Leonor, mujer valiente y luchadora en tiempos de penurias y de miedos, cuando reclamar derechos básicos era poco menos que un atentado al sacrosanto orden impuesto, pasaba las tardes de primavera por las casas con un canasto de mimbre en la cabeza vendiendo espárragos, lavados y amanojados con juncos, que sus hijos habían cogido por la mañana.
El campo ofrecía estacionalmente su ayuda. Las setas que, en el tiempo al que me refiero, sólo algunos se atrevían a coger por el miedo visceral que producían, abundaban en posíos, siembras y barbechos pues los arados profundizaban poco y no rompían los micelios.
Las criadillas, que otros llaman trufas, difíciles de localizar y que sólo los pastores, en su deambular tranquilo por las dehesas y las riberas de los ríos, conocían los lugares donde se criaban.
La romaza, la achicoria y la tagarnina también eran recolectadas para hacer ensaladas y tortillas.
Por estas fechas de preludio primaveral en que están a punto de brotar los espárragos y se llenan los campos de aficionados para cogerlos, echo de menos, en sentido ecológico, los tiempos pasados cuando todavía se bebían las aguas corrientes y limpias de las gavias, se criaba el berro fresco a la vera de los manantiales y las fuentes. No te encontrabas entonces vasijas de plástico abandonadas con restos de herbicidas después de cumplir su letal misión de envenenarnos lentamente.
Cuando yo estudiaba en el Seminario cursábamos una asignatura que se llamaba Normas de Urbanidad. La clase nos la impartía a los Gramáticos (los más pequeños) don José Mendiano, sacerdote natural de Entrín Bajo, del que guardo un grato recuerdo y que actualmente está de misionero en Argentina.
En esas clases de urbanidad se enseñaba a no molestar a los demás cuando duermen o trabajan, cómo sentarse y comportarse en la mesa a la hora de las comidas, el modo de tratar a las personas mayores, ceder el paso y la preferencia en las aceras, dar las gracias siempre, pedir disculpas… No creo que la enseñanza de este tipo de normas, aceptadas universalmente, sea rechazada por los grupos políticos que quieren imponer doctrina e ideología en los currículos cuando gobiernan. Todavía en nuestros pueblos extremeños hay personas que practican estos buenos usos y costumbres que son cada vez menos frecuentes. Son pequeños detalles de buenos modales y de buena educación, que cuestan muy poco trabajo, ennoblecen a quienes los practican y hacen la vida más agradable a los demás.
Mi primer año de estancia en Guadalcanal subía por las tardes después de las clases al puerto que llaman de Llerena y desde allí contemplaba las llanuras de la Campiña. Un lugar privilegiado desde donde se divisan paisajes maravillosos.
Algunos sábados iba, por una querencia irresistible, desde Ahillones, después de haberme ido el día anterior, a la entonces famosa discoteca que regentaba Curro y que reunía a muchas personas de los pueblos de alrededor. Dos veces pasaba por el puerto, ida y vuelta. Temeraria, alocada y añorada edad.
No temía las noches de niebla ni de lluvia que en otoño y en invierno son frecuentes. En la pequeña barra de la discoteca me acodaba por ver si ligaba a algunas de las bellas que por allí siempre había. Mi timidez, disfrazada de conversación, me ponía vallas y la mayoría de las veces volvía a pasar el puerto de regreso solo con mis pensamientos. Abundaban las palabras más que los roces de mejillas, muy a mi pesar. Como compensación disfrutaba de un ambiente muy agradable. ¡Qué se le iba a hacer!
Allí traté a personas de variada índole y condición. A Felipe Uceda, maguillento y casado en Guadalcanal, siempre un señor, me lo encontré alguna que otra vez tomando una copa en el rincón de la izquierda, según se entraba.
También traté con José, el carpintero, recientemente fallecido. Al verlo en algunas fotografías del homenaje que le hicieron antes de su muerte me costó trabajo reconocerlo.
Aún conservo en mi retina aquel enmoquetado rojo y en mi memoria auditiva unas sevillanas que ponían por entonces: “Viva mi Andalucía, viva mi pueblo…”