La luz

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El electricista pasaba al anochecer  encendiendo las luces de la calle. Lo hacía juntando  con un palo largo los interruptores de palanca que había a trechos.  Al alba hacía el mismo recorrido desconectándolos.
 La corriente eléctrica  llegaba al pueblo por caminos de jícaras y palos procedente de  la Eléctrica Berlangueña, pequeña empresa que suministraba fluido a varias poblaciones  cercanas.
 Cuando aumentaba el consumo por la noche  se utilizaban  elevadores  de tensión, con  agujeros y una  clavija  que  cambiábamos manualmente  según se necesitase subir o bajar el voltaje.
 En otoño e invierno era frecuente  que nos quedásemos a oscuras  si soplaba el viento o llovía con fuerza. Empezaba la luz a palidecer y a temblar, como si preparase un estornudo oscuro. 
“Se ha debido de caer un palo”.
 Otras veces  era una fase la que tomaba las de Villadiego y quedaba la mitad del pueblo a oscuras y la otra mitad con iluminación muy tenue.
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 Uno de aquellos  años  se quemó el generador y estuvimos tres meses sin fluido. Gastos en velas, petróleo para el quinqué o aceite para el candil. Las lamparillas de  los santos cumplían una doble  función: la de  luz de emergencia y la de cumplir con devociones.
 Las noches que había cine disminuía la luminosidad en las casas del pueblo. Quedaban teñidas de amarillo macilento  mientras duraba la proyección de la película, como si la máquina  sorbiese el fluido  por los cables. Sabíamos cuando terminaba la función   por el aumento del resplandor. Ya no tardarían en regresar los que fueron a ver la película. Algunas bombillas y aparatos  pagaban peaje por  esos  altibajos.
 Las luces de la calle  nos han acompañado en muchas de nuestras vivencias infantiles y juveniles.  Ya les cantaba Carlos  Gardel: “Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi destino. Son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos hondas horas de dolor…”  Colgaban las bombillas de brazos metálicos en forma de ele al albur de las inclemencias del tiempo.    
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 Iluminaron nuestros juegos y charlas  de niño con su  manto redondo de desvalida claridad sobre nosotros. Decían que a algunos  novios no les gustaba su iluminación  cuando llevaban  a las novias a casa. Les tiraban piedras para romperlas. Así pelaban  la pava a oscuras. No había muchos puntos de luz. Uno en cada esquina y en las calles más largas otro en el medio. 
 Testigos  de nuestros regresos  a intempestivas horas de alguna francachela o ferias de otros pueblos.
  La adolescencia se añora  cuando se pierde- ¡quién  volviera a aquellos años!- sin acordarnos  de que es  un tiempo  convulso e inestable, de intensos y variables afectos,  en que también se sufre. Nos acompañaron alguna noche de desasosiego. Allí estaba esa farola donde los amigos nos reuníamos  para hablar de amores y desengaños en la madrugada  después de una noche de fiesta. Esa que guiaba   los pasos diligentes de  mujeres enlutadas al anochecido y a los labriegos de andar presuroso  en la alborada.  Cortejada por  mosquitos  y salamanquesas  cazadoras fue cómplice de furtivos amores y de los  primeros  besos pubescentes. Sólo ofrecía su débil luz y el afilado silbo del viento entre  sus hierros retorcidos, pero  alguna compañía daba  su presencia.

Velatorios

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Hasta no hace mucho tiempo a los muertos se les velaba en sus casas. Y si era posible que el enfermo terminal muriera  en la cama donde  pasó tantas horas de su vida, unas buenas, otras cavilando y otras malas. Una leve satisfacción ante  lo irremediable.
 Era  profundamente emotiva la salida  hacia la eternidad  en el ataúd llevado por amigos y parientes   por la puerta que   cruzó tantas veces   cuando vivir  era afán y rutina de plácidos días. Momento que exteriorizaba el dolor y el llanto.
 Cuando empecé a dar pésames y asistir a cumplimientos  para iniciarme en los ritos y costumbres que te introducen en la sociedad adulta recuerdo que entraba en las casas  mirando de reojo al lugar donde tenían al cadáver con esa curiosidad morbosa que atrae y atemoriza. Mis primeras imágenes  son las llamas de las velas lanzando sombras a las paredes  de una habitación en penumbra, las manos cruzadas en el pecho del difunto  y el rezo del rosario musitado por  mujeres enlutadas.  Leía yo por aquellos tiempos a Bécquer: “La luz que en un vaso/ardía en el suelo, /al muro arrojaba/la sombra del lecho; /y entre aquella sombra/veíase a intervalos/dibujarse rígida /la forma del cuerpo”. Después, claro, llegaban las pesadillas.
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(El velatorio, de José María López Mezquida)
 Los vecinos desempeñaban un papel importante en  estos momentos de dolor y desconcierto que supone la muerte. Acarreaban sillas de sus casas  y se encargaban de los trámites primeros, como avisar al cura para que diera la señal, ese toque de campanas que saca a las puertas de las casas a la gente preguntando por la identidad del fallecido.
 Para  los hombres  que iban a manifestar sus condolencias  se reservaba una parte de la casa, generalmente al final de la misma, próxima al  corral y otra más, cerca de la entrada, para las mujeres.  Siendo la muerte un suceso triste siempre no eran  iguales los velatorios cuando se moría una persona joven, donde el silencio se corta,  que cuando era una persona  mayor con la vida andada,  en que hay más conformidad y relajación.
 El tiempo de permanencia en las casas de los que iban a dar el pésame y a cumplir dependía del grado de parentesco y  amistad. Pasaban la noche entera los familiares,  amigos  más allegados  y los vecinos más cercanos. Los hombres fumaban sin descanso. Se ofrecía un cigarro y se aceptaban los  de los demás. Y se hablaba de todo, referencias del muerto y temas  que caían a pelo. Cuántas cosas curiosas  escuché  en las largas noches de los duelos sobre la vida en el campo, los amores de mozos, las riñas por celos…
 Las vecinas  se encargaban de preparar la comida para los dolientes. Trajinaban  de unas casas a otras y concertaban el menú y la participación de cada una de ellas.  Cocinaban en sus domicilios y traían la comida.  Hacían una lista con los nombres de las que habían colaborado  y de aquellas que querían participar en los costos para entregarla a los deudos del difunto.Costumbre, la del prorrateo de los costos, que permanece.

La feria

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Cuando venía el  botijero de Salvatierra con su burro y su carga de botijos, barriles, tinajas, orzas y pucheros, colocados cuidadosamente  en unas angarillas especiales hechas  de palos de retama y rellenas de pasto, nos compraban una alcancía.  

 Desde ese momento  casi  todo el dinero que nos daban  iba a parar al fondo de aquella hucha ventruda. Bien que nos recordaban  la finalidad de las dádivas: “Eso para la feria”

 Por su ranura metíamos las monedas y los billetes, que entonces los había también de peseta, de dos pesetas y de duros,  o sea, de cinco pesetas.

A veces,  a escondidas de nuestros padres, poníamos la alcancía boca abajo y hurgando con un cuchillo lográbamos rescatar algunas monedas para dispendios no previstos o antojos.  No  era conveniente repetir  muchas veces esta acción porque corríamos el riesgo de ser sorprendidos  o que  notasen  la merma de peso.

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 Con un martillo y en presencia de nuestros padres procedíamos  el día de la víspera al ritual de  romper la hucha. Las monedas y billetes quedaban sobre la mesa como un maná salido de las entrañas rojas en lugar de llovido del cielo. Nos aleccionaban de la importancia del ahorro: poco a poco se junta mucho, pero nosotros sólo pensábamos en  montarnos  en las “cunitas”, comprar bastones de caramelos, jugar a la ruleta de puntas, comer turrón y golosinas, tirar con las escopeta de plomo en el tiro pichón  y adquirir “restallaeras”, que eran como grandes cerillos de fósforo,  uñas rojas pegadas en cartón y que al frotarlas sobre el suelo chisporroteaban con estruendo. Los más osados las encerraban  en el hueco de sus  dos manos  y moviéndolas semejaban el cacareo de un gallo ronco. Aquella vorágine dilapidadora  que nuestras mentes ilusionadas  proyectaban sufría la frenada y el encauzamiento que el sentido común de nuestros padres imponía De lo contrario las ferias hubiesen durado  un día, completo y  pleno, pero rematado con cólicos, mareos y ruina total. El dinero es vuestro. Ahí está.  Nosotros os lo iremos dando poco a poco  cada día de feria.

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 (Apunte de Inmaculada Martín)

En las casas todo estaba preparado para esos  días. En muchas de ellas  el lebrillo con carne  de guarrito en adobo tapado con un trapo blanco y  una gran fuente de escabeche con  gallo de corral, comidas  propias  para  la anarquía de horarios y la disparidad de  regresos de los moradores. 

 El melón más grande, la sandía más oronda y el gallo mejor criado se reservaban para entregarlo de donativo  al Ramo, tradición de Ahillones que perdura y que consiste  en un petitorio casa por casa acompañado de banda de música.

  Al día siguiente se celebraba, y se sigue celebrando, la subasta de todo lo recogido, menos el grano, que se vende. Borregos, guarros, botellas de vino, macetas,  jamones, cuadros, melones sandías, labores artesanales…   Antes se hacían lotes y se pujaba por ellos.  Ahora se compran cartas de la baraja  y le toca, con la gente formando corro, al que le corresponde el siete de espadas. Eso es para verlo.

Gitanos de antes

Rafael Estrany

(“Gitanos”, pintura de  de Rafael Estrany)

 Los gitanos llegaban periódicamente  con su carromato y  sus jumentos. Se asentaban  al reguardo de los vientos del norte,  en la solana de la pared  de un huerto que hay a las afueras del pueblo, sin más licencias que la que les daba el cielo.  No traían ni lupas gigantes, ni imanes ni hielo.  Tampoco escribían en pergamino, como Melquiades, versículos en sánscrito.  Unos toldos sujetos con cuerdas a  cuatro palos  clavados en el suelo les servían de techo. La supervivencia diaria  era su  acicate, pocos anclajes los retenían demasiado tiempo en el mismo sitio. Era gente errante. Después de unos  cuantos días, cuando hacían algo de dinero o comprobaban la imposibilidad de conseguirlo, seguían su ruta sin destino fijo. «Ya se van los gitanos por los caminos y la alegre caravana, que ese es su sino». Pero yo no percibía esa alegría que canta la copla. Eran familias enteras con churumbeles que andaban por aquellos alrededores del ejido como pollos por  un corral, casi desnudos y descalzos en verano y con ropas sobradas en invierno.  Allí cocinaban, comían y dormían a la luz de una candela.

Venían al trato de compra y venta o al cambio  de burros  y mulas cuando estos animales eran complemento indispensable para las labores del campo y el acarreo. Un mulo viejo, con las orejas caídas, con muchos kilómetros de surcos en sus patas   y kilos de carga a sus espaldas  se cambiaba por uno más nuevo o se compraba si el anterior acabó  en el muladar bajo los círculos avizores que trazaban los buitres en el cielo. Había  entonces despensa abundante en las afueras de los pueblos.  Para calcular la edad de las bestias les abrían  la boca y observaban  su dentadura, donde tienen su carné de identidad. No sé si la mayoría de los compradores entendía bien   ese lenguaje de ángulos, copas, estrellas y surcos de Galvayne que  tienen los dientes de los animales.  Yo desde luego, no, pero tampoco los  compraba.

Gitanos comprando caballos web Campo de Criptana

 

 

 

 

 Me cautivaba más  el arte, el ardid, la maña, la palabrería, los desistimientos momentáneos para rebajar el precio, los tiras y aflojas,   la última oferta, el intermediario que promediaba… todo ese ceremonial que tiene el trato y que  tanto de estrategia  psicológica conlleva.

Mientras los hombres trataban de hacer clientes por garitos y solanas las mujeres pasaban por las calles, churumbeles al cuadril, solicitando alguna ayuda. Otras veces llevaban vasijas, como  peroles, jarras,  cántaros y alcuzas  de hojalata unidos por una cuerda  que intentaban vender casa por casa.

 Vara de mimbre, sombrero, traje oscuro  y  ostensible anillo de oro en un dedo llevaban  los hombres. Las mujeres,  faldas largas y algunas con unos ojos  de de profunda negrura sobre fondo blanco que hechizaban de misterio, como las pintó Julio Romero. Los  niños con ensortijados pelos, churretes por el cuerpo y cara de sueño. Todos morenos, del color del cobre viejo, curtidos por el sol y la intemperie.

 “¡Oh pena de los gitanos!/Pena limpia y siempre sola. / ¡Oh pena de cauce oculto/y madrugada remota!” (F.G.L.)

 

Saludos

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 En los pueblos pequeños  la relación entre vecinos se lubrica con cumplimientos y saludos. Las visitas al anochecer para felicitar por algún acontecimiento venturoso o para  renovar  condolencias por  adversidades son frecuentes entre familias que intercambian este tipo de observancias. “Les debemos o nos deben visita”, o “con esa gente no tenemos visita” son expresiones pertinentes  a ese uso social.    

 De salutaciones hay tantos tonos, tantos  modos,  dejos y tan variadas fórmulas  que de ellos pueden deducirse estados de ánimo, tiranteces  o intensidades de relación. Así, un adiós puede convertirse en rosa o dardo, dependiendo del tono  displicente o afectivo.

  El tiempo es  tema recurrente  para  romper el hielo del encuentro. Son habituales las muletillas, un grado más de confianza que el pelado y solo adiós: “¿Ya vas?” “¿Ahora vienes?” “Vamos allá”… Ascendiendo en la escala de cordialidad  se pregunta por el padre,  la madre, los hijos o hermanos y, por supuesto, si ha habido  quebranto en la salud de algún miembro familiar  se interesan  por su estado.

 Al llegar a donde está un grupo se dan los días o un “¿Qué hacéis?”, por ejemplo. Algo para no ser tachado de huraño.

 Los mayores utilizan saludos  con el nombre de Dios omnipresente. Se desea que lo lleven consigo, que lo traigan con ellos o que se esté en su compañía: “Dios guarde”. “Quedad con Dios”. “Venid con Dios”.   “A la paz de Dios…”

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 Por eso me sorprendía en mis primeros años de residencia en la ciudad    que algunos  urbanitas,  vecinos del mismo bloque,  se  cruzaran  en las escaleras  y apenas emitieran casi imperceptibles saludos, si tenían a bien contestar al que habían recibido.  En los pueblos pequeños, si se está a buenas, nadie  se cruza sin intercambiar palabras, costumbre que decrece en proporción inversa al número de habitantes y directa al grosor de la  coraza   en  la que nos encerramos. A mí personalmente me molesta llegar a un sitio público, dar los días y que no me conteste nadie.

 Cuentan por aquí una anécdota que sin duda hubo de ser cierta. Una persona estaba enfadada con otra y  por consiguiente no se dirigían la palabra ni se saludaban. En una ocasión  uno de ellos estaba en el bar tomando unas copas con  amigos. Se acercó el otro a la reunión y para delimitar bien sus  fobias y  filias dijo: “Buenas noches  a todos, menos a uno”.

 El  saludo galante,  tocando el ala del sombrero con  leve ademán de descubrirse,  es pariente apocado de la acción de destocarse  en ciertos momentos y ocasiones. Me producía de niño una profunda impresión  cuando los hombres  del campo se quitaban la prenda que les cubría la cabeza: boina,  mascota, gorra visera o  sombrero al entrar  en casa extraña,  al paso de un entierro o del  cortejo que llevaba el viático a los enfermos. Aquellas  blancas cabezas, protegidas del sol en los trabajos y expuestas públicamente  en su total desnudez, representaban para mis ojos de niño el  símbolo más íntimo   de respeto, reverencia y sumisión.

De pesca

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Muy cerca de los grupos escolares de Ahillones confluyen dos arroyos que son pequeños afluentes del río Matachel.  Como entonces no disponía de cerramiento  la zona escolar  nos íbamos allí a la hora del recreo a pescar peces y barrigudos renacuajos. Poco tenían que añadir los maestros a la explicación de la  metamorfosis de las ranas pues  observábamos su evolución en su medio natural desde la puesta de  los huevecillos hasta la aparición de las  patas y la  progresiva pérdida  de la cola.

Recuerdo las boquitas abiertas de los renacuajos,  circulares y doradas   cerca de  la superficie del agua.

Las lampreas eran más  escasas y  más difíciles de ver y  capturar porque  se escondían debajo de la arena y además  en su escurridizo bregar nos clavaban el herrete que tienen cerca de la boca. Registrábamos las covachuelas  donde se refugiaban los peces, labor reservada a los más temerarios pues en ocasiones aparecían  otros animales y no todos teníamos valor para la exploración subacuática.  Algunos disponían de un artilugio consistente en un  mango de madera o de plástico en cuyo extremo llevaba un aro con una red, una especie de caza mariposas, que aquí llamamos “rebueye” y el diccionario recoge como salabre.

Los peces los guardábamos en botes de cristal con agua  hasta que,  terminada la escuela, los echábamos en los pozos de nuestras casas.  

A las charcas cortadas por el estiaje, esteros, presas  y lagunas íbamos  a coger ranas.  Pertrechados  de linterna, tabla  y saco salíamos  de noche a buscarlas.  No era difícil dar con ellas siguiendo la estela  de su estridente croar. Al llegar cerca  se callaban, pero pronto empezaban otra vez su concierto los machos. El instinto sexual es poderoso. Cuando pequeño me parecía que masticaban chicles y hacían globos que les salían  por las orejas en lugar de por la boca.

En los pequeños saltos de agua y torrenteras  colocaba la gente del campo  garlitos confeccionados de forma artesanal con juncos. Los  dejaban puestos y los recogían pasadas unas horas o al día siguiente.  Los peces entraban  en  el artefacto que tenía forma de embudo y allí quedaban  retenidos  sin poder salir.  Las  expresiones coloquiales “caer en el garlito” o “coger en el garlito” se utilizan para expresar caer en la trampa o sorprender a alguien en una acción que se quería hacer ocultamente.

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Terminada  la escuela  nos echábamos tierra en las punteras de los zapatos para que se secaran antes y no nos riñeran en casa. Ciertos  días era tal la mojada  que teníamos que quitarnos los calcetines y tenderlos al sol.

Algunos  domingos y días de fiesta  de primavera y verano íbamos los amigos  de pesca a la Corbacha,  arroyo de más caudal  que discurre por parajes no muy lejanos del pueblo.  Pasábamos  el día en sus riberas  y fiábamos  la pitanza  a nuestra destreza  y al buen uso de las artes. Utilizábamos  el trasmallo que extendíamos   en un extremo del charco. Avanzábamos  desde el otro extremo removiendo el agua  para conducir los peces  hacia la red.

Alondras

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Para despertar alondras en los surcos de la tierra hay que salir con  las dos luces del alba, andar presto con  la   claridad  difusa del crepúsculo en  la sierra. Enfrentar la cara al viento que anuncia lluvia temprana  cuando cabalga  bravío a lomos de potros negros. Para despertar alondras en el lecho de los sueños hay que quebrar las estelas que deja la madrugada  entre encinas y alamedas, pisar terrones de alfombra sobre el colchón del silencio con las últimas estrellas cubriéndole la cabeza a los fríos del recencio.

Pero se levantan pocas  en estos últimos tiempos cuando pasan  los labriegos de camino a sus  trabajos  y los cazadores van  con sus perros  cazando al salto.

Hace bastantes  años abundaban los  furtivos  que colocaban   ballestas camufladas  en las hazas.  Al aire  sólo  el señuelo  que en tiempos otoñales después de las primeras lluvias eran  hormigas de alas, capturadas  tras su breve viaje nupcial.  Las cogían y las guardaban en botes para ir utilizándolas poco a poco. Si  no las  había usaban cereales o lombrices como cebo.

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Estaba prohibida esta actividad, claro, pero la necesidad obligaba más que el temor al  seguro decomiso de  piezas capturadas y ballestas.  Una vez colocadas se alejaban discretamente del lugar a una loma o al resguardo de las paredes de un cortijo desde donde observar sin levantar sospechas.  Al final de la mañana o de la tarde, siempre precavidos con vista larga y oído alerta, recogían trampas y caza. Las vendían a particulares o a los bares por docenas.  Los camareros  anunciaban su venta con rebuscados nombres en las pizarras para  evitar posibles denuncias. Los veceros y clientes de confianza recibían información  con sigilo, que nunca se sabía quién podía estar escuchando.

Las noches  de verano sin luna eran propicias para ir a cazar pajarillos   a las alamedas, gorriones por lo general.  Cuando estaban dormidos se les buscaba con una linterna  entre las ramas. Si hacía fresco  dormían en las partes más bajas de los árboles y era más fácil su captura. Acompañaban la caza  con tañidos de un cencerro. Yo no comprendía bien  la finalidad hasta que me lo explicaron. Servía para suplantar  al del ganado  y confiar a los pobres pajarillos. Al mismo tiempo con los toques se ocultaba el piar de los  que eran cogidos para no espantar a los demás. Había que estar, no obstante,  alertas para no ser descubiertos, requisados y multados pues una luz en la noche se ve a mucha distancia.

Ya no existen ballesteros ni que yo sepa  se va de noche a cazar pájaros porque hay  más vigilancia, más temor a las multas,   más concienciación y   un cambio en las condiciones de vida. Y aun así  se levantan  pocas alondras al paso. Escasean también desde hace unos cuantos años  otras pequeñas aves, como las cogujadas (“cogutas, por aquí). En ciertas ocasiones  he encontrado por el campo ejemplares muertos sin presentar heridas.  Quizás  los productos químicos   matan más que las ballestas, en silencio sin linterna y sin cencerro.

Paja y granos

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Las tardes de verano, cuando el sol templa  rigores,  suele soplar  marea, pero no siempre, pues no  es amante  fiel  de compromiso a citas fijas este  céfiro  suave que viene de la  mar lejana y que aquí si gira al noroeste también llaman gallego.  En las eras después de extraer el fruto  de sus vainas con la circular noria del trillo  se necesita la ayuda de este soplo para separar paja y grano. Aventados con palas de madera hacia el pecho de su empuje cae el  cereal por su mayor  peso cerca  y la paja, más liviana,  se aleja un poco aunque  dejando  una estela   de cola de cometa entre  los dos montones.

Mas la brisa  no puede con las granzas y  se necesita que las cribas las retengan y escapen  por su celosía los áridos.

Son los últimos trabajos  de la recolección. Las eras son hormigueros de trasiego y de faenas. Se envasan el trigo, la cebada, la avena y los  garbanzos. Uno llena la cuartilla, rasa y vierte en el costal que otro sostiene, estira y mueve  para acomodar el grano al fondo. Una vez llenos  los atan con abacales y los agrupan para después subirlos al carro. Sobre los hombros y espaldas, como se hará después por las empinadas escaleras de los doblados.

 Hay una cuesta que da acceso al pueblo desde el ejido.  Para subirla con el carro lleno se añade otra caballería de tiro en la parte delantera. El carretero se coloca sobre la lanza que va hasta el yugo, agarrado a las costillas de este para servir de contrapeso y que la carga no se vaya hacia atrás.  Arrea  a las bestias en el tramo más difícil  con voces y zurriago en mano.  Del  roce  de las herraduras con las piedras en el duro bregar de los animales saltan chispas. Los  mayores se reúnen en ese lugar desde donde se divisa todo el ejido. Conocen las dificultades y al paso animan y jalean la  habilidad y el esfuerzo de los  carreteros.

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También se  transporta la paja. Llenan  los carros con sus redes lanzándola desde el suelo  a golpes de horquilla y bieldo. Uno arriba la recibe y tupe para compactarla.  El traqueteo de los carros al pasar por las calles empedradas deja un reguero  cada vez más espeso que dura hasta que operarios del ayuntamiento la recogen cuando se termina la temporada.  Descargan en las puertas de las casas para meterla poco a poco al anochecido, con la fresca.  Sábanas anudadas por los cuatro picos son el embalaje  para el porte hasta el pajar. Los muchachos ayudamos a la tarea, pero cuando nos pierden de vista los mayores  jugamos revolcándonos sobre el montón.  Imaginen cómo llegamos a casa   y  la cara de alegría de nuestros padres al vernos.

 El ejido se  queda  casi solo cuando encienden las luces del pueblo. Esas horas en que Gabriel y Galán aconseja “que una moza casadera no debe estar en la era si no está el sol en el cielo”.

Estudiantes.

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Cuadro de John George Brown

Columna Raíces

Lo primordial  era solventar lo inmediato y perentorio. Para la mayoría de las familias consistía en que no faltara el pan en la mesa. Por eso cualquier ayuda en casa era  poca y  algunos  compañeros tenían que abandonar la escuela antes de terminar la escolaridad. De los que la terminaban  la mayoría no continuaba estudiando. Los que seguían eran en su mayor parte hombres. Mujeres,menos.

Los hijos  de agricultores y ganaderos  de mediana hacienda  solían  incorporarse a las explotaciones familiares para continuar con el mismo trabajo que tenían sus padres  y  tuvieron sus abuelos. Para los que no disponían de propiedades las alternativas eran limitadas. Buscar acomodo en las ajenas por poco más que el aprendizaje y la comida,  iniciarse en un oficio  en   algunas de las actividades que se realizaban en el pueblo o estudiar, que estaba al alcance de pocos.

Las casas grandes, las de familias con extensos latifundios, empleaban a un número considerable de personas: mayorales, aperadores,  gañanes, pastores, mozas,  “rapas…” (de rapaz, muchacho encargado de los recados y menesteres más livianos). Muchos de estos  empleos  solían pasar de padres a hijos por aquello de la confianza.

Con algo de ironía  y  no menos desdén la gente del campo llamaba artistas a quienes se dedicaban a profesiones que no eran la suya: carpinteros, zapateros, herreros, molineros, panaderos, tenderos,  funcionarios…

La tradición: “Tié que ser campusino,tié que ser de los nuestros…” unida a un cierto desprecio por los estudios: “Pues el mozu empringó tres papelis/de rayas y letras/y pa ensenrearsi/de aquella maeja/ijo que el aceite que a mí me tocaba/era pi menus erre, ¿te enteras?” hacía que se valorara más un carro en la puerta que una carrera, más  los graneros llenos que un lejano futuro con años de gastos y carencias productivas.

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Pero los tiempos  empezaban a cambiar. Había ganas de aprender, aun a costa de grandes privaciones. Existía otro mundo tras las lindes y  las cercas.

Se empezaban a hacer  cursos por correspondencia, muy en boga,  y  a practicar  mecanografía.  Saber escribir a máquina  era  galón y el primer peldaño para acceder a una colocación que librara de las penosas labores campesinas.

Había clases nocturnas  de pago para los que no podían ir a la escuela durante el día  por motivos de trabajo.  Las cuatro reglas, la regla de tres, los repartimientos proporcionales  y las cuentas cochineras de arrobas, libras y cuarterones eran necesarias  para desenvolverse en el día a día.

Comenzó a ir un autobús, costeado en parte por los padres, a Azuaga al recién creado y único instituto de la  zona. Recogía también a alumnos de otros pueblos cercanos.

Los  internados estaban lejos de las posibilidades de la mayoría de las familias. El Seminario era la opción más económica para los varones. Vocación aparte. Muchos con becas del PIO, a otros les costeaban los estudios  familias pudientes.  Al resto se lo pagaban sus padres con  más o menos sacrificio. Catorce mil pesetas costaba el curso, pagaderas trimestralmente en aquellos principios de los sesenta.

Al fresco.

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El día, que vino con alas de mariposa al alba, fue perdiendo frescura y cubrió sus horas centrales de ardiente  pesadez. Hasta el anochecido, cuando empiezan a surgir estrellas en la bóveda  violácea, no vuelven los aleteos suaves de la brisa. A esa hora en que el sol inflamado deja estelas rojizas en el lubricán del poniente sale la gente de las casas a sentarse al fresco.

Por afinidad y cercanía, las mujeres sobre todo, hacen corros y comentan incidencias. Nunca faltan temas y si el caso fuera, los que pasan, que siempre dan las buenas noches y añaden algunas coletillas según amistad y confianza, suplen la posible merma. Se les corta un traje y punto.

Siempre me gustaron  las charlas de los mayores. Me mezclo  entre ellos atento y callado. Cuando surgen asuntos no aptos para la ropa tendida observo las señales para avisar de mi presencia y  miro, como ajeno, hacia otro lado.  Pero a veces de tan inmóvil y cauto   no se percatan de que  estoy  allí.

Admiro  a quienes  tienen el don natural de  saber contar  historias con gracia e interés. Sin ser prolijos son  precisos en los detalles, ocurrentes y amenos. Yo me embeleso oyéndolos.  Del grupo, uno o dos son los que más participan, los demás asienten, ríen las ocurrencias  o  intervienen puntualmente para confirmar o negar algún detalle.

Pasa   Patrocinio con su burro   a primera hora de la noche  vendiendo  peras, brevas, manzanas, ciruelas, pepinos, tomates… recién cogidos en su huerta. Se deshace momentáneamente la reunión para abastecerse. Los pesa en una balanza de platillos colgantes,   bien despachados.  Trae los aromas  del campo en el serón y en los canastos de mimbre. 

Los hombres después de cenar se echan la manta al hombro y se van  a las eras para que los montones de grano no mengüen  durante las horas en que todos los gatos son pardos.

Tanto insisto a mis padres para que me dejen ir a dormir con un amigo a  la era de su familia  que al fin un día transigen  y me dan permiso.

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Contemplar el cielo estrellado en mitad del campo sin ninguna contaminación impresiona y la imaginación viaja más veloz que la luz  a esa inmensidad que nos envuelve.  Estrellas fugaces, constelaciones de figuras caprichosas, satélites artificiales… y en el centro, como franja honorífica del cielo, el camino de Santiago. ¡Qué insignificantes somos!

Años después cuando leo la frase de Kant comprendo  la fascinación que pudo sentir el filósofo alemán ante ese espectáculo: “Dos cosas llenan mi ánimo de admiración y respeto: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”.

Después de pasar el ecuador de la madrugada comienza  a hacer fresco, llega el relente y se queda. Hay  que abrigarse.

 Cuando clarea siento como si el soplo de la aurora me desarropara y quedara desnudo de estrellas. Quedan ya pocas en el cielo. El lucero del alba, como perro guardián del rebaño, las ha encerrado en el  aprisco azul de la mañana.