La buena educación.

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(Carta en el periódico HOY 12-02- 02014)

Cuando yo estudiaba en el Seminario cursábamos una asignatura que se llamaba Normas de Urbanidad.  La clase nos la impartía a los Gramáticos (los más pequeños) don José Mendiano, sacerdote natural de Entrín Bajo, del que guardo un grato recuerdo y que actualmente está de misionero en Argentina.

En esas clases de urbanidad se enseñaba a no molestar  a los demás cuando duermen o trabajan,  cómo sentarse y  comportarse en la mesa a la hora de las comidas, el modo de tratar a las personas mayores,  ceder el paso y la preferencia en las aceras,  dar las gracias siempre, pedir disculpas… No creo que la enseñanza de  este tipo de normas, aceptadas universalmente,  sea rechazada por los grupos  políticos que  quieren imponer doctrina e ideología en los currículos cuando gobiernan. Todavía en nuestros pueblos extremeños hay  personas que practican estos buenos usos y costumbres que son cada vez menos frecuentes. Son  pequeños detalles de buenos modales y de buena educación, que cuestan muy poco trabajo, ennoblecen a quienes los practican y hacen la vida más agradable a los demás.

El paseillo.

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Cuentan que a la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla iban muchos devotos curristas sólo por ver al Faraón de Camas  hacer el paseíllo.

Conociendo sus “espantás” y la tardía apertura del tarro de las esencias artísticas, el paseíllo de Curro por el albero de la Maestranza con la  música de la banda que dirigía  el maestro Tejera, era un rito que colmaba por su estético ceremonial las expectativas de muchos incondicionales.

El empaque del torero, montera calada y  capote de paseo  terciado, lento y ceremonioso el andar,  era todo un espectáculo. Si después  en el primer tercio  la magia de  Cuchares le tocaba con la varita de la inspiración y el capote bordaba en el aire un par de verónicas, los fervorosos admiradores  tenían satisfecha la temporada.  Lo que viniera después, era regalo y añadidura del tan admirado como  denostado matador que a nadie dejaba indiferente.

No comprendo la aprensión de algunos por el  paseíllo y posterior declaración como imputada que la infanta de España deberá hacer  en los juzgados de Palma, cuando deberían estar orgullosos porque esta ocasión ofrece al Estado, en concreto a la Justicia, la oportunidad de demostrar al mundo que España es un país realmente democrático  sin discriminaciones ni privilegios ante la ley.

Sólo los trasnochados añorantes de una monarquía cortesana ya periclitada,  los que temen que el paseíllo y la comparecencia dañen la imagen de España y cuarteen los cimientos del Estado, junto a aduladores de aluvión, se oponen  a todo este proceso  con presiones  a veces  vergonzantes sobre el juez, señor Castro Aragón.

Aunque no sea de albero el suelo, el paseíllo  le da la oportunidad a tan elevada representante de la institución monárquica de mostrar temple, elegancia y  clase, que en este caso se le supone, como el valor en la mili, por alteza y por realeza.

Con más razón si, como defienden sus abogados, el Fiscal General del Estado, el fiscal señor Horrach, y otros destacados representantes del poder, no existen razones para su imputación. 

La lidia, valga el símil,  está dentro del edificio y es ahí donde el buen oficio  y hacer de los monosabios  lidiarán con pericia y astucia para que la sangre azul no llegue al río. ¡Qué más hubiese querido Curro Romero que entre el toro y él hubiesen colocado tantos burladeros donde guarecerse en  las malas tardes!

Títulos colgados

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(Carta en el periódico HOY 15-01-2014)

Apagaron las luces de Navidad en las calles  y cesó, por ahora, el horario  de “ancha es Castilla” en los locales de ocio juvenil.

Enero entra en la parte del invierno que rumia en silencio los atracones digestivos. Poco a poco el  sol se eleva en el cielo.  Clarea más temprano y oscurece más tarde.  Ya se sabe: “Por san Antón, cuélgate el perdigón”. Comienza el celo y los almendros de la sierra poblarán pronto de sarpullidos rosas  sus laderas.

Los hijos regresaron  a sus lugares de estudio y las sobremesas han perdido charla y compañía. Ahora se oyen más  roces de cubiertos que palabras.  

Nuestros padres nos animaban cuando íbamos a estudiar  diciéndonos que nos esforzáramos para ser el día de mañana  hombres y mujeres de provecho.

Me cuesta trabajo decírselo a mis hijos. El  día, que  ya no es tan mañana, está aquí, y me entristecería  ver en las paredes de su habitación los títulos colgados y ellos echando currículos para trabajar en un supermercado, trabajo digno, como todos, pero para el que no se prepararon. 

 

Desde la barrera

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Opinamos y aconsejamos de lo que no sabemos ni conocemos suficientemente. Cuando una enfermedad afecta a algún conocido o amigo diagnosticamos y  recomendamos medicinas y remedios que en una ocasión nos fueron bien a nosotros o hemos oído que les fue  bien a otros.  Alrededor del trabajador que ejecuta una obra en la calle suele haber espectadores ociosos dando su versión sobre la mejor manera de realizar  lo que está haciendo el operario, con explicaciones técnicas incluidas, pero sin doblar el espinazo. Personas célibes por vocación o voto aconsejan sobre temas matrimoniales  o sobre temas tan delicados como el aborto cuando ni han probado miel ni hiel del primero ni sufrido dolores de parto en el segundo.

Desde la barrera es fácil imaginar verónicas de ensueño, pero el toro en el ruedo da cornadas a quien pisa el albero y no a los que aplauden o recriminan la faena.

 

Matanzas caseras

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(Carta en el periódico HOY 29/12/2013)

Las milicias ciudadanas han tomado los caminos que rodean el pueblo para alejar de sus contornos  la grasa, el azúcar y la sal. No hay hora de la mañana o de la tarde en las  que no se vean   entusiastas centinelas de la salud con paso firme y dispuesto disuadiendo a estos declarados enemigos para que se abstengan de penetrar en el recinto amurallado de la buena alimentación.

Tal es su disposición que costumbres enraizadas como las matanzas caseras han descendido de forma considerable. No ha mucho,  en estas mañanas de invierno, con los tejados blancos de la helada y el humo saliendo por las chimeneas se oían los agudos gruñidos del sacrificio matancero.  Ya son contadas  las familias  que conservan esta tradición que surtía despensas y alacenas.

El plato de aceitunas con pan ha sido proscrito y culpado  de los más abominables problemas de hipertensión y colesterol.

¿Dónde fueron aquellos desayunos a la vera de la candela con manteca “colorá”?

¿Y aquellas cenas con las presas conservadas en manteca?

¿Y los cocidos con tocino fresco y costillas adobadas?

 ¡Ay, análisis, no dudo del bien que hacéis y de que nos alargáis  la vida, pero qué precio más alto estamos pagando!

Cartas de puño y letra.

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 (Carta en el periódico HOY 19/12/2013)

Ya no se escriben esas cartas. Los teclados y el lenguaje abreviado, casi criptográfico para los no iniciados,  han sustituido al papel y la pluma. El telegrama, que  por economía nos obligaba a la utilización de  enclíticos y a condensar pensamientos, es el digno ancestro de los nuevos mensajes digitales.

La caligrafía se ha convertido en una reliquia, pero a mí  me gustan las cartas escritas de puño y letra, esas que contienen sentimientos  trabados en las colinas y los valles de los trazos. Da igual que los renglones salgan torcidos, lo  que importa es que sean propios de quienes los escriben. Al recibir una carta imaginas las circunstancias en que  te la han escrito. Yo, en mi época de internado,  pensaba en mis padres, sentados al brasero  en las horas tranquilas del anochecido, tras el trajinar diario. Una carta escrita a mano  es un retrato del ánimo en un momento concreto que termina siempre con un abrazo firmado.

Cuando pasa el tiempo y vuelves a releer sus líneas  en las cuartillas ya pajizas,  notas aún los  latidos del corazón azul de la tinta. La misma sensación que te produce  una flor seca  guardada entre las hojas de un libro.  

En nombre de Dios.

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Nos pintaron  a Dios en un trono de fondo azul celeste, en el último peldaño de una gran escalinata, rodeado de serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados,  ángeles y arcángeles  en continua adoración de cánticos celestiales.

La felicidad crecía en intensidad según el puesto que se ocupara  en la escalera, estando el cenit de la misma en las proximidades de su luz cegadora.

Eso fue cuando era niño, así que mi imaginación fue construyendo un paraíso en el que sería feliz eternamente. Lo que yo quería en aquellos tiempos era un lugar donde pudiese estar todo el día jugando sin que nos llamasen a comer cuando mejor lo pasábamos.

Me fui haciendo mayor, (¡Dios, para qué nos diste el pensamiento!) y se fue resquebrajando  esa  idílica idea a medida que se desarrollaba mi capacidad de razonar.

La guinda la puso el Sumo Pontífice cuando afirmó que el cielo no es un lugar, sino un estado. ¡Adiós a juegos eternos en las praderas del cielo! Antes habían eliminado de un plumazo el limbo, lugar a dónde iban los nacidos que morían sin bautizar. Mantienen el infierno: “Allí  será el llanto y crujir de dientes” ¿Arden los espíritus y los cuerpos resucitados?

Según el Concilio de Letrán “todos ellos resucitarán con el propio cuerpo que ahora llevan. “ Las cualidades de los cuerpos resucitados, según doctrina,  son: impasibilidad (ajenos al mal físico), sutilidad ( capacidad  de atravesar cuerpos), agilidad (por oposición a gravedad), y claridad (rebosantes de hermosura y esplendor). Hasta nos habían calculado la edad que tendremos una vez resucitados, una edad madura, pero joven (36, 37 años)

Pero, ¿por qué no resucitan los cuerpos  recién muertos? ¿Por qué ese tiempo de ceniza y silencio hasta el toque de las trompetas  del último día?

Perdonen mi atrevimiento los dogmáticos tridentinos- lefebvrerianos, pero lo que me enseñaron se ha desmoronado estrepitosamente. Necesito una explicación, quizás más, una disculpa, por las noches de miedo que  pasé pensando en el fuego eterno. Con todos mis respetos para los que siguen creyendo  de buena fe,  el mismo que yo exijo para mí,   a día de hoy todo es decepción y dudas. Seguro que  Dios, si existe, debe ser más inteligente y bondadoso que los que mataron y condenaron  en su nombre. Si nos hubiesen hablado de amor y no de miedo, otra gloria nos esperaría.

 

Recuerdos de Guadalcanal (III).

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En el Colegio de Educación Infantil y Primaria Nª Sª de Guaditoca había tres cursos de sexto. Estaban ubicados en  un edificio independiente, al fondo del patio y con la vista preciosa de la Sierra del Agua enfrente. Tenía dos plantas y era más antiguo que el edificio que  estaba a la derecha, según se entraba al centro, donde daban clases los de segunda etapa y los más pequeños de Primaria. Era  de ladrillo visto, con porche. El patio de recreo tenía dos alturas, la de arriba, como una meseta, era el lugar donde los niños jugaban al fútbol. A mano izquierda, según se accedía al centro, estaba el edificio de los parvulitos o preescolar, donde impartía docencia Gracita Rivero. En ese edificio estaba la secretaría y la dirección. Creo que sólo la visité una vez, pues los claustros los celebrábamos en la clase de Paco y más informalmente nos poníamos de acuerdo en ciertos temas pasando una nota a la firma o charlando en el recreo.

D. José Fernández, Pepe para los amigos, era y es una persona inteligente. Además de noble, paciente  y excelente compañero. Nunca se enfadaba con nadie. Con fina ironía y mandando sin que se notara, fue mi director durante estos tres años que pasé en Guadalcanal. Le guardo sincero aprecio. Una tarde llegó D. Antonio Martín, el cura,  al colegio para concertar el día y la  hora de un acto al que iban a asistir los alumnos. Nuestro director y  el párroco se pusieron de acuerdo sobre el tema. Estaba Pepe en clase  de manualidades con su encuadernadora de cuerdas que tan  diestramente utilizaba. Entré yo al cambio clases  y en esas llegó un niño y le dijo que de parte de don Fulanito, otro compañero, la hora del acto parroquial sería otra, por no recuerdo ahora qué motivo. Se quedó mirándolo y le dijo: “¡Vaya, hombre, anda, ve y  dile a don Antonio que ha llegado una contraorden y que se cambia la hora!”

Un año, al final de curso, celebramos un partido de fútbol femenino entre las alumnas de Cazalla y las de nuestro colegio. A las niñas las entrenaba Alfonso, pero el día del partido no pudo estar y delegó en  mí.  Aquí pongo la alineación que me dio para el referido partido.

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El entrenador del equipo de Cazallla era José Ramón Triviño, compañero mío de estudios y de jugador en el C.D. Santa Marta. Como no había sido designado nadie de árbitro acordaron que fuese yo. Lo hice de la manera más neutral posible, pero no pude evitar que cuando nuestro equipo marcó el 1-0 con el que ganamos diera un salto de alegría celebrándolo. No quedó desapercibido el detalle para el banquillo rival y el colega Triviño después del partido me dijo que sólo me había faltado celebrarlo con las jugadoras, jejeje.

Algunos datos sobre Ahillones.

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ALGUNOS DATOS SOBRE  AHILLONES.

Este artículo salió publicado en la revista de feria de Ahillones el año 1998.

Los reyes cristianos agradecieron a la Orden de Santiago su colaboración en la Reconquista donándoles diversos territorios que habían estado ocupados por los musulmanes. Entre estos territorios estaba Reyna  que fue donada en 1246.

Pasando el tiempo y para asegurar las tierras conquistadas se fueron repoblando nuevos y viejos asentamientos en distintos lugares, por lo que la encomienda de Reyna va perdiendo influencia con el desarrollo de estos nuevos núcleos de población.

Son difíciles de precisar los orígenes  y la antigüedad de estos poblados. Es de  suponer que la mayor parte de la población musulmana de los alrededores  de Reina huiría para Andalucía  y estos lugares conquistados quedarían casi despoblados. Existe la hipótesis de que Berlanga y Ahillones fueron repoblados por castellanos de Soria y Segovia.

A finales del siglo XV la influencia administrativa de la encomienda de Reyna quedó reducida a la Comunidad de las Siete Villas: Reyna, Casas de Reyna Trasierra, Fuente del Arco, Berlanga, Valverde de Reyna y los Ayllones de Reyna. En el resto de las tierras que componían su primitiva demarcación  se habían ido desarrollando e independizando las villas y encomiendas de Guadalcanal, Azuaga, Bienvenida, y Llerena.

En el año 1494 el número de vecinos de los pueblos de la Comunidad eran: 240 de Reyna, 120 de las Casas,  6 de los Disantos de Reyna, 60 de Trasierra, 200 de Berlanga, 120 de Valverde, 101 de Ayllones. 1010 de Llerena (Téngase en cuenta que son vecinos y que para averiguar el número real de habitantes habrá que multiplicar ese número por 3,5 o 4).

Todavía, según trabajo publicado por don Luis Garraín en la revista de feria de Llerena del año 1992 “Amojonamiento de términos entre las villas de Llerena y Azuaga”, el 26 de febrero de 1495 se cita a “Juan Fernández Vizuete e Martín Paez, vezino de los Disantos” como uno de los que amojonaron estos términos. Poco después los Disantos se despueblan.

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En este mismo trabajo puede leerse: “Asy mismo, consiguiéndose desde en adelante a dar el mojón que está en la senda de los Caruoneros, por donde vinieron mojonando los susodichos e Gonçalo Mateos e Alonso Martín Morales e Diego Mandril, vezinos de Berlanga y Ferrand Muñoz de los Aylones e Pero Garçia del Serro, vezino de Berlanga e Martín Ferrandez e Alonso, su hijo, vecinos de los Aylones e dende allí consiguiéndose linde de labrado del olmedo, bera de vn Binal perdido, hizieron y limitaron otro mojón , el cual quedó fecho e mojonado. E de allí consiguiendo, hizieron otro mojón, vera linde de Martín Fernández de los Aylones, el cual quedó amojonado y limitado por los dichos conçejos”.

Dentro de la Comunidad de las Siete Villas funcionaba un núcleo unido por unos vínculos específicos más estrechos, y que se conoce con el nombre de Mancomunidad de las Tres Villas hermanas y que estaba formada por Reina, Casas de Reina y Trasierra.

La Comunidad de las Siete Villas se va constituyendo como consecuencia de la pérdida de influencia de Reina y su encomienda y el desarrollo de otros lugares de la primitiva donación de esta villa.

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Característica importante de esta época es la constitución de comunidades de pastos. Los siete pueblos de la Comunidad de las siete Villas tenían la suya en los denominados Campos de Reina, que corresponden actualmente con una buena parte de los situados al pie del castillo de Reina, según la carretera que va desde  Llerena a Fuente del Arco y desde ella hasta las proximidades de Berlanga, Ahillones y Valverde. Estas comunidades de pastos se establecieron en las tierras y dehesas comunes. Aparte, cada pueblo tenía por concesión de distintos privilegios sus tierras comunales específicas de uso solamente por los vecinos de cada uno de ellos (ejidos, dehesas boyales y baldíos). Así le fue concedidoal lugar de los Ayllones de Reyna cierta Dehessa, apeándola y acotándola de las tierras de Reyna”, privilegio que fue otorgado en 1440.

A mediados del siglo XVI  de los pueblos de la Comunidad sólo Reina era villa. Los otros seis eran lugares que pertenecían a la villa de cabecera. Sin embargo, los seis lugares tenían reconocidos sus respectivos concejos con sus alcaldes ordinarios y regidores, aunque la jurisdicción que ejercían se limitaba al recinto del pueblo y sus ejidos. Posteriormente esta jurisdicción se ejerció de forma mancomunada en todo el término, constituyéndose lo que se conocía como Junta de Comunidad, que para estos casos se reunía alternativamente en sus distintos pueblos.

Los pueblos que compusieron la Comunidad de las Siete Villas mantenían además otros vínculos comunes en los siguientes aspectos:

Dependían de la encomienda de Reyna, cuyo comendador recibía la mayor parte de los derechos señoriales.

Compartían los pastos comunes de los Campos de Reina, como ya se ha referido.

Sostenían numerosos pleitos con Llerena por cuestión de límites y aprovechamientos.

Poco a poco la Comunidad empieza a disociarse, bien por enajenaciones de algunos de sus pueblos a particulares, como Valverde y Berlanga a la marquesa de Villanueva del Río o por exenciones. Ahillones formó parte de la Comunidad hasta 1628 en que se produjo su exención, según Real Provisión de Felipe IV. Al eximirse Ahillones de Reina queda bajo la influencia de Llerena, pero manteniendo sus derechos en los pastos comunes de la Comunidad.

Los motivos por los que se eximían unos pueblos de otros eran el crecimiento de la población del lugar o aldea que se independizaba y los abusos y vejaciones a los que quedaban sometidos sus vecinos. Aparte, claro está d los 10.000 reales y los 15.000 maravedíes que ingresaban las arcas de la Real Hacienda por la concesión del privilegio de villazgo.

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En la carta de concesión de villazgo de Ahillones se lee: “…eximo, saco e libro a vos el dicho lugar de los Ayllones  de la jurisdicción de la dicha villa de Reyna, quedando, como ha de quedar anexa y privativamente a la dicha ciudad de Llerena…sin que la villa de Reyna se pueda intrometer más en ella; Y os hago villa de por sí y sobre sí, con Jurisdicción Alta, y baja, mero mixto Ymperio, en ella y su término, que tenéis señalado y amojonado…”

Así quedó Ahillones hasta que en 1728 se desliga definitivamente de Llerena por senrtencia del Consejo de Órdenes:…”Que dicha villa y sus moradores (Ahillones) han experimentado graves extorsiones de los gobernadores y alcaldes mayores de dicha ciudad (…)intrometiendose y despachando Audiencias (…) de cualquier causa que se ofrecen aunque sean de muy poca entidad (…) llevando en todo crecidísimo salario (…) sin atender a que dicha villa es más de trescientos vecinos, y los alcaldes della muy asistente  para la recta administración de justicia (…) por lo cual os mandamos (…) en su cumplimiento que ahora y en ningún tiempo de aquí en adelante podáis pasar, ni paséis ninguno de vos, a la referida villa de los Ayllones a dependencias civiles, ni despachéis Audiencias, Receptores ni Veredas”

Hasta aquí el trabajo que ha sido extraído ( excepción hecha, como se ha indicado de los amojonamiento de los términos) de los interesante y documentados libros de D. Manuel Maldonado Fernández: “La mancomunidad de las tres villas hermanas: Reina, Casas de Reina y Trasierra” y del libro “Llerena en el siglo XVIII: modelo  administrativo y económico de una ciudad santiaguista”.

Como epílogo llama la atención el hecho de que todos los pueblos que componían la Comunidad de las Siete Villas tienen en sus archivos documentos de esta época. ¿Dónde está el archivo histórico de Ahillones?. Existe una versión que dice que se mandó a Montemolín. Si es así, ¿quién lo autorizó? ¿Por qué a Montemolín?  Si es así, ¿por qué no se ha devuelto? No será quizás que ha habido diversas sustracciones por parte de algunos particulares, alimentada por la desidia, el desinterés o la ignorancia de los demás? 

Recuerdos de Guadalcanal (II)

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 En esta casa de los dos balcones fue donde viví un año. Teníamos de vecino al bar del Chato, donde tomaba de vez en cuando  algunas copas con unos peces que tenía por temporada.

Algunas  tardes, Baldomero (maestro que procedía de Azuaga) y yo, con un grupo de alumnos, íbamos después de las clases de la tarde a jugar al fútbol al coso. El 23 de febrero de 1981  después del partido me acerqué a comprar al supermercado Escote  y le oí preguntar al  hijo de la dueña, que estaba en la caja,  qué era un golpe de estado. Yo, ajeno a todo lo que estaba pasando, pensé que sería una pregunta de algún tema del colegio. Al llegar a la casa donde vivía, que estaba enfrente del supermercado y que ese año habíamos   arrendado Antonio, un maestro de Córdoba, y yo,  puse la  radio y sintonicé RNE que emitía  música militar. Entonces empecé a comprender el motivo de la pregunta del niño.

Bajé al bar Nuevo, de Antonio Osorio. Los clientes que había  estaban  en silencio viendo la televisión. Pregunté que qué pasaba. Noté cierto miedo y nadie se explayó en explicaciones,  así que me uní al grupo de espectadores y pude ir hilvanando los hechos. Intenté llamar a casa por teléfono, pero no había línea. 

Cambiando de tema, hay tres sucesos que me sobrecogieron durante mi estancia en Guadalcanal. Cuatro muertes. Una se produjo en la puerta misma de la escuela. Un hombre que arreglaba la rueda de un camión murió por el impacto que le produjo al salir ésta despedida.

Otra tragedia fue la muerte   de una pareja de novios, encontrados sin vida  una mañana en el campo dentro de un coche.  No sé cómo sucedieron los hechos o si los supe alguna vez los he olvidado. Todo lo que se comentaba entonces eran suposiciones y conjeturas. Ignoro también si hubo voluntariedad  en los dos fallecidos o si la chica fue asesinada y el novio posteriormente se suicidó…

Una muerte más cercana y más dolorosa para mí fue la de Josefa María Núñez,  alumna de sexto curso, de trato afable y algo tímida.  Muchas personas  de Guadalcanal se  desplazaron  a Sevilla para donar sangre durante su enfermedad,  pero nada se pudo hacer. Recuerdo hasta el lugar en que se sentaba en  clase. Lo sentí como la pérdida de un familiar.

Hoy ha tocado tristeza. En otra ocasión será alegría.