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Hay que dejar, a pesar de las penas,
que nos lleve la vida
en volandas por senderos de flores
en un bajel con velas
empujado por auras
tibias y perfumadas.
Mar de aromas y colores.
Es primavera y, aunque repetida,
siempre es nueva en corazones jóvenes.
Por efímera y fugaz, más bella.
El agua transparente
que corre en los arroyos
huirá en el estiaje,
las margaritas de los prados,
gayas sonrisas de limón y nata,
son briznas pasajeras,
pero la belleza se ha posado en ellas,
apasionadamente,
y las mima como a grácil niña
que en las rosetas de su cara
lleva su condición,
de intensa brevedad, labrada.
La muerte no es un sueño ni un descanso
porque no estás dormido, sino muerto
y los muertos ni duermen ni descansan.
No puedes dar la vuelta
ni chasquear la lengua a media noche.
No existe el subconsciente
del que surgen los sueños placenteros
o pesadillas que nos desvelan
sobresaltados en la madrugada.
La muerte es la nada eterna
y la nada ni sueña ni recuerda.
La vida en sus afanes aligera
el plazo de la cita con la muerte,
alivio pasajero de la suerte
que irremediablemente nos espera.
En alejar del trance el pensamiento
empleamos las horas y los días
en festejos, trabajos y porfías
que ayudan al olvido del momento.
No podemos cambiar nuestro destino,
pero sí disfrutar la travesía
hasta que el barco acabe su camino.
Que suene para mí la melodía
de un bolero tomándome un buen vino
como postrera y sola compañía.
Si no, me gustaría
una alegre y festiva sevillana
que enaltezca la juerga y la jarana.
Si quitamos el rubor,
por esencia incontrolado,
pues revela nuestro estado
sin mando regulador,
el otro gran delator
de nuestra forma de estar
es, según mi cavilar,
de las manos la postura
y su errática andadura
si nos hacen zozobrar.
Nos alisamos el pelo
de la nuca a cada instante
si en situación vacilante
no levantamos el vuelo
ni hallamos firme en el suelo.
Otras veces tanteamos
por ver si las colocamos
enlazadas o caídas,
en los bolsillos metidas
o en el cuadril apoyamos.
Y es que sin abrir la boca
con las manos transmitimos
impresiones que sentimos
cuando la emoción nos toca.
(A Maribeli Nuar Cabo. Un comentario suyo a una fotografía inspiró este poema)
Mil veces caminante, una poeta.
Cuando escribas llena tus sentidos
de emociones y experiencias,
La vida te da motivos de alegrías y tristezas.
El placer y el dolor marcan distancias
entre lo efímero y lo permanente.
Lo dijo Gustavo Adolfo Bécquer:
“Cuando siento, no escribo”.
Se vierte en el papel lo ya sentido,
lo que dejó huellas en la piel del espíritu
y posos en el vaso ya bebido.
En el silencio de bodega vieja,
a solas contigo,
evoca y recrea lo que has vivido.
Lejos de mí el ofender
ni causarle irritación.
Sólo por admonición
para su buen proceder
quisiera hacerle saber,
quizás con dura franqueza,
que no lleve la cabeza
por la plaza paseada
tan erguida y encumbrada
presumiendo de grandeza.
Es que mire usted, señor,
¿sabe que el interesado
es el último enterado
sobre su honra y su honor?
Antes que sufra dolor
voy a poner en su cuenta
que lo que en su testa ostenta
con posturas tan marciales
lo sufren las cervicales
debido a la cornamenta.
El viento en remolinos
ha juntado a la vuelta de la esquina
restos de papeles y hojas secas.
Refresca y amenaza lluvia.
Es hora de cerrar todas las puertas.
La noche llega oculta tras las sombras.
Ni el albergue ni la leña suplen las ausencias.
El aullido de un perro abandonado
lima triste y lastimoso,
los barrotes de las rejas.
Se extingue la candela lentamente,
en púrpuras llamas vacilantes.
El viento afila su pecho sonoro
en los salientes
y se aleja.
Después suena
el libar rumoroso de la lluvia en los panales de la tierra.
El agua de canales
chapotea tumultuosa.
El barco de la soledad se echa a la mar oscura de la noche .
(Carta en el periódico HOY 8-3-2014)
Cuando en los caladeros del Sáhara faenaban libremente los barcos españoles abundaba en España el pescado relativamente barato, no sólo en las lonjas de las ciudades, sino en cualquier pueblo del interior de Extremadura.
Por la carretera nacional 630 subían los camiones procedentes de los puertos andaluces, sobre todo de Huelva. Los pescaderos acudían a puntos determinados del trayecto, en el caso del sur de Badajoz a Fuente de Cantos, y se surtían de una oferta variada y fresca: bogas, pescadillas, cazón, rubio, rayas, jureles…
Los vendedores voceaban por las calles el producto. Lo pesaban en balanzas, unas clásicas o de cruz con platillos colgantes y otras apoyadas sobre firme, como la de Roberval.
Observaba yo cómo el vendedor sujetaba la balanza con una mano por el medio del astil y con la otra ponía en los platillos dorados las pesas y el pescado. Alguna vez el dedo meñique de la mano que sostenía ayudaba al fiel a alcanzar el punto justo del equilibrio. Pequeñas trampillas.
En la España actual, con menos pescado que vender, tenemos diecisiete balanzas y otros tantos meñiques queriendo llevar el fiel a su terreno.
Debieron ver las intenciones en mis ojos,
pero no les dije nada.
Las palabras no dichas quedaron en mi boca,
huérfanas de su destino
como inmaduro fruto con la helada inoportuna,
como abrazo o disparo a mitad de camino.
Pudieron evitar tristezas, dar ánimos o aclarar malentendidos.
También debieron poner a algún imbécil,
sobrado de alardes y grandezas, en su sitio,
pero ya es tarde.
Destemplado el acero,
no sirven martillos
y aguas pasadas no mueven molino.
Abre las puertas del acceso al valle
que quiero disfrutar de sus encantos
uncido a la cordada de tu talle.
En el desfiladero de floresta,
revuelta, acogedora y envolvente,
buscaré recreo, solaz y fiesta.
Dichosa conjunción de su acogida
con mi feliz llegada descendente.
Bajada, que jamás por repetida,
deja a mi querencia indiferente
ni a mi voluntad desfallecida