Por tangos.

viejotango

Toma la tercera espuela

invitando  a  las quimeras

en la macilenta luz 

de  una lóbrega taberna.

Mientras sostiene la copa,

un remoto tango llega

mecido en aires de aromas

de la feraz primavera.

Evoca  el canto el desgarro 

en clave de fracaso amargo.

La puerta abierta a la noche

enseña un manto de estrellas.

El acordeón desgrana

notas de melancolía

que  reviven añoranzas.

Va la estela  de su cuerpo,

el cuerpo siempre soñado,

componiendo melodías

con los luceros del cielo.

Vana ilusión de regreso,  

cuando ya nada es lo mismo.

¡Otra copa, tabernero¡

Lentamente envenenados.

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Leonor, mujer valiente y luchadora  en tiempos de penurias y de miedos, cuando reclamar derechos básicos era poco menos que un atentado al sacrosanto orden impuesto, pasaba las tardes de primavera  por las casas con un canasto de mimbre en la cabeza vendiendo espárragos, lavados y amanojados  con juncos,  que sus hijos habían  cogido por la mañana.  

El campo ofrecía  estacionalmente su ayuda.   Las setas que, en el tiempo al que me refiero, sólo algunos se atrevían a coger por el miedo visceral que producían,  abundaban en posíos, siembras y barbechos pues  los arados profundizaban poco y no rompían los micelios.

Las criadillas, que otros llaman trufas, difíciles de localizar y que sólo los pastores,  en su deambular tranquilo por las dehesas y las riberas de los ríos,  conocían los lugares donde se criaban.

La romaza, la achicoria y  la tagarnina  también eran recolectadas para hacer ensaladas y tortillas.

Por estas fechas  de preludio primaveral  en que  están a punto de brotar los espárragos y se llenan  los campos de aficionados para cogerlos, echo de menos, en sentido ecológico, los tiempos pasados cuando  todavía se bebían las aguas corrientes y limpias  de las gavias,  se criaba el berro fresco a la  vera de los manantiales y las fuentes. No te encontrabas entonces vasijas de plástico abandonadas con restos de herbicidas después de cumplir su  letal misión de envenenarnos lentamente.

No ofende el que quiere.

ofensas

¿Qué agravio ha intentado  tu impostura

para herir mi estima con su afrenta?

Fracasan tu cacumen y  tu cuenta

si previste que tienes tanta  altura.

Falta en tu diatriba, compostura

pues  el odio tu mal  estilo alienta

y la envidia malsana lo  sustenta.

Erraste en la intención y  en la mesura.

Lejos de su fin quedó el intento

que más que malestar piedad provoca

y quedas tú a la altura de un jumento

al haber proferido  por tu boca,

quizás por  la escasez de entendimiento,

la estupidez  que a tu sandez revoca.

Suegras.

suegra

Si es tu madre, gran mujer,

si es tu hermana, qué  primor,

si es tu hija, cuánto amor

demostrado por doquier.

Nada tiene esto que ver

si de tu suegra se trata.

A esta sí que no la mata

ni el más virulento rayo

ni el más profundo  desmayo

ni el más mortal matarrata.

 

No tienen razón de ser

las opiniones  malvadas

con que son consideradas

siendo la misma mujer.

Tu suegra fue hija ayer,

no la trates con desdén

si eres persona de bien.

Antes de hacerlo medita

que si razón no lo evita

tu madre es suegra también.

Miradas indiscretas.

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(J. A. Dominique INGRES.  Bañista de medio cuerpo)

Hacia  su cuerpo de garboso porte

lo arrastran  apetitos lujuriosos

que a duras penas el pudor refrena.

Pero a sus ojos de sus cuencas idos

no consigue domar por su flaqueza

e intrusos y atrevidos

de su talle a su culo hacen camino.

Pillado en su bajeza.

con disimulo la mirada sesga.

Poco dura el  propósito de  enmienda

y  al mínimo descuido de la dueña

los ojos en impúdica querencia

dirigen la mirada hacia sus tetas.

La buena educación.

labuenaeducacion

(Carta en el periódico HOY 12-02- 02014)

Cuando yo estudiaba en el Seminario cursábamos una asignatura que se llamaba Normas de Urbanidad.  La clase nos la impartía a los Gramáticos (los más pequeños) don José Mendiano, sacerdote natural de Entrín Bajo, del que guardo un grato recuerdo y que actualmente está de misionero en Argentina.

En esas clases de urbanidad se enseñaba a no molestar  a los demás cuando duermen o trabajan,  cómo sentarse y  comportarse en la mesa a la hora de las comidas, el modo de tratar a las personas mayores,  ceder el paso y la preferencia en las aceras,  dar las gracias siempre, pedir disculpas… No creo que la enseñanza de  este tipo de normas, aceptadas universalmente,  sea rechazada por los grupos  políticos que  quieren imponer doctrina e ideología en los currículos cuando gobiernan. Todavía en nuestros pueblos extremeños hay  personas que practican estos buenos usos y costumbres que son cada vez menos frecuentes. Son  pequeños detalles de buenos modales y de buena educación, que cuestan muy poco trabajo, ennoblecen a quienes los practican y hacen la vida más agradable a los demás.

Noche de invierno.

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Con la postura del cuatro

entre algodones  y lana

busco acomodo y abrigo

en el calor de la cama.

Hilandera de recuerdos,

la duermevela devana

en esta noche de invierno

cuentos a la luz del fuego,

antiguos juegos de niño

las noches de la plazuela…

…seminconsciencia difusa

en el sopor placentero…

Rumor de panal lluvioso,

de canales y aguaceros

en la  calle  solitaria…

El reloj marca su ritmo

en el reloj de la sala.

 

 

Mocitas de antes.

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(Mujer peinándose de G. Bellini)

Cada tarde se peina ante el espejo

en la falsa quietud de la rutina

sus hermosos cabellos ondulados.

Su cuerpo joven,

pletórico de formas prominentes,

reprime  deseos y sentimientos

preso en la cárcel de las convenciones.

El gozo de la vida en plenitud

se esfuma sin provecho ni deleite.

El tiempo corre.

La efímera llama adolescente

se consume entre toques de campanas

y el temor al infundio de la gente.

Mujer de ayer,

en una España rural y mojigata

regida por censores y  vigías,

espurios  puritanos y alcahuetes,

tu juventud se fue.

 

Aquellas mañanas de invierno.

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El carbón de encina en el anafre enrojece a golpe de soplillo.

Mi madre prepara el café migado con  tostadas

y sobre ellas,  la nata, en el tazón de  porcelana.

Con los ojos aún hinchados de dormir,

el aseo en la palangana al lado del brasero.

En los tejados el humo de las chimeneas…

Con cartera de cuero,  pizarra y pizarrín  me voy a la escuela

por los caminos que bordean el arroyo entre carámbanos y helada.

El sol, débil, dorado y oblicuo todavía, levanta la bruma  en la cañada…

Los pupitres con tinteros…

El olor a goma de borrar…

El maestro pronunciando los dictados…

Aún perduran, abrigados de ternura

los recuerdos…tan lejanos.

Puerto de Guadalcanal.

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Mi primer año de estancia en Guadalcanal subía por las tardes después de las clases al puerto que llaman de Llerena y desde allí contemplaba las llanuras de la Campiña. Un lugar privilegiado desde donde se divisan paisajes maravillosos.

Algunos sábados iba,   por una querencia irresistible,  desde Ahillones, después de haberme ido el día anterior,  a la entonces famosa discoteca que regentaba Curro y que reunía a muchas personas de los pueblos de alrededor.  Dos veces pasaba por el puerto, ida y vuelta. Temeraria, alocada y añorada edad.

No temía las noches de niebla  ni de lluvia que en otoño y en invierno son frecuentes. En la pequeña barra de la discoteca me  acodaba por ver si ligaba  a algunas de las bellas que por allí  siempre había. Mi  timidez, disfrazada de conversación, me ponía vallas y la mayoría de las veces volvía a pasar el puerto de regreso solo con mis pensamientos. Abundaban las palabras más que los roces de mejillas, muy a mi pesar. Como compensación disfrutaba de un ambiente muy  agradable. ¡Qué se le iba a hacer!

Allí  traté a personas de variada índole y condición.  A Felipe  Uceda, maguillento y casado en Guadalcanal, siempre un señor, me lo encontré alguna que otra vez tomando una copa en el rincón de la izquierda, según se entraba.

También traté  con José, el carpintero, recientemente fallecido. Al verlo en algunas fotografías del homenaje que le hicieron antes de su muerte me costó trabajo reconocerlo.

Aún conservo en mi retina aquel enmoquetado rojo y en mi memoria auditiva unas sevillanas que ponían por entonces: “Viva mi Andalucía, viva mi pueblo…”