Vanidosos.

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Deja pasar de largo al vanidoso,

enhiesto y pleno de oropel ornado.

Espera en tu puerta descansado

mientras él luce plumaje fastuoso.

 

El tiempo en su trabajo silencioso

lo tornará en su proceder domado,

en su altiva prestancia jorobado

y en su antiguo relumbre, penumbroso.

 

Llegará anochecido  de regreso,

perdida en el suelo la  mirada         

entre las ruinas de su antiguo su imperio.

 

Sólo el ciprés,  en su uniforme preso,

mantiene la cabeza levantada

en la absoluta paz del cementerio.

 

El paseillo.

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Cuentan que a la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla iban muchos devotos curristas sólo por ver al Faraón de Camas  hacer el paseíllo.

Conociendo sus “espantás” y la tardía apertura del tarro de las esencias artísticas, el paseíllo de Curro por el albero de la Maestranza con la  música de la banda que dirigía  el maestro Tejera, era un rito que colmaba por su estético ceremonial las expectativas de muchos incondicionales.

El empaque del torero, montera calada y  capote de paseo  terciado, lento y ceremonioso el andar,  era todo un espectáculo. Si después  en el primer tercio  la magia de  Cuchares le tocaba con la varita de la inspiración y el capote bordaba en el aire un par de verónicas, los fervorosos admiradores  tenían satisfecha la temporada.  Lo que viniera después, era regalo y añadidura del tan admirado como  denostado matador que a nadie dejaba indiferente.

No comprendo la aprensión de algunos por el  paseíllo y posterior declaración como imputada que la infanta de España deberá hacer  en los juzgados de Palma, cuando deberían estar orgullosos porque esta ocasión ofrece al Estado, en concreto a la Justicia, la oportunidad de demostrar al mundo que España es un país realmente democrático  sin discriminaciones ni privilegios ante la ley.

Sólo los trasnochados añorantes de una monarquía cortesana ya periclitada,  los que temen que el paseíllo y la comparecencia dañen la imagen de España y cuarteen los cimientos del Estado, junto a aduladores de aluvión, se oponen  a todo este proceso  con presiones  a veces  vergonzantes sobre el juez, señor Castro Aragón.

Aunque no sea de albero el suelo, el paseíllo  le da la oportunidad a tan elevada representante de la institución monárquica de mostrar temple, elegancia y  clase, que en este caso se le supone, como el valor en la mili, por alteza y por realeza.

Con más razón si, como defienden sus abogados, el Fiscal General del Estado, el fiscal señor Horrach, y otros destacados representantes del poder, no existen razones para su imputación. 

La lidia, valga el símil,  está dentro del edificio y es ahí donde el buen oficio  y hacer de los monosabios  lidiarán con pericia y astucia para que la sangre azul no llegue al río. ¡Qué más hubiese querido Curro Romero que entre el toro y él hubiesen colocado tantos burladeros donde guarecerse en  las malas tardes!

Según el cristal.

sardinas

Estimado ciudadano:

si se dispone a saber

lo que pasa por doquier

y tiene la prensa a mano

su esfuerzo puede ser vano,

pues una misma noticia

la tratan como inmundicia

o como hazaña señera,

según quien la escriba quiera

tergiversar con pericia.

  

Cada cual a su sardina,

descarado y   embustero,

por interés o dinero

arrima  el ascua y la  harina,

pero se les ve el plumero

y del pie del que cojean.

La noticias  que falsean

a su lucro y conveniencia

con descarada insolencia

pocos hay que se las crean.

Títulos colgados

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(Carta en el periódico HOY 15-01-2014)

Apagaron las luces de Navidad en las calles  y cesó, por ahora, el horario  de “ancha es Castilla” en los locales de ocio juvenil.

Enero entra en la parte del invierno que rumia en silencio los atracones digestivos. Poco a poco el  sol se eleva en el cielo.  Clarea más temprano y oscurece más tarde.  Ya se sabe: “Por san Antón, cuélgate el perdigón”. Comienza el celo y los almendros de la sierra poblarán pronto de sarpullidos rosas  sus laderas.

Los hijos regresaron  a sus lugares de estudio y las sobremesas han perdido charla y compañía. Ahora se oyen más  roces de cubiertos que palabras.  

Nuestros padres nos animaban cuando íbamos a estudiar  diciéndonos que nos esforzáramos para ser el día de mañana  hombres y mujeres de provecho.

Me cuesta trabajo decírselo a mis hijos. El  día, que  ya no es tan mañana, está aquí, y me entristecería  ver en las paredes de su habitación los títulos colgados y ellos echando currículos para trabajar en un supermercado, trabajo digno, como todos, pero para el que no se prepararon. 

 

Sevilla

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Fotografía de Jesús Sánchez González (Zu Sánchez)

Yo, que escuchaba al Pali en el bar “El Túnel” citando amores  en la puerta correo e invitando a comer bacalao en “Las Lumbreras”, tengo un recuerdo de Sevilla indeleblemente unido al azahar y a la luz.

El Túnel era un bar  pequeño y cutre muy frecuentado por soldados con guerrera y tabardo en tardes  y fines de semana de paseo.

Nos cogía de paso en nuestra ruta liberadora desde la avenida de la Borbolla hasta el centro, por el parque de María Luisa,  el hotel  Alfonso XIII y el Cristina.

Ramón, viejo jugador bético  y sevillista, pero de corazón sólo verdiblanco, de Triana, antiguo chófer de Belmonte, era mi amigo,  por serlo de mi padre y trabajar con un señor de Ahillones, y mi guía por los vericuetos esenciales y profundos de la Sevilla que él tan bien conocía.

Me enseñó las figuras que forman los rollitos de la plaza Nueva, bebimos vino en la “Bodeguita Sancho”, donde yo te conocí”,  en la  “Romero”,  cuando estaba detrás de Sierpes y  en  el bar  “Mestre”, entre otros lugares.

Una tarde lluviosa de feria de Abril del año 74, fuimos a comer a  Calvillo, en Sierpes, cerca de Los Corales.  Bajamos directamente a la cocina del restaurante.  Allí  nos honró la generosidad de sus amistades.

Nos  despedimos en las cercanías de la Maestranza, donde aquella tarde toreaban Curro y  Paco Camino.  

Olía a  romero y a azahar  y en los árboles de María Luisa piaban bulliciosos los pajarillos.

Ausencia

IMG_0095Cuando murió la  echamos de menos  en sus cosas.

Presentíamos  sus pasos como sombras de algodón en zapatillas por la casa.

 A bocanadas de añoranza el silencio dejaba entre nosotros la estela de su voz.  

Quedó la forma de su cuerpo en  los vestidos, colgados en las perchas del ropero.

El sillón, donde pasaba tantas horas detrás de la ventana, conservaba los límites de su figura.

Siguió la marcha el tiempo  en el reloj, ya sin los latidos de su pulso.

Las sonrisas de otros días  quedan en las fotos para siempre retenidas.

Se posó en sus pertenencias, huérfanas de su calor, la muerte. 

Al frío de enero maullaba  lastimoso el gato tras la puerta cerrada del corral.

El vacío lo llenó todo de un gris monótono y lluvioso,

espesa estela de recuerdo conmovido.

Desde la barrera

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Opinamos y aconsejamos de lo que no sabemos ni conocemos suficientemente. Cuando una enfermedad afecta a algún conocido o amigo diagnosticamos y  recomendamos medicinas y remedios que en una ocasión nos fueron bien a nosotros o hemos oído que les fue  bien a otros.  Alrededor del trabajador que ejecuta una obra en la calle suele haber espectadores ociosos dando su versión sobre la mejor manera de realizar  lo que está haciendo el operario, con explicaciones técnicas incluidas, pero sin doblar el espinazo. Personas célibes por vocación o voto aconsejan sobre temas matrimoniales  o sobre temas tan delicados como el aborto cuando ni han probado miel ni hiel del primero ni sufrido dolores de parto en el segundo.

Desde la barrera es fácil imaginar verónicas de ensueño, pero el toro en el ruedo da cornadas a quien pisa el albero y no a los que aplauden o recriminan la faena.

 

Matanzas caseras

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(Carta en el periódico HOY 29/12/2013)

Las milicias ciudadanas han tomado los caminos que rodean el pueblo para alejar de sus contornos  la grasa, el azúcar y la sal. No hay hora de la mañana o de la tarde en las  que no se vean   entusiastas centinelas de la salud con paso firme y dispuesto disuadiendo a estos declarados enemigos para que se abstengan de penetrar en el recinto amurallado de la buena alimentación.

Tal es su disposición que costumbres enraizadas como las matanzas caseras han descendido de forma considerable. No ha mucho,  en estas mañanas de invierno, con los tejados blancos de la helada y el humo saliendo por las chimeneas se oían los agudos gruñidos del sacrificio matancero.  Ya son contadas  las familias  que conservan esta tradición que surtía despensas y alacenas.

El plato de aceitunas con pan ha sido proscrito y culpado  de los más abominables problemas de hipertensión y colesterol.

¿Dónde fueron aquellos desayunos a la vera de la candela con manteca “colorá”?

¿Y aquellas cenas con las presas conservadas en manteca?

¿Y los cocidos con tocino fresco y costillas adobadas?

 ¡Ay, análisis, no dudo del bien que hacéis y de que nos alargáis  la vida, pero qué precio más alto estamos pagando!

Hospital.

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Este hospital donde el dolor habita

es un delta de brazos extendidos

que buscan el descanso

en la piel azul de los océanos.

Alargan a veces el proceso

con rodeos y vueltas de meandros,

pero, tarde o temprano,

el cuerpo, libre de dolor,

surcará las aguas tranquilas sin regreso

hacia la mar abierta del ocaso.

 

Cartas de puño y letra.

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 (Carta en el periódico HOY 19/12/2013)

Ya no se escriben esas cartas. Los teclados y el lenguaje abreviado, casi criptográfico para los no iniciados,  han sustituido al papel y la pluma. El telegrama, que  por economía nos obligaba a la utilización de  enclíticos y a condensar pensamientos, es el digno ancestro de los nuevos mensajes digitales.

La caligrafía se ha convertido en una reliquia, pero a mí  me gustan las cartas escritas de puño y letra, esas que contienen sentimientos  trabados en las colinas y los valles de los trazos. Da igual que los renglones salgan torcidos, lo  que importa es que sean propios de quienes los escriben. Al recibir una carta imaginas las circunstancias en que  te la han escrito. Yo, en mi época de internado,  pensaba en mis padres, sentados al brasero  en las horas tranquilas del anochecido, tras el trajinar diario. Una carta escrita a mano  es un retrato del ánimo en un momento concreto que termina siempre con un abrazo firmado.

Cuando pasa el tiempo y vuelves a releer sus líneas  en las cuartillas ya pajizas,  notas aún los  latidos del corazón azul de la tinta. La misma sensación que te produce  una flor seca  guardada entre las hojas de un libro.