Una raya en el mar

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Un arlequín beodo traza en la Nochevieja una raya de bengalas en medio del mar.

Los doce toques de campana que cada noche se pierden lastimosos por las veredas del sueño se enquistan hoy en un eco repetido de bullanga y serpentinas.

El hombre ha troceado el paso del tiempo para contar su crecimiento y su declive y cada vez que lo hace viste de euforia o nostalgia la frontera artificial de su transcurso.

Sean lunas, soles, equinoccios o solsticios las unidades de medida, todas se pierden en la inmensidad del espacio, que es donde el tiempo adquiere su sentido.

El alba en tu cuerpo

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(Sol ardiente de junio. Frederic, Lord Leighton. Óleo sobre lienzo)

Por encontrarme contigo

socavo la madrugada

con los picos  del desvelo

y saco  la noche  a espuertas

por ver tu cuerpo moreno

con la claridad del  alba.

Esa luz dulce y difusa

hecha de leche de nácar

recubre tu piel dormida.

Al poco la miel dorada,

regalo del sol primero,

penetra por la ventana

acariciando tu pelo

sobre la blanca almohada.

 

Por una cabeza

caballo

(Cuadro de Gonzalo Perdomo Martínez)

Como aquel turista que se quedó sin los agasajos que le brindaron al que hacía los dos millones y que se hizo popular por una canción en los años sesenta,  las dos bolas que salieron antes y después del gordo en el sorteo de la lotería de Navidad  han perdido la oportunidad de hacerse con el primer premio. La cantinela de los niños del colegio de san Idelfonso sólo les recibió con el monótono son de la  pedrea, lejos del eufórico y repetido del premio mayor.

En su salida por el angosto esfínter, quién sabe si por un educado  pase usted primero o por precipitarse con empujones, se jugaron su suerte. La mayoría, abúlica y conformista, permaneció en el voluminoso vientre del anonimato, volteados  con cosquillas ruidosas en la noria de alambres. 

El enlace de un  número plebeyo con la bola  de más rancio abolengo se celebró con las mejores galas de flashes, radios, televisiones  y  primeras páginas de periódicos. A partir de ahora el 13.437 entra a formar parte de la nobleza crematística y adquiere por matrimonio blasón y fuste 

Ya lo decía el tango: “Por una cabeza de un noble potrillo que justo en la raya afloja al llegar…”  o don Antonio Machado: “Todo es cuestión de medida, un poco más, algo menos”. En un segundo o por un metro les cambia a algunos la vida.

Un retrato

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Mantengo prisionera en un retrato

tu clara inmensidad en un instante,

sostenida tu mirada penetrante

equívoca entre súplica y mandato.

 

Al aire,   las sortijas del cabello

en visera ideal  sobre tu frente

y una caricia que quedó pendiente

en  la grácil  figura de tu cuello.

  

El tiempo detenido para siempre

tiene la eternidad del sentimiento

en  seductora luz de arrobamiento

 

y dudo si volver de aquel momento

a la dura rutina del presente

o vivir la quimera permanente

La escarda

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(Carta en el periódico HOY 16-12-2014)

Para limpiar los sembrados de vallicos, cardos y otras malas hierbas, antes de que empezaran a envenenarnos con los herbicidas, se escardaba la sementera. Cuadrillas de labriegos, surco a surco, recorrían las hazas con zuelas o azadones para que los cereales crecieran   sin estas malas compañías que ahogaban su desarrollo.

En las horas más  tranquilas de las labores domésticas, las amas de casa o los abuelos se sentaban a separar en dos cestos colocados a diestra y siniestra los garbanzos  de las granzas y de otros desechos que  la labor de recolección había dejado entre las leguminosas.

Lo mismo se hacía con las lentejas. Para evitar que una china pusiera en peligro la integridad de  dientes y muelas de los comensales, se extendían sobre el tapete de hule y con paciencia y tiento se iban purgando de tan incómodos huéspedes.

No había nada como estas sanas y antiguas costumbres para, sin dañar el medio ambiente,  separar el grano de paja y morralla.

Quienes tienen poder y recta conciencia bien podían aplicar esos ejemplos a la besanas y labrantíos  patrios, infestados de granujas que hurtan el bienestar de los demás y desvalorizan la noble labor del servicio público, antes que su daño sea irreparable o un viento racheado quede el mantel sin lentejas.

El presente

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Vuelvo a  recordar andanzas viejas,

rebuscando  quimeras,

ilusiones y vivencias  dejadas

en las calles lejanas del pasado

por ver si el tiempo, en el corazón de la solera,

convirtió en vino añejo

la desabrida piel de las hollejas

o si en algún rincón perduran  todavía 

rescoldos de fuego.

En mi deambular encuentro afectos  en las rejas,

como  claveles secos olvidados de riego.

Ojos brillantes de juvenil ardor

tienen hoy  gris expresión y apagada  mirada.

Los labios que ofrecían entreabiertos

granadas de anhelos

musitan rezos en las sombras. 

Sarmientos son de gélidos abrazos

las manos de caricias envolventes.

¿Dónde quedó lo vivido?

El presente es vivir  cada momento.

Cuando vuelves la cabeza para recrearte

ya está ausente.

El calor de las arrugas.

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Tu corazón, algo cansado, guarda aún

impulsos de muchacho nuevo.

Late la vida en los  surcos de la arruga

y queda mucho amor que dar

en los pliegues de tus manos.

El tiempo endureció la tez,  

pero hay en su interior semillas nuevas

que germinan con la calidez de los abrazos

y la copiosa lluvia del beso enamorado.

¡Ánimo!

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El monótono fluir de la rutina

entremezcla los  límites  difusos

de  las horas  y los días confusos,

cual vela  al  horizonte la calina.

 

Una angustiosa  soledad camina

por senderos y  atajos inconclusos

infestados de penas y de intrusos

que turban paz con desazón dañina.

  

Destruye  nudos al gordiano modo,

un tajo a la raíz lo cura todo.

Que vuelva a ti la magia  de la vida.

  

Al aire, libertad sin ataduras,

antes que recubierta de amarguras

ciegue el hollín la puerta de salida.

Matanzas

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¿Dónde están aquellos días

al calor de la candela

untando el pan con cachuela

y fuera las  nieblas frías?

Entonces tú no sabías

que cuando el tiempo se fuera

volverían  a tu mollera

la manteca colorá,

con la sabrosa pringá 

de la matanza casera.

¡Qué recuerdos, mire usted: 

las chacinas recién hechas

en tan señaladas fechas

y en el techo y la pared,

atienda  vuestra merced:

chorizos y salchichones,

morcillas y chicharrones.

Nuestra edad que era dichosa

aguantaba jubilosa

tan pesadas digestiones

Todos valemos.

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Nadie  es completamente torpe o absolutamente inteligente, salvo los  dioses que, si existen, por  definición  deben ser perfectos. Vulnerables los demás, aunque sólo sea por un  tendón.

Luces y sombras configuran las capacidades, desigualmente, claro está.

Lumbreras en los números,  brillantes en las letras, hábiles en los oficios, dotados para el arte, pero esos mismos  pueden  ser ineptos para otros saberes y labores.

Hubo destacados bachilleres que fracasaron en estudios superiores y mediocres en  grados iniciales que descollaron después. A veces el genio duerme hasta que alguien le dice levántate y anda.

Existen quienes sin cursar carreras triunfaron en la vida con ingenio, astucia,  técnica o destreza.

Por eso nadie es redondo completo ni obtuso al cien por cien.

Todos tenemos algo valioso.