Un arlequín beodo traza en la Nochevieja una raya de bengalas en medio del mar.
Los doce toques de campana que cada noche se pierden lastimosos por las veredas del sueño se enquistan hoy en un eco repetido de bullanga y serpentinas.
El hombre ha troceado el paso del tiempo para contar su crecimiento y su declive y cada vez que lo hace viste de euforia o nostalgia la frontera artificial de su transcurso.
Sean lunas, soles, equinoccios o solsticios las unidades de medida, todas se pierden en la inmensidad del espacio, que es donde el tiempo adquiere su sentido.
Como aquel turista que se quedó sin los agasajos que le brindaron al que hacía los dos millones y que se hizo popular por una canción en los años sesenta, las dos bolas que salieron antes y después del gordo en el sorteo de la lotería de Navidad han perdido la oportunidad de hacerse con el primer premio. La cantinela de los niños del colegio de san Idelfonso sólo les recibió con el monótono son de la pedrea, lejos del eufórico y repetido del premio mayor.
En su salida por el angosto esfínter, quién sabe si por un educado pase usted primero o por precipitarse con empujones, se jugaron su suerte. La mayoría, abúlica y conformista, permaneció en el voluminoso vientre del anonimato, volteados con cosquillas ruidosas en la noria de alambres.
El enlace de un número plebeyo con la bola de más rancio abolengo se celebró con las mejores galas de flashes, radios, televisiones y primeras páginas de periódicos. A partir de ahora el 13.437 entra a formar parte de la nobleza crematística y adquiere por matrimonio blasón y fuste
Ya lo decía el tango: “Por una cabeza de un noble potrillo que justo en la raya afloja al llegar…” o don Antonio Machado: “Todo es cuestión de medida, un poco más, algo menos”. En un segundo o por un metro les cambia a algunos la vida.
Para limpiar los sembrados de vallicos, cardos y otras malas hierbas, antes de que empezaran a envenenarnos con los herbicidas, se escardaba la sementera. Cuadrillas de labriegos, surco a surco, recorrían las hazas con zuelas o azadones para que los cereales crecieran sin estas malas compañías que ahogaban su desarrollo.
En las horas más tranquilas de las labores domésticas, las amas de casa o los abuelos se sentaban a separar en dos cestos colocados a diestra y siniestra los garbanzos de las granzas y de otros desechos que la labor de recolección había dejado entre las leguminosas.
Lo mismo se hacía con las lentejas. Para evitar que una china pusiera en peligro la integridad de dientes y muelas de los comensales, se extendían sobre el tapete de hule y con paciencia y tiento se iban purgando de tan incómodos huéspedes.
No había nada como estas sanas y antiguas costumbres para, sin dañar el medio ambiente, separar el grano de paja y morralla.
Quienes tienen poder y recta conciencia bien podían aplicar esos ejemplos a la besanas y labrantíos patrios, infestados de granujas que hurtan el bienestar de los demás y desvalorizan la noble labor del servicio público, antes que su daño sea irreparable o un viento racheado quede el mantel sin lentejas.
Nadie es completamente torpe o absolutamente inteligente, salvo los dioses que, si existen, por definición deben ser perfectos. Vulnerables los demás, aunque sólo sea por un tendón.
Luces y sombras configuran las capacidades, desigualmente, claro está.
Lumbreras en los números, brillantes en las letras, hábiles en los oficios, dotados para el arte, pero esos mismos pueden ser ineptos para otros saberes y labores.
Hubo destacados bachilleres que fracasaron en estudios superiores y mediocres en grados iniciales que descollaron después. A veces el genio duerme hasta que alguien le dice levántate y anda.
Existen quienes sin cursar carreras triunfaron en la vida con ingenio, astucia, técnica o destreza.
Por eso nadie es redondo completo ni obtuso al cien por cien.