Decimos por aquí que todas las sementeras tienen su día de zarpa para referirnos a esos en que se pega el lodo a los bajos de los pantalones por lluvia abundante. Y, haciendo símil con aconteceres de la vida, los días que se dedican a la francachela y la farra de manera esporádica. Uno de ellos recalamos un grupo de amigos y yo en la ciudad donde prestábamos servicios a la patria en un establecimiento donde crujen las pisadas por la cera y hay conserjes con bigotes retorcidos y fruncidos ceños que custodian la tranquila ociosidad de distinguidos desocupados que releen y escudriñan esquelas de apellidos ilustres.
Amablemente se nos comunicó que aquel lugar estaba reservado para uso exclusivo de socios. Razón que comprendimos y cuya infracción justificamos por desconocimiento de tal circunstancia al no habernos percatado de los letreros que lo anunciaban.
El cartel que luce en determinados establecimientos públicos es distinto. Avisa de que se reserva el derecho de admisión para impedir que ciertas personas por su comportamiento incívico alteren la convivencia. Los motivos de exclusión deben estar expuestos, ser explícitos y no usarse esta reserva de forma arbitraria y selectiva. Cuando veo estos carteles, instintivamente me miro la ropa y compongo el porte. Los he observado muchas veces, pero nunca en comercios, fraguas ni en farmacias, por ejemplo. Parece que las posibles injerencias indeseadas son más frecuentes en la hostelería que en otros establecimientos.
Donde se nos impedía el acceso en nuestra juventud sin necesidad de letreros era en los bailes a cuya puerta los porteros, algunos de ellos con vara de mimbre en ristre, vigilaban para que no entrasen menores ni los que pretendían colarse sin pagar entrada.
Había otros lugares que sin porteros ni avisos evitábamos por iniciativa propia en determinadas circunstancias. Por ejemplo, cuando empezábamos a entrar en los bares a tomarnos las primeras copas si comprobábamos que dentro estaban nuestros padres. Si lo hacíamos sin darnos cuenta durábamos poco dentro y abandonábamos el local pronto o tomaban ellos la decisión de hacerlo más que por el pudor de compartir vinos por los temas que se abordan a su calor.
Los mayores también evitan zonas y locales que frecuentan los jóvenes. Cada generación tiene sus formas de disfrutar el ocio, sus horarios y locales habituales.
En estas fechas de jolgorio y convivencia rematamos veladas en lugares que habitualmente ocupan ellos. Nos saltamos un invisible derecho de admisión.
Al vernos entrar nos miran extrañados ¿Adónde irán estos a estas horas? Lo más probable es que piensen, y aciertan, que se nos ha caldeado la boca. Regresamos a locales donde antes fuimos protagonistas y que abandonamos poco a poco por la edad. Porque nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, como dijo Neruda.
Los que fuimos jóvenes en los ochenta, bailamos y bebimos en las discotecas bajo lluvia de luces de colores, lanzadas por esferas rutilantes que asperjaban nuestros cuerpos con reflejos y nos mudaban de sitio con blancos destellos cegadores. Tuvimos, como todos, nuestra gloria y nuestro tiempo. Pasó la juventud como pasará la vuestra. Pero no nos miréis con extrañeza. Somos vosotros cuando hoy sea mañana, así que miradnos, jóvenes actuales, como aquel que se mira en el espejo.
Nos enseñaron que Dios, esa idea de lo absoluto representada en los libros de historia sagrada entre nubes, rayos luminosos y rodeado de angelitos se había encarnado y se había hecho hombre.
Misterios y dogmas aparte, que eso sería entrar en la de Dios es Cristo y esa disputa ya se debatió en el concilio de Nicea, la Navidad que conmemora tal hecho se vivía más sencillamente. El pan sabía a trabajo y el vino, que cubría de chapetas encarnadas los rostros curtidos, a compañía.
La mesa de Nochebuena se preparaba con lo mejor que había disponible. La imaginación y la mayor dedicación las ponían las mujeres. Los hombres, en su mayoría, salían a tomar unas copas mientras ellas se afanaban en la cocina.
La caja de mantecados, la botella de anís de Cazalla o la crema de guindas guardada en la alacena eran los extras más frecuentes. No se hacían dispendios porque ni sobraban caudales ni eran imprescindibles. Una mesa digna, sin derroches. También había quienes recibían ayudas estos días. Eran los declarados oficialmente pobres, los de solemnidad. Vaya eufemismo ceremonioso para calificar a quienes lo habían perdido todo o nunca tuvieron nada.
Muy frecuente era el arroz con bacalao, el pollo de corral en pepitoria o en escabeche. De postre ‘puchas’ o arroz con leche. Para qué más, si lo que celebrábamos era el nacimiento de un niño pobre entre las pajas de un pesebre porque no encontró posada.
La cena se remataba con una larga sobremesa donde se conversaba tal vez de los ausentes que siempre tienen un sitio reservado en nuestras mesas. A las doce íbamos a la misa del gallo. Allí en la iglesia destacaba el brillo de las calvas blancas de los campesinos, pastores y mayorales de esta tierra mía de extensas cabañas ganaderas. Contrastaban con sus rostros morenos de soles y colorados por el vino de la cena. Terminada la misa, nos íbamos a casa. No había aún esa costumbre de ir en busca del alba ebrios, a ritmo de samba y bakalao.
El desarrollo económico y la televisión fueron cambiando las costumbres. La ventana que daba al mundo nos mostraba que existían allende las fronteras de idílica rusticidad de nuestros pueblos, más allá de la candela de llamas de la cocina familiar otras maneras de celebrar estas fiestas, otras comidas y espumosas bebidas que la pantalla nos fue metiendo en casa.
Los tapones de las botellas de champán sellaron en el techo la arribada de las nuevas modas entre risas y jolgorio. Sus burbujas rebosaban de las copas y se brindaba por la salud porque la lotería ya había pasado de largo. Las mesas se llenaron de mariscos, carnes, turrones y refinados licores.
Papá Noel no había llegado aún con su trineo tirado por renos desde las lejanas tierras nórdicas, ni el acebo ni el muérdago adornaban nuestras casas. Sólo el portalito con los prados verdes y los mocos de fragua, el río de plata y las lavanderas, los pastores a la lumbre de celofán y la estrella del rabo señalando el lugar donde se hallaba el establo con la mula y el buey junto al recién nacido. Allí cantábamos los villancicos tradicionales. Los peces, seguían bebiendo la inmortal estrofa del río.
Pides un gin-tonic y te lo sirven, a elección, con lavanda, romero, palitos de canela, granos de pimienta, anís estrellado, tomillo, vainas de vainilla, manzanas, hierbas… Rematado todo con sombrilla en una copa de balón que puede servir perfectamente de pecera. Coctelería con arte e ingenio. Eso sí, con precios a prueba de cartera de mayoral, con dos vueltas de goma y cuero curtido de becerro. Pero es la moda y además molan.
La primera vez que un tabernero de mi pueblo escuchó la petición de un cliente forastero para que le pusieran un cubalibre buscó el buen hombre, amable y servicial, en el suelo por debajo de la barra, extrañado por tan peregrina petición.
Pues mire usted, había uno, pero la señora, que ha hecho hoy la limpieza, no sé dónde lo habrá puesto.
Entonces en los bares y tascas de las pequeñas poblaciones el surtido y la variedad de bebidas no pasaban de vinos, aguardientes, coñac y refrescos. Menos frecuente que ahora era la cerveza. Perico Chicote estaba en la capital haciendo combinados a gente de postín. Nos caía lejos y envuelto en el halo de lo mítico. Los combinados que se conocían eran el carajillo, la palomita y el sol y sombra. Se chateaba, en la única acepción que tenía entonces el vocablo, de mostrador en mostrador con los amigos o compartiendo botella en mesa.
Danos otra ronda o bebed que os llene, que os invita fulano. Las cuadrillas de amigos iban de bar en bar. En mi pueblo lo llamamos ir de ‘cordeleo’, imagen tomada de los pastores trashumantes, que iban de descansadero en descansadero por cañadas y cordeles. Los bares eran eso, lugares de descanso de la faena donde se aliviaban los gaznates, se cambiaban impresiones, a voces, eso sí, y se aliviaban y teñían los sinsabores con el tinto de la tierra.
Aún no habían llegado los combinados de vaso largo, pero los niños sí los elaborábamos en el tiempo libre que, a falta de artilugios electrónicos actuales, pasábamos con la pandilla en los rincones de la calle, a la sombra si era verano o en las tibias resolanas si era invierno. Jugábamos e imaginábamos un mundo a la medida de nuestra fantasía.
El bebistrajo más simple consistía en meter un trozo de regaliz en un bote y echarle agua. Conseguíamos así un sucedáneo de la Coca-Cola. De recipiente utilizábamos los de penicilina, lavados y enjugados. Tenían un ajustado tapón de goma y de esta forma evitábamos que se derramaran. Después de una espera no muy prolongada y convenientemente agitados los bebíamos.
Otro combinado era algo más complejo y precisaba mesura y equilibrio en la adición de los ingredientes. Lo elaborábamos como un refresco artesanal. Consistía en mezclar vinagre, agua y azúcar. Se le daba vueltas y para adentro…o para afuera si un exceso de vinagre nos descomponía el cuerpo.
También preparaban nuestros ascendientes una bebida refrescante con propiedades medicinales llamada zarzaparrilla, obtenida del arbusto del mismo nombre.
Era frecuente coger moras o guindas y meterlas en un recipiente con aguardiente para macerarlas. Decían que esa combinación era remedio eficaz para los dolores de barriga. El masajista la espurreaba y frotaba. La mitad del buche quedaba en su boca y no volvía a salir.
Si veía venir a mi madre con la zapatilla en la mano sabía que su intención no era enseñarme el número ni explicarme sus hechuras.
Algunas veces probé el calor de la alpargata por acreditados merecimientos. Abundaban más los avisos: Como vaya para allá…Esta noche vas caliente a la cama. Como me quite la zapatilla…
Mi reacción instintiva ante el peligro inminente era colocar las manos en las nalgas, con las palmas vueltas con el fin de proteger las posaderas, pues aquellas, forjadas y entrenadas para estas batallas por la palmeta que usaban los maestros, aguantaban más la brega.
Tú lo que tienes es mucho miedo y muy poca vergüenza.
No, no es que tuviera poca, sino que la concepción del mundo de los niños no coincide con la de los adultos, discurre por otros derroteros, ajenos a convencionalismos.
A usted, amable lector, le vendrán a la memoria algunas travesuras de su infancia.
Una de las mías se produjo un día de verano. Habíamos comido brevas de postre y tuve la peregrina idea de lanzar sus peladuras al techo, a espaldas de la vista de mis padres, claro. La primera quedó prendida, y visto el éxito de la empresa repetí varias veces los lanzamientos. Caían y volvía a lanzarlas pues mi intención pareciera que fuera convertir la sala en una especie de gruta de las Maravillas con estalactitas negras. Me ahorro describir lo que sucedió después y que pueden ustedes imaginar fácilmente.
La trastada más remota en el tiempo y más comprometida para mi familia ocurrió con motivo de la visita de un señor a casa de mi abuelo por motivos profesionales. Tan niño era yo que no distinguía de alcurnias ni de funciones aparejadas. Para mí era una visita más de las que por allí acudían. Lo que sí atrajo mi atención fue aquella cosa retorcida con forma de ese, labrada y de desigual grosor en sus extremos. Era la primera vez que veía una cosa así. Observaba cómo el señor se la llevaba a la boca de vez en cuando y expulsaba el humo. Asombrado, quise averiguar por mi cuenta su funcionamiento. Aproveché un descuido en que la dejó sobre el cenicero mientras hablaba con mi abuelo, que escuchaba muy atento. Me la llevé a la calle para enseñársela a mis amigos. Vaya novedad para todos. ¿Qué habría dentro de aquellas curvas de fina madera? Eso lo averiguamos nosotros enseguida. Puestos manos a la obra, sobre una piedra la golpeamos hasta que nos enseñó sus negras oquedades.
Se ha debido de caer al suelo. No, pues por aquí no se ve. Yo la dejé en el cenicero…
En esas estaban cuando llegué yo. Barrunté que la cosa iba conmigo. Algo debieron descubrir en mis ojos de asombro cuando me preguntaron si yo había visto o cogido la cachimba del señor notario. Así de una tacada amplié vocabulario en una misma frase con dos palabras nuevas: cachimba y notario. Yo alegué en mi débil defensa que me la había encontrado en la mesa. Me acompañaron al lugar del estropicio y recogieron lo que quedaba por si los restos admitían alguna compostura.
¿Qué de malo había en descubrir misterios ocultos a mi ávida curiosidad en aquella curvada chimenea ambulante?
Son los protagonistas de églogas, composiciones líricas donde los pastores cuentan sus amores y cuitas, siendo el poeta romano Virgilio en siglo I a. de C, ejemplo señero con susBucólicas. Antes el griego Teócrito, siglo III a. de C,
compuso pequeños poemas con temática pastoril, sin olvidar a los poetas españoles del Renacimiento y el Siglo de Oro, como Garcilaso, Boscán o Lope de Vega.
Los evangelios los describen velando por turnos sus rebaños bajo las estrellas. Gente querida y fiable de la corte celestial debían de ser para que les confiaran en primicia la noticia del nacimiento de Jesús y éste fuera paradigma del buen pastor.
En Extremadura, tierra de pastos y dehesas, hay grandes rebaños de ovejas. A los más pequeños los denominamos “pichangas”, de ganaderos con menos patrimonio. Los principales hacendados, terratenientes con extensas fincas, empleaban a un número considerable de pastores. Ahora muchísimos menos porque las alambradas también guardan. Terminadas las rastrojeras todavía carean los rebaños por cañadas y cordeles hacia otras fincas suyas situadas en zonas más templadas y de mejores hierbas, como las riberas del río Viar, acompañados de perros a los que sólo les falta hablar.
Los chozos eran sus viviendas. Unos construidos con varas y cubierta vegetal. Otros de mampostería o piedra, llamados por aquí bujardas o “turrucas”.
Su interior disponía de una tabla circular alrededor del perímetro, que servía de cama y de sostén a la estructura. En el chozo guardaban sus pertenencias. En el centro un poco de lumbre para calentar la comida y dar calor al habitáculo y colgados el candil y aliños para los guisos. Fuera un trípode con unas llares donde al fuego elaboraban la comida. Nadie como los pastores para descifrar los indicios de los cambios de tiempo. Hasta por la forma de subir el humo de la candela pronostican bonanzas o temporales. Conocen palmo a palmo la tierra que recorren con parsimonia cada día. Saben dónde está el mejor cobijo ante el chubasco inesperado o la ventisca y si hay setas, espárragos o criadillas las manchas donde nacen.
El saber popular ha recogido en refranes los ajetreos de este quehacer tan dependiente de la meteorología. Por ellos aprendí a reconocer los graznidos de los gansos cuando viajan de noche en sus migraciones. “Gansos para arriba, pastores de barriga, gansos para abajo, pastores al trabajo”. La temporada de las “parieras”, cuando bajan los gansos, requiere dedicación, pericia y oficio.
Hasta que llegaron las motos pequeñas el medio de transporte para ir y venir de las majadas eran las bestias, generalmente burros. Acordaban entre los pastores con la avenencia de los mayorales las estancias y los descansos. Solían ser ciclos de tres días. Algunos trayectos desde sus casas a los chozos o cortijos duraban casi una jornada. Unos en casa, otros en el tajo y otros de camino. Regresaban provistos de viandas y con el débito conyugal cumplido, quien hubiere hembra. Las motos y las justas reivindicaciones por su interminable jornada laboral terminaron con esta modalidad.
Es la profesión campestre más bucólica y cantada, pero tan idealizada que se olvidan los aspectos más penosos y específicos de su labor. “Con los soles todos son pastores”, pero los inviernos son duros y la soledad reconcome el ánimo.
Algunas ovejas morían por un hartazgo de hierbas o mala asimilación de ciertos piensos.
No se desperdiciaban, sino que eran consumidas pues en nada afectaba este tipo de muerte a la calidad de la carne. De ahí el refrán: “Reunión de pastores, oveja muerta”.
Cuando se producía la muerte los pastores se lo comunicaban al mayoral y le entregaban el pellejo como prueba de que así había sucedido, descartando otras causas de su desaparición.
Caso distinto era el de las modorras.Esta es una enfermedad que ataca generalmente a las ovejas jóvenes: borregas o primalas. Dice el diccionario que es un aturdimiento patológico producido por los cisticercos de los cenuros (tenias) que se alojan en el cerebro. Los síntomas son evidentes: se desorientan, vagan solas y empiezan a dar vueltas sobre sí mismas. Además, pierden mucha visión y dejan de comer. Lo comunicaban al mayoral para que le buscara pronta salida porque este mal es progresivo y conduce irremediablemente a la muerte.
Las ovejas modorras se han comido siempre, exceptuando la cabeza que es donde se localiza la enfermedad. Muchas pandillas de amigos cuando iban a celebrar algo las procuraban pues su precio era bastante más asequible que el de las demás y su carne no perdía calidad.
La receta originaria de la caldereta que hacían los pastores era muy simple: unas cabezas de ajos, aceite, sal y laurel. Guindilla para el que le gustara el pique.
Preparar y comer una caldereta tiene su ceremonial. El caldero al fuego, colgado de llares o apoyado en trébedes. No hay que entrometerse en el trabajo del cocinero. Si acaso, ejercer de pinche a su requerimiento.
Parte importante del proceso es espumar la carne según va cociendo. Cuando está en cochura avanzada se saca una cucharada de caldo y se da a probar a los concurrentes para que den su opinión sobre el punto de sal: un poco más, algo menos. Todo es cuestión de medida, como dijo don Antonio.
La chanfaina se hace aparte y surgen los tópicos de siempre. “Si nos hartamos de chanfaina se queda ahí toda la carne”. Tantas veces se dice, tantas se peca.
Conseguida la aquiescencia mayoritaria se saca el caldero y se pone al medio. Todos en derredor. “Cuchará y paso atrás”, para que entren todos. Entre paso y paso un buen trago de vino.
Otra forma de servirla es ir sacando del caldero, plato a plato, un número de presas igual al de asistentes.
Por aquí utilizamos la palabra “cochoflo” en variadas expresiones: ir o estar de “cochoflo”. Coincide con el de ir o estar de caldereta, pero lo aplicamos también a comidas de menos jerarquía, como comerse una liebre entre amigos o una prueba de la matanza o una cazuela de hongos. Puede ser que este término llegara hasta nosotros con la trashumancia desde tierras sorianas, pues lo he encontrado en Covaleda, un pueblo de la provincia, con el significado de mezcla de comidas mal condimentadas o mal hechas. En Castuera, en una recopilación de la Universidad Popular, lo recogen como ambiente de comilona, de “guisoteo”. También en La Coronada, como comida especial relacionada con alguna fecha significativa…
Sea lo que fuere, como hoy estamos de “cochoflo”, están ustedes invitados.
Noviembre es un mes de tempranas y crecientes sombras. Las umbrías ensanchan sus dominios y las carcomas silenciosas de la noche corroen cada día un trozo al manto de la luz. Comienza la treintena agrupando santidades y sin tiempo para homenajear cumplidamente los méritos de quienes alcanzaron la gloria y los altares nos recuerda con luctuosos tañidos que otros ya no están entre nosotros, otros que anduvieron por estas mismas calles y rincones donde se posan lentos y desmayados los dobles en su recuerdo.
En este mes el rojo no es pasión, sino celaje frío y las tardes nubladas recuerdan el paisaje de un cuadro de Millet de intimista ambiente campesino.
Cuentan que los druidas, clase sacerdotal de la Europa céltica, se comunicaban por estas fechas con sus antepasados muertos. Creían que en la noche del treinta y uno de octubre, la víspera de su nuevo año, los espíritus regresaban a sus antiguos hogares para visitar a los que aún estaban por aquí. Les preparaban comida por si se les ocurría sentarse a la mesa, más por temor al acarreo de desgracias si no cumplían con esta cortesía que por la posibilidad de consumirla, pues eran por naturaleza frugales en el yantar. Así que los vivos se zampaban lo suyo y lo de los muertos.
Nuestra cultura adaptó esta celebración pagana a las creencias cristianas y dedicó un día al recuerdo de los difuntos. De la comida tampoco nos olvidamos porque el buen comer encaja bien con todos los credos y unas veces por pena y otras por alegría nunca desentona su presencia. Siendo pródiga nuestra tierra en excelentes frutos no estaría bien dejar pasar la ocasión y no comer los apetitosos presentes que nos ofrece. Existe una antigua costumbre, la “chaquetía”, que consiste en coger los productos propios de esta estación: higos, castañas, granadas, nueces… e irse al campo a degustarlos.
Las castañas llegan con el corazón color trigueño germinado en el vientre del erizo. Traen del monte fresco la rubia arruga hecha apetitoso fruto. Asada se le conoce en algunas zonas como calbote. El asador raja sus pechos para darle al fuego, abiertos en canal, su tierna entraña. Esparcen fragancias en el aire delicado de noviembre, calientan nuestras manos en cucuruchos de papel y ya en la boca abren en ramilletes de sabores las esencias del otoño.
Recuerdo cuando, al cobijo de las enagüillas, las asábamos junto con bellotas, entre las ascuas del brasero. Les hacíamos la rajita de rigor con la navaja para dar salida a la hinchazón que les produce el fuego y evitar que saltasen.
A los membrillos los poníamos debajo del anafre donde cocía lentamente el puchero con carbón de encina. Del color amarillo pasaban al ocre caramelo. También se hacían compotas y dulce de membrillo con ellos. ¡Qué exquisito el almíbar!
Pasaba un vendedor voceando por la calle higos secos de Almoharín, distintivo de excelente calidad. Muchas noches con ellos, castañas, pan y aceitunas cenábamos.
Recuerdo también la primera vez que probé siendo niño los huesos de santo que los dulceros de Llerena exponían cada año en el escaparate…Sabores y olores que vuelven cuando las choperas, alamedas y castañares ofrecen en nuestros campos una paleta impresionante de tonos dorados.
Había algunos juegos a los que sólo jugaban las niñas. Si a algunos varones se les ocurría participar en ellos los demás compañeros los “afurreaban” y los tildaban de mariquitas. A ellas también las criticaban si se atrevían con juegos que eran considerados de niños. No tenían nada de extraño estos comportamientos en un sistema social, político, educativo y religioso que reservaba a las mujeres el papel de buenas amas de casa, esposas obedientes y madres sacrificadas. Una prepotencia masculina que limitaba y condicionaba la libertad de las mujeres. Pasaban estas, matrimonio mediante, de la tutela paterna a la marital sin solución de continuidad. Hasta para disponer de sus bienes precisaban autorización y firmas de padres o maridos. No hay nada más que leer manifiestos de la fundadora de la Sección Femenina que se divulgaban por medio del obligatorio Servicio Social que impartía la Sección Femenina en sus cátedras ambulantes para darse cuenta del concepto de mujer ideal que imperaba en los años cincuenta y sesenta y las funciones que se esperaban de ellas en la sociedad.
En las escuelas existían aulas diferenciadas por sexos. En el caso de mi pueblo hasta usaban edificios distintos. Los maestros daban clases a los varones y las maestras a las hembras. Había una materia específica en los programas educativos destinada a las niñas: Labores femeninas. En un cabás, que por aquí llamábamos “cabal”, llevaban los bártulos para bordar y coser. Pasaban las tardes que les tocaba esta materia haciendo punto de cruz o bordando bajo la dirección de la maestra.
Entre sus actividades lúdicas estaba jugar a las casitas. Distribuían dependencias con cartones que conseguían en los comercios y asignaban a los espacios mobiliario y enseres en miniatura que les habían echado los Reyes.
Las muñecas eran entonces muy simples, de cartón o de goma. Después vinieron las que cerraban los ojos al tenderlas y las que emitían un ruido que quería asemejar al llanto mediante un artilugio que traían en la barriga. Las peinaban, las vestían, las acunaban y velaban su sueño en la cuna.
Los recortables eran otros de sus juegos y aficiones. Sobre la silueta de una persona, normalmente niña o mujer, colocaban prendas de distintos diseños, formas y colores, doblando unas lengüetas sobre su parte trasera. Así conseguían los más variados modelos para las diferentes ocasiones de vida social o trabajo.
El tejo o truque era otro juego mayoritariamente practicado por las niñas, pero que no tenía un componente tan sexista y en ocasiones era compartido por los niños. Se dibujaban unos rectángulos en el suelo coronados por un semicírculo al final que llamábamos “piquín”. Consistía en pasar la rayuela a pie cojito por todos ellos sin pisar las rayas que los delimitaban. Quienes conseguían realizar el recorrido completo elegían uno de los rectángulos y lo dibujaba artísticamente. Era la señal de propiedad. Allí nadie sin su permiso podía entrar a partir de entonces. Había que evitarlo con la rayuela y con el pie.
No sospechaba entonces aquella sociedad pacata y compartimentada que de los varones en un futuro no lejano iban a surgir excelentes cocineros, modistos y decoradores, precisamente en aquellas profesiones cuya imitación en los juegos nos era afeada por una mala y sesgada educación.
Fotografía de Juan Sevilla https://www.flickr.com/photos/juaninda/
Los veía regresar del campo cuando pasaban por la Plazuela en los anochecidos de otoño. Venían montados a mujeriega sobre las mulas, que andaban cabeceando con paso lento y cansado. Volvían a casa después de haber estado de sol a sol realizando las labores de la siembra. En otro animal traían atados los aperos de labranza, el yugo y el arado. Sobre sus hombros, capotes negros de hule impermeabilizados con alquitrán para resguardarse de la lluvia. A las bestias para protegerlas del frío las enmantaban, cubriéndoles lomo y grupa. Los charcos y los regajillos que formaba la lluvia reflejaban las tenues luces de la calle. Los animales después de un día de duro trabajo buscaban el calor tibio de las cuadras y los labriegos el descanso y la comida caliente del día.
Se sembraba entonces a mano. La simiente al hombro en un saco doblado que caía por delante y por detrás, cosido por la boca y por la base en uno de sus extremos. Se le llamaba collera, como al collar de cuero o lona que se les ponía a las caballerías para que no les hiciera daño el horcate.
Fotos de Puerto Seguro, en la comarca del Campo de Argañán, pertenece al partido judicial de Ciudad Rodrigo, en la frontera con Portugal.
La reja del arado volteaba la tierra y de los surcos recién abiertos emanaba por la mañana temprano un vaho tibio, producto del calor acumulado durante el verano y de las primeras lluvias otoñales. Los pájaros revoloteaban detrás buscando lombrices desenterradas.
Había leído yo el poema de Juan Ramón Jiménez, “Octubre”: “Lento, el arado, paralelamente/abría el haza oscura, y la sencilla/ mano abierta dejaba la semilla/en su entraña partida honradamente”. El poeta expresa el deseo de hacer de su corazón simiente contemplando las tareas de sementera “echado en la tierra, enfrente del infinito campo de Castilla”. La realidad era menos poética. El labrador inclinaba su cuerpo sobre la mancera para que la reja y el escoplo profundizaran en la tierra lo que su fuerza alcanzara y al mismo tiempo guiaba y arreaba a la caballería. Había que abrir las besanas y trazar con la maestría que da el oficio y la experiencia los surcos derechos. Al tiro, una yunta de mulas, el que las tenía, porque en eso había clases, según haciendas. De varias reatas de las casas de abolengo al asno solitario en las más humildes. Si eran dos los trabajadores, uno araba y el otro iba detrás sembrando. Si era uno sólo el trabajador paraba tras arar cada amelga y después esparcía el grano a voleo. Decían entonces que “quién no sembró por san Andrés, agua con él”. Los temporales de otoño atollaban a las bestias y anegaban los terrenos labrantíos. Había que espabilar, pues la sementera con aquellos arreos duraba bastante más que ahora. Por primavera se habían preparado los barbechos para que a la hora de la siembra no estuvieran apelmazados y demasiado duros: “Mayo llegó y aró quien aró”.
Si Juan Ramón Jiménez quiso echar su corazón a los surcos para ver si “la primavera le mostraba al mundo el árbol puro del amor eterno” hubo quienes abonaron con su sudor esos surcos en unos tiempos de mucho trabajo y poco pan para que las generaciones venideras tuviéramos una vida mejor. Sirvan estas líneas como reconocimiento agradecido a su memoria y a su esfuerzo.
Tenía yo una bolsa donde guardaba un capital redondo, con jerarquías de calidades, redondeces y tamaños. Los bolos, la infantería, numerosos y sufridos; los bombos, sargentos de mediana clase y abultadas barrigas. Las élites eran chinas, de pulida superficie y contrastada dureza. La bolsa me la hicieron después de haber agujereado los bolsillos de varios pantalones. Y es que había días en que el azar colmaba la capacidad y resistencia de las faltriqueras. Palabra esta, por cierto, a la que nuestro diccionario asigna las dos acepciones: el bolsillo de las prendas de vestir que yo rompía y la bolsa de tela que me hicieron, que se ata a la cintura y se lleva colgando bajo la vestimenta para guardar bagatelas.
Los bolindres nuevos los comprábamos en las tiendas. Después se convertían en moneda de cambio y material de trueque, menos el preferido, el que teníamos hecho a nuestra maña de tiros. No entraba en tratos ni intercambios. Era como la piedra de las catapultas que formaban nuestras manos con personal estilo y originales engarces de dedos. La forma de tirar formaba parte de nuestra identidad, una firma a ras de tierra.
La más corriente, el dedo meñique de una mano apoyado en el suelo y el pulgar hacia arriba, como midiendo una cuarta hacia el cielo. Este pulgar coronaba y servía de apoyo. El bolo sujeto entre el pulgar de la otra mano y el dedo corazón, que era el que lanzaba, pero había más variantes, casi tantas como formas de coger el lápiz en la escuela.
La materia prima de los bolos y los bombos era el barro, cocido y pintado con un barniz que duraba poco por la vida rastrera que les dábamos. Para calibrar su redondez los poníamos en la palma de la mano, alargando el brazo, y a ojo guiñado de buen cubero, dictaminábamos valía. Los más redondos eran los más apreciados.
Aquellos que denominábamos chinas eran de piedra pulida y los más caros. Mucho después llegaron los de cristal con figuritas dentro. Algunos había de níquel procedentes de rodamientos, pero estos escaseaban.
Cerca de las paredes jugábamos al gua. Para establecer el orden del juego cada uno lanzaba su bolo hacia una raya. Era primero quien más se aproximaba. Desde allí se iniciaba una estrategia de acercamiento, sin descuidar la retaguardia porque había tiradores de certera puntería. La unidad de medida era la cuarta. Mientras no se fallara no se perdía vez.
Otro juego era el triángulo. En algunos pueblos hacían un redondel o un cuadrado. Consistía en dibujarlos en el suelo y poner dentro bolindres o dinero. Los ganaban quienes iban sacándolos fuera de esa especie de presidio tirándoles con otros bolos. Había que procurar que con el que se tiraba no quedase dentro. En este, como en todos, cada pueblo tenía su vocabulario de localismos para las diversas modalidades e incidencias.
El agujero, que llamábamos por aquí “rarra”, servía también para otros juegos, como lanzar un puñado de bolindres. El tirador ganaba los que caían dentro. Los más avispados se jugaban en ellos los cuartos. Ya lo describía Luis Chamizo: “Hay riñas de gallos/en las resolanas de la corraleras/y en el altozano, junt’a los ceviles/unos zagalones se juegan las perras”.