Silla, sillón y ‘doblao’

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Mujer cosiendo de Salvador Tuset.
De la sillería de mi casa recuerdo especialmente dos ejemplares: el sillón de niño y la silla costurera.  El primero nos sirvió para sentarnos a la mesa con los adultos y comer junto a ellos. Nos subían y nos bajaban  de él. Tenía su apoyabrazos  que impedía que nos cayéramos por los lados,  pero además nos sujetaban con una correa sobre el pecho porque nuestra natural e incansable  actividad nos inducía a no permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. Cuando fuimos adquiriendo destrezas practicábamos escaladas trepando por los tarugos para encaramarnos al asiento.  En ese trono nos tomábamos con el babero puesto  las papillas que nuestra madre probaba y soplaba antes  para que no nos quemásemos. Allí también hicimos nuestras primeras prácticas musicales de percusión  tocando la  batería  con los cubiertos sobre la mesa.
El sillón era un  bien mobiliario que pasaba de los mayores a los pequeños y  posteriormente a otras generaciones de nietos y sobrinos. Si los alcabaleros cogen pista puede que graven estas transmisiones con efecto retroactivo  como herencias o donaciones inter vivos. ¡Bonitos son ellos!
La silla costurera era baja y ancha. Casi siempre  se colocada cerca de alguna ventana o detrás de la puerta del corral o de la calle para buscar la luz natural. Asocio su recuerdo con las gafas de cerca  sujetas con un elástico a la cabeza de la abuela y con  el cesto de la costura donde había un huevo de madera para ayudar a los zurcidos. En ella  se sentaban por las tardes a coser, bordar, hacer ganchillo o encaje de bolillos las mujeres de la casa. Artesanía pura que conjugaba manos diestras con paciencia, alfileres e hilos. Sobre la luna del bastidor, bordados de seda y oro, flores, paisajes e iniciales de nombres.
Un espigón de sol dorado con muchas motitas de polvo en suspensión  penetraba por la  puerta entreabierta que daba al poniente.  Las que eran mayores guiaban   el hilo  hacia  el ojo  angosto de la aguja con dificultad, debido a la presbicia y al temblor de las manos.  Los niños- ¡qué ignorancia y falta de respeto!- nos reíamos de ellas cada vez que fallaban en un  intento. ‘Por mi puerta pasaréis, pijoteros’, nos decían. Ya estamos en ello, abuelas.
Los muebles y los lugares conservan el espíritu de quienes  los ocuparon.  Un hueco en la mesa o una silla vacía producen un desgarro sentimental que anuda la emoción a  la garganta cuando faltan  las personas.
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Allá en el doblado,  que la RAE dice que se usa en Andalucía como sinónimo de desván, (aquí también, señores académicos),  está recogida en un rincón la silla costurera.   Una  araña devana el hilo del tiempo  silenciosamente en su respaldo. El ‘doblao’ es el subconsciente de las casas, donde se van  almacenando objetos  que sirvieron y ya estorban. Cuando de tarde en tarde subimos a ellos nos encontramos en las cosas almacenadas  una parte de nuestra vida que creíamos  olvidada. Afloran  como en sueños las vivencias de otros tiempos. Aquel tirachinas hecho de cámara de bicicleta, la cruz con la bandera de España con que recibíamos a los misioneros, un patín descolorido…Trastos que se guardan pensando que algún día servirán y probablemente no vuelven a usarse, pero conservan los latidos  en el corazón de  la memoria.

Día del maestro

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Tras la cantinela de la tabla de multiplicar, de los renglones de caligrafía, de los dictados y los dibujos pervive  el recuerdo de un maestro.   El que nos enseñó a leer  en  la cartilla formando palabras con  las sílabas: ‘to-ma-te, mi ma-má me mi-ma’.  El que nos ayudó a descubrir los misterios de la naturaleza  y despertó  nuestra fantasía con sus relatos.  El que nos llevaba de paseo  las tardes de primavera o el que nos dirigió una palabra de ánimo en el momento de decaimiento, palabra de aliento o gesto cariñoso que valen más que mil reprimendas.
‘Ese es mi maestro’, decíamos, porque con él pasábamos la jornada lectiva completa. A veces más tiempo que con los padres.  Nos impartía todas las materias desde matemáticas hasta  trabajos manuales. Como en todas las profesiones los hay mejores y menos buenos, pero como en ninguna el objetivo  es tan trascendente: enseñar y formar  a los niños. ¡Qué gran poder  nos confió la sociedad!
El patrón, san José de Calasanz, fue nombrado como tal por Pío XII en 1948.  Sacerdote y pedagogo, fundador de las Escuelas Pías en el siglo XVII.
Hace pocos años decidieron unificar en el día del docente al patrón de los maestros y al de los profesores de enseñanzas medias, alternando celebración por turno en noviembre o enero.
Cuando yo empezaba a ejercer me contaban compañeros mayores  incidencias y anécdotas que les sucedieron cuando llegaban a los pueblos a los que habían sido destinados. Entonces  el ámbito geográfico  para ejercer la profesión era  nacional, no existían las autonomías por lo que, sobre todo en los primeros destinos, podía corresponder cualquier lugar pintoresco, de gente acogedora, pero alejado  de las vías de comunicación más transitadas.  La toma de posesión, la presentación de credenciales y respetos al alcalde, al cura y al director del centro.
Los medios de transporte eran escasos, las carreteras malas y los enlaces descoordinados. Hasta  en barca  había una ruta en nuestra  Siberia extremeña para ir de Bohonal a Helechosa de los Montes.  Se necesitaba autorización específica de la Delegación de Educación para poder residir en una localidad distinta a aquella en la que se ejercía.  El sueldo apenas cubría la subsistencia, para ir tirando y alguna frugal colación.  Residían  en pensiones donde la compañía  de los dueños hacía más llevadera la estancia.
Muchas escuelas eran unitarias, con todos los niveles en un aula y los padres esperando a que acabaran pronto el aprendizaje de las cuatro reglas  para incorporar a los hijos al mundo del  trabajo.
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La canción de Patxi Andión, ‘El maestro’, casi himno oficial del Magisterio, recoge muchos aspectos de aquellos  tiempos pretéritos. 
El pago más gratificante que recibe un maestro  es el saludo de antiguos alumnos después de mucho tiempo  manifestando que guardan un recuerdo agradable  de los años de escuela. Yo conservo algunos de  gestos espontáneos y entrañables de los niños, como dejarte en la  mesa un caramelo o unas castañas de regalo.
Los tiempos cambian. Ahora hay un jubileo de profesores especialistas en cada clase, lo que debe redundar en una mejor formación, pero en el recuerdo siguen sonando los versos de Antonio Machado, plenos de evocaciones: “Una tarde parda y fría/de invierno. Los colegiales/ estudian. Monotonía/ de la lluvia tras  los cristales”.

Teleclub

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La televisión,  como decía Gabriel Celaya de la poesía, era un arma cargada de futuro. Los más avispados lo intuyeron.
A partir del año 1964 el Ministerio de Información y Turismo, Fraga al frente, promovió la creación de teleclubes en todos los pueblos.  Con ellos se pretendía aprovechar los programas de televisión para organizar actividades educativas y culturales. 
En mi pueblo las funciones  del teleclub las realizaba la parroquia en el local de la  Acción Católica.   Disponía de salas para reuniones y un gran salón para la televisión.  Allí instalaron uno de los primeros receptores que  llegaron al pueblo.
 Eran los tiempos de los programas infantiles de  Herta Frankel con su perrita Marilín y las marionetas de Pepito, el Tonto y el Gruñón; de  series memorables:  Bonanza, el Virginiano, el Llanero solitario, Rintintín, Bronco…
Por la noche acudían los mayores a ver otros programas: Gran Parada, Noche de estrellas,  Amigos del lunes, posteriormente  del martes. Dos presentadores habituales: Franz Johan y Gustavo Re.  Y el gran Estudio 1.
 Cuando toreaba “El Cordobés” la expectación era máxima. Los agricultores,  a pesar de estar las labores de recolección en  pleno desarrollo,  se venían   de las eras a coger sitio para no perderse las faenas del  torero que popularizó el salto de la rana.
Al principio por ver la televisión se  cobraba un real.   Nosotros también acudíamos allí a charlar, a jugar a las damas, a comer pipas y a hacernos los encontradizos con las niñas, que, como en un jubileo, subían y bajaban las escaleras.
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Había un futbolín grande y pesado, con jugadores de hierro y suelo de pizarra. Cuando jugábamos el ruido era atronador. Los muelles que amortiguaban los golpes de las barras contra el armazón estaban deteriorados de tanto uso y la sensación que le  producía al que los escuchaba de lejos era  que se acercaba  una banda de tambores desacompasados.   El engrase de las barras  de donde pendían los  futbolistas lo hacíamos con saliva.   Más de una vez tenía que subir el cura, su hermana o su sobrina, que vivían abajo, para asegurarse que seguíamos jugando  y que no  había empezado  una  batalla entre bárbaros por las voces y el alboroto  que formábamos. Al campo de juego  se le abrió un boquete  en  la zona  de uno de los porteros. La rudimentaria  reparación consistió en incrustarle una chapa que quedaba a distinto nivel del resto. Cuando la bola caía dentro la sacábamos haciendo girar la barra con las dos manos y con toda la fuerza que podíamos.  Esta salía volando y llegaba algunas veces hasta la portería contraria, lo que era jaleado  y aplaudido. En ocasiones  la bola sobrepasaba los límites del rectángulo de juego y salía botando por el salón. Una de esas veces  fue a estrellarse contra el cristal de una vitrina y el cura suspendió el juego del  futbolín por una larga temporada.  Al principio le echábamos una moneda para jugar. Dos compañeros  se colocaban   detrás de las  porterías para   en acciones muy rápidas evitar   que  cayeran al interior. Hasta que descubrimos una fórmula mejor: al tirador que sacábamos para afuera cuando le echábamos la moneda le colocamos un trozo de madera para impedir el retroceso y las bolas volvían a la caja sin pararse dentro. ¡Vaya pillos!

Familias numerosas

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Se han vestido de domingo. Hoy viene el fotógrafo a hacerles  la foto para solicitar el carnet de familia numerosa.  Se colocan en el  corral con el fondo de una pared recién blanqueada. Y ahí queda inmortalizado el instante.  El padre en el centro con una chaqueta que le está algo ajustada. La esposa, discreta y luchadora, al lado, con ojeras que reflejan el duro bregar diario.  Viste  de negro por luto reciente. En derredor los hijos, arreglados  y peinados para tan señalada ocasión.  Al menor, que aún no anda,  lo sostiene la madre en el regazo. El que le sigue tiene un dedo en la boca, algo esquivo y vergonzoso. El mayor, taciturno, mira a la cámara con los ojos de par en par,  como esperando aparición. El tercero se apoya en la pierna del padre.    
Con la bendición y el aliento del clero y del régimen desde la banda  el terreno es propicio para cumplir con las directrices de ambas instituciones.”Solamente los pueblos de familias fecundas  pueden extender la raza por el mundo y crear y sostener imperios”,  (preámbulo de la ley 1 de agosto de 1941 de protección a las familias numerosas). Las noches sin tele y la querencia hacen el resto. Los medios anticonceptivos están vedados. Aceituna comida, hueso fuera,  que dicen por aquí  y que en latín, que suena más fino, denominan  ‘coitus interruptus’.  Los más  informados se atreven con  el procedimiento natural  ideado por  Kysaku Ogino en 1924, también conocido como del calendario o del ritmo.   No se garantiza el acierto al 100% por lo que  nacen  muchos hijos que tienen como inspirador  al japonés. No hay más medios para evitar embarazos, salvo la vía de la  abstinencia que conduce a la santidad a través del sacrificio. Pero como de eso está la vida bien surtida no se prodigan los renuncios a uno de los pocos placeres que ofrece.
El régimen vigente  incentiva el creced y multiplicaos.  Hay  ayudas y subsidios a las familias con descendencia.  Desde las quince pesetas mensuales por los dos hijos, hasta 145 por la familia que tiene doce. Se añaden 25 pesetas más por cada uno que sobrepase esa cantidad.
La ley de protección a las familias numerosas de 1941 establece dos grupos: de 5 a 7 hijos y de 8 en adelante.  En 1943 se baja a 4 el número y se establecen  tres categorías. Primera de 4 a 7 hijos, segunda hasta 11 y tercera o de honor de 12 o más hijos.
Se conceden  préstamos de nupcialidad. Dos mil pesetas con posibilidad de aumentar a cinco mil. Sin intereses.
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Muy divulgados y jaleados son  los premios de natalidad. Mil  pesetas para el matrimonio español que sea más prolífico.
El acto de la concesión y entrega de los  galardones  por Franco tiene  amplia  cobertura y publicidad en los medios de comunicación, incluido el NODO.
Los beneficios para las  familias numerosas  se aplican   al ámbito académico con  exención o reducción en las matrículas, al de transporte con  descuentos en los viajes y al de la vivienda,  teniendo  preferencia para la adjudicación.
Así  se llenaron  las calles y las escuelas de los pueblos y ciudades. La  espita de la emigración  las fue vaciando posteriormente. El imperio y la raza se expandían.

Ni tanto ni tan calvo.

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Existe una percepción idílica  de la vida en los pueblos pequeños. El campo está cerca y se puede disfrutar de él saliendo a los ejidos y a las huertas.  El sosiego, la paz con estampas bucólicas. Pero también hay inconvenientes a los que unos se acomodan mejor que otros cuando se vive siempre en ellos.
En un grupo social reducido suelen darse afectos sinceros y odios profundos.  Ya lo dice el refrán: “Pueblo pequeño, infierno grande”. Existen   castas, no en el sentido de privilegio ni separación, sino de pertenencia o linaje,  racimos de familias con intereses entrecruzados.  Herencias, rencillas, lindes,… La cercanía acrecienta y profundiza los afectos y los desafectos.
Una persona  en la ciudad puede ser un anónimo ciudadano  del que solo  saben sus vecinos de piso por   encuentros esporádicos en la escalera. Se  pueden tener   actividades, aficiones e incluso una vida paralela sin que nadie sospeche nada.  En un pueblo pequeño es muy difícil. La convivencia y las relaciones sociales entre los vecinos son fluidas y frecuentes.  Visitas, saludos, invitaciones…las más de las veces educadas y afectuosas, pero otras solo aparentemente.
En el pueblo no solo eres tú, sino que eres  hijo, nieto y bisnieto, hermano, padre o cuñado de. Miembro de una red de parentescos que te identifica y te encuadra. ¡No tendrá a quien parecerse!, dicen cuando algún rasgo de la personalidad o conducta recuerda a los ancestros. 
Para hacerse una idea del entronque  hay casos en que para nombrar a una persona se recurre a enlazarlos con sus padres y abuelos. Así, por ejemplo, Pedro, el de María la de tío Eusebio. 
Aparte están los motes que a veces designan a familias enteras por el lugar de trabajo u oficios desempeñados: los de Valjuncoso,  los  de Cartuja…O por algún acontecimiento:   los de la herencia o los del medio millón.
Tan intensas  son las relaciones  como extensas pueden ser  las distancias si se deterioran. Un abandono de noviazgo,  una invasión de lindes  o  desavenencias por un pozo compartido pueden ocasionar  enfados irreconciliables  de por vida, transmisibles de padres a hijos y extensibles a toda la parentela. 
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Un gran hermano de visillos y esquinas es el  guardián moral de las más acendradas tradiciones. Vigila, mantiene y encauza  por la senda de  normas no escritas  la  decencia y los comportamientos ajenos y  esto  es corsé que a muchos aprisiona.
Las nuevas generaciones han roto afortunadamente muchas ataduras y soltado muchos lastres. Hacen lo que les da la  gana  sin importarles  las opiniones ajenas,  pero tiempos hubo en  que   un  embarazo  sin haber pasado por la vicaría  mandaba   a las afectadas al lazareto de la marginación con estigma y cicatriz de por vida. Convivir con la pareja sin casarse, era marca de infamia y desprestigio con recriminaciones  desde el  púlpito y runrún de los corrillos. Yo, que soy un amante del pueblo, no dejo de reconocer sus virtudes y defectos. Y aprecio el buen y casi familiar trato entre vecinos, sobre todo los de por cima, por bajo y los de enfrente con los que se tenía una relación especial. Eran los primeros en acudir en ayuda en los casos de apuro. Por eso, ni tanto ni tan calvo. Ni todo es tan idílico ni se anda siempre a tiros.

Sequía

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 Las sequías son cíclicas y pertinaces  Lo sabemos por experiencia y por la cantinela que escuchamos tantas veces.
Otra vez  ancla en nuestros lares con las garras del “ciego sol, la sed y la fatiga”. El labrador que “del cielo aguarda y al cielo teme” mira cada tarde al horizonte buscando indicios de lluvia en la dirección del viento o en el aspecto del cielo, como el padre del hijo pródigo lo esperaba  a las afueras del pueblo, anhelando que la silueta en lontananza fuera la esperada.
Ya cesaron los arrullos de las tórtolas en las dehesas, migraron las golondrinas y vencejos a tierras africanas. Entrado el otoño llegarán del norte los zorzales, las grullas, las avefrías, los chorlitos,…pero el agua  que debería venir del Atlántico  no acaba de llegar.
El hombre aguarda y escudriña cualquier leve indicio. Sospecha   que algo pasa, que el clima, lenta e irremisiblemente está cambiando. Fallan los barruntos que antes anunciaban la lluvia. Los cercos de la luna y el sol, los nietos que les salen a los lados y que los técnicos llaman parhelios, la forma de elevarse o agacharse   el humo de las candelas, el comportamiento de las aves…
Los pozos han profundizado oquedades y ha habido que añadir soga para llegar al agua, si  queda, allá en las sombras, donde la mora acecha la cara de los niños que se asoman al brocal.  El sol del mediodía, caricia de luz irisada cuando  está en lo alto, no  alcanza a tocarla.
Los musgos secos y amarillentos ansían el  mullido verdor cuando resbala la lluvia por sus rocas.
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Los arroyos, gavias y regajos  son arterias sin flujo de un cuerpo que agoniza. Los espinos y los cardos secos se amontonan en las alambradas, como espectros de relámpagos interrumpidos que demandan auxilio con los brazos abiertos.
Añoro las noches en que pasan las nubes cuarteadas y veloces delante de la luna, como borregos que huyen de los lobos. Si las miras mucho rato parece que es la luna quien corre en dirección contraria. Una calle a oscuras, un tejado claro que al poco intercambian luz y sombra. Al día siguiente  flecos grises se arrastran por las crestas de la sierra, empujadas por los vientos ábregos cargados de humedad. Quiero que llueva en la quemada piel por el sol de los barbechos, bálsamo tibio de esperanzas verdes, en los alcores calvos y resecos; que lloren las alamedas y los chopos con el gozo risueño de sus hojas. Que el viento, perrillo suelto, suba a la cima de las nubes y juegue al escondite en las esquinas, que silbe en las cornisas y en los cables del tendido. Quiero ver llover sobre las tejas que guardan el verano dentro. Que la lluvia derroque la sucia corona  de las ciudades y la arroje sobre el suelo, revolución limpia con las armas de la lluvia, que aclare los cristales empañados de la atmósfera, que  abra la tierra, prieta de sequedad en sus entrañas enquistadas, que cesen las tolvaneras en los páramos desiertos. Agua fecunda, limpia, mansa y caladera sobre las ciudades y los campos. Y después que refleje el sol su brillo sobre las primeras hierbas del otoño y en el arroyo corra clara entre los guijarros y los limos.

El HOY de ayer

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A comienzos de los años setenta residía yo en Badajoz por razones de estudio. Compraba  el periódico HOY  cerca de Puerta de Palmas, cuando iba camino de la escuela de santa Engracia, cerca de la barriada de la Estación. El puesto de venta era muy simple: los diarios en una silla de tijeras con una piedra encima para que el viento no los deshojara. El vendedor permanecía de pie  al lado, apoyado en un bastón.  Nos dábamos los buenos días, le pagaba las cinco pesetas que  costaba el ejemplar  y me lo entregaba. Le echaba un primer vistazo con la sensación de estar abriendo una ventana al mundo. Una  de las secciones  que recuerdo  era ‘la mini noticia’ donde de forma escueta se daban pinceladas curiosas  sobre la actualidad pacense. Buscaba con avidez la información local por si venía algo de mi pueblo o de los cercanos.
Entonces el formato era mayor que ahora y sin colores.  Menos manejable para abrirlo de par en par.
Todavía estaba la redacción  en la plaza de Portugal. En la fachada del edificio se anunciaba con grandes caracteres: “HOY GRAN PERIÓDICO DE EXTREMADURA”. Cuando pasaba de noche por allí y veía las luces encendidas  a través de los balcones  pensaba en el trabajo de composición y talleres que de forma vertiginosa se estaría desarrollando en aquellos momentos, siempre pendientes de la última hora y me imaginaba esos momentos antes de dar a las rotativas una noticia de alcance en  que los periodistas conocen lo que los demás ignoramos y el gozo de saber que en unas horas será tema de conversación en todas las reuniones.
 El periódico HOY estaba entonces  integrado en la Editorial Católica, fundada  por el cardenal Ángel Herrera Oria. Desde 1952 hasta junio de  1970 su director fue Gregorio Herminio Pinilla Yubero y a partir de esa fecha le sucedió en el cargo Antonio González Conejero. En sus páginas escribieron entre otros Arsenio Muñoz de la Peña, al que saludé fugazmente en una casa de la calle de san Juan adonde yo acudía a dar clases particulares, Tomás Rabanal Brito, Antonio Soriano Díaz, Enrique Segura,  Antonio Zoido, Antonio García Orio-Zabala, al que veía algunas veces por el paseo de san Francisco,  Gervás Camacho,  el padre Félix García, Narciso Puig Mejías (que fue redactor jefe), Ángel Sarmiento,  Rodríguez Arias,  Delgado Valhondo, Pérez Marqués, Ana María Brun, Pedro Caba, Sánchez Morales, Adolfo  Maillo, Alía Pazos, Pérez Lozano, Vintila Horia, Carlos Callejo, López Martínez y  Juan Pedro Vera Camaño, de cuya obra ‘Periódicos y periodistas extremeños’ he cogido estos nombres.
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El periódico tuvo una iniciativa curiosa y novedosa entonces.  En varios puntos de la ciudad colocaron unos muebles, parecidos a mesillas,  con ejemplares para que los ciudadanos los cogieran y echasen    el dinero por una ranura.  Una encomiable iniciativa para demostrar la educación  cívica, pero parece ser que el afán de leer no iba parejo con el de abonar su importe. Así que no duró mucho el invento.  
Por entonces escribí mi primera carta al director. Contaba en ella breve e ingenuamente  la experiencia de ir a coger aceitunas de verdeo  para afrontar algunos gastos  durante el curso.
Ni imaginaba que cuarenta y tantos años después iba a tener esta columna semanal con mi nombre.

Septiembre

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Tiene septiembre una melancolía dorada  de esplendores decadentes que pierden intensidad con el lento declinar del sol hacia el equinocio. Alarga sombras y ensancha umbrías. Los  crepúsculos adelantan los anochecidos y  retrasan el primer albor de la mañana. Baja el  rocío con silenciosa delicadeza a posarse en los pastos de las vegas. Los tambores del trueno anuncian las primeras lluvias que alivian a la tierra reseca. Esta, al recibirla,  desprende   aromas agradables e inconfundibles, ‘petricor’, dicen que se llama.  Libres por fin viajan en el viento,  anunciando el fin del estío y el comienzo del otoño.
Avisa el refrán que septiembre seca las fuentes o se lleva los puentes. Él mismo es  puente que enlaza estaciones  donde confluyen sentimientos encontrados: la nostalgia  de dejar atrás un tiempo dilatado de luz, sin orillas, en los que las noches y los días  casi se dan la mano por la espalda de los montes y la ilusión, quizás zozobra,  de comenzar un ciclo nuevo, abierto a la esperanza de la tierra labrantía y  al estudio cultivador  de los colegios.
Por su espina dorsal, otero de vertientes, bullen  las fiestas del Cristo en muchos pueblos extremeños.
Al comienzo de la novela ‘Últimas tardes con Teresa’,  de Juan Marsé,  ‘Pijoaparte’ y Teresa “caminan lentamente una noche estrellada de septiembre bajo un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos cuando ya la fiesta ha terminado… Súbitamente, un viento húmedo dobla la esquina y va a su encuentro levantando nubes de confeti; es el primer viento del otoño, la bofetada lluviosa que anuncia el fin del verano…”
Cuando la leí por primera vez pensé que la descripción  podía haberse ubicado en cualquiera de nuestros pueblos, aunque la acción transcurre en un barrio de Barcelona, el Carmelo, adonde arribaron tantos emigrantes extremeños.
El último día de feria de un año lejano los farolillos se movían ligeramente. Desde el mar lejano la música de la orquesta  traía por caminos de coral  a Alfonsina con cinco sirenitas.  La melena rubia de la joven ondeaba levemente con la brisa. Los ojos del muchacho brillaban en la noche  con el fulgor adolescente de los enamorados.
Ella se fue al día siguiente después de un verano inolvidable, arrastrando su tristeza cuando los rizos negros de la madrugada se deshacían  en la luz difusa  del amanecer. Fue una despedida de pocas palabras y melancólicas miradas. Protegía ella sus brazos desnudos del relente recogiéndolos sobre su pecho. Sus labios ateridos recibieron el beso tibio de sol.
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Las mañanas  bordaban ya con hilachas de bruma las amanecidas.
El muchacho la siguió con sus ojos hasta que desapareció por la esquina de la calle. La melena clara y sedosa fue la última imagen que conserva de aquel amor primero,  tan corto, pero tan intenso, que nunca olvidó. Los días siguientes paseó como un sonámbulo por las calles del pueblo el vacío que su marcha le dejó.
La descripción de Marsé continúa  casi al final de la novela encerrando dentro una bella historia de amor: “…Luego de pronto cayeron cuatro gotas, un ligero chaparrón que duró unos minutos…(…) …amontonaron las sillas plegables junto al tablado, enfundaron el piano y apagaron las luces”.  Sensaciones que, como el olor a tierra mojada, se expanden sin distinguir idiomas ni fronteras.

Despedida

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Regresó envuelta en los sudarios  del aire, con  la muerte asomada a las barandas violetas de sus ojos. Se sentó en la silla de enea, la costurera,  donde su abuela  hacía encajes de bolillos y bordaba en  bastidor. Por la puerta del corral entraba hasta la mitad de la casa  el sol con su haz amarillo lleno de motitas flotantes,  como aquellas tardes de la infancia.
En un rincón de la sala, la mecedora de mimbre, vacía del cuerpo del  abuelo, donde descansaba un rato después de comer. El reloj de pared, con la llave de la cuerda dentro de la caja, estaba parado desde hacía muchos años. Tardó  en apartar la vista del pequeño espejo rectangular, delante del que  su abuela se peinaba cada tarde antes de sentarse detrás de la puerta a esperar que su marido regresara del campo.
El día que la familia se fue  a Madrid, porque la vida en el pueblo se puso difícil, tenía diez años. Al echar  su padre la llave después de mirar por última vez al interior, sintió una profunda congoja.
Aquel descuaje brutal de su tierra, de  sus amigos, de su casa, para ir a una ciudad donde tuvo  que  empezar a ganarse afectos de gente desconocida fue duro. Su padre, que tenía las manos hechas a las espigas y al arado, las tuvo que adaptar al ladrillo y al cemento. Le costó mucho.
Después de cuarenta y cinco  años volvía para despedirse del lugar  donde  había sido feliz, sabiendo  que el final estaba cerca.
Pasó su mano, delicada y amarillenta, con cariñosa parsimonia por la ajada puerta del corral que da al poniente. La madera estaba reseca y descolorida. Guardaba entre sus grietas  las tardes ardientes de sus  veranos y el azote de los temporales, con  aquel crujir quejoso en las noches de viento cuando  escuchaba desde  la cama caer  el agua de los  canalones sobre  el suelo.
Aledaña estaba la antigua cocina con hornos de carbón en la que su madre pasó tantas horas. Allí comían todos en invierno al calor del fuego de la chimenea, en cuyo   “topetón” había  limones, granadas  y membrillos en otoño.
Era su sentimental y silenciosa despedida.  La hierba que brotaba entre los rollos  se había expandido de forma desordenada, cubriendo todo el patio. Se acercó al arriate.
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Las ramas secas del jazmín se extendían  por las paredes desconchadas. El tinajón que recogía el agua de  canales estaba cubierto de jaramagos. En las tardes de verano hablaba dentro de él para oír el eco de sus palabras. ¡Cuántos recuerdos se agolpaban!
Salió a la calle por la puerta falsa, la que da al ejido. En la piedra adosada a la pared se sentaba su abuelo muchas tardes a contemplar  las puestas de sol. Según el celaje, los cambios en la dirección del viento y las marañas- hay “revolá”, decía él- pronosticaba las variaciones  del tiempo.
El sol ya se ocultaba tras las sierras lejanas.  
Al mes de esta visita, entrado el otoño, cuando el rocío se posa en las hojas y huele a tierra mojada,  se fue por la senda sin retorno. Al jazmín le salió por aquellos días una flor blanca y delicada entre sus ramas secas.

Raíces profundas

img_5574-2Hasta donde la memoria personal alcanza, con lagunas que el tiempo ocasiona  y que la subjetividad distorsiona, recordamos y contamos lo que conocimos.

Para saber  aquello de lo que no fuimos testigos hay otros medios.

Hubo una serie de televisión, El túnel del tiempo, en la que los personajes, atravesando un gran corredor cilíndrico, llegaban a épocas remotas. Los protagonistas sentían la angustia de saber lo que iba a suceder, la erupción de un volcán, por ejemplo, sin poder modificar los hechos.

Como no tenemos  esa posibilidad, para adentrarnos en el pasado  recurrimos a fuentes, como  los libros,  documentos, museos, restos arqueológicos…Son las raíces   que profundizan  en el suelo de la historia  buscando el agua de la información.

En muchos de nuestros pueblos se organizan por estas fechas actos y celebraciones  que recuerdan y recrean otros tiempos. Mercados medievales en las plazas, rutas para saborear tapas de  antiguas recetas,  festivales flamencos  ‘a la sombra del mudéjar’, como sucede en Llerena o conciertos de música  en la alcazaba de Reina aprovechando la luna llena de agosto a donde se sube en una procesión de antorchas desde el pueblo, o la conmemoración  del 430 aniversario de la venta de Valverde de Llerena a la marquesa de Villanueva del Río… No hay localidad que se precie que no quiera conocer  el origen y fundamento de su existencia.

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En este mes de agosto ha tenido lugar en Ahillones la segunda jornada de recreación histórica de la villa. Ya el año anterior se conmemoró la concesión del título de villa por Felipe IV, previo paso por caja, claro. Se tiene la intención de que estas jornadas se celebren cada dos años. En esta ocasión nos hemos trasladado hasta el  año 1791, en el que el oidor don Juan José Alfranca y Castellote, comisionado real para la zona de Llerena a través de la Audiencia de Extremadura,  realizó una visita por los distintos pueblos de una zona que “demanda la más sabia atención” con el fin de redactar  un informe pormenorizado que sirviera para  organizarla administrativamente y desterrar supersticiones y costumbres que lastraban el   desarrollo de esta comarca “sin población, sin agricultura, sin caminos, industrias ni comercios”, donde la picaresca y el contrabando campaban a sus anchas con la complicidad de las instituciones que debían velar por erradicarlos.  El pueblo ha respondido a la llamada de los organizadores con gran entusiasmo  y ha llenado la plaza de puestos que evocaban aquel tiempo: sastrerías, zapaterías, carpinterías, panaderías, colmados, barberías, queserías, mesones…prestando para la ocasión todo tipo de mobiliario y enseres.

Se ha confeccionado el vestuario adecuado con el que  se han caracterizado todos los intervinientes. 

El párroco,  Eugenio Campanario, ha escrito para la conmemoración  la obra teatral La visita del oidor que fue representada por actores aficionados de la localidad durante dos noches consecutivas en la plaza de san Juan con gran afluencia de público. Para celebraciones  sucesivas está previsto rememorar la sequía de 1702 y la peste de 1859, entre otros episodios históricos.

Alguien lanzó la  idea de instaurar el “día del madero”, en recuerdo de aquellos antepasados de la villa que se propusieron y consiguieron entrar el madero atravesado en la iglesia, lo que habla de la tozudez y constancia de sus antiguos moradores.