Caligrafía

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(Carte en el periódico HOY 4-12-2014)

El maestro ponía la muestra en la pizarra sobre dos líneas paralelas que con una regla grande había trazado antes. Nosotros, los niños de entonces, la copiábamos en una hoja del cuaderno de dos rayas y hacíamos lo que se llamaba la plana. Pasábamos después por su mesa para que calificase con  mal,  regular,  bien o muy bien el trabajo realizado.

Los lápices eran de  Johann Sindel y los cuadernos de Balandro.¡Qué memoria caprichosa ésta, en lo que se fijaba! La goma de borrar siempre a mano para enmendar entuertos. Si el lápiz no señalaba bien se humedecía  la punta de grafito  en la lengua.

Vinieron después los pupitres bipersonales con dos agujeros donde se metían  los tinteros de porcelana blanca. Cada mañana los llenaban de tinta. Mojábamos  la plumilla y hacíamos  nuestra plana de caligrafía. El secante para los goterones que a veces caían  era una tiza que absorbía rápidamente, hasta que ruborizada de azul por nuestra torpeza debíamos cambiarla.

El Instituto Nacional de Educación de Islandia, país pionero en reformas y avances educativos,  ha decidido que la caligrafía ya no formará parte del currículo escolar a partir del curso 2016-2017.  Continuarán escribiendo a mano de forma obligatoria, pero con letra simplificada, separada, como la de la imprenta, como la de los periódicos o como esta que se ve aquí.

Lo que se va a dejar de practicar en las escuelas finlandesas es la letra ligada. Ellos sabrán, pero pienso que  la buena caligrafía es un arte y una huella testimonial y  personal para el futuro. A mí me emociona encontrarme un manuscrito de algún antepasado. Esos adornos arabescos con los que comienzan muchos escritos caligráficos y las curvas de grosor cambiante  de los trazos de las letras  son  una gozada visual.

Lo importante, sea con letra de palo o ligada, es escribir a mano. Define la lateralizad y es el drenaje del corazón hacia el papel.

El mar en tu pañuelo.

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La playa es cielo

donde los fuegos del mar

al llegar a   las arenas

rompen vaivenes eternos

en ramos de espuma y sal

y susurros de sirenas.

Brecha de luz,

escamas de luna blanca,

rielan en la oscuridad.

En la orilla tu pañuelo,

leve brisa del adiós,

graciosamente en tu cuello.

Sócrates.

Muerte de Socrates.

(La muerte de Socrates Óleo de Jacques-Louis David. 1787)

El ex primer ministro portugués, José  Sócrates,  ha sido detenido por corrupción en el país vecino. Como la peste en la  Edad Media, el mal se extiende  imparable. Aquí en el nuestro ya estamos curados  del espanto que nos provoca esta eclosión de ladrones desvergonzados. Tanto que nos sorprende más la honradez  que el latrocinio.

 En el caso de nuestro vecino pillado en el engaño  hay un plus de  villanía. Deshonrar ese apellido que campea en su identificación es una ignominia que atenta contra la memoria de unos de los más grandes filósofos y pensadores que ha dado nuestra civilización.

Consecuente  y coherente con lo que pensaba y con su conducta, fue un ejemplo de dignidad hasta la hora de su muerte.

Lo acusaron de despreciar a los dioses y corromper a la juventud. Artimañas legales profusamente utilizadas a lo largo de la historia cuando las ideas incomodan al poder establecido.

 Según Platón, su discípulo, podía haber evitado la condena solicitando la ayuda de los muchos amigos con los que aún contaba, pero no quiso.  Durante la noche cumplió su sentencia bebiendo una copa  de cicuta,  procedimiento  que se usaba entonces  de ejecución “suicida”. 

Ante estos ejemplos  se engrandece la figura de personajes como Sócrates y queda reducida a cenizas la mezquindad moral  de ciertos políticos y prebostes  contemporáneos que nos ha tocado sufrir.

 

Juventud que no se atreve…

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Quienes todo  fían  a la mesura

hollan  pisadas  que dejaron   otros

en duros temporales sobre potros,

cara al viento desdeñando la cordura.

 

Cual cucos  viven en nidal ajeno

sin peligro,  abarco  ni aventura

en fortaleza cómoda y segura

guardados de un mal rayo y de su trueno.

 

Sayas  usadas, juventud valiente,

desechad. Descubrid caminos  nuevos

en este vuestro turno  de relevos.

 

Nada gana el  cobarde e indolente,

testigo  asid del exhausto combatiente

que os ofrece caído desde el suelo.

El pan

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(Cartas en el periódico HOY 14-11-2014)

Desde la maldición bíblica que nos condenó al hombre y a la mujer, aunque aún no existía la costumbre de diferenciar masculino y femenino ni la grafía @ para unir los géneros, a comer el pan con el sudor de nuestra frente, hasta nuestros días, este alimento ha sufrido desde las más encendidas alabanzas hasta los más hirientes menosprecios y acusaciones de  culpabilidad de obesidades.

Inalcanzable para muchas familias en tiempos de penurias, cuando costaba más un pan que una jornada de trabajo. Tiempos hubo en que  se le daba un beso reverencial y agradecido si caía al suelo o se dejaba en una ventana  para que otro lo aprovechara.

Formó parte de la niñez de los que hoy peinamos canas, acompañando con queso o chocolate, aceite y azúcar  la merienda en las tardes de nuestra infancia. Era el rey de la mesa que los padres partían y repartían a todos los comensales.

Después lo degeneraron en forma de  barras con vocación de chicle y prisas de ejecutivo. Tan poco se tarda en hacerlas como en convertirse en gomas elásticas.

Ahora  vuelven a ponerlo de moda en las llamadas boutiques del pan,  a vestirlo de pijo en tiendas exclusivas, acicalado con aditamentos  y relleno de  pasas, nueces o hierbas aromáticas.Bien para los que les guste, pero el pan no necesita tanto para estar bueno, sólo buenas materias primas maduradas al sol  y a  los aires morenos  de nuestra tierra y tiempo adecuado de cocción en el horno.

Mi complementario o el extraño caso doctor Jekyll y el señor Hyde.

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Busca a tu complementario,

que marcha siempre contigo,

y suele ser tu contrario.

(Antonio Machado)

Yo  quisiera  dejar al pejiguera

que siempre me acompaña.

No aguanto su aldabón en mi  conciencia

sujetando las bridas de mis sueños.

Que me  deje a mis anchas

hacer lo que yo quiera 

al menos algunos días del año:

Quiero prender en talles ondulantes

mi afán libidinoso

y llevarlos ceñidos

al bosque solitario.

Detener las manillas del reloj

en horas placenteras

hasta que exhausto de placer

caiga en mullidos edredones

vencido por el sueño.

Atravesar los charcos de la calle

a la pata la llana,

como niño salido de la escuela.

Romper las convenciones

de falsas mascaradas.

Y cuando vuelva a mi interior

con los zapatos en la mano,

si me aguarda en vigía,

que guarde silencio y no me reprenda,

que quiero vivir por un tiempo

sin sombra de nadie.

Aunque ahora que caigo

no sé si soy yo quien quiere marcharse

o, hastiado de mí,

es mi  complementario.

Enfermedad

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(Dedicado a todos los que luchan contra la enfermedad. Mañana podemos ser nosotros. Ánimo y tesón para superarla.)

De los más  nobles  sentimientos puros,

confortación pretendo y esperanza

a quienes dio la fortuna en su acechanza

enfermedades y momentos duros.

 

Fíad  laurel  y galardón seguros,

pues la fuerza que inclina la balanza

es en primer lugar la confianza

para abatir tan resistentes  muros.

 

No os faltará en la lucha compañía

ni protección que nutra  valentía

con la tensión vital de nuestro aliento. 

 

Luchad. La vida os debe todavía

abundante cariño  y sentimiento

para llenar las horas de alegría.

 

Casa abandonada.

manuel García Rodríguez 1863-1925

(Pintura de Manuel García Rodríguez 1863-1925)

Las fragancias del jazmín, que el descuido embraveció, penetran desde el patio  cubierto de hierbajos  hasta las estancias vacías de la casa  abandonada. El  aire huele a viejo, a  ausencias disecadas por el tiempo, cual flor olvidada entre las páginas de un libro. La camilla en que se platicaba reunidos al brasero está cual la dejaron: en derredor las sillas  y un tapete de hule con  un dibujo desgastado. Marca el ritmo del silencio  un reloj en la pared parado. Aletea la vida, sin embargo, en la patria del recuerdo: la abuela y sus geranios, la costura en la tarde sobre las  sillas de anea, apacible charla de comadres; un tinajón lleno de voces en busca de sus ecos… y canciones infantiles:

“Mañana domingo

se casa Respingo

con una mujer

que no tiene manos

y sabe coser”.

Hay  telas de araña en los rincones,  pero quedan  gestos y palabras que nunca he olvidado. Presiento  pasos, familiares y queridos, en el trajín de los quehaceres…¡Cuánta vida entre cuatro paredes!

Se está poniendo el sol y un haz de moteada luz, como  entonces, despide a la tarde desde el corazón del aire.

 

 

Callejero.

cementerio

Calle de los Olvidados,

pensión el Descanso Eterno,

esquina de los Callados,

parque Real del Ciprés,

avenida de los Muertos,

travesía  los Durmientes,

rincón del No Volverás,

callejón de los Entierros,

plazuela de los Silencios,

bulevar la Eternidad.

Todo está en el cementerio,

patria del Nunca Jamás.

 

Algunos recuerdos de Llerena.

barberíadomingo.

A Domingo, que tenía la barbería en la  esquina de la  calle Armas con la calle Santiago, lo conocí un día que entré a su local para pelarme.  Se reunían allí colegas de la pitanza y el tonel, de beber hondo y pausado, a los que poco agobiaban los tictac de las horas cuando en buena armonía compartían charla y buen vino, como su amigo don Luis, alias   “El Corcha”, sin ánimo de ofender y sólo a efectos identificativos.

Pues entré, como digo, a  rebajar de pelo mi cabeza y sentado en el sillón frente al espejo, veía la calle y  las albérchigas, caminillos y veredas de vides, que ornaban  sus pómulos.

No llevaba más de cinco minutos con la tarea cuando,  ante la falta de conversación, empezó a canturrear y silbar un famoso bolero que desde entonces recuerdo en algunas ocasiones  cuando paso por allí.

El referido bolero decía: “Antes, mucho antes de enamorarme te voy a contar mi vida…” No entonaba mal la melodía y la letra se la sabía desde la cruz a la firma. Alternaba ésta con silbos que llegaban a mí con aromas vinateros, escanciados seguramente en el Bodegón, el Gato Negro, o en el bar de Pedro Martín, aquel hombre elegante y educado que ponía resecos con salsa de tomate.

Con don Luis tuve más relación. En los dos años que estuve estudiando en el  colegio de don Isidoro él daba Educación Física y vigilaba algunas horas los estudios cuando faltaba el profesor correspondiente.

Esta vigilancia en las sesiones de tarde era más testimonial que efectiva. Llegaba con su abrigo largo de color gris marengo y se sentaba en el sillón de la tribuna. Después de unas frases de aliño y prevención disciplinaria al comienzo de la sesión entraba en el sopor digestivo de viandas y caldos que lo eclipsaba y trasladaba a los acogedores brazos del Morfeo sestero.

Si el ruido elevaba su intensidad, sin abrir los ojos, profería siempre la misma muletilla: “Verás, verás”.  Las primeras veces disminuía el jaleo, pero duraba poco tiempo. El segundo aviso no tardaba en llegar: “Verás, verás ese”. Con esa  admonición demostrativa quería personificar en alguien el aviso, que él no veía, pues continuaba con los párpados cerrados o abiertos leve y brevemente, pero suponía que alguno andaba fuera de sitio y compostura. Al final nos  pasaba como a los gorriones  con los espantapájaros, que se acostumbran a él y emiten sus trinos en lo alto del sombrero, o como quien oye llover con ese ajeno murmullo de libar de los  panales.

En la última parte de su vida invitaba a comer a su casa a los alumnos mayores  de sexto de bachiller con los que tenía más amistad. Me acuerdo ahora de Antonio Ortiz Barrientos, de Villafranca, que nos refería la esplendidez del anfitrión.

Le dieron  dos o tres congestiones, esas que ahora llaman ictus. A pesar de eso seguía acudiendo al colegio. Cuando llegaba o se iba algunos de los que  estaban próximos le ayudaban a ponerse o quitarse su abrigo largo gris marengo que colgaba en la percha del pasillo que daba al patio de recreo. No interrumpió, sin embargo,  su costumbre de chatear, en el sentido noble de compartir vasos de vino y charla con los amigos, hasta que su naturaleza  declinó definitivamente. Gente entrañable.