Manitas de cine
Mi mano sigilosa en la frontera
de dos cuerpos de ardor adolescente
reptaba sondeando compañera
en la envolvente oscuridad del cine.
Tras un paso, astuta y cautelosa,
ocupaba el terreno conquistado
y seguía avanzando en su aventura
hasta el ansiado roce en que esperaba
con la respiración sujeta en bridas
el rechazo o la cálida acogida
La quietud era indicación de avance
hacia el querido otero de la tuya,
que con un voluptuoso desperezo
giraba receptiva su postura,
uniendo palmas y enlazando dedos,
mientras tropas de yanquis galopaban
con toques de cornetas estridentes
por las llanuras ardientes del desierto.
Aquellos rosarios
La rutina convirtió el rezo en cantinela,
como el ruido del agua entre las piedras.
Se desgranaban los misterios
de los dolores a la gloria,
pasando por los gozos.
La tarde extendía sus sombras
con letanías de beatas
en repetidos soliloquios
de respuestas decadentes.
Rumor de solitarias almas
que no esperan respuestas de momento.
Para llevar las cuentas,
hilera de bolitas ensartadas.
En mí quedaron las metáforas
labradas con marfil y oro,
una estrella en la mañana y una rosa.
¿Anotaría Dios
mi número de rezos en sus tomos?
Cantos de sirena
Llegan a mis oídos
tenues voces infantiles
por los andamios del aire.
Cantos de comba y de rueda
de los niños en la calle.
Ayer fui yo quien gocé
los juegos en la plazuela.
Cuando declina la tarde
incitadoras sirenas
me reclaman con sus cantos
para emprender la partida.
Sin mástil, cuerdas ni cera
que me salven como a Ulises
su falso embrujo me lleva
derecho hacia el arrecife.
Noche de julio
Recortaba la luna las siluetas en la frondosidad de las adelfas. El aire nacarado y perezoso, sostenía los aromas de la vega. Eran tus ojos azabache brillante en la noche de julio. La luz de harina plateada difuminaba los caminos, los cerros de olivares, la chopera en la ribera…Acunaban al silencio el canto de los grillos y las ranas. Estuvimos mucho tiempo sin decirnos nada, sintiendo los latidos de los pechos y deseé que nunca terminara aquel momento, aquella sensación inabarcable de paz en mitad del campo, dueños y centro de todo el universo. A lo lejos tintineaban las luces del pueblo, sumidas las fatigas en la quietud del sueño. Volvimos por un camino borroso cuando una bocanada rosa surgía por oriente y la brisa hacía cosquillas a las sombras de los chopos.











