El electricista pasaba al anochecer encendiendo las luces de la calle. Lo hacía juntando con un palo largo los interruptores de palanca que había a trechos. Al alba hacía el mismo recorrido desconectándolos.
La corriente eléctrica llegaba al pueblo por caminos de jícaras y palos procedente de la Eléctrica Berlangueña, pequeña empresa que suministraba fluido a varias poblaciones cercanas.
Cuando aumentaba el consumo por la noche se utilizaban elevadores de tensión, con agujeros y una clavija que cambiábamos manualmente según se necesitase subir o bajar el voltaje.
En otoño e invierno era frecuente que nos quedásemos a oscuras si soplaba el viento o llovía con fuerza. Empezaba la luz a palidecer y a temblar, como si preparase un estornudo oscuro.
“Se ha debido de caer un palo”.
Otras veces era una fase la que tomaba las de Villadiego y quedaba la mitad del pueblo a oscuras y la otra mitad con iluminación muy tenue.
Uno de aquellos años se quemó el generador y estuvimos tres meses sin fluido. Gastos en velas, petróleo para el quinqué o aceite para el candil. Las lamparillas de los santos cumplían una doble función: la de luz de emergencia y la de cumplir con devociones.
Las noches que había cine disminuía la luminosidad en las casas del pueblo. Quedaban teñidas de amarillo macilento mientras duraba la proyección de la película, como si la máquina sorbiese el fluido por los cables. Sabíamos cuando terminaba la función por el aumento del resplandor. Ya no tardarían en regresar los que fueron a ver la película. Algunas bombillas y aparatos pagaban peaje por esos altibajos.
Las luces de la calle nos han acompañado en muchas de nuestras vivencias infantiles y juveniles. Ya les cantaba Carlos Gardel: “Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi destino. Son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos hondas horas de dolor…” Colgaban las bombillas de brazos metálicos en forma de ele al albur de las inclemencias del tiempo.
Iluminaron nuestros juegos y charlas de niño con su manto redondo de desvalida claridad sobre nosotros. Decían que a algunos novios no les gustaba su iluminación cuando llevaban a las novias a casa. Les tiraban piedras para romperlas. Así pelaban la pava a oscuras. No había muchos puntos de luz. Uno en cada esquina y en las calles más largas otro en el medio.
Testigos de nuestros regresos a intempestivas horas de alguna francachela o ferias de otros pueblos.
La adolescencia se añora cuando se pierde- ¡quién volviera a aquellos años!- sin acordarnos de que es un tiempo convulso e inestable, de intensos y variables afectos, en que también se sufre. Nos acompañaron alguna noche de desasosiego. Allí estaba esa farola donde los amigos nos reuníamos para hablar de amores y desengaños en la madrugada después de una noche de fiesta. Esa que guiaba los pasos diligentes de mujeres enlutadas al anochecido y a los labriegos de andar presuroso en la alborada. Cortejada por mosquitos y salamanquesas cazadoras fue cómplice de furtivos amores y de los primeros besos pubescentes. Sólo ofrecía su débil luz y el afilado silbo del viento entre sus hierros retorcidos, pero alguna compañía daba su presencia.
Hasta no hace mucho tiempo a los muertos se les velaba en sus casas. Y si era posible que el enfermo terminal muriera en la cama donde pasó tantas horas de su vida, unas buenas, otras cavilando y otras malas. Una leve satisfacción ante lo irremediable.
Era profundamente emotiva la salida hacia la eternidad en el ataúd llevado por amigos y parientes por la puerta que cruzó tantas veces cuando vivir era afán y rutina de plácidos días. Momento que exteriorizaba el dolor y el llanto.
Cuando empecé a dar pésames y asistir a cumplimientos para iniciarme en los ritos y costumbres que te introducen en la sociedad adulta recuerdo que entraba en las casas mirando de reojo al lugar donde tenían al cadáver con esa curiosidad morbosa que atrae y atemoriza. Mis primeras imágenes son las llamas de las velas lanzando sombras a las paredes de una habitación en penumbra, las manos cruzadas en el pecho del difunto y el rezo del rosario musitado por mujeres enlutadas. Leía yo por aquellos tiempos a Bécquer: “La luz que en un vaso/ardía en el suelo, /al muro arrojaba/la sombra del lecho; /y entre aquella sombra/veíase a intervalos/dibujarse rígida /la forma del cuerpo”. Después, claro, llegaban las pesadillas.
(El velatorio, de José María López Mezquida)
Los vecinos desempeñaban un papel importante en estos momentos de dolor y desconcierto que supone la muerte. Acarreaban sillas de sus casas y se encargaban de los trámites primeros, como avisar al cura para que diera la señal, ese toque de campanas que saca a las puertas de las casas a la gente preguntando por la identidad del fallecido.
Para los hombres que iban a manifestar sus condolencias se reservaba una parte de la casa, generalmente al final de la misma, próxima al corral y otra más, cerca de la entrada, para las mujeres. Siendo la muerte un suceso triste siempre no eran iguales los velatorios cuando se moría una persona joven, donde el silencio se corta, que cuando era una persona mayor con la vida andada, en que hay más conformidad y relajación.
El tiempo de permanencia en las casas de los que iban a dar el pésame y a cumplir dependía del grado de parentesco y amistad. Pasaban la noche entera los familiares, amigos más allegados y los vecinos más cercanos. Los hombres fumaban sin descanso. Se ofrecía un cigarro y se aceptaban los de los demás. Y se hablaba de todo, referencias del muerto y temas que caían a pelo. Cuántas cosas curiosas escuché en las largas noches de los duelos sobre la vida en el campo, los amores de mozos, las riñas por celos…
Las vecinas se encargaban de preparar la comida para los dolientes. Trajinaban de unas casas a otras y concertaban el menú y la participación de cada una de ellas. Cocinaban en sus domicilios y traían la comida. Hacían una lista con los nombres de las que habían colaborado y de aquellas que querían participar en los costos para entregarla a los deudos del difunto.Costumbre, la del prorrateo de los costos, que permanece.
Cuando venía el botijero de Salvatierra con su burro y su carga de botijos, barriles, tinajas, orzas y pucheros, colocados cuidadosamente en unas angarillas especiales hechas de palos de retama y rellenas de pasto, nos compraban una alcancía.
Desde ese momento casi todo el dinero que nos daban iba a parar al fondo de aquella hucha ventruda. Bien que nos recordaban la finalidad de las dádivas: “Eso para la feria”
Por su ranura metíamos las monedas y los billetes, que entonces los había también de peseta, de dos pesetas y de duros, o sea, de cinco pesetas.
A veces, a escondidas de nuestros padres, poníamos la alcancía boca abajo y hurgando con un cuchillo lográbamos rescatar algunas monedas para dispendios no previstos o antojos. No era conveniente repetir muchas veces esta acción porque corríamos el riesgo de ser sorprendidos o que notasen la merma de peso.
Con un martillo y en presencia de nuestros padres procedíamos el día de la víspera al ritual de romper la hucha. Las monedas y billetes quedaban sobre la mesa como un maná salido de las entrañas rojas en lugar de llovido del cielo. Nos aleccionaban de la importancia del ahorro: poco a poco se junta mucho, pero nosotros sólo pensábamos en montarnos en las “cunitas”, comprar bastones de caramelos, jugar a la ruleta de puntas, comer turrón y golosinas, tirar con las escopeta de plomo en el tiro pichón y adquirir “restallaeras”, que eran como grandes cerillos de fósforo, uñas rojas pegadas en cartón y que al frotarlas sobre el suelo chisporroteaban con estruendo. Los más osados las encerraban en el hueco de sus dos manos y moviéndolas semejaban el cacareo de un gallo ronco. Aquella vorágine dilapidadora que nuestras mentes ilusionadas proyectaban sufría la frenada y el encauzamiento que el sentido común de nuestros padres imponía De lo contrario las ferias hubiesen durado un día, completo y pleno, pero rematado con cólicos, mareos y ruina total. El dinero es vuestro. Ahí está. Nosotros os lo iremos dando poco a poco cada día de feria.
(Apunte de Inmaculada Martín)
En las casas todo estaba preparado para esos días. En muchas de ellas el lebrillo con carne de guarrito en adobo tapado con un trapo blanco y una gran fuente de escabeche con gallo de corral, comidas propias para la anarquía de horarios y la disparidad de regresos de los moradores.
El melón más grande, la sandía más oronda y el gallo mejor criado se reservaban para entregarlo de donativo al Ramo, tradición de Ahillones que perdura y que consiste en un petitorio casa por casa acompañado de banda de música.
Al día siguiente se celebraba, y se sigue celebrando, la subasta de todo lo recogido, menos el grano, que se vende. Borregos, guarros, botellas de vino, macetas, jamones, cuadros, melones sandías, labores artesanales… Antes se hacían lotes y se pujaba por ellos. Ahora se compran cartas de la baraja y le toca, con la gente formando corro, al que le corresponde el siete de espadas. Eso es para verlo.
Los gitanos llegaban periódicamente con su carromato y sus jumentos. Se asentaban al reguardo de los vientos del norte, en la solana de la pared de un huerto que hay a las afueras del pueblo, sin más licencias que la que les daba el cielo. No traían ni lupas gigantes, ni imanes ni hielo. Tampoco escribían en pergamino, como Melquiades, versículos en sánscrito. Unos toldos sujetos con cuerdas a cuatro palos clavados en el suelo les servían de techo. La supervivencia diaria era su acicate, pocos anclajes los retenían demasiado tiempo en el mismo sitio. Era gente errante. Después de unos cuantos días, cuando hacían algo de dinero o comprobaban la imposibilidad de conseguirlo, seguían su ruta sin destino fijo. «Ya se van los gitanos por los caminos y la alegre caravana, que ese es su sino». Pero yo no percibía esa alegría que canta la copla. Eran familias enteras con churumbeles que andaban por aquellos alrededores del ejido como pollos por un corral, casi desnudos y descalzos en verano y con ropas sobradas en invierno. Allí cocinaban, comían y dormían a la luz de una candela.
Venían al trato de compra y venta o al cambio de burros y mulas cuando estos animales eran complemento indispensable para las labores del campo y el acarreo. Un mulo viejo, con las orejas caídas, con muchos kilómetros de surcos en sus patas y kilos de carga a sus espaldas se cambiaba por uno más nuevo o se compraba si el anterior acabó en el muladar bajo los círculos avizores que trazaban los buitres en el cielo. Había entonces despensa abundante en las afueras de los pueblos. Para calcular la edad de las bestias les abrían la boca y observaban su dentadura, donde tienen su carné de identidad. No sé si la mayoría de los compradores entendía bien ese lenguaje de ángulos, copas, estrellas y surcos de Galvayne que tienen los dientes de los animales. Yo desde luego, no, pero tampoco los compraba.
Me cautivaba más el arte, el ardid, la maña, la palabrería, los desistimientos momentáneos para rebajar el precio, los tiras y aflojas, la última oferta, el intermediario que promediaba… todo ese ceremonial que tiene el trato y que tanto de estrategia psicológica conlleva.
Mientras los hombres trataban de hacer clientes por garitos y solanas las mujeres pasaban por las calles, churumbeles al cuadril, solicitando alguna ayuda. Otras veces llevaban vasijas, como peroles, jarras, cántaros y alcuzas de hojalata unidos por una cuerda que intentaban vender casa por casa.
Vara de mimbre, sombrero, traje oscuro y ostensible anillo de oro en un dedo llevaban los hombres. Las mujeres, faldas largas y algunas con unos ojos de de profunda negrura sobre fondo blanco que hechizaban de misterio, como las pintó Julio Romero. Los niños con ensortijados pelos, churretes por el cuerpo y cara de sueño. Todos morenos, del color del cobre viejo, curtidos por el sol y la intemperie.
“¡Oh pena de los gitanos!/Pena limpia y siempre sola. / ¡Oh pena de cauce oculto/y madrugada remota!” (F.G.L.)
En los pueblos pequeños la relación entre vecinos se lubrica con cumplimientos y saludos. Las visitas al anochecer para felicitar por algún acontecimiento venturoso o para renovar condolencias por adversidades son frecuentes entre familias que intercambian este tipo de observancias. “Les debemos o nos deben visita”, o “con esa gente no tenemos visita” son expresiones pertinentes a ese uso social.
De salutaciones hay tantos tonos, tantos modos, dejos y tan variadas fórmulas que de ellos pueden deducirse estados de ánimo, tiranteces o intensidades de relación. Así, un adiós puede convertirse en rosa o dardo, dependiendo del tono displicente o afectivo.
El tiempo es tema recurrente para romper el hielo del encuentro. Son habituales las muletillas, un grado más de confianza que el pelado y solo adiós: “¿Ya vas?” “¿Ahora vienes?” “Vamos allá”… Ascendiendo en la escala de cordialidad se pregunta por el padre, la madre, los hijos o hermanos y, por supuesto, si ha habido quebranto en la salud de algún miembro familiar se interesan por su estado.
Al llegar a donde está un grupo se dan los días o un “¿Qué hacéis?”, por ejemplo. Algo para no ser tachado de huraño.
Los mayores utilizan saludos con el nombre de Dios omnipresente. Se desea que lo lleven consigo, que lo traigan con ellos o que se esté en su compañía: “Dios guarde”. “Quedad con Dios”. “Venid con Dios”. “A la paz de Dios…”
Por eso me sorprendía en mis primeros años de residencia en la ciudad que algunos urbanitas, vecinos del mismo bloque, se cruzaran en las escaleras y apenas emitieran casi imperceptibles saludos, si tenían a bien contestar al que habían recibido. En los pueblos pequeños, si se está a buenas, nadie se cruza sin intercambiar palabras, costumbre que decrece en proporción inversa al número de habitantes y directa al grosor de la coraza en la que nos encerramos. A mí personalmente me molesta llegar a un sitio público, dar los días y que no me conteste nadie.
Cuentan por aquí una anécdota que sin duda hubo de ser cierta. Una persona estaba enfadada con otra y por consiguiente no se dirigían la palabra ni se saludaban. En una ocasión uno de ellos estaba en el bar tomando unas copas con amigos. Se acercó el otro a la reunión y para delimitar bien sus fobias y filias dijo: “Buenas noches a todos, menos a uno”.
El saludo galante, tocando el ala del sombrero con leve ademán de descubrirse, es pariente apocado de la acción de destocarse en ciertos momentos y ocasiones. Me producía de niño una profunda impresión cuando los hombres del campo se quitaban la prenda que les cubría la cabeza: boina, mascota, gorra visera o sombrero al entrar en casa extraña, al paso de un entierro o del cortejo que llevaba el viático a los enfermos. Aquellas blancas cabezas, protegidas del sol en los trabajos y expuestas públicamente en su total desnudez, representaban para mis ojos de niño el símbolo más íntimo de respeto, reverencia y sumisión.
Muy cerca de los grupos escolares de Ahillones confluyen dos arroyos que son pequeños afluentes del río Matachel. Como entonces no disponía de cerramiento la zona escolar nos íbamos allí a la hora del recreo a pescar peces y barrigudos renacuajos. Poco tenían que añadir los maestros a la explicación de la metamorfosis de las ranas pues observábamos su evolución en su medio natural desde la puesta de los huevecillos hasta la aparición de las patas y la progresiva pérdida de la cola.
Recuerdo las boquitas abiertas de los renacuajos, circulares y doradas cerca de la superficie del agua.
Las lampreas eran más escasas y más difíciles de ver y capturar porque se escondían debajo de la arena y además en su escurridizo bregar nos clavaban el herrete que tienen cerca de la boca. Registrábamos las covachuelas donde se refugiaban los peces, labor reservada a los más temerarios pues en ocasiones aparecían otros animales y no todos teníamos valor para la exploración subacuática. Algunos disponían de un artilugio consistente en un mango de madera o de plástico en cuyo extremo llevaba un aro con una red, una especie de caza mariposas, que aquí llamamos “rebueye” y el diccionario recoge como salabre.
Los peces los guardábamos en botes de cristal con agua hasta que, terminada la escuela, los echábamos en los pozos de nuestras casas.
A las charcas cortadas por el estiaje, esteros, presas y lagunas íbamos a coger ranas. Pertrechados de linterna, tabla y saco salíamos de noche a buscarlas. No era difícil dar con ellas siguiendo la estela de su estridente croar. Al llegar cerca se callaban, pero pronto empezaban otra vez su concierto los machos. El instinto sexual es poderoso. Cuando pequeño me parecía que masticaban chicles y hacían globos que les salían por las orejas en lugar de por la boca.
En los pequeños saltos de agua y torrenteras colocaba la gente del campo garlitos confeccionados de forma artesanal con juncos. Los dejaban puestos y los recogían pasadas unas horas o al día siguiente. Los peces entraban en el artefacto que tenía forma de embudo y allí quedaban retenidos sin poder salir. Las expresiones coloquiales “caer en el garlito” o “coger en el garlito” se utilizan para expresar caer en la trampa o sorprender a alguien en una acción que se quería hacer ocultamente.
Terminada la escuela nos echábamos tierra en las punteras de los zapatos para que se secaran antes y no nos riñeran en casa. Ciertos días era tal la mojada que teníamos que quitarnos los calcetines y tenderlos al sol.
Algunos domingos y días de fiesta de primavera y verano íbamos los amigos de pesca a la Corbacha, arroyo de más caudal que discurre por parajes no muy lejanos del pueblo. Pasábamos el día en sus riberas y fiábamos la pitanza a nuestra destreza y al buen uso de las artes. Utilizábamos el trasmallo que extendíamos en un extremo del charco. Avanzábamos desde el otro extremo removiendo el agua para conducir los peces hacia la red.
Para despertar alondras en los surcos de la tierra hay que salir con las dos luces del alba, andar presto con la claridad difusa del crepúsculo en la sierra. Enfrentar la cara al viento que anuncia lluvia temprana cuando cabalga bravío a lomos de potros negros. Para despertar alondras en el lecho de los sueños hay que quebrar las estelas que deja la madrugada entre encinas y alamedas, pisar terrones de alfombra sobre el colchón del silencio con las últimas estrellas cubriéndole la cabeza a los fríos del recencio.
Pero se levantan pocas en estos últimos tiempos cuando pasan los labriegos de camino a sus trabajos y los cazadores van con sus perros cazando al salto.
Hace bastantes años abundaban los furtivos que colocaban ballestas camufladas en las hazas. Al aire sólo el señuelo que en tiempos otoñales después de las primeras lluvias eran hormigas de alas, capturadas tras su breve viaje nupcial. Las cogían y las guardaban en botes para ir utilizándolas poco a poco. Si no las había usaban cereales o lombrices como cebo.
Estaba prohibida esta actividad, claro, pero la necesidad obligaba más que el temor al seguro decomiso de piezas capturadas y ballestas. Una vez colocadas se alejaban discretamente del lugar a una loma o al resguardo de las paredes de un cortijo desde donde observar sin levantar sospechas. Al final de la mañana o de la tarde, siempre precavidos con vista larga y oído alerta, recogían trampas y caza. Las vendían a particulares o a los bares por docenas. Los camareros anunciaban su venta con rebuscados nombres en las pizarras para evitar posibles denuncias. Los veceros y clientes de confianza recibían información con sigilo, que nunca se sabía quién podía estar escuchando.
Las noches de verano sin luna eran propicias para ir a cazar pajarillos a las alamedas, gorriones por lo general. Cuando estaban dormidos se les buscaba con una linterna entre las ramas. Si hacía fresco dormían en las partes más bajas de los árboles y era más fácil su captura. Acompañaban la caza con tañidos de un cencerro. Yo no comprendía bien la finalidad hasta que me lo explicaron. Servía para suplantar al del ganado y confiar a los pobres pajarillos. Al mismo tiempo con los toques se ocultaba el piar de los que eran cogidos para no espantar a los demás. Había que estar, no obstante, alertas para no ser descubiertos, requisados y multados pues una luz en la noche se ve a mucha distancia.
Ya no existen ballesteros ni que yo sepa se va de noche a cazar pájaros porque hay más vigilancia, más temor a las multas, más concienciación y un cambio en las condiciones de vida. Y aun así se levantan pocas alondras al paso. Escasean también desde hace unos cuantos años otras pequeñas aves, como las cogujadas (“cogutas, por aquí). En ciertas ocasiones he encontrado por el campo ejemplares muertos sin presentar heridas. Quizás los productos químicos matan más que las ballestas, en silencio sin linterna y sin cencerro.
Las tardes de verano, cuando el sol templa rigores, suele soplar marea, pero no siempre, pues no es amante fiel de compromiso a citas fijas este céfiro suave que viene de la mar lejana y que aquí si gira al noroeste también llaman gallego. En las eras después de extraer el fruto de sus vainas con la circular noria del trillo se necesita la ayuda de este soplo para separar paja y grano. Aventados con palas de madera hacia el pecho de su empuje cae el cereal por su mayor peso cerca y la paja, más liviana, se aleja un poco aunque dejando una estela de cola de cometa entre los dos montones.
Mas la brisa no puede con las granzas y se necesita que las cribas las retengan y escapen por su celosía los áridos.
Son los últimos trabajos de la recolección. Las eras son hormigueros de trasiego y de faenas. Se envasan el trigo, la cebada, la avena y los garbanzos. Uno llena la cuartilla, rasa y vierte en el costal que otro sostiene, estira y mueve para acomodar el grano al fondo. Una vez llenos los atan con abacales y los agrupan para después subirlos al carro. Sobre los hombros y espaldas, como se hará después por las empinadas escaleras de los doblados.
Hay una cuesta que da acceso al pueblo desde el ejido. Para subirla con el carro lleno se añade otra caballería de tiro en la parte delantera. El carretero se coloca sobre la lanza que va hasta el yugo, agarrado a las costillas de este para servir de contrapeso y que la carga no se vaya hacia atrás. Arrea a las bestias en el tramo más difícil con voces y zurriago en mano. Del roce de las herraduras con las piedras en el duro bregar de los animales saltan chispas. Los mayores se reúnen en ese lugar desde donde se divisa todo el ejido. Conocen las dificultades y al paso animan y jalean la habilidad y el esfuerzo de los carreteros.
También se transporta la paja. Llenan los carros con sus redes lanzándola desde el suelo a golpes de horquilla y bieldo. Uno arriba la recibe y tupe para compactarla. El traqueteo de los carros al pasar por las calles empedradas deja un reguero cada vez más espeso que dura hasta que operarios del ayuntamiento la recogen cuando se termina la temporada. Descargan en las puertas de las casas para meterla poco a poco al anochecido, con la fresca. Sábanas anudadas por los cuatro picos son el embalaje para el porte hasta el pajar. Los muchachos ayudamos a la tarea, pero cuando nos pierden de vista los mayores jugamos revolcándonos sobre el montón. Imaginen cómo llegamos a casa y la cara de alegría de nuestros padres al vernos.
El ejido se queda casi solo cuando encienden las luces del pueblo. Esas horas en que Gabriel y Galán aconseja “que una moza casadera no debe estar en la era si no está el sol en el cielo”.
Lo primordial era solventar lo inmediato y perentorio. Para la mayoría de las familias consistía en que no faltara el pan en la mesa. Por eso cualquier ayuda en casa era poca y algunos compañeros tenían que abandonar la escuela antes de terminar la escolaridad. De los que la terminaban la mayoría no continuaba estudiando. Los que seguían eran en su mayor parte hombres. Mujeres,menos.
Los hijos de agricultores y ganaderos de mediana hacienda solían incorporarse a las explotaciones familiares para continuar con el mismo trabajo que tenían sus padres y tuvieron sus abuelos. Para los que no disponían de propiedades las alternativas eran limitadas. Buscar acomodo en las ajenas por poco más que el aprendizaje y la comida, iniciarse en un oficio en algunas de las actividades que se realizaban en el pueblo o estudiar, que estaba al alcance de pocos.
Las casas grandes, las de familias con extensos latifundios, empleaban a un número considerable de personas: mayorales, aperadores, gañanes, pastores, mozas, “rapas…” (de rapaz, muchacho encargado de los recados y menesteres más livianos). Muchos de estos empleos solían pasar de padres a hijos por aquello de la confianza.
Con algo de ironía y no menos desdén la gente del campo llamaba artistas a quienes se dedicaban a profesiones que no eran la suya: carpinteros, zapateros, herreros, molineros, panaderos, tenderos, funcionarios…
La tradición: “Tié que ser campusino,tié que ser de los nuestros…” unida a un cierto desprecio por los estudios: “Pues el mozu empringó tres papelis/de rayas y letras/y pa ensenrearsi/de aquella maeja/ijo que el aceite que a mí me tocaba/era pi menus erre, ¿te enteras?” hacía que se valorara más un carro en la puerta que una carrera, más los graneros llenos que un lejano futuro con años de gastos y carencias productivas.
Pero los tiempos empezaban a cambiar. Había ganas de aprender, aun a costa de grandes privaciones. Existía otro mundo tras las lindes y las cercas.
Se empezaban a hacer cursos por correspondencia, muy en boga, y a practicar mecanografía. Saber escribir a máquina era galón y el primer peldaño para acceder a una colocación que librara de las penosas labores campesinas.
Había clases nocturnas de pago para los que no podían ir a la escuela durante el día por motivos de trabajo. Las cuatro reglas, la regla de tres, los repartimientos proporcionales y las cuentas cochineras de arrobas, libras y cuarterones eran necesarias para desenvolverse en el día a día.
Comenzó a ir un autobús, costeado en parte por los padres, a Azuaga al recién creado y único instituto de la zona. Recogía también a alumnos de otros pueblos cercanos.
Los internados estaban lejos de las posibilidades de la mayoría de las familias. El Seminario era la opción más económica para los varones. Vocación aparte. Muchos con becas del PIO, a otros les costeaban los estudios familias pudientes. Al resto se lo pagaban sus padres con más o menos sacrificio. Catorce mil pesetas costaba el curso, pagaderas trimestralmente en aquellos principios de los sesenta.
El día, que vino con alas de mariposa al alba, fue perdiendo frescura y cubrió sus horas centrales de ardiente pesadez. Hasta el anochecido, cuando empiezan a surgir estrellas en la bóveda violácea, no vuelven los aleteos suaves de la brisa. A esa hora en que el sol inflamado deja estelas rojizas en el lubricán del poniente sale la gente de las casas a sentarse al fresco.
Por afinidad y cercanía, las mujeres sobre todo, hacen corros y comentan incidencias. Nunca faltan temas y si el caso fuera, los que pasan, que siempre dan las buenas noches y añaden algunas coletillas según amistad y confianza, suplen la posible merma. Se les corta un traje y punto.
Siempre me gustaron las charlas de los mayores. Me mezclo entre ellos atento y callado. Cuando surgen asuntos no aptos para la ropa tendida observo las señales para avisar de mi presencia y miro, como ajeno, hacia otro lado. Pero a veces de tan inmóvil y cauto no se percatan de que estoy allí.
Admiro a quienes tienen el don natural de saber contar historias con gracia e interés. Sin ser prolijos son precisos en los detalles, ocurrentes y amenos. Yo me embeleso oyéndolos. Del grupo, uno o dos son los que más participan, los demás asienten, ríen las ocurrencias o intervienen puntualmente para confirmar o negar algún detalle.
Pasa Patrocinio con su burro a primera hora de la noche vendiendo peras, brevas, manzanas, ciruelas, pepinos, tomates… recién cogidos en su huerta. Se deshace momentáneamente la reunión para abastecerse. Los pesa en una balanza de platillos colgantes, bien despachados. Trae los aromas del campo en el serón y en los canastos de mimbre.
Los hombres después de cenar se echan la manta al hombro y se van a las eras para que los montones de grano no mengüen durante las horas en que todos los gatos son pardos.
Tanto insisto a mis padres para que me dejen ir a dormir con un amigo a la era de su familia que al fin un día transigen y me dan permiso.
Contemplar el cielo estrellado en mitad del campo sin ninguna contaminación impresiona y la imaginación viaja más veloz que la luz a esa inmensidad que nos envuelve. Estrellas fugaces, constelaciones de figuras caprichosas, satélites artificiales… y en el centro, como franja honorífica del cielo, el camino de Santiago. ¡Qué insignificantes somos!
Años después cuando leo la frase de Kant comprendo la fascinación que pudo sentir el filósofo alemán ante ese espectáculo: “Dos cosas llenan mi ánimo de admiración y respeto: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”.
Después de pasar el ecuador de la madrugada comienza a hacer fresco, llega el relente y se queda. Hay que abrigarse.
Cuando clarea siento como si el soplo de la aurora me desarropara y quedara desnudo de estrellas. Quedan ya pocas en el cielo. El lucero del alba, como perro guardián del rebaño, las ha encerrado en el aprisco azul de la mañana.