarto trabajo. Esa añoranza que traen las primeras aguas y el primer viento fresco del Atlántico, abocado ya el tiempo  a las cortas tardes de  tibio sol amarillo, le sirven para hacer un recorrido histórico sentimental por la feria de san Miguel, culminado por un trabajo de su suegro, D. Luis Domínguez, que  recoge a su vez otro del padre de éste, D. Rafael Domínguez, abogado, periodista y cronista de Llerena, con interesantes  y amenos datos de la evolución de la feria cuando el núcleo de la misma eran el  rodeo, el  teatro y las corridas de toros.

Muchos hijos de esta tierra, que nacieron a la luz en la dilatada claridad de la Campiña,  custodiada por las primeras estribaciones de sierra Morena en Extremadura, dejaron, unas veces forzados y otras voluntariamente por diversas razones, el pueblo que les vio nacer.

Se alejaron de aquí físicamente, pero  guardados  en su corazón, se llevaron consigo el hato lleno de sensaciones, recuerdos  y vivencias que  no se olvidan jamás y que   forman parte para siempre de la identidad de cada uno.

Naturales  de Llerena  hicieron las Américas en tiempos de conquista y colonización. Naturales de Llerena, como de muchos pueblos de la España rural, tuvieron que buscar trabajo y porvenir en los grises años de la posguerra y  décadas de los cincuenta y sesenta  en  otras   regiones y países.

Actualmente también se marchan  fuera  muchos llerenenses, pero ya no llevan como carta de presentación sólo  la fuerza y destreza de sus brazos. Llevan cultura, carreras  universitarias y talento, bagaje cultural que les sirve para desempeñar brillantemente sus profesiones en muchos y variados puntos  del planeta.

Esta expansión de Llerena  a través de sus naturales ha llevado el espíritu de esta ciudad a lejanos lugares.  Una forma de ser, un estilo,  eso que conforma la médula de nuestra  vida  y  la raíz emotiva y sentimental de cada uno de nosotros  y que deja,  a donde quiera que se llega, constancia orgullosa de la impronta de la cuna.

De todo encontramos testimonios en este trabajo de Tere. Se llevan las cosas en el corazón cuando abandonamos el lugar donde hemos vivido y lo recreamos en la imaginación, añorándolo, pero también cuando lo que se interpone entre nosotros y el pasado  es el  tiempo, aunque permanezcamos en el mismo sitio,   porque ese lugar y las personas que coincidimos en un momento determinado de nuestra existencia  quedan para siempre como fósiles envueltos en la resina del cariño y  la nostalgia.

“Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”, dejó escrito Neruda en inmortal poema. No hay  nada más que ver una fotografía  antigua y comprobar el trabajo que nos cuesta  reconocer e identificar  a amigos, compañeros y conocidos que un día  compartieron con nosotros parte de nuestras vidas.

El parque donde dimos el primer beso,  sigue ahí, pero la conjunción de nosotros  con él,  las coordenadas de tiempo y espacio  en que se produjo tan placentero hecho sólo vive dentro de nosotros.

Otros capítulos del libro están  dedicados a hechos y personas que podían haber estado  en sus obras anteriores y que  Tere incluye ahora  en esta. Unas por su  filantropía,  como Antonio Ríos por su encomiable labor  con los niños del Sahara. Otros, como Paco el de telégrafos, por ser emisario de alegrías y tristezas, de vida y de muerte vestidas de azul doblado con  economía terminológica,   precursora de los actuales mensajes de móviles.

Guadalupe Ortiz de la Tabla nos cuenta los azares de  la emigración en busca de una vida mejor con añoranza de juegos y lugares comunes en las Ollerías hasta su asentamiento en tierras catalanas.

Hay un recuerdo entrañable para los barrenderos que con tanto oficio y profesionalidad adecentaban las calles al venir el día.

La vida no era de color de rosa, ni siquiera del color amarillo con el que se tiñen las fotos con el paso del tiempo.  Más bien de color castaño oscuro tirando a negro, como aquellos largos lutos de velo y manto, aunque  recordemos nuestra infancia con gozoso regodeo porque el transcurso del tiempo por ley natural, lima aristas y mitiga el dolor, vistiendo el recuerdo de suaves redondeces.

Algunas mujeres tuvieron que sacar a sus familias adelante cuidando los hijos de otras familias.  Micaela Núñez  y Carmen Maldonado Murillo  son ejemplos entre los muchos que existían en aquellos tiempos y que quedan recogidos  en el libro con descarnada sinceridad.

El día de Extremadura que tan bien organizaba el barrio del Pilar, es recordado y coronado por una emotiva carta de los vecinos dirigida a Pepe Moro, escrita con la tinta azul del cielo.

Las excursiones, actividades al aire libre  y una forma sana de vida a cargo de José Luis Santana, que evoca a aquella asociación de jóvenes que eran los scouts.

Refiere Tere recuerdos tristes también que su  familia, igual que otras muchas, sufrieron. Aquellas enfermedades infantiles,  como la polio y  la viruela que desgraciadamente dejaron sus secuelas y que Tere recuerda con sentimiento y dolor. Los remedios para algunas de aquellas enfermedades no iban mucho más allá de lo que suministraba la botica de la abuela, salvados estos inconvenientes por la profesionalidad  y entrega de médicos y practicantes de la época.

Hay referencias en el libro de Tere que sólo con leerlas abren las compuertas de la presa del recuerdo y nos inundan de imágenes y estampas pasadas ¿Quién no probó aquel estimulante del apetito  que era medicina y  golosina, que nos sacaba unas chapetas sonrosadas y nos ponía a los niños tan contentos y optimistas bajo la atenta mirada de la beatífica monja de hábito?

La historia de la  antigua tradición de san Antón, con sus candelas y sus tizones, capítulo que ha elaborado  Tere a partir de los datos que le suministra José Tena.

El pan de san Antonio desde sus orígenes a la actualidad es recordado con curiosos detalles.

Otro capítulo  es el dedicado a un grupo de llerenenses, enmarcados bajo el título de “Allende los mares”,  donde sus protagonistas relatan sus experiencias y vivencias personales. Son llerenenses de las últimas generaciones, con gran preparación académica y profesional, como dije antes.  Juan Antonio Hurtado, Cristina Romero Mimbrero, Francis Zamorano, Marisa Rodríguez Palop, Anastasio Sánchez Zamorano. Es sólo una muestra  de una generación pujante y cosmopolita que puede completarse con muchas más personas y que está dejando el nombre de Llerena a la altura que le corresponde. Desgraciadamente la situación económica nos dejará huérfanos cada vez más de jóvenes brillantes que habrán de buscar horizontes nuevos fuera de su tierra.

D.  José Gutiérrez Maesso,  relacionado con Llerena por sus estancias en la finca familiar de los Ángeles.  Director, productor y guionista de renombre  también tiene su capítulo en la obra.

El antiguamente denominado paseo del Progreso, hoy parque de la Constitución, lugar  que Tere  evoca  y que guarda tantos recuerdos para todos los llerenenses,  sirvió de ensayo algunas tardes a un  grupo de jóvenes  que quisieron dar una serenata a una bella señorita de la localidad. Serenata que terminó de  forma rocambolesca. Hay que leer los detalles de esta aventura noctámbula a la luz de la luna para paladear todo el retrato de una época con la gracia  y la espontaneidad que Tere sabe darle a sus relatos.

La asociación Nª Sª de la Granada  que aglutinó a tantos llerenenses allá en el madrileño barrio de Vallecas y que tan  gran labor desarrolló con actividades culturales y recreativas, tiene también cabida en la obra.

En paralelismo con el poema que Manuel Machado dedica a las provincias de Andalucía  “Cádiz, salada claridad; Granada/ agua oculta que llora./ Romana y mora, Córdoba callada./ Málaga cantaora./ Almería, dorada./ Plateado Jaén. Huelva, la orilla/ de las tres carabelas…/ y Sevilla”, dando a entender que no hay palabra que mejor defina a Sevilla que su propio nombre… Y yo digo…y Jesús Montero, iconoclasta descarnado, tumbador de tópicos, y rompedor de corsés, quien con peculiar estilo rememora algunas de sus innumerables y pintorescas peripecias. Una forma de encarar las situaciones ajena a prejuicios y componendas.

El libro contiene una abundante cantidad de fotografías que completan y amplían su  contenido literario. Esas hay que verlas para trasladarse al tiempo en que fueron realizadas y que ese instante de vida detenido para siempre se desenrosque dentro de nosotros y en catarata surjan otras tantas imágenes que conservamos en la cámara oculta de nuestra memoria.

Llerena en el corazón es   una combinación de vivencias y de imágenes, distanciadas en el espacio y en el tiempo, que regresan ahora en letra impresa  a cobrar vida en las páginas del libro, como sangre que fluye impulsada por el vigoroso corazón del recuerdo  recreando en nuestra imaginación tiempos y espacios comunes ya pasados.

 

 La imagen de las  calles, los sonidos  de las campanas de sus torres y espadañas, del  bregar del viento en los  temporales de otoño  y  el chapoteo del agua de canales. Los juegos infantiles, los aromas, los amigos, las horas que se pasan sin reloj que las controle, el  baño y  muda limpia al calor de la camilla con brasero y alambrera las tardes de los sábados,  el “Bendito” y “Cuatro esquinitas tiene mi cama”, es parte del equipaje  que conservamos   guardado con cariño en nuestro corazón.

Para terminar quiero hacerlo con un soneto, que con más o menos fortuna, recoge el sentir de este humilde servidor de todos ustedes.

El pasado se aviva  remozado

y en nosotros otra vez se hace presente,

traído de la mano dulcemente

para ser  con nostalgia recordado.

La autora con denuedo ha preguntado

para hallar testimonio entre la gente

de otro tiempo fugaz y   evanescente

que vuelve a nuestras mentes añorado.

Ofrece con primor Tere Montero

el corazón abierto de Llerena

para gozo y solaz de sus paisanos

y desde aquí quiero ser el primero

en darle  la cordial enhorabuena

por el libro que  hoy pone en nuestras manos.

 

Muchas gracias a todos. Buenas noches.

Nota:. Las fotografías de éste trabajo las he cogido de la web del Ayuntamiento de Llerena y otros lugares de internet. Si algún interesado quiere que las elimine no tiene nada más que comunicármelo. Muchas gracias.

Encina

¡Qué suerte tienes, encina,

acariciada por  brisas

de tan diversos destinos!

Desde tu otero divisas

las estrellas de la noche

y los cruces de caminos.

Cada tarde el sol te deja

cobijado entre tus hojas

el  rescoldo de sus brasas

y de noche se resguardan

al amparo de tus ramas

los pajarillos que al alba

alegrarán la mañana.

En el tiempo del estío

das cobijo a los pastores

mientras la chicharra sierra 

el aire de los olivos.

Cuando el viento se enfurece

y remueve tu ramaje

aguantas fuerte y gallarda

sus violentas embestidas.

Y si te dañan, con mimo 

la luna te cura

con su luz de  nácar

 tus ramas ajadas

y  ranas y grillos

te susurran nanas

en el aire quedo

de  la madrugada.

Rezos infantiles.

 

 

 

 

 

¿Por dónde irán mis rezos infantiles?
No habrán llegado aún a su destino
con tan grandes distancias siderales
medidos en millones de años luz.
Emprendieron camino
por el  cielo azul,
surcando las estrellas,
hacia el trono de Dios.

Iban vestidos de inocencia,

puro candor de niño,
desde las imponentes catedrales
o desde la penumbra

acogedora  de la iglesia.
Los más delicados
salieron de la intimidad de mi almohada:
eran súplicas nacidas del temor
por si la muerte me cortaba el paso una mañana.
Temor  al fuego incombustible
con  llanto y rechinar de dientes.
Otros, también hubo sinceros,
arrepentidos, de pecados que no fueron.
Nunca llegarán dónde cantan los coros celestiales
de bellos  serafines,

¡Qué imaginación tan desbordante

la de escribanos y predicadores!
Vagan eternamente,

de galaxia en  galaxia

sin  llegar nunca a ningún sitio.

No hay lugar donde arribar

en ese océano sin riberas:

los novísimos no son lugares, sino estados,

según los últimos desvelos

¡A buenas horas,

después de haber pasado tanto miedo!