En las mañanas y las tardes de finales de enero y del mes de febrero en que el sol desbroza lentamente las sombras y ensancha la luz por sus extremos, comienza el celo de la perdiz a picar nuestros campos con sus reclamos.
En el preludio de la primavera, entre las siembras, que repuntan con vigoroso verdor, quebradas, olivares y dehesas, el instinto animal de esta bella gallinácea busca su procreación con variados cantos y disputas entre rivales por el favor de las hembras
Pulpitillo, tronera, plaza, canto de buche, cuchicheo, mantilla, responso, puesto… son expresiones que se escuchan por estas fechas entre los aficionados a esta modalidad de caza, que tiene sus fervientes defensores y sus acérrimos detractores.
Sin ánimo de ofender y por poner sonrisa al drama, me imagino en este tiempo de preludio electoral, los reclamos de los distintos grupos políticos intentando llevar a plaza a los electores. Los decepcionados de la anterior temporada desconfían y buscan la voz honrada y sincera entre cantos de falsete, brindis al sol y tonadas a la luna.
Me pasa con la palabra merienda lo mismo que con la de almuerzo y no por ambigua concepción, si no por las definiciones que de ellas hace nuestro diccionario. Las dos pueden ser las comidas principales del día o sostén más liviano a media tarde o de mañana.
Así que para evitar equívocos, en el lugar donde la campana marcaba los silencios, el estudio y los juegos siempre usábamos el diminutivo para desambiguar la posible confusión con las de mantel, plato y cuchara.
Las primeras merendillas que recuerdo son las del queso amarillo y cuadrado, viatico para doblegar la tarde, que los americanos enviaban en latas con la intención asentar bases y de paso aliviar la carpanta que cabalgaba a sus anchas por los pueblos de España. Los maestros de entonces cortaban y repartían, llevándose, como siempre ha hecho el que reparte, la mejor parte, que el dicho popular no fue vano, sino constatado con hechos palmarios, tanto que la acuciante necesidad de alimentarse llamada por el vulgo hambre fue elevada y puesta a la atura del desempeño de tan noble oficio.
Independizada la merendilla de los pupitres se hizo divisa festiva en el lomo de la tarde separando la escuela del juego.
Ingesta nómada e inquieta detrás de los balones y en lo alto de las bicicletas. Con una mano a la guía y con la otra al condumio, arreándole bocados intermitentes.
Crepitaba chirriante en nuestros dientes la arenilla que el cacao de dudosa honestidad compartía en promiscua coyunda en la cama de la jícara, que así se llamaba la porción desprendida de la libra. En mi casa al menor descuido volaban de la alacena si mi madre no las ponía a buen recaudo.
En el regazo del pan desmigajado nos echaban el aceite y el azúcar que esporádicamente sustituía al sucedáneo de cacao. Después se volvía a colocar el migajón a modo de tapadera. También el queso bien asentado, guardado en tinas y untado con aceite formó parte de nuestras merendillas. El cuchillo lo cortaba chirriando con gemido metálico de ratón entrillado.
En los colegios se hizo triste el hábito y en lugar de divisa festiva fue puya en el morrillo de la angustia. Era un masticar lento y pensado, temiendo el inminente comienzo de la corrida.
Tenía yo algunas clases con quienes mi imaginación pintaba como morlacos cuatreños de negro pelaje que me cortaban el proceso digestivo cada tarde, así que cuando tocaba el timbre para acabar los juegos una corriente de banderillas eléctricas recorría mi estómago con descargas nerviosas. Mal cobijo en ese estado para sustento alguno.
Con la madurez se fueron las merendillas y uno, que no es adicto al café ni a las pastas, atraviesa la raya del crepúsculo de corrido, sin pinchar en el lubricán divisas ni puyas.
De todos los regresos al internado, el de enero era el más doloroso. Las vacaciones de Navidad guardaban regusto a manteca “colorá” cerca de la candela, miradas de mocitas bellas prendidas en el cruce del paseo, juegos al leve sol de las tardes en los prados del ejido, a pecado que no era en la penumbra del guateque… Arrancar de cuajo esas vivencias y las cálidas horas del brasero para llegar al mármol frío de la humedad de los pasillos era un tajo cruel a nuestros cuerpos y sal para el sentimiento en carne viva. Éramos poco más que niños.
En la maleta llevabas las manos de tu madre en los pliegues de la ropa y los olores de tu casa recién abandonada. Abrirla en aquel cuarto impersonal era llenar de añoranza los anochecidos, esas horas de luz entreverada e incierta en que arrecian las dolencias del espíritu.
Los primeros días buscábamos rincones para estar solos y rumiar ausencias. Las palabras de los compañeros resbalaban por nuestros oídos como ecos lejanos.
Tardábamos varias jornadas en superar la murria; algunos más, tanto que eran llamados por los superiores para intentar aliviar su abatimiento.
Nos fortalecimos, cierto es, pero tan fuerte fue el ungüento que curtió la piel que aún hoy, después de tantos años, se siente la costura cuando se pasa la mano del recuerdo, como si algo hubiese sido roto abruptamente y se perdiera para siempre ligazón. Como agua que no llega a labios secos y, derramada en el suelo, ni aplaca la sed ni vuelve al venero.
La cigüeña traía a los niños de París y de Oriente los Reyes Magos los regalos. Con estas creencias vivimos nuestra infancia. Cuando fuimos descubriendo la realidad por bocas de otros niños mayores nos empezamos a hacer preguntas y a explicarnos muchas cosas que hasta entonces se habían sostenido con los alfileres de la fantasía. Poca sujeción para tanto peso.
A partir del descubrimiento comenzamos a mirar a nuestros padres de otra forma y cuando nos sorprendían absortos en nuestro incipiente discurrir bajábamos la cabeza algo avergonzados de que pudiesen adivinar el desmoronamiento que se estaba produciendo en nuestro interior.
Todavía no había llegado el tiempo de las explicaciones con las semillitas que se juntan, y el desbroce de nuestra ignorancia sexual se producía rudamente, por los caminos de charlas con los amigos, a escondidas de los mayores. Cada uno aportaba cabos que había escuchado a otros y nuestra imaginación hilaba fantasiosa, pero parcialmente, el misterio de la vida.
Cuando los Reyes Magos empezaron a no caber por las chimeneas de nuestra ingenuidad comprendimos también la desigualdad en los regalos de unos niños y otros. ¿Por qué a unos bicicletas y a otros aros o unos simples caramelos?
Y es que la fantasía no aguanta mucho tiempo el rodillo de la lógica.
Descubrí quiénes eran los Reyes Magos porque mis padres suponían que yo ya lo sabía, pero yo navegaba aún en el mar de las quimeras. Por eso me sorprendí cuando ellos hablaban de los regalos de cada uno y al darse cuenta de que yo estaba escuchando dijo mi padre:
-Este ya sabe de qué va esto.
Ahora, cuando llega el cinco de enero y recuerdo todo esto en la placidez de mi almohada, ofrezco un pacto a la fantasía: Vuelve tú a ocuparte del trabajo de los Magos y déjame a mí para siempre el encargo de los niños.