Sinecuras.

elecciones

 

 

 

 

 

 

A la caza afanosa del encumbre, 

compostura y ardor en bandolera,            

se lanzan a llenar ego y cartera

prometiendo entrega y mansedumbre.

 

Declaran  pleitesía y servidumbre

al líder, que es su guía y su lumbrera

y mantienen la fe de quien espera

colocarse  al abrigo de la lumbre.

 

En premio al ardor de sus lealtades

y entusiasmo agitando las banderas

les  prometen  prebenda  y dignidades,

 

pero clavan navajas muy   traperas

si el lote no colmó sus vanidades

y mudan las estimas pasajeras.

 

Junto al fuego

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 Si afilado de silbos viene el viento
y la  escarcha recubre los tejados
con vestidos de nácar blanqueados,
a la vera del fuego toma asiento.
 
Sin  prisas, que en  invierno hay noches
para llenar las llamas de derroches
y fijar sin agobios las miradas
al compás que cavila el pensamiento.
 
Allí el abuelo relatando cuentos
al nieto con los ojos asombrados
y de chapetas rosas las mejillas.
 
Se fueron para siempre aquellos tiempos
a la candela del fogón sentados
o las charlas de noche en las camillas.

 

Sueño interrumpido

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Louis Janmot: “El Poema del Alma”

Del fondo de la noche traigo

pesar por el sueño inacabado.

En el  filo de los labios revolean

los besos prometidos y no dados

y en los flecos del amor la yema del deseo.

Quedaron en las puertas del granero

las espigas  privadas de sus granos.

En la boca, la sed,

muy cerca del venero.

La luz en ascuas apagó su llama

antes que el alba marcara crestas  en la sierra

y bañara de brisa a la mañana.

Quiero cerrar las puertas  del desvelo

con las llaves del  sueño interrumpido

y que Hipnos con el  fresco de la  aurora

me permita otra vez  soñar contigo.

Reclamos

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(Fotografía de Juan Miguel Sánchez)

Carta en el periódico HOY (25-1-2015)

En las mañanas y las tardes de finales de enero  y del mes de febrero en que el sol desbroza lentamente las sombras y ensancha la luz por sus extremos, comienza el celo de la perdiz a picar nuestros campos  con  sus reclamos.

En el preludio de la primavera, entre las siembras, que repuntan con vigoroso verdor, quebradas, olivares y dehesas, el instinto animal  de esta bella gallinácea busca su procreación con  variados cantos y disputas entre rivales por el  favor de las hembras

Pulpitillo, tronera, plaza, canto de buche, cuchicheo, mantilla, responso, puesto… son expresiones  que se escuchan por estas fechas entre los aficionados a esta modalidad de caza,  que tiene sus fervientes defensores y sus acérrimos detractores.

Sin ánimo de ofender y por poner sonrisa al drama, me imagino en este tiempo de preludio electoral, los  reclamos de los distintos grupos políticos intentando llevar a plaza a los  electores.  Los  decepcionados de la anterior temporada desconfían y buscan la voz honrada y sincera  entre cantos de  falsete, brindis al sol y tonadas a la luna. 

El periplo

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Johannes Hermann Barend Koekkoek, Navegando por mares tormentosos

Con  jarcia escasa y ajadas velas

voy surcando los mares de la vida.

No faltan  vendavales ni galernas

en esta procelosa travesía.

Tibias auras a veces aligeran

el duro discurrir de las faenas.

Hay también  tristes días

de tirar por la borda  la alegría,

pero un  rayo de luz,

una mano sobre el hombro amiga

me ayudan a seguir con la porfía

de remar contra el viento y la marea.

Momentos como éste,

sentado en el otero que domina

la extensa llanura y la arboleda,

son oasis de miel y de ambrosía.

Por esto, por mis  hijos y  por ti

es más  más llevadero este periplo

que más cercano al fin

recalará en el puerto de partida:

el olvido, de donde provenimos.

Mujeres de cincuenta y más

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Nada tienes que envidiar ahora

a la joven de veinte años cumplidos.

Con cincuenta que tienes  tú vividos,

¡cuánta serena placidez aflora!

 

Al igual que el fruto está en sazón

cuando el tiempo le da su madurez

tienes aún  de sobra  exquisitez

para arrastrar prendado a un corazón.

 

Arroyos  de distinta procedencia

que en el río confluyen  caudalosos

lo elevan de  grandeza  y preeminencia.

 

Los años son bastante  más hermosos

si los cubre la vida de  experiencia,

cual los tuyos,  que lucen  primorosos.

Merendillas

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Me pasa con la palabra merienda lo mismo que con la de almuerzo y no por ambigua concepción, si no por las definiciones que de ellas hace nuestro diccionario. Las dos pueden ser las comidas principales del día o sostén más liviano  a media tarde o de mañana.

Así que para evitar equívocos, en el lugar donde la campana marcaba los silencios, el estudio y los juegos siempre usábamos el diminutivo para desambiguar la posible confusión con las de mantel, plato y cuchara.

Las primeras merendillas que recuerdo son las del  queso amarillo y cuadrado,  viatico para doblegar la tarde, que los americanos enviaban en latas con la intención asentar bases y de paso  aliviar la carpanta que cabalgaba a sus anchas por los pueblos de España. Los maestros de entonces cortaban y repartían,  llevándose, como siempre  ha hecho el que reparte, la mejor parte, que   el dicho popular no fue vano, sino constatado con hechos palmarios, tanto que la acuciante necesidad de alimentarse llamada por el vulgo hambre  fue elevada y puesta a la atura del desempeño de tan noble oficio.

Independizada la merendilla de los pupitres se hizo divisa festiva en el lomo de la tarde separando  la   escuela  del  juego.

Ingesta nómada e  inquieta  detrás de los balones y en lo alto de las bicicletas. Con una mano a la guía  y con la otra al condumio, arreándole bocados intermitentes.

Crepitaba chirriante en nuestros dientes  la arenilla que el cacao de dudosa honestidad  compartía en promiscua coyunda en la cama de la jícara, que así se llamaba la porción desprendida de la libra. En mi casa al menor descuido  volaban de la alacena  si mi madre no las ponía  a buen recaudo.

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En el  regazo del pan desmigajado  nos echaban el aceite y el azúcar que esporádicamente sustituía al sucedáneo de cacao. Después se volvía a colocar el migajón a modo de tapadera.  También el queso bien asentado,  guardado en tinas y untado con aceite formó parte de nuestras merendillas. El cuchillo lo cortaba chirriando  con gemido metálico de ratón entrillado.

En los colegios se hizo triste el hábito y en lugar de divisa festiva fue puya en el morrillo de la angustia. Era un masticar lento y pensado, temiendo el inminente comienzo de la corrida.

Tenía yo algunas clases con quienes mi imaginación pintaba como morlacos cuatreños  de negro pelaje  que me cortaban el proceso digestivo cada tarde, así que cuando tocaba el timbre para acabar los juegos una corriente de banderillas eléctricas recorría mi estómago con descargas nerviosas. Mal cobijo en ese estado para sustento alguno.

Con la madurez se fueron las merendillas y uno, que no es adicto al café ni a las pastas, atraviesa la raya del crepúsculo de corrido, sin pinchar en el lubricán divisas ni puyas.

Tu ausencia

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Ahincando el paso entre violentos remolinos

que aspiran las entrañas de la noche

camino dando tumbos en busca de tu huella,

por ver si quedara algún vestigio

después de tantos años.

Pero no queda rastro

por  donde en otro tiempo fuimos.

El último  adiós

fue una noche así, lluviosa y  desabrida.

Tu pelo mojado entre mis manos

y tu cara aterida.

Conmigo quedó tu mirada,

suplicante quizás

o presintiendo el fin.

La luz de la farola fue el último  testigo.

Rielaba su reflejo  en  el asfalto.

Sonó una puerta luego.

Después, silencio,

quebrado  sólo por el llanto

del agua de  canales sobre  el suelo.

 

Murria

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De todos los regresos al internado, el de enero era el más doloroso. Las vacaciones de Navidad guardaban  regusto a manteca “colorá” cerca de la candela, miradas  de mocitas bellas  prendidas en el cruce del paseo,  juegos al leve sol de las tardes en los prados del ejido, a pecado que no era en la penumbra del guateque… Arrancar de cuajo esas vivencias y  las cálidas horas del brasero para llegar al mármol frío de la  humedad de los pasillos  era un tajo cruel a nuestros cuerpos y sal para el sentimiento en carne viva. Éramos poco más que niños.

En la maleta llevabas las manos de tu madre en los pliegues de la ropa y los olores de tu casa recién abandonada. Abrirla en aquel cuarto impersonal era llenar de añoranza los anochecidos, esas horas de luz entreverada e incierta en que arrecian las dolencias del espíritu.

Los primeros días buscábamos rincones para estar solos y rumiar ausencias. Las palabras de los compañeros resbalaban por nuestros oídos como ecos  lejanos.

Tardábamos varias jornadas en superar la murria; algunos más, tanto que eran llamados por los superiores para intentar aliviar su abatimiento.

Nos fortalecimos, cierto es,  pero tan fuerte fue el ungüento que curtió la piel que aún hoy, después de tantos años, se siente la costura cuando se pasa la mano del recuerdo, como si algo hubiese sido roto abruptamente y se perdiera para siempre ligazón. Como agua que no llega a  labios secos y, derramada en el suelo, ni aplaca la sed ni vuelve al venero.

 

Cigüeñas y reyes

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La cigüeña traía a los niños  de París y  de Oriente los Reyes Magos los regalos. Con estas creencias vivimos nuestra infancia. Cuando fuimos descubriendo la realidad por bocas de otros niños mayores nos empezamos a hacer  preguntas y a explicarnos muchas cosas que hasta entonces se habían sostenido con los alfileres de la fantasía. Poca sujeción para tanto peso.

A partir del descubrimiento comenzamos a mirar a nuestros padres de otra forma y cuando nos sorprendían absortos en nuestro incipiente discurrir bajábamos la cabeza algo avergonzados de que pudiesen adivinar el desmoronamiento que se estaba produciendo en nuestro interior.

Todavía no había llegado el tiempo de las explicaciones con las semillitas que se juntan, y el desbroce de nuestra ignorancia sexual se producía rudamente, por los caminos de charlas con los amigos, a escondidas de los mayores. Cada uno aportaba cabos que había escuchado a otros y nuestra imaginación hilaba fantasiosa, pero parcialmente, el misterio de la vida.

Cuando los Reyes Magos empezaron a no caber por las chimeneas de nuestra ingenuidad comprendimos también la desigualdad en los regalos de unos niños y otros. ¿Por qué a unos bicicletas y a otros  aros o unos simples caramelos?

Y es que la fantasía no aguanta mucho tiempo el rodillo de la lógica.

Descubrí quiénes eran los Reyes Magos porque mis padres suponían que yo ya lo sabía, pero yo navegaba aún en el mar de las quimeras. Por eso me sorprendí cuando  ellos hablaban de los regalos de cada uno y al darse cuenta de que yo estaba escuchando dijo mi padre:

-Este ya sabe de qué va esto.

Ahora, cuando llega el cinco de enero y recuerdo todo esto en la placidez de mi almohada, ofrezco un pacto a la fantasía: Vuelve tú a ocuparte del trabajo de los Magos y déjame a mí para siempre el encargo de los niños.