Algunos juegos antiguos.

 

 

“Que una, que dos, que tres y me la caté”. La billarda había ido demasiado lejos y sería difícil meterla en el redondel de un solo lanzamiento. “Anda, tira otra vez”.

El que tenía la raqueta y defendía el redondel  hacía saltar la billarda dándole en un pico y cuando estaba por los aires intentaba dar otro golpe para alejarla lo más posible.

Frecuentemente el juego terminaba  con la billarda en un tejado o rompiendo  el cristal de alguna ventana.

“En Sevilla un sevillano…” “En Zaragoza cayó un cañón…” “Si viniera un torbellino…” Eran algunas de las canciones que se cantaban en las matas. Estas solían formarse al atardecer o anochecido. Se reunían los niños y las niñas de la misma calle, otras veces se juntaban los de varias calles y se hacía una muy grande. Los movimientos circulares del grupo, de manos y caderas con cambios de sentido y agachamientos acompañaban a las canciones.

El tejo con rayuela. ¡Cuántos zapatos destrozados! Las niñas eran  más habilidosas para este juego que los niños, sobre todo cuando había que meter el pie entre la rayuela y la raya. Si se conseguía recorrer el circuito completo, se dibujaba uno de los cuadros lo más artísticamente posible.  A este cuadro tenían que evitarlo el resto de los jugadores y no pisarlo. El piquín era el último obstáculo  y estaba al final de un semicírculo, alejado del lugar desde el que se lanzaba la rayuela.

Los bolindres  y sus modalidades de juego: “la rarra”, el triángulo el “guá”. Cada uno de los bolindres tenía su jerarquía y su valor: el bolo, pelado y mondado (para comprobar si estaba derecho lo poníamos en la palma de la mano y alejándola, lo mirábamos con un ojo cerrado), el bombo, que era más grueso y el china, que era el más valioso. Los que disponían de bolsitas que les habían hecho en casa con los restos de alguna prenda los metían allí; los que no, en el bolsillo hasta que se salían por los agujeros que se iban formando en los pantalones con el peso. Cualquier sitio era bueno para jugar, pero los llanitos y las solanas eran los preferidos para juagar al triángulo. Para la “rarra” se buscaban sitios cercanos a las paredes, pues había que hacer un hoyo para meterlos allí. Existían expresiones típicas como “cuso pa to”, con la que se indicaba que había que limpiar el lugar donde había caído el bolindre . Esto lo pedía quien le tocaba tirar. “Cuso pa na”, que lo pedía el dueño del bolo al que le iban a tirar y significaba que no se quitaba ningún obstáculo. El “escurque” significaba que el que había tirado dio en el blanco de forma contundente.

Las colecciones de “santitos” (cromos) de cajas de cerillas, de tapones de refrescos y de cervezas (los verdes de KAS valían mil). Con los santitos se jugaba a la tángana, a dejarlos  caer desde una pared y ganar cuando caían encima de otro  simplemente se intercambiaban.

En tiempo de lluvia, cuando el terreno estaba blando, se jugaba a pinchar un clavo en el suelo, habiendo de superar también una especie de circuito. Otras veces se construían zancos con dos latas de tomate invertidas y atadas con cuerdas  que se le introducían a las latas por dos agujeros y que se sostenían con las manos.

Con los zancos podíamos meternos en los charcos sin mojarnos los pies.

El barranco (saltar sobre uno que se agachaba y al que se denominaba “burro”) también tenía varias modalidades. En una de ellas, según se iban superando tandas de saltos, el que hacía de burro, se iba distanciando y así había que saltar cada vez más lejos. Se llamaba “El Rey de los burros muertos”. El “espoliche” era el taconazo  que se le propinaba al que hacía de burro. Si lo daba el primero que saltaba los demás le imitaban.Otras veces nos íbamos agachando todos y saltando correlativa y sucesivamente sobre los demás. Le llamábamos “El paso Berlanga”

Había juegos apropiados para cada estación. Si el frío apretaba lo más efectivo era jugar a corra, que consistía en darse pelotazos, generalmente con una pelota que regalaban con los zapatos de marca “Gorila”. Las macizas eran terribles.

En las noches más serenas se jugaba al trapo esconder, que había que encontrar dando pistas con las palabras caliente, caliente o frío  frío según se acercara o alejara del sitio donde lo escondió el que le tocaba.  o a la isa, en que uno contaba hasta que los demás se escondían y luego tenía que localizarlos (una, dos y tres por todos mis compañeros y por mí el primero).

Otras veces con el aro de hierro y su guía (en forma de y griega torcida) nos recorríamos todo el pueblo.

Pelota al campo: se hacían varios agujeros y uno de los jugadores tiraba una pelota. El dueño del agujero donde entraba debía cogerla y tirarla a los demás, que salían corriendo.

Para quitar el frío también eran apropiadas  las tres piedras, que se jugaba por equipos y había que robar las piedras al equipo contrario sin que te cogieran,  el látigo, a coger,  el cortahílos…

Los columpios, juego más bien de tiempo pausado. Se ponían costales para que no se molestasen las sogas.Las cuerdas de los columpios se sujetaban en los maderos de los pajares o naves interiores.

Por la feria de Zafra los “repiones” con su cuerda terminada en una moneda de dos reales o en una chapa de tapón de refresco machacada que servían para sujetarla entre los dedos. Hacíamos competiciones para tirarlos y ver cuál era el repión que más duraba dando vueltas. Son sólo algunos de los múltiples  juegos con los que nos divertíamos antes de que la tele y las videoconsolas arrancaran a los niños de la calle.

Foto de familia numerosa.

Con  fondo de una pared desconchada

posa el padre con chaqueta raída,

la esposa  discreta y luchadora al lado,

enlutada hasta los pies, ambos sentados.

En derredor,  los hijos repeinados

para tan señalada ocasión.

Al menor lo sostiene

la madre en el regazo.

El que le sigue tiene

una mano en el pitín y otra en los labios.

El mayor,  taciturno,

mira como esperando aparición.

Otro, en la pierna del padre recostado.

 Escaseces, sudores y trabajos,

obligada y miedosa sumisión

quedaron en la foto reflejados

Alegría y tristeza.

 

 

 

 

 

 

Hay tristezas

con leves tonos de melancolía

y color sepia  de añoranza.

Hay ácidas tristezas

con caminos que no tienen salida.

Alegrías

de apacible luz

y ruido de  agua clara en la rivera.

También estentóreas alegrías,

forzadas risotadas estridentes

que encubren y disfrazan las más agria

de todas las tristezas: el vacío.

Los sogueros.

 

 

 

 

 

Hace más de cincuenta años venían por los pueblos sogueros gallegos.  Colocaban sus pertrechos en una calle espaciosa. En un extremo fijaban al suelo el torno, que tenía unos ganchos a los que ataban uno de los cabos de las cuerdas. Enfrente del torno ponían una especie de carro al que unían los cabos opuestos. Según se quisiese la soga más o menos gruesa variaba el número de cuerdas. Acudía la gente, sobre todo la del campo,  a hacerles los encargos y se pasaban varios días en el pueblo hasta que terminaban.

 

 

 

 

 

Para que la soga saliese lo más tensa posible se necesitaba  un contrapeso en el carro y es allí donde nos montábamos los muchachos para ser arrastrados hasta el torno.

El soguero introducía el husillo  entre las cuerdas y  las pasaba por sus acanaladuras.  Al mismo tiempo, una persona comenzaba a dar vueltas a la manivela del torno. El soguero deslizaba  el husillo entre las cuerdas caminando hacia atrás.De ahí deriva la expresión:

” Ir para atrás como el soguero”.  De esta forma quedaban trenzadas las cuerdas formando la soga. Pues a ver quién es el soguero que con tres cuerdas: recesión, recorte de la inversión pública y falta de créditos bancarios consigue hacer una soga que estimule el consumo, disminuya el paro y reactive la economía. Con estas cuerdas más que sogueros, quizás hagan falta ilusionistas y encantadores.

Amable lector/a:

Cuando se escribe una obra literaria no se expresan necesariamente los propios sentimientos en ella.  Ni Shakespeare era Otelo ni Calderón Segismundo ni Machado Alvargonzález. La condición humana da para muchas creaciones  en variados  géneros. Las grandes pasiones- celos, odio, amor, venganza…- ya están recogidas en las obras clásicas hace más de dos mil años y se van versionando y recreando con la historia. Son distintas visiones de comportamientos parecidos con otros personajes y en distintas épocas. El que escribe participa de ellas en la medida que también es humano. Pero hay una diferencia entre observar, estudiar y expresar y asociarle al autor completamente  la identidad entre lo escrito y su vida. El que lee y siente placer estético por la lectura,  por ejemplo de  un poema, lo transforma en algo  suyo, lo recrea y le evoca sensaciones distintas  a las que el autor intentó reflejar originariamente , pues cada uno tiene un bagaje de experiencias y emociones que son difícilmente transferibles.

Invención de los carnavales.

 

 

 

 

 

Cuentan que los hombres vivían encadenados en una caverna y condenados a ver en el fondo de la misma sus propias imágenes y las de los demás, proyectadas por el fuego que ardía a sus espaldas. No conocían la realidad, sólo las sombras que ella producía.

Pero en cierta ocasión llegó una bella e incitadora hembra y uno de los presos no pudiendo resistir sus insinuantes requerimientos yació holgada y placenteramente con ella.

No era esta doncella sino una de las múltiples transformaciones que La Carne adoptaba para conducir por los caminos de la concupiscencia y la lujuria la frágil voluntad de los humanos.

 

 

 

 

 

Por esta razón el complacido preso fue liberado e invitado a volver la cabeza para que pudiese contemplar el origen de las imágenes que estaba acostumbrado a ver en la pared de la caverna.

Lo primero que vio fue el fuego de la candela que proyectaba las imágenes y así empezó a explicarse muchas cosas.

Posteriormente fue guiado hacia la salida ascendiendo por una empinada y escarpada pendiente. Ya en el exterior pudo admirar el poder y grandeza del sol.

Comprendió que el verdadero conocimiento no era el de la pared sino el que estaba a sus espaldas y que al él se llegaba mediante un proceso de abstracción. Era el mundo de las ideas lo que estaba a su alcance ahora.

 

 

 

 

 

 

 

Pero realizada su experiencia intelectual tenía que regresar a la caverna. ¿Le creerían sus compañeros de prisión lo que iba a contarles? ¡Había conocido la verdadera esencia de las cosas, la complejidad de la naturaleza humana!

Cuando relató su experiencia se rieron de él larga y burlonamente  durante días, pero pasados estos y estando ya más sosegados  de la impresión hilarante que les produjo, pensaron que por qué no conocer también lo que su compañero les relató, sobre todo teniendo en cuenta que su salida de la caverna fue originada por una fornicación tan placentera.

Invocaron con pasión creciente la presencia de La Carne transformada en cuantas formas y sexos fueran precisos para prestar servicios tan liberadores. Y hubieron de pedir tanto hembras como efebos pues las mujeres en un conato de rebelión adujeron que o todos moros o todos cristianos y que ya se encargarían las Constituciones venideras de recoger en sus textos sus aspiraciones de igualdad.

 

 

 

 

 

 

Escuchadas que fueron sus súplicas hicieron acto de presencia en la cueva apuestos y apolíneos varones y lujuriantes y bellas damas, dispuestos a apagar la sed de conocimiento que mostraban los presos.

Pero la concesión tenía un precio: la estancia fuera sólo duraría cinco días, transcurridos los cuales todos volverían a la caverna y serían de nuevo encadenados y condenados a ver las sombras de la realidad en la pared. Los presos a fuerza de insistir consiguieron una cláusula que les permitiría repetir la experiencia cada año antes de la llegada de la primavera.

 

 

 

 

 

 

 

Así que cumplido con holganza y regocijo el trámite libidinoso, se dispusieron a subir la escarpada pendiente que daba al exterior. Un grupo de ellos quedó tan exhausto que se negó a conocer más realidad que el prolegómeno que acababan de disfrutar con ardor inusitado en aquella lóbrega estancia.

Los demás   presos salieron al exterior y pasaron cinco días de saltos, cantes, bailes, desfiles y piruetas adornados de cómica desmesura y de ruidos estridentes. ¡Por fin se conocían a sí mismos y conocían a los demás en su más pura esencia! Se acababan de inventar los Carnavales.

Pasados esos días de desenfreno y manifestaciones espontáneas volvieron a la caverna asombrados de lo que habían vivido. Ahora tendrían que seguir viendo las sombras de la realidad sobre la pared del fondo hasta que el próximo año, previa coyunda, (según concesión obtenida de sus carceleros en una cláusula secreta) volvieran a   la abstracción ascendiendo al mundo de las ideas.

A partir de ahí entraron en una fase de aguda melancolía, añorando la experiencia vivida. El primer hombre que salió de la caverna por la pronunciada pendiente y que había sido pionero en llegar a tan altas metas, sentado en un recoveco de la estancia sombría, con la mirada perdida, recitaba los siguientes versos:

 

 

 

 

 

 

 

“Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra,  una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños sueños son.”

Nos queda la liturgia

Queda el incienso en las solemnidades,

los cánticos gregorianos,

nocturnas adoraciones

y el amor de los amores;

capas pluviales, manteos,

amitos, cíngulos, albas,

roquetes y solideos;

la cadenciosa oratoria

de grandes   predicadores,

el sol roto en las  vidrieras

en un mapa de  colores;

oficios de  primavera,

y altares llenos de flores,

las velas y procesiones

y el negro de las sotanas,

repiques alegres,  dobles de muerto,

sones lejanos en el campo abierto.

Nos quedó al fin  la liturgia.

Huyó Dios por las ventanas

en un caballo de  incienso.

La sombra de Caín.

Me dan miedo las tapias de los cementerios. Sus cicatrices de cal  guardan dentro el plomo denso de balas asesinas.

Me dan miedo los sicarios  llamando a las puertas cerradas de las casas.

Siento el ruido  del coche  que los lleva y vuelve, cobarde, en busca de otros nuevos inocentes.

Dañan  mis oídos los ecos de disparos en la noche y ciegan mis ojos las ráfagas brillantes de los Mauser .

Presiento  barro y  sangre en los rostros abatidos y aún calientes.

Después, sólo  el canto  negro de los grillos.

Tengo miedo de que el  espíritu cainita se encabrite, que ese no murió, sólo dormita.

Esta tarde una descarga de vello electrizado recorre mi cuerpo e intuyo a un Goya imaginario trazar los cuerpos descompuestos de la muerte en el celaje rojo del poniente.

 

Agujero negro.

Habrá de venir un día

que el sol devore a la Tierra

y al resto de sus planetas

en un giro de exterminio.

Después silencio absoluto.

El inmenso firmamento

seguirá con sus estrellas,

con sus  soles y  cometas

flotando en la inmensidad.

¿Latirán más  corazones

en lugares ignorados

y algún insomne poeta

escribirá  madrigales

a alguna dama soñada.

a la luz de alguna luna

que tenga  brillo  de plata ?

¡Es tan grande el Universo!

¿Qué quedará de la Tierra?

Será una mancha en el cielo

y en su lugar,  negro olvido

por los siglos de los siglos.

¿Dónde irán mis sentimientos?

¿Quedará  de pasión algún vestigio,

un querer, un dolor, algún suspiro,

el jadeo gozoso de un amor?

Sólo  el tiempo lo sabe

y la mano que mueve sus manillas

si es que hay.

En  la cola de un cometa

viajará guarecida  una semilla.

De  allí surgirá otra vez

a la luz y al calor de un nuevo sol,

el germen  de otro ciclo de la  vida.

El “machacaó”

Después del aporreo vertiginoso de estos días  sobre el  sufrido fondo del mortero, descansa  su  redonda  corpulencia al final del cajón. Sus porrudas fauces  conservan aún  olores de ajos, pimientas, comino y nuez moscada. Apurados los restos  de las cercanas bacanales, cuando se remanse el tiempo en la rutina, y  a media mañana o a la caída de la tarde el apetito cosquillee en mi  estómago y abra el cajón del aparador, buscando  el reconfortante  alivio en el resto  tortilla de la noche  anterior o  en la  chacina fresca  para calmar las urgentes  embestidas  del hambre, mi deseo  es  que  detenga su  marcha hacia mi con algunos de los obstáculos citados. Por el  contrario,  si  desciende  a tumba abierta por la pista  solitaria  del cajón y se estrella ruidoso contra el borde cercano a  mi mano me estará confirmando la carencia  de viandas en la despensa alimenticia y se agravará la espera hasta la hora del almuerzo o de la cena con la rebelión sonora de las  tripas.