El primer cigarro

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(Publicado en el periódico HOY el 23 de octubre en la sección Raíces)

Obtener el permiso para fumar por primera vez delante del padre era algo parecido a una investidura.  Suponía, como en la mili el valor,  la  madurez, una puesta de largo varonil  y  humosa que permitía  el acceso al mundo adulto a través de  cortinas de humo.   ¡Ya ven ustedes qué atraso!

Muy pocas mujeres en nuestros pueblos fumaban en público y las  que lo hacían limitaban su acción a ámbitos privados muy restringidos. No estaba bien visto.  Sólo las veíamos  en el cine.  Así que este protocolo de iniciación humeante correspondía a  los varones, como beber aquel coñac  “Soberano”  que era cosa de hombres. Aún faltaba tiempo y sobraba machismo en los medios de comunicación y en la sociedad para despojarse de estos prejuicios, aunque en el caso del tabaco maldita la falta que hacía. 

La publicidad nos presentaba el fumar  como un símbolo de hombría y conquista. Apuestos vaqueros americanos  curtidos  en plena naturaleza cruzando a caballo ríos de diáfanas aguas con sus reses y  la  música trepidante de  “Los siete magníficos”,  Sarita Montiel esperando sensual  tras los cristales de alegres ventanales al hombre amado, a Humphrey Bogart, apuesto galán, no le faltaba  el cigarro en la boca o en la mano. El humo campaba a sus anchas por gargantas y lugares públicos. Igual  veías a un varón bailando en pareja con el cigarro en la boca cerca de los ojos de la compañera que  al médico  en sus visitas  con la ceniza a punto de caer sobre el pecho del enfermo mientras lo auscultaba.

Antes del permiso paterno había un aprendizaje  furtivo de  caladas por  los rincones más recónditos del pueblo, en las canteras del ejido, debajo de los puentes  o en la penumbra del cine, donde fumábamos involuntariamente  todos los que estábamos  dentro.  Madejas de  espirales  se elevaban hasta el haz cónico  de luz que iba de la cabina hasta la pantalla en una ambiente irritante y tusígeno. 

Hacer la “p”, que consistía en aspirar profundamente  el humo hasta los bronquios y expulsarlo al aire de nuevo, era obtener ante los ojos expectantes de los amigos la calificación de  sobresaliente. El “cum laude” se obtenía si  además de por la boca lo  expulsabas  por la nariz.

Cuando no disponíamos de tabaco, hecho frecuente por la poca disponibilidad pecuniaria, recurríamos  a sucedáneos, como  la matalahúva envuelta en papel de estraza o al  papel de periódico a secas.

A mí me autorizó mi padre  en una reunión familiar con motivo de  la feria del Cristo de Ahillones.  Sin yo haberla pedido,  un pariente  le preguntó que cuándo me iba  a dejar fumar en su presencia.

Sorprendido ante la petición mediadora  dijo: “Anda, ya puedes hacerlo”. Y sin ganas y de improviso me vi echando  humo como autobús al que fallan los pistones en una cuesta arriba. De esta forma y en aquel instante, el que antes era un mozalbete, sin dejar de serlo, quedó convertido en adulto por el reconocimiento  que suponía en aquellos tiempos poder fumar sin tener que esconderse. Vaya conquista.

 

 

Leche en polvo

Reparto-de-leche-en-polvo-años-60-Fotografía de la la página web del colegio “Carmen Benítez” de Sevilla.

Segunda colaboración en el periódico HOY. Sección RAÍCES

Eran todavía tiempos de escaseces y silencios. La escuela,  doctrina, consigna y efemérides victoriosas. Las cuatro reglas, dictados, lecturas y caligrafía, el armazón del aprendizaje para valerse  en la vida. La mayoría abandonaba antes de tiempo las aulas. Numerosos padres se veían obligados  a desapuntar a los hijos, como decían,  para colaborar en las paupérrimas economías familiares, bien como  ayudantes de sus pequeñas explotaciones o buscándoles un puesto  de aprendiz,  de  pastor o porquero,  sin más beneficio que ir a casa comidos todos los días y aprender el oficio.

Pocos eran los que llegaban a la regla de tres y a los repartimientos proporcionales. Pero había voluntad y ganas de aprender. Muchos de los que tuvieron que abandonar acudían  por las noches  a clases particulares después de todo el día trabajando.

Las aulas eran numerosas de alumnado, escasas de medios y separadas por sexos. El mapa de España,  el encerado, la bola del mundo y poco más componían los materiales didácticos fundamentales. En los pueblos pequeños la escuela  era unitaria, o sea,  todos los niveles con el mismo maestro,  que desempeñaba sus funciones  como mejor sabía y  podía. Estaban mal pagados, pero iban a la escuela dignamente trajeados.  

Por su santo los regalos que más agradecían  en el alma y en el cuerpo eran vituallas, como una caja de galletas o una docena de huevos.

Los alumnos acudíamos a la mesa del maestro a enseñarle los ejercicios. Nos colocábamos en  fila y rotábamos a su alrededor,  esperando el beneplácito, la corrección y el encargo de nuevos deberes. Allí percibíamos el único calorcito que se desprendía en la clase aparte del de nuestros cuerpos: el del brasero de picón, que aquí llamamos cisco,  debajo de  su  mesa.

En los días más fríos del invierno nos permitían  llevar los nuestros de casa. Una lata redonda de pescado con un alambre  asido en  dos agujeros y un pedazo de papel de chocolate en lo alto tapando las ascuas.

Así combatíamos los sabañones que  nos salían en las orejas y en las manos.

La ayuda norteamericana llegaba  en forma de leche en polvo y queso. Los maestros escogían a los alumnos mayores para disolver el polvo en una cuba de cinc  dándole vueltas con un palo. A la hora de recreo nos ponían en fila y nos la servían en un tazón que llevábamos de casa. Recuerdo los bigotes blancos que, por supuesto, nos limpiábamos en las mangas del abrigo.

La experiencia y la comodidad aconsejaron dejar de hacer la mezcla en la escuela y decidieron entregarnos  el polvo para que  cada uno hiciera lo que creyera más conveniente. Y lo más conveniente para la mayoría de nosotros era comernos los polvos directamente, poniéndonos la cara como se pueden imaginar y la garganta a punto de provocarnos asfixia con las bolas que se formaban en la boca.

El queso, amarillo y bastante apetitoso, venía en unas latas metálicas. Lo troceaban y  nos lo repartían por las tardes como merendilla. 

A pesar de todo fuimos felices. O al menos así lo recordamos.

Nuevo año

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 (Foto de El Periódico del Tiétar )

Primera colaboración en el periódico HOY. Sección RAÍCES

A principios de otoño,  con  las primeras lluvias y el olor a tierra mojada que llega desde el campo envuelto en  vientos ábregos, comienza un nuevo año, el agrícola, el que  determina las faenas y descansos  en nuestros pueblos.  La dureza de las labores campesinas ha mejorado  con las  modernas maquinarias y el  penoso bregar de antaño se ha suavizado ostensiblemente. Terminados de apurar los últimos rastrojos por los rebaños de ovejas, los agricultores con tractores equipados  con cabinas  y  modernos aperos  se disponen a comenzar la sementera.

Antes  la tierra labrantía  se volteaba con arados tirados por bestias y con las manos del labriego asidas fuertemente  a la mancera, apretando  para  meter  la reja en la tierra. A la intemperie y de sol a sol.  En un costal  al hombro   portaban  la simiente que  esparcían a  voleo sobre la amelga  en las recién abiertas entrañas  de las hazas.

Sólo quedan reliquias de aquellos  aperos en cortijos  o adornando ventas y mesones.

El rodeo era el lugar donde la gente del campo acudía a  hacer tratos para  vender, comprar o cambiar los animales que ayudaban a la labranza.

Los de mi pueblo iban a Llerena.  Al  alba tenían todo preparado: las bestias aparejadas, la merienda en la hortera y la botella de vino a buen recaudo dentro la alforja.

Montados a mujeriega, por caminos hoy perdidos por el desuso  o apropiados por linderos, se dirigían  allí  cuando el sol comenzaba a  dorar  rastrojos y besanas. En el trayecto comentaban entre ellos la forma de abordar el trato.  Después de casi dos horas de  viaje llegaban al lugar, situado en las afueras.  Delante de los tratantes que los habían visto llegar  disimulaban sus verdaderas  intenciones de compra, venta o cambio. Había que examinar primero el ambiente. Tras el humo de un  cigarro    pasaban por  los distintos grupos, viendo, oyendo y callando, mientras los animales   abrevaban  en el pilar después de la caminata.

La experiencia les aconsejaba no dejarse embaucar por las primeras impresiones. Los profesionales, generalmente de raza gitana, conocían las triquiñuelas  del trato y una mula azuzada por la vara de mimbre podía mostrar unos movimientos ágiles y, vueltos  a casa, llevarse un desengaño al descubrir que el animal,  boyante en el rodeo, sin saber cómo, se convertía en torpe o falso.

Tras muchos tiras y aflojas se cerraba el trato  con un apretón de manos. Nada de cajeros automáticos. El dinero en mano.  

Por estas fechas también se celebraban los contratos verbales entre las grandes casas de labor y algunos de sus empleados: yunteros, pastores, gañanes, porqueros, cabreros…  Trabajaban durante un año  a las órdenes de aperadores y mayorales. Si el trabajo era satisfactorio renovaban al año siguiente el pacto. La situación  laboral  de estos trabajadores  era intermedia entre los  fijos y los eventuales. Los llamaban acomodados.

Antes, como  ahora,   la tierra se abre a la esperanza de un nuevo ciclo. Eso sí, con la mirada en el cielo del que se aguarda y se teme todo, que en eso  pocas cosas  han cambiado.

 

Tratamientos

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Si los seminaristas necesitábamos ir al cuarto del  obispo don Doroteo Fernández, aquel leonés de aspecto imponente que era también el rector del seminario, el prefecto nos aleccionaba sobre el tratamiento que debíamos dar a tan egregio personaje. Siempre, de vuecencia.

Íbamos ataviados  de sotana y beca, pues ir al cuarto del rector y además obispo, última instancia a la que recurrir en el jerarquizado escalafón, debía ser por algún motivo muy importante.

Cuando yo era pequeño nos enseñaron a tratar de usted a las personas mayores y añadirle a veces el apelativo de tío o tía sin que razón de parentesco obligara a ello. Así que “tío José” o “tía Antonia” era una forma de poner entre nosotros y las personas mayores un muro de respeto y distancia.

Como reliquia medieval existe en algunos de nuestros pueblos el tratamiento de señorito y señorita, no con el sentido que los niños de la escuela dan a su maestra, sino como atributo  que a falta de títulos nobiliarios de mayor calado se sustenta en títulos de propiedad de fincas y capital heredados de sus ancestros. Es  tratamiento vacuo y denigrante, que debería serlo también para quién lo recibe, pero que llevan a gala muchos de los receptores del mismo, incluso exigiendo a quien lo olvida su uso. Peculiar  fue  en mi pueblo el tratamiento de “señó” y “seña”, así, aguda la primera y llana la segunda, que se les daba al cuñado y hermana del cura. Parece que lo de “tío” y “tía” parecía poco y se les subió un peldaño en la consideración, adaptando lo de señor y señora a nuestra idiosincrasia.

No hace muchos años nos producía  confusión  al rellenar instancias el tratamiento que debíamos dar a quienes se las dirigíamos en el escalafón administrativo: altezas, Ilustrísimos, reverendos, reverendísimos,  usías, excelencias, honorables, señorías, … y el más manoseado: el  usted, que algunos profesores  nos dirigían a los alumnos más para mantener las distancias y para elevarse ellos  que como señal de respeto hacia nuestras insignificantes personas.

Tanto realzamos las formas que hemos hecho esencia de ellas, hemos vestido de entorchados y charreteras a los cargos para darles lustre. Habría que ver si tratamientos y respeto se complementan.

En mis tiempos de mili conocí a algunos compañeros que una vez conseguidos los galones de cabo primero cambiaban el trato con los demás, si ayer afable,  al día siguiente distante y encumbrado. Si quieres conocer a Juanillo dale un carguillo.

Tenemos necesidad  de   galones, distintivos, insignias, birretes, tocados,  tratamientos… Vestir de pompa para ensalzar y encubrir…el gran teatro del mundo.

 Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,               
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!

Si nos desnudamos de tratamientos y entorchados nos encontraremos con la persona en su verdadera esencia y valía, que puede ser mucha o puede ser ninguna. Y de eso es de lo que se trata, de disimular  miserias detrás de  la parafernalia.

 

Pastores

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La Junta de Extremadura tiene la intención de crear una escuela de pastores en Castuera.

La profesión más bucólica y cantada de todas las que se realizan en el campo. Los relatos bíblicos les otorgaron la primacía en la visita al niño recién nacido, imagen inmortalizada durante siglos en las representaciones del portal de Belén con los pastores bajo las estrellas pasando la noche alrededor de la lumbre. Antes del nacimiento de Jesús fueron glosados  en las églogas,  composiciones líricas donde los pastores cuentan sus amores y cuitas, siendo el poeta romano Virgilio, siglo I a. de C,  ejemplo señero con sus Bucólicas. Incluso antes el griego Teócrito, siglo III a. de C,  compuso pequeños poemas con temática pastoril, sin olvidar a los poetas españoles del Renacimiento y el Siglo de Oro, como Garcilaso, Boscán o Lope de Vega, entre otros. Nadie como los pastores para presentir los cambios de tiempo, conocer palmo a palmo el terreno, saber de cobijos en los temporales, de solanas en invierno y de umbrías y frescura en los veranos, de constelaciones, amaneceres y anochecidos en el medio natural.

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Hasta que llegaron las motos de 49cc el medio de transporte para ir y venir de las majadas eran las bestias, generalmente burros. Hacían  el trayecto que duraba varias horas en algunos casos  cada tres días, permaneciendo un compañero en el tajo hasta que regresaba el otro del pueblo, se supone que descansado y con viandas.

Decía antes que ha sido la profesión campestre más loada, pero tan idealizada que se olvidan los aspectos más penosos y específicos de su labor, que requieren preparación y destreza. “Con los soles todos son pastores”, pero los inviernos son duros y la soledad concome el ánimo.

El saber popular ha recogido en refranes y dichos los avatares de este quehacer tan dependiente de la meteorología. “Gansos para arriba, pastores de barriga, gansos para abajo, pastores al trabajo”. La temporada de las  “parieras” requiere atención, pericia y oficio.

En tiempos no muy lejanos, los hijos, que abandonaban pronto la escuela para ayudar a las depauperadas economías familiares, aprendían el oficio junto a sus padres y no faltaba mano de obra en los apriscos, pero los tiempos cambian y con toda lógica y justicia los jóvenes buscan otros horizontes más prósperos.

Los chozos eran sus viviendas en el campo. Los más rústicos construidos   con varas y cubierta vegetal como la retama. Otros eran de mampostería o piedra, llamados por aquí bujardas o turrucas.

Su interior disponía de una tabla circular alrededor del perímetro, que servía de cama y de sostén a la estructura. Allí guardaban sus escasas pertenencias. En el centro un poco de lumbre para calentar la comida y dar calor al habitáculo y colgado el candil.  Fuera un trípode con unas llares  donde al fuego  elaboraban la comida.

Las alambradas han reducido el número de pastores, los medios de locomoción mecánicos las estancias nocturnas en los chozos y las reivindicaciones sindicales las jornadas interminables de pastoreo, pero aún faltan profesionales en una de las actividades más antiguas del planeta, más loada sobre el papel, pero menos conocida en su trajín diario y por supuesto, mal remunerada.

 

 

 

 

 

Adiós de palomas

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Los farolillos se movían ligeramente. Desde el mar lejano la música de la orquesta  traía por caminos de coral  a Alfonsina con cinco sirenitas.  La melena rubia de la joven ondeaba levemente con la brisa. Los ojos del muchacho brillaban en la noche  con el fulgor adolescente de los enamorados.

Ella se fue al día siguiente arrastrando su tristeza, cuando los rizos negros de la madrugada se deshacían  en la luz difusa  del amanecer. Fue un adiós de pocas palabras y melancólicas miradas. Protegía sus brazos desnudos del relente recogiéndolos sobre su pecho. Sus labios ateridos recibieron el beso tibio de sol  amarillo.

Septiembre bordaba ya con hilachas de bruma las amanecidas. 

Un adiós de seda dibujó en el aire el pañuelo alado de la despedida. La mirada del muchacho la siguió  hasta que desapareció por la esquina. La melena clara y sedosa fue la última imagen que conserva de aquel amor primero,  tan corto, pero tan intenso, que nunca olvidó. Cada  dieciséis de septiembre la recuerda.

Paseó como un sonámbulo por las calles del pueblo el vacío que su marcha le dejó.

Todavía  hoy, después de tantos años, un rescoldo escondido entre cenizas reaviva su añoranza  cuando  la brisa fresca de la madrugada mueve los farolillos el último día de feria.

 

La vieja Castellana

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En recuerdo de José Delgado Guerrero, con quien tantas horas compartí hablando  de nuestro pueblo.

Las cuatro esquinas  eran el mentidero donde los hombres se reunían al anochecido,  esa hora del  cambio de luces, del sol que se iba y del palo largo que traía la mortecina luz a las calles. Charlaban y  contemplaban  el trasiego de mujeres al rezo.  Cruce de monotonías, de cadencias que sólo quebraba el cine de  los domingos.   En el rincón del bocado  en que la calle se abre con un bostezo estaba la Castellana,   crisálida  donde maduramos  la pavera de rubores inoportunos  cuando la voz es aún un gallo de altibajos discordantes.  Sólo los varones  teníamos acceso a esa incubadora decadente, vestigio de otros tiempos,  donde ingresábamos pollos imberbes  y salíamos pisándole los talones a la leva. El acceso necesitaba  filtro y  aquiescencia de los dueños que, según fobias, filias y cálculo de edad   a ojo de buen cubero, era concedido o denegado.  Nada de  extraño  tenía entonces la  ausencia   de  mujeres en    el local cuando aún los bares, salvo causa de fiesta mayor, eran también lugares casi exclusivos de solaz varonil  y  las escuelas   separaban por   sexo al alumnado.

 Con pocos recursos económicos para dispendios de mayor calado y a falta de otras distracciones, los mozos aún imberbes nos metíamos  en la Castellana para pasar el tiempo  entre charlas y carambolas.

El local  tenía suelo de baldosas que en su día fueron rojas  y que con el uso  además de perder el colorido  formaron  badenes  por la cesión del terreno.  Con macilenta iluminación, anémica de vatios, la única  bombilla  colgaba  sobre el  verde y recosido paño  con un reflector circular picado  de porcelana para concentrar  la luz. La mesa de billar estaba  en el centro del local donde el  abollado marfil de las bolas sorteaba  remontes de cosidos  para cumplir el proceloso azar de su destino.  El mobiliario,  escaso: unas pocas sillas de anea, un pequeño mostrador de madera al fondo y  una mesita redonda con tapete desgastado  y ralas enagüillas junto a la primera ventana. Ahí los más madrugadores se arracimaban en invierno al calor del brasero donde José  nos entretenía con su charla,  hiperbólica  y aliñada con invenciones, pero que  agradecíamos,  pues  fábula y fantasía  amenizaban las veladas.

La peculiar familia, de pasado más  boyante  y  solariego, vino a menos en haciendas, pero no en orgullo  y conservaba ese poso de alcurnia desvaída  que disimula   la decadencia  con modales y vajillas cuando faltan los esplendores del dinero. El patriarca, que  recibía apodos por el oficio y el poblado mostacho, vestía de pana  negra lisa con chaleco y reloj de bolsillo.  Un pariente, al que conocí poco y que llamaban Berlanga. Las hijas, que revoleaban vigilantes para que la afición a las libaciones  vinateras del elenco masculino no sobrepasase los límites del decoro, y José, el hijo, verdadero alma mater del negocio. Su  afición al morapio hacía veredas de la mesa al  cuartillo que estaba detrás del mostrador donde escondía el vino que escanciaba en el gaznate con la asiduidad que le permitían la charla y el control de los juegos. Frase para nuestra pequeña historia era aquella que anunciaba el fin del tiempo de juego: “tirando tres veces sin ésta…” Según avanzaba la noche la imaginación desbordada engrandecía la fabulación de sus relatos.  Buena gente José a pesar de todo y de las pre ferias y post ferias que se montaba gestionando orquestas y telones para los bailes de la Parra.

El juego por antonomasia eran las carambolas. En algunas tiradas estorbaba la columna de hierro  que sostenía la techumbre del local y había que   acomodar el taco para sortearla, haciendo lo que en el argot se conoce como un lujo, que consiste  en  pasar el taco por detrás de la espalda  a guisa de capote de lidia en el toreo  por gaoneras. 

Otro juego habitual eran las cuarenta y una. De una  liara cónica forrada en cuero sacaba el regente  tras impúdico meneo una bola  para  cada jugador. Estaban  numeradas del uno al diecisiete y se guardaban en un casillero  sin que los compañeros de juego supiesen el número que les había correspondido a cada uno.  Ganaba quien primero conseguía anotar cuarenta y un tantos mediante el derribo de figuritas de marfil  parecidas a los peones  de ajedrez,  descontando el número de la bola guardada.  Hacer la real consistía en derribar de una tacada las  colocadas en el  centro  y suponía  el fin de la partida. El habilidoso jugador se llevaba el premio pecuniario que habíamos aportado cada uno de los jugadores,  descontado el corretaje de la casa.

Allí pasamos muchas noches consumiendo tiempo, pipas y conversación. Fuera  el mundo nos aguardaba, pasado ese  ciclo de metamorfosis quiescente. El aún incipiente adulto  se disponía a volar por  otros prados menos verdes, pero quizás con más zurcidos,  con más  luz de satén diluida en los guateques  donde comenzamos a enamorarnos reprimiendo impulsos y donde   todo  tuvo  su fin al ritmo melódico que nos marcaron los Módulos.

Juan Francisco Caro Pilar. Revista de feria 2015

Tertulianos

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La tertulia del café Pombo, de José Gutiérrez Solana.

No sabían los vecinos de mi calle el capital que estaban dejando de ganar con sus charlas, sentados al fresco en las noches de verano, si en aquellos tiempos hubiese habido televisión y se hubiesen puesto de moda las tertulias. Daban un repaso a todo lo noticiable que había sucedido durante el día y si el devenir cotidiano no había dado mucho de sí, no por eso faltaba conversación. De una cuestión se pasaba a otra por mínimo  que fuese el vínculo que existiera entre ellas. Bifurcaciones y ramales que hacían inagotables los temas. Los niños escuchábamos embelesados  las historias que contaban los mayores y si el contenido entraba en terrenos escabrosos alguien daba el aviso diciendo que había ropa tendida y así eludían o soslayaban lo más descarnado.  Algunos de estos vecinos eran extraordinarios narradores que sin perderse en detalles prolijos daban los justos para hacer amena la charla, con gracia, precisión e intriga. Don natural el de saber contar las cosas que no todos poseemos.

Viene a cuento esta reflexión por los programas de debate que hay en las televisiones. Salvo honrosas excepciones los tertulianos  dan pena y a veces  provocan  irritación en  los espectadores. Estos charlatanes de la cháchara televisiva hablan atropelladamente, no se escuchan unos a otros, sino que están pensando qué van a decir cuando les dejen, venga a cuento o no con lo que  acaba de referir el interlocutor anterior, hablan a la vez, gritan…y además cobran un dineral la mayoría de ellos por decir obviedades o tonterías o por meter las narices donde no debieran.

Quizás sea la expresión oral la asignatura pendiente de nuestro sistema educativo, más volcado en la expresión escrita, que tampoco está para tirar cohetes pues  muchas veces se limita a cumplir la ley del mínimo esfuerzo poniendo cruces  o verdadero o falso.

Falta sosiego, calma. Sobran prisas y estrés. A mi tío abuelo Juan y a su amigo Perico, que eran grandes conversadores, podía sorprenderles el alba en la calle  cuando regresaban a  sus casas. Andaban un poco y se paraban,  haciendo escalas, pero sin dejar de hablar. En otras circunstancias, si mi tío tenía que ausentarse por algún motivo, reanudaba media hora después  el hilo de lo que estaba contando  con un  engarce muy característico:  “ pues como te iba diciendo…”  Eran otros tiempos sin tantas prisas por llegar a ningún sitio.

 

El último verso.

MACHADO

 

 

 

 

 

 

 

“Estos días azules y este sol de la infancia” fue el último verso conocido que escribió Antonio Machado. Lo encontró su hermano José en un papel arrugado que guardaba el poeta  en el bolsillo de su viejo gabán, allá en Colliure, en el hotelito donde la familia Quintana les dio cobijo a él, a su madre, a su hermano y a la  mujer de éste,  Matea Monedero.

Un verso alejandrino que evoca añorante la infancia lejana en medio de las dramáticas circunstancias del exilio. Un aire prístino que devuelve puro y azul en el recuerdo aquellos días felices de Sevilla, con la luz del sur reflejándose  brillante en los limoneros del palacio de las Dueñas

Cuando ya  todo estaba perdido y la muerte acechaba, debió vislumbrar por el balcón de la habitación que daba a la plaza del pueblo francés el cielo que le recordaba al de su niñez. Al final, en el recuerdo,  vuelve a los orígenes donde fue feliz. Un broche azul de cielo encierra su pasado y su presente  en un verso.

Una trayectoria vital consecuente con su pensamiento  le costó alejarse de su patria por donde cruzaba una vez más  la sombra errante de  Caín.  Prólogo y epílogo que  guardan dentro  una obra poética profunda y bella que brota del manantial sereno, de  un hombre que era “en el buen sentido de la palabra, bueno”.

 

 

Ahillones

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Mi pueblo, indeleblemente  tatuado  en la piel del recuerdo, donde sigue vivo en la añoranza el tiempo más hermoso. Los juegos, los amigos, las escuelas, mi primer maestro… Aquellas navidades, las matanzas, las noches de verano y el canto de los grillos… Los rincones, las solanas  y las calles, el prado de la fuente y la cañada, donde apurábamos las tardes hasta el anochecido. Donde a la pata la llana cruzaba  los arroyos o resbalaba en los pasiles…Las lluvias, los ejidos y las eras. Allí disfruté  las primeras alegrías y sentí las primeras tristezas, los primeros gozos con mi bicicleta nueva  y también las primeras decepciones,  vivencias todas labradas en la piel tierna del alma cuando ésta es una vega inmaculada y labrantía, abierta a la siembra de la vida. Mi cama donde recibía las primeras claridades del día a través de la ventana y escuchaba la lluvia de la madrugada y el ruido de las canales,  donde  en sueños rumié amores y edifiqué quimeras y sufrí las primeras pesadillas que mi madre espantaba. Donde fui feliz a mi manera, sabiendo que mis padres esperaban siempre mi llegada.  Ahí están mi patria y mis raíces y donde quiera que vaya van  siempre conmigo.