El paseillo.
Cuentan que a la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla iban muchos devotos curristas sólo por ver al Faraón de Camas hacer el paseíllo.
Conociendo sus “espantás” y la tardía apertura del tarro de las esencias artísticas, el paseíllo de Curro por el albero de la Maestranza con la música de la banda que dirigía el maestro Tejera, era un rito que colmaba por su estético ceremonial las expectativas de muchos incondicionales.
El empaque del torero, montera calada y capote de paseo terciado, lento y ceremonioso el andar, era todo un espectáculo. Si después en el primer tercio la magia de Cuchares le tocaba con la varita de la inspiración y el capote bordaba en el aire un par de verónicas, los fervorosos admiradores tenían satisfecha la temporada. Lo que viniera después, era regalo y añadidura del tan admirado como denostado matador que a nadie dejaba indiferente.
No comprendo la aprensión de algunos por el paseíllo y posterior declaración como imputada que la infanta de España deberá hacer en los juzgados de Palma, cuando deberían estar orgullosos porque esta ocasión ofrece al Estado, en concreto a la Justicia, la oportunidad de demostrar al mundo que España es un país realmente democrático sin discriminaciones ni privilegios ante la ley.
Sólo los trasnochados añorantes de una monarquía cortesana ya periclitada, los que temen que el paseíllo y la comparecencia dañen la imagen de España y cuarteen los cimientos del Estado, junto a aduladores de aluvión, se oponen a todo este proceso con presiones a veces vergonzantes sobre el juez, señor Castro Aragón.
Aunque no sea de albero el suelo, el paseíllo le da la oportunidad a tan elevada representante de la institución monárquica de mostrar temple, elegancia y clase, que en este caso se le supone, como el valor en la mili, por alteza y por realeza.
Con más razón si, como defienden sus abogados, el Fiscal General del Estado, el fiscal señor Horrach, y otros destacados representantes del poder, no existen razones para su imputación.
La lidia, valga el símil, está dentro del edificio y es ahí donde el buen oficio y hacer de los monosabios lidiarán con pericia y astucia para que la sangre azul no llegue al río. ¡Qué más hubiese querido Curro Romero que entre el toro y él hubiesen colocado tantos burladeros donde guarecerse en las malas tardes!
Títulos colgados
(Carta en el periódico HOY 15-01-2014)
Apagaron las luces de Navidad en las calles y cesó, por ahora, el horario de “ancha es Castilla” en los locales de ocio juvenil.
Enero entra en la parte del invierno que rumia en silencio los atracones digestivos. Poco a poco el sol se eleva en el cielo. Clarea más temprano y oscurece más tarde. Ya se sabe: “Por san Antón, cuélgate el perdigón”. Comienza el celo y los almendros de la sierra poblarán pronto de sarpullidos rosas sus laderas.
Los hijos regresaron a sus lugares de estudio y las sobremesas han perdido charla y compañía. Ahora se oyen más roces de cubiertos que palabras.
Nuestros padres nos animaban cuando íbamos a estudiar diciéndonos que nos esforzáramos para ser el día de mañana hombres y mujeres de provecho.
Me cuesta trabajo decírselo a mis hijos. El día, que ya no es tan mañana, está aquí, y me entristecería ver en las paredes de su habitación los títulos colgados y ellos echando currículos para trabajar en un supermercado, trabajo digno, como todos, pero para el que no se prepararon.
Desde la barrera
Opinamos y aconsejamos de lo que no sabemos ni conocemos suficientemente. Cuando una enfermedad afecta a algún conocido o amigo diagnosticamos y recomendamos medicinas y remedios que en una ocasión nos fueron bien a nosotros o hemos oído que les fue bien a otros. Alrededor del trabajador que ejecuta una obra en la calle suele haber espectadores ociosos dando su versión sobre la mejor manera de realizar lo que está haciendo el operario, con explicaciones técnicas incluidas, pero sin doblar el espinazo. Personas célibes por vocación o voto aconsejan sobre temas matrimoniales o sobre temas tan delicados como el aborto cuando ni han probado miel ni hiel del primero ni sufrido dolores de parto en el segundo.
Desde la barrera es fácil imaginar verónicas de ensueño, pero el toro en el ruedo da cornadas a quien pisa el albero y no a los que aplauden o recriminan la faena.
Matanzas caseras
(Carta en el periódico HOY 29/12/2013)
Las milicias ciudadanas han tomado los caminos que rodean el pueblo para alejar de sus contornos la grasa, el azúcar y la sal. No hay hora de la mañana o de la tarde en las que no se vean entusiastas centinelas de la salud con paso firme y dispuesto disuadiendo a estos declarados enemigos para que se abstengan de penetrar en el recinto amurallado de la buena alimentación.
Tal es su disposición que costumbres enraizadas como las matanzas caseras han descendido de forma considerable. No ha mucho, en estas mañanas de invierno, con los tejados blancos de la helada y el humo saliendo por las chimeneas se oían los agudos gruñidos del sacrificio matancero. Ya son contadas las familias que conservan esta tradición que surtía despensas y alacenas.
El plato de aceitunas con pan ha sido proscrito y culpado de los más abominables problemas de hipertensión y colesterol.
¿Dónde fueron aquellos desayunos a la vera de la candela con manteca “colorá”?
¿Y aquellas cenas con las presas conservadas en manteca?
¿Y los cocidos con tocino fresco y costillas adobadas?
¡Ay, análisis, no dudo del bien que hacéis y de que nos alargáis la vida, pero qué precio más alto estamos pagando!
Cartas de puño y letra.
(Carta en el periódico HOY 19/12/2013)
Ya no se escriben esas cartas. Los teclados y el lenguaje abreviado, casi criptográfico para los no iniciados, han sustituido al papel y la pluma. El telegrama, que por economía nos obligaba a la utilización de enclíticos y a condensar pensamientos, es el digno ancestro de los nuevos mensajes digitales.
La caligrafía se ha convertido en una reliquia, pero a mí me gustan las cartas escritas de puño y letra, esas que contienen sentimientos trabados en las colinas y los valles de los trazos. Da igual que los renglones salgan torcidos, lo que importa es que sean propios de quienes los escriben. Al recibir una carta imaginas las circunstancias en que te la han escrito. Yo, en mi época de internado, pensaba en mis padres, sentados al brasero en las horas tranquilas del anochecido, tras el trajinar diario. Una carta escrita a mano es un retrato del ánimo en un momento concreto que termina siempre con un abrazo firmado.
Cuando pasa el tiempo y vuelves a releer sus líneas en las cuartillas ya pajizas, notas aún los latidos del corazón azul de la tinta. La misma sensación que te produce una flor seca guardada entre las hojas de un libro.
En nombre de Dios.
Nos pintaron a Dios en un trono de fondo azul celeste, en el último peldaño de una gran escalinata, rodeado de serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, ángeles y arcángeles en continua adoración de cánticos celestiales.
La felicidad crecía en intensidad según el puesto que se ocupara en la escalera, estando el cenit de la misma en las proximidades de su luz cegadora.
Eso fue cuando era niño, así que mi imaginación fue construyendo un paraíso en el que sería feliz eternamente. Lo que yo quería en aquellos tiempos era un lugar donde pudiese estar todo el día jugando sin que nos llamasen a comer cuando mejor lo pasábamos.
Me fui haciendo mayor, (¡Dios, para qué nos diste el pensamiento!) y se fue resquebrajando esa idílica idea a medida que se desarrollaba mi capacidad de razonar.
La guinda la puso el Sumo Pontífice cuando afirmó que el cielo no es un lugar, sino un estado. ¡Adiós a juegos eternos en las praderas del cielo! Antes habían eliminado de un plumazo el limbo, lugar a dónde iban los nacidos que morían sin bautizar. Mantienen el infierno: “Allí será el llanto y crujir de dientes” ¿Arden los espíritus y los cuerpos resucitados?
Según el Concilio de Letrán “todos ellos resucitarán con el propio cuerpo que ahora llevan. “ Las cualidades de los cuerpos resucitados, según doctrina, son: impasibilidad (ajenos al mal físico), sutilidad ( capacidad de atravesar cuerpos), agilidad (por oposición a gravedad), y claridad (rebosantes de hermosura y esplendor). Hasta nos habían calculado la edad que tendremos una vez resucitados, una edad madura, pero joven (36, 37 años)
Pero, ¿por qué no resucitan los cuerpos recién muertos? ¿Por qué ese tiempo de ceniza y silencio hasta el toque de las trompetas del último día?
Perdonen mi atrevimiento los dogmáticos tridentinos- lefebvrerianos, pero lo que me enseñaron se ha desmoronado estrepitosamente. Necesito una explicación, quizás más, una disculpa, por las noches de miedo que pasé pensando en el fuego eterno. Con todos mis respetos para los que siguen creyendo de buena fe, el mismo que yo exijo para mí, a día de hoy todo es decepción y dudas. Seguro que Dios, si existe, debe ser más inteligente y bondadoso que los que mataron y condenaron en su nombre. Si nos hubiesen hablado de amor y no de miedo, otra gloria nos esperaría.
Recuerdos de Guadalcanal (III).
En el Colegio de Educación Infantil y Primaria Nª Sª de Guaditoca había tres cursos de sexto. Estaban ubicados en un edificio independiente, al fondo del patio y con la vista preciosa de la Sierra del Agua enfrente. Tenía dos plantas y era más antiguo que el edificio que estaba a la derecha, según se entraba al centro, donde daban clases los de segunda etapa y los más pequeños de Primaria. Era de ladrillo visto, con porche. El patio de recreo tenía dos alturas, la de arriba, como una meseta, era el lugar donde los niños jugaban al fútbol. A mano izquierda, según se accedía al centro, estaba el edificio de los parvulitos o preescolar, donde impartía docencia Gracita Rivero. En ese edificio estaba la secretaría y la dirección. Creo que sólo la visité una vez, pues los claustros los celebrábamos en la clase de Paco y más informalmente nos poníamos de acuerdo en ciertos temas pasando una nota a la firma o charlando en el recreo.
D. José Fernández, Pepe para los amigos, era y es una persona inteligente. Además de noble, paciente y excelente compañero. Nunca se enfadaba con nadie. Con fina ironía y mandando sin que se notara, fue mi director durante estos tres años que pasé en Guadalcanal. Le guardo sincero aprecio. Una tarde llegó D. Antonio Martín, el cura, al colegio para concertar el día y la hora de un acto al que iban a asistir los alumnos. Nuestro director y el párroco se pusieron de acuerdo sobre el tema. Estaba Pepe en clase de manualidades con su encuadernadora de cuerdas que tan diestramente utilizaba. Entré yo al cambio clases y en esas llegó un niño y le dijo que de parte de don Fulanito, otro compañero, la hora del acto parroquial sería otra, por no recuerdo ahora qué motivo. Se quedó mirándolo y le dijo: “¡Vaya, hombre, anda, ve y dile a don Antonio que ha llegado una contraorden y que se cambia la hora!”
Un año, al final de curso, celebramos un partido de fútbol femenino entre las alumnas de Cazalla y las de nuestro colegio. A las niñas las entrenaba Alfonso, pero el día del partido no pudo estar y delegó en mí. Aquí pongo la alineación que me dio para el referido partido.
El entrenador del equipo de Cazallla era José Ramón Triviño, compañero mío de estudios y de jugador en el C.D. Santa Marta. Como no había sido designado nadie de árbitro acordaron que fuese yo. Lo hice de la manera más neutral posible, pero no pude evitar que cuando nuestro equipo marcó el 1-0 con el que ganamos diera un salto de alegría celebrándolo. No quedó desapercibido el detalle para el banquillo rival y el colega Triviño después del partido me dijo que sólo me había faltado celebrarlo con las jugadoras, jejeje.
Algunos datos sobre Ahillones.
ALGUNOS DATOS SOBRE AHILLONES.
Este artículo salió publicado en la revista de feria de Ahillones el año 1998.














