Besos al aire.

Los saludos más tradicionales entre hombres han sido siempre  chocar las manos y abrazarse. Dicen que si  aprietas cuando saludas transmites seguridad y confianza. Los hombres saludaban a las mujeres cogiéndoles suavemente la mano y haciendo ademán de besársela con leve inclinación de tronco.

En el genuino abrazo  entre hombres se cruzan las manos abiertas en la espalda con palmoteo efusivo proporcional a la intensidad de la emoción y al tiempo transcurrido. En su máxima expresión pueden  salir despavoridos  los polvos  depositados en la chaqueta durante su estancia en el ropero.

Pero ahora se ha puesto de moda un saludo que está a mitad de camino entre el beso y el abrazo. Un híbrido  de forma y compostura, entre  rito medieval caballeresco y  antiguo saludo eclesiástico de paz, saludo  moruno,  que alterna el roce de mejillas mientras sujetas los hombros del otro con las manos. El abrazo se queda  corto  y el beso se  da al aire. Se pierde  como mariposa invisible que vuela labiada sin que a nadie aproveche. El roce alternante de mejillas no llega a cuajar en abrazo porque las manos se quedan desalmadas  en los hombros.

O estrecho abrazo o beso. No quiero besos al aire, ni híbridos de mula torda. Al beso, labios y al abrazo fuerza.

Ariscos.

Si dan una respuesta desabrida

a la pregunta que haces inocente

lo primero que pasa por tu mente

es la razón de tal acometida.

Queda después tu estima dolorida

por la manera seca e insolente

de quien devuelve con palabra hiriente

lo que entregaste sin contrapartida.

Hay personas que por ser desconfiadas

piensan  que quien les habla va a cazarles

y tienen escopetas preparadas

para, de forma  zafia, dispararles,

dejando en situaciones   desairadas

a quienes  intentaron  agradarles.

El polichinela.

Sara Montiel interpretaba con su peculiar estilo la canción del Polichinela. El estribillo decía: “Cata-catapún, catapún pon candela/arsa pa’rriba polichinela./Cata-catapún, catapún, catapún/como los muñecos en el pin-pan-pun.”

Mientras nos dedicábamos a tirarle pelotazos al polichinela en la caseta de feria, descargando nuestro enfado contra él y azuzados por animadores inclementes, las termitas, fuera de los focos que iluminaban a la pobre marioneta, roían  las patas de la caseta.

Apagadas las luces y destrozado el muñeco, la caseta se nos viene abajo y  nuestra atención se dirige ahora  al daño silencioso que han provocado los  voraces insectos.

Rebeldía interior.

Llegó una noche la pareja de la  Guardia Civil a un bar de mi pueblo donde los parroquianos apuraban las últimas copas. Había un ambiente distendido y propicio a la charla amigable al calor del vino, así que la presencia de la Benemérita interrumpiendo la reunión, causó malestar ente los presentes, pero los tiempos no estaban para andar con protestas. El  respeto miedoso  que infundían los tricornios  y los uniformes  verdes hacía que su sola presencia a esas horas sirviera para que la mayoría enfilara la dirección de su casa sin rechistar, incluso antes de que abriesen la boca anunciando que había llegado la hora de la retirada.

Pero Angelito el Sordo se quedó un poco rezagado apurando la última copa y con muy pocas ganas de irse, así que  uno de los guardias le dijo:

-¡Es que no has oído, vamos, a tu casa y a la cama!

Cuando se iba  y al pasar a su altura, cerca de la puerta, refunfuñó sin mirarles las caras:

-A la cama me iré, pero dormirme no me duermo.

Era la única rebeldía que uno podía permitirse, so pena de irse,  además de sin ganas, caliente.

Agradecimiento.

Carta al periódico HOY (7-5-2012)

 

Gracias a todos  los que han puesto su granito de arena para que, a este paso, recuperemos las más ínclitas y enraizadas tradiciones españolas que nunca debieron perderse.

Volveremos a disfrutar de  la ilusión que producía a las familias recibir aquellas cartas que llegaban por avión con rayas rojas y azules en los bordes y que traían noticias de los padres de familia desde Alemania, donde contaban qué buenas estaban las cervezas y las salchichas  de allí.

Gracias por impulsar  la convivencia familiar como en los tiempos en que  escuchábamos radio Andorra y a Alberto Oliveras en la cadena Ser  con  “Ustedes son formidables” al calor de brasero de picón. Ya está bien  tanto salir de casa  de copas y comilonas.

Gracias también por  favorecer la probable vuelta de los carburos, quinqués y velas que han propiciado desde tiempo inmemorial  las conversaciones familiares en un  ambiente intimista.

Por llenar las  acogedoras  solanas de parados con gorras viseras y manos en los bolsillos,  típica estampa sureña.

Por adornar las calles de nuestros pueblos y ciudades con   letreros de “Se vende” porque nos recuerda los años sesenta  cuando se podían comprar casas y solares  sólo con pagar la contribución atrasada que no podían saldar sus dueños.

Porque se volverá a utilizar la  técnica del remiendo y el zurcido que tan bien hacían nuestras abuelas metiendo un huevo de madera dentro de los calcetines  y que los jóvenes de hoy no tienen ni idea de su práctica desde que las cátedras ambulantes de la Sección Femenina dejaron de visitar nuestros pueblos.

Por reducir el número de jóvenes que puedan estudiar una carrera con  beca. Los que no la consigan y  puedan que  se la paguen y el resto que abandone los estudios, que también hace falta mano de obra sin cualificar.

Gracias  por ayudarnos a recuperar nuestras raíces y nuestra idiosincrasia,  que han sido envidia y asombro de  extranjeros.

Promesas.

Carta en el periódico HOY 22/04/2012.

Cuando dos tratantes  chocaban sus manos lo pactado iba a misa. Valía la palabra dada como letra escrita ante notario. Iba en ello su honra y la estima  de los demás.  Lo de “pobre, pero honrado” eran los galones morales  de quienes  anteponían su palabra y su recto proceder a las inclinaciones  fraudulentas con que pudieran tentarle las veleidades de la fortuna . Se podía ir por la calle con la cabeza alta por mantener la palabra dada aún a costa de perjuicios económicos. Era el capital moral de  la gente de bien. Así lo entendían  todos y así  se ganaba el respeto y el aprecio  de los convecinos. Ahora la palabra es rocío que se evapora al sol que más calienta. Los valores acendrados  y enraizados durante siglos en la sociedad van  quedando al albur de intereses advenidos y coyunturales.

Las promesas son promesas  aunque sean electorales y  deben  mantenerse  contra viento y marea sobre todo si a cambio de la palabra dada se ha obtenido una contraprestación y si se tiene la menor duda de que no van a poder cumplirse no deben hacerse.

Lo prometido ya  no es deuda y  si allí se dijo digo,  en cualquier momento se puede decir Diego sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza.

 

Pascua florida.

La Iglesia marca el ritmo vital del pueblo. El silencio y la tristeza entran en las casas vestidas de violáceos tonos con dieta de potaje y bacalao. El incienso se hace cañón de vidrieras en los oficios de  jueves y viernes santo. Filas de contritos pecadores llenan el pasillo de la nave central para recibir la comunión masiva del cumplimiento pascual cantando “Perdona a tu pueblo, Señor”.

Después del morado abstinente, el blanco deslumbra  la mañana del domingo.  La Pascua es el triunfo de la vida y de la luz.  Explosión de colores y aromas. La primavera impúdica muestra exultante su eclosión y desecha los mantos violetas que cubren  sus encantos de adolescente. Del ayuno y la abstinencia a la carne, al pestiño y  al gañote, a la gula y la lujuria. De la matraca al repique alegre del bronce, en un salto  milagroso  de la  muerte a la vida.

 A los niños nos regalan bollas y  rosquillas,  aros blancos con médula de hilo. El pan se enrosca, con un  huevo cocido  incrustado en lo alto,  en forma de serpiente mordiéndose la cola. Alegoría  del demonio vencido.

El domingo de Pascua,  agua bendita en la puerta de la iglesia  para asperjarla  por todos los rincones de la casa y, en mágico sortilegio,  espantar de allí cualquier rastro de Lucifer.

El lunes, en bestias, carros y  tractores, a comer,  beber y  disfrutar  a la ribera del río. Pura bacanal de los sentidos. Trigales, cebadas, margaritas,  amapolas,  hinojos  cantuesos, romeros y  tomillos. Cálidos ojos brillantes del primer amor que buscan el engarce cómplice en otros de mirada esquiva. Sonrosada tez de guapa moza, pañuelo anudado al cuello al aura tibia  de abril. Bella, esbelta, suelto el cabello, fino talle, zalamero andar.  Azules ojos con destellos de tropical aguamarina. Sinuoso y bello  cuerpo. Por veredas y caminos floridos me lleva Eros tras su estela de  vestal.

 

Futbolistas.

 

 

 

 

 

 

 

Se acaban los calificativos para estos ídolos de los estadios que tienen como único mérito su habilidad con un balón. Sublime, inconmensurable, memorable, extraterrestre… Hasta una mano de uno de ellos se convirtió en atributo divino. Con los estadios repletos de forofos enardecidos,  una filigrana, un quiebro, una carrera por la banda,  un lanzamiento a portería  son suficientes para desatar los berridos de cien mil personas al unísono y de millones a través de medios analógicos y digitales. Al día siguiente los  periódicos con desmesura tipográfica, propia del estallido de una guerra mundial, ensalzarán las cualidades estratosféricas de estos personajes inflados de ego y de millones. Les  hará falta mucho equilibrio a estos jóvenes para que maduren psíquicamente con su ritmo biológico, bañados como están  exageradamente de gloria y de fortuna.  Cuando su corta carrera deportiva termine y el silencio  sustituya al griterío de los enfervorizados  hinchas,  una sima de soledad y angustia los puede engullir. Es la hora de enfrentarse a la realidad en un  partido  en el que los contrincantes son ellos mismos. Tienen que acostumbrarse a vivir sin las efímeras y  exageradas  alabanzas de una masa voluble y caprichosa. Al fin y al cabo no son dioses, ni héroes ni superhombres. Sólo son  personas habilidosas  con un balón a los que los corifeos  mediáticos  han aupado  al Olimpo de los dioses a empujones de epítetos  desmesurados.

Algunos desgraciadamente no superan el vacío cuando se apaga el estruendo de los estadios y caen al abismo, como Best, Julio Alberto, Gascoigne…

Los retratos.

 

 

 

 

 

 

 

Con vocación de eterna permanencia, los eximios regidores de la patria dan al óleo de pintor famoso encargo de inmortal recuerdo para brillo orlado de su cargo. Generaciones venideras contemplarán estos retratos de prohombres encumbrados a los más altos designios que alcanzar pueda ser vivo por la fuerza de los votos. Su autoestima y narcisismo quedan  satisfechos en el lienzo para asombro de paisanos  y orgullo de sus deudos. Pero la pátina de su grandeza luciría inconmensurable si el importe  de la obra la costeasen  con su peculio y no con el dinero de todos.

 

Recuerdos de un interno.

Cuando los graznidos de los grajos rayan el final de la tarde y sus cuerpos negros asaetan la torre, D. Manuel pasea y repasa las cuentas del rosario dentro de la balaustrada encadenada de la iglesia. Suenan los últimos toques de las campanas anunciando el comienzo de la misa y por las bocacalles  estrechas afluyen a la plaza los fieles presurosos y  rezagados.

Tardes frías de  cristales helados que arañan ceñidos  las paredes del Pasquín y encorchan los rostros  de los paseantes, formando siluetas encorvadas que se tapan con las manos las rendijas que dejan los abrigos.

Tardes de domingo, de Pelicanas en su casa de la plaza de Cervantes, con palmeras y barquitos y una mesita camilla coronada con dos gatos negros que mueven sus rabos complacidos por las caricias de sus dueñas.

Las chicas de las Angelinas se cruzan con nosotros una y otra vez  mientras alguna mirada  esquiva  o algún guiño cómplice nos alegra la tarde desabrida.

Manoli y Regina en la tienda de la Granja san Benito de la calle Santiago ponen límites de galletas a los sabores cuadrados de turrón y chocolate.

Rosario en la  misma calle, más abajo y enfrente, con su puesto de chucherías se resguarda detrás de una puerta grande y vetusta  cuando el frío aprieta.

Unos papelillos semiclandestinos de un Domingo de Piñata quedan, pisoteados y olvidados, sobre el suelo mojado de la calle de Las Armas. Mientras, los dulceros han anotado en la pizarra el último gol del Atlético de Bilbao y los huesos de santo reposan en el escaparate.

Siluetas ambulantes recortadas por el tibio sol de la tarde se proyectan largas y en continuo movimiento este-oeste sobre las losetas de la plaza.

Miradas bovinas atraviesan lánguidas los cristales oscuros del reservado dela Casineta.

Leonardo vocifera al viento una queja lastimosa y airada con gestos desgarbados.

El bar Vitaminas y los partidos televisados de los domingos ante un café caliente, reconfortan la tarde tras la ventana acristalada.

Al anochecer, en un rincón de la calle Carolina Coronado, en las Medias, suenan las notas almibaradas del Hey Jude de los Beatles, guateques que dejan su poso de recuerdos placenteros para el resto de la semana.

Unos vinos al  regreso que nos sirve Manolo en el Gato Negro completan una tarde fría de paseos de ida y vuelta por las calles del centro.

Las sombras han borrado las siluetas del suelo  de la plaza, pero quedan paseantes que aguantan impasibles el primer asomo del recencio.

En riadas melancólicas y tristes los internos desembocamos en la calle Concepción.