Ariscos.
Si dan una respuesta desabrida
a la pregunta que haces inocente
lo primero que pasa por tu mente
es la razón de tal acometida.
Queda después tu estima dolorida
por la manera seca e insolente
de quien devuelve con palabra hiriente
lo que entregaste sin contrapartida.
Hay personas que por ser desconfiadas
piensan que quien les habla va a cazarles
y tienen escopetas preparadas
para, de forma zafia, dispararles,
dejando en situaciones desairadas
a quienes intentaron agradarles.
El polichinela.
Sara Montiel interpretaba con su peculiar estilo la canción del Polichinela. El estribillo decía: “Cata-catapún, catapún pon candela/arsa pa’rriba polichinela./Cata-catapún, catapún, catapún/como los muñecos en el pin-pan-pun.”
Mientras nos dedicábamos a tirarle pelotazos al polichinela en la caseta de feria, descargando nuestro enfado contra él y azuzados por animadores inclementes, las termitas, fuera de los focos que iluminaban a la pobre marioneta, roían las patas de la caseta.
Apagadas las luces y destrozado el muñeco, la caseta se nos viene abajo y nuestra atención se dirige ahora al daño silencioso que han provocado los voraces insectos.
Rebeldía interior.
Llegó una noche la pareja de la Guardia Civil a un bar de mi pueblo donde los parroquianos apuraban las últimas copas. Había un ambiente distendido y propicio a la charla amigable al calor del vino, así que la presencia de la Benemérita interrumpiendo la reunión, causó malestar ente los presentes, pero los tiempos no estaban para andar con protestas. El respeto miedoso que infundían los tricornios y los uniformes verdes hacía que su sola presencia a esas horas sirviera para que la mayoría enfilara la dirección de su casa sin rechistar, incluso antes de que abriesen la boca anunciando que había llegado la hora de la retirada.
Pero Angelito el Sordo se quedó un poco rezagado apurando la última copa y con muy pocas ganas de irse, así que uno de los guardias le dijo:
-¡Es que no has oído, vamos, a tu casa y a la cama!
Cuando se iba y al pasar a su altura, cerca de la puerta, refunfuñó sin mirarles las caras:
-A la cama me iré, pero dormirme no me duermo.
Era la única rebeldía que uno podía permitirse, so pena de irse, además de sin ganas, caliente.
Agradecimiento.
Carta al periódico HOY (7-5-2012)
Gracias a todos los que han puesto su granito de arena para que, a este paso, recuperemos las más ínclitas y enraizadas tradiciones españolas que nunca debieron perderse.
Volveremos a disfrutar de la ilusión que producía a las familias recibir aquellas cartas que llegaban por avión con rayas rojas y azules en los bordes y que traían noticias de los padres de familia desde Alemania, donde contaban qué buenas estaban las cervezas y las salchichas de allí.
Gracias por impulsar la convivencia familiar como en los tiempos en que escuchábamos radio Andorra y a Alberto Oliveras en la cadena Ser con “Ustedes son formidables” al calor de brasero de picón. Ya está bien tanto salir de casa de copas y comilonas.
Gracias también por favorecer la probable vuelta de los carburos, quinqués y velas que han propiciado desde tiempo inmemorial las conversaciones familiares en un ambiente intimista.
Por llenar las acogedoras solanas de parados con gorras viseras y manos en los bolsillos, típica estampa sureña.
Por adornar las calles de nuestros pueblos y ciudades con letreros de “Se vende” porque nos recuerda los años sesenta cuando se podían comprar casas y solares sólo con pagar la contribución atrasada que no podían saldar sus dueños.
Porque se volverá a utilizar la técnica del remiendo y el zurcido que tan bien hacían nuestras abuelas metiendo un huevo de madera dentro de los calcetines y que los jóvenes de hoy no tienen ni idea de su práctica desde que las cátedras ambulantes de la Sección Femenina dejaron de visitar nuestros pueblos.
Por reducir el número de jóvenes que puedan estudiar una carrera con beca. Los que no la consigan y puedan que se la paguen y el resto que abandone los estudios, que también hace falta mano de obra sin cualificar.
Gracias por ayudarnos a recuperar nuestras raíces y nuestra idiosincrasia, que han sido envidia y asombro de extranjeros.
Promesas.
Carta en el periódico HOY 22/04/2012.
Cuando dos tratantes chocaban sus manos lo pactado iba a misa. Valía la palabra dada como letra escrita ante notario. Iba en ello su honra y la estima de los demás. Lo de “pobre, pero honrado” eran los galones morales de quienes anteponían su palabra y su recto proceder a las inclinaciones fraudulentas con que pudieran tentarle las veleidades de la fortuna . Se podía ir por la calle con la cabeza alta por mantener la palabra dada aún a costa de perjuicios económicos. Era el capital moral de la gente de bien. Así lo entendían todos y así se ganaba el respeto y el aprecio de los convecinos. Ahora la palabra es rocío que se evapora al sol que más calienta. Los valores acendrados y enraizados durante siglos en la sociedad van quedando al albur de intereses advenidos y coyunturales.
Las promesas son promesas aunque sean electorales y deben mantenerse contra viento y marea sobre todo si a cambio de la palabra dada se ha obtenido una contraprestación y si se tiene la menor duda de que no van a poder cumplirse no deben hacerse.
Lo prometido ya no es deuda y si allí se dijo digo, en cualquier momento se puede decir Diego sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza.
Pascua florida.
La Iglesia marca el ritmo vital del pueblo. El silencio y la tristeza entran en las casas vestidas de violáceos tonos con dieta de potaje y bacalao. El incienso se hace cañón de vidrieras en los oficios de jueves y viernes santo. Filas de contritos pecadores llenan el pasillo de la nave central para recibir la comunión masiva del cumplimiento pascual cantando “Perdona a tu pueblo, Señor”.
Después del morado abstinente, el blanco deslumbra la mañana del domingo. La Pascua es el triunfo de la vida y de la luz. Explosión de colores y aromas. La primavera impúdica muestra exultante su eclosión y desecha los mantos violetas que cubren sus encantos de adolescente. Del ayuno y la abstinencia a la carne, al pestiño y al gañote, a la gula y la lujuria. De la matraca al repique alegre del bronce, en un salto milagroso de la muerte a la vida.
A los niños nos regalan bollas y rosquillas, aros blancos con médula de hilo. El pan se enrosca, con un huevo cocido incrustado en lo alto, en forma de serpiente mordiéndose la cola. Alegoría del demonio vencido.
El domingo de Pascua, agua bendita en la puerta de la iglesia para asperjarla por todos los rincones de la casa y, en mágico sortilegio, espantar de allí cualquier rastro de Lucifer.
El lunes, en bestias, carros y tractores, a comer, beber y disfrutar a la ribera del río. Pura bacanal de los sentidos. Trigales, cebadas, margaritas, amapolas, hinojos cantuesos, romeros y tomillos. Cálidos ojos brillantes del primer amor que buscan el engarce cómplice en otros de mirada esquiva. Sonrosada tez de guapa moza, pañuelo anudado al cuello al aura tibia de abril. Bella, esbelta, suelto el cabello, fino talle, zalamero andar. Azules ojos con destellos de tropical aguamarina. Sinuoso y bello cuerpo. Por veredas y caminos floridos me lleva Eros tras su estela de vestal.
Futbolistas.
Se acaban los calificativos para estos ídolos de los estadios que tienen como único mérito su habilidad con un balón. Sublime, inconmensurable, memorable, extraterrestre… Hasta una mano de uno de ellos se convirtió en atributo divino. Con los estadios repletos de forofos enardecidos, una filigrana, un quiebro, una carrera por la banda, un lanzamiento a portería son suficientes para desatar los berridos de cien mil personas al unísono y de millones a través de medios analógicos y digitales. Al día siguiente los periódicos con desmesura tipográfica, propia del estallido de una guerra mundial, ensalzarán las cualidades estratosféricas de estos personajes inflados de ego y de millones. Les hará falta mucho equilibrio a estos jóvenes para que maduren psíquicamente con su ritmo biológico, bañados como están exageradamente de gloria y de fortuna. Cuando su corta carrera deportiva termine y el silencio sustituya al griterío de los enfervorizados hinchas, una sima de soledad y angustia los puede engullir. Es la hora de enfrentarse a la realidad en un partido en el que los contrincantes son ellos mismos. Tienen que acostumbrarse a vivir sin las efímeras y exageradas alabanzas de una masa voluble y caprichosa. Al fin y al cabo no son dioses, ni héroes ni superhombres. Sólo son personas habilidosas con un balón a los que los corifeos mediáticos han aupado al Olimpo de los dioses a empujones de epítetos desmesurados.
Algunos desgraciadamente no superan el vacío cuando se apaga el estruendo de los estadios y caen al abismo, como Best, Julio Alberto, Gascoigne…
Los retratos.
Con vocación de eterna permanencia, los eximios regidores de la patria dan al óleo de pintor famoso encargo de inmortal recuerdo para brillo orlado de su cargo. Generaciones venideras contemplarán estos retratos de prohombres encumbrados a los más altos designios que alcanzar pueda ser vivo por la fuerza de los votos. Su autoestima y narcisismo quedan satisfechos en el lienzo para asombro de paisanos y orgullo de sus deudos. Pero la pátina de su grandeza luciría inconmensurable si el importe de la obra la costeasen con su peculio y no con el dinero de todos.













