Monaguillos y campanas.

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Había monaguillos fijos, que recibían de estipendio doce duros al mes, y eventuales. Estos ejercían por Semana Santa y lo hacían por devoción o curiosidad  y  sin asignación.

 Lo que más nos gustaba era subir a la torre a repicar las campanas. Allá arriba me sentía  privilegiado por conocer  una noticia que hasta que yo empezase a tocar las campanas  los demás ignoraban. Era yo quien decidía cuándo los vecinos  iban a enterarse de que alguien había muerto y el comienzo de las glosas del difunto en  los mentideros del pueblo. O el aviso de que el sol en lo alto anunciaba el mediodía.

 Había tañidos tristes, los dobles,  que comunicaban muertes con la señal  y despedían a los vecinos para siempre. Tres para el hombre y dos para las mujeres separados por un toque  de campana chica.  Lentos y espaciados, sollozos de bronce que   recorrían el aire hasta dejarse caer de tristeza en los rincones. Las mismas campanas  recibían jubilosas  a los recién nacidos el día de sus bautizos,  festejaban bodas o acompañaban festivas  el recorrido  del patrón por las calles del pueblo. Alertaban de incendios con toques monocordes y repetidos de una sola campana. Sonaban al alba para misa temprana,  a las doce para el ángelus, al mediodía para vísperas, a  las tres en verano y a las dos en invierno y al atardecer.  Un lenguaje que no necesitaba intérpretes.  Pensaba yo entonces que las campanas  tenían sentimientos, que se alegraban o entristecían con nosotros.  

Una tarde de noviembre subimos al campanario para el toque de oración.  Invitamos al acto  por nuestra cuenta y riesgo a varios amigos para que conocieran de cerca el lugar y comprobaran nuestra destreza combinando los sones. Levemente echados hacia atrás los cuerpos, bien asentados los pies en el suelo, con la soga de la campana gorda en la mano izquierda y la de la pequeña en  la derecha agitábamos  los badajos con acompasado ritmo.  

Nuestros invitados  aguardaban vez  para hacerlo.  Tanto fue el entusiasmo que pusimos en enseñarles y ellos en aprender  que no nos dimos cuenta del tiempo que habíamos dedicado  a tan sonoras lecciones. Debió de ser bastante porque el párroco nos esperaba  al final de las escaleras del coro repartiendo pescozones  a diestro y siniestro. Había acudido alarmado por el recital inusual, convirtiendo aquella tarde gris de sirimiri  en una fiesta de repiques largos y variados.

Monaguillos

Los monaguillos conocíamos cada rincón de la iglesia y de la torre y los entresijos de la sacristía, entre ellos el lugar donde se guardaba el vino de consagrar.

Una noche observé que el cura de un pueblo cercano que venía a ayudar al párroco en las  grandes solemnidades abrió la puerta y  tomó  antes de dirigirse al púlpito  un vaso de vino. Los fieles a la salida se hacían cruces ensalzando la  hermosura y vehemencia del sermón. Pensé yo con mi razonamiento infantil si un ángel oculto en la botella, como el mago de Aladino,  lo habría inspirado en su magnífica oratoria.

La saca.

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Léon Lhermitte, Los segadores.

Aguador, que no les falte el agua  a la cuadrilla de afanosos segadores. Acércate a la fuente cuántas veces hagan falta,  que el  inclemente sol castiga sus cuerpos entre las mieses doradas. El aire denso tiene una quietud de fuego cuando el  canto  aserrador  de las chicharras corta calimas en la siesta acompañando a  las hoces en la siega. Sólo los protege un sombrero de paja y un pañuelo sobre sus cabezas, que a ratos mojan con agua fresca. Brazos tensos y morenos, brazada a brazada, van dejando de rastrojos lo que fue ondulante mar de raspas. La cuadrilla avanza en uniforme alineación. Ninguno se retrasa del grupo. Pundonor y estima  obligan a no desfallecer en la faena. Arresto y destreza son galones que producen respeto.

A finales de mayo comienza la saca, que así se llama el proceso de siega, carga y transporte desde las hazas a las eras cuando las espigas alcanzan  la madurez tras pasar en el campo las lluvias de otoño, las  heladas de invierno, la tornadiza primavera, que unas veces colma y otras merma, y los solanos de mayo que frustran  el granar y la esperanza. Sacar de la tierra el fruto de los sudores del trabajo transformado en grano a golpes  de hoz y  cinturas dobladas.

 Los segadores van  juntando las mieses en su mano izquierda. Dediles de cuero protegen sus  dedos de posibles cortes.  Las gavillas  se amontonan y se  forman haces  que se atan por sus talles con vencejos. Desde el suelo  hay que subirlos al  carro, al que se han añadido  varas  para ampliar capacidad.  Un trabajador arriba los coloca y ordena  y otro  desde abajo  se los manda pinchados  con horquilla.  Cuando está completa la carga se corona y ajusta  con el cintero que sirve de tope y sujeción.

Y a las eras, que el tiempo apremia. A pleno sol por caminos en mal estado por las huellas secas del invierno,  con  baches y piedras,  el carrero arrea a la caballería,  a veces subido en una de ellas, a veces andando o  sentado sobre el tiro para hacer de  contrapeso, más pendiente de evitar el vuelco que de escuchar  los chirridos  de los ejes que cantaba Atahualpa Yupanqui. En ocasiones  se cimbrea peligrosamente y hay que atemperar el paso y extremar las precauciones.

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El carro es el medio de transporte fundamental y único hasta que lleguen tractores y remolques. Según peculio y haciendas se dispone de  yuntas y  atalaje. De yugo los más pudientes, los más modestos de dos varas laterales y en lugar de mulas tordas, alazanas o zainas, asnos rucios para cargas más livianas.

Antes de empezar la saca ha habido que engrasar los ejes con sebo,  que no es sino tocino añejo.

Por las noches dejan los labradores los  carros en sus puertas.  Los niños, evitando que nos vean pues nos despachan, jugamos en  ellos. La bolsa inferior, que es su barriga de esparto sujeta con dos galgas, nos sirve de escondite y los yugos de imaginaria conducción.  

 

 

Bailes.

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Los días de fiesta había baile. Las más de las veces el grupo musical se componía de  un saxofonista y un batería.  Los días de abolengo más festivo  había también matiné. Para empezar  con buen pie, “La morena de mi copla”  que pintó Julio Romero y que hicieron pasodoble Jofre de Villegas y Carlos Castellano. La  pieza,  número de canciones que tocaban entre cada receso, terminaba con un vibrante  toque  de platillo.

Las mujeres   en una parte del salón  y los hombres  en otra. Con los primeros compases  comenzaba el cortejo para conseguir pareja. Ellos, dispuestos, salvaban distancia y llegaban  al grupo.  Ellas, atentas, charlaban y observaban con disimulo. La invitación,  bisílaba y directa,   podía recibir   respuesta negativa y entonces había que andar con tiento  y no precipitarse.  Repetir solicitud  a otra pretendida próxima  podía añadir a la negativa  la respuesta   ofendida  de no ser plato de segunda mesa.   Casos hubo.

Las más solicitadas concedían bailes  con dos o tres piezas de antelación. ¿Bailas? Tengo pareja. ¿Y para la siguiente? También. Pues entonces para la otra. No,  porque ya  será tarde y tengo que irme. ¡Vaya!

Las mujeres tenían por costumbre bailar entre ellas.  Llegaba entonces la ocasión de elegir a dúo. Dos mozos, pactada la elección,  se dirigían a ellas  para invitarlas a bailar. Llamaban  a esto partir pareja.

 Normalmente se cambiaba  en cada pieza. Bailar dos  seguidas con la misma persona suponía una singularidad que no pasaba desapercibida y si eran tres, los augurios  se daban por cumplidos. Allí  había un comienzo de noviazgo.

El  contacto corporal se limitaba a lo estrictamente necesario para  acompasar la música al movimiento. Una mano al talle y la otra a la mano compañera o las dos al talle, que también fue licencia consentida.

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Retener una mano valía un imperio y rozar la mejilla gozar del paraíso.   Más contactos eran conquistas dependientes de  tiempo y afecto.  Para salvaguarda y barrera estaban los brazos de la mujer  sobre el  pecho del varón. Una leve aproximación suponía un avance en el lenguaje corporal  y preludio de aceptación de futuras confianzas.

 En los pueblos, tan propensos a buscar imágenes del medio natural, cuando un joven pretendía a una muchacha se decía que le arrastraba el ala, símil columbino de cortejo. El baile era de las pocas oportunidades que había para demostrarlo.

Lo que no faltaban eran vueltas y revueltas con más o menos garbo y  arrastre de pies de  punta a punta  del salón.  Vaivenes de  hombros, cada cual con peculiar estilo,  que ya quisieran para  sí  cofradías  de costaleros  para mecer imágenes con brío.

Al final de la noche los grupos de amigos se reunían en el bar. Al calor del vino comentaban impresiones e incidencias  de la jornada. Éxitos o decepciones, la duda que dejó aquella palabra ambigua de la  despedida, la mano retenida un poco más de lo corriente entre canción y canción… Ciertas noches terminaban con  serenata a las jóvenes cuya  belleza o donosura habían calado en el corazón de algunos de los  los reunidos.

Cartas

Foto Press Powerable

Ya casi  no se escriben cartas. Manuscritas,  menos aún.  Cuando yo estudiaba  aprendíamos  a redactarlas,  a diferenciar las distintas clases y la estructura formal de cada una de ellas. En la extinta  Educación General Básica también entraba en el currículo de Lengua Española su aprendizaje y el de instancias y telegramas.  Al final la vorágine del viento digital  ha dispersado las cuartillas de los escritorios.  Los jóvenes abandonan  este noble medio de comunicación y se dedican  a ejercitar compulsivamente los pulgares sobre  los teclados de los móviles, encriptando el lenguaje en un esqueleto de signos con la ley del mínimo esfuerzo. 

Las cartas tradicionales se revestían  de  formalismos, de frases hechas  que rodeaban  como papel de envolver  el  contenido del mensaje.  La fecha, el saludo introductorio: querido, apreciable, estimado… según grado de afecto y relación. Los dos puntos y aparte y  la primera coletilla: “Espero que a la llegada de esta os encontréis bien, nosotros quedamos bien  gracias a Dios”,  o similar. El cuerpo o meollo: “sabrás por la presente” y la despedida con graduación  de abrazos, besos y saludos, según vínculos  también. Y para remate, la postdata, esa percha  tras la firma, donde se cuelgan los olvidos.

En el sobre, aviso de contenido, si es el caso, de postal o foto para alerta de carteros, como la del novio recluta con traje de granito en una tarde de paseo o la de los recién casados a sus padres desde algún emblemático lugar.

El dinero, disimulado en la doblez de las cuartillas para que no se adivinase al trasluz y volase,  que para transferencias pecuniarias  estaban los giros telegráficos o postales.

Se remataba el proceso con el  franqueo que yo, en mi ignorancia infantil, pensaba que era el visto bueno del Franco omnipresente, un lengüetazo a las espaldas del sello y otro en la solapa remitente. Y al buzón para que las alas de  los pies de los carteros la llevaran a su destino.

Foto cortesía de Fernando González Martínez]

Ahora la mayor parte de las cartas que recibimos son comerciales, de bancos, de compañías eléctricas u organismos administrativos. Fríos estándares que anuncian subidas o reclaman cobros con un lenguaje engorroso y  sibilina redacción disfrazada de  amenazas. “Por la presente comunico a usted”.

Las  entrañables son las familiares, las de amor o amistad.  Esas que se guardan atadas  con  una cinta y en sus líneas se adivinan  las manos y las miradas de quienes las escribieron.  Las que releídas después de muchos años nos siguen  evocando  momentos  inolvidables cuando las circunstancias ya no son las mismas. Allí, entre los renglones de  las cuartillas amarillentas por el tiempo, permanecen  unos sentimientos que un día nos conmovieron y que por eso  las  hacen únicas  e irrepetibles. Prefiero esas cartas de antes escritas a mano, las que  empezaban  por la cruz y acababan con la firma. En el centro el corazón derramado con la  tinta. 

 Y como el espacio no da para más se despide de ustedes con un cordial saludo hasta el próximo viernes  este amigo suyo  que  los es. 

Plantas silvestres

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El hombre ha aprovechado siempre  las  plantas silvestres para alimentarse. En tiempos de penuria, no tan lejanos, muchas personas lo hacían por necesidad. Actualmente su busca se practica más como hobby  o como actividad saludable en la naturaleza.

Se crían  berros en las corrientes frescas de  los manantiales  y en las cercanías de las fuentes y se preparan con ellos  ensaladas con aceite, vinagre y sal.  Ahora se desconfía  de su salubridad, sobre todo si vemos cerca  envases  de plástico de los que contienen herbicidas, pesticidas y demás productos  con sufijo tan mortífero. Aprendimos de los mayores  a buscar tagarninas o cardillos  en sembrados, prados y barbechos y a pelarlas para comernos   la penca  tierna en tortillas y ensaladas.  En las riberas de los ríos, como el  Viar, y en algunos lugares muy concretos se cría  en los años lluviosos un manjar llamado criadilla, ese hongo exquisito, carnoso y oloroso que sale debajo tierra. Hay que conocer  muy bien las manchas o rodillos y tener buena vista para localizarlas. Los pastores con su lento deambular y fina observación son  buenos  conocedores de esos lugares.

Se recogían antes también romazas y collejas, que complementaban  los potajes como las espinacas o las acelgas o se hacían tortillas con ellas.

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El espárrago,  apellidado triguero por su lugar de nacimiento,  casi ha dejado  de salir entre los trigos por el cambio en las técnicas de laboreo,  el uso de grandes arados y el empleo de esos mata hierbas.

Una  planta abundante, con sabor anisado e intenso aroma es el  hinojo.  Una mujer los traía en una cesta de mimbre  recién lavados en la fuente y los vendía por manojos en una esquina de la Plazuela. Poca venta hacía la pobre mujer porque el hinojo abunda en lindes, cunetas y tierras de “posío”. Por cierto, a ver  cuando el diccionario de la RAE acoge este término en sus páginas.

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De las setas de cardo  se desconfiaba por lo que se contaba de envenenamientos. Pocos  eran entonces los entendidos que las cogían. La labor  poco profunda con los arados no rompía el micelio y abundaban tanto en sembrados como en barbechos y tierras sin labrar.   Las que salen de  los troncos de los chopos  y en las mimbreras  infundían menos temor.  

Los hongos de láminas rosadas  y blancura exterior se comían y se comen  sin miedo. Asados con un poco de sal  o en guisos  están exquisitos.

Cuando salíamos al campo y nos acuciaba la sed no había problema si se había olvidado la cantimplora.  De bruces sobre una gavia bebíamos el agua clara que corría entre las piedras y la hierba. Ya lo refleja el proverbio: “Agua corriente no mata a la gente”.  No mataba entonces, cuando aún no había  llegado la química de los -cida. Todavía se escardaban los sembrados para eliminar las malas hierbas y se araban los olivares.

Hoy no se puede beber el agua  que  corre por  las gavias ni coger  plantas silvestres donde han echado los líquidos. Sólo las dehesas con ganado se salvan de su acción.  

Cisco y carbón

Cocina típica extremeña. Archivo ABC

Los piconeros hacen picón con taramas de encinas, con  ramón de olivos o con retamas. Queman sin consumir del todo, un  equilibrio entre el fuego  y el  agua que refrena, retiene y frustra la tendencia del ramaje a la  extinción. Queda, evitando que se convierta en ceniza, con el rojo de la brasa latente en su negrura. Menudo y seco, para evitar los tizos humeantes que  hay que sacar con pinzas del brasero.

Llegaban con sus burros cargados de sacos voceando el producto por las calles. Si no salían las mujeres, llamaban a las casas.  Tras el regateo, el trato y la compra.  Las cisqueras o carboneras solían estar situadas en una dependencia de los  corrales y allí, a hombros,  los llevaba el cisquero.

Terminada la venta se reunían en la taberna  para aliviar la sequedad de las gargantas y  hacer más llevadero el camino de regreso. Ataban los burros en las argollas de las paredes o en las ventanas cercanas. Algunas veces observé que por exceso de libaciones del fruto de la vid,  la monta en los asnos se convertía en una aventura complicada. O no lograban encimarse o una vez conseguido el reto resbalaban  por la vertiente opuesta.

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Hasta  que el butano revolucionó  los hogares  los  combustibles principales para cocinar y calentarse fueron el carbón, el picón o cisco y la leña, con una etapa intermedia de infiernillos mantenidos con petróleo.

La comida más frecuente  era el cocido.  Sobre el anafe se iba haciendo lentamente durante la mañana con la tapadera semiabierta.  La mujer, siempre la mujer omnipresente, realizaba otras faenas con el borbolleo de fondo del puchero a la candela.

Para yantares más numerosos o festivos se usaba el caldero colgado de las llares o puesto en trébedes  sobre el fuego.

En las cocinillas se pasaban las  mujeres la mayor parte del tiempo de su interminable jornada laboral. Allí se desayunaba y se almorzaba, según qué temporadas. En algunas casas servía de comedor permanente, por tenerlo todo a mano. Tarea diaria era también su limpieza. Las pavesas que se desprendían en la combustión se posaban sobre el suelo y los muebles. Además había que retirar las cenizas que se acumulaban.

Disponían las cocinas de anafes portátiles, pero también permanentes, construidos de mampostería sobre un poyo.  Desde la abertura de ventilación se avivaba el fuego recién prendido con el soplillo. En esa oquedad, entre los restos de lumbre y cenizas, colocábamos los membrillos en otoño  para asarlos. En todos estos quehaceres se usaban  las tenazas, siempre a mano, colgadas de una punta o en la sera del carbón

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Por la mañana temprano se echaba el brasero  aprovechando las cenizas aún con rescoldos del día anterior. Con el soplillo se activaba el incipiente fuego.

En él   tostábamos  bellotas y castañas, se secaba la ropa en las  alambreras en tiempo de humedades y a su alrededor  nos lavaban de pequeños y nos ponían la muda limpia.

La alhucema o espliego, ambientador natural, llenaba la casa de  intensos aromas camperos al echarlo entre sus ascuas.

Jiras

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(Publicado ayer viernes en el periódico HOY, sección Raíces)

Del ayuno y la abstinencia se pasa a la carne, al pestiño, al gañote, a la bolla y la rosquilla. De la matraca al repique alegre de campanas.

Como en otros pueblos extremeños en Ahillones se celebran los “Encuentros” el Domingo de Resurrección.

Los alabarderos, hoy desaparecidos,  iban  entre los dos pasos  cruzando  entre sí las espadas al tiempo que  los costaleros apresuraban el paso. Cuando las dos imágenes se encontraban cercanas las inclinaban simulando el abrazo de la madre y el hijo. Los alabarderos rendían  espadas y alabardas entre aplausos de los asistentes y toques continuos y  jubilosos de campanas.

Otra costumbre desaparecida era el reparto de agua bendita una vez terminada la procesión. Los monaguillos  y el sacristán se ponían  en la puerta de la iglesia con dos cubas.  Los niños acudíamos  con jarras  de agua que vaciábamos  en ellas. Por mixtura y gracia  adquiría la recién llegada  la misma condición de bendita, siendo tal que se iba renovando constantemente sin perder su condición originaria.  Con ella  asperjábamos los rincones de la casa  para espantar, según  decían, a Lucifer y a su cohorte. Que no quedara ninguno sin rociar, no fuera a ser que por aquella rendija debajo del ropero salieran los malvados  y nos captaran para la causa.

El lunes, como en muchos otros pueblos extremeños,  es el día de la jira. Antes de los coches se salía al campo en bestias, en carros o remolques a comer, a beber, a relacionarse y  a pasar un día agradable. Sobre la mesa o la manta extendida en el prado cada uno aporta sus viandas, compartidas por todos los del grupo. El vino de la tierra pasa de mano en mano y de gaznate en gaznate alegrando semblantes y estrechando camaradería. Cuando niños nos regalaban  rosquillas y bollas. Las rosquillas blancas las hacían con harina, huevo, azúcar y aceite y llevaban  hilo en su interior para darles consistencia. Las bollas, roscas de pan, tenían  un huevo cocido incrustado en la masa y sujeto con una abrazadera.

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Ponía el párroco en el programa que en las jiras nos divirtiéramos honestamente, como hacíamos siempre. Y así lo hacíamos porque no es pecado el  puro goce  de los sentidos en el equinocio florido  de la primavera. Ramillete  de aromas y colores que el campo ofrece.  Trigales, cebadas, margaritas, hinojos  cantuesos, romeros,  tomillos…

Las mocitas  de caras sonrosadas, pañuelo al cuello ondeando  al aura tibia. Por veredas y caminos en plena eclosión primaveral nos llevaba  Eros tras las estelas de aquellas vestales  que mantenían encendido el fuego de la atracción juvenil. El campo florido, la mocedad, el vino de la tierra y unos ojos de calidez brillante nos llenaban de plenitud voluptuosa. Tan intensa como efímera y cantada por poetas.

“…de esa flor, de ese lirio, de esa rosa/ y amena primavera que, florida,/ dulce os promete y grato pasatiempo, /coged el fruto con la breve vida: /que la edad pasa y muda toda cosa, /y todo, al fin, tras sí lo lleva el tiempo”. (Cristóbal de Mesa.)

Semana Santa

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En Semana Santa la abstinencia y el silencio  visitaban las casas  con dieta de potaje y bacalao. Procesiones, oficios vespertinos y sermones centraban y condicionaban toda la actividad del pueblo.  Sólo la Bula  de la Santa Cruzada, que estuvo  vigente hasta 1966,  permitía  a los que la adquirían eludir la vigilia todos los viernes del año y el ayuno todos los días de cuaresma. El precio iba de los cincuenta céntimos hasta las diez pesetas y la voluntad, según disponibilidad económica.  Con su compra, la vigilia se limitaba a los viernes de cuaresma, el ayuno al Miércoles de Ceniza y el ayuno y la abstinencia al Viernes Santo.

Las emisoras de radio cambiaban  sus programas habituales   y emitían música clásica.

Si por descuido canturreabas o silbabas  una canción, cualquiera te avisaba de que eso no debía hacerse  porque había muerto el Señor.

El cura confeccionaba un programa de mano. En él  se fijaba el horario de las distintas  celebraciones, así como el día y la hora de vela que correspondía a cada calle.  Muchas personas trabajaban y vivían en los cortijos y, como los medios de locomoción eran escasos e incómodos, sólo acudían  al pueblo en fechas muy señaladas, como estas de Semana Santa.  Así que en el programa se reservaba el sábado para que pudieran confesar y comulgar   “los que vienen de los cortijos”.

La mujeres con velo y los hombres trajeados llenaban la iglesia.

Olía a cera, a incienso, a lirios y azucenas que adornaban  el altar mayor.

Apagaban la luz los bares cuando pasaban las procesiones por sus puertas y  los escasos clientes  observaban sin  ser  vistos. Filas separadas de hombres y mujeres acompañaban a las imágenes entonando canciones como “Perdona a tu pueblo, Señor” o caminaban en silencio  la noche del viernes  a la luz  de las velas y de  la primera luna llena de la primavera.

Los bares sí se llenaban entre actos. De hombres, mujeres pocas. De música nada y de yantar poco. El viernes a palo seco o una frugal colación, que cada cual interpretaba a su manera.

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Las campanas descansaban y  cedían turno a la matraca para convocar a los fieles a los actos litúrgicos. Producía un sonido estruendoso y monocorde, como si un rayo  de aldabas y madera  cayera rompiendo  el aire en pedazos.

Los bailes agarrarrados, cuyas licencias más atrevidas eran cogerse las manos o abarcar precavido medio talle, con desahogado espacio fronterizo entre los cuerpos,  desaparecían en estas fechas para evitar las  tentaciones a las  que uno de lo enemigos del alma podía inducirnos.  Tardé tiempo en descubrir que la carne no se refería al borrego o al cerdo, vedados por la vigilia, sino a la atracción natural  por el sexo contrario a la que, por lo visto y oído, había que elevar hacia  no sé qué idealismo platónico.

Paseábamos los jóvenes por las calles  aledañas a la iglesia entre procesión y procesión. Cruzábamos miradas cómplices y risas  que terminaban emparejando ilusiones cuando empezábamos a sentir la savia en nuestros cuerpos adolescentes.

El cine

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Publicado el viernes día 11 de marzo en el periódico HOY, sección Raíces.

 Los domingos, al cine. El salón tenía sillas de enea, suelo de baldosas rojas  y  techo  de sacos  de arpillera  para evitar los ecos.

 Una película infantil por la tarde de Jaimito,  Charlot, el Gordo y el Flaco  o alguna de indios en las que siempre ganaban los mismos. Por la noche, una para los mayores. Si  el día era de  fiesta importante  las entradas eran numeradas. Si no,  un abrigo echado sobre las sillas servía de reserva.

 Existía una valoración moral,  más atenta al  sexo que a la  violencia.  Calificaba las películas con números y letras. La parroquia disponía de un fichero donde constaba una breve reseña con el argumento y la calificación. Se colocaba esta en el cancel de la iglesia o en la ventana de la Acción Católica. Casos hubo  que,  en ausencia de ficha y por tanto de información, nos preguntaba el cura sobre las escenas que se veían en las carteleras y según esa referencia y lo que pudiera deducirse del título  adjudicaba  el número correspondiente.

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El uno, tolerada para todos los públicos. El dos, para jóvenes de catorce a veintiún años.  El tres, para mayores.Tres R,  para  mayores con reparos  y  el 4 para nadie porque eran gravemente peligrosas. 

 En el salón del cine se fumaba a discreción, se comían pipas cuyos chasquidos acompañaban toda la proyección y por el pasillo paseaba el vendedor  de refrescos vendiendo  gaseosas a peseta.

 La película empezaba después de que lo anunciasen tres toques de timbre coreados por toda la chiquillería: ¡Uno, dos y  tres!

 En el intermedio los altavoces  animaban la espera con grabaciones de  La Paquera cantando  por bulerías, “Maldigo tus ojos verdes”,  “Campanera” o con Manolo Escobar interpretando   “Cuando yo era un chavalillo que apenas sabía fumar…”

Precisamente los que empezaban a iniciarse en el vicio aprovechaban la oscuridad para hacerlo a escondidas  de los mayores.

Yo, si me aburría la película,  me entretenía mirando  el chorro cónico de luz que iba desde el agujero de  la cabina  a la pantalla, por cuyo haz  pululaban infinidad de partículas flotantes entre el humo de los cigarros.

 A veces  la proyección se interrumpía por algún corte inoportuno y entonces encendían inesperadamente las luces.  Mirábamos hacia atrás buscando una explicación a la interrupción y lo que nos encontrábamos eran las rosetas encarnadas en los pómulos de las parejas de novios  que  buscaban las filas y rincones de atrás para sus querencias.

 Si  en algunas escenas de la película  los protagonistas se besaban o se daban algún  achuchón  ciertos  mozos, sin desbastar aún sus impulsos reprimidos, silbaban o jaleaban.  Acudía entonces el acomodador  con su linterna alumbrando las caras de los que creía culpables del alboroto, que  se solían cohibir al verse señalados por  luz tan cegadora en medio de la oscuridad y negaban la autoría del revuelo.

 Finalizada la  película  nos dirigíamos a nuestras casas cumpliendo una norma de prevención sanitaria: nos tapábamos la boca con el pañuelo para evitar que el relente de la noche nos afectara la garganta. 

La plaza.

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“La siega: la recolección”, obra realizada en 1895 de Gonzalo de Bilbao, pintor impresionista sevillano.

La  costumbre de concentrarse en la plaza para formalizar los contratos verbales de trabajo se remonta en España al siglo XIV. Así se regulaban ciertos oficios gremiales y las autoridades controlaban la movilidad de la mano de obra.

Como residuo de aquella práctica, en nuestros  pueblos existía un lugar donde se reunían los jornaleros y al que acudían los patronos o sus manijeros  para contratar la mano de obra que necesitaban en cada época del año. Adquiría especial relevancia en temporadas en que las faenas agrícolas requerían más trabajadores, como eran las de recolección.

Los ayuntamientos y otras instituciones públicas ofrecían entonces poco trabajo. No existía el empleo comunitario ni los subsidios por desempleo.

Antes del amanecer van  llegando los braceros en traje de faena. El humo del cigarro y el frío de la mañana envuelven la incertidumbre  y la esperanza del que poco tiene y  lo  que aguarda no depende de su voluntad, sino de la de otros. Acuden a la plaza cada mañana  a ofrecer la fuerza y la destreza de sus  brazos al que lo necesite y se lo pida. La oferta y la demanda pura y dura. Necesito a tres y escojo a los que considero más idóneos. Nada que objetar. ¡Buenos días! Una copa de aguardiente y el café. La mañana está fresquita, el aire se fue arriba. A ver, para el tiempo que estamos…es lo que se espera…

Latiguillos y tópicos que enmascaran la ansiedad de todos por conseguir unos días de jornales y que termina para muchos con la decepción y la humillación de volver a casa sin conseguirlo.

Miran  de reojo hacia la puerta cuando entra alguien. Todos saben quiénes pueden venir a contratarlos y cuando entra uno de ellos las voces de la conversación se aminoran y se aguza el oído. El patrón busca con la mirada, bien a su encargado, que le servirá de enlace, o directamente se dirige a los que quiere que vayan con él.

Cuando se forma  la cuadrilla el pacto  se sella con la invitación a una copa de aguardiente por parte del empresario.

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Los que fueron contratados se dirigen a sus casas para echar la merienda y reunirse después en el  lugar concertado para ir al tajo. El bar se va quedando casi solo. Algunos no van con nadie porque nadie los buscó. Beben  otra copa de aguardiente o quizás algunas más para echarle un poco de valor cuando lleguen a casa sin poder llevar el jornal que tanta falta hace. El tabernero comprensivo les fía  a la espera de mejores  tiempos.  Tal vez con la aceituna les den algunos jornales en las casas grandes.

Mañana, cuando aún no haya despuntado el alba, volverán a subir o bajar los jornaleros a la plaza con su traje de faena. Sus mujeres aguardarán anhelantes su llegada para saber si han de preparar merienda. Por la forma de entrar deducirán  si ha habido suerte o no. Se mirarán un instante y sin palabras habrán hecho  una pregunta y obtenido la respuesta.