Ya está aquí el verano y los periodistas y allegados que viven de crónicas del puteo y cornamentas consentidas y de meter las narices donde no les han llamado empiezan a remover sus posaderas de los asientos invernales para buscar la noticia o su espejismo en las aguas de nuestras costas. Nos abofetearán con imágenes de fantoches engominados en veleros de no sé cuantos metros de eslora. Con el último modelo de bikini de la pija niña de papá que ahora luce a su vigésimo novio por los saraos de moda.Con estos bon vivant no va la crisis. Los ladrones y corruptos se broncean y toman whisky al atardecer en lujosas mansiones veraniegas mientras sus víctimas archivan el tercer aviso de embargo en la carpeta de las facturas Cualquier imagen o información de la familia real, empantanada entre yernos y cacerías, vale su peso en papel couché. A la caza pues de la exclusiva y a enseñarles a la plebe mientras come el gazpacho y la tortilla cómo viven los que entienden este negocio de la vida. El paraíso, real o ficticio, a nuestro alcance con sólo apretar un botón o comprar una revista.
En la convivencia diaria de la escuela surgen anécdotas y situaciones curiosas derivadas de la espontaneidad y viveza propias de la edad escolar.
Refiero a continuación tres de las que me han sucedido en mis años de docencia.
Estábamos tratando sobre locuciones relacionadas con la manera de decir la hora que hacían referencia a expresiones coloquiales como y cuarto, menos cuarto, las ochos pasadas, y pico…
Más o menos todos sabían el significado de frases como por ejemplo son las siete y cuarto, traduciendo su significado a los minutos que pasaban o faltaban de la hora señalada, pero al llegarle el turno a una niña de sexto de Primaria, inteligente y trabajadora, y tener que explicar qué entendía ella cuando decimos que “es la una y pico”, con total naturalidad manifestó que era la una y era hora de comer algo, de picar algo, para apaciguar el hambre que se produce a esas horas.
Tenía yo por costumbre, para aliviar la pesadez y el cansancio después de las actividades de las materias fundamentales, organizar un turno de preguntas con adivinanzas y trabalenguas. Lo hacíamos en corro de tal manera que el que acertaba la respuesta subía de lugar, hecho que les producía gran motivación y también nerviosismo. A un alumno que no era de estas tierras, sino aragonés, muy trabajador y ávido lector, le inquirí rápidamente que me dijera de qué color era el caballo blanco de Santiago. Se quedó pensativo y extrañado y me dice” ¿Qué Santiago es ese?”. El consiguiente jolgorio de los que, por repetida, sabían la respuesta. Uno de ellos, con elevado tono de voz le respondió: “¡Del que sale en las procesiones!”
La tercera anécdota sucedió con un alumno que necesitaba ayuda extra para su aprendizaje y lo sacaba yo del grupo para que recibiera una enseñanza más individualizada. Le planteé un problema cuya redacción era: “En un banquete hay 200 personas sentadas y 100 de pie, ¿cuántas personas hay en total?”. Le dejé un tiempo prudencial para que razonase y me diese la respuesta. Pasaba el tiempo y de vez en cuando me miraba fijamente con los ojos muy abiertos. Le volví a plantear la pregunta leyéndosela despacio y haciendo hincapié en los datos. Pero él seguía mirándome de hito en hito sin pestañear. Ya cuando le urgí a que me dijera qué era lo que no entendía del enunciado me espetó: “Pero D. Juan Francisco, ¿cómo va a haber en un banquete 200 personas sentadas si lo más que cabe en un banquete es uno?”. Pensaba yo después qué pasaría por la cabeza del alumno cuando me miraba tan fijamente. Seguro que pensaría: “Este hombre ha perdido la cabeza”.
Seguro que si estos tecnócratas europeos vieran el reguero de víctimas que van quedando en la cuneta se lo pensarían mejor antes de anunciar más recortes, ajustes o limitaciones de gastos, que también con el lenguaje son diestros en el embauco y el eufemismo.
No sirven las caras compungidas que ponen cuando anuncian las medidas. Serían más creíbles si pusieran en las mesas de sus despachos las fotos de las familias que un día tras otro van quedando en paro. Y todavía serían más creíbles sus aparentes penas si entre esas fotos estuvieran las de sus hijos, hermanos o esposas. Pero no, no les llegan las quejas y la angustia de los parias a los salones enmoquetados. Su compuesto rostro forma parte del guión para transmitir una imagen de falsa solidaridad con los desfavorecidos. Ellos van a los números, sin darse cuenta que detrás de las palabras y los números hay dramas humanos que no se solucionan con buenas palabras.
Cuando oigo que las medidas que se toman son por el bien de España ignoro a qué España sin españoles se están refiriendo. Porque mi patria no es “un fusil y una bandera, sino mis hermanos que están labrando la tierra”, que cantaba Quilapayún. ¿A qué realidad se refieren? ¿Himnos y desfiles? ¿Los triunfos de deportistas millonarios? ¿Unos deslumbrantes paisajes? ¿Tal vez bellas piedras labradas de monumentos y catedrales? No hay patria sin personas. No hay patria sin dignidad.
Los poderes básicos del Estado son el legislativo, el ejecutivo y el judicial, con funciones separadas, según expuso Montesquieu en “El espíritu de las Leyes”. Esta teoría ha estado sujeta a interpretaciones diversas por el peso del poder ejecutivo en la maquinaria del Estado, hasta llegar a proclamar algunos la defunción de la doctrina del pensador francés. Los límites imprecisos de estos poderes hace que se confundan a los ojos de los ciudadanos por existir intereses entrecruzados entre ellos.
A los medios de comunicación social por su poder para crear opinión se les ha considerado tradicionalmente como un cuarto poder. A esta situación han venido a agregarse actualmente las redes sociales, que incrementan día tras día su influencia en quienes tienen que tomar decisiones.
Estos dos últimos poderes oficiosos han sido determinantes para que salgan a la luz pública casos de corrupción en todas las instancias del Estado y han presionado a los llamados poderes oficiales para que actúen. Casos como la dimisión forzada del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, señor Divar, o la imputación del señor Urdangarín en el caso Nóos probablemente no hubiesen tenido ese final sin la actividad de estos dos medios. Quede a salvo el recto proceder de personas que desde diversos puestos oficiales cumplen con sus obligaciones.
Y acabo como termina el catecismo cuando dice que los diez mandamientos se encierran en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. En el caso que nos ocupa, todos estos poderes, oficiales y oficiosos, se encierran en uno sólo: el poder del dinero.