El paro

 

 

 

 

 

Parece ser que nunca pasa nada

en la engañosa calma de los pueblos.

Los días y las noches,

cangilones cansinos de  la noria,

pasan en sucesivas alternancias

de ocasos y alboradas.

Transitan las mujeres

como hormigas de casa a los comercios.

Los varones en paro

al resguardo  del norte en  las solanas,

gorra visera y pantalón de pana,

hasta que llegue la hora del almuerzo

para comer el pan de la desgana.

Da vergüenza mirarse  cara a cara

si no se gana en la honrada labor de la faena.

En  el silencio denso

de la deshabitada  madrugada

los suspiros  se engarzan con las penas

carcomiendo las alas de la estima

bajo el curvo cobijo de las tejas.

 

Candidatos y representantes políticos

 

 

 

 

 

 

 

Los candidatos para las próximas elecciones nos están regalando los oídos, como las sirenas a Ulises y a su tripulación. No nos los tienen que tapar con cera ni atarnos al mástil del barco. Conocemos esos cantos.

Los líderes y sus séquitos llegan a los mítines con la parafernalia de himnos, banderas y abrazos por doquier. Las imágenes, sobre todo las de la tele, valen más que mil palabras, así que atentos  con el rabillo del ojo a la lucecita roja de las cámaras que entonces sí que hay que echar el resto.

He escuchado en esta precampaña la propuesta de reducir el número de diputados y senadores. Creo que es una medida acertada, aunque malogre las expectativas de muchos afiliados.

En lo que se refiere al Senado que propongan  la reforma de  la Constitución, como se ha hecho con el tope de gasto público, y eliminarlo  sin más.

Los diputados podían reducirse sin que la Institución sufriera menoscabo. He observado cuando votan en pleno  dos detalles que desdicen de la alta misión  que ostentan y  que apoyan esta opinión. Uno es el de los deditos, no los cinco de la manita futbolística, sino los que levanta el encargado del grupo parlamentario para que todos voten lo que han decidido los jefes: uno para el sí, dos para el no y tres para la  abstención. Para eso no hace falta tanta gente.

El otro detalle es el de las suplantaciones para votar por compañeros ausentes. Ausencias, en algunas ocasiones  vergonzosas, donde se ve el hemiciclo casi vacío y un señor en la tribuna hablándole a los sillones.

 

Animales, lengua y sexo

 

 

 

 

 

 

La lengua se ha enriquecido a lo largo del tiempo con expresiones que atribuyen a las personas cualidades de los animales. Si digo de alguien que es un lince estoy resaltando su agudeza y sagacidad.

La cobardía se la han cargado a las gallinas, la fuerza vigorosa a los mulos y la adulación a las babosas.

El genérico sustantivo pájaro se aplica al hombre astuto y sagaz que suscita recelos.

Buitre lo decimos de la persona que se ceba en la desgracia de otra o también que come con ansia desmedida.

Cernícalo es hombre ignorante y rudo, algo alocado.

Ganso,  el tardo,  perezoso, descuidado y simplón.

Hormiga, lo aplicamos a la persona constante y  ahorradora.

Pavo, hombre soso e incauto. Y si el pavo sube, sofoco tenemos

Hiena, persona de malos instintos o cruel.

Hay muchas más correspondencias de virtudes y defectos con la fauna silvestre y doméstica. ¡Qué mal trato recibe el cerdo, qué desagradecidos somos con esta especie asociándolo con la suciedad, a pesar de los exquisitos productos que nos reporta!

A veces hay que acudir al contexto para entender la acepción que ha querido transmitir el hablante.

Si en el ardor de una discusión alguien le llama a otro cabrón, sabemos que no está aludiendo a las cualidades del macho de la cabra para trepar por terrenos escarpados.

Para escarnio de la igualdad de sexos, cuando a una mujer se le  increpa con el término zorra,  se le  está llamando puta. Si le decimos zorro a un hombre nos estamos refiriendo a su astucia solapada, sin connotación sexual alguna.

Se dice del hombre que  liga mucho  que es un ligón y por el contrario a la mujer que hace lo mismo  se la pone que no hay por donde cogerla. Injusticias de la lengua, pero ella sólo es un crisol de la sociedad.

Falta mucho camino por andar todavía.

San Miguel de antaño

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El año agrícola empieza por san Miguel, cuando se voltea la tierra labrantía con la mano en la mancera para ofrecer su pecho fecundo al cielo esperando lluvia y tempero, cuando el membrillo maduro cae a la gavia y la brisa de la tarde trae hasta el pueblo olor a tierra mojada.

Por estas fechas  acuden al rodeo de Llerena los agricultores  y ganaderos a hacer los tratos de compra, venta o cambio de ganado.

Al rozar la alborada  los lomos de la sierra se tiene todo preparado: las bestias aparejadas, la merienda en la hortera y la botella de vino a buen recaudo dentro la alforja.

Por caminos hoy perdidos por el desuso  o apropiados por los dueños de fincas colindantes, cuando el sol de miel y membrillo de septiembre se comienza a  extender por los rastrojos y las pardas tierras de los barbechos, se inicia la marcha.  Sobre la bestia van pensativos los campesinos, acompañando con el movimiento de sus cuerpos el paso  uniforme y rítmico de la caballería. Después de casi dos horas de marcha llegan al rodeo.  Ante el acoso de los primeros tratantes que los han visto llegar, casi siempre de raza gitana,  ocultan  sus verdaderas  intenciones de compra, venta o cambio. El humo de un buen cigarro de petaca y  la mirada de reojo pasando de grupo en grupo, con mirada de liebre precavida, ayudan a estudiar la situación, mientras los animales, bien sujetos de los cabestros, abrevan en el pilar después de la caminata.

En el regateo hay que demostrar poco interés en lo que realmente se pretende y no dejarse embaucar porque el animal, azuzado por la varita de mimbre del gitano, muestre una postura bizarra y unos movimientos ágiles, pues no sería la primera vez que seducidos por el señuelo, se lleven en los días posteriores un desengaño al comprobar que lo que fue boyante en el rodeo, sin saber cómo ni por qué, se convierte en torpeza o falsedad.

Tras muchos tiras y aflojas,  muchas  fintas y amagos dialécticos, se cierra el trato de  compra, venta o  cambio con un apretón de manos y se emprende el camino de regreso.

Por estas fechas también se celebran los contratos verbales entre los grandes propietarios y  sus empleados: yunteros, pastores, gañanes, porqueros, cabreros… Mediante estos contratos trabajan durante un año  a las órdenes de aperadores y mayorales en las grandes casas de labranza. Si el trabajo es satisfactorio renovarán al año siguiente el pacto. El estatus laboral  de estos trabajadores  es intermedio entre los regímenes de los fijos y los eventuales. Son los acomodados.

La actividad en el campo se revitaliza  por san Miguel. Besanas y apriscos, arreos de yuntas y tañer de esquilas llenan la campiña de bucólicas estampas.

La radio y el fútbol

La radio era entonces  la única unión de los estadios de fútbol con nuestra imaginación en el monótono transcurrir de las horas del pueblo. La mágica finta que quiebra la cintura de un fornido defensa  en la frontal del área de castigo, el regate seco,  el oportuno desmarque, el pase de tiralíneas, la veloz carrera de Francisco Gento, la Galerna del Cantábrico, el prodigio malabar de Alfredo Di Stéfano, la  Saeta Rubia,  el coordinado avance de los Cinco Magníficos sobre el  verde césped de la Romareda,  el “¡uy!” de Juan Tribuna, aunque el balón pasase a dos metros del larguero, la voz de Pepe Bermejo en el Bernabeu…

Volábamos cada tarde de domingo del Sardinero a Altabix, del Carlos Tartiere al Manzanares, al Benito Villamarín, al Sánchez Pizjuán…, desde el cobijo de la solana,  desde calor del brasero, desde el plácido paseo por las afueras del pueblo o en nuestro particular partido de  fútbol en el campo al lado del arroyo  con el transistor apoyado en el poste de la portería en aquellas tardes tibias de otoño.

Todos los estadios a nuestro alcance,  transformando con nuestra imaginación las voces de los corresponsales de los distintos campos en un espectáculo multicolor animado por el griterío de unas gradas enfervorecidas.

Era nuestro asiento reservado en el voladizo de la fantasía.  Las voces exultantes de los comentaristas nos describían con su lenguaje hiperbólico y guerrero las hazañas de nuestros equipos.  Las tardes de los domingos con todos los partidos casi a la misma hora se convirtieron en rito tradicional de nuestras horas de asueto agitadas por  el continuo vaivén de los resultados.

Ahora vuelve el fútbol, pero ya no es igual. Desespera ese goteo de horarios impuesto por las televisiones,  y la verdad, algunos aburren hasta al más forofo. Los partidos imaginados a través de la palabra eran más entretenidos, pues los recreamos nosotros.