El amor y los candados.
“El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero”, escribió don Ramón Gómez de la Serna, y se suele testimoniar cuando está en su cenit con regalos y símbolos para que quede constancia de que Cupido unió dos corazones con las flechas de su aljaba
Pero el dios del amor lleva los ojos vendados y no asegura la permanencia de la pasión. Llega el desamor y los regalos se tornan huéspedes incómodos. Unos se tiran: “el clavel que me diste lo tiré al pozo…” y de otros se pide su devolución: “devuélveme el rosario de mi madre…”
“Es tan corto el amor y tan largo el olvido”, (Pablo Neruda). Tan corto que algunos símbolos de la promesa ya caduca perduran más, como el tatuaje en la piel o el candado atado a un puente. Son como las estrellas que vemos brillar mucho tiempo después de haberse apagado.
Quevedo pudo ser el precursor involuntario de esta moda: “el amor es una libertad encarcelada”, porque el amor, liviano de peso y tornadizo, sólo encarcela mientras dura. Lo que queda preso es el símbolo del juramento o la promesa.
En lugar tan romántico como el Pont des Arts sobre el Sena parisiense el peso de los candados puede tumbar sus barandillas. Si no hubiesen tirado las llaves al fondo del río, seguro que el peso sería más soportable.
Amelia.
Para Antonio Solano y Sonsoles Vidal, hallador y sabueso tenaz, respectivamente.
Cuando un escritor publica una obra, ésta escapa a su control. Ya no es suya. Los sentimientos y las sensaciones que la inspiraron se recrean en cada lector de forma distinta.
Se expanden como aroma de jazmín de otoño después de haber llovido y se multiplican como la imagen en un espejo roto. Pasan los ejemplares de mano en mano con desigual suerte. Algunos quedan olvidados en los anaqueles de las librerías, depositarios de polvos que sólo de tarde en tarde serán removidos. Dispar fortuna de la vida impresa, olvido y quizás algún maltrato para otros.
Sólo los ejemplares afortunados llegan a disfrutar los mimos y cuidados de un espíritu sensible.
Una mujer, de probables costumbres solitarias y tal vez de aparente vida monótona, fue dejando en el regocijo de su intimidad a impulsos de corazón y lápiz, fechas, citas, confidencias y comentarios en los ribetes blancos de las páginas de un libro, estableciendo una especial relación con el autor a través de su obra.
Muchos años después en un puesto de venta callejera un amante de libros antiguos adquiere el ejemplar y descubre sorprendido la relación idealizada de la lectora con su autor a través de estas cálidas anotaciones.
Fue, quizás, platónica querencia, pasión rumiada en los renglones sugerentes de la lectura en el rincón favorito de su casa. Sentimientos guardados como flor seca entre sus páginas que en su día reconfortaron su corazón solitario y volvieron a la luz para gozo y deleite de quienes lo compartimos. La evocación volvía a recrearse en cada uno de nosotros.
Camino de Berlanga.
Para compartir sentimientos o al menos roces y caricias en la edad, que unos llaman pubertad y otros pavera y que, pletóricas las glándulas, tienden a desbordarse de los límites del cuerpo, muchos varones salían del término geográfico del pueblo y se desplazaban a Berlanga.
Escaseaban por aquellos años sesenta coches y motos, y en tal caso, para dar de sí al exiguo peculio, el medio más económico era “el coche de san Fernando, un rato a pie y otro andando”.
Unos pocos afortunados disponían de bicicleta dotada con faro de dinamo o de linterna, sujeta en el manillar con cuerdas o alambres. Para que los pantalones no se trabaran o mancharan con la grasa de la cadena se los sujetaban con unas presillas de chapa a la altura de los tobillos.
Por la entonces poco transitada carretera, en poco más de media hora, se plantaban en su destino, que era el baile que “La Chocha” organizaba los domingos en el salón del bar Nuevo. Sentado detrás de la puerta en su carrito de inválido controlaba con muleta y boca de arriero furioso a los posibles intrusos que querían colarse sin pagar.
Julio el de Alvarito era el alma de aquel grupo musical que a ritmo de saxofón animaba las querencias de los bailantes. Inolvidables boleros con la carita pegada.
Fui algunas veces, siempre en grupo, y el recuerdo más vivo que tengo es el del camino. El cerro Gordo casi mediaba la ruta era la referencia, una vez traspasado, de cercanía. Al poco divisábamos las primeras luces de las afueras, en un sentido o en otro. La luna, el ladrido de los perros… A la ida con la ilusión y a la vuelta contando cada uno cómo había transcurrido la noche. Algunas mentirijillas exageraban la posible aventura, que de eso, cazadores y conquistadores de féminas mercedes, siempre han usado con discrecional fantasía.
Reencuentro en el Seminario.
Cuarenta y siete años son muchos para reconocer a una persona a la que no ves desde entonces. La tienes delante y sabes que debe ser uno de los niños que un veintitrés de enero de 1963 se incorporó contigo al seminario y compartió juegos, estudios, alegrías y tristezas, pero el tiempo ha modificado la imagen que guardabas de cada uno de ellos y es difícil dar un salto tan extenso sin caer en el error. Una tarjeta identificadora en el pecho (qué buena idea) o la pronunciación de un nombre abren las compuertas y originan la avalancha de recuerdos retenidos, pero cuesta unir los extremos del ayer y del presente en un instante.
Este diecisiete de mayo volvimos a pisar el mismo suelo y subir las mismas escaleras, como hicimos tantas veces cuando bullían por todos sus rincones cientos de seminaristas. Hoy es un conjunto de edificios excelentemente reparados y conservados, pero casi vacíos de internos aspirantes al sacerdocio.
Recorrimos las clases, el comedor, la capilla, el patio de recreo, los dormitorios, donde a solas y en silencio nos acordábamos de nuestras casas en aquellas noches bajo el manto de las estrellas que don Joaquín Obando nos evocaba a través de la megafonía con fondo de música gregoriana…
Por estas estancias fuimos dejando la piel de niño y adentrándonos en el proceloso mundo de la adolescencia entre confiados y devotos rezos, partidos de fútbol las mañanas de los domingos, olor a la flor de los naranjos, nieblas del Guadiana y humedad resbalando por el mármol de aquellos largos pasillos.
El silencio y la palabra se turnaban al compás de los toques de campana del patio de las columnas, recogida hoy la cadena y sin la mano de Francisco Franco que la blandiera. Aquí quedaron flotando las vivencias de una etapa de nuestras vidas que hoy nos ha salido al encuentro para unirse a la memoria de estos maduros y curtidos cuerpos, mediada ya sobradamente la travesía de la vida.
José María Cerqueira, personificación de la bonhomía, ha sido el artífice y alma de este reencuentro que nos ha ayudado a conectar las dos orillas del mar donde cada uno, en particular periplo, siguió un rumbo y un destino y en el que unos pocos naufragaron tempranamente.
Nos trajo José María en sus palabras petición ajena de perdón y mucho sentimiento. Si hubo algo que perdonar, perdonado queda porque el perdón humaniza a quien lo pide y ennoblece a quien lo otorga.
Cuando mediada la tarde nos despedíamos me pareció escuchar por los altavoces que dan al patio de tierra “En un mercado persa” entre el bullicio infantil de los juegos.
Gracias a todos los que habéis colaborado para que este día nos trajera tantos recuerdos y removiera tantas sensaciones, aunque ya los de antes no seamos los mismos, como escribió Pablo Neruda.
El gusto es mío.
En nuestras relaciones sociales recurrimos a frases hechas, tópicos, latiguillos, que son fichas ya elaboradas por el uso común repetitivo ante situaciones similares.
Así en los pésames por fallecimientos utilizamos: “en paz descanse” o “le acompaño en su sentimiento” o “siento mucho su disgusto”, etc.
Nos evitan tener que caldearnos la cabeza pensando en ser originales cuando ya disponemos de estos comodines que nos ayudan a solventar sin más dificultades la situación.
“Salud para criarlo” les decimos a los recientes padres, que nos responden complacidos “y tú que lo veas”.
En mi pueblo cuando alguien se acercaba a la puerta de la calle con la intención de ser recibido, gritaba desde el umbral: “¿Quién vive?” La respuesta que venía de dentro no podía ser más lógica: “Quien no muere”.
Podríamos añadir muchas más en variadas situaciones que todos conocemos: “Sí quiere comer” y su réplica, “que aproveche” cuando en visita un tanto inoportuna nos hemos presentado en mitad del yantar ajeno.
Con las redes sociales –facebook- se ha generalizado el “ME GUSTA”, que se ha convertido en la muletilla digital por antonomasia. Además de significar que te guste la foto, el texto o la ocurrencia del autor, se utiliza para que quede constancia de que has visto lo expuesto, como un cumplido parecido al rutinario “buenos días”. A cada respuesta recibida en un hilo que has iniciado le añadimos como rúbrica el consabido “me gusta”, no porque necesariamente te guste la respuesta que han hecho a tu colaboración, sino como agradecimiento cortés por haber participado en él.
El verbo gustar y su familia de palabras es de las más prolíficas y utilizadas en diversos contextos sociales fuera de la red.
“El gusto es mío”, “esa chica me gusta”, “qué poco gusto tiene para vestir”, “qué gustoso está ese niño”, “¿te gusta, Pepi?”, “pues yo creo que tú le gustas a ella”, en la ya lejana pavera adolescente …. De los cincos sentidos, el del gusto ha traspasado sus predios y se ha extendido a los demás. No sólo nos gusta la comida (sabor) sino una película (vista), una canción (oído), tocar una piel ajena (tacto), el olor de una flor (olfato) y por supuesto el compendio místico y síntesis de todos: “¡Qué gusto!”
Yo le propondría a los dueños de facebook que para diluir y descargar de tanta responsabilidad a esa monocorde cantinela, añadiera otro opción para responder al “me gusta”: “EL GUSTO ES MÍO”.
Al grano.










