Jubilación Manolo Rodríguez Espino.
No es por el obligado elogio que las despedidas conllevan por lo que quiero destacar un don y una virtud que sobresalen en Manolo, sino por un acto de estricta objetividad y merecido reconocimiento. El don lo da la Naturaleza y ella fue generosa al concederle una sobresaliente inteligencia. La virtud se gana con el esfuerzo, con el trabajo y la nobleza. El recuerdo agradecido de los que fueron sus alumnos es muestra evidente de su buen hacer como maestro. Más meritorio aún es que habiendo desempeñado las funciones directivas de secretario, jefe de estudios y director durante tanto tiempo conserve el aprecio de todos los que le conocimos. Algo tiene el agua cuando la bendicen y la buena madera cuando ennoblece los salones.
Ahora el arquero ha destensado la ballesta
y la flecha que al corazón del tiempo aceleraba
ha caído rota en la mullida floresta del descanso.
El ritmo del afán ha bajado su compás
y el tiempo se hará para ti más placentero
aunque éste siga impasible sus andanzas.
El reloj señalará ortos y ocasos, no las horas.
En medio, quedan los días y las noches para recrearlos
desde la vigía privilegiada de la adelantada barbacana que te ofrece la jubilación.
La atalaya que culmina la bella fortaleza
recibirá cada mañana los primeros rayos de sol
en la despereza placentera de la madrugada.
A la tarde, el volteo de las campanas
pondrá música en la paleta del celaje.
Melodía, sombra y luz marcarán el ritmo de tu vida,
columpio infantil de regreso a las risas de la aurora.
Y como dispondrás de tiempo, y habilidades y destrezas no te faltan, enriquecerás tu persona y darás a la vida de los que te rodean los frutos que el talento y la virtud crean.
Tu fecundo perfil renacentista,
demostrado en tus muchas aficiones
avalan tus probadas condiciones
que van de carpintero a violinista,
de Gredos a Jayón de senderista,
en tu casa con Gloria de anfitriones.
Incansable viajero por naciones
al hombro tu afición de retratista.
Ahora el tiempo te abre sus postigos
y te da, generoso, nueva vida.
Disfruta del invierno a sus abrigos
y en esta primavera florecida
comparte buenos ratos con amigos
en mesa de buen vino guarnecida.
Eso sí, con medida
pues lleva una excesiva bacanal
a marcar con batuta sustraída
el ritmo a la banda municipal.
Que el tiempo te colme de lisonjas y tú lo llenes de vida.
Médicos de cabecera.
En los años sesenta el médico titular de Ahillones es D. Ángel Alemán. Todos los días del año pasa por las casas de los enfermos a visitarlos. En invierno aumenta el número por las gripes y los enfriamientos. Con el cigarro canario Rex en la mano y su abrigo largo llega a la habitación donde está el paciente. Sus gafas se empañan por la diferencia de temperatura entre la calle y la casa, y, si está lloviendo, con gotitas de agua en los cristales que le dificultan aún más la visión. El humo del tabaco se confunde con el vaho que sale de su boca. Toma el pulso, pone el termómetro, mide la presión arterial, da su diagnóstico y prescribe el tratamiento con pocas y a veces casi ininteligibles palabras por el bajo tono con el que habla. Todos los días que dura la enfermedad pasa a hacer la visita. Hacia las dos de la tarde baja a su casa en la calle Hernán Cortés y pasa también consulta. Antes, tiene otra sesión de trabajo en el que fue antiguo Dispensario Antipalúdico, en la plaza. En su sentido más genuino, los médicos lo son de cabecera. Las veinticuatro horas están de guardia. Son frecuentes por entonces en la sanidad las igualas, que ayudan a completar el poco abultado sueldo que se abona a los sanitarios Este sistema de las igualas es utilizado también en esta época por los barberos que pelan y afeitan una o dos veces al mes mediante el abono anual de una cantidad.
D. Ángel se fue en silencio a Zafra, sin que se le hiciese el reconocimiento que creo que merecía.
El Sindicato.
Ahillones, a falta de Casino de Sociedad, tenía el bar del Sindicato, que, de una forma peculiar, cumplía algunas de las funciones de estas instituciones sociales. No disponía de unos estatutos que recogieran normas sobre entradas, derechos, deberes ni formas de comportamiento en su interior, pero sí se caracterizaba por unos usos y costumbres que observaban sus habituales clientes y por la abstención de entrar de los que no lo eran, aunque a nadie se le impedía el acceso. Su clientela era variopinta y heterogénea: funcionarios, labradores, pequeños artesanos, albañiles, profesionales liberales…
Los regentadores del negocio se trasladaron a este local desde la casa de Antonio Cabezas en la calle Mesones, que hoy ocupa su nieta Elena, donde empezaron su actividad en régimen de alquiler. En el corralón de esta casa proyectaban películas en verano en una de sus paredes. El dueño les ofreció permutar la casa de Mesones por el local de la plaza, también de su propiedad, y allí se trasladaron y continuaron con el negocio hasta 1977 en que murió José.
Cada miembro de esta familia representaba en su trabajo un papel. Manuel, el padre, era el cancerbero adusto y serio. José, el hijo, despachaba la mercancía, con algunos tics adquiridos en el desempeño de la profesión, como cerrar la botella de vino a rosca cada vez que llenaba una ronda. Guaditoca, la esposa y madre, era la encargada de las relaciones públicas y la cocinera, de negro el vestido y blanca la cabeza con su moño, locuaz y zalamera. Era el alma del negocio. Si hacía falta echaba la partida con los habituales. Los domingos y festivos, sentada a la derecha, inmediatamente después de la puerta de entrada, recibía a los clientes con un saludo de bienvenida, interesándose por algún familiar, haciéndoles carantoñas a los niños que venían con sus padres o simplemente con comentarios intrascendentes sobre el tiempo, pero para todos tenía unas palabras.
La clientela del mediodía estaba compuesta normalmente por los “artistas” (funcionarios del Ayuntamiento, Hermandad Sindical, los dos médicos y practicante, y algún agricultor ya jubilado, entre otros, aparte de los clientes de aluvión como viajantes o representantes).
Por la tarde, a la hora del café, acudían los de la partida de subasta y los mirones y contertulios que echaban atrás las horas de la manera menos fastidiosa. José Toro, José Cabanillas, Antonio Blanco, Alfredo… Si era verano salían después a la calle a tomar el fresco que bajaba por Mesones. La noche, sobre todo a partir de los años setenta, fue más cosmopolita y reunía a un personal más variado.
La barra estaba en el segundo cuerpo del local, separado del primero por una gruesa pared. Ésta tenía dos aberturas por las que se accedía al mostrador. La de la izquierda era baja, tanto que tenías que agacharte para no dar con la cabeza en el dintel, y daba a una mesa camilla que estaba junto al recodo que hacía la barra, era como un pequeño reservado.
Carlos el jabonero fue un vecero de esta mesa de al lado de la barra, junto con mi padre, José y Francisco Gimón, García el de la huerta Morera, Francisco Ruiz y tantos otros.
La otra entrada, más amplia, era la usada normalmente y estaba enfrente de la puerta de la calle. Una vez traspasado el muro, (por la abertura, se entiende) a la derecha y cerca de un frigorífico de cuatro puertas de color caramelo con manillas niqueladas, había, pegada a la pared, una pequeña mesa rectangular. Esa mesa y esa silla tenían dueño: Francisco Sánchez, sin cuya presencia durante años en ese sitio no puede entenderse el bar del Sindicato. Se sentaba poniendo el respaldo de la silla hacia el brazo izquierdo, sirviéndole de apoyo y el otro brazo en la mesita, junto a la inseparable “chiquenina” y el vaso. El primero lo enjuagaba con un poco de vino y lo arrojaba a los pies del mostrador. Era una forma de higiene preventiva. Siempre tenía un saludo afable para los que pasaban por allí.
Otra reunión asidua durante los años setenta la formaron Pedro José, Antonio Murillo, José Sánchez, Jesús Guerrero, Miguel y Alonso Vizuete… y los que nos uníamos a ella cuando llegábamos de vacaciones.
El primer cuerpo del local, que daba a la calle, era el salón principal, allí estaba la televisión. Disponía de cuatro mesas camillas con sus enagüillas y tapetes, y generalmente eran ocupadas cada noche por los mismos clientes.
En la última parte de la casa estaba la cocina, pequeña y comunicada con un minúsculo comedor antes de un pequeño corral. De la cocina hacia la derecha nacía la escalera, en cuyo descanso, sujeto a la pared, estaba el teléfono, negro y de cordón de tela. Esta escalera daba acceso al piso alto de la casa donde dormían los moradores.
Ya muerto Manuel, cedía Guaditoca este comedor a algún grupo de confianza para hacer allí sus cochoflos. La última vez que se usó para estos menesteres fue muy poco antes de la muerte de José, con sardinas asadas que trajo el Tato de Valverde.
En los domingos de verano la terraza de la calle era de las más concurridas del pueblo. Ponían el televisor en alto, sobre una mesa y un velador. Era cuando salían los matrimonios y allí se sentaban a tomar el fresco mientras los niños jugaban en la plaza.
Los días de diario del verano se echaba el fondo en pequeños grupos que charlaban de sus temas. No tenían nada más que callarse los de un grupo para escuchar nítidamente lo que estaban gritando los de al lado.
La chiquenina era una botella de cuarto y mitad de capacidad. Generalmente tenían buen vino y estas botellitas eran la medida ideal cuando uno iba sólo, aunque después no fuera la única que se bebiese. Cuando venía José a traerla al velador tenía la costumbre, a modo de broma, de arrimársela al brazo o a la cara de alguno con el que tenía más confianza y así te sorprendía con la frescura que producía el frigorífico, ese frigorífico color de caramelo siempre con su run run. Por cierto que antes tenían uno no eléctrico, color marfil, de los que se les ponía una barra de hielo y que posteriormente adquirió Juan López y lo instaló en la Acción Católica para enfriar las caseras que vendía en vasitos.
José Menor era cliente asiduo. Solía sentarse en la mesa que estaba enfrente de la puerta de entrada. Ahí lo recuerdo el último domingo por la noche que lo vi. Era octubre. Su cara curtida por el sol, peinado hacia atrás con su botellita. Gran cazador y persona servicial donde las hubiera. En esta mesa, él, Junto con Manolo González, Antonio Manchón, Cándido, Francisco el veterinario y algún otro crearon las bases para la puesta en funcionamiento de la Sociedad de Cazadores.
Serafín el practicante, Juan Antonio Valencia y algunos otros formaban grupo en el que no faltaban las polémicas sobre cualquier tema de actualidad, sobre todo fútbol. Estas y otras conversaciones aumentaban de intensidad decibélica a medida que avanzaba la velada.
Estos grupos no eran permanentes, sino abiertos a nuevas incorporaciones e intercambios con otros grupos. Movilidad y permeabilidad social.
Cuando Franco agonizaba por aquellos días del otoño de 1975 dos personas que se sentaban mirando hacia la puerta de entrada en la mesa que había a la izquierda del televisor, no lo miraban porque lo tenían en lo alto de sus cabezas, pero lo oían: Eran tío José Manchón y tío José Alejandre. Cuando el presentador daba lectura al cotidiano parte del equipo médico habitual sobre el estado de salud de Franco, que se agravaba por momentos, la sala guardaba silencio y ellos, entre trago y trago, movían la cabeza repetidamente arriba y abajo como diciendo: “veremos a ver cómo quedamos”.
Esta televisión, Telefunken, que estaba colocada sobre una repisa en el centro de la pared del salón principal, fue de las primeras que llegaron al pueblo allá por los años sesenta. Los muchachos la veían desde la ventana que daba al exterior de donde eran echados por los dueños cuando ya llevaban un rato prudencial viéndola.
Por la feria el bar del Sindicato cobraba toda su relevancia. La noche del trece, como los fuegos los prendían en la plaza, lienzo con la imagen del Cristo desenrollándose incluido, había que andar muy listos para encontrar un velador libre, teniendo en cuenta que durante muchos años en esta terraza se celebraba el refresco del Ramo y el personal comenzaba a salir sobre las nueve de la noche, pues los fuegos eran a las diez y esa noche no había baile, según ordenaba D. José que era el que disponía en estos temas. Fue a partir de los años setenta cuando, después de muchos ruegos, transigió que la banda tocase algunas piezas después de la quema de los cohetes. Desde la puerta de Facunda Espino hasta la de los Cabezas estaba todo repleto. De tapas no había mucha variedad, pero eran características las de lomo, cortadas en forma de dado. Contrataban a camareros que utilizaban el sistema de fichas para llevar la contabilidad con José. Éste, al principio de la noche, les vendía las fichas y los camareros cobraban a los clientes con un porcentaje sobre el precio que ellos habían abonado. Así José tenía la seguridad de cobrar todo, pues lo hacía al instante de entregarle al camarero la mercancía y estos andaban vigilantes para que no se les fuese nadie sin pagar, ya que ellos ya habían abonado el importe a José.
Como otras muchas cosas la vida del Sindicato terminó. Con él se fue una época, una referencia y una clientela que se renovaba con los años. He nombrado sólo a algunos de los que recuerdo ya que es imposible hacerlo con todos. Lo he hecho con el mayor de los respetos y mejor aprecio. Ya han fallecido muchos de los clientes que conocí, tanto que en alguna noche de insomnio he logrado llenar la barra y las mesas con los ausentes, faltándome sitio para ubicarlos a todos.
Pudimos no haber sido.
Vivimos gracias al azar y a combinaciones aleatorias. Si vemos nuestro árbol genealógico, cualquier cambio en los protagonistas que nos precedieron hubiese alterado a todos los descendientes. Si un tatarabuelo, por ejemplo, en vez de ser Antonio, hubiese sido Pedro, ni nuestros bisabuelos, ni nuestros padres ni nosotros hubiésemos existido. Hubiesen sido otras personas las nacidas. De entre todas las posibilidades de unión, se han ido produciendo unas determinadas y no otras, que también fueron posibles. Por muy lejanos que sean nuestros ancestros todos son parte indispensable para que nosotros estemos aquí. Algunas de esas uniones dependieron probablemente de circunstancias totalmente casuales y fortuitas. Un no te quiero de un tatarabuelo o tatarabuela a su consorte, nos hubiese eliminado de la lista de la vida. Por eso somos el resultado de muchas circunstancias. Por la misma razón, otros podrían haber estado y no están. Una pura casualidad.
Paloma sobre nube.
Si de mí dependiera.
Si de mí dependiera
cargaría los fusiles
con balas de algodón y seda.
Levantaría un solo mástil
y en él, una bandera
con dos colores: el azul del cielo
y el verde de las praderas.
Si de mí dependiera
daría a los soldados
una mochila llena
con uvas de racimo
y pistolas de pan
para que dispararan
con puntería certera
sobre el corazón del hambre.
Si de mí dependiera
haría más escuelas,
sembraría árboles en las riberas,
llenaría de huertas las vegas
y de trigo los graneros.
Al dinero, como a los ajos,
le pondría caducidad
y al año, que se pudriera.
Todas estas cosas haría
si de mí dependiera.
Presentación del libro de Tere Montero “Llerena en el corazón”
Aunque en una entrada anterior publiqué el soneto con el que terminaba mi presentación del libro de la escritora llerenense Tere Montero, hoy la publico integra. El acto tuvo lugar en el salón cultural la Merced de Llerena el día 28 de julio de 2012.
Tere Montero ha tenido la gentileza de invitarme para que presente este año el que es su cuarto trabajo, acto que, como en años anteriores, tiene lugar por estos días de julio, alrededor del día de Santiago. Gesto por el que le estoy agradecido.
Aceptar el reto de la presentación generó en mí cierta inquietud por no defraudar al auditorio, teniendo en cuenta sobre todo la calidad del mismo, por lo que de antemano pido disculpas si cometo errores, y confiado en su tolerancia, agradezco su segura comprensión.
Esta vez Tere ha titulado su libro “Llerena en el corazón”. Después de los anteriores, Los hombres, Las mujeres y Retazos de Llerena, le toca el turno al corazón, cuyos latidos han estado también presentes en los anteriores, aunque ahora suba, palabra tan cordial, al altar del título.
El tema central que da sentido y unidad a toda esta producción, como es evidente, es Llerena. Su gente, con sus pequeñas o grandes historias, siempre relatadas con respeto, cariño y profunda humanidad.
En esta ocasión el corazón impulsa y bombea las emociones y los recuerdos dándole vida para que todos los que se introduzcan en la lectura y contemplación de las fotografías que en abundancia contiene el libro, vuelvan a vivir de nuevo o a conocer por primera vez, en el caso de los más jóvenes, parte de la historia común que conforma la identidad de la muy noble, leal y antigua ciudad de Llerena.
El libro está prologado por Diego Algaba Mansilla, que estuvo trabajando en el Centro de Salud y viviendo en Llerena durante veinte años. Asiduo del periódico HOY con sus cartas al director y en su sección semanal de Plaza Alta. Su evocadora y amena sencillez escribiendo encajan perfectamente con el contenido del libro.
En este cuarto trabajo que nos ocupa esta noche, hay muestras de la nostalgia que produce el tiempo y la que origina la distancia que nos separa de alguno de los lugares donde alguna vez fuimos más o menos felices.
Tere, en su labor recopiladora e investigadora ha solicitado testimonio a otros llerenenses para que cuenten ellos mismos sus impresiones y narren parte de sus vidas y recuerdos, producidos y anclados en la ciudad que les vio nacer o con la que tuvieron intensa relación. En otros casos, escudriñando en los entresijos de su fecunda memoria, rememora sus vivencias que narra con su gracejo característico.
Se escribe fundamentalmente para comunicar y para que el lector disfrute y se emocione. Ella lo hace con sencillez, sin artilugios enrevesados, ni expresiones barrocas que dificulten la comprensión. El lenguaje no debe ser una barrera entre el que escribe y el que lee. Eso, que aparentemente parece tan sencillo no lo es y se comprueba cuando uno se pone a la tarea de escribir, porque sencillez no es sinónimo de facilidad. La prosa de Tere es una prosa que va directa al torrente sanguíneo de las sensaciones, sin alambicados y retorcidos recursos gramaticales y sintácticos.
Otra característica de su forma de escribir es la fina ironía que entre líneas introduce a hechos o situaciones que ella cree criticables por algún motivo. Y deslizándonos por el estilo llano de su prosa podemos encontrarnos de improviso un rejón clavado con singular soltura de amazona rejoneadora en el hoyo de las agujas, que dicen los taurinos. Siempre, claro está, con educación y elegancia, pero directo, claro y certero.
Este no es un trabajo de citas eruditas ni llamadas aclaratorias que nos remitan a otras fuentes. Es un libro de sentimientos. De tiempos pasados o actuales, pero con el riego caliente de la vida corriendo por sus renglones. Quizás, cuando pasen muchos años, algún etnógrafo tendrá que recurrir a estos libros que Tere va presentando para conocer usos y costumbres desaparecidos. Esta historia cercana, de vecindad común, necesita plasmarse por escrito para que generaciones venideras sepan cómo se vivía por estos pagos. Los personajes sobresalientes de la historia ya tienen sus estudiosos y sus panegiristas. Ahora le toca el turno al vecino corriente y cercano que se cruza con nosotros en la calle, a las costumbres enraizadas y a los lugares que compartimos.
Pues bien, en los comienzos otoñales, cuando nos ponemos la primera ropa de abrigo, comenzó la autora a elaborar este cuarto trabajo. Esa añoranza que traen las primeras aguas y el primer viento fresco del Atlántico, abocado ya el tiempo a las cortas tardes de tibio sol amarillo, le sirven para hacer un recorrido histórico sentimental por la feria de san Miguel, culminado por un trabajo de su suegro, D. Luis Domínguez, que recoge a su vez otro del padre de éste, D. Rafael Domínguez, abogado, periodista y cronista de Llerena, con interesantes y amenos datos de la evolución de la feria cuando el núcleo de la misma eran el rodeo, el teatro y las corridas de toros.
Muchos hijos de esta tierra, que nacieron a la luz en la dilatada claridad de la Campiña, custodiada por las primeras estribaciones de sierra Morena en Extremadura, dejaron, unas veces forzados y otras voluntariamente por diversas razones, el pueblo que les vio nacer.
Se alejaron de aquí físicamente, pero guardados en su corazón, se llevaron consigo el hato lleno de sensaciones, recuerdos y vivencias que no se olvidan jamás y que forman parte para siempre de la identidad de cada uno.
Naturales de Llerena hicieron las Américas en tiempos de conquista y colonización. Naturales de Llerena, como de muchos pueblos de la España rural, tuvieron que buscar trabajo y porvenir en los grises años de la posguerra y décadas de los cincuenta y sesenta en otras regiones y países.
Actualmente también se marchan fuera muchos llerenenses, pero ya no llevan como carta de presentación sólo la fuerza y destreza de sus brazos. Llevan cultura, carreras universitarias y talento, bagaje cultural que les sirve para desempeñar brillantemente sus profesiones en muchos y variados puntos del planeta.
Esta expansión de Llerena a través de sus naturales ha llevado el espíritu de esta ciudad a lejanos lugares. Una forma de ser, un estilo, eso que conforma la médula de nuestra vida y la raíz emotiva y sentimental de cada uno de nosotros y que deja, a donde quiera que se llega, constancia orgullosa de la impronta de la cuna.
De todo encontramos testimonios en este trabajo de Tere. Se llevan las cosas en el corazón cuando abandonamos el lugar donde hemos vivido y lo recreamos en la imaginación, añorándolo, pero también cuando lo que se interpone entre nosotros y el pasado es el tiempo, aunque permanezcamos en el mismo sitio, porque ese lugar y las personas que coincidimos en un momento determinado de nuestra existencia quedan para siempre como fósiles envueltos en la resina del cariño y la nostalgia.
“Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”, dejó escrito Neruda en inmortal poema. No hay nada más que ver una fotografía antigua y comprobar el trabajo que nos cuesta reconocer e identificar a amigos, compañeros y conocidos que un día compartieron con nosotros parte de nuestras vidas.
El parque donde dimos el primer beso, sigue ahí, pero la conjunción de nosotros con él, las coordenadas de tiempo y espacio en que se produjo tan placentero hecho sólo vive dentro de nosotros.
Otros capítulos del libro están dedicados a hechos y personas que podían haber estado en sus obras anteriores y que Tere incluye ahora en esta. Unas por su filantropía, como Antonio Ríos por su encomiable labor con los niños del Sahara. Otros, como Paco el de telégrafos, por ser emisario de alegrías y tristezas, de vida y de muerte vestidas de azul doblado con economía terminológica, precursora de los actuales mensajes de móviles.
Guadalupe Ortiz de la Tabla nos cuenta los azares de la emigración en busca de una vida mejor con añoranza de juegos y lugares comunes en las Ollerías hasta su asentamiento en tierras catalanas.
Hay un recuerdo entrañable para los barrenderos que con tanto oficio y profesionalidad adecentaban las calles al venir el día.
La vida no era de color de rosa, ni siquiera del color amarillo con el que se tiñen las fotos con el paso del tiempo. Más bien de color castaño oscuro tirando a negro, como aquellos largos lutos de velo y manto, aunque recordemos nuestra infancia con gozoso regodeo porque el transcurso del tiempo por ley natural, lima aristas y mitiga el dolor, vistiendo el recuerdo de suaves redondeces.
Algunas mujeres tuvieron que sacar a sus familias adelante cuidando los hijos de otras familias. Micaela Núñez y Carmen Maldonado Murillo son ejemplos entre los muchos que existían en aquellos tiempos y que quedan recogidos en el libro con descarnada sinceridad.
El día de Extremadura que tan bien organizaba el barrio del Pilar, es recordado y coronado por una emotiva carta de los vecinos dirigida a Pepe Moro, escrita con la tinta azul del cielo.
Las excursiones, actividades al aire libre y una forma sana de vida a cargo de José Luis Santana, que evoca a aquella asociación de jóvenes que eran los scouts.
Refiere Tere recuerdos tristes también que su familia, igual que otras muchas, sufrieron. Aquellas enfermedades infantiles, como la polio y la viruela que desgraciadamente dejaron sus secuelas y que Tere recuerda con sentimiento y dolor. Los remedios para algunas de aquellas enfermedades no iban mucho más allá de lo que suministraba la botica de la abuela, salvados estos inconvenientes por la profesionalidad y entrega de médicos y practicantes de la época.
Hay referencias en el libro de Tere que sólo con leerlas abren las compuertas de la presa del recuerdo y nos inundan de imágenes y estampas pasadas ¿Quién no probó aquel estimulante del apetito que era medicina y golosina, que nos sacaba unas chapetas sonrosadas y nos ponía a los niños tan contentos y optimistas bajo la atenta mirada de la beatífica monja de hábito?
La historia de la antigua tradición de san Antón, con sus candelas y sus tizones, capítulo que ha elaborado Tere a partir de los datos que le suministra José Tena.
El pan de san Antonio desde sus orígenes a la actualidad es recordado con curiosos detalles.
Otro capítulo es el dedicado a un grupo de llerenenses, enmarcados bajo el título de “Allende los mares”, donde sus protagonistas relatan sus experiencias y vivencias personales. Son llerenenses de las últimas generaciones, con gran preparación académica y profesional, como dije antes. Juan Antonio Hurtado, Cristina Romero Mimbrero, Francis Zamorano, Marisa Rodríguez Palop, Anastasio Sánchez Zamorano. Es sólo una muestra de una generación pujante y cosmopolita que puede completarse con muchas más personas y que está dejando el nombre de Llerena a la altura que le corresponde. Desgraciadamente la situación económica nos dejará huérfanos cada vez más de jóvenes brillantes que habrán de buscar horizontes nuevos fuera de su tierra.
D. José Gutiérrez Maesso, relacionado con Llerena por sus estancias en la finca familiar de los Ángeles. Director, productor y guionista de renombre también tiene su capítulo en la obra.
El antiguamente denominado paseo del Progreso, hoy parque de la Constitución, lugar que Tere evoca y que guarda tantos recuerdos para todos los llerenenses, sirvió de ensayo algunas tardes a un grupo de jóvenes que quisieron dar una serenata a una bella señorita de la localidad. Serenata que terminó de forma rocambolesca. Hay que leer los detalles de esta aventura noctámbula a la luz de la luna para paladear todo el retrato de una época con la gracia y la espontaneidad que Tere sabe darle a sus relatos.
La asociación Nª Sª de la Granada que aglutinó a tantos llerenenses allá en el madrileño barrio de Vallecas y que tan gran labor desarrolló con actividades culturales y recreativas, tiene también cabida en la obra.
En paralelismo con el poema que Manuel Machado dedica a las provincias de Andalucía “Cádiz, salada claridad; Granada/ agua oculta que llora./ Romana y mora, Córdoba callada./ Málaga cantaora./ Almería, dorada./ Plateado Jaén. Huelva, la orilla/ de las tres carabelas…/ y Sevilla”, dando a entender que no hay palabra que mejor defina a Sevilla que su propio nombre… Y yo digo…y Jesús Montero, iconoclasta descarnado, tumbador de tópicos, y rompedor de corsés, quien con peculiar estilo rememora algunas de sus innumerables y pintorescas peripecias. Una forma de encarar las situaciones ajena a prejuicios y componendas.
El libro contiene una abundante cantidad de fotografías que completan y amplían su contenido literario. Esas hay que verlas para trasladarse al tiempo en que fueron realizadas y que ese instante de vida detenido para siempre se desenrosque dentro de nosotros y en catarata surjan otras tantas imágenes que conservamos en la cámara oculta de nuestra memoria.
Llerena en el corazón es una combinación de vivencias y de imágenes, distanciadas en el espacio y en el tiempo, que regresan ahora en letra impresa a cobrar vida en las páginas del libro, como sangre que fluye impulsada por el vigoroso corazón del recuerdo recreando en nuestra imaginación tiempos y espacios comunes ya pasados.
La imagen de las calles, los sonidos de las campanas de sus torres y espadañas, del bregar del viento en los temporales de otoño y el chapoteo del agua de canales. Los juegos infantiles, los aromas, los amigos, las horas que se pasan sin reloj que las controle, el baño y muda limpia al calor de la camilla con brasero y alambrera las tardes de los sábados, el “Bendito” y “Cuatro esquinitas tiene mi cama”, es parte del equipaje que conservamos guardado con cariño en nuestro corazón.
Para terminar quiero hacerlo con un soneto, que con más o menos fortuna, recoge el sentir de este humilde servidor de todos ustedes.
El pasado se aviva remozado
y en nosotros otra vez se hace presente,
traído de la mano dulcemente
para ser con nostalgia recordado.
La autora con denuedo ha preguntado
para hallar testimonio entre la gente
de otro tiempo fugaz y evanescente
que vuelve a nuestras mentes añorado.
Ofrece con primor Tere Montero
el corazón abierto de Llerena
para gozo y solaz de sus paisanos
y desde aquí quiero ser el primero
en darle la cordial enhorabuena
por el libro que hoy pone en nuestras manos.
Muchas gracias a todos. Buenas noches.
Nota:. Las fotografías de éste trabajo las he cogido de la web del Ayuntamiento de Llerena y otros lugares de internet. Si algún interesado quiere que las elimine no tiene nada más que comunicármelo. Muchas gracias.
Encina
¡Qué suerte tienes, encina,
acariciada por brisas
de tan diversos destinos!
Desde tu otero divisas
las estrellas de la noche
y los cruces de caminos.
Cada tarde el sol te deja
cobijado entre tus hojas
el rescoldo de sus brasas
y de noche se resguardan
al amparo de tus ramas
los pajarillos que al alba
alegrarán la mañana.
En el tiempo del estío
das cobijo a los pastores
mientras la chicharra sierra
el aire de los olivos.
Cuando el viento se enfurece
y remueve tu ramaje
aguantas fuerte y gallarda
sus violentas embestidas.
Y si te dañan, con mimo
la luna te cura
con su luz de nácar
tus ramas ajadas
y ranas y grillos
te susurran nanas
en el aire quedo
de la madrugada.
Rezos infantiles.























