El maestro ponía la muestra en la pizarra sobre dos líneas paralelas que con una regla grande había trazado antes. Nosotros, los niños de entonces, la copiábamos en una hoja del cuaderno de dos rayas y hacíamos lo que se llamaba la plana. Pasábamos después por su mesa para que calificase con mal, regular, bien o muy bien el trabajo realizado.
Los lápices eran de Johann Sindel y los cuadernos de Balandro.¡Qué memoria caprichosa ésta, en lo que se fijaba! La goma de borrar siempre a mano para enmendar entuertos. Si el lápiz no señalaba bien se humedecía la punta de grafito en la lengua.
Vinieron después los pupitres bipersonales con dos agujeros donde se metían los tinteros de porcelana blanca. Cada mañana los llenaban de tinta. Mojábamos la plumilla y hacíamos nuestra plana de caligrafía. El secante para los goterones que a veces caían era una tiza que absorbía rápidamente, hasta que ruborizada de azul por nuestra torpeza debíamos cambiarla.
El Instituto Nacional de Educación de Islandia, país pionero en reformas y avances educativos, ha decidido que la caligrafía ya no formará parte del currículo escolar a partir del curso 2016-2017. Continuarán escribiendo a mano de forma obligatoria, pero con letra simplificada, separada, como la de la imprenta, como la de los periódicos o como esta que se ve aquí.
Lo que se va a dejar de practicar en las escuelas finlandesas es la letra ligada. Ellos sabrán, pero pienso que la buena caligrafía es un arte y una huella testimonial y personal para el futuro. A mí me emociona encontrarme un manuscrito de algún antepasado. Esos adornos arabescos con los que comienzan muchos escritos caligráficos y las curvas de grosor cambiante de los trazos de las letras son una gozada visual.
Lo importante, sea con letra de palo o ligada, es escribir a mano. Define la lateralizad y es el drenaje del corazón hacia el papel.
(La muerte de Socrates Óleo de Jacques-Louis David. 1787)
El ex primer ministro portugués, José Sócrates, ha sido detenido por corrupción en el país vecino. Como la peste en la Edad Media, el mal se extiende imparable. Aquí en el nuestro ya estamos curados del espanto que nos provoca esta eclosión de ladrones desvergonzados. Tanto que nos sorprende más la honradez que el latrocinio.
En el caso de nuestro vecino pillado en el engaño hay un plus de villanía. Deshonrar ese apellido que campea en su identificación es una ignominia que atenta contra la memoria de unos de los más grandes filósofos y pensadores que ha dado nuestra civilización.
Consecuente y coherente con lo que pensaba y con su conducta, fue un ejemplo de dignidad hasta la hora de su muerte.
Lo acusaron de despreciar a los dioses y corromper a la juventud. Artimañas legales profusamente utilizadas a lo largo de la historia cuando las ideas incomodan al poder establecido.
Según Platón, su discípulo, podía haber evitado la condena solicitando la ayuda de los muchos amigos con los que aún contaba, pero no quiso. Durante la noche cumplió su sentencia bebiendo una copa de cicuta, procedimiento que se usaba entonces de ejecución “suicida”.
Ante estos ejemplos se engrandece la figura de personajes como Sócrates y queda reducida a cenizas la mezquindad moral de ciertos políticos y prebostes contemporáneos que nos ha tocado sufrir.
Desde la maldición bíblica que nos condenó al hombre y a la mujer, aunque aún no existía la costumbre de diferenciar masculino y femenino ni la grafía @ para unir los géneros, a comer el pan con el sudor de nuestra frente, hasta nuestros días, este alimento ha sufrido desde las más encendidas alabanzas hasta los más hirientes menosprecios y acusaciones de culpabilidad de obesidades.
Inalcanzable para muchas familias en tiempos de penurias, cuando costaba más un pan que una jornada de trabajo. Tiempos hubo en que se le daba un beso reverencial y agradecido si caía al suelo o se dejaba en una ventana para que otro lo aprovechara.
Formó parte de la niñez de los que hoy peinamos canas, acompañando con queso o chocolate, aceite y azúcar la merienda en las tardes de nuestra infancia. Era el rey de la mesa que los padres partían y repartían a todos los comensales.
Después lo degeneraron en forma de barras con vocación de chicle y prisas de ejecutivo. Tan poco se tarda en hacerlas como en convertirse en gomas elásticas.
Ahora vuelven a ponerlo de moda en las llamadas boutiques del pan, a vestirlo de pijo en tiendas exclusivas, acicalado con aditamentos y relleno de pasas, nueces o hierbas aromáticas.Bien para los que les guste, pero el pan no necesita tanto para estar bueno, sólo buenas materias primas maduradas al sol y a los aires morenos de nuestra tierra y tiempo adecuado de cocción en el horno.
Las fragancias del jazmín, que el descuido embraveció, penetran desde el patio cubierto de hierbajos hasta las estancias vacías de la casa abandonada. El aire huele a viejo, a ausencias disecadas por el tiempo, cual flor olvidada entre las páginas de un libro. La camilla en que se platicaba reunidos al brasero está cual la dejaron: en derredor las sillas y un tapete de hule con un dibujo desgastado. Marca el ritmo del silencio un reloj en la pared parado. Aletea la vida, sin embargo, en la patria del recuerdo: la abuela y sus geranios, la costura en la tarde sobre las sillas de anea, apacible charla de comadres; un tinajón lleno de voces en busca de sus ecos… y canciones infantiles:
“Mañana domingo
se casa Respingo
con una mujer
que no tiene manos
y sabe coser”.
Hay telas de araña en los rincones, pero quedan gestos y palabras que nunca he olvidado. Presiento pasos, familiares y queridos, en el trajín de los quehaceres…¡Cuánta vida entre cuatro paredes!
Se está poniendo el sol y un haz de moteada luz, como entonces, despide a la tarde desde el corazón del aire.
A Domingo, que tenía la barbería en la esquina de la calle Armas con la calle Santiago, lo conocí un día que entré a su local para pelarme. Se reunían allí colegas de la pitanza y el tonel, de beber hondo y pausado, a los que poco agobiaban los tictac de las horas cuando en buena armonía compartían charla y buen vino, como su amigo don Luis, alias “El Corcha”, sin ánimo de ofender y sólo a efectos identificativos.
Pues entré, como digo, a rebajar de pelo mi cabeza y sentado en el sillón frente al espejo, veía la calle y las albérchigas, caminillos y veredas de vides, que ornaban sus pómulos.
No llevaba más de cinco minutos con la tarea cuando, ante la falta de conversación, empezó a canturrear y silbar un famoso bolero que desde entonces recuerdo en algunas ocasiones cuando paso por allí.
El referido bolero decía: “Antes, mucho antes de enamorarme te voy a contar mi vida…” No entonaba mal la melodía y la letra se la sabía desde la cruz a la firma. Alternaba ésta con silbos que llegaban a mí con aromas vinateros, escanciados seguramente en el Bodegón, el Gato Negro, o en el bar de Pedro Martín, aquel hombre elegante y educado que ponía resecos con salsa de tomate.
Con don Luis tuve más relación. En los dos años que estuve estudiando en el colegio de don Isidoro él daba Educación Física y vigilaba algunas horas los estudios cuando faltaba el profesor correspondiente.
Esta vigilancia en las sesiones de tarde era más testimonial que efectiva. Llegaba con su abrigo largo de color gris marengo y se sentaba en el sillón de la tribuna. Después de unas frases de aliño y prevención disciplinaria al comienzo de la sesión entraba en el sopor digestivo de viandas y caldos que lo eclipsaba y trasladaba a los acogedores brazos del Morfeo sestero.
Si el ruido elevaba su intensidad, sin abrir los ojos, profería siempre la misma muletilla: “Verás, verás”. Las primeras veces disminuía el jaleo, pero duraba poco tiempo. El segundo aviso no tardaba en llegar: “Verás, verás ese”. Con esa admonición demostrativa quería personificar en alguien el aviso, que él no veía, pues continuaba con los párpados cerrados o abiertos leve y brevemente, pero suponía que alguno andaba fuera de sitio y compostura. Al final nos pasaba como a los gorriones con los espantapájaros, que se acostumbran a él y emiten sus trinos en lo alto del sombrero, o como quien oye llover con ese ajeno murmullo de libar de los panales.
En la última parte de su vida invitaba a comer a su casa a los alumnos mayores de sexto de bachiller con los que tenía más amistad. Me acuerdo ahora de Antonio Ortiz Barrientos, de Villafranca, que nos refería la esplendidez del anfitrión.
Le dieron dos o tres congestiones, esas que ahora llaman ictus. A pesar de eso seguía acudiendo al colegio. Cuando llegaba o se iba algunos de los que estaban próximos le ayudaban a ponerse o quitarse su abrigo largo gris marengo que colgaba en la percha del pasillo que daba al patio de recreo. No interrumpió, sin embargo, su costumbre de chatear, en el sentido noble de compartir vasos de vino y charla con los amigos, hasta que su naturaleza declinó definitivamente. Gente entrañable.