Calderetas
Algunas ovejas morían por un hartazgo de hierbas o mala asimilación de ciertos piensos.
No se desperdiciaban, sino que eran consumidas pues en nada afectaba este tipo de muerte a la calidad de la carne. De ahí el refrán: “Reunión de pastores, oveja muerta”.
Cuando se producía la muerte los pastores se lo comunicaban al mayoral y le entregaban el pellejo como prueba de que así había sucedido, descartando otras causas de su desaparición.
Caso distinto era el de las modorras. Esta es una enfermedad que ataca generalmente a las ovejas jóvenes: borregas o primalas. Dice el diccionario que es un aturdimiento patológico producido por los cisticercos de los cenuros (tenias) que se alojan en el cerebro. Los síntomas son evidentes: se desorientan, vagan solas y empiezan a dar vueltas sobre sí mismas. Además, pierden mucha visión y dejan de comer. Lo comunicaban al mayoral para que le buscara pronta salida porque este mal es progresivo y conduce irremediablemente a la muerte.
Las ovejas modorras se han comido siempre, exceptuando la cabeza que es donde se localiza la enfermedad. Muchas pandillas de amigos cuando iban a celebrar algo las procuraban pues su precio era bastante más asequible que el de las demás y su carne no perdía calidad.
La receta originaria de la caldereta que hacían los pastores era muy simple: unas cabezas de ajos, aceite, sal y laurel. Guindilla para el que le gustara el pique.
Preparar y comer una caldereta tiene su ceremonial. El caldero al fuego, colgado de llares o apoyado en trébedes. No hay que entrometerse en el trabajo del cocinero. Si acaso, ejercer de pinche a su requerimiento.
Parte importante del proceso es espumar la carne según va cociendo. Cuando está en cochura avanzada se saca una cucharada de caldo y se da a probar a los concurrentes para que den su opinión sobre el punto de sal: un poco más, algo menos. Todo es cuestión de medida, como dijo don Antonio.
La chanfaina se hace aparte y surgen los tópicos de siempre. “Si nos hartamos de chanfaina se queda ahí toda la carne”. Tantas veces se dice, tantas se peca.
Conseguida la aquiescencia mayoritaria se saca el caldero y se pone al medio. Todos en derredor. “Cuchará y paso atrás”, para que entren todos. Entre paso y paso un buen trago de vino.
Otra forma de servirla es ir sacando del caldero, plato a plato, un número de presas igual al de asistentes.
Por aquí utilizamos la palabra “cochoflo” en variadas expresiones: ir o estar de “cochoflo”. Coincide con el de ir o estar de caldereta, pero lo aplicamos también a comidas de menos jerarquía, como comerse una liebre entre amigos o una prueba de la matanza o una cazuela de hongos. Puede ser que este término llegara hasta nosotros con la trashumancia desde tierras sorianas, pues lo he encontrado en Covaleda, un pueblo de la provincia, con el significado de mezcla de comidas mal condimentadas o mal hechas. En Castuera, en una recopilación de la Universidad Popular, lo recogen como ambiente de comilona, de “guisoteo”. También en La Coronada, como comida especial relacionada con alguna fecha significativa…
Sea lo que fuere, como hoy estamos de “cochoflo”, están ustedes invitados.
Noviembre
Noviembre es un mes de tempranas y crecientes sombras. Las umbrías ensanchan sus dominios y las carcomas silenciosas de la noche corroen cada día un trozo al manto de la luz. Comienza la treintena agrupando santidades y sin tiempo para homenajear cumplidamente los méritos de quienes alcanzaron la gloria y los altares nos recuerda con luctuosos tañidos que otros ya no están entre nosotros, otros que anduvieron por estas mismas calles y rincones donde se posan lentos y desmayados los dobles en su recuerdo.
En este mes el rojo no es pasión, sino celaje frío y las tardes nubladas recuerdan el paisaje de un cuadro de Millet de intimista ambiente campesino.
Cuentan que los druidas, clase sacerdotal de la Europa céltica, se comunicaban por estas fechas con sus antepasados muertos. Creían que en la noche del treinta y uno de octubre, la víspera de su nuevo año, los espíritus regresaban a sus antiguos hogares para visitar a los que aún estaban por aquí. Les preparaban comida por si se les ocurría sentarse a la mesa, más por temor al acarreo de desgracias si no cumplían con esta cortesía que por la posibilidad de consumirla, pues eran por naturaleza frugales en el yantar. Así que los vivos se zampaban lo suyo y lo de los muertos.
Nuestra cultura adaptó esta celebración pagana a las creencias cristianas y dedicó un día al recuerdo de los difuntos. De la comida tampoco nos olvidamos porque el buen comer encaja bien con todos los credos y unas veces por pena y otras por alegría nunca desentona su presencia. Siendo pródiga nuestra tierra en excelentes frutos no estaría bien dejar pasar la ocasión y no comer los apetitosos presentes que nos ofrece. Existe una antigua costumbre, la “chaquetía”, que consiste en coger los productos propios de esta estación: higos, castañas, granadas, nueces… e irse al campo a degustarlos.
Las castañas llegan con el corazón color trigueño germinado en el vientre del erizo. Traen del monte fresco la rubia arruga hecha apetitoso fruto. Asada se le conoce en algunas zonas como calbote. El asador raja sus pechos para darle al fuego, abiertos en canal, su tierna entraña. Esparcen fragancias en el aire delicado de noviembre, calientan nuestras manos en cucuruchos de papel y ya en la boca abren en ramilletes de sabores las esencias del otoño.
Recuerdo cuando, al cobijo de las enagüillas, las asábamos junto con bellotas, entre las ascuas del brasero. Les hacíamos la rajita de rigor con la navaja para dar salida a la hinchazón que les produce el fuego y evitar que saltasen.
A los membrillos los poníamos debajo del anafre donde cocía lentamente el puchero con carbón de encina. Del color amarillo pasaban al ocre caramelo. También se hacían compotas y dulce de membrillo con ellos. ¡Qué exquisito el almíbar!
Pasaba un vendedor voceando por la calle higos secos de Almoharín, distintivo de excelente calidad. Muchas noches con ellos, castañas, pan y aceitunas cenábamos.
Recuerdo también la primera vez que probé siendo niño los huesos de santo que los dulceros de Llerena exponían cada año en el escaparate…Sabores y olores que vuelven cuando las choperas, alamedas y castañares ofrecen en nuestros campos una paleta impresionante de tonos dorados.
Juegos de niñas.
Había algunos juegos a los que sólo jugaban las niñas. Si a algunos varones se les ocurría participar en ellos los demás compañeros los “afurreaban” y los tildaban de mariquitas. A ellas también las criticaban si se atrevían con juegos que eran considerados de niños. No tenían nada de extraño estos comportamientos en un sistema social, político, educativo y religioso que reservaba a las mujeres el papel de buenas amas de casa, esposas obedientes y madres sacrificadas. Una prepotencia masculina que limitaba y condicionaba la libertad de las mujeres. Pasaban estas, matrimonio mediante, de la tutela paterna a la marital sin solución de continuidad. Hasta para disponer de sus bienes precisaban autorización y firmas de padres o maridos. No hay nada más que leer manifiestos de la fundadora de la Sección Femenina que se divulgaban por medio del obligatorio Servicio Social que impartía la Sección Femenina en sus cátedras ambulantes para darse cuenta del concepto de mujer ideal que imperaba en los años cincuenta y sesenta y las funciones que se esperaban de ellas en la sociedad.
En las escuelas existían aulas diferenciadas por sexos. En el caso de mi pueblo hasta usaban edificios distintos. Los maestros daban clases a los varones y las maestras a las hembras. Había una materia específica en los programas educativos destinada a las niñas: Labores femeninas. En un cabás, que por aquí llamábamos “cabal”, llevaban los bártulos para bordar y coser. Pasaban las tardes que les tocaba esta materia haciendo punto de cruz o bordando bajo la dirección de la maestra.
Entre sus actividades lúdicas estaba jugar a las casitas. Distribuían dependencias con cartones que conseguían en los comercios y asignaban a los espacios mobiliario y enseres en miniatura que les habían echado los Reyes.
Las muñecas eran entonces muy simples, de cartón o de goma. Después vinieron las que cerraban los ojos al tenderlas y las que emitían un ruido que quería asemejar al llanto mediante un artilugio que traían en la barriga. Las peinaban, las vestían, las acunaban y velaban su sueño en la cuna.
Los recortables eran otros de sus juegos y aficiones. Sobre la silueta de una persona, normalmente niña o mujer, colocaban prendas de distintos diseños, formas y colores, doblando unas lengüetas sobre su parte trasera. Así conseguían los más variados modelos para las diferentes ocasiones de vida social o trabajo.
El tejo o truque era otro juego mayoritariamente practicado por las niñas, pero que no tenía un componente tan sexista y en ocasiones era compartido por los niños. Se dibujaban unos rectángulos en el suelo coronados por un semicírculo al final que llamábamos “piquín”. Consistía en pasar la rayuela a pie cojito por todos ellos sin pisar las rayas que los delimitaban. Quienes conseguían realizar el recorrido completo elegían uno de los rectángulos y lo dibujaba artísticamente. Era la señal de propiedad. Allí nadie sin su permiso podía entrar a partir de entonces. Había que evitarlo con la rayuela y con el pie.
No sospechaba entonces aquella sociedad pacata y compartimentada que de los varones en un futuro no lejano iban a surgir excelentes cocineros, modistos y decoradores, precisamente en aquellas profesiones cuya imitación en los juegos nos era afeada por una mala y sesgada educación.
Sementera
Fotografía de Juan Sevilla https://www.flickr.com/photos/juaninda/
Los veía regresar del campo cuando pasaban por la Plazuela en los anochecidos de otoño. Venían montados a mujeriega sobre las mulas, que andaban cabeceando con paso lento y cansado. Volvían a casa después de haber estado de sol a sol realizando las labores de la siembra. En otro animal traían atados los aperos de labranza, el yugo y el arado. Sobre sus hombros, capotes negros de hule impermeabilizados con alquitrán para resguardarse de la lluvia. A las bestias para protegerlas del frío las enmantaban, cubriéndoles lomo y grupa. Los charcos y los regajillos que formaba la lluvia reflejaban las tenues luces de la calle. Los animales después de un día de duro trabajo buscaban el calor tibio de las cuadras y los labriegos el descanso y la comida caliente del día.
Se sembraba entonces a mano. La simiente al hombro en un saco doblado que caía por delante y por detrás, cosido por la boca y por la base en uno de sus extremos. Se le llamaba collera, como al collar de cuero o lona que se les ponía a las caballerías para que no les hiciera daño el horcate.
Fotos de Puerto Seguro, en la comarca del Campo de Argañán, pertenece al partido judicial de Ciudad Rodrigo, en la frontera con Portugal.






















