Cuando caíamos rendidos por los juegos, ya entrada la noche, nos sentábamos a charlar en el resbaladizo, que era el lugar donde una de las aceras de la calle terminaba en pendiente. Allí en la penumbra contábamos historias que escuchábamos a los mayores y que nosotros inflábamos y modificábamos con nuestra fantasía. Relatos de miedo repetidos de generación en generación. Como aquel caso de una apuesta hecha al calor valiente del vino. Porfiaba un grupo de amigos sobre si alguno se atrevería a ir en una noche oscura de temporal hasta las paredes del cementerio. Como prueba de haber llegado debía tirar por lo alto de la pared a su interior una bolsa con ropa. A la mañana siguiente comprobarían los demás si estaba dentro del recinto. Uno de ellos acepto el envite. Los que lo propusieron se adelantaron al temerario que quiso demostrar su arrojo y saltaron la pared. Inmediatamente devolvieron la talega hacia afuera. Seguro que este relato se contaba en otros pueblos.
Con estas y otras historias parecidas entreteníamos la noche. Después quedábamos en silencio y nos tendíamos boca arriba. De vez en cuando una línea rápida y fugaz nos sorprendía con una rúbrica en la cóncava negrura del cielo. Las contábamos. ‘Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido’. Lluvia de lágrimas blancas en las noches de verano. Yo imaginaba un sauce gigante y luminoso por cuyas ramas descendía la luz como si fueran fuegos de artificio en noches de fiesta.
Intentaba descubrir las constelaciones que nos enseñaban en la escuela con formas de escorpiones, toros, osas dragones, peces… o las inventaba trazando caprichosas ligazones.
En mitad, el camino de Santiago, ancha franja de leche estrellada. Suponía yo una vida fantástica allá lejos. Carros transparentes tirados por caballos de cristal recorriendo los caminos celestiales.
La gente mayor siempre ha tenido respeto y miedo a los signos que aparecen en el firmamento. ‘Señales en el cielo, calamidades en la tierra’, alimentado ese temor por las previsiones bíblicas del fin de los tiempos que las anuncian. “Entonces habrá señales en el Sol, en la Luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas”.
Cuentan que en vísperas de nuestra guerra civil hubo una abundante lluvia de estrellas que vaticinó su comienzo…
¡Quién sabe lo que habrá allá tan lejos cuando apenas conocemos el patio de nuestra casa!
Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas eran trocitos de hielo que se deshacían según se acercaba la mañana y enviaban soplos frescos a través de caminos invisibles.
Fotografía de Juan Sevilla Durán.
De madrugada, la esfera, en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad para encontrar dentro un regalo de luz y fantasía. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija abierta del oriente.
Estas noches nos ofrecen la oportunidad de mirar al cielo estrellado alejados de las luces artificiales de los pueblos y las ciudades y pensar en los misterios que hay todavía por descubrir. Darnos cuenta de lo insignificantes que somos.
Una tarde de verano, cuando el sol se acercaba al horizonte, llegamos en bicicleta al arroyo de la Corbacha. El agua en este tiempo ya no corre por su cauce, pero hay un charco, llamado “Molineta”, que la mantiene en el estiaje por la afluencia de varios manantiales cercanos de antiguas huertas. En la orilla se conservan los restos del antiguo molino que le da nombre. Dista unos cinco kilómetros del pueblo y accedemos a él por caminos que transcurren entre olivares. Era el lugar al que acudíamos a bañarnos.
Ni éramos ya niños ni todavía adultos. Estábamos en ese magma indeciso y difuso de la pubertad con mucha vida afectiva por descubrir. Allí estaban bañándose las tres mozas que nos traían de cabeza a mis amigos y a mí. Nos acercamos como perros que esperan caricias, con la cabeza agachada. Dimos las buenas tardes y nos situamos en la orilla para quitamos la ropa. El bañador lo llevábamos debajo, puesto de casa.
Empezamos a chapotear a cierta distancia de donde estaban ellas. Dijimos las cuatro tonterías que se dicen cuando no se sabe qué decir.
El sol se ocultó tras la sierra y la sombra se extendió por toda la vega. De pronto sentí una mano en mi hombro que estremeció mi cuerpo. Oí una voz suplicante que primero me asombró y después me paralizó.
“¿Quieres ayudarme a nadar? Es que estoy aprendiendo y tengo miedo de ahogarme. ¡Anda sujétame!”
¡Madre del amor hermoso, qué compromiso!
Estas jóvenes, algo mayores que nosotros, tenían alquilada una casa en el pueblo para pasar el verano. Habían llegado hacía unos días y desde entonces tenían al pueblo revuelto. A nosotros porque nos gustaban y andábamos detrás de ellas dando dos pasos seguidos con el mismo pie. A los mayores porque se escandalizaban, no porque fuesen unas libertinas sin freno, sino porque se saltaban costumbres y formas hasta entonces infranqueables. Soliviantaron al púlpito desde donde se lanzaron proclamas en defensa de la honestidad y contra la vida licenciosa: ¡Puras y castas hasta el altar! Se santiguaban las viejas escandalizadas: “¡Dónde se habrá visto semejante cosa! ¿Adónde vamos a llegar?” Los visillos se mantenían en guardia permanente, día y noche, para observar el desarrollo de los acontecimientos.
Las vecinas iban a misa con velo y escote bien cubierto. Los varones con manga larga y botones abrochados hasta el último botón.
Los únicos canales que debían estar a la vista eran los de las huertas y las delanteras que ostentaban poderío eran las del R. Madrid o el Barcelona. Nada de canalillos.
En esas estábamos cuando arribaron estas jóvenes que nos encandilaban y provocaron un seísmo en las formales rutinas del pueblo. Las compuertas del agua retenida se abrieron y llenaron los canales de luz y agua fresca. Los ajustados suéteres mostraron el poder de evocación de las pecheras. Los inexplorados terrenos de los deseos abrieron caminos a pensamientos que saltaron los cercados de los convenciones.
Nuestros horarios de entrada y regreso a casa se descuadraron considerablemente hasta el punto de tener sobre aviso a nuestros padres. Pero nosotros andábamos con el primer celo y no atendíamos a razones.
Volvamos al agua de la Corbacha, en donde me quedé sin acción y sin reflejos entre adelfas y juncos. Le puse mis manos en su vientre y recorrimos un trayecto hasta las junqueras que crecían en medio de la charca.
Se había ocultado ya el sol detrás de la sierra y quedaba el campo envuelto en una penumbra difusa entre el croar de las ranas y el grillar metálico de los grillos. Despuntaba el lucero. Me acordé de Gabriel y Galán: “Que una moza casadera no debe estar en la era si no está el sol en el cielo”. Eso era en mi cabeza porque mis manos seguían rígidas e inmóviles sin atreverse a ningún movimiento.
“Gracias por la lección, ya casi sé nadar”. Fuese y no hubo más.
Años después se estrenó la película de Robert Mulligan, ‘Verano del 42’. Fui protagonista con Hermie (Gary Grimes) de la aventura adolescente tan hermosa que vivió con la bellísima Dorothy, (Jennifer O’Neill). Yo no le ayudaba a llevar paquetes ni aparecí un anochecido por su casa cuando Dorothy recibió la triste noticia del fallecimiento de su marido. Tampoco estuve en aquella isla de Nueva Inglaterra de vacaciones, pero la música de Michael Legrand me transporta cada vez que la escucho al río donde tuve en las palmas de mis manos una sirena que recreé tantas veces cuando soñaba despierto. Los amores tienen siempre un verano que es alba irrepetible a las puertas de la vida, aunque yo no fuera Hermie, sino una estatua en medio del agua que solo rozó con sus manos los bordes de la gloria.
Nos gustaba coleccionar objetos, como lo hacían los mayores con sellos y monedas. A falta de peculio para más altos vuelos nosotros, los niños de entonces, empleábamos la imaginación y dábamos valor a piezas sencillas con el capital de nuestra fantasía.
Coleccionábamos chapas o tapones de cervezas y refrescos. A cada clase le asignábamos una cuantía. Las más valiosas eran las verdes de la marca Kas y las rojas de Coca-Cola, a las que tasamos en mil, que entonces era lo máximo que alcanzábamos a ver, que no a tocar. Un billete verde suponía la cima y el límite de nuestras aspiraciones. Las chapas de cervezas pertenecían a la clase media, distinguiendo las de Cruzcampo y las del Gavilán, que entonces se elaboraba en Mérida. Para conseguirlas recorríamos los bares y tabernas buscándolas por el suelo. Algunos dueños de establecimientos nos las guardaban a requerimiento nuestro. Las de gaseosas, Ruiz y Curusan, que fabricaban en Burguillos del Cerro, eran la clase de tropa por su falta de colorido y por ser las más abundantes. Sin saberlo estábamos aplicando la ley de la oferta y la demanda. A más escasez, más precio.
También coleccionábamos cajas de cerillas, que traían vistosas ilustraciones. Las recortábamos y hacíamos baraja con una goma. En el año 1972, Pedro Ocón de Oro, las ilustró con sus famosos jeroglíficos. Un gran acierto.
Las calcomanías las pegábamos en el brazo o en el cuadro de la bicicleta. Había quien tenía los escudos de todos los equipos de primera división, con el preferido a la cabeza.
En las portadas blancas de papel satinado de las libretas Balandro venían dos futbolistas que recortábamos y guardábamos. También coleccionábamos bolindres y chinas.
Intercambiábamos ejemplares con los amigos para completar las colecciones. Tú me das, yo de doy. Con el juego aumentábamos el número de ejemplares o dilapidábamos el capital acumulado.
Sujetábamos con los dedos contra la pared las estampitas y los cromos y los dejábamos caer al vuelo. Si se posaban encima de los otros los ganabas. También se establecían distancias, que para eso había libertad de acuerdo y unos instrumentos de medida que siempre llevamos consigo: las cuartas, los pies y los dedos. Así, para ver quien empezaba se echaba pie y quien montaba sobre el del contrincante era el primero.
La tángana era otra modalidad. Antiquísimo juego de precisión y puntería que recibe diversas denominaciones según las zonas: tarusa, chito, mojón…
También existen variantes en su desarrollo. Si no disponíamos de una piedra o un taco de madera con las superficies lisas, cogíamos cualquier pedrusco y lo que se ponía en juego en lugar de colocarlo arriba se ponía debajo. A veces el lance consistía solo en derribar la tángana con el tejo para ganar. En otras ocasiones conseguías las que quedaban más cerca del canto que lanzabas que de la tángana derribada.
Había quienes coleccionaban folletos de programas de mano de las películas. Eran del tamaño de la mitad de una cuartilla y reflejaban una escena significativa de las mismas. Algunas noches nos reuníamos para verlas, como hacíamos con las fotografías guardadas en la caja de dulce de membrillo. Entonces se ponía en marcha la máquina del cine en nuestras cabezas para revivir las escenas que ya habíamos visto.
Sirvieron para aficionarnos a la lectura y para potenciar nuestra imaginación. La combinación de imágenes, palabras, iconos y onomatopeyas crearon un mundo fantástico que alimentaba nuestra fantasía. El serrucho cortando un leño equivalía a dormir profundamente, la bombilla encima de la cabeza de los personajes a la ocurrencia genial o los pajaritos dando vueltas alrededor de ella al estado grogui después de un golpe.
Eran los tebeos, nombre que por metonimia se extendió a todos los demás productos del género.
Al pueblo acudía un hombre cada cierto tiempo que los traía. Llegaba en una bicicleta. Le servía de medio de transporte y a la vez de escaparate ambulante. Era conocido como ‘el tío de las gomas’.
En una caja de cartón sujeta con cuerdas al portamaletas transportaba las mercancías. Al llegar al sitio donde por costumbre se ubicaba montaba la exposición. En la parte externa de la caja, en la barra y en el manillar de la bicicleta, sujetas con pinzas de la ropa, colocaba el muestrario: cancioneros, tebeos, recortables, hilos de plástico para trenzar y hacer pulseras y colgantes, ‘revolanderas’… También mixtos, botecitos con canela, pirulís, chicles, novelas de Corín Tellado y de Marcial Lafuente Estefanía…
Las novelas y los tebeos se podían comprar, pero el sistema habitual era el préstamo o el intercambio mediante el pago de una pequeña cantidad. A su alrededor nos apiñábamos los niños para curiosear. Con aquellas lecturas me familiaricé con personajes como Roberto Alcázar y Pedrín, creados por Juan Bautista Puerto como guionista y propietario de la Editorial Valenciana y por Eduardo Vañó como dibujante. El capitán Trueno y el Jabato, de Víctor Mora. Rompetechos, Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, de Francisco Ibáñez. El Guerrero del Antifaz ideado por Manuel Gago. Manuel Vázquez Gallego fue el creador de las hermanas Gilda y Anacleto, agente secreto. José Escobar sacó de sus lápices a Carpanta, Zipi y Zape, Blasa, portera de su casa. Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, fue idea de Roberto Segura. El caco Bonifacio de Enrich… Otros creadores fueron Peñarroya y Bruguera. Este dio nombre a la editorial donde se publicaban la mayoría de estas historietas.
Los cancioneros nos mostraban las caras de los intérpretes de las canciones que la radio emitía en los programas de discos dedicados. ‘En Ahillones de Antonia para su hijo Luis que lo estará escuchando para que cumpla tantos años como estrellas tiene el cielo’. Los días de onomásticas más populares la retahíla de peticiones era tan larga que se olvidaba la canción que se había solicitado. Pero eso de escuchar el nombre por las ondas era un acontecimiento y hasta los vecinos al día siguiente comentaban el hecho: ‘¡Ayer escuché tu nombre por la radio!’
Cuando dejó de venir ‘el tío de las gomas’, un vecino ancló en el pueblo el nomadismo de aquellas ilusiones infantiles. Nació el kiosco, mágica isla de chucherías y lecturas. Acudíamos allí como las moscas a la miel los niños y jovenzuelos a observar las novedades.
Juan, que así era el nombre del quiosquero, tuvo siempre la habilidad de rodearse de niños que le hacían los mandados y le ayudaban a hacer cucuruchos de papel de estraza, labor que recompensaba con uno de ellos lleno de crujientes panchitos.
El desayuno más habitual, fuera del tiempo de las matanzas en que nos poníamos como el tío Quico de ‘tostás’ con manteca ‘colorá’, era el café con leche migado con rebanadas de pan tostado y arriba el velo blanco de nata que daba la leche en la cocción.
Esta se le compraba al vecino que tenía vacas. Había varios repartidos por todo el pueblo. La mayoría recogían el ganado en la misma casa donde vivían. Al anochecido, después del ordeño, acudían las mujeres con las lecheras. A veces nos mandaban a los niños. “Anda, dile que te eche tres medidas”.
Las malas lenguas cuentan, como también de los taberneros, que algunos tenían vocación muy cristiana y que celebraban bautizos aguando el producto para mayor gloria de la abundancia. No sé, pero las mujeres sin ser especialistas en química, ni en burbujas, grasas y proteínas sospechaban cuándo podía haber fraude por la tardanza en subir la leche al cocerla, momento al que había que estar atentos porque se derramaba y lo ponía todo perdido.
Yo bebí la leche recién ordeñada en la tibieza del establo, recién llegadas las vacas de los prados porque un tío abuelo las tenía y algunos días al regreso del paseo que daba con mi padre pasábamos a saludarlo. De la ubre, manos prietas con los pulgares recogidos para hacer presión, al vaso y de allí a la boca. Esa sí que era leche entera que dejaba su estela y espuma en el bigote.
El café de puchero, hecho en el anafe con carbón. Todavía no se conocía el descafeinado, pero antes sí utilizaban otros sucedáneos naturales que cumplían la misión de calentar un poco el cuerpo: la cebada tostada y las raíces de achicoria, planta esta hoy ensalzada por sus excelentes cualidades medicinales.
Foto cedida por la Churrería El Barriga, de Puerto Real.
Otras veces había ‘jeringos’. Los días de diario el churrero montaba lumbre y perol en una casa. Los de fiesta en una esquina de las cuatro que conformaban el lugar de paso. Imagen que permanece vívida en la memoria: la tarde del jueves santo entre oficio y procesión veía subir el humo y enredarse con el sol dorado que acariciaba ya las cornisas de los edificios y la cúspide de la torre. Para echar la masa en el aceite hirviendo apoyaba el extremo del émbolo de la jeringa entre la axila y el pecho. Formaba la espiral con destreza y maña. Con los palos de rodar apartaba para que no se pegase y la volteaba. A los pocos minutos la sacaba y sostenía en el aire para que escurriera. El churrero tenía de ayudante a su mujer que amasaba en un baño de cinc y troceaba con tijeras, pero había quienes se las llevaban enteras, unos envueltas en papel de estraza y otros prendidas con juncos. Los niños nos rifábamos las porras que procedían del comienzo y final de la rosca.
Durante los días de feria instalaban cantinas en la umbría de la iglesia. Hacían el montaje entrelazando sogas y palos y cubriendo techo y huecos con mantas. Al final de la noche acudían las familias y las pandillas a reponer fuerzas y a aliviar el fresco de la madrugada. Se sentaban y acompañaban el yantar con copas de aguardiente. Si ustedes gustan…
Todas las emisoras de radio conectaban a las dos y media de la tarde y a las diez de la noche con Radio Nacional de España para emitir el diario hablado. Estas noticias centralizadas comenzaban con la sintonía correspondiente, adaptación de una llamada militar del siglo XV, la Generala y terminaba con los vivas y los arribas de rigor, tras lo cual se escuchaba el himno carlista, el Oriamendi, y el himno nacional. Este sistema duró, descargado ya en los últimos años de exaltaciones patrióticas, hasta el 25 de octubre de 1977, fecha en que las emisoras privadas pudieron elaborar sus propios programas informativos.
Este diario hablado era conocido popularmente como elparte, imitación de los que en tiempos de guerra dan los bandos contendientes.
No era para menos porque, según contaban los mayores, uno de los antecedentes de estos diarios hablados estuvo en los monólogos del general Queipo de Llano emitidos desde Unión Radio Sevilla en los que arengaba a los suyos y metía el miedo en el cuerpo a los contrarios con inflamado y amenazante verbo y un estilo peor que tabernario.
Como todos no disponían de aparato de radio, a la hora de las noticias y charlas propagandísticas se reunían en las casas de quienes sí disponían de ellos.
En ciertos informes elaborados en la Causa General instruida por el Ministerio Fiscal sobre los tiempos de la ‘dominación roja’ he leído que a algunos investigados les valoraban favorablemente la acreditación de otros vecinos de que escuchaba el parte con ellos, dando así a entender la supuesta adhesión a la causa, aunque, según se especifica en el mismo, la conducta personal del investigado era manifiestamente mejorable. A esta documentación se puede acceder hoy libremente a través del Portal de Archivos Españoles (PARES).
El Nodo, “el mundo entero al alcance de todos los españoles”, los partes y la Formación del Espíritu Nacional, que se cursaba como asignatura obligatoria en los centros de enseñanza, fueron las fuentes de nuestra formación cívica. Varias generaciones crecimos en esa resaca de silencio que se produce después de un gran estruendo. Aprendimos las cuatro reglas y los primeros trazos entre consignas y efemérides que salpicaban las enciclopedias de héroes y villanos.
Como no conocíamos otra cosa hicimos normalidad de lo que nos enseñaban, pensando que la historia era tal como nos contaban hasta que pudimos vislumbrar que más allá de aquel sol entre montañas que siempre estaba amaneciendo existía otra forma de ver la vida.
Reconozco mi escasa y parcial formación en aquellos tiempos de la que empecé a salir cuando otros compañeros hablaban de hechos y personajes de los que yo nunca había oído hablar.
En las universidades empezaban a surgir las protestas y a correr los estudiantes delante de los grises. La ley de prensa e imprenta de Manuel Fraga, a pesar de sus limitaciones, secuestros y sanciones, suprimía la censura previa y empezó a colarse por sus rendijas un poco de aire fresco. El diario de la tarde Informaciones y las revistas Triunfo, Sábado Gráfico y Cuadernos para el Diálogo, entre otros, empezaron a mostrarnos facetas de la realidad que desconocíamos.
Aunque siempre habrá quien diga que mientras más se sabe más se sufre y que para lo que hemos aprendido… Así somos.
Las primeras veces que fui a la barbería me acompañaba mi padre. Mientras aguardaba la vez observaba el proceso del afeitado. El barbero pasaba la navaja por un asentador de dos tiras flotantes de cuero para suavizar su filo. Me llamaba la atención el sillón giratorio con base de porcelana blanca, palanca para subir y bajarlo y apoyacabeza adaptable, según estatura del cliente.
Enjabonaba los curtidos rostros de la gente del campo tras mojar la brocha en un pequeño cuenco y frotarla en el jabón de forma cilíndrica. Recias barbas parecidas a rastrojos tordos que la navaja barbera recorría con un ruido de siega. La diestra mano del fígaro, dedo meñique apoyado en la rabiza curvada, iba quitando la espuma y los pelos. Tras cada pasada la limpiaba en un gomero redondo. Con la mano libre de navaja extendía la piel. A mí me hacía gracia cuando les cogía a los clientes la nariz y se la movía para facilitar el afeitado del bigote. Era el único momento en que la expresión tocarle a uno las narices no conllevaba enfado.
Comencé a darme cuenta en la barbería de que las nieves del tiempo que empezaron platear mis sienes no eran solo una letra de tango. Caían mis primeras canas como copos sobre la capa, casi confundidos al principio con el pelo castaño y bruñido de la juventud. Fue aumentando su número con cada pelado, preludio de la gran nevada que se echaba encima con la edad.
Para los pequeños cortes que se producían en el afeitado utilizaban una piedrecita blanca y rectangular, la piedra de alumbre, que según supe más tarde estaba compuesta de sulfato de aluminio y potasio hidratado. Debía de desinfectarse sola porque pasaba de un pescuezo a otro sin más trámites intermedios.
De las actividades de los barberos- cirujanos medievales que realizaban trabajos médicos, como sangrías, permanecieron algunos usos y costumbres, como el poste cilíndrico con rayas rojas, blancas y azules y la bacía donde se remojaban las barbas y que señalan la ubicación de los establecimientos del ramo. Perduraron también las funciones de poner inyecciones y sacar muelas, como el de mi pueblo, que lo hacía además muy bien.
Cuando yo lo veía llegar a mi casa me ponía en guardia por ignorar las intenciones y herramientas que traía, si barberas o sanitarias. Como los médicos, contrataban igualas con los clientes con obligación de una pela mensual a domicilio. Hasta que no desenfundaba no sabía yo a cuál de las dos venía y andaba esquivo y desconfiado, atento por ver si encendía el alcohol en la caja metálica para hervir agujas y jeringas, en cuyo caso ponía tierra por medio, o sacaba los útiles de pelar.
En las vísperas de fiestas las barberías estaban especialmente concurridas. Los músculos del brazo que movían la máquina manual trabajaban a destajo, como si fueran las agujas de hacer punto las mujeres. Para terminar, el maestro humedecía la cabeza con el pulverizador, peinaba, pasaba el cepillo por el cuello y le echaba polvos de talco. Para los más sibaritas un poco de loción Floïd que estaba sobre la repisa. Sacudía la capa con restallidos y otro al puesto. El que marchaba se despedía: “Queden ustedes con Dios” y recogía la boina del perchero.
La fotografía es de un ultramarino recreado en la exposición “Les botigues Museu” de Pallars (Lérida)
Los viajantes venían a visitar periódicamente a los dueños de las tiendas. Uno de ellos llegaba con un “Seat 600” desde Sevilla con dos grandes maletas que podían calificarse por su tamaño como baúles. Eran de cuero, bien atadas con correajes y reforzadas con chapas en las cuatro esquinas para preservarlas del desgaste. Pasaba dos o tres días en el pueblo ofreciendo los artículos y novedades. Se colocaba en un extremo del mostrador. Allí, cuando no había clientes, trataban el comerciante y él sobre precios, modelos y condiciones de pago. Aquel clásico de letras a treinta, sesenta y noventa. Este viajante representaba a una casa de tejidos y traía pequeños muestrarios rectangulares con los distintos colores y calidades de las telas o piezas completas para su examen.
Las mujeres confeccionaban vestidos, siguiendo modelos que venían en unas revistas llamadas figurines. El que despachaba extendía sobre el mostrador las piezas de raso, de pana, de terciopelo, de franela o de seda para que la clientela comprobase con el roce de sus dedos la calidad y textura.
Este comercio era similar a otros que había en la mayoría de los pueblos. En ellos podías comprar desde un botón hasta un kilo de cal, pasando por azufre en polvo, puntas o un kilo de azúcar a granel. ¡Qué habilidad tenían envolviendo los productos en papel de estraza! Remetían los laterales y doblaban la solapa en forma de pico sobre sí misma.
En la puerta, según temporada, montaban un escaparate con capotes para la lluvia, botas katiuskas, sombreros de paja, cribas o bieldos para aventar en las eras.
Al final de cada jornada el dueño se sentaba en la trastienda a echar cuentas de existencias y ventas hasta el horario de cierre, que solía hacerse bien entrada la noche.
Disponían de una libreta donde anotaban lo fiado. “Apúntamelo en la cuenta”. Práctica habitual porque se andaba a la cuarta pregunta y porque los ingresos de las economías familiares llegaban con los jornales que el campo ofrecía estacionalmente.
Pocas de las llamadas grandes superficies actuales permiten esos usos, como cuando nos mandaban nuestras madres: “Anda, ve a casa de José que te dé un kilo de patatas, que a la tarde se las pago yo”.
El encargado de la tienda de ultramarinos despachaba a conveniencia del consumidor: cuarto y mitad de mortadela o piezas de bonito para llevarlas con un poco de aceite. “Échame un poquito más, que si no se resecan”. No tenían hora fija de cierre ni prisas. Si le pedían algún artículo nunca decían que no lo había: “Está pedido, si no llega mañana, antes de que acabe la semana sin falta está aquí”. A la tienda no se iba solo a comprar, también se intercambiaban las últimas noticias de lo que sucedía en el pueblo.
La facilidad para desplazarse, el cambio de costumbres, los impuestos, la imposibilidad de competir con las grandes superficies donde se compra en silencio y con carrito hacen muy difícil su pervivencia.
En los últimos años hemos ido comprobando su irremediable decadencia. Me entristece, por lo que significaron en el tejido social del pueblo, ver en el fondo del local al tendero cómo mira por encima de sus gafas cuando oye pasos que pasan de largo sin entrar.
Los silleros cogían en las orillas de los ríos la enea o espadaña de hoja ancha, que por tierras extremeñas y andaluzas denominamos también bayunco. Se recolectaba desde el mes de mayo hasta finales de verano. Una vez cortada la extendían para que se secara durante unos quince días y cogiera el color amarillo dorado idóneo para su utilización en la confección de cestos, canastos, esteras…y sobre todo asientos para sillas. Con el fin de que estuvieran flexibles y no se partieran al doblarlas unas horas antes las humedecían regándolas con agua. Los pastores forraban con ella botellas o garrafas, así las protegían de golpes y preservaban el contenido de temperaturas extremas. A los niños nos gustaban estas plantas por las mazorcas cilíndricas de color marrón que tienen en su parte superior, los llamados puros, con los que simulábamos fumar, como veíamos hacer a los mayores en las grandes ocasiones. En las casas se utilizaban como adornos metidos en jarrones hasta que con el tiempo se deshacían o los deshacíamos nosotros por la curiosidad de averiguar qué había dentro.
Teníamos un sillero en el pueblo que dio por su oficio nombre a toda su descendencia, pero también por temporadas llegaban profesionales ambulantes sin más bagaje que sus diestras manos, una navaja y una espátula. Recogían las sillas que les entregaban y se iban a las afueras del pueblo, a la sombra que daban las paredes de las escuelas si hacía calor o alguna resolana si era invierno. ¡Con qué habilidad torcían y trenzaban la enea! Los niños al salir de la escuela nos parábamos a observar su trabajo artesano. A mí sobre todo me llamaba la atención cómo entremetían las tiras para dar continuidad al asiento cuando un de ellas se iba quedando corta. Terminado este le pasaban la espátula para alinear e igualar los cordones y cortaban los picos de la parte de abajo.
Los sogueros más renombrados procedían de Galicia. Las labores del campo necesitaban sogas y “abacales”, término este que se usa para designar las cuerdas que se hacían del abacá y que se utilizaban, entre otras cosas, para atar la boca de los sacos o juntar gavillas en haces. Colocaban sus pertrechos en una calle larga. En un extremo fijaban al suelo el torno, que tenía unos ganchos a los que ataban uno de los cabos de las cuerdas. Enfrente ponían una especie de carro al que unían los cabos opuestos. Según se quisiese la soga más o menos gruesa variaba el número de cuerdas. Permanecían en el pueblo hasta que terminaban los encargos que les hacían los labradores.
Para que la soga saliese lo más tensa posible se necesitaba un contrapeso en el carro y es allí donde nos montábamos los muchachos para ser arrastrados hasta el torno.
Jesús Arnal
El soguero introducía el husillo entre las cuerdas y las pasaba por sus acanaladuras. Al mismo tiempo, una persona comenzaba a dar vueltas a la manivela del torno. El soguero deslizaba el husillo entre las cuerdas caminando hacia atrás. De ahí deriva la expresión: “Ir para atrás como el soguero”. Las materias primas que más se utilizaban para hacer las cuerdas eran la pita, el cáñamo y el esparto hasta que el plástico y las fibras sintéticas fueron sustituyéndolas.
Las cuatro esquinas eran el mentidero donde los hombres se reunían al anochecido, hora de dos luces, la natural que se iba desleída en el crepúsculo y la artificial que traía el palo largo del electricista. Charlaban y fumaban en corrillos de los acontecimientos del día y miraban el trasiego de mujeres que iban al rezo. En un rincón del cruce de calles estaba la sala de billar, crisálida donde maduramos la pavera de rubores inoportunos y escondíamos nuestra timidez.
Cada pueblo tiene un lugar donde los muchachos que ya no son niños ni han llegado a adultos se reúnen como golondrinas en los cables para ensayar el vuelo de la adolescencia.
Al salón solo entraban los varones, previa comprobación a ojo de buen cubero de la edad por parte de las hermanas del regente. El suelo era de baldosas que en su día fueron rojas. La única iluminación la proporcionaba una bombilla escasa de vatios sobre la mesa de juego con un reflector circular de porcelana picado de manchitas negras. Los jugadores teníamos que calcular la trayectoria de las bolas teniendo en cuenta sus abolladuras y los costurones que tenía el viejo paño. El mobiliario, escaso: unas pocas sillas de anea, un pequeño mostrador de madera al fondo y una mesita redonda con tapete desgastado y ralas enagüillas cerca de la ventana. Ahí los más madrugadores se arracimaban en invierno al calor del brasero junto al dueño, que nos entretenía con sus relatos llenos de fantasía e invenciones. Aumentaban estas según avanzaba la noche y las libaciones.
Su afición al morapio hacía veredas de la mesa al cuartillo que estaba detrás del mostrador donde escondía el vino que escanciaba en el gaznate con la asiduidad que le permitían la charla y el control de los juegos. Frase para nuestra pequeña historia era aquella que anunciaba el fin del tiempo de las partidas: “tirando Fulano tres veces sin ésta…”
Ernest Descals
El juego principal eran las carambolas. En algunas tiradas estorbaba la columna de hierro que sostenía la techumbre y había que acomodar postura para sortearla, haciendo lo que en el argot se conoce como un lujo: pasar el taco por detrás de la espalda a guisa de capote de lidia en el toreo por gaoneras.
Otro juego frecuente eran las cuarenta y una. De una liara cónica forrada en cuero sacaba el gerente tras impúdico meneo una bola para cada jugador. Estaban numeradas del uno al diecisiete y se guardaban en un casillero sin que los compañeros supiesen el número de los demás. Ganaba quien primero conseguía anotar cuarenta y un tantos exactos, descontando el número de la bola guardada. Para ello había que tirar figuritas de marfil repartidas por la mesa. Hacer la real consistía en derribar de una tacada todas las colocadas en el centro. El habilidoso jugador se llevaba el premio pecuniario que habíamos aportado cada uno de los jugadores, descontado el corretaje de la casa.
Allí pasamos muchas noches consumiendo tiempo, pipas y conversación. Después de ese ciclo de metamorfosis puberal nuevas inquietudes y sentimientos llamaban a nuestro cuerpo y a nuestro corazón. Nos disponíamos a iniciar el vuelo del cortejo por otros locales con noches de blanco satén y discos de vinilo en los guateques.