
El Blog de Juan Francisco Caro
Blog personal de Juan Francisco Caro Pilar, maestro y abogado.





Cuando se escribe una obra literaria no se expresan necesariamente los propios sentimientos en ella. Ni Shakespeare era Otelo ni Calderón Segismundo ni Machado Alvargonzález. La condición humana da para muchas creaciones en variados géneros. Las grandes pasiones- celos, odio, amor, venganza…- ya están recogidas en las obras clásicas hace más de dos mil años y se van versionando y recreando con la historia. Son distintas visiones de comportamientos parecidos con otros personajes y en distintas épocas. El que escribe participa de ellas en la medida que también es humano. Pero hay una diferencia entre observar, estudiar y expresar y asociarle al autor completamente la identidad entre lo escrito y su vida. El que lee y siente placer estético por la lectura, por ejemplo de un poema, lo transforma en algo suyo, lo recrea y le evoca sensaciones distintas a las que el autor intentó reflejar originariamente , pues cada uno tiene un bagaje de experiencias y emociones que son difícilmente transferibles.
Cuentan que los hombres vivían encadenados en una caverna y condenados a ver en el fondo de la misma sus propias imágenes y las de los demás, proyectadas por el fuego que ardía a sus espaldas. No conocían la realidad, sólo las sombras que ella producía.
Pero en cierta ocasión llegó una bella e incitadora hembra y uno de los presos no pudiendo resistir sus insinuantes requerimientos yació holgada y placenteramente con ella.
No era esta doncella sino una de las múltiples transformaciones que La Carne adoptaba para conducir por los caminos de la concupiscencia y la lujuria la frágil voluntad de los humanos.
Por esta razón el complacido preso fue liberado e invitado a volver la cabeza para que pudiese contemplar el origen de las imágenes que estaba acostumbrado a ver en la pared de la caverna.
Lo primero que vio fue el fuego de la candela que proyectaba las imágenes y así empezó a explicarse muchas cosas.
Posteriormente fue guiado hacia la salida ascendiendo por una empinada y escarpada pendiente. Ya en el exterior pudo admirar el poder y grandeza del sol.
Comprendió que el verdadero conocimiento no era el de la pared sino el que estaba a sus espaldas y que al él se llegaba mediante un proceso de abstracción. Era el mundo de las ideas lo que estaba a su alcance ahora.
Pero realizada su experiencia intelectual tenía que regresar a la caverna. ¿Le creerían sus compañeros de prisión lo que iba a contarles? ¡Había conocido la verdadera esencia de las cosas, la complejidad de la naturaleza humana!
Cuando relató su experiencia se rieron de él larga y burlonamente durante días, pero pasados estos y estando ya más sosegados de la impresión hilarante que les produjo, pensaron que por qué no conocer también lo que su compañero les relató, sobre todo teniendo en cuenta que su salida de la caverna fue originada por una fornicación tan placentera.
Invocaron con pasión creciente la presencia de La Carne transformada en cuantas formas y sexos fueran precisos para prestar servicios tan liberadores. Y hubieron de pedir tanto hembras como efebos pues las mujeres en un conato de rebelión adujeron que o todos moros o todos cristianos y que ya se encargarían las Constituciones venideras de recoger en sus textos sus aspiraciones de igualdad.
Escuchadas que fueron sus súplicas hicieron acto de presencia en la cueva apuestos y apolíneos varones y lujuriantes y bellas damas, dispuestos a apagar la sed de conocimiento que mostraban los presos.
Pero la concesión tenía un precio: la estancia fuera sólo duraría cinco días, transcurridos los cuales todos volverían a la caverna y serían de nuevo encadenados y condenados a ver las sombras de la realidad en la pared. Los presos a fuerza de insistir consiguieron una cláusula que les permitiría repetir la experiencia cada año antes de la llegada de la primavera.
Así que cumplido con holganza y regocijo el trámite libidinoso, se dispusieron a subir la escarpada pendiente que daba al exterior. Un grupo de ellos quedó tan exhausto que se negó a conocer más realidad que el prolegómeno que acababan de disfrutar con ardor inusitado en aquella lóbrega estancia.
Los demás presos salieron al exterior y pasaron cinco días de saltos, cantes, bailes, desfiles y piruetas adornados de cómica desmesura y de ruidos estridentes. ¡Por fin se conocían a sí mismos y conocían a los demás en su más pura esencia! Se acababan de inventar los Carnavales.
Pasados esos días de desenfreno y manifestaciones espontáneas volvieron a la caverna asombrados de lo que habían vivido. Ahora tendrían que seguir viendo las sombras de la realidad sobre la pared del fondo hasta que el próximo año, previa coyunda, (según concesión obtenida de sus carceleros en una cláusula secreta) volvieran a la abstracción ascendiendo al mundo de las ideas.
A partir de ahí entraron en una fase de aguda melancolía, añorando la experiencia vivida. El primer hombre que salió de la caverna por la pronunciada pendiente y que había sido pionero en llegar a tan altas metas, sentado en un recoveco de la estancia sombría, con la mirada perdida, recitaba los siguientes versos:
“Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños sueños son.”
Habrá de venir un día
que el sol devore a la Tierra
y al resto de sus planetas
en un giro de exterminio.
Después silencio absoluto.
El inmenso firmamento
seguirá con sus estrellas,
con sus soles y cometas
flotando en la inmensidad.
¿Latirán más corazones
en lugares ignorados
y algún insomne poeta
escribirá madrigales
a alguna dama soñada.
a la luz de alguna luna
que tenga brillo de plata ?
¡Es tan grande el Universo!
¿Qué quedará de la Tierra?
Será una mancha en el cielo
y en su lugar, negro olvido
por los siglos de los siglos.
¿Dónde irán mis sentimientos?
¿Quedará de pasión algún vestigio,
un querer, un dolor, algún suspiro,
el jadeo gozoso de un amor?
Sólo el tiempo lo sabe
y la mano que mueve sus manillas
si es que hay.
En la cola de un cometa
viajará guarecida una semilla.
De allí surgirá otra vez
a la luz y al calor de un nuevo sol,
el germen de otro ciclo de la vida.
Después del aporreo vertiginoso de estos días sobre el sufrido fondo del mortero, descansa su redonda corpulencia al final del cajón. Sus porrudas fauces conservan aún olores de ajos, pimientas, comino y nuez moscada. Apurados los restos de las cercanas bacanales, cuando se remanse el tiempo en la rutina, y a media mañana o a la caída de la tarde el apetito cosquillee en mi estómago y abra el cajón del aparador, buscando el reconfortante alivio en el resto tortilla de la noche anterior o en la chacina fresca para calmar las urgentes embestidas del hambre, mi deseo es que detenga su marcha hacia mi con algunos de los obstáculos citados. Por el contrario, si desciende a tumba abierta por la pista solitaria del cajón y se estrella ruidoso contra el borde cercano a mi mano me estará confirmando la carencia de viandas en la despensa alimenticia y se agravará la espera hasta la hora del almuerzo o de la cena con la rebelión sonora de las tripas.