Murria

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De todos los regresos al internado, el de enero era el más doloroso. Las vacaciones de Navidad guardaban  regusto a manteca “colorá” cerca de la candela, miradas  de mocitas bellas  prendidas en el cruce del paseo,  juegos al leve sol de las tardes en los prados del ejido, a pecado que no era en la penumbra del guateque… Arrancar de cuajo esas vivencias y  las cálidas horas del brasero para llegar al mármol frío de la  humedad de los pasillos  era un tajo cruel a nuestros cuerpos y sal para el sentimiento en carne viva. Éramos poco más que niños.

En la maleta llevabas las manos de tu madre en los pliegues de la ropa y los olores de tu casa recién abandonada. Abrirla en aquel cuarto impersonal era llenar de añoranza los anochecidos, esas horas de luz entreverada e incierta en que arrecian las dolencias del espíritu.

Los primeros días buscábamos rincones para estar solos y rumiar ausencias. Las palabras de los compañeros resbalaban por nuestros oídos como ecos  lejanos.

Tardábamos varias jornadas en superar la murria; algunos más, tanto que eran llamados por los superiores para intentar aliviar su abatimiento.

Nos fortalecimos, cierto es,  pero tan fuerte fue el ungüento que curtió la piel que aún hoy, después de tantos años, se siente la costura cuando se pasa la mano del recuerdo, como si algo hubiese sido roto abruptamente y se perdiera para siempre ligazón. Como agua que no llega a  labios secos y, derramada en el suelo, ni aplaca la sed ni vuelve al venero.

 

Cigüeñas y reyes

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La cigüeña traía a los niños  de París y  de Oriente los Reyes Magos los regalos. Con estas creencias vivimos nuestra infancia. Cuando fuimos descubriendo la realidad por bocas de otros niños mayores nos empezamos a hacer  preguntas y a explicarnos muchas cosas que hasta entonces se habían sostenido con los alfileres de la fantasía. Poca sujeción para tanto peso.

A partir del descubrimiento comenzamos a mirar a nuestros padres de otra forma y cuando nos sorprendían absortos en nuestro incipiente discurrir bajábamos la cabeza algo avergonzados de que pudiesen adivinar el desmoronamiento que se estaba produciendo en nuestro interior.

Todavía no había llegado el tiempo de las explicaciones con las semillitas que se juntan, y el desbroce de nuestra ignorancia sexual se producía rudamente, por los caminos de charlas con los amigos, a escondidas de los mayores. Cada uno aportaba cabos que había escuchado a otros y nuestra imaginación hilaba fantasiosa, pero parcialmente, el misterio de la vida.

Cuando los Reyes Magos empezaron a no caber por las chimeneas de nuestra ingenuidad comprendimos también la desigualdad en los regalos de unos niños y otros. ¿Por qué a unos bicicletas y a otros  aros o unos simples caramelos?

Y es que la fantasía no aguanta mucho tiempo el rodillo de la lógica.

Descubrí quiénes eran los Reyes Magos porque mis padres suponían que yo ya lo sabía, pero yo navegaba aún en el mar de las quimeras. Por eso me sorprendí cuando  ellos hablaban de los regalos de cada uno y al darse cuenta de que yo estaba escuchando dijo mi padre:

-Este ya sabe de qué va esto.

Ahora, cuando llega el cinco de enero y recuerdo todo esto en la placidez de mi almohada, ofrezco un pacto a la fantasía: Vuelve tú a ocuparte del trabajo de los Magos y déjame a mí para siempre el encargo de los niños.

 

La escarda

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(Carta en el periódico HOY 16-12-2014)

Para limpiar los sembrados de vallicos, cardos y otras malas hierbas, antes de que empezaran a envenenarnos con los herbicidas, se escardaba la sementera. Cuadrillas de labriegos, surco a surco, recorrían las hazas con zuelas o azadones para que los cereales crecieran   sin estas malas compañías que ahogaban su desarrollo.

En las horas más  tranquilas de las labores domésticas, las amas de casa o los abuelos se sentaban a separar en dos cestos colocados a diestra y siniestra los garbanzos  de las granzas y de otros desechos que  la labor de recolección había dejado entre las leguminosas.

Lo mismo se hacía con las lentejas. Para evitar que una china pusiera en peligro la integridad de  dientes y muelas de los comensales, se extendían sobre el tapete de hule y con paciencia y tiento se iban purgando de tan incómodos huéspedes.

No había nada como estas sanas y antiguas costumbres para, sin dañar el medio ambiente,  separar el grano de paja y morralla.

Quienes tienen poder y recta conciencia bien podían aplicar esos ejemplos a la besanas y labrantíos  patrios, infestados de granujas que hurtan el bienestar de los demás y desvalorizan la noble labor del servicio público, antes que su daño sea irreparable o un viento racheado quede el mantel sin lentejas.

Matanzas

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¿Dónde están aquellos días

al calor de la candela

untando el pan con cachuela

y fuera las  nieblas frías?

Entonces tú no sabías

que cuando el tiempo se fuera

volverían  a tu mollera

la manteca colorá,

con la sabrosa pringá 

de la matanza casera.

¡Qué recuerdos, mire usted: 

las chacinas recién hechas

en tan señaladas fechas

y en el techo y la pared,

atienda  vuestra merced:

chorizos y salchichones,

morcillas y chicharrones.

Nuestra edad que era dichosa

aguantaba jubilosa

tan pesadas digestiones

Caligrafía

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(Carte en el periódico HOY 4-12-2014)

El maestro ponía la muestra en la pizarra sobre dos líneas paralelas que con una regla grande había trazado antes. Nosotros, los niños de entonces, la copiábamos en una hoja del cuaderno de dos rayas y hacíamos lo que se llamaba la plana. Pasábamos después por su mesa para que calificase con  mal,  regular,  bien o muy bien el trabajo realizado.

Los lápices eran de  Johann Sindel y los cuadernos de Balandro.¡Qué memoria caprichosa ésta, en lo que se fijaba! La goma de borrar siempre a mano para enmendar entuertos. Si el lápiz no señalaba bien se humedecía  la punta de grafito  en la lengua.

Vinieron después los pupitres bipersonales con dos agujeros donde se metían  los tinteros de porcelana blanca. Cada mañana los llenaban de tinta. Mojábamos  la plumilla y hacíamos  nuestra plana de caligrafía. El secante para los goterones que a veces caían  era una tiza que absorbía rápidamente, hasta que ruborizada de azul por nuestra torpeza debíamos cambiarla.

El Instituto Nacional de Educación de Islandia, país pionero en reformas y avances educativos,  ha decidido que la caligrafía ya no formará parte del currículo escolar a partir del curso 2016-2017.  Continuarán escribiendo a mano de forma obligatoria, pero con letra simplificada, separada, como la de la imprenta, como la de los periódicos o como esta que se ve aquí.

Lo que se va a dejar de practicar en las escuelas finlandesas es la letra ligada. Ellos sabrán, pero pienso que  la buena caligrafía es un arte y una huella testimonial y  personal para el futuro. A mí me emociona encontrarme un manuscrito de algún antepasado. Esos adornos arabescos con los que comienzan muchos escritos caligráficos y las curvas de grosor cambiante  de los trazos de las letras  son  una gozada visual.

Lo importante, sea con letra de palo o ligada, es escribir a mano. Define la lateralizad y es el drenaje del corazón hacia el papel.

El pan

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(Cartas en el periódico HOY 14-11-2014)

Desde la maldición bíblica que nos condenó al hombre y a la mujer, aunque aún no existía la costumbre de diferenciar masculino y femenino ni la grafía @ para unir los géneros, a comer el pan con el sudor de nuestra frente, hasta nuestros días, este alimento ha sufrido desde las más encendidas alabanzas hasta los más hirientes menosprecios y acusaciones de  culpabilidad de obesidades.

Inalcanzable para muchas familias en tiempos de penurias, cuando costaba más un pan que una jornada de trabajo. Tiempos hubo en que  se le daba un beso reverencial y agradecido si caía al suelo o se dejaba en una ventana  para que otro lo aprovechara.

Formó parte de la niñez de los que hoy peinamos canas, acompañando con queso o chocolate, aceite y azúcar  la merienda en las tardes de nuestra infancia. Era el rey de la mesa que los padres partían y repartían a todos los comensales.

Después lo degeneraron en forma de  barras con vocación de chicle y prisas de ejecutivo. Tan poco se tarda en hacerlas como en convertirse en gomas elásticas.

Ahora  vuelven a ponerlo de moda en las llamadas boutiques del pan,  a vestirlo de pijo en tiendas exclusivas, acicalado con aditamentos  y relleno de  pasas, nueces o hierbas aromáticas.Bien para los que les guste, pero el pan no necesita tanto para estar bueno, sólo buenas materias primas maduradas al sol  y a  los aires morenos  de nuestra tierra y tiempo adecuado de cocción en el horno.

Casa abandonada.

manuel García Rodríguez 1863-1925

(Pintura de Manuel García Rodríguez 1863-1925)

Las fragancias del jazmín, que el descuido embraveció, penetran desde el patio  cubierto de hierbajos  hasta las estancias vacías de la casa  abandonada. El  aire huele a viejo, a  ausencias disecadas por el tiempo, cual flor olvidada entre las páginas de un libro. La camilla en que se platicaba reunidos al brasero está cual la dejaron: en derredor las sillas  y un tapete de hule con  un dibujo desgastado. Marca el ritmo del silencio  un reloj en la pared parado. Aletea la vida, sin embargo, en la patria del recuerdo: la abuela y sus geranios, la costura en la tarde sobre las  sillas de anea, apacible charla de comadres; un tinajón lleno de voces en busca de sus ecos… y canciones infantiles:

“Mañana domingo

se casa Respingo

con una mujer

que no tiene manos

y sabe coser”.

Hay  telas de araña en los rincones,  pero quedan  gestos y palabras que nunca he olvidado. Presiento  pasos, familiares y queridos, en el trajín de los quehaceres…¡Cuánta vida entre cuatro paredes!

Se está poniendo el sol y un haz de moteada luz, como  entonces, despide a la tarde desde el corazón del aire.

 

 

Algunos recuerdos de Llerena.

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A Domingo, que tenía la barbería en la  esquina de la  calle Armas con la calle Santiago, lo conocí un día que entré a su local para pelarme.  Se reunían allí colegas de la pitanza y el tonel, de beber hondo y pausado, a los que poco agobiaban los tictac de las horas cuando en buena armonía compartían charla y buen vino, como su amigo don Luis, alias   “El Corcha”, sin ánimo de ofender y sólo a efectos identificativos.

Pues entré, como digo, a  rebajar de pelo mi cabeza y sentado en el sillón frente al espejo, veía la calle y  las albérchigas, caminillos y veredas de vides, que ornaban  sus pómulos.

No llevaba más de cinco minutos con la tarea cuando,  ante la falta de conversación, empezó a canturrear y silbar un famoso bolero que desde entonces recuerdo en algunas ocasiones  cuando paso por allí.

El referido bolero decía: “Antes, mucho antes de enamorarme te voy a contar mi vida…” No entonaba mal la melodía y la letra se la sabía desde la cruz a la firma. Alternaba ésta con silbos que llegaban a mí con aromas vinateros, escanciados seguramente en el Bodegón, el Gato Negro, o en el bar de Pedro Martín, aquel hombre elegante y educado que ponía resecos con salsa de tomate.

Con don Luis tuve más relación. En los dos años que estuve estudiando en el  colegio de don Isidoro él daba Educación Física y vigilaba algunas horas los estudios cuando faltaba el profesor correspondiente.

Esta vigilancia en las sesiones de tarde era más testimonial que efectiva. Llegaba con su abrigo largo de color gris marengo y se sentaba en el sillón de la tribuna. Después de unas frases de aliño y prevención disciplinaria al comienzo de la sesión entraba en el sopor digestivo de viandas y caldos que lo eclipsaba y trasladaba a los acogedores brazos del Morfeo sestero.

Si el ruido elevaba su intensidad, sin abrir los ojos, profería siempre la misma muletilla: “Verás, verás”.  Las primeras veces disminuía el jaleo, pero duraba poco tiempo. El segundo aviso no tardaba en llegar: “Verás, verás ese”. Con esa  admonición demostrativa quería personificar en alguien el aviso, que él no veía, pues continuaba con los párpados cerrados o abiertos leve y brevemente, pero suponía que alguno andaba fuera de sitio y compostura. Al final nos  pasaba como a los gorriones  con los espantapájaros, que se acostumbran a él y emiten sus trinos en lo alto del sombrero, o como quien oye llover con ese ajeno murmullo de libar de los  panales.

En la última parte de su vida invitaba a comer a su casa a los alumnos mayores  de sexto de bachiller con los que tenía más amistad. Me acuerdo ahora de Antonio Ortiz Barrientos, de Villafranca, que nos refería la esplendidez del anfitrión.

Le dieron  dos o tres congestiones, esas que ahora llaman ictus. A pesar de eso seguía acudiendo al colegio. Cuando llegaba o se iba algunos de los que  estaban próximos le ayudaban a ponerse o quitarse su abrigo largo gris marengo que colgaba en la percha del pasillo que daba al patio de recreo. No interrumpió, sin embargo,  su costumbre de chatear, en el sentido noble de compartir vasos de vino y charla con los amigos, hasta que su naturaleza  declinó definitivamente. Gente entrañable.

El rebusco, en el horizonte.

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(Carta en el periódico HOY  27-10-2014)

Los pómulos prominentes  eran colinas donde anidaba el hambre y en las cuencas profundas de los ojos había ansiedad y miedo. En la posguerra y muchos años después hubo quien tuvo que agarrarse a la vida en las cáscaras de los deshechos. Frágiles y escasas briznas para no morir mirando al cielo a la espera de milagros que nunca llegaban.

Costaba más un pan que un jornal de sol a sol. Mientras unos se enriquecían con el estraperlo, otros construían  artesanales hornos en tinajas para elaborar panes caseros.

El rebusco, con permiso de los dueños, era una  solución estacional que aliviaba estrecheces. Por esta zona de olivar  y cereales los asideros para no perder el carro de la vida, del que muchos tempranamente se apearon,  fueron espigas caídas al suelo en el bregar de la hoz del  jornalero y aceitunas de terroso aceite, perdidas en las grietas del barbecho, unas gotas  para mojar en los exangües calderos.

Las circunstancias, afortunadamente,  no son las mismas, pero la penuria enseña sus orejas negras a muchas familias.. No estaría de más que se regulara esta actividad con la aquiescencia de todos los que estén  interesados, evitando los abusos de los pícaros.

Agua y fuego.

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Cuando llovía nos poníamos debajo de los canalones con un paraguas. Era un placer sentir el chapoteo estrepitoso del agua sobre nuestras cabezas sin que nos mojara. Reminiscencias del claustro materno, quizás, esa protección  de las inclemencias externas, aunque nos mojásemos los pies, que por eso nos reñían los adultos.

Otro goce era meternos con las katiuskas en todos los charcos. La sensación de estar en el agua y no mojarnos debe ser también un regreso al mundo subconsciente de la protección.

Los dos arroyos que pasan por Ahillones  confluyen un poco más allá de las escuelas. Son  conocidos como  el primero y  el segundo. El primero, que pasa por el puente Nuevo, no tenía hecho aún el muro de contención que tiene hoy  y hacía en su recorrido un arco más pronunciado, viniendo a desembocar en lo que es el tramo final de la calle, cerca de los pasiles.  Allí nos metíamos con nuestras katiuskas e inmóviles fijábamos nuestra mirada en el agua durante largo rato. Al poco parecía que no era la corriente la que se movía, sino nosotros que navegábamos arroyo arriba sin movernos del sitio.  El agua y el fuego siempre nos atraen como algo mágico y atávico.

¿Quién no se ha ensimismado mirando el fuego,  oyendo el crepitar de los leños y contemplando el vaivén caprichoso de las llamas?

Nos embelesan y nos atraen como los polos de un imán, antagónicos y complementarios al mismo tiempo.

Con el fuego calentamos el agua, con el agua apagamos el fuego. La lucha, la eterna contradicción,  la búsqueda del equilibrio. El bien y el mal son dos polos inestables que se repelen y se buscan.