Divagando con la lluvia

rocío

Palabras que no  dije

permanecen aún en la memoria,

como si vivieran una muerte inacabada.

De vez en cuando  afloran,

como ahora,

y escapan por la ventana entreabierta del alma

a mojarse en la lluvia

de esta tarde gris de primavera.

Cuando el corazón latía al galope

por los campos ardientes de las  sienes,

la timidez fue brida de caricias

 y lazo estanco de pasiones.

A mitad de camino entre la boca

y mis ganas de decir  alguna cosa

quedaron frases desmayadas

sin llegar al  destino deseado.

En el árbol que se yergue enfrente,

una paloma de ahuecadas  plumas

espera a que la lluvia  cese.

Hasta mí llega el murmullo  del agua

que cae en la arboleda

y un olor a campo verde,  preñado

de esperanzas  nuevas.

El iris  se arquea en el horizonte,

y la paloma  vuela

con una rama en el pico

sobre verdes alcaceres…

…y en el fanal brillante de la tarde

 desaparece su estela.

 

Combinados

combinados

 

 

En los bares de entonces la variedad de bebidas  no pasaba del vino y los refrescos. Menos frecuente la cerveza.  Perico Chicote caía lejos, así que los combinados  no se conocían, excepción hecha del carajillo, la palomita y el sol y sombra.

Los niños no entrábamos en las tascas, si no era para cambiar el casco de la botella de Casera por una llena, que nunca faltaba en casa. En  los breves instantes  que permanecíamos en el local observábamos  y olíamos el ambiente de estos lugares llenos de voces y humos donde los hombres-porque las mujeres no entraban- bebían y discutían entre olor a sudor y  orines, debido a la falta de agua corriente y a la ubicación de los servicios en el interior del local.

Pero los niños sí hacíamos combinados en aquel dilatado tiempo libre en que, a falta de los artilugios electrónicos actuales, pasábamos el tiempo con la pandilla en  los rincones de la calle, a la sombra si era verano o en las  tibias recachas  si era invierno, jugando e imaginando un mundo a  medida de nuestra fantasía.

El bebistrajo  más simple consistía meter un pedazo de regaliz  en un tubo y echarle agua. Con una espera no muy prolongada, aunque los más puestos en el tema recomendaban dejarlos una noche entera, teníamos el sucedáneo de la coca cola.

La otra combinación era algo más compleja y precisaba mesura y equilibrio en la adición de los ingredientes. La hacíamos en verano y lo considerábamos un refresco artesanal. Consistía en mezclar vinagre, agua y azúcar. Se le daba vueltas  y  para dentro…o para fuera si un exceso de vinagre nos descomponía el cuerpo.

A ninguno se nos ocurrió patentar estas mixturas que, quién sabe si con el tiempo, nos hubiesen hecho millonarios.

No estoy arrepentido

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Pecados de mi inocencia infantil

entre los muros de la  iglesia

confesados.

¿Llegó mi contrición  a su destino

aquellas mañanas de abril

con los lirios?

 Si la veis entre estrellas de camino

mandádmela otra vez a mí,

sin demora.

Cuando me hice mayor me di cuenta

que ya no estaba arrepentido

de haber sido

sólo un niño.

Reloj, no marques las horas

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Algunos labradores y ganaderos  llevaban un reloj con cadena en un bolsillo del chaleco,  asido a un ojal del mismo. Eran los acreditados  “Roscopatent”, que deben su nombre a su inventor, el alemán nacionalizado suizo  Georges Frederic Roskopf,   pero la mayoría no los necesitaba. La vida rural se regía por el sol.

Parte de las largas noches de  invierno se pasaban al fuego o al brasero entre charlas y  juegos de mesa y de fondo radio Andorra. Después a la cama a soñar con los angelitos.   En verano la vida bullía con el trajín de la recolección. Las eras del ejido, los carros con el grano y la paja por las calles, las casas de par en par  para que el fresco de la noche aliviara las calores del día… Si se dormía poco tiempo para eso estaba la siesta.

Llega otra vez el cambio de hora, que dicen los que entienden que se ahorra mucha energía. Yo no lo entiendo,  pero creo que acomodándonos a la luz, sin mover las manillas, podríamos adelantar o atrasar las faenas y no trastornar bruscamente dos veces al año los hábitos de todos. 

Ligar en el cine

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Resbalabas tu mano en la butaca

incierta y sigilosa

cual serpiente al acecho de la caza.

Al encontrar tus dedos

 la anhelada epidermis de su cuerpo

parabas la incursión,

cauto, a la espera de reacción

rehusada o complaciente.

Si el camino estaba abierto, ascendías

suavemente  a las tibias lomas de su brazo.

Con respiración contenida

seguías el avance

en la oscuridad envolvente de la sala.

Las manos enlazadas

sellaban cómplices deseos adolescentes,

mientras en la pantalla iluminada

corrían  diligencias

 y los cuatreros y el  sheriff

arreglaban conflictos a balazos.

El argumento más apetecible

-que recordarás luego tantas veces-

lo escribimos nosotros sin saberlo

en la  grata penumbra  de los  cines,

mientras un chorro cónico de luz

repleto de motitas vaporosas

llenaba la pantalla de ficciones..

Francisco Umbral

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La vida de Francisco Umbral, que en realidad se llamaba Francisco Alejandro Pérez Martínez,  fue,  tras esa postura insolente y descarada que exhibía, triste y trágica. 

Su madre, Ana María Pérez Martínez, una mujer soltera y tuberculosa, lo tuvo a él tras una relación con un hombre casado   del que era su secretaria, Alejandro Urrutia, abogado cordobés y escritor, padre del poeta Leopoldo de Luis, gran amigo de Umbral.   El distanciamiento y desapego de su madre, que fue a parir a Madrid al  hospital benéfico La Maternidad por temor a las habladurías de la gente de Valladolid,  lo marcó para siempre. Umbral tuvo un único hijo   que murió de leucemia a los cinco años, lo que le inspiró su libro Mortal y rosa (1975), lleno de hondo lirismo y sentimiento.

Él mismo escribió: “He optado o estoy optando por el engaño, por el autoengaño, de modo que seré inauténtico para siempre. No creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba. Soy un farsante”.

Me he permitido escribir el soneto que sigue como reconocimiento al gran escritor que fue tras reflexionar que muchas veces las apariencias engañan. 

Creó en su mente un mundo paralelo

lleno de elaborada fantasía,

para suplir su infancia tan vacía

de familia, querencias y consuelo.

Con alas de escritor levantó vuelo

y dio armazón a lo que no existía

creyéndose él mismo la utopía 

del brillo que emitía el espejuelo.

Francisco Umbral, de cínica insolencia,

ególatra y pedante altanería

inventó el personaje de sí mismo,

alcanzando en las letras la excelencia

con la trágica farsa que escondía

su orfandad en el fondo del abismo

Monaguillos

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Fui monaguillo de repiques, de ayudantía y de trastienda, que en gajes eclesiásticos recibe el nombre de sacristía. No figuraba yo en la nómina de los doce duros al mes que el cura estipendiaba a los fijos, sino en el ramo de aficionados y en cierto deber moral que nos comprometía a los seminaristas. Conocíamos los monaguillos mejor que nadie los entresijos ceremoniales de las misas y sus prolegómenos de sacristía. Ayudar al cura a vestirse para las funciones religiosas era tarea reservada a los veteranos del escalafón. Había que saber diferenciar colores para cada tiempo litúrgico y prendas para cada ceremonia: amitos, albas, cíngulos, casullas, roquetes, estolas, manípulos… y conocer el orden de su colocación. Cuando los curas se las guisaban en latín, corría por los mentideros del vulgo una explicación apócrifa y burlona del significado de las misas, que nos refirió un día un sacerdote para explicarnos una de las razones de la implantación de la misa en el idioma del país.

La versión era que en las misas antiguas salía el reverendo de la sacristía, calado de bonete, con dos acólitos de escolta y oficiaba en el altar mayor, de espaldas a la feligresía. Poco más entendían los presentes que los momentos en los que había que levantarse, sentarse o postrarse. De vez en cuando el cura se daba la vuelta, abría los brazos y decía el conocido y repetido “dominus vobiscum”, que los fieles, faltos de conocimientos latinos, traducían libérrimamente como “¿alguno de vosotros lo ha visto?”, deduciendo que se referiría al extravío del gorro llamado bonete, porque de la sacristía seguro que salió con él y ahora no lo llevaba en la cabeza.

A media misa recorrían los monaguillos los bancos con bolsas pidiendo limosna. La crédula parroquia pensaba que iba destinada a sufragar la reposición de la prenda desaparecida. Así que a colaborar, aunque bien sabía Dios que ellos no habían sido los usurpadores de tan sagrado complemento y de la dignidad que conllevaba.

Contento el cura con lo recaudado en la colecta echaba un trago para celebrarlo, y agradecido, en justa correspondencia, repartía hostias a todo el que quería acercarse. Entiéndase en el nutricio sentido de la palabra.

Por fin, uno de los monagos se separaba un poco y de un rincón, sin saber cómo, regresaba con el bonete en la mano. El cura se lo calaba y, los monagos delante, enfilaban satisfechos el camino de regreso a la sacristía cantando: “La misa ha terminado cantemos con fervor que nuestra vida sea una misa señor”. No deja de ser una hipérbole humorística para resaltar la barrera de desconocimiento que se levantaba entre el oficiante y los fieles.

Termino con dos anécdotas de aquellas funciones y de aquellos tiempos. A la hora de la comunión un monago sostenía una vela y el otro ponía la bandeja debajo de la barbilla del comulgante para que en caso de que cayera la sagrada forma o una partícula por minúscula que fuese lo hiciese sobre ella. Nos distraíamos mi amigo Francisco y yo, a falta de ocupaciones más complejas, viendo como sacaba la lengua cada uno de los comulgantes. Había una mujer con un ojo de cristal que nos provocaba la risa cada vez que acudía. El cura, que ya conocía nuestra debilidad, nos miraba con el rabillo del ojo a los dos cuando la buena mujer se acercaba en la fila, no sé si advirtiéndonos para que nos contuviéramos o siendo cómplice de nuestro regocijo.

Un secreto de sacristía era el lugar donde se guardaba el vino para la consagración. Estaba bajo llave en uno de los armarios. Sólo el sacristán era el encargado de llenar las vinajeras. Un día, bastante tiempo antes de empezar la misa, tuve que ir, mandado por el cura, a llevar algo y sorprendí al sacristán dándole un trinque a la botella. Como no había explicación posible que justificara la libación, me ofreció como una especie de chantaje y complicidad probar el fruto de la vid de la botella que aún tenía en sus manos. Así obtuve una posición de privilegio en el trato que de tarde en tarde se materializaba con un trago de aquel vino tan exquisito.

Referido sea todo lo anterior con el máximo respeto y sin ánimo de molestar, pero así fue y así lo cuento.

Llerena, 18 de febrero de 2015. Tertulia literaria del ateneo llerenense.

 

Mujeres valientes

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¿Qué  juglar glosará tu valentía

si el falso libro de la historia calla

relato meritorio  de  medalla

y  mención que resalte tu valía?

 

El duro batallar de cada día

donde ni el sufrimiento hizo muralla

ni  a tu entrega  frenó ninguna valla

ha de tener su  justa  apología.

 

En tiempos de carencias, hambre y  miedo

silenciosa, sufrida y olvidada

luchaste por  tus hijos con denuedo.

 

Tenaz mujer, a ti va dedicada

en solar patrio de Caín y ruedo

esta loa debida y tan  ganada.

 

Merendillas

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Me pasa con la palabra merienda lo mismo que con la de almuerzo y no por ambigua concepción, si no por las definiciones que de ellas hace nuestro diccionario. Las dos pueden ser las comidas principales del día o sostén más liviano  a media tarde o de mañana.

Así que para evitar equívocos, en el lugar donde la campana marcaba los silencios, el estudio y los juegos siempre usábamos el diminutivo para desambiguar la posible confusión con las de mantel, plato y cuchara.

Las primeras merendillas que recuerdo son las del  queso amarillo y cuadrado,  viatico para doblegar la tarde, que los americanos enviaban en latas con la intención asentar bases y de paso  aliviar la carpanta que cabalgaba a sus anchas por los pueblos de España. Los maestros de entonces cortaban y repartían,  llevándose, como siempre  ha hecho el que reparte, la mejor parte, que   el dicho popular no fue vano, sino constatado con hechos palmarios, tanto que la acuciante necesidad de alimentarse llamada por el vulgo hambre  fue elevada y puesta a la atura del desempeño de tan noble oficio.

Independizada la merendilla de los pupitres se hizo divisa festiva en el lomo de la tarde separando  la   escuela  del  juego.

Ingesta nómada e  inquieta  detrás de los balones y en lo alto de las bicicletas. Con una mano a la guía  y con la otra al condumio, arreándole bocados intermitentes.

Crepitaba chirriante en nuestros dientes  la arenilla que el cacao de dudosa honestidad  compartía en promiscua coyunda en la cama de la jícara, que así se llamaba la porción desprendida de la libra. En mi casa al menor descuido  volaban de la alacena  si mi madre no las ponía  a buen recaudo.

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En el  regazo del pan desmigajado  nos echaban el aceite y el azúcar que esporádicamente sustituía al sucedáneo de cacao. Después se volvía a colocar el migajón a modo de tapadera.  También el queso bien asentado,  guardado en tinas y untado con aceite formó parte de nuestras merendillas. El cuchillo lo cortaba chirriando  con gemido metálico de ratón entrillado.

En los colegios se hizo triste el hábito y en lugar de divisa festiva fue puya en el morrillo de la angustia. Era un masticar lento y pensado, temiendo el inminente comienzo de la corrida.

Tenía yo algunas clases con quienes mi imaginación pintaba como morlacos cuatreños  de negro pelaje  que me cortaban el proceso digestivo cada tarde, así que cuando tocaba el timbre para acabar los juegos una corriente de banderillas eléctricas recorría mi estómago con descargas nerviosas. Mal cobijo en ese estado para sustento alguno.

Con la madurez se fueron las merendillas y uno, que no es adicto al café ni a las pastas, atraviesa la raya del crepúsculo de corrido, sin pinchar en el lubricán divisas ni puyas.

Tu ausencia

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Ahincando el paso entre violentos remolinos

que aspiran las entrañas de la noche

camino dando tumbos en busca de tu huella,

por ver si quedara algún vestigio

después de tantos años.

Pero no queda rastro

por  donde en otro tiempo fuimos.

El último  adiós

fue una noche así, lluviosa y  desabrida.

Tu pelo mojado entre mis manos

y tu cara aterida.

Conmigo quedó tu mirada,

suplicante quizás

o presintiendo el fin.

La luz de la farola fue el último  testigo.

Rielaba su reflejo  en  el asfalto.

Sonó una puerta luego.

Después, silencio,

quebrado  sólo por el llanto

del agua de  canales sobre  el suelo.