El tren

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  La primera vez que vi un tren  fue  en la estación de Llerena. Estaba lloviendo y se acercaba  perforando la oscuridad de la noche como un cíclope con su ojo luminoso y  su melena blanca al viento.  Cuando paró tuve la impresión de que aquella máquina de vapor que daba resoplidos y desprendía nubes de humo  por la chimenea y los costados iba a estallar de un momento a otro. Pasó un empleado golpeando las ruedas de los vagones con un martillo mientras algunos viajeros bajaron para tomar algo en la cantina.
 ¡Qué habilidad-pensé- la del maquinista conduciendo de noche sin salirse de los rieles!
 Años después viajé  con frecuencia a Badajoz en este medio. Existían entonces vagones clasificados en tres categorías. Una de las veces le pregunté a mi padre que por qué íbamos siempre en los de tercera. Porque no hay de cuarta, me respondió.  Cuando leí lo que escribió  Antonio Machado  me sentí orgulloso de compartir la misma categoría que tan insigne poeta:    “Yo, para todo viaje –siempre sobre la madera de mi vagón de tercera- voy ligero de equipaje”.
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 Desapareció la tercera categoría.  Los  vagones se dividían en compartimentos que se cerraban con una puerta corrediza con cristales. En el exterior,  un  pasillo de tránsito donde se ponían los que preferían estar fuera  o no tenían sitio para sentarse. Nos asomábamos por las ventanas para ver  el humo  que salía de la máquina, sobre todo en las curvas donde el  tren parecía  una gran culebra negra chiflando y  abriéndose paso triunfal por las dehesas. “Corre’l tren retumbando por los jierros de la vía. Retiemblan  los recios alcornoques q’uesparraman alreor del troncón las hojas secas…”
  En cada compartimento cabían  diez personas sentadas de cinco en cinco, enfrente unas de otras. Los asientos eran de escay con un sufrido color azul.  A ratos se conversaba o se permanecía en silencio con el traqueteo y los chiflidos de fondo.  Alguien abría  la talega o la hortera para tomar un bocado.
 Nosotros  con la excusa de ir al servicio atravesábamos de un vagón a otro por la aventura que suponía pasar por las chapas metálicas que se movían continuamente en aquel pasadizo tapado con lona en forma de acordeón.
 Las cantinas de las estaciones se llenaban cuando el tren arribaba. Se le preguntaba al revisor que cuánto tiempo paraba y terminado el  mismo avisaba: “¡Viajeros al tren!”.
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 Siempre iba de servicio en el tren una   pareja de la guardia civil con su antiguo uniforme de correas y tricornios. Si lo consideraban oportuno pedían la documentación a los viajeros.  En algunas paradas se acercaban   vendedores con sus canastas de mimbre ofreciendo sus productos.
En las estaciones había un gran trasiego. Las mercancías se almacenaban hasta que las recogían los transportistas, entonces con remolque y con mulas, para llevarlas a sus destinos definitivos.
 En la RENFE trabajaban muchas personas, especializadas cada una en una función, desde los jefes de estación hasta los mozos de equipaje, pasando por factores, guardagujas, guardabarreras… y todo el personal de mantenimiento de las vías.
 Es  hora de subirse al tren. Un tren  digno y moderno que corra veloz por unas infraestructuras adecuadas y nos comunique con el progreso. No queremos los descartes de otras regiones españolas.

Calderetas

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Algunas ovejas morían por un hartazgo de hierbas o  mala asimilación de ciertos piensos.
No se desperdiciaban, sino que eran consumidas pues en nada afectaba este tipo de muerte a la calidad de la carne. De ahí el refrán: “Reunión de pastores, oveja muerta”.
Cuando se producía la muerte  los pastores se lo comunicaban al mayoral y le entregaban el pellejo como prueba de que así había sucedido, descartando otras causas de su desaparición.
Caso distinto era el de las modorras. Esta es una enfermedad que ataca generalmente a las ovejas jóvenes: borregas o primalas. Dice el diccionario que es un aturdimiento patológico producido por los cisticercos de los cenuros (tenias) que se alojan en el cerebro. Los síntomas  son evidentes: se desorientan, vagan  solas y empiezan  a dar vueltas sobre sí mismas. Además, pierden mucha visión y dejan de comer. Lo comunicaban al mayoral  para que le buscara pronta  salida  porque este mal es progresivo y conduce irremediablemente a la muerte.
Las ovejas modorras  se han comido siempre, exceptuando la cabeza que es donde se localiza la enfermedad. Muchas pandillas de amigos cuando iban a celebrar algo las procuraban pues su precio  era bastante más asequible que el de las demás y su carne no perdía calidad.
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La receta originaria de la caldereta que hacían los pastores  era muy simple: unas cabezas de ajos, aceite, sal y laurel. Guindilla para el que le gustara el pique. 
Preparar y comer una caldereta tiene su ceremonial. El caldero al fuego, colgado de llares o apoyado en trébedes. No hay que entrometerse en el trabajo del cocinero. Si acaso, ejercer de pinche a su requerimiento.
Parte importante del proceso es espumar la carne según va cociendo. Cuando está en cochura avanzada se saca una cucharada de caldo y se da a probar a los concurrentes para que den  su opinión sobre el punto de sal: un poco más, algo menos. Todo es cuestión de medida, como dijo don Antonio.
La chanfaina se hace aparte y  surgen los tópicos de siempre. “Si nos hartamos de chanfaina se queda ahí toda la carne”. Tantas veces se dice, tantas se peca.
Conseguida la aquiescencia mayoritaria  se saca el caldero y se pone  al medio. Todos en derredor. “Cuchará y paso atrás”, para que entren todos. Entre paso y paso un buen trago de vino.
Otra forma de servirla es ir sacando del caldero, plato a plato, un número de presas igual al de asistentes.  
Por aquí utilizamos la palabra “cochoflo” en variadas expresiones: ir o estar de “cochoflo”. Coincide con el de ir o estar de caldereta, pero lo aplicamos también a comidas de menos jerarquía, como comerse  una liebre entre amigos o una prueba de la matanza o una cazuela  de hongos.  Puede ser que este término llegara hasta nosotros con la trashumancia desde tierras sorianas, pues lo he encontrado en Covaleda, un pueblo de la provincia,  con el significado de mezcla de comidas mal condimentadas o mal hechas. En Castuera, en una recopilación de la Universidad Popular, lo recogen como ambiente de comilona, de “guisoteo”. También en La Coronada, como comida especial relacionada con alguna fecha significativa… 
Sea lo que fuere, como hoy estamos de  “cochoflo”,  están ustedes invitados.

Noviembre

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Noviembre es un mes de tempranas  y crecientes  sombras. Las umbrías ensanchan sus dominios y las carcomas silenciosas de la noche corroen cada día un trozo al manto de la luz. Comienza la treintena agrupando santidades  y sin tiempo para homenajear cumplidamente los méritos  de quienes alcanzaron la gloria  y los altares nos recuerda con  luctuosos tañidos  que otros ya no están entre nosotros, otros que  anduvieron por estas mismas calles y rincones donde se posan lentos y desmayados los dobles en su  recuerdo.
 En este mes  el rojo no es pasión, sino celaje frío y las tardes nubladas recuerdan el paisaje de un cuadro de Millet de intimista ambiente campesino.
 Cuentan  que los druidas, clase sacerdotal de la Europa céltica, se comunicaban por estas fechas  con sus antepasados muertos. Creían que en la noche del treinta y uno  de octubre, la víspera de su nuevo año, los espíritus regresaban a sus antiguos hogares para visitar a los que aún estaban por aquí. Les preparaban comida  por si  se les ocurría sentarse a la mesa, más por temor al acarreo de  desgracias si no cumplían con esta cortesía que por la  posibilidad de consumirla, pues eran por naturaleza frugales en el yantar. Así que los vivos se zampaban lo suyo y  lo de los muertos. 
 Nuestra cultura   adaptó  esta celebración  pagana a las creencias cristianas y dedicó  un día al recuerdo de los difuntos. De la comida tampoco nos olvidamos porque el buen comer  encaja bien con todos los credos y unas veces por pena y otras por  alegría nunca desentona su presencia.  Siendo pródiga nuestra tierra en excelentes frutos no estaría bien  dejar pasar la ocasión  y no comer los apetitosos presentes que nos ofrece.  Existe  una antigua costumbre, la “chaquetía”, que consiste  en coger   los productos  propios de esta estación: higos, castañas, granadas, nueces… e irse al campo a degustarlos. 
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Las castañas llegan con el  corazón color trigueño  germinado  en el vientre del erizo. Traen del monte fresco la rubia  arruga hecha  apetitoso fruto.  Asada se le conoce en algunas zonas como calbote. El asador raja sus  pechos para darle al fuego, abiertos en canal,  su tierna entraña. Esparcen fragancias en el aire  delicado de noviembre, calientan nuestras manos en  cucuruchos de papel  y  ya en la  boca abren en ramilletes de sabores las esencias del otoño.
 Recuerdo  cuando, al cobijo de las enagüillas, las asábamos junto con bellotas, entre las ascuas del brasero. Les hacíamos la rajita de rigor con la navaja para  dar salida a la hinchazón que les produce el fuego y evitar que saltasen.
 A los membrillos los poníamos   debajo del anafre donde cocía lentamente el puchero con carbón de encina. Del color amarillo pasaban al  ocre caramelo. También se hacían  compotas y dulce de membrillo con ellos. ¡Qué exquisito el almíbar!
 Pasaba un vendedor voceando por la calle higos secos de Almoharín, distintivo de excelente calidad. Muchas noches con ellos,  castañas, pan y  aceitunas cenábamos.
 Recuerdo también la primera vez que probé siendo niño  los huesos de santo que los dulceros de Llerena exponían cada año en el escaparate…Sabores y olores que vuelven cuando las choperas, alamedas y castañares ofrecen en nuestros campos  una paleta  impresionante de tonos dorados.

Juegos de niñas.

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Había algunos juegos  a los que sólo jugaban las niñas.  Si a algunos  varones se les ocurría participar en ellos los demás compañeros los “afurreaban” y los tildaban de mariquitas. A ellas también las criticaban  si  se atrevían con juegos que eran considerados de niños. No tenían nada de extraño estos comportamientos  en  un sistema social, político, educativo y religioso que reservaba  a las mujeres el papel de buenas amas de casa, esposas obedientes y madres sacrificadas. Una prepotencia masculina que limitaba y condicionaba la libertad de las mujeres. Pasaban  estas, matrimonio mediante, de la tutela paterna a la marital sin solución de continuidad. Hasta para disponer de sus bienes precisaban autorización y firmas de padres o maridos.  No hay  nada más que leer manifiestos de la fundadora de la Sección Femenina que se divulgaban por medio del obligatorio Servicio Social que impartía la Sección Femenina en sus cátedras ambulantes para darse cuenta del concepto de mujer ideal que imperaba en los años cincuenta y sesenta y    las funciones que se esperaban de ellas en la sociedad.
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En las escuelas existían  aulas diferenciadas por sexos. En el caso de mi pueblo hasta usaban edificios distintos. Los maestros daban clases a los  varones  y las maestras a las hembras.  Había una materia específica  en los programas educativos destinada a las niñas: Labores femeninas.  En un cabás, que por aquí  llamábamos   “cabal”, llevaban los bártulos  para bordar y coser.  Pasaban las tardes  que les tocaba esta materia   haciendo punto de cruz o bordando bajo la dirección de la maestra.
Entre sus actividades lúdicas  estaba jugar a las casitas. Distribuían dependencias con cartones que conseguían en los comercios y  asignaban a los espacios mobiliario y enseres en miniatura que les habían echado los Reyes. 
Las muñecas eran entonces muy simples, de cartón o de goma. Después vinieron las que cerraban los ojos al tenderlas y las  que emitían un ruido que quería asemejar al llanto mediante un artilugio que traían en la barriga. Las peinaban, las vestían, las acunaban y velaban su sueño en la cuna.
Los recortables eran otros  de sus juegos y aficiones. Sobre la silueta de una persona, normalmente niña o mujer,  colocaban prendas de  distintos diseños, formas y colores, doblando unas lengüetas sobre su parte trasera. Así conseguían los más  variados modelos para las diferentes ocasiones de vida social o trabajo.   
El tejo o truque era otro juego mayoritariamente practicado por las niñas, pero que no tenía un componente tan sexista y en ocasiones era compartido por los niños. Se dibujaban unos rectángulos en el suelo coronados por un semicírculo al final que llamábamos  “piquín”. Consistía en pasar la rayuela a pie cojito por todos ellos sin pisar las rayas que los delimitaban. Quienes conseguían realizar el recorrido  completo elegían uno de los rectángulos y lo dibujaba artísticamente. Era  la señal de propiedad. Allí nadie sin su permiso podía entrar a partir de entonces. Había que evitarlo con la rayuela y con el pie.
 No sospechaba  entonces aquella sociedad pacata y compartimentada que de los varones  en un futuro no lejano iban a surgir  excelentes cocineros, modistos y decoradores,  precisamente en aquellas  profesiones cuya imitación en los juegos  nos era afeada por una mala  y sesgada educación.   

Sementera

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Fotografía de Juan Sevilla  https://www.flickr.com/photos/juaninda/

 Los veía regresar del campo cuando pasaban por la Plazuela en los anochecidos de otoño. Venían montados a mujeriega sobre las mulas, que andaban cabeceando con paso lento y cansado. Volvían a casa  después  de haber estado de sol a sol realizando las labores de la siembra.  En otro animal  traían atados  los aperos de labranza, el yugo y el arado. Sobre sus hombros, capotes negros  de hule  impermeabilizados con alquitrán  para resguardarse de la lluvia. A las bestias para protegerlas del frío las enmantaban, cubriéndoles  lomo y grupa.  Los charcos y los regajillos que formaba la lluvia reflejaban las tenues luces de la calle. Los animales después de un día de duro trabajo  buscaban el calor tibio de las cuadras y los labriegos el descanso y la comida caliente del día.

  Se sembraba entonces a mano. La simiente al hombro en un saco doblado que caía por delante y por detrás, cosido por  la boca y por la base en  uno de sus extremos. Se le llamaba collera, como al collar de cuero o lona que se les ponía a las caballerías para que no les hiciera daño el horcate.

Puerto Seguro

Fotos de Puerto Seguro, en la comarca del Campo de Argañán, pertenece al partido judicial de Ciudad Rodrigo, en la frontera con Portugal.

 La reja del arado volteaba la tierra y de los surcos recién abiertos emanaba por la mañana temprano un vaho tibio, producto del calor acumulado durante  el verano y de las primeras lluvias otoñales. Los pájaros revoloteaban detrás buscando lombrices desenterradas. 

 Había leído yo el poema de Juan Ramón Jiménez, “Octubre”: “Lento, el arado, paralelamente/abría el haza oscura, y la sencilla/ mano abierta dejaba la semilla/en su entraña partida honradamente”. El poeta expresa el deseo de hacer de su corazón simiente contemplando las tareas de sementera “echado en la tierra, enfrente del infinito campo de Castilla”. La realidad era menos poética. El labrador inclinaba su cuerpo sobre la mancera  para que la reja y el escoplo  profundizaran en la tierra  lo que su fuerza alcanzara y al mismo tiempo guiaba y arreaba a la caballería. Había que abrir las besanas y trazar con la maestría que da el oficio y la experiencia los surcos derechos. Al tiro, una yunta de mulas, el que las tenía, porque en eso había clases, según haciendas. De varias  reatas de las casas de abolengo al asno solitario en las más humildes. Si eran dos los trabajadores, uno araba y el otro iba detrás sembrando. Si era uno sólo el trabajador paraba tras  arar cada amelga  y después esparcía el grano a voleo. Decían entonces que “quién no sembró por san Andrés, agua con él”. Los temporales de otoño atollaban a las bestias  y anegaban los terrenos labrantíos. Había que espabilar, pues la sementera con aquellos arreos duraba bastante más que ahora.  Por primavera se habían preparado  los barbechos para que a la hora de la siembra no estuvieran apelmazados y demasiado  duros: “Mayo llegó y aró quien aró”.

 Si Juan Ramón Jiménez quiso echar su corazón a los surcos para ver si “la primavera le mostraba al mundo el árbol puro del amor eterno” hubo quienes abonaron con su  sudor esos surcos en unos tiempos de mucho trabajo y poco pan  para que las generaciones venideras tuviéramos una vida mejor. Sirvan estas líneas como reconocimiento  agradecido a su memoria y a su esfuerzo.

Bolindres

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Tenía  yo una bolsa donde guardaba  un capital redondo, con jerarquías de calidades, redondeces y tamaños. Los bolos,  la infantería, numerosos y sufridos; los bombos,  sargentos de mediana clase y abultadas barrigas. Las élites eran chinas, de pulida superficie y contrastada dureza. La bolsa me la hicieron después de haber agujereado los bolsillos de varios pantalones. Y es que había días en que  el azar  colmaba  la capacidad y resistencia de las faltriqueras. Palabra esta, por cierto,  a la que nuestro diccionario asigna las dos acepciones: el bolsillo de las prendas de vestir que yo rompía y  la bolsa de tela que me hicieron, que  se ata a la cintura y se lleva colgando bajo la vestimenta  para guardar bagatelas.

 Los bolindres nuevos  los comprábamos  en las tiendas. Después se convertían en  moneda de cambio  y material de trueque, menos el preferido, el que teníamos hecho a nuestra maña de tiros. No entraba en tratos ni intercambios. Era como la piedra de las catapultas que formaban nuestras manos con personal estilo y originales engarces de dedos.  La forma de tirar formaba parte de nuestra identidad,  una  firma a ras de tierra.  

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La más corriente, el dedo meñique de una mano  apoyado en el suelo y el pulgar hacia  arriba, como midiendo una cuarta hacia el cielo. Este pulgar coronaba y servía de apoyo.  El bolo sujeto entre el pulgar de la otra mano y el dedo  corazón, que era el que lanzaba,   pero había más  variantes, casi tantas como formas de coger el lápiz en la escuela.

 La materia prima de los bolos y los  bombos  era el  barro, cocido y pintado con un barniz que duraba poco por la vida rastrera que les dábamos.  Para calibrar su redondez los poníamos en la palma de la mano, alargando el brazo,  y a  ojo guiñado de buen cubero, dictaminábamos valía.  Los más redondos eran los más apreciados.

 Aquellos que denominábamos  chinas eran de piedra pulida y los más caros. Mucho después  llegaron los de cristal con figuritas dentro. Algunos había de níquel procedentes de rodamientos, pero estos  escaseaban.

 Cerca de las paredes jugábamos al  gua. Para establecer el orden del juego cada uno  lanzaba su bolo hacia  una raya. Era primero quien más se aproximaba. Desde allí se iniciaba una estrategia de acercamiento, sin descuidar la retaguardia porque había tiradores de certera puntería. La unidad de medida era la cuarta. Mientras no se fallara no se perdía vez.

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 Otro juego era el  triángulo.  En algunos pueblos hacían un redondel o  un cuadrado. Consistía en  dibujarlos  en el suelo y poner dentro bolindres o dinero. Los ganaban quienes iban sacándolos  fuera de esa especie de presidio tirándoles con otros bolos. Había que procurar que con el que  se tiraba no quedase dentro. En este, como en  todos, cada pueblo  tenía su vocabulario de localismos para las diversas modalidades e incidencias.

 El agujero, que llamábamos por aquí “rarra”, servía también para otros juegos, como lanzar un puñado de bolindres. El tirador ganaba los que caían dentro. Los más avispados  se jugaban en ellos los  cuartos.  Ya lo describía Luis Chamizo: “Hay riñas de gallos/en las resolanas de la corraleras/y en el altozano, junt’a los ceviles/unos zagalones se juegan las perras”.

 

La luz

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El electricista pasaba al anochecer  encendiendo las luces de la calle. Lo hacía juntando  con un palo largo los interruptores de palanca que había a trechos.  Al alba hacía el mismo recorrido desconectándolos.
 La corriente eléctrica  llegaba al pueblo por caminos de jícaras y palos procedente de  la Eléctrica Berlangueña, pequeña empresa que suministraba fluido a varias poblaciones  cercanas.
 Cuando aumentaba el consumo por la noche  se utilizaban  elevadores  de tensión, con  agujeros y una  clavija  que  cambiábamos manualmente  según se necesitase subir o bajar el voltaje.
 En otoño e invierno era frecuente  que nos quedásemos a oscuras  si soplaba el viento o llovía con fuerza. Empezaba la luz a palidecer y a temblar, como si preparase un estornudo oscuro. 
“Se ha debido de caer un palo”.
 Otras veces  era una fase la que tomaba las de Villadiego y quedaba la mitad del pueblo a oscuras y la otra mitad con iluminación muy tenue.
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 Uno de aquellos  años  se quemó el generador y estuvimos tres meses sin fluido. Gastos en velas, petróleo para el quinqué o aceite para el candil. Las lamparillas de  los santos cumplían una doble  función: la de  luz de emergencia y la de cumplir con devociones.
 Las noches que había cine disminuía la luminosidad en las casas del pueblo. Quedaban teñidas de amarillo macilento  mientras duraba la proyección de la película, como si la máquina  sorbiese el fluido  por los cables. Sabíamos cuando terminaba la función   por el aumento del resplandor. Ya no tardarían en regresar los que fueron a ver la película. Algunas bombillas y aparatos  pagaban peaje por  esos  altibajos.
 Las luces de la calle  nos han acompañado en muchas de nuestras vivencias infantiles y juveniles.  Ya les cantaba Carlos  Gardel: “Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi destino. Son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos hondas horas de dolor…”  Colgaban las bombillas de brazos metálicos en forma de ele al albur de las inclemencias del tiempo.    
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 Iluminaron nuestros juegos y charlas  de niño con su  manto redondo de desvalida claridad sobre nosotros. Decían que a algunos  novios no les gustaba su iluminación  cuando llevaban  a las novias a casa. Les tiraban piedras para romperlas. Así pelaban  la pava a oscuras. No había muchos puntos de luz. Uno en cada esquina y en las calles más largas otro en el medio. 
 Testigos  de nuestros regresos  a intempestivas horas de alguna francachela o ferias de otros pueblos.
  La adolescencia se añora  cuando se pierde- ¡quién  volviera a aquellos años!- sin acordarnos  de que es  un tiempo  convulso e inestable, de intensos y variables afectos,  en que también se sufre. Nos acompañaron alguna noche de desasosiego. Allí estaba esa farola donde los amigos nos reuníamos  para hablar de amores y desengaños en la madrugada  después de una noche de fiesta. Esa que guiaba   los pasos diligentes de  mujeres enlutadas al anochecido y a los labriegos de andar presuroso  en la alborada.  Cortejada por  mosquitos  y salamanquesas  cazadoras fue cómplice de furtivos amores y de los  primeros  besos pubescentes. Sólo ofrecía su débil luz y el afilado silbo del viento entre  sus hierros retorcidos, pero  alguna compañía daba  su presencia.

Desidia.

“¡Que la vida se tome la pena de matarme,

ya que yo no me tomo la pena de vivir!…”
(Manuel Machado)

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Con  la abulia metida  en los  bolsillos

van del aburrimiento a los hastíos

arrastrando la inercia de sus días

según caliente el sol de temporada.

Del  frescor de la  umbría

al  amparo invernal  de las   solanas.

Bostezo interminable que no cierra

la boca siempre abierta a la  desgana.

Si les valiera,

en el   postrer momento elegirían

que en lugar de morirse los mataran.

 

 

Bodas

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(“Boda en el pueblo”, Sir Luke Fildes)

Las  invitaciones   para las bodas las hacían  los padres de los contrayentes visitando a los elegidos   con  bastante  antelación.  La noche anterior al enlace pasaba de nuevo  algún familiar  para comunicar la hora exacta de la ceremonia. Si era una mocita soltera  pasarían  a recogerla para que no fuera sola. 

El día de la boda cada invitado acudía a la casa correspondiente. El novio con su séquito y del brazo de la madrina  se dirigía a donde estaba la novia. Allí se juntaban los dos grupos y enfilaban  hacia la iglesia con la novia y el padrino encabezando la comitiva. Al aire repiques de campanas y en las esquinas curiosos.

Las comidas y libaciones   se realizaban en las casas de las  respectivas familias. Primero en la de la novia y después en la del novio.

Un familiar femenino repartía perrunillas, magdalenas y “mimos” (pequeños merengues). Detrás pasaba un varón con la bandeja, las copas y la botella de aguardiente.  A cada pasada se le llamaba mano y la importancia de la boda se calificaba por  su número. Al empezar la ronda voceaban: “Esta  por parte de la madrina, esta por parte del padrino…”

Los repartidores tenían un centro de logística que solía ser la cocina y de allí salían para el reparto. A medida que avanzaba el agasajo aumentaba la bulla y el melote. Se usaban las mismas copas,  que se llenaban  hasta rebosar cada vez que se vaciaban.

Los niños ajenos al convite  esperaban en la puerta a que algún conocido les diera un dulce, siempre que el donante ya tuviese hecha provisión para sus compromisos, pues era costumbre reservar algunas dulzainas en un pañuelo o en el bolso para familiares y vecinos  que no habían ido a la boda.

Los jóvenes jugaban y bailaban en corros.

“¿Qué hace usted pobre viejo que no se casa, que se está usted arrugando como una pasa…?” “Que salga usted que lo quiero ver bailar, saltar y brincar…” “Estando el señor don gato sentadito en su tejado…” “De Cataluña vengo de servir al rey…”

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“La gallina ciega”, Francisco de Goya.

Algunas de estas canciones eran acompañadas por el baile de una pareja. Iban saliendo por invitación de la pareja  anterior al centro del corro. El varón invitaba a una hembra  y ella a un varón. Un lenguaje de preferencias que  no pasaba desapercibido a quienes presentían noviazgos. Con las manos al cuadril y enfrente uno del otro movían la cintura alternativamente a derecha e izquierda al son de las coplas, cogiéndose las manos al cruzarse en el centro.

Al día siguiente era la tornaboda. Por la mañana se iba a dar los días a los recién casados. ¡Vaya horitas! Allí  invitaban a dulces  y aguardiente de nuevo. También agasajaban  a los vecinos a cuyas casas se dirigían los flamantes esposos.

Ese día había baile durante toda la jornada.

Al llegar la noche se dejaba entrar  a los que no estaban invitados, pero  debían abandonar el baile cuando los músicos entonaban el “Quinto levanta”. Era la señal para que permanecieran sólo los de la boda.

 Mucho han cambiado los usos  y costumbres desde entonces. Ahora las invitaciones llevan un  número de cuenta bancaria y  los banquetes son pantagruélicos  derroches  que dejan las arcas en tenguerengue. 

Velatorios

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Hasta no hace mucho tiempo a los muertos se les velaba en sus casas. Y si era posible que el enfermo terminal muriera  en la cama donde  pasó tantas horas de su vida, unas buenas, otras cavilando y otras malas. Una leve satisfacción ante  lo irremediable.
 Era  profundamente emotiva la salida  hacia la eternidad  en el ataúd llevado por amigos y parientes   por la puerta que   cruzó tantas veces   cuando vivir  era afán y rutina de plácidos días. Momento que exteriorizaba el dolor y el llanto.
 Cuando empecé a dar pésames y asistir a cumplimientos  para iniciarme en los ritos y costumbres que te introducen en la sociedad adulta recuerdo que entraba en las casas  mirando de reojo al lugar donde tenían al cadáver con esa curiosidad morbosa que atrae y atemoriza. Mis primeras imágenes  son las llamas de las velas lanzando sombras a las paredes  de una habitación en penumbra, las manos cruzadas en el pecho del difunto  y el rezo del rosario musitado por  mujeres enlutadas.  Leía yo por aquellos tiempos a Bécquer: “La luz que en un vaso/ardía en el suelo, /al muro arrojaba/la sombra del lecho; /y entre aquella sombra/veíase a intervalos/dibujarse rígida /la forma del cuerpo”. Después, claro, llegaban las pesadillas.
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(El velatorio, de José María López Mezquida)
 Los vecinos desempeñaban un papel importante en  estos momentos de dolor y desconcierto que supone la muerte. Acarreaban sillas de sus casas  y se encargaban de los trámites primeros, como avisar al cura para que diera la señal, ese toque de campanas que saca a las puertas de las casas a la gente preguntando por la identidad del fallecido.
 Para  los hombres  que iban a manifestar sus condolencias  se reservaba una parte de la casa, generalmente al final de la misma, próxima al  corral y otra más, cerca de la entrada, para las mujeres.  Siendo la muerte un suceso triste siempre no eran  iguales los velatorios cuando se moría una persona joven, donde el silencio se corta,  que cuando era una persona  mayor con la vida andada,  en que hay más conformidad y relajación.
 El tiempo de permanencia en las casas de los que iban a dar el pésame y a cumplir dependía del grado de parentesco y  amistad. Pasaban la noche entera los familiares,  amigos  más allegados  y los vecinos más cercanos. Los hombres fumaban sin descanso. Se ofrecía un cigarro y se aceptaban los  de los demás. Y se hablaba de todo, referencias del muerto y temas  que caían a pelo. Cuántas cosas curiosas  escuché  en las largas noches de los duelos sobre la vida en el campo, los amores de mozos, las riñas por celos…
 Las vecinas  se encargaban de preparar la comida para los dolientes. Trajinaban  de unas casas a otras y concertaban el menú y la participación de cada una de ellas.  Cocinaban en sus domicilios y traían la comida.  Hacían una lista con los nombres de las que habían colaborado  y de aquellas que querían participar en los costos para entregarla a los deudos del difunto.Costumbre, la del prorrateo de los costos, que permanece.